Project Gutenberg's La araa negra, t. 9/9, by Vicente Blasco Ibez

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org/license


Title: La araa negra, t. 9/9

Author: Vicente Blasco Ibez

Release Date: May 30, 2014 [EBook #45837]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ARAA NEGRA, T. 9/9 ***




Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
produced from images available at The Internet Archive)






 En esta edicin se han mantenido las convenciones ortogrficas del
 original, incluyendo las variadas normas de acentuacin presentes en
 el texto. (la lista de los errores corregidos sigue el texto.)


                         VICENTE BLASCO IBAEZ

                               LA ARAA
                                 NEGRA

                                NOVELA

                              TOMO NOVENO

                        [Illustration: colofn]

                         EDITORIAL COSMPOLIS

                            APARTADO 3.030

                                MADRID
                     Imp. Zoila Ascasbar. Martn
                      de los Heros, 65.--MADRID.




                             NOVENA PARTE

                               EN PARIS

                            (CONTINUACIN)




IX

El entierro de Alvarez.


Estaba Zarzoso leyendo la seccin de noticias de un peridico de la
noche y se dispona ya a acostarse, en vista de que los relojes de la
plaza del Panthen acababan de dar la una de la madrugada.

Las cadas cortinas del lecho ocultaban a Judith, que roncaba con
bastante estrpito, y la luz del quinqu crepitaba de un modo alarmante,
dando a entender que estaba prxima a apagarse por falta de petrleo que
alimentase su llama.

Sonaron atropellados pasos en el pasadizo que conduca a la habitacin,
y Zarzoso, sin poder explicarse el motivo, sinti cierto sobresalto,
pues sus nervios se hallaban muy excitados a causa de una reyerta que
haba tenido con la hermosa rubia, antes de acostarse sta.

Llamaron a la puerta con dos suaves golpes, y el joven se apresur a
abrir, presintiendo que algo grave ocurra. En la penumbra del pasillo
percibi a Agramunt, que pareca haberse vestido apresuradamente
momentos antes, pues todava se estaba abrochando el chaleco, y llevaba
la corbata sin anudar. Tras l apareca un viejo, de aspecto ordinario,
que mostraba ser por su aire un portero de casa pobre.

Agramunt hablaba con voz queda y acento misterioso.

--Ests solo, Juanito?--pregunt--. Duerme Judith?

Zarzoso contest con un gesto afirmativo, y entonces su amigo se
apresur a decir:

--Toma el sombrero y vmonos inmediatamente. Ocurre una cosa grave, una
desgracia.

--Qu es?--se apresur a preguntar Zarzoso.

--Vmonos en seguida, ya te lo contar por el camino.

Y mientras que Zarzoso, de puntillas, para no despertar a su querida,
buscaba el sombrero y el gabn, Agramunt le deca en voz baja:

--Acaba de venir a buscarme este buen hombre, el portero de la calle del
Sena. Don Esteban est gravsimo; una dolencia mortal. Creo que ya debe
haber expirado hace rato.

Y el joven escritor deca esto convencido de que su viejo amigo haca ya
mucho tiempo que haba muerto, pues conoca el carcter de Perico, su
antiguo criado, y comprenda que muy terrible deba ser el suceso para
que se decidiera a avisar a los amigos.

Zarzoso acab de arreglarse y, de puntillas, sali de la habitacin, sin
que se apercibiera de su marcha Judith, que segua roncando.

Los tres hombres, al estar en la calle, apresuraron la marcha, como si
alguien les persiguiera, y jadeantes y sudorosos llegaron a la casa de
la calle del Sena, en la que reinaba gran agitacin.

En la escalera tropezaron con el comisario de Polica del distrito y sus
empleados, a los que haba ido a llamar la mujer del conserje, en vista
de lo repentino de aquel fallecimiento.

Perico estaba desolado, y con ese gesto de estupidez que proporciona una
desgracia tan abrumadora como inesperada, iba de un lado para otro, con
la inconsciencia del loco, por todas las habitaciones de la casa, dando
de vez en cuando lastimeros mugidos para desahogar su pecho de hrcules,
agitado por torrentes de llanto que pugnaban por salir y no podan.

Casi en el centro del saln, frente a la chimenea donde humeaban algunos
tizones, y de aquel retrato de la mujer adorada, yaca el cadver de
Alvarez, como enorme masa que slo alumbraba, en parte, la luz del
quinqu puesto sobre la mesa de trabajo.

Estaba tendido de espaldas, con los brazos casi en cruz, y en su rostro,
qu rpidamente iba adquiriendo un tono violceo, brillaban sus ojos,
desmesuradamente abiertos, como si an persistiera en el cadver la
sorpresa que le caus sentir una muerte que llegaba rpida e
instantneamente, como el rayo.

Perico, que se haba colocado junto a los dos amigos, hablaba
lentamente, cortando sus palabras con suspiros penosos, y rehua la
vista del cuerpo de su seor, como si temiera caer en un nuevo acceso de
desesperacin a la vista de aquel cadver que en vida fu lo que l ms
quiso.

Quin iba a esperar aquello? El seor, antes de comer, haba ido al
caf de Cluny a pasar un rato, y volvi cerca de las ocho, cuando l ya
estaba arreglando la mesa.

Pareca ms decado y triste que de costumbre; comi silenciosamente,
dando de vez en cuando suspiros que alarmaban a Perico, y despus de
levantado el mantel, comenz a hablar del pasado a su sirviente y de la
posibilidad de que l muriera en plazo breve y cuando menos lo esperase.

Record con dolorosa amargura a la hija que tena en Madrid; habl de su
ingratitud, a pesar de lo cual la amaba cada vez ms, y, como
consecuencia de todo lo que habl, le dijo as a su antiguo asistente:

--Mira, muchacho: mi hija me odia; buena prueba de ello es que ha roto
sus relaciones con ese buen chico de Zarzoso slo por saber que era
amigo mo; pero, al fin y el cabo, es mi hija y no puedo dejarla
desamparada, pues s que, a pesar de que tiene familia, se halla rodeada
de enemigos que conspiran contra ella. Si yo pudiera volver a Espaa,
velara por mi Mara, aunque ella me pagase con la ms repugnante
ingratitud; pero si yo muero y t quedas libre para volver a la patria,
has de jurarme que vivirs cerca de ella, que velars por su
tranquilidad y que la defenders en cuantos peligros pueda correr. Lo
juras as?

Perico prometi todo cuanto su amo quiso exigirle. El estaba dispuesto a
obedecer a don Esteban ms all an de la tumba, y muerto su seor
quedaba libre y poda abandonar Pars para cumplir esta ltima voluntad;
pero lo que l no sospechaba es que el fin de la existencia de su amo
estuviera tan prximo como ste lo presenta.

Don Esteban tuvo fro y se sent junto a la chimenea, permaneciendo all
hasta cerca de media noche.

Su criado, que estaba en el comedor, le oy varias veces suspirar,
murmurando palabras que l no comprenda.

--"Yo soy el responsable de ese rompimiento!", deca con acento
quejumbroso. "Yo soy el autor de la degradacin de ese joven!"

Era ya cerca de media noche, cuando son en el saln un suspiro sordo,
pero tan angustioso, que a Perico, segn su propia expresin, le puso
los cabellos de punta.

Entr apresuradamente en la gran sala y an pudo ver a su seor que
acababa de levantarse del silln y que, tambalendose, con las manos
puestas en el pecho, como si pretendiera abrrselo en un fiero arranque
de angustia, anduvo dos o tres pasos para caer despus desplomado.

Cuando Perico, a pesar de su dolorosa sorpresa, se convenci de que su
seor haba muerto, pidi socorro a los porteros; y mientras el marido
iba en busca de los dos amigos del difunto que vivan ms prximos, la
mujer se dirigi a la Comisara del barrio para que se instruyeran las
diligencias propias del caso. El mdico oficial, que deba de volver al
da siguiente a practicar la autopsia, manifest que don Esteban haba
muerto a consecuencia de la ruptura de un aneurisma que se le haba
formado haca ya mucho tiempo.

Los dos amigos, en vista del aturdimiento de Perico, se encargaron de
todas las gestiones que era necesario hacer en tales circunstancias.

Agramunt redact unas cuantas lneas para los peridicos de la maana,
anunciando la muerte de aquel emigrado que haba perecido en la
obscuridad a pesar de haber desempeado altos cargos; y mientras el
portero iba a llevarlas a las Redacciones, l, impulsado por su
actividad de buen muchacho servicial, sali para ir a una Agencia de
pompas fnebres, a arreglar lo concerniente al entierro, que se haba de
verificar al da siguiente, a las tres de la tarde.

Zarzoso se qued solo en el saln, frente al abandonado cadver de
Alvarez, mientras Perico, fuera, en el comedor, disputaba con la vieja
portera, que, en vista de su angustia, quera hacerle tragar algunas
tisanas para calmarle.

El mdico miraba con terror el cadver de su viejo amigo.

Aquellas frases incoherentes que Alvarez haba pronunciado antes de
morir, y que resultaban ininteligibles para su criado, las comprenda l
fcilmente, y senta por ello intenso remordimiento.

Aquel hombre desgraciado haba fallecido vctima de la preocupacin
dolorosa que en l produjo la creencia de que, involuntariamente, haba
sido la causa del rompimiento de relaciones entre Zarzoso y Mara.

Lo que ms entristeca al joven y le avergonzaba era la injusta opinin
de virtud en que le tena Alvarez; y al mismo tiempo le aterraba la
sospecha de que ste, antes de morir, poda haberse convencido,
casualmente, de la degradacin en que estaba el mismo a quien l crea
un joven de buenas costumbres.

Cuando volvi Agramunt, despus de cumplidas sus comisiones, los dos
jvenes, ayudados por Perico, levantaron de la alfombra el cadver de
don Esteban, y a fuerza de puos lo llevaron hasta la cama, donde cay
sordamente, con el peso abrumador de la muerte, y haciendo rechinar los
hierros del lecho.

La maana siguiente la pas Agramunt corriendo Pars, para avisar a
todos los compaeros de emigracin y a cuantos espaoles conoca y
ultimar los preparativos del entierro, que haba de ser lo que la gente
llama bastante correcto, pues el editor para el que trabajaban los
emigrados se haba brindado a pagar todos los gastos.

Zarzoso tuvo que sostener una ruda pelea con Judith, que por uno de los
caprichos de su extrao carcter se empeaba en ir a ver al muerto,
proposicin absurda para el joven, que pensaba que aquello equivaldra a
un insulto pstumo.

Zarzoso y Agramunt juntaron sus ahorros para comprar una corona, y el
primero, vestido correctamente de luto, llegaba a la calle del Sena poco
antes de las tres.

Un coche fnebre, de buen aspecto, estaba parado junto a la casa
mortuoria, y su presencia haba hecho salir a las puertas, impulsados
por la curiosidad, a todos los industriales, porteros y comadres de las
casas inmediatas.

En el portal estaban agrupados unos cuantos espaoles, demostrando con
sus diversos trajes y sus gestos ms o menos tranquilos, las veleidades
de la fortuna, que mientras acaricia a unos trata a otros a bofetadas.

Llegaban de los extremos de Pars los nufragos de las borrascas
revolucionarias que la persecucin haba barrido ms all de los
Pirineos, todos con el gesto avinagrado, la mirada altiva, el traje
rado, y un mundo de absurdas esperanzas en la imaginacin.

Aquel suceso serva para agrupar a la desbandada colonia de emigrados,
que, esparcidos por los cuatro extremos de Pars y entregados a diversas
ocupaciones, pasaban meses enteros sin verse, y aprovechaban la ocasin
para estrecharse la mano y hablarse amigablemente como compaeros de
desgracia; esto, sin perjuicio de separarse de all a dos horas para no
volverse a encontrar hasta de all a medio ao.

Parecan muy impresionados por la muerte de Alvarez; sentan una
espontnea emocin; poro, a pesar de esto, reunidos en grupos en aquel
portal, departan sobre su tema favorito, y fundndose en el triste fin
del difunto, que haba muerto pobre, abandonado y lejos de la patria,
cosa que les poda ocurrir muy bien a ellos, hablaban egostamente de la
necesidad de hacer la revolucin cuanto antes, para que terminase su
violenta situacin de emigrados.

Bajaron el cadver encerrado en un sencillo y elegante fretro, sobre el
cual se amontonaban ms de una docena de coronas, dos o tres de
artsticas flores, y las dems de perlas de vidrio, formando
inscripciones de pacotilla, de esas que tienen preparadas en todos los
almacenes de Pars.

El cortejo se puso en marcha, y el cielo, que estaba todo el da
encapotado y amenazante, comenz a despedir entonces una lluvia sutil y
fra.

Iba delante el coche fnebre, con su fretro y sus coronas, llevando al
lado al triste Perico, que marchaba encorvado como un viejo, con los
ojos enrojecidos, recibiendo las salpicaduras de barro de las ruedas y
atento, con estpida fijeza, a que no cayera ninguno de aquellos adornos
del atad. Detrs marchaba el cortejo fnebre: los dos amigos, sombrero
en mano, presidan el duelo, llevando en medio al editor, un viejo de
cabeza cuadrada y mirada srdida, que haba llegado a Pars en zuecos,
vendiendo coplas, y que ahora tena ms de cincuenta millones; y seguan
todos los invitados, aquel rebao de la emigracin, siempre guiado por
el resplandor de las ilusiones, que marchaba en grupos, dividido por el
recelo y la envidia, y resguardndose de la lluvia con paraguas abierto,
aquel que lo tena. Cerraban la marcha el coche del editor y dos mnibus
del servicio fnebre.

Aquel entierro produjo bastante impresin en la calle del Sena.

Alvarez era muy apreciado por los vecinos, aunque no tuviera con ellos
trato alguno, y adems, su entierro puramente civil causaba bastante
impresin en las porteras, gente beata, abonada a diario a los sermones
en San Sulpicio o a las fiestas con orquesta en San Germn de los
Prados.

Cuando el entierro sali de la calle del Sena, ya no recibi ms
homenaje que esa compasin oficial de la educacin francesa, que
consiste en quitarse el sombrero ante el primer muerto que pasa.

La lluvia arreciaba, el coche fnebre iba acelerando su marcha, y el
cortejo caminaba con paso apresurado, a pesar de lo cual eran muchos los
que se rezagaban y no pocos los que escurran el bulto, huyendo
disimuladamente por la primera callejuela que encontraban.

Tard cerca de media hora en salir el cortejo del recinto de Pars, y al
llegar a las barreras, cuando la lluvia arreciaba ms, se detuvo, para
continuar el viaje con ms comodidad hasta el cementerio de Bagnieres.

El editor, hablando de sus numerosas ocupaciones, se despidi, cediendo
su carruaje a los dos jvenes, y en cuanto a los invitados, quedaban tan
pocos, que cupieron desahogadamente en los dos mnibus.

El cortejo emprendi la marcha por un camino, que la lluvia converta en
barrizal, casi intransitable, y el coche fnebre, dando tumbos a cada
bache, caminaba rozando las tapias de ambos lados, que cercaban grandes
solares.

Perico no quiso acceder a los ruegos de los dos jvenes, y como si
tuviera por una infidelidad abandonar el cadver un solo instante,
marchaba agarrado al carro fnebre, exponindose muchas veces a ser
aplastado por las ruedas.

Zarzoso y Agramunt iban en la berlina del editor, tristes y silenciosos,
y como sumidos en ttricos pensamientos.

La pobreza de aquel entierro, la falta de verdaderos afectos que en l
se notaba y el desorden y la desercin que la lluvia haba producido en
l, les impresionaba de un modo desconsolador; y al mismo tiempo aquel
cielo plomizo, sucio y diluviador influa en ellos dando un carcter
ttrico a sus ideas.

Zarzoso, mirando la caja que contena el cadver de aquel amigo que
tanto le amaba y que iba saltando violentamente dentro del carruaje cada
vez que ste se inclinaba en un bache, sentase atenazado por un vivo
dolor, y los remordimientos de la noche antes volvan a asaltarle.

En cuanto a Agramunt, evitaba el fijarse en aquel fretro, como si
quisiera rehuir las ttricas ideas que le inspiraba, y dejando vagar sus
ojos por aquella campia triste y desolada, en la que slo se vean
yermos solares, negruzcos hornos de cal y alguno que otro hotel cerrado
y de aspecto fnebre, preguntbase si vala la pena de ser patriota,
revolucionario, mrtir de una idea, de aspirar a la gloria y al aplauso
popular, de sacrificarse por las libertades de los dems, para venir al
fin de la jornada a morir desconocido y casi solo en una ciudad
indiferente, y ser conducido a la tumba seguido de dos docenas de
amigos, de los cuales apenas si ms de tres lloraban verdaderamente su
muerte.

El joven revolucionario sentase dominado por un cruel escepticismo. La
realidad haba venido a rasgar la venda de sus ilusiones, e inexorable,
con sonrisa cruel, le mostraba el porvenir.

A la media hora de marcha comenzaron a surgir casas de aspecto msero a
ambos lados del camino. Eran tabernas y almacenes de objetos fnebres,
industrias nacidas en torno del cementerio, como los hongos en el tronco
del rbol viejo y carcomido, y que vivan del dolor ms o menos fingido
de los numerosos cortejos que diariamente pasaban por all.

Entraron en el cementerio casi al mismo tiempo que por distinto camino
llegaba otro convoy fnebre con gran aparato de coches enlutados, en el
primero de los cuales iba un cura con sus monaguillos para rezar las
ltimas preces.

Echaron pie a tierra los invitados de ambos cortejos, y aquella gente
desconocida, enguantada, correcta y elegante, lanz miradas de desprecio
al rado grupo de emigrados, demostrando que las preocupaciones sociales
llegan hasta la tumba.

El cura y sus aclitos miraron con hostilidad aquel entierro puramente
civil, que, adems, tena la agravante de ser pobre.

El editor haba comprado para el cadver de don Esteban una sepultura en
el suelo por cinco aos, y el fretro, en hombros de los sepultureros,
comenz a avanzar por las espaciosas y fras avenidas hacia el extremo
donde descansaban los cadveres ambiguos de los que, por su posicin
social, si tenan dinero para librarse de ir a la fosa comn, no posean
el suficiente para dormir eternamente en las sepulturas a perpetuidad,
reservadas a la gente rica.

El cementerio de Bagnieres es un cementerio moderno, democrtico, con
las avenidas tiradas a cordel, una vegetacin raqutica y enana, y todo
el aspecto de un horrible tablero de ajedrez. No hay panteones, mrmoles
artsticos ni umbras solitarias y romnticas como las de las tumbas
descritas en las novelas. Es un cementerio moderno de la gran ciudad, e
imita por completo las costumbres de ese gran Pars, cuyos hijos se
traga.

En l se duerme el sueo de la muerte tan aprisa como se vive en la
metrpoli: las tumbas, en su mayora, slo son compradas por cierto
nmero de aos no muy grande; el tiempo necesario para que la carne se
disuelva, los huesos queden pelados y blancos, y la tierra se beba los
jugos de la vida; e inmediatamente las tumbas son removidas, los
despojos van a un rincn, el terreno es alisado y arreglado y... venga
ms gente!

El fretro de Alvarez tena que atravesar todo el cementerio, y mientras
el pequeo cortejo segua por aquellas avenidas de acacias raquticas y
enfermizos rosales, que apenas levantaban un palmo del suelo, Agramunt
iba fijndose en los campos plantados de cruces y cubiertos de coronas
que en su mayora eran de perlas de vidrio, gnero de pacotilla, que por
su baratura es de moda en Pars para los desahogos fnebres de dolor ms
o menos autntico.

Por todas partes se vean coronas, y a la luz gris e indecisa de aquel
crepsculo lluvioso, pareca el fnebre campo cubierto por cristalizado
roco.

Detvose el cortejo ante una gran fosa abierta en un espacio libre de
cruces y de coronas.

Aquellas dos docenas de hombres se detuvieron y agruparon en torno del
fretro que estaba ya en tierra, mirndose con cierta complacencia y
como satisfechos de que la ceremonia fuera a terminar.

Les resultaba ya pesado aquel entierro, que duraba ms de una hora, y
les obligaba a ir pisando barro, recibiendo en sus espaldas una lluvia
sutil y traidora que les empapaba las ropas.

Agramunt, al borde de la abierta fosa, experimentaba una tristeza
inmensa.

Iba a salir del mundo de los vivos tan fra e indiferentemente aquel
amigo a quien consideraba como un hroe?

El joven sinti en su interior aquella emocin nerviosa que le haca
perorar en los _meetings_ de Espaa y ser aplaudido; experiment la
necesidad de hablar, de decir algo, sin fijarse en lo reducido del
auditorio, pues a estar solo lo mismo hubiese hablado dirigindose a los
rboles, a las cruces y a los sepultureros.

Ya que en la muerte de aquel hroe desgraciado, de aquel cado campen
de una causa que era la del porvenir, no haba descargas de honor, ni
msicas, ni cantos, al menos que sobre su fretro sonasen algunas
palabras espaolas pronunciadas por una voz amiga y que hiciesen
justicia al mrito del difunto, despidindole al borde de la tumba, con
la seguridad de que el porvenir le hara justicia y de que sus esfuerzos
no seran infructuosos, a pesar de que ahora parecan cados en el
vaco.

El joven, ensimismado, dominado por los pensamientos que fluan a su
cerebro, con la impasibilidad de un sonmbulo, subi sobre un montn de
tierra, en la que asomaban algunos huesos su blanca desnudez, y con la
cabeza descubierta, sin fijarse en la lluvia que le empapaba, pronunci
un corto discurso, con una elocuencia espontnea y conmovedora que sala
del alma. Al principio le oyeron con extraeza aquellos hombres que se
agrupaban en torno del fretro; pero, poco a poco, les impresion la
temblorosa voz del joven, y a los ojos de algunos hasta asomaron las
lgrimas.

Agramunt hablaba a un pblico que era el nico que poda realmente
comprenderle; cada una de sus palabras causaba hondo eco en aquellos
corazones, y al describir la ingratitud de la patria, la cruel
indiferencia del pueblo espaol, que dejaba morir en oscura y msera
emigracin a los que haban expuesto su vida y sacrificado su reposo por
defender la dignidad nacional, la libertad y la moralidad poltica,
todos ellos se agitaron con nervioso movimiento, y con sus gestos
parecan decir:

--Es verdad; moriremos aqu porque el pueblo es un ingrato y olvida a
los que le han defendido.

Y despus, cuando Agramunt traz con arrebatadora palabra el cuadro del
porvenir, cuando habl de la revolucin que se acercaba _a pasos de
gigante_, del prximo triunfo y del esplendor de la futura Repblica,
todos los rostros se animaron; las ilusiones, aquellas malditas
ilusiones que los haban arrastrado a la desgracia y la miseria en el
extranjero suelo, volvieron a renacer ms fuertes y vigorosas que nunca,
y todos miraban ya el triunfo como un suceso del da siguiente, como
cosa segura, que forzosamente haba de ocurrir en plazo breve, aunque
los hombres no quisieran y por una ley fatal de la Historia.

Aquel grupo de infortunados llenos de fe y de esperanza, estaban
entusiasmados al pronunciar Agramunt las ltimas palabras, y cuando ste
termin despidindose del campen cado que estaba en el fretro, con un
viva la Repblica!, todos contestaron al unsono, con voz que era grave
y sombra, en atencin al lugar donde se hallaban.

El atad fu descendido a la fosa y uno tras otro fueron todos los
acompaantes arrojando sobre l una paletada de tierra y estrechando la
mano de Perico, que lloraba al despedirse definitivamente de su amo, y
que estaba conmovido por el discurso de Agramunt.

El regreso a Pars fu ms triste an que la marcha al cementerio.

Los individuos del cortejo, una vez desvanecida la impresin que les
haba causado el discurso, entablaron en el interior de los dos mnibus
violentas discusiones sobre el porvenir o se enzarzaron en la
apreciacin de hechos pasados, hasta el punto de levantar la voz, no
importndoles dejar al descubierto sus malas pasiones, y mostrando sus
envidias o sus rencores, sin acordarse de que haban ido a enterrar a un
amigo y que demostraban haberlo ya olvidado. En cuanto entraron en la
gran ciudad, se separaron casi sin saludarse y cada uno se fu por su
lado, para no verse ms hasta que la muerte de cualquiera de ellos
volviera a reunirlos.

Zarzoso y Agramunt hicieron subir en su berlina al desconsolado Perico,
y fueron todo el camino sin despegar los labios.

Una vez enterrado el pobre don Esteban, cuya muerte haba aproximado a
los dos huspedes del hotel de la plaza del Panthen, la antigua
frialdad haba vuelto a separarlos. Exista entre los dos el vicioso
cuerpo de Judith, que impeda el renacimiento de aquella franca amistad
que tan felices les haba hecho.

Al llegar el carruaje al bulevard Saint-Germain era ya de noche.

Agramunt iba a la calle del Sena con Perico, para hablar los dos solos
sobre el porvenir de ste y hacer un inventario de lo que dejaba don
Esteban.

Zarzoso, comprendiendo que estorbaba con su presencia a aquellos dos
hombres, y ofendido por la frialdad que le mostraba Agramunt, se
apresur a echar pie a tierra, y abriendo su paraguas, pues la lluvia
arreciaba conforme iba avanzando la noche, se meti por la calle de la
Escuela de Medicina con direccin a su hotel, donde ya Judith le estaba
aguardando impaciente.




X

Se aclara el misterio.


Al entrar Zarzoso en su hotel y pasar frente a la portera, lanz una
mirada distrada al casillero donde se depositaba la correspondencia
para los huspedes, e inmediatamente experiment una ruda impresin de
sorpresa.

En la casilla marcada con el nmero de su cuarto, sobre la obscura
madera destacbase el blanco sobre de una carta que inmediatamente hiri
los ojos del joven mdico.

El portero, que lo haba visto a travs de los cristales, sali
apresuradamente y entreg la carta a Zarzoso, que permaneca sorprendido
al pie de la escalera.

--Carta de Espaa--dijo sonriendo intencionadamente el conserje, pues
saba la gran impaciencia que por ms de dos meses haba devorado al
joven esperando una carta que nunca llegaba.

El asombro de Zarzoso fu en aumento cuando al mirar el sobre reconoci
la letra fina y elegante de Mara.

Aquella carta, por tanto tiempo esperada y que llegaba cuando menos
poda aguardarla el joven causbale cierto terror, y por esto la
revolva entre sus manos sin atreverse a abrirla.

Por qu haba callado Mara mientras l fu un amante consecuente y
puro? Por qu le escriba ahora que se hallaba sumido en la mayor de
las degradaciones?

Zarzoso no saba contestar a ninguna de las preguntas que mentalmente se
haca, pero continuaba impresionado por aquella carta que no se atreva
a abrir, presintiendo tal vez que en su interior se encerrara algo que
forzosamente haba de serle fatal.

En aquella situacin degradante a que le haba arrastrado un amor
impuro, la carta de Mara equivala a un remordimiento que surga ante
su vista.

Subi la escalera lentamente mirando con fijeza estpida la cerrada
carta que tena en sus manos, y al llegar al rellano del piso en que
viva y detenerse bajo un mechero de gas, no pudo contener un instintivo
impulso y rasg el sobre para enterarse inmediatamente del contenido.

A pocos pasos de all, en su cuarto, le aguardaba Judith, la mujer
aborrecida, a la que, sin embargo, estaba encadenado por la pasin
carnal, y hubiese resultado un sacrilegio el ir a abrir la carta en
presencia de aquel ser impdico que aprovechaba todas las ocasiones para
fisgarse de las mujeres honradas.

Sac del abierto sobre un pliego de papel de cartas, dentro del cual se
notaba la presencia de otro papel.

Zarzoso ley apresuradamente las pocas lneas que contena, y tuvo que
volver a releerlas varias veces para darse cuenta exacta de su
contenido, pues la sorpresa pareca haberle arrojado en un estado de
imbecilidad.

La carta deca as:

     "Le devuelvo este recuerdo de un amor que ha muerto, segura de que
     si usted conserva su antigua dignidad, la vista de ese papel le
     producir eterno remordimiento. No me crea merecedora de que usted
     olvidase sus antiguos juramentos unindose a esa mujer perdida con
     quien vive.

     "En el primer momento me hizo mucho dao el saber su degradacin;
     pero hoy, afortunadamente, estoy ya curada de tales impresiones.
     Todo ha concludo entre nosotros. Cuando usted lea esta carta, tal
     vez ser ya la esposa de otro."

Aqu terminaba lo escrito en el pliego. No haba firma al pie ni signo
de clase alguna; pero Zarzoso no dudaba, pues conoca bien aquella letra
fina, y que en algunas palabras apareca temblorosa y exageradamente
rasgueada, como obra de una mano agitada por la indignacin o por el
dolor.

Zarzoso, temblando y como asustado al ver que su situacin era conocida
por Mara, y que todo el edificio de su antigua dicha caa
estrepitosamente al suelo, se apresur a sacar del interior del pliego
aquel papel oculto que senta al tacto y que era una finsima hoja
arrugada y amarillenta, en la que tambin haba algo escrito.

Zarzoso, conmovido, con la vista turbia por la emocin, fu leyendo con
lentitud:

     "_A mi Juan: En prueba del eterno amor que..._"

El joven no quiso leer ms. Con terror reconoci que aquel papel era el
mismo que le haba dado Mara, envolviendo un bucle de su cabellera, y
cuya desaparicin haba notado dos semanas antes al examinar la cajita
que guardaba sus recuerdos de amor.

Por si poda ocurrirle an alguna duda, encontr todava pegados al
papel, dos o tres cabellos sutiles como la seda, que haban quedado all
adheridos al retirar los restantes.

Aquella sorpresa dej absorto y como aplastado al joven mdico.
Unicamente tena presencia de nimo para hacerse mentalmente una
pregunta: Gran Dios! Cmo poda haber llegado aquel objeto a manos de
Mara? Quin se haba encargado de robarle tal recuerdo de amor?

No haba acabado de leer aquella inscripcin trazada por la mano de
Mara, pues saba de memoria su contenido; pero le llam la atencin
algunas palabras que vi de repente, escritas ms abajo con una letra
irregular, caprichosa y de contorno dentellado, que tambin le era
conocida.

Aquellas pocas palabras eran un alarde de cnico impudor, un comentario
sucio y canallesco sobre la procedencia de los cabellos que envolva el
papel, y ms abajo, con un descoco repugnante, figuraba la firma de
Judith suscribiendo tan villano insulto.

Zarzoso mir aquello fijamente, como si no se atreviera a dar crdito a
una revelacin tan repentina que pona en claro la misteriosa
desaparicin de su recuerdo de amor; pero, de repente, como si
despertara de un sueo, exhal un sordo rugido, y ciego e impetuoso como
una bomba, se arroj en el pasadizo, abriendo con una furiosa patada la
entornada puerta de su cuarto.

Judith, que estaba leyendo a la luz del quinqu el ltimo nmero del
_Diario Alegre_, levant sorprendida la cabeza ante aquella entrada
tempestuosa de su amante, el cual, ponindole el papel delator ante los
ojos, rugi, mezclando en su furia palabras espaolas con las francesas:

--Ah, grandsima zorra!, miserable ladrona! Conoces esto?--y le meta
el papel por los ojos, mientras levantaba la diestra amenazante.

Judith estaba asustada ante la clera de aquel a quien ella tena por un
tmido gozquecillo; pero en un arranque de su fiero carcter, intent la
resistencia, y saltando de su silla, agarr el ltigo de cuero que
estaba sobre la repisa de la chimenea y psose bravamente a la
defensiva, insultando con su insolente mirada al indignado joven. Esta
actitud de Judith acab de exaltar al enfurecido Zarzoso. As la quera
ver para desahogar su rabia. Era villano pegar a una mujer dbil e
indefensa; pero con un marimacho as, que tena msculos de acero y que
se haba mezclado en todas las peleas estudiantiles, bien poda medirse
un hombre como con uno de su sexo.

Al avanzar sobre ella, recibi un latigazo en el cuello que acab de
cegarle, y, embistiendo a la amazona, le arranc la fusta de la mano, la
tir a un rincn y de la primera bofetada la hizo caer de rodillas.

Fu aquella una escena violenta, repugnante y breve. Nadie oa el ruido
de aquella lucha, pues como era la hora de comer, los cuartos inmediatos
estaban vacos.

Zarzoso pegaba sin consideracin a aquella mujer que tena bajo sus
rodillas, y sus puos, ciegos e inflexibles, martilleaban el hermoso
rostro y las blancas desnudeces que haban quedado al descubierto,
amoratndolas a cada golpe. En su furor acompaaba los puetazos con
injurias e insultos, y su boca pareca la abierta y negra garganta de un
retrete rebosando la inmundicia del lenguaje.

Judith, que haba recibido los primeros golpes con protestas y
chillidos, callaba ahora y ofreca con tranquila pasividad su bello
cuerpo a los furores de aquel energmeno, y, mirando amorosamente a
Zarzoso, agitbase con voluptuosidad a cada uno de sus golpes.

Aquella loca, en su depravacin, gustaba de que sus amantes la
vapuleasen, y sta era la causa principal de que estuviera tan enamorada
del modelo italiano a quien obedeca.

Cansse antes Zarzoso de pegar que ella de recibir los golpes, y cuando
el joven se incorpor sudoroso y jadeante, ella, sin levantarse del
suelo, sonriendo insolentemente como de costumbre, y echndose atrs su
cabellera de leona, exclam:

--Y bien: ya ests satisfecho? Podas pegarme un rato ms. A m me ha
gustado siempre que los hombres me zurrasen, pues esto es una prueba de
amor. Antes no te quera; te miraba como un ser insignificante y
ridculo; pero ahora empiezo a tenerte cario en vista de que son
fuertes tus puos.

Zarzoso pareci no or estas cnicas declaraciones, y sealando el
delator papel que estaba sobre la mesa, le dijo con entonacin de juez
que interroga:

--Por qu has hecho eso? Habla pronto o te mato!

Judith contest con una alegre carcajada.

--Mira, voy a serte franca, ya que ha llegado la hora de decrtelo todo.
Yo soy una buena muchacha, tengo un gran corazn, y me gusta hacer
favores cuando se trata del reposo y de la felicidad de las familias.

Zarzoso crey que Judith se burlaba otra vez de l y estuvo a punto de
emprenderla a golpes, pero ella explic sus palabras haciendo una
revelacin importantsima.

Antes de que conociera a Zarzoso, cuando ella acababa de llegar a Pars,
reciente su rompimiento con aquel dibujante que la llev hasta Londres,
la rogaron que prestase el gran favor de enamorar a Zarzoso dicindola
que ste estaba encaprichado con una chiquilla de Madrid, una
cualquiera, sin fortuna y sin nombre, que no convena a la familia del
joven, por lo que era preciso impedir su casamiento hacindole contraer
una nueva pasin.

Judith intent resistirse, encontrando que el papel que iba a desempear
no era muy agradable; pero la persona que la encomendaba el servicio
tena gran poder sobre ella, dispona de muy contundentes medios para
convencerla, y al fin acept, marchando la noche siguiente al encuentro
de Zarzoso para hacerse su querida, empleando todos los medios de
seduccin.

--Lo que pas despus--aadi Judith--lo sabes t perfectamente.

--Pero quin fu el hombre que te indujo a tomar parte en tan
repugnante intriga?

La joven intent resistirse a contestar; pero cuando Zarzoso nombr al
modelo italiano, ella, turbada por las amenazas de muerte, contest con
un signo afirmativo.

--Ya le ajustar yo las cuentas a ese bandido napolitano. Pero qu
inters puede tener ese hombre, que no me conoce, en labrar mi
perdicin?

--Eso es lo que yo me he preguntado muchas veces, sin poder darme una
contestacin definitiva. El no te conoce, es verdad, y por esto mismo no
he podido nunca comprender por qu trabajaba contra t.

La modelo qued silenciosa por algunos instantes, y despus aadi con
tono sentencioso:

--Mira, querido; t por algn oculto motivo debes serles odioso a los
curas de tu pas.

--Por qu dices eso?

--Porque Luigi es protegido desde la niez por los padres jesutas, a
quienes serva ya cuando estaba en Npoles. Ellos fueron los que le
salvaron cuando le iban buscando por dos o tres pualadas que di all,
y los que le trajeron a Pars ponindole en camino para que fuese un
buen modelo. Es el perro de los jesutas; hace cuanto le dicen, y si le
mandan morder, muerde. En este asunto deben tener mucha participacin
los protectores de Luigi: esto es lo que yo he credo siempre.

Zarzoso hizo un gesto que indicaba su inmensa sorpresa y qued
pensativo, mientras que Judith segua hablando, deseosa de sincerarse
ante aquel muchacho, al que haba cobrado cario desde que apreci la
fuerza de sus puos.

Al faltar Zarzoso a la primera cita que le di Judith recomendronla a
sta que fuese a encontrarle, y cuando haca ya con l vida marital, le
ordenaron que buscara, entre los efectos de su nuevo amante, una cajita
en que guardaba todos los recuerdos de su antiguo amor. Judith deba de
robar uno de stos, que, segn le deca Luigi, era para enviarlo a
Madrid con el propsito de que la novia de Zarzoso se convenciera de que
ste ya no la amaba y romper de este modo completamente unas relaciones
que estorbaban a la familia.

La rubia, al revolver aquella caja de recuerdos, escogi el papel con el
rizo que contena, y por indicacin del mismo modelo italiano, puso all
la primera grosera que se le ocurri para desesperar a la desconocida
muchacha de Madrid.

--Ah tienes cuanto ha ocurrido, vida ma--deca la rubia fijando una
mirada amorosa en el indignado Zarzoso--. He sido ligera, lo s; he
obrado como siempre, con aturdimiento; pero al fin y al cabo lo haca
por tu bien, creyendo librarte de un matrimonio que no te convena, y
espero que me perdonars. Adems, te quiero mucho, te amo desde que me
he convencido de que eres todo un hombre.

Y ya levantada del suelo, avanzaba con los brazos abiertos hacia Zarzoso
para darle un estrecho abrazo.

El joven la rechaz con un violento empujn que la hizo chocar las
espaldas contra la pared, y sealando la puerta, dijo con acento
imperioso:

--Mrchate en seguida, perra inmunda! Me has hecho mucho dao, y si no
te vas pronto, tal vez me acometa el furor y sea capaz de convertirme en
asesino.

Y diciendo esto, contemplaba con torva mirada un cajn de su mesa de
escribir, en el que tena una gran navaja jerezana, comprada en Pars,
ms por espaolismo que porque necesitase de ella.

Aquella mirada dej fra a Judith y le produjo mayor terror que los
golpes de antes. Como la mayora de las mujeres de su clase, tena un
miedo casi supersticioso a las armas blancas y siempre lanzaba
exclamaciones de terror cuando a Zarzoso, al revolver sus papeles, se le
ocurra abrir la navaja.

La posibilidad de que el joven sacase del cajn la terrible arma la
impresion de tal modo, que, plida, silenciosa y con actitud sumisa
psose su sombrero y su abrigo, y llam a _Nemo_, perro discreto y bien
educado que haba presenciado filosficamente desde un rincn la
anterior paliza, como acostumbrado a que a su ama le hiciesen tal clase
de caricias.

Cuando Judith, siempre bajo la amenazante minada de Zarzoso, hubo
acabado de arreglarse y sali del cuarto, se detuvo en el pasillo,
pensando que una mujer como ella no poda retirarse as, sumisa y
atemorizada como una cualquiera. Llam en su auxilio a su brava
altivez, hizo asomar a sus labios la sonrisa cnica que la caracterizaba
y con voz irnica, que pareca el silbido de una vbora, dijo,
inclinando el cuerpo como dispuesta a huir:

--Mira, nio; si no me despacharas yo te hubiera dado pelo igual al que
tenas de esa muchacha. Pobre chica, ir a darse un tijeretazo tan lejos
de la cabeza! Lo que yo he escrito en ese papel, es la pura verdad.

Aun quiso Judith desahogar su despecho con mayores indecencias, pero el
latigazo que aquella perdida descargaba sobre la honra de Mara
enfureci nuevamente a Zarzoso, el cual se abalanz al pasillo con
propsito de estrangular a la infame; pero cuando lleg all, ya la
rubia, seguida de su perro, bajaba apresuradamente la escalera del
hotel.

En el portal tropez violentamente con un hombre que entraba
sacudindose la lluvia.

Era Agramunt, que acababa de dejar en la calle del Sena al desconsolado
criado de don Esteban y que volva al hotel a despojarse de su traje
negro de ceremonia antes de ir al restaurante.

Fijse en Judith, que pas lanzndole iracundas miradas. En su rostro
desordenado y marcado por las huellas de los golpes, adivin que haba
pasado algo grave entre los dos amantes, y vi cmo la rubia, andando
con paso inseguro y sin hacer caso de la lluvia, se hunda en la hmeda
oscuridad de la plaza, cuyos reverberos alumbraban inciertamente a causa
de las rfagas del huracn.

Agramunt, alarmado por aquel encuentro, subi rpidamente al segundo
piso.

Al entrar en el cuarto de Zarzoso, vi algunas sillas volcadas, una
cortina rota y una porcin de desperfectos que indicaban una reciente
lucha. Zarzoso estaba doblado al borde de la cama con la cabeza entre
las manos.

--Qu es esto? Qu ha pasado aqu?--grit asustado el buen muchacho.

Zarzoso levant su cabeza, en la que se retrataba el ms terrible
asombro, y se abalanz a su amigo, exclamando con voz conmovida, por
penoso estertor:

--Ay, Pepe! Pepe mo! Soy muy desgraciado.

Y como el nio enfermo que cree huir del dolor arrojndose en brazos de
su madre, Juanito Zarzoso dej caer su cabeza sobre el hombro de
Agramunt, y despus de agitarse su pecho con un supremo estertor, rompi
a llorar copiosamente.




DECIMA PARTE

EL CASAMIENTO DE MARIA

PARTE PRIMERA




I

Sospechas.


Haca ms de un mes que Mara Quirs se mostraba triste y preocupada por
alguna oculta idea que en vano intentaba descubrir su ta, doa
Fernanda.

La baronesa, por ms esfuerzos de imaginacin que haca, no lograba
adivinar la causa de aquella continua preocupacin. Ella, siguiendo los
consejos del padre Toms, se desviva por hacer agradable la vida de su
sobrina, y a pesar de que comenzaba a cansarla aquel renacimiento de su
existencia elegante, no perdonaba fiesta alguna y asista con Mara a
todos los bailes de la alta sociedad y a los estrenos en los principales
teatros.

Su sobrina se dejaba arrastrar a todas las fiestas, demostrando que eran
impotentes tales diversiones para devolverle la perdida alegra, y doa
Fernanda, con no poca sorpresa, vi varias veces en sus ojos la seal de
haber llorado cuando se encerraba en su cuarto.

Esta conducta era incomprensible para doa Fernanda, tanto ms, cuanto
que habituada de antiguo al espionaje y registro, por ms pesquisas que
hizo en el cuarto de Mara cuando sta se hallaba ausente, no pudo
encontrar nada que pusiera en claro aquel misterio.

Mara era ms hbil que su madre para ocultar sus cartas de amor.

La negativa con que la joven contestaba a todas las preguntas de su ta,
excitaba la curiosidad de sta y la haca acariciar las ms absurdas
ideas.

Hubo un momento en que lleg a creer que Mara estaba tan triste porque
se hallaba enamorada de Ordez, aquel joven simptico que ahora las
visitaba tan asiduamente; pero esta suposicin se desvaneci en vista de
que su sobrina acoga con el mayor despego todas las galanteras que la
diriga el elegante.

La baronesa, viendo que la persona de confianza de Mara era la viuda de
Lpez, intent sondear a sta; pero doa Esperanza, con una sencillez
ingenua y serfica, le manifest que nada saba; entonces doa Fernanda
acudi al padre Toms, varn tan santo como amable, que ahora era uno de
los ms asiduos concurrentes a su tertulia.

El poderoso jesuta manifest que tampoco saba nada, pero en gracia
siempre a aquel inters noble y generoso que le haba inspirado en todas
ocasiones la familia Baselga, y que la baronesa no saba cmo
agradecerle, prometi sondear hbilmente el nimo de Mara y enterarse
de aquel oculto pesar que vena afligindola.

Se equivocaba la baronesa al buscar en torno de ella la causa del
anormal estado en que se hallaba su sobrina. Dicha causa no estaba en
Madrid, sino lejos, mucho ms lejos; en aquel Pars que guardaba al
hombre amado y que permaneca silencioso sin enviar nunca la carta
esperada.

Todo lo que Zarzoso all, en la plaza del Panthen, sufra por entonces
a causa del silencio de su amada, lo sufra Mara al ver que ninguna de
sus apasionadas cartas mereca contestacin.

Aquel infame aislamiento en las comunicaciones entre los dos amantes,
ideado por el diablico padre Toms, se haba realizado haca ya ms de
un mes.

El mismo da en que se decidi el jesuta a poner en prctica su plan,
en vista de la aprobacin que haba dado a ste la superioridad de Roma,
fu a buscarle en su despacho la intrigante viuda de Lpez, llevando una
carta que acababa de recibir de Zarzoso para entregarla a Mara.

Doa Esperanza no se haba atrevido a abrirla; pero como la llamaba la
atencin lo voluminoso de su contenido, se apresur a presentarla al
padre Toms para que ste ordenase lo que deba hacerse con ella y salir
de tal modo de su indecisin.

El jesuta, sin mostrar el menor escrpulo, rompi el sobre y comenz la
leer los ocho pliegos de que se compona la carta; pero antes de llegar
al segundo, en su cara de mrmol se retrat una sorpresa inmensa, y no
pudo menos de exclamar:

--Diablo! Buena la hubiramos hecho si usted llega a entregar esta
carta a Mara. Con ser tan grande Pars se han encontrado all y trabado
relaciones de amistad los dos hombres que ms fatalmente pueden influir
en el porvenir de Mara. Ese Zarzoso se ha hecho amigo de Esteban
Alvarez, aquel bandido republicano y ateo que tantos pesares di a la
seora baronesa y que en su juventud tuvo amoros con Enriqueta Baselga.
Ese mediquillo, lisa y llanamente le cuenta a su novia cuanto sabe sobre
su nacimiento, y adems le asegura que su padre es el tal Alvarez.
Buena complicacin nos hubiese trado el que Mara leyese esta carta,
teniendo tanta fe como tiene en las palabras de su novio! Al fuego
estos papeles!; y desde hoy, doa Esperanza, spalo usted: el servicio
de correos queda interceptado entre los dos novios.

La viuda de Lpez obedeci ciegamente y fu rasgando cuantas cartas
reciba de Pars y las que Mara la entregaba para ponerlas en el
correo.

La situacin de la joven, en vista de este silencio, era an ms
insostenible y penosa que la de Zarzoso. Este al menos poda lamentarse
sin temor a ser espiado; poda desahogar su pena, lo mismo en su cuarto
que paseando por las calles de la gran ciudad; pero Mara haba de
fingir continuamente una serenidad que no tena y ahogar en lo ms hondo
de su pecho la zozobra que la dominaba y que la haca concebir las ms
violentas sospechas.

Siempre que tena ocasin en su casa para hablar a doa Esperanza sin
testigos, la llevaba a un rincn, preguntndola con ansiedad:

--No ha llegado nada?

--Nada--contestaba imperturbable la viuda.

--Le he escrito quejndome de ese silencio incomprensible. Ha tirado
usted misma la carta al correo?

--S, hija ma. Yo misma, pues no me gusta encargar estas comisiones a
personas extraas.

--Pues entonces, indudablemente, dentro de pocos das tendr la
contestacin. Es muy extrao lo que sucede. Antes me escriba
puntualmente, sin que sus contestaciones se retrasasen un solo da.

--Ay, hija ma!--contestaba doa Esperanza con sonrisa escptica como
persona muy conocedora de las debilidades del mundo--. Acurdate del
refrn: "cntaro nuevo, hace el agua fresca." Todos los hombres son
iguales; al principio aman hasta ser empalagosos, y despus olvidan con
una facilidad que asombra. Dios sabe en lo que pensar ahora ese seor
Zarzoso!

Y la viuda iba excitando hbilmente las sospechas en la joven, que
pareca aturdida por aquel silencio inexplicable.

Mara, deseosa de justificar en su pensamiento al hombre que tanto
amaba, imaginbase que Zarzoso se hallaba enfermo de alguna gravedad;
pero inmediatamente apresurbase la malfica viuda a desvanecer esta
idea, que equivala a una esperanza, asegurando que Juanito gozaba de
buena salud y escriba regularmente a su to, el doctor Zarzoso, lo que
en el fondo era verdad.

Infeliz Mara! Cada una de las insinuaciones de aquella intrigante
jamona, producale una nueva decepcin o un aumento en su tristeza, y
sin embargo, si hubiese podido registrar los bolsillos a aquella
confidenta que tena toda su confianza, tal vez hubiese encontrado en
ellos alguna de las cartas de Zarzoso, esperadas con tanto anhelo, y que
la viuda le ocultaba.

Lleg un momento en que la joven no quiso escribir ms, en vista de que
sus cartas eran acogidas siempre con el mismo desesperante silencio, y
comenz a apuntar en ella aquel exagerado amor propio, que era la nota
ms saliente de su carcter, y que doa Esperanza procuraba excitar.

--Haces bien, hija ma--deca la intrigante viuda--, en no escribir ms
a ese ingrato, indigno de ti. Eso sera rebajarte, y t, por tu
nacimiento, por tu hermosura y por tu riqueza, ests para que los
hombres se arrastren a tus pies, solicitando una palabra de
benevolencia, y no para humillarte a un mediquillo olvidadizo, a un
chisgarabs sin importancia, que tal vez a estas horas se divierte
bailando el _cancn_ con esas perdidas de Pars, que se llaman
_cocottes_. No creas que esto es una exageracin; yo soy ya vieja, he
visto mucho, y s de lo que son capaces estos jvenes de ahora, que como
no tienen religin, viven al da, y con tal de divertirse pisotean los
ms sagrados e ntimos sentimientos.

La joven, cuando de este modo excitaban su amor propio, saba resistirse
al infortunio y olvidar por algunas horas el injustificado silencio de
su novio; pero no tardaba en sobrevenir la reaccin, el antiguo
apasionamiento volva a aparecer, y Mara experimentaba an con mayor
fuerza el pesar producido por aquel silencio de Zarzoso, cuyo verdadero
significado estaba muy lejos de adivinar.

Nunca se le ocurri el tener la menor duda sobre la fidelidad de doa
Esperanza, pues sta saba interesarse por su dolor y fingir una
indignacin sin lmites al hablar de lo que ella llamaba la ingratitud
de Zarzoso.

En una de estas crisis de apasionamiento amoroso, en que reapareca
intensamente el dolor causado por el olvido en que la tena su novio,
fu cuando Mara abord resueltamente a doa Esperanza, exponindola un
deseo que hasta entonces no se haba atrevido a manifestarla.

--Estoy convencida--dijo--de que ese hombre me ha olvidado. Yo creo que
hasta en esto que hoy siento por l hay ms odio que amor; pero
quisiera, ya que soy villanamente abandonada, convencerme de mi
desgracia en toda su extensin, y saber por qu causa ha faltado Juanito
a sus juramentos de amor. Diga usted, doa Esperanza: usted que tiene
tantas amistades, no encontrara un medio para que nos enterramos con
exactitud de lo que Juanito hace en Pars?

La viuda haca ya mucho tiempo que esperaba esta peticin y sobre ella
haba hablado extensamente con el padre Toms; pero, a pesar de esto,
fingi, como lo tena por costumbre, y en el primer instante manifest
no encontrar lo que Mara deseaba.

Despus pareci como que vislumbrara el auxilio apetecido.

--Creo que he encontrado lo que t deseas. Enterarse de la vida que
Zarzoso hace en Pars, de sus locuras y depravaciones, si es que
realmente ha cado en ellas, nadie puede hacerlo mejor que el padre
Toms, ese santo varn que viene aqu casi todas las tardes y que tiene
en Pars fieles amigos que pondrn en su conocimiento todo cuanto
ocurra. Antes de diez das, si t quieres, sabremos toda la verdad.

Mara intent resistirse. Le causaba cierto temor el hablar de sus
amores a aquel sacerdote que, a pesar de su caracterstica amabilidad,
le resultaba austero e imponente; pero doa Esperanza logr convencerla.

--No seas tonta, nia. Es fcil hablar de asuntos como ste a un padre
jesuta. Ellos, a pesar de su santidad, se mezclan en los negocios
mundanos para bien nuestro; adems, el reverendo padre, que es antiguo
amigo de tu familia, te quiere mucho y no vacilar en prestarte este
servicio. El es tu director espiritual, lo mismo que de tu ta; yo, en
tu nombre, solicitar una conferencia, y para hacer menos penosa tu
peticin, me adelantar a decirle algo de lo que ocurre. Vamos, no seas
nia y acepta.

Mara acab por decir que s a todo cuanto la propona doa Esperanza,
y al da siguiente por la tarde, estando la baronesa y su sobrina en el
gabinete prximo al saln, entr el padre Toms.

Las miradas significativas que se cruzaron entre el jesuta y la
aristocrtica beata, daban a entender la inteligencia que exista entre
los dos.

Por la maana, se haban visto la baronesa y el padre Toms y ste haba
rogado a la entusiasta penitente que en su visita de la tarde procurase
dejarle solo con su sobrina, pues crea llegado el momento de averiguar
la oculta pena que agobiaba a la joven.

Por esto, apenas se cambiaron algunas palabras entre los tres, la
baronesa, pretextando una ocupacin, sali del gabinete, dejando solos
al jesuta y a la joven.

El padre Toms mir a la puerta con cierta alarma, pues saba que la
baronesa era muy capaz de quedarse tras un cortinaje escuchando, y por
esto se acerc ms a Mara, a la que comenz a hablar con voz muy baja.

--Hija ma, s algo de lo que te sucede y comprendo que en esta
situacin angustiosa necesitas el auxilio de personas sensatas y de
sereno juicio que te aconsejen. Habla con entera franqueza, no te
intimide lo sagrado e imponente de mi ministerio. En este momento no es
el sacerdote quien te escucha, sino el antiguo amigo de tu familia, el
que te profesa un cario tan puro como si fueses su hija. Nosotros, los
padres jesutas, tenemos una gran ventaja sobre los dems sacerdotes. No
nos limitamos a auxiliar a la humana criatura en sus necesidades
religiosas; comprendemos que muchas veces necesita apoyo en su vida
social y por esto sacrificamos nuestro reposo hasta el punto de
intervenir en asuntos que no son de nuestro ministerio; habla, hija ma,
habla con entera franqueza. Nuestros penitentes son nuestros hijos, y
qu no har un padre cuando se trata de la felicidad y del sosiego de
los que son pedazos de su alma?

Estas dulces palabras tranquilizaron a Mara y la hicieron tener
absoluta confianza en el poderoso jesuta, que ya no le resultaba
austero e imponente, sino carioso y benigno.

La joven, tranquilizada ya, relat concisamente al jesuta la historia
de aquellas relaciones que l conoca perfectamente desde mucho tiempo
antes, y a continuacin formul la splica de que se interesara en
averiguar cul era la conducta de Zarzoso en Pars y el por qu de aquel
silencio inexplicable que haba venido a romper tan inesperadamente sus
amores.

El padre Toms, aquel santo varn que quera a sus penitentes como si
fuesen hijos y se desviva por su felicidad, acept inmediatamente el
encargo.

S; l lograra saber punto por punto lo que Zarzoso haca en Pars, y
con entera imparcialidad se lo revelara a Mara, pues en tal clase de
asuntos no le gustaba engaar ni mantener ilusiones que no eran ciertas.

Aquel mismo da escribira a sus amigos de Francia, rogndoles, en
nombre de los intereses de su Orden, que procurasen averiguar todo lo
concerniente a la existencia actual de Zarzoso, y se comprometa a dar
respuesta a la joven en el plazo de diez das.

El jesuta iba ya a terminar la conferencia y a llamar a la baronesa,
cuando aadi, como sabrosa postdata:

--Te advierto, hija ma, que no debes hacerte ilusiones sobre la
contestacin que recibiremos. No s por qu me anuncia el corazn que
ser poco grata. Ignoro qu clase de vida har ese seor Zarzoso; pero
Pars es un foco de corrupcin, donde no entra un joven que deje de
perder sus ms nobles cualidades. Ya ves t, qu otra cosa puede
esperarse de una ciudad republicana que inicia todas las revoluciones, y
de la cual el impo Gambetta ha expulsado a los hijos de San Ignacio,
vindose obligados los padres de la Compaa a vivir ocultos?

Mara, a pesar de esta seguridad que el padre Toms manifestaba por
adelantado sobre la corrupcin de Juanito, senta cierta esperanza y
aguardaba impaciente que transcurriese aquel plazo de diez das fijado
por el jesuta para saber toda la verdad.

En estos das, a la incertidumbre de Mara vino a unirse otra
incomodidad.

El elegante Ordez, que era el tertuliano ms asiduo de la baronesa,
aprovechaba todas las ocasiones para repetir a la joven sus
declaraciones de amor, y raro era el da en que no le hablaba de lo
feliz que se considerara si llegaba a alcanzar su mano.

Para colmo de desdichas, la baronesa habl una tarde a su sobrina del
porvenir de la mujer: dijo que ella deba ir pensando en casarse, ya que
siempre haba manifestado cierta tendencia en favor del matrimonio, y
termin indicndola que no vera con disgusto que el pretendiente
preferido fuese el hijo del duque de Vegaverde.




II

Amor propio herido.


Era la hora en que la tertulia vespertina de la baronesa de Carrillo
estaba en su perodo ms brillante y animado.

No faltaba ninguna de las antiguas realistas que desde haca muchos aos
acudan puntualmente a hacerle la corte a _Fernandita_, en quien
reconocan cierta superioridad, y all estaban todos, graves y
correctos, en aquel rejuvenecido saln, en el cual brillaba siempre por
su reconocido talento el marqus acadmico, mentor del Telmaco Ordez,
que estaba siempre entre el y la baronesa.

Doa Esperanza, a pesar de su carcter intrigante y movedizo, estaba en
un rincn afectando insignificancia y procurando, con su silencio, que
nadie se fijase en su persona, mientras ella contemplaba a todos con
curiosidad, y especialmente a Mara, que tambin formaba parte de la
tertulia.

La joven mostraba gran impaciencia.

En aquella tarde expiraba el plazo que haba fijado el padre Toms, y
ella aguardaba aquellas noticias de Pars tan ansiadas.

Haca ya algunos das que el poderoso jesuta no visitaba la casa, y
esta misma ausencia la haca esperar que el padre Toms no faltara a la
reunin de la tarde, tal como lo haba, prometido diez das antes.

Hablaban los tertulianos justamente de aquella ausencia del poderoso
jesuta, cuando un criado le anunci, entrando poco despus el padre
Toms, quien di su mano a besar a unos, estrech las de otros y
esparci sus amables sonrisas por toda la tertulia.

Una rpida mirada que el reverendo padre dirigi a la joven di a
entender a sta que traa las ansiadas noticias.

Mara sufra una horrible incertidumbre al ver que el padre Toms no se
apresuraba a hablarla y se enfrascaba en insustanciales conversaciones
con aquellos vejestorios de la tertulia.

Ordez, que se acerc a la joven para dispararla su cotidiana
declaracin, fu recibido con una frialdad rayana en grosera.

Lleg la hora en que, segn antigua costumbre de la casa, entraron los
criados con el tradicional chocolate, que reemplazaba al _lunch_ de la
alta sociedad montada a la moderna.

Las ricas salvillas de plata circularon de mano en mano, y entonces fu
cuando el padre Toms, despus de haber hablado algunas palabras al odo
de la baronesa, se dirigi con cautela al inmediato gabinete, indicando
a Mara con un ademn que poda seguirle.

Los tertulianos, animados por el soconusco, hablaban con ms calor,
formando amigables grupos, y a excepcin de Ordez y doa Esperanza, no
parecieron fijarse en aquella desaparicin de Mara y el jesuta.

Cuando los dos estuvieron en el gabinete, Mara interrog con una vida
mirada al padre Toms.

--Calma, mucha calma, hija ma--dijo el jesuta sentndose--. Las
noticias que traigo son muy graves, y es preciso que te armes de valor
para orlas. Las jvenes dais vuestro corazn al primero que se os
presenta y os resulta agradable; no buscis el sano consejo de la
experiencia, y despus os veis obligadas a llorar una terrible decepcin
y a desconfiar de la misericordia de Dios, cometiendo con ello gravsimo
pecado.

Mara estaba para or noticias y no consejos, as es que interrumpi al
jesuta:

--Pero qu es lo que hay?... Hable usted pronto, padre, pues me resulta
imposible contener la impaciencia. Oh!, respndame, por Dios! Me ha
olvidado Juan?

El jesuta contest inclinando afirmativamente su cabeza y Mara qued
silenciosa durante algunos minutos, como abrumada por la fatal
revelacin.

--Oh, padre mo! Dgame usted pronto cmo ha sido eso. Necesito saber
por qu causa me ha olvidado un hombre que juraba amarme tanto.

--Recuerda, hija ma, lo que te dije de Pars la ltima vez que nos
vimos. Es la ciudad del diablo. La sentina de corrupcin donde no puede
entrar un alma sin corromperse. Yo no culpo a ese joven, pues lo que le
ocurre, forzosamente haba de sucederle. Educado por su to, hombre ateo
y de reconocida impiedad, tiene la desgracia de carecer de toda clase de
sentimientos religiosos, y a esto se debe que haya cado con tanta
facilidad en el pecado, al verse rodeado por las seducciones de esa
Babilonia moderna.

--Pero, en fin, padre Toms--dijo impaciente la joven--. Qu es lo que
le ocurre a Juanito? Necesito que me lo diga usted sin ms prembulos,
pues siento una atormentadora impaciencia. No tenga miedo de hablar; soy
fuerte y sabr resistir la pena por grande que sta sea. Es que acaso
ama hoy a otra mujer?

--T lo has dicho--contest con entonacin bblica el jesuta--. Ese
ingrato te ha olvidado hasta el punto de enamorarse de la primera mujer
que ha encontrado al paso en las calles de Pars.

--Y quin es ella?--pregunt Mara con dolorosa curiosidad.

--Hija ma--contest el jesuta con pudorosa expresin y fijando su
mirada en el suelo--. Eres una seorita cristiana, bien educada y
virtuosa, y por lo tanto siento hablarte de ciertas miserias humanas que
tal vez ignores; pero es preciso que descendamos a ciertas podredumbres
de la sociedad para que comprendas mejor cul es tu situacin y la del
que fu tu novio. Juanito ama a una mujer depravada, a una perdida de
esas que venden su amor y pasan con la mayor desvergenza de los brazos
de un hombre a los de otro. Ya ves cuan terrible es su ingratitud al
abandonarte as, repentinamente, por un pingajo de vicio.

--Y es hermosa?

--Oh!, en cuanto a eso, mis informes son muy favorables. Esa mujer
tiene una diablica belleza, como todas las de su raza, pues has de
saber que es juda y se llama Judith, teniendo el apodo de _la Rubia_
por su blonda y esplndida cabellera. Esto hace ms abominable la infame
falta de Zarzoso. Ya ves t!, abandonar a una seorita virtuosa y
catlica por una perdida que, adems de sus vicios, tiene la mancha de
pertenecer a una raza infame que crucific a Nuestro Seor Jesucristo.

A Mara no pareca preocuparle mucho que la amante de Zarzoso fuese
hebrea y estuviese, por tanto, contaminada con la mancha del deicidio;
lo que s excitaba su rabia era que fuese tan hermosa, la mujer que le
haba robado su amor.

Quera ella tener pleno conocimiento de su infortunio; enterarse
detenidamente de aquellos amores impuros que la atormentaban, y por esto
rog al padre Toms que, sin ms prembulos ni preparaciones, la
relatara cuanto supiese de la vida de Zarzoso en Pars.

El jesuta, haciendo uso de su extremada habilidad, habl de modo que
cada una de sus palabras fu una pualada para Mara. El joven mdico
no escriba porque estaba enamorado como un loco de Judith, viviendo con
ella maritalmente y supeditado por completo a su voluntad, como si fuese
un esclavo, o ms bien un ser automtico.

--Segn eso, reverendo padre--dijo Mara con ansiedad--, ese hombre ya
no se acordar de m.

--Ay!, hija ma, ojal fuese as.

--Me asusta usted, padre mo! Qu quiere usted decir con eso?

El jesuta, silencioso e inmvil, se goz durante algunos instantes en
contemplar la dolorosa zozobra de la joven, y al fin dijo con lentitud:

--Ese hombre, para tu desgracia, se acuerda mucho de ti y se complace
villanamente en burlarse de tu amor y en ostentar impdicamente, a la
vista de todos, los recuerdos ms ntimos de tu pasin.

Mara pareca aterrada por tales noticias, y mientras tanto el jesuta,
con mefistoflica calma, segua relatando la historia infame que
anticipadamente se haba forjado.

Le era muy penoso, segn l deca, hacer tales revelaciones a una joven
pura y honrada, que tal vez no pudiese resistir tan fatal informacin;
pero era preciso decir la verdad, pues de lo contrario, Mara, al no
tener pleno conocimiento de su infortunio, podra algn da caer en la
tentacin de perdonar al que tanto la haba ofendido. Zarzoso, segn
afirmaba el jesuta, al enamorarse de aquella perdida, haba tenido el
especial gusto de burlarse de su antiguo amor, e impdicamente enseaba
a su banda de amigos y amigas, gentecilla perdida del Barrio Latino,
todos cuantos recuerdos conservaba de Mara.

--No tena l--continu el jesuta--, un cofrecillo de laca en el que
guardaba todas tus cartas y algunos objetos que eran como prendas de
amor? Pues bien, hija ma, me cuesta mucho el decrselo, pues s que
esto te producir inmenso dolor; pero todo este tesoro de cario, ese
montn de sagrados objetos, que deba inspirar a Zarzoso una adoracin
casi santa, por proceder de quien proceden, sirve de objeto de befa a
toda la gentecilla depravada que vive en el Barrio Latino. Judith, esa
perdida que tiene esclavizado a tu antiguo novio, mete sin compasin sus
impuras manos en la cajita y revuelve tus cartas, tu retrato, tus
pauelos y una trenza de cabello, mostrando todo esto a sus impuras
amigas para que saluden tu nombre con groseras carcajadas en presencia
de ese mismo Zarzoso, que muchas veces se une al coro de indecentes
chistes y obscenos comentarios que tu recuerdo provoca. Ya ves que
conozco bien el contenido de esa cajita de laca, lo que demuestra que
mis informes no pueden ser ms ciertos.

Mara escuchaba plida, aterrada, con los ojos desmesuradamente
abiertos, como si no pudiera creer en aquella infamia, que por lo
inmensa, nunca haba llegado a imaginar.

No era la decepcin amorosa lo que la haca sufrir en aquel momento; no
senta el dolor de la enamorada y tierna doncella que se contempla
olvidada con desprecio; en ella se haba despertado la susceptibilidad
terrible y arrolladora, aquel amor propio que caracterizaba a la familia
de Baselga, y que prefera la muerte antes que quedar en ridculo.

La joven estaba abrumada por tan terribles revelaciones, y en su
imaginacin vease ella misma desnudada por el mismo Zarzoso, expuesta a
las miradas injuriosas e insultantes de una juventud ebria y corrompida,
la cual, entre carcajadas y groseros chistes, iba arrancndole a jirones
su propia piel. Este tormento era igual, en concepto de la joven, al que
le haca sufrir Zarzoso entregando a la publicidad sus recuerdos de
amor, y haciendo que circulasen de mano en mano, entre mujeres impuras,
aquellas prendas queridas que ella haba entregado en un momento de
pasin.

Era tan enorme esta ingratitud de Zarzoso, resultaba tan inverosmil el
ser tratada as por un hombre al que no haba dado el menor motivo de
queja, que Mara levant con arrogancia su frente, y clavando su fija
mirada en el jesuta, exclam:

--Pero, Dios mo! No es posible tanta infamia. Aunque Zarzoso me haya
olvidado por otra, no es natural que se complazca en insultarme de un
modo tan infame. Esto sera propio de una cruel venganza y yo no he dado
a mi novio el menor motivo de queja. No, no es posible lo que usted
dice! Necesito pruebas para creerlo, lo oye usted, padre Toms?
Necesito pruebas.

Y al decir esto miraba al jesuta con recelo, como si comenzara a
adivinar que todo aquello era un miserable tejido de falsedades.

El reverendo padre sonri con frialdad y dijo con la misma expresin que
si compadeciera a Mara por su ceguedad amorosa:

--Te convenceras de lo que te digo si te enseara alguna de esas
prendas de amor que entregaste a Zarzoso, y que ste tena la obligacin
de guardar?

--Y cmo puede usted haber adquirido esa prueba?

--Ya te dije que entre los amigos de Zarzoso circulan tus recuerdos de
amor como objetos de risa. Hoy se han cansado ya de burlarse de ti, y
por esto no le ha sido difcil adquirir uno de ellos al amigo a quien yo
encargu, cediendo a tus ruegos, que se enterase de la existencia de
Zarzoso en Pars. Tengo en mi poder un objeto que te pertenece, y
spaslo, desgraciada, mi amigo lo adquiri de manos de la misma Judith a
cambio de unos cuantos francos.

Mara, plida, y como si la emocin no le permitiese hablar, se limit a
hacer un gesto imperioso, indicando que quera ver cuanto antes aquella
prueba fatal.

--Antes de verla--continu el jesuta--, conviene que recuerdes bien,
para que as sea ms completa la identificacin. Antes de marchar
Zarzoso a Pars no le entregaste t, una maana, en el Retiro y en
presencia de doa Esperanza, un bucle de tu cabellera envuelto en un
papel en el que habas escrito algo?

Mara contest moviendo afirmativamente la cabeza.

--Pues bien, desgraciada; mira esto y vers si lo reconoces.

Y el jesuta, introduciendo una mano en el bolsillo de su sotana, sac
el objeto que Judith haba robado a su amante.

Mara, apenas tuvo en su mano aquel papel, reconoci su letra, y
abrindolo vi que era el mismo rizo que ella haba cortado de su
cabellera. No caba ya la duda, y abrumada por una infamia tan evidente,
no tuvo fuerzas ni para lanzar la dolorosa exclamacin de sorpresa que
subi hasta su garganta.

--Oh, qu infamia! Qu he hecho yo para merecer tanta maldad?--y
murmurando estas palabras con quejumbroso acento, dejse caer en el
silln inmediato, pugnando por ahogar el llanto que haca agitar su
pecho con movimientos de estertor.

El jesuta permaneca impasible, como hombre incapaz de conmoverse por
la desesperacin que producan sus mentiras y tuvo especial cuidado en
aumentar el dolor de su vctima, diciendo con amable expresin:

--Aun no lo has visto todo, hija ma. Fjate bien en ese papel, que en
l hallars la prueba de la repugnante burla de que has sido objeto.

Mara volvi a fijar nuevamente sus ojos en el papel de la envoltura, y
entonces vi la frase cnica, inmunda y repugnante que Judith haba
estampado con su firma al pie de la tierna dedicatoria que ella haba
escrito all al entregar su recuerdo a Juanito.

Aquellas palabras de infame indecencia la anonadaron momentneamente, y
retorcindose en su asiento con suprema expresin de dolor, grit sin
cuidarse de que la podan or en el inmediato saln.

--Oh, Dios mo! Esto es demasiado, no se puede sufrir.

E inmediatamente experiment una reaccin propia de su carcter varonil
y su desaliento doloroso trocse en furor e indignacin.

Consideraba como un rasgo de imbecilidad el llorar y desesperarse por la
expresin infame de una mujerzuela corrompida. No, ella no llorara; no
dara gusto a aquel canalla que estaba en Pars, manifestando dolor por
haber sido abandonada; lo que ella senta era odio, inmensos deseos de
destruccin; lo que ella deseaba era vengarse de tales infames,
demostrarles que en nada la haban impresionado sus canallescas burlas.

Y manifestando estos pensamientos con entrecortadas palabras, iba de un
extremo a otro del gabinete, gesticulando como una loca y moviendo sus
crispadas manos en el vaco, como si buscara en l invisibles seres para
estrangularlos.

Aquella cara de mrmol que se ergua impasible sobre el cuello de la
sotana, sonrea sin duda interiormente, y mientras tanto, con acento
paternal, aprobaba cuanto deca la joven.

--No es muy buena la venganza, hija ma; la Iglesia la prohibe; pero hay
ciertos momentos en la vida, en que conviene no recibir las ofensas con
evanglica mansedumbre. T puedes vengarte, hija ma; debes demostrar a
esos infames que de ti se han burlado, que no te impresionan gran cosa
sus insultos y sus injurias. Debes negar con un acto de enrgica
resolucin ese amor del que se ha valido Zarzoso para ponerte en
ridculo.

Y hablando as, el jesuta sealaba con un gesto expresivo el inmediato
saln.

Mara le comprendi inmediatamente. S, all estaba la venganza, all la
satisfaccin del amor propio herido.

Guard apresuradamente aquel papel que haba derrumbado con rapidez el
areo palacio de sus ilusiones y, seguida del jesuta, entr rpidamente
en el saln.

Los tertulianos, despus de tomar su chocolate, seguan agrupados en
corrillos, conversando con animacin, mientras la baronesa iba de unos a
otros, procurando ocultar la inquietud de su curiosidad, excitada por
aquella conferencia entre su sobrina y el jesuta.

Apenas entr Mara en el saln, el elegante Ordez, como si presintiera
lo que iba a ocurrir, fu inmediatamente al encuentro de ella, que an
mostraba en su rostro la anterior agitacin.

--Seor Ordez--dijo Mara volviendo su vista a otra parte, como si
temiera que en sus ojos pudiera leerse lo que pensaba--. He tenido el
honor de que usted solicitara mi mano repetidas veces, atencin que le
agradezco mucho. Entonces, no poda responder; pero hoy, por
circunstancias que no son del caso relatar, me considero libre y me
complazco en decirle que acepto. Hable usted con mi ta, a quien
considero como si fuese mi madre. Le advierto que por hoy no siento
hacia usted ms que un sencillo afecto amistoso; pero tal vez con el
tiempo llegue a amarle si su conducta es como yo espero.

Ordez estaba asombrado ms que por la resolucin de Mara, por el modo
como se expresaba. Nunca haba credo l a aquella mueca capaz de
hablar con tanta serenidad y con un acento tan enrgico y decidido.

El joven se inclin saludando profundamente, y mientras Mara se
retiraba del saln, el elegante se dirigi a la baronesa para pedirla la
mano de su sobrina, manifestando la conformidad de sta, y aadiendo que
en caso de aceptar su demanda, ira al da siguiente su hermano mayor el
duque de Vegaverde, como jefe de la familia, a formular la peticin
oficialmente.

Mientras la baronesa consultaba con una rpida mirada al padre Toms,
los tertulianos se apercibieron de la significacin de aquella escena;
as es que cesaron todas las conversaciones y aguardaron silenciosamente
la respuesta de doa Fernanda.

--Ya que la nia est conforme--dijo la baronesa--, por m no hay
inconveniente. Creo que usted, al abandonar su vida de soltero, ser un
marido virtuoso y cristiano que har feliz a mi Mara.

Los tertulianos se manifestaron muy sorprendidos y contentos, por aquel
inesperado suceso que vena a turbar la monotona de la reunin.

Menudearon los plcemes, quiso llamarse a la nia para felicitarla; pero
algunos, ms considerados, se opusieron, teniendo en cuenta el rubor,
propio del caso.

El marqus acadmico, que era, de todos los presentes, el que se crea
con mayor competencia en asuntos de amor, charlaba por los codos, y
parndose ante cada grupo, exclamaba con la satisfaccin del que dice
una gran cosa:

--Carape! Esto ha sido sorprendente; s, seor, muy sorprendente. Lo
mismo que en las comedias, donde al finalizar el acto se casan los que
menos se imagina el espectador.

Mientras tanto, el hroe de la fiesta, o sea Ordez, haba cogido al
padre Toms de un brazo, y llevndoselo junto a un balcn, le
contemplaba admirado.

--Oh, reverendo padre!--le deca con acento respetuoso--; ahora estoy
ms convencido que nunca de que es usted un gran hombre que alcanza
cuanto se propone. Me dijo usted que la propia Mara, a pesar de todos
sus desdenes, vendra a buscarme, y as a sucedido. De qu misterioso
poder dispone usted, padre Toms? Me parece que despus de esto, ya
puede usted hacerle la competencia al diablo, seguro de ganarle.

El jesuta pareca muy halagado por estas ltimas palabras, que le
hacan sonrer con complacencia.

Mientras en la tertulia era todo agitacin y gozo, Mara, encerrada en
su cuarto, daba por fin rienda suelta al tropel de lgrimas que antes
haba contenido.

Adis, muertas ilusiones! Adis, risueas esperanzas de amor! Todo
haba acabado para ella, y ahora marchaba rectamente a un porvenir
montono y triste, unida a un hombre a quien no amaba y que casi le
resultaba odioso.

Senta ya arrepentimiento por su desesperada resolucin de momentos
antes; pero al convencerse de que todava amaba a Juanito, volva a
surgir en ella la indignacin y el deseo de venganza que peda a voces
el amor propio herido.

Por qu la haba abandonado de un modo tan infame? No le amara ms,
aunque para ello tuviese que batallar con aquel corazn dbil, que se
empeaba en seguir considerando cariosamente al que tanto la haba
ofendido.

Su amor propio y su altivez de raza, eran incompatibles con la injusta
bondad y no la permitan desempear el papel de vctima resignada.

No se arrepenta de lo hecho; y si no hubiese encontrado a Ordez para
casarse, hubiera ofrecido su mano al primero que pasara por la calle.

Aquel papel que tena entre sus manos, aquella inscripcin insultante de
una meretriz impdica, era suficiente para mantenerla en su furor y
hacer que, impulsada por el odio, se limpiase las lgrimas como
avergonzada de tal debilidad y se revolviera en su cuarto cual una leona
herida, derribando al paso cuantos muebles encontraba.




III


_Una respuesta del doctor Zarzoso_


Apenas la mano de Mara fu pedida oficialmente por el duque de
Vegaverde, aquel senador sesudo que consideraba con el mayor desprecio a
su hermano el calavera, la baronesa y el novio, aconsejados por su
irreemplazable orculo el padre Toms, comenzaron a arreglar todos los
preparativos de la boda.

Doa Fernanda, no se sabe si por propia inspiracin o por ajeno consejo,
se mostraba muy radical en todos estos preparativos.

--Yo no soy partidaria de los noviazgos largos--deca continuamente a
sus amigos--. Me gusta que lo que tenga que ser, sea pronto.

Y por esto la boda de Mara marchaba con gran rapidez a su desenlace.

El suceso era muy comentado en la alta sociedad, pues llamaba la
atencin, tanto la respetable fortuna de Mara como los antecedentes del
novio, que no podan ser ms pblicos.

Ordez, tal vez porque envidiaban muchos su buena suerte, era objeto de
numerosos e irnicos comentarios.

--Ese ya ha encontrado lo que quera--decan sus amigos en el Casino--.
Una mujer millonaria y adems beata y algo tonta, segn aseguran los que
la conocen. Es de esperar que antes de dos aos, Ordez se haya comido
la fortuna.

El padre Toms haba fijado la boda para dos semanas despus del da en
que Mara acept la declaracin de Ordez, y como hombre poderoso en
todos los asuntos concernientes a la Iglesia, se haba encargado del
arreglo de los documentos y dems formalidades necesarias para que el
matrimonio cannico se efectuara en el plazo marcado.

Mara asista como una sonmbula a todos aquellos preparativos de boda,
que parecan destinados a otra mujer, segn la impasibilidad con que los
acoga.

Reciba, al lado de su ta, las visitas ntimas, acogiendo sus
felicitaciones con estpidas sonrisas; y experimentaba alegras de nia
mimada al ver los regalos con que la obsequiaban los numerosos amigos de
la casa y las principales familias de la nobleza, unidas a los Baselgas
con lazos de parentesco ms o menos lejano.

Muchas veces, en aquella calma insensible en que pareca sumida, surgan
relampagueos de odio que la hacan recordar su exacta situacin. Era
entonces cuando menos arrepentida se mostraba del matrimonio que iba a
contraer, y experimentaba una alegra amarga y punzante, pensando que
todo aquello le servira para vengarse del hombre que tan injustamente
la haba despreciado.

Abrigaba la esperanza de que Zarzoso no era capaz de olvidarla
repentinamente tan por completo y crea que el da en que tuviese
noticia de su casamiento, el joven mdico sentira renacer su antigua
pasin y experimentara un remordimiento sin lmites.

En esto cifraba Mara su venganza, y por ello cada vez que reciba un
regalo de bodas o su futuro esposo le diriga una galantera amorosa,
pensaba con fruicin en que si Zarzoso estuviera all todo aquello sera
para l un motivo de terrible desesperacin.

Se aproximaba el da sealado para la boda, y la baronesa mostrbase muy
complacida en arreglar las cosas con solemnidad. Quera que todo se
hiciese en grande, como corresponda a la clase social de los novios, y
adems por su aficin tradicional, odiaba las costumbres de la moderna
aristocracia que efecta los casamientos con sencillez casi ocultndose,
como si se avergonzara de un acto tan solemne.

Ella quera que el matrimonio de su sobrina fuese bien pblico, a la luz
del da, con aparato casi regio; y en esto la apoyaba Ordez a quien no
le vena mal que moviese mucho ruido su boda con una millonaria, en
aquella sociedad que, aunque le halagaba, le tena por un estafador y un
aventurero de mala ley.

El padre Toms dispensara a los novios el alto honor de darles su
bendicin. Al acto, que se verificara en la capilla de la casa,
acudira lo ms selecto de todo Madrid, y la misa sera amenizada por
una gran orquesta y los principales cantantes del teatro Real. En fin,
que la baronesa, ya que no haba conseguido que su sobrina fuese monja,
quera al menos que su casamiento metiese ruido en el gran mundo, y no
reparaba en gastar miles de duros, aunque esto le atrajera el dictado de
cursi.

Terminada la ceremonia, los novios saldran de Madrid para efectuar el
largo viaje que es de rbrica y cuyo itinerario se discuti bastante;
pues Mara no transiga con entrar en Pars, aunque slo fuera de paso.
A pesar del ansia de venganza que senta y su vehemente deseo de
mortificar a Zarzoso, estremecase solamente al imaginar que poda
encontrarse en los bulevares con el joven mdico, yendo ella del brazo
con Ordez.

La proximidad de su matrimonio no evitaba que pensase en su antiguo
amor, y la vspera misma de la ceremonia fu cuando envi a Pars el
papel que envolva sus cabellos, con una carta sin firma, en la que daba
cuenta de su casamiento, experimentando, al pensar lo que sufrira
Zarzoso al recibirla, la amarga complacencia del desesperado que muere
matando.

Cuando entreg la carta a doa Esperanza, que esta vez fu fiel y la
puso en el correo, experiment cierto vaco, como si con aquella prueba
fatal que tanto excitaba su odio, desapareciera el vehemente deseo de
venganza.

Mostrbase arrepentida de su violenta resolucin que la empujaba a un
matrimonio poco grato, y para hacer ms doloroso su estado, la vspera
misma de la boda, doa Fernanda sufri un accidente, que puso en
conmocin toda la casa.

No se supo si fu a consecuencia de la agitacin producida por los
preparativos de la boda o por el berrinche que la causaron las
murmuraciones de ciertas amigas suyas que la criticaban por lo ostentoso
de la boda, tachndola de cursi y de persona de mal gusto; pero lo
cierto result que en aquella maana doa Fernanda tuvo un ataque de
nervios, asustando a toda la servidumbre pues desde la muerte de su
hermano el padre Ricardo, no la haban visto en un estado tan alarmante.

Fueron a buscar en seguida al viejo doctor Zarzoso, y como si su
presencia ejerciera cierto influjo sobre el excitado nimo de la
baronesa, sta se calm apenas el doctor estuvo algunos minutos a su
lado.

Mara experimentaba gran complacencia al ver en su casa, y en la vspera
de la boda, al to del hombre odiado, v se mostraba amable en extremo,
ensendole sus regalos de boda, y abrumndole a fuerza de atenciones,
con el loco intento de mortificarle como si el pobre seor hubiese
alguna vez tenido noticias de que Juanito era el dueo de aquella
beldad.

El doctor, como un oso domesticado a medias, refunfuando y visiblemente
molestado, se dejaba llevar por la joven, no pudiendo comprender el
motivo de tanta amabilidad. Siempre le haba llamado la atencin la
inexplicable benevolencia de aquella joven sonriente, a la que l, por
otra parte, consideraba con alguna simpata, pues en su concepto era la
nica sangre algo pura que haba en la familia.

Miraba con poca atencin todos los valiosos objetos que le enseaba la
joven y que para l eran chucheras sin importancia, dijes propios del
afeminamiento que exista en la sociedad; pero, en cambio, no quitaba
sus ojos del novio, de aquel Ordez, al que miraba con la misma
atencin que el naturalista contempla a un bicho raro.

Vaya un tipo el de aquel elegante, enjuto, extenuado, y que con gestos
de soberano desdn ocultaba el aire de cansancio de la vida que se
notaba en su rostro! El doctor admiraba a este representante de la
degeneracin aristocrtica que era un tipo acabado de esa degradacin
hereditaria de las altas familias, que tiene su principio en la
glotonera y en la lujuria y su fin en el raquitismo y la imbecilidad.

No pasaban inadvertidas para el doctor las seales exteriores que en
aquel mozo haba dejado su anterior vida de crpula, y se fijaba con una
insistencia que no pasaba inadvertida para Ordez en las manchas de su
rostro, que delataban un emponzoamiento de la sangre por la lepra del
vicio.

La mirada del viejo Zarzoso iba desde Ordez a aquella joven robusta,
fresca y alegre, a la que quera por no pertenecer fsicamente a la raza
aristocrtica y degenerada que tales censuras le mereca; y al pensar
que iban a unirse en ntimo contacto dos organismos tan distintos,
sinti tentaciones de protestar en nombre de la salud y de la
Naturaleza, amenazando, en caso contrario, con un contagio terrible que
deshara rpidamente la lozana y el vigor de una joven tan sana, fuerte
y hermosa.

Pero el doctor se abstuvo de hablar en presencia de toda aquella gente
aristocrtica, que poda considerarse aludida por sus apreciaciones, y
se despidi de todos, dando las gracias a Mara por su amabilidad y a la
baronesa por su invitacin a que asistiera a la fiesta del da
siguiente.

Doa Fernanda, en vista de la negativa del doctor y de que ella no se
senta an muy segura de sus nervios, le arranc la promesa de que al
menos al da siguiente ira a visitarla despus que hubiese terminado la
ceremonia.

Cuando el viejo Zarzoso sali a la calle iba refunfuando:

--Ese casamiento es un asesinato que se lleva a cabo en presencia de la
sociedad entera y sin que ninguna ley lo castigue. Ni al mismo diablo se
le ocurre casar una muchacha sana y robusta con un hombre que en las
venas debe tener pus en vez de sangre. Bueno est el tal mocito! De
seguro que tiene la tuberculosis y no tardar en contagiar al organismo
puro de su mujer. Buenos hijos producir el tal matrimonio! Las leyes
de hoy son una farsa, pues slo tratan de cosas que nicamente deban
ser de la competencia de los mdicos alienistas, y en cambio no se
preocupan del porvenir de la humanidad. Ni una sola disposicin para
fomentar el vigor y la salud de las generaciones venideras! Si estos
Gobiernos tuvieran sentido comn, ordenaran el examen mdico antes de
todo matrimonio; as se evitaran muchas desgracias y podramos
librarnos de que antes de un par de siglos la humanidad sea un vasto
hospital y un gigantesco manicomio.

Al da siguiente verificse el acto del que tanto se hablaba en la alta
sociedad.

Mara y Ordez se casaron con todas las solemnidades deseadas por doa
Fernanda, y despus de despedirse de aquel pblico brillante y
privilegiado que haba asistido a la ceremonia, salieron para el
extranjero.

La baronesa se despidi de ellos en el mismo andn de la estacin, y
cuando volvi a su casa, recibi al poco rato la visita del doctor
Zarzoso.

--Ay, querido doctor!--le dijo la baronesa--. Qu sola me encuentro
desde que ha partido la nia! Parece como que la casa est deshabitada.
Y sin embargo, estoy contenta, s, seor, muy contenta. La ceremonia del
matrimonio ha sido una fiesta solemnsima, como en muchos aos no se
haba visto en Madrid. Adems, Mara ser muy feliz, tendr un esposo
modelo.

Debi traslucirse en el rostro del doctor el mal efecto que le causaban
estas palabras, por cuanto la baronesa se apresur a aadir:

--No piensa usted lo mismo que yo? Cree usted que este matrimonio
resultar desgraciado? Vamos a ver, hable usted con entera franqueza.
Qu opina usted del casamiento de mi sobrina?

El doctor salud y dijo con su rudeza que no admita rplica:

--Seora, opino que ese casamiento ha sido un crimen.




PARTE SEGUNDA

PAQUITO ORDOEZ




I

La clnica de los nios.


Todas las maanas, a las once, el portero de aquella gran casa de la
Carrera de San Jernimo experimentaba una sorda desesperacin que se
conoca en su rostro, al ver subir por la escalera de deslumbrante
mrmol, adornada en el centro por una ancha faja de fieltro rojo sujeta
con doradas varillas, a toda una procesin de gente pobre, sucia y
desharrapada, en su mayora mujeres de los barrios bajos, llevando al
brazo o cogidos de a mano una turba de chiquillos voceadores y
mugrientos, que al mismo tiempo que ensuciaban los brillantes peldaos,
promovan al subir, temerosos y azorados, una verdadera tempestad de
protestas, lloros y aullidos.

Era la hora en que se abra la Clnica gratuta para enfermedades de los
nios en el segundo piso, donde vivan, instalados con gran lujo, el
viejo doctor Zarzoso, catedrtico jubilado de la Escuela de San Carlos y
que ya no quera visitar, y su sobrino don Juan Zarzoso, mdico de gran
fama, a pesar de su juventud, tanto por numerosas curas casi milagrosas
que haba realizado, como por haber permanecido cinco aos en Pars
estudiando la especialidad de enfermedades infantiles, circunstancia que
no era la que menos impresin causaba en la generalidad del vulgo, que
mira con cierto respeto supersticioso la ciencia que procede del
extranjero.

El joven doctor era muy apreciado entre las clases elevadas de Madrid;
pero este afecto no tena comparacin con la popularidad que gozaba
entre la gente humilde, a causa de aquella consulta gratuta que abra
todas las maanas en su propia casa, y en la cual no slo recetaba, sino
que muchas veces, cuando se hallaba en presencia de la verdadera
miseria, proporcionaba a los enfermos medios de subsistencia y de
higiene.

Aquella sucia oleada de pobreza que todos los das invada la hermosa
escalera produciendo sordo rumor, malhumoraba al rgido portero y a los
inquilinos de las otras habitaciones. Hasta el mismo doctor Zarzoso, el
viejo, encontraba que iba hacindose abusiva aquella clientela, que
aumentaba rpidamente; pero en el fondo agradbanle mucho la delicadeza
y paciencia de su sobrino al socorrer a la humanidad doliente.
Complacase en reconocer que Juanito no era rudo y atrabiliario como l,
que segn decan en el hospital, siempre haba hecho el bien a
puetazos.

El joven Zarzoso tena una popularidad tan grande, que de haberse
presentado alguna vez en los barrios bajos solicitando algo de sus
clientes, es indudable que todas las madres le hubiesen llevado en
triunfo, dejndose matar por l.

Su nombre corra de boca en boca por los barrios obreros, y no caa
enfermo un pequeuelo, sin que faltase al momento la amiga oficiosa que
se encargase de decir a la desconsolada madre que aquello no sera nada,
pues bastaba que al da siguiente fuese con el pedazo de sus entraas a
casa del mdico joven, como le llamaban por antonomasia; un seor _mu_
amable, _mu_ fino y _mu cabayero_, que no slo se abstena de sacarles
pesetas a los pobres, sino que si les faltaba algo para poner el
puchero, se rascaba el bolsillo en obsequio del pobre enfermito.

La fama de aquel bienhechor corra de un extremo a otro de Madrid, y las
horas de consulta gratuta eran muchas veces insuficientes para la
inmensa concurrencia de madres y padres, con sus correspondientes
pequeuelos, que no encontrando sitio en las antesalas ni aun para
permanecer en pie, acampaban en la escalera y tomaban asiento en los
peldaos de mrmol, con gran desesperacin del portero, que vea
aumentarse con esto sus tareas de limpieza.

A la gratitud vehemente y conmovedora de aquella clientela miserable,
unase cierta satisfaccin de amor propio halagado, al saber que el
mismo mdico que curaba gratis a la gente pobre, era muy apreciado entre
las clases acaudaladas, a las cuales haca pagar las visitas con
bastante esplendidez.

Esto contribua a aumentar su popularidad entre los miserables.

--Es un grande hombre--decan algunos de los filsofos con gorra de seda
y blusa blanca de los barrios bajos--. Ese _cabayero_ sabra arreglar
perfectamente la cuestin social. Les saca a los ricos cuanto puede para
drnoslo a los _probes_.

Hasta las once de la maana el portero tena orden de no permitir la
entrada a las mujeres y nios, que iban detenindose en la acera y
entablando conversaciones sobre las enfermedades que les obligaban a ir
en busca del bondadoso mdico; pero apenas sonaba dicha hora, el rebao
de la miseria asaltaba la escalera, anunciando su presencia con un
confuso pataleo, y pugnando todas las madres por llegar las primeras y
coger buen nmero, entraban en los lujosos salones de espera, donde los
criados iban estableciendo el turno entre aquella pobre gente, que por
su escasa educacin provocaba a cada instante ruidosos altercados.

Zarzoso, con algunos ayudantes jvenes como l, y que le admiraban cual
a maestro, ocupaba un gabinete por el que iban desfilando todos los
nios, con el acompaamiento de sus familias, las cuales contestaban a
coro a todas las preguntas del doctor, y muchas veces se enzarzaban en
grotesca discusin antes de dar una respuesta.

Necesitbase toda la paciencia del joven doctor y su sonriente calma
para sufrir diariamente aquella consulta de algunas horas que fatigaba a
sus ayudantes.

Las madres, al hablar al doctor, lloriqueaban como si vieran ya a sus
hijuelos camino del cementerio; los nios, temerosos y asustados al
fijarse en los aparatos y objetos cientficos que estaban en el
gabinete, aullaban apenas el doctor les pona la mano encima, como si
temiesen que cada uno de sus dedos fuera a convertirse en un cuchillete
que practicara en su cuerpo las ms dolorosas operaciones; y fuera del
local de la consulta en aquellos dos vastos salones de espera, sonaba un
murmullo de gigantesca colmena, producido por la impaciencia de la gente
que deseaba entrar.

Algunas veces el viejo doctor Zarzoso sala de sus habitaciones y se
encaminaba al gabinete de consultas, pasando por entre aquella multitud
a cuyos saludos contestaba refunfuando y repartiendo algunos tirones de
orejas entre los chicuelos, que jugueteaban con la misma confianza que
si estuvieran en la Ronda o se escondan tras los muebles.

A pesar de que le satisfaca el inmenso y conmovedor servicio que
prestaba su sobrino, el viejo doctor refunfuaba por costumbre.

--Esto es intolerable--le deca a Juan--. Has convertido nuestra casa en
una prolongacin de la calle. Vaya una confianza la de esa gente que
hace aqu lo mismo que si estuviera en su casa! Yo no critico el que
cures a toda esa gente; lo que si encuentro mal es que tengas tus
habitaciones particulares tan mal arregladas, y, en cambio, te hayas
gastado tantos miles de pesetas en amueblar esos salones que solo sirven
para que esperen en ellos las gentes ms piojosas de Madrid. Ya que
tienes ese capricho, al menos procura rociar con cido fnico todos los
muebles. Los criados dicen que, despus que se va esa gente, necesitan
temer abiertos los balcones ms de dos horas para que se aireen las
habitaciones, y aun as, todava queda olor. Vaya una gente curiosa!
Hay ah una caterva de chicuelos tiosos que se restregan la cabeza
contra el respaldo de los sillones, y el otro da agarr a un pillete en
el acto de limpiarse los mocos con una cortina de terciopelo. Flojo fu
el cachete que se llev!

Y as segua el viejo enumerando todos los abusos de aquella gente, sin
que en el fondo los sintiera gran cosa, pues nicamente le servan para
refunfuar y desahogar su rudo carcter, que todo lo encontraba mal.

El joven Zarzoso limitbase a sonrer en contestacin a todas las quejas
que con agrio acento formulaba su to.

--Hay que dejar a los pobres--deca a sus ayudantes--que gocen de
algunas comodidades, aunque slo sea por unas cuantas horas. Es criminal
y egosta el reservarse para uno solo las ventajas que le produce su
posicin social.

Y con cierta coquetera de bienhechor satisfecho de sus actos, atenda
al embellecimiento de aquellos salones, por los que desfilaba todo el
Madrid miserable, sin fijarse en que este capricho le costaba mucho
dinero.

Las respetuosas indicaciones de sus criados merecan siempre idntica
contestacin.

--Seor, la alfombra del saln nmero uno est ya muy ajada. La compr
el seor este mismo ao y, sin embargo, est quemada y rota.

--Avisa al tapicero y que ponga otra.

--Si me lo permite el seor, le indicar que hay unas alfombras de
fieltro ms baratas y ms fuertes. As me lo ha dicho el tapicero.

--Haz lo que te digo, y que la alfombra sea de igual clase que la rota.

Y a este tenor eran todas las conversaciones entre Zarzoso y sus
criados. La seda de los sillones haban de cambiarla cada tres meses, a
causa de los desahogos naturales de los nios y del pringue que en ella
dejaban las faldas de las madres; y no todo era suciedad de la miseria,
pues tambin el irritante abuso y la costumbre del delito pasaban por
all dejando sus huellas, sin tener en cuenta la misin sagrada y santa
que en aquella casa se cumpla.

Las flores de las doradas jardineras, las estatuillas puestas encima de
las chimeneas y los _bibelots_ que adornaban los rincones, eran hurtados
diestramente, a pesar de la vigilancia de la servidumbre.

Haba entre aquella gente desharrapada muchos seres que, por costumbre o
por mana, sentan removerse en su interior el instinto del robo a la
vista de tales preciosidades; y, a pesar de que esto era una
confirmacin prctica de las teoras que sustentaba el viejo doctor
Zarzoso, ste juraba como un condenado cada vez que desapareca un
objeto, y afirmaba que cualquier da iba a ponerle una carta al
gobernador pidiendo que considerara aquellos salones como va pblica y
estableciera en ellos un retn de Polica.

La benvola calma del joven doctor era inalterable, y en vez de
ofenderse por unos robos que tanta ingratitud denotaban, an se
esforzaba en excusar a los autores, fundndose en su escasa educacin,
en el ambiente en que vivan, etc.

--Seor, los libros y los lbumes artsticos que puso usted en los
veladores de los salones han desaparecido en su mayor parte, y los que
quedan estn faltos de hojas y les han arrancado las mejores lminas.

--Est bien--contestaba sonriendo--; me gusta la noticia. Eso demuestra
que esa pobre gente siente el afn de ilustrarse, y para aprender a
salir de la ignorancia apela hasta al robo. Maana pondremos ms libros.

Y de este modo aquel joven bienhechor que se esforzaba en servir a sus
semejantes sin hacer ostentacin de su virtud y sin fijarse casi en sus
actos, segua acogiendo pacientemente, todos los das, a aquella turba
de desgraciados, atento nicamente a hacer bien y sin fijarse en los
desmanes que pudieran cometer en su propia casa.

Era rico; los nios nacidos en elegantes alcobas y criados entre los
esplendores del lujo, se encargaban de proporcionarle con sus dolencias
hereditarias, cuanto dinero necesitaba para sus filantrpicos
despilfarros, y bien poda el darse el gusto de derrochar miles de duros
auxiliando a la clase obrera y desheredada, siendo el protector de
aquellos otros nios que, no solo carecan de comodidades, sino que
muchas veces su enfermedad proceda de la falta de nutricin.

Su clientela pobre y el estudio de los ltimos adelantos cientficos
constituan sus nicos placeres, y, a pesar de la riqueza y el lujo que
le rodeaban, hacia una vida casi austera que alarmaba a su to, a pesar
de que este, entregado de lleno a la ciencia, no haba gustado gran cosa
de los placeres de la vida.

El viejo doctor tena a veces ideas muy originales, segn afirmaba su
sobrino. Cada vez que se enfureca con los desacatos de aquella
clientela pobre, terminaba sus recriminaciones siempre con la misma
pregunta:

--Oye, Juan: por qu no te casas? la presencia de una mujer aqu
pondra orden y hara que acabasen todos esos abusos que me irritan.

--Y usted, por qu no se ha casado, to?--deca el joven, eludiendo la
respuesta.

--Porque nunca he tenido tiempo para pensar en eso y porque no haba a
mi lado una persona que me lo recordase. Pero t que me tienes a m,
debes seguir mi consejo, y si te decides a casarte, yo me encargo de
buscar una mujer, que a ms de las condiciones de su sexo, tenga la
salud necesaria y un gran equilibrio orgnico, para que vuestros hijos
no sean micos, como la mayor parte de los productos de la generacin
actual. Vamos, sobrino, decdete; me gustara eso de tener nietos sin
haber sido padre.

Pero el joven no se dejaba convencer por las palabras de su to, a las
que responda siempre con una enigmtica sonrisa.

El ya estaba casado. Haba contrado matrimonio con toda la pobreza de
Madrid, y le sera fiel mientras viviese.

Esta resolucin le resultaba muy extraa al to, quien lleg a creer en
ciertos momentos que su sobrino tena amores ocultos; alguna querida a
quien visitaba en secreto; pero no tard en convencerse de la falsedad
de tales suposiciones.

La ciencia y el bien de sus semejantes eran las nicas pasiones del
joven doctor.

Una maana en que caa uno de esos terribles aguaceros que convierten
las calles en arroyos y dispersan rpidamente a los transentes que se
guarecen en los portales temiendo por la integridad de sus paraguas,
Zarzoso abri su Clnica, como de costumbre, a las once.

Era poca la gente que esperaba, en proporcin a la de otros das, pues
slo en uno de los salones se agrupaban algunas mujeres con sus nios.

La lluvia haba acobardado, indudablemente, a muchos de los que asistan
diariamente a la Clnica.

Fueron desfilando por la puerta del gabinete aquellos grupos de
desgraciados, dejando sobre las ricas alfombras sucias manchas con sus
embarrados pies, y cuando ya no quedaban esperando ms que dos o tres
familias, entr apresuradamente en el primer saln de espera un hombre
moreno, fornido y con patillas a la inglesa, que vesta una lujosa
librea.

Pregunt apresuradamente por el doctor a uno de los criados, que le
trataba con gran atencin, atenindose a que aquel servidor, por su
traje y por sus maneras, deba pertenecer a una gran casa.

Quera ver al doctor inmediatamente, y cuando el criado de ste le dijo
que su seor no estara libre hasta que terminase la consulta, el recin
llegado manifest gran alarma.

--Es un caso de urgencia--deca en voz alta, sin fijarse en la
curiosidad con que le oan las gentes que an estaban en el saln de
espera--. El seorito se muere y la seora condesa espera al doctor como
si esperase a Dios. Vaya, amigo--continu dirigindose al criado--;
haga, por Dios, el favor de decirle al seor Zarzoso que me deje entrar
en su gabinete, para rogarle que venga en seguida.

El criado entr en la habitacin donde estaba su seor y momentos
despus volvi a salir, dejando franca la puerta al recin llegado.

Este, cuando se hall en presencia de Zarzoso y sus ayudantes, le rog,
con entrecortadas frases, que le siguiera sin prdida de tiempo.

--Tengo abajo el carruaje, seor doctor. Venga usted cuanto antes, pues
la seora condesa est muy asustada en vista de la enfermedad de su
hijo.

Zarzoso estaba muy acostumbrado a aquella clase de entradas rpidas e
inesperadas, en las cuales se pintaba la zozobra y la alarma, y por esto
pregunt con el tono fro e indiferente del que cumple un acto de su
profesin:

--Dnde vive la seora de usted?

--En el paseo de la Castellana. Mi seora es la condesa de Baselga.

Zarzoso, a pesar de su carcter fro e impasible, y del gran dominio que
tena sobre sus nervios, no pudo evitar un instintivo movimiento que
aquel criado tom por una negativa.

--Qu! No quiere el seor venir?

Zarzoso pareca dudar y, por fin, contest:

--Ir despus, cuando termine la consulta.

--Por Dios!, seor doctor. Ese retardo sera fatal; el seorito est
muy enfermo y su madre, la condesa, es capaz de morirse de desesperacin
si usted tarda en presentarse.

--Es el hijo de la condesa el enfermo?

--S, seor doctor; su hijo, su hijo nico; un nio que siempre est
enfermo. La seora condesa tiene en usted gran confianza y me ha
encargado que no volviera sin que usted viniese conmigo. El seor doctor
comprender que cuando la condesa se decide a llamarle el caso debe ser
muy urgente.

A Zarzoso le pareci que el criado deca estas ltimas palabras con
cierta intencin, y hasta crey ver en sus ojos una expresin maliciosa
que subrayaba lo anteriormente dicho.

Llamarle a l Mara? Pedirle que fuese a su casa para que salvase a su
hijo; a aquel fruto de una unin que tanto le atormentaba? Qu cosas
tan extraas ofrece la vida!

Aquella frialdad de carcter, aquel tenaz empeo de olvidar el pasado,
aquella vida asctica que haba cado como una losa sobre sus recuerdos,
permitindole vivir tranquilo durante cinco aos, todo se desvaneci
rpidamente, y los antiguos sentimientos volvieron a reaparecer.

Zarzoso crey sentir sobre su rostro la caricia del pasado y que un
ambiente de nueva juventud le rodeaba, y hasta se crey igual,
momentneamente, a aquellos tiempos en que, todava estudiante, iba a la
calle de Atocha a esperar una ocasin favorable para ver un instante a
Mara asomada tras los vidrios de un balcn.

--Vamos all--fu todo lo que dijo al criado; y pidiendo a uno de su
servidumbre el sombrero y el gabn, sali por entre aquella clientela
que miraba hostilmente al hombretn que haba venido a arrebatarles su
mdico.

Los ayudantes de Zarzoso quedaron encargados de la clnica, como era
costumbre cuando ste tena que ausentarse.

Frente a la puerta de la casa, estaba parada una elegante berlina con
soberbio tronco, cuyos cocheros aguantaban, impvidos e inmviles, el
diluvio que les caa encima.

El mdico y el criado atravesaron rpidamente la acera bajo aquel
torbellino de agua, y Zarzoso tom asiento en el interior de la berlina,
mientras su acompaante gritaba: "A casa!", y se colocaba despus
frente al doctor.

El carruaje emprendi una desesperada carrera por las calles casi
solitarias, arrastrado por aquel par de fogosas bestias, a quienes
cegaba la lluvia que el viento empujaba hacia sus ojos.

En el interior de la berlina, el criado, con su galoneada gorra en la
mano, pues no quera cubrirse en presencia del doctor, miraba a ste con
sonriente fijeza.

Su voz vino a sacar de pronto al doctor de las reflexiones en que
pareca sumido, mientras miraba distradamente las gotas de lluvia que
se deslizaban por los vidrios de las portezuelas.

--Creo, seor doctor, que usted no me ha conocido.

Zarzoso le mir por algunos momentos, y despus hizo un gesto negativo.

--Sin embargo--continu el criado--, hace ya mucho tiempo que nos
conocemos, slo que este traje que ahora visto y los modales propios de
la profesin, desfiguran mucho al hombre. Mreme usted bien. De veras
que no me conoce?

Zarzoso volvi a hacer otro ademn negativo, y entonces el criado dijo
alegremente y con expresin de confianza:

--Pues bien, don Juan; yo soy Pedro Martnez, el antiguo asistente de
don Esteban Alvarez, aquel Perico que usted conoci all, en Pars, en
la calle del Sena.




II

La familia est completa!


Aquella maana era de sorpresas para el doctor Zarzoso. Le llamaba la
mujer a quien tanto haba amado, y despus reconoca a un antiguo amigo
en el criado que haba ido a avisarle.

No le cupo duda alguna al joven doctor de que aquel hombre era el
antiguo y fiel compaero de don Esteban Alvarez. Era verdad que la
librea le desfiguraba mucho, pero, a pesar de esto, su rostro, aunque
algo modificado por el tiempo, tena an aquellas facciones rudas y
enrgicas que, segn el mismo interesado, eran el distintivo de todos
los brutos que haban tenido la honra de nacer en la parroquia de San
Pablo, de Zaragoza.

Zarzoso haba perdido de vista al fiel Perico poco despus de la muerte
de su seor. Sin despedirse de otra persona que de Agramunt, desapareci
de Pars, sin decir adnde iba, y ahora se lo encontraba Zarzoso
convertido en criado de una gran casa y siendo, sin duda, el servidor de
confianza de Mara.

El joven doctor estrech la mano que le tenda su antiguo y rudo amigo,
el cual, comprendiendo que Zarzoso deseaba conocer la causa de aquel
cambio, habl as:

--Apenas me vi solo en Pars, me propuse cumplir, sin prdida de tiempo,
el ruego que mi difunto seor, el buen don Esteban, me haba hecho poco
antes de su muerte. Promet yo pasar el resto de mi vida al lado de su
hija doa Mara, velando por ella y dispuesto a toda clase de
sacrificios si se encontraba en un peligro, y pocos meses despus de la
muerte de mi seor me vine a Madrid con la intencin de cumplir lo
prometido. La condesa de Baselga haba vuelto ya de su viaje de novios,
y su marido, que es un antiguo calavera, y que aqu entre los dos lo
considero como un pillete, capaz, si lo dejaran, de comerse en cuatro
das la fortuna de su mujer, se estaba ocupando entonces en montar su
casa al estilo ms moderno y elegante. El palacio de la calle de Atocha,
con ser hermossimo y estar dispuesto con las mayores comodidades, no le
pareca bien al seor, por resultar, segn l deca, anticuado y
sombro, y no par hasta convencer a su esposa y a la ta, de que dicha
finca deba venderse, comprando con el producto de esta venta un
magnifico hotel con jardn en el paseo de la Castellana.

As se hizo, y al mismo tiempo que mudaron de domicilio, reemplazaron la
servidumbre; y todos aquellos criados de la baronesa, que tenan aire de
mandaderos de monjas, fueron despedidos y reemplazados por nuevos
domsticos.

Entonces entr yo en la casa sin encontrar obstculo alguno, pues bast
presentar mis certificados acreditando que haba servido mucho tiempo en
Pars y demostrar que conoca con alguna perfeccin el francs, para que
inmediatamente me admitiesen, pues la gente aristocrtica, con su
habitual extravagancia, prefiere siempre los criados extranjeros a los
del pas. Hace ya mucho tiempo que estoy en la casa, y todo va en ella
con bastante regularidad. La seora, a pesar de que ignora la sagrada
misin que me he impuesto de velar por ella, me trata con gran
amabilidad, y soy, de todos los criados, el que mejor merece su
confianza. Parece que lea en mis ojos el inters que me inspira. Yo soy
el hombre a quien ella acude en todos sus momentos de tribulacin, y
aunque nunca olvida su rango y me habla siempre con cierta altivez
natural, no por eso ha dejado, en algunas ocasiones, de escaprsele
ciertas palabras que demuestran su situacin y el poco afecto que existe
entre ella y su esposo.

--Cul es la conducta de Ordez?--pregunt Zarzoso con marcado
inters.

--El seor sigue siendo tan calavera como antes de su matrimonio. En los
primeros meses se contuvo y mostraba cierto empeo en agradar a su
esposa; pero desde que tuvieron el hijo y la seora estuvo muy enferma,
volvi a sus antiguas costumbres y creo que desde entonces se ocupa en
derrochar las rentas de la colosal fortuna de su mujer. Como sus
calaveradas en Madrid son inmediatamente del dominio pblico y hacen
que, tanto la baronesa como su inseparable consejero, el padre Toms, le
citen a captulo y le endilguen severas reflexiones, l ha encontrado
ahora el medio de ponerse a salvo de tales censuras, emprendiendo
continuos viajes, con excusa de su aficin a las carreras de caballos
ahora est en Londres por un asunto de _sport_, y como tambin la
baronesa se halla ausente por haber ido a ciertos famosos ejercicios en
un convento que los jesutas tienen en el Norte, de aqu que la seora,
al verse sola en casa y con el nio enfermo de tanta gravedad, haya
perdido la cabeza hasta el punto de llamarle a usted. Crea, seor
doctor, que para la condesa supone un inmenso sacrificio eso de llamarle
a usted a su casa. Se conoce que le quiere a usted muy mal. Como yo
saba sus antiguas relaciones, varias veces en la conversacin he
procurado sacar a plaza el nombre de usted, con la idea de ver que
efecto le produca saber la fama y la justa popularidad que usted goza
en Madrid por sus beneficios; pero siempre ha puesto mal gesto, y con
acento enojado ha procurado desviar la conversacin.

A Zarzoso producale un efecto fatal el saber que Mara le odiaba,
guardndole an rencor por aquella traidora cada que ocultos enemigos
le haban hecho sufrir en Pars, y mientras l reflexionaba sobre sus
antiguos y desgraciados amores, el sencillo Pedro aadi:

--Y, sin embargo, la condesa hubiese sido muy feliz casndose con usted,
que de seguro no la hara sufrir como el granuja de su marido. Pero
todas las mujeres son ciegas cuando se trata de su porvenir, y ms an
las pertenecientes a la familia Baselga, gente altiva y orgullos, que
por escrpulos de nacimiento, abandonan siempre a los hombres que las
quieren, para casarse despus con verdaderos perdidos.

La veloz berlina, pasando como un rayo la calle de Alcal, haba entrado
en el paseo de la Castellana, y atravesando una magnfica verja con
remates dorados, rod por la enarenada avenida, hasta detenerse bajo una
gran marquesina de cristales, en la que caa la lluvia con incesante
murmullo.

El doctor y el criado saltaron a tierra y entraron en un elegante hotel
construdo con arreglo al arte francs del pasado siglo, sin ninguna
originalidad y con esa monotona de los edificios de moda, que parecen
producto de una arquitectura de pacotilla.

En el primer piso Zarzoso se encontr frente a frente con Mara.

Esperaba el doctor que aquel reconocimiento tras cinco aos de ausencia,
iba a ser terrible y que enga por completo.

Despus de su regreso de Pars, Zarzoso, para conservar su tranquilidad
estoica haba procurado evitar un encuentro con Mara, y por esto huyo
de todos aquellos puntos donde asista el mundo elegante.

Crea el doctor que aquel encuentro con su antigua novia, en
circunstancias tan especiales, le producira una impresin profunda que
vendra a reavivar el ya muerto amor; pero la entrevista slo despert
en l una viva curiosidad, no exenta de lstima.

Mara estaba desconocida. El dolor y la zozobra que le causaba el estado
de su hijo, produca algn desorden en su rostro; pero, adems de esto,
Zarzoso not en ella algo que forzosamente deba llamar la atencin del
golpe de vista de un buen mdico.

Haba perdido la joven aquel aspecto de salud y frescura que tanto la
hermoseaba antes. An era bella, y sus ojos, que parecan haberse
agrandado, brillaban con mayor fuego; pero, en cambio, haba adelgazado,
perdiendo la vigorosa robustez que tan atractiva la haca antes; su
piel, que haba adquirido un color densamente plido, caa desmayada
sobre el hueso, marcando rudamente todas las sinuosidades del crneo, y
la nariz, muy afilada, destacbase mucho sobre su rostro.

Zarzoso, al encontrarla tan cambiada, no pens en su antigua pasin. Su
carcter de mdico se sobrepuso al amor, y lo nico que se le ocurri
pensar al verla, fu que Mara estaba muy enferma, y que l tena el
deber de combatir aquella dolencia, an desconocida, que indudablemente
se ocultaba en el interior de la joven y que poco a poco iba minando su
organismo.

Fu realmente fro el encuentro de los dos antiguos novios.

Mara, por su parte, preocupada por el estado de su hijo, slo tuvo para
l una mirada de curiosidad. Le vi casi igual al ltimo da en que
entre suspiros y lgrimas se haba despedido de l en el Retiro; los
aos transcurridos haban aumentado su aspecto de hombre grave y
estudioso, y Mara, al verle as, dud un momento de que aquel joven de
aspecto sesudo y fro hubiese sido en Pars un calvera sin conciencia,
que se entregaba a todas las locuras de Crpula.

Hubo un instante en que, contemplando a aquel hombre que haba sido
dueo de su corazn, el recuerdo de la antigua dicha surgi en ella con
todos sus risueos atractivos; pero inmediatamente sobrevino en su
memoria la burla que de ella haban hecho en Pars y el pensamiento de
que su hijo estaba a pocos pasos de all, delirando con la fiebre, y
esto fu suficiente para que se repusiera, y con marcada frialdad, como
si se tratara de un extrao recin llegado, dijera a Zarzoso:

--Pase usted adelante, doctor. Mi hijo est muy enfermo, y toda mi
esperanza la pongo en usted, que tanta fama tiene.

Zarzoso encontr al hijo de Ordez y de su antigua novia agitndose en
su camita, vctima de una fiebre espantosa y balbuceando con la
incoherencia propia del delirio.

A la vista de aquel pobre nio que tanto sufra, Zarzoso olvid su
anterior preocupacin, que le haca mirar con odio al hijo de Ordez, y
no pens ms que en ser mdico y cumplir su santa misin.

En cuanto a la pobre madre, todo lo olvid: su antigua pasin, la
presencia de aquel mdico a quien tanto haba amado, y los comentarios
maliciosos que la visita poda suscitar en las personas enteradas del
pasado. Comenz a llorar silenciosamente, y pugnando por ahogar sus
sollozos, como si pudiera orla aquel pobre nio enloquecido por la
fiebre, y olvidada de todo, con esa suprema desesperacin de la madre,
capaz de las mayores locuras cuando ve prximo a perecer el pedazo de
sus entraas, sin darse cuenta exacta de lo que haca, puso su mano en
un hombro de Zarzoso, y con el mismo misterio que cuando le hablaba de
amor, murmur junto a su odo:

--Por Dios, Juan, slvale! T sabes mucho, t lo puedes todo; se
cuentan de ti cosas milagrosas. Olvdate del pasado y piensa nicamente
en mi hijo; piensa en m, que morir de pena si mi hijo llega a perecer.

Y poco despus aadi, como si hubiese ledo en el pensamiento del
doctor:

--Olvida quin es su padre. Piensa, nicamente en que yo soy su madre y
quiero que viva. Lo oyes bien, Juan? Quiero que viva; soy yo quien te
lo ordeno.

Zarzoso estaba habituado a los lamentos de las madres y a sus accesos de
desesperacin, as es que, a pesar del tuteamiento de Mara y de sus
splicas ardientes, en aquel momento supremo no perdi la serenidad, y
procedi inmediatamente al examen del enfermito.

No necesit hacer numerosas preguntas a la madre ni mirar mucho tiempo
al hijo para convencerse de la clase de enfermedad de ste.

La hinchazn desmesurada de aquella cabeza que asomaba entre las
sbanas, la terrible fiebre que consuma al raqutico cuerpecillo y un
sello especial en aquellas facciones infantiles, le revel
inmediatamente la existencia de una meningitis aguda, que haba de
combatir inmediatamente, pues la inflamacin de las envolturas del
cerebro amenazaban con un desenlace mortal.

Aquel descubrimiento sirvi a Zarzoso para ir encadenando una serie de
observaciones hasta llegar a una conclusin fatal.

Mir a la madre, que ya al entrar le haba parecido muy enferma, aunque
se mantena firme por un vigor nervioso; y haciendo un esfuerzo de
imaginacin, record el tipo fsico de Ordez, a quien haba visto
varias veces en la calle: sto, unido al conocimiento de su vida de
depravado, vino a convencerle de que la terrible tuberculosis se haba
apoderado de la familia.

El placer desordenado, los brutales excesos y la lepra del vicio, haban
hecho nacer el terrible germen en el organismo del padre, donde, por un
capricho de la Naturaleza, tena un carcter benigno, que prometa
largos aos de lento desarrollo. Valindose del beso de amor, la
tuberculosis habase trasmitido a la madre, donde se desarrollaba con
mayor rapidez, como en un campo virgen, dispuesto a acoger todos los
cultivos y a desarrollarlos con inmensa fuerza, y de esta unin de seres
emponzoados por la enfermedad, haba nacido aquel pobre nio, organismo
contagiado en el mismo vientre de su madre y que vena al mundo con el
nico destino de luchar algunos aos contra una dolencia que, al fin,
haba de acabar con l.

Zarzoso segua mentalmente la historia y el desarrollo de este contagio,
transmitindose de unos organismos a otros, e inconscientemente, sin
reparar en la presencia de Mara, murmur, mirando la hinchada cabeza
del nio:

--No hay duda, ah se halla el terrible monstruo microscpico que tantas
vidas acaba. Oh! No ha sido muy escrupuloso en sus conquistas. La
familia est completa.

Mara se alarm al or hablar de este modo a Zarzoso, y ste,
apercibindose de su imprudencia, quiso remediarla, dando a la madre
algunas esperanzas.

Se le haba avisado muy tarde, pero aun as, tal vez se podra salvar al
pequeo enfermo.

Pregunt despus sobre los remedios que se haban dado al nio, y supo,
con sorpresa, que el mdico de la casa era un amigo, un protegido del
padre Toms, que pareca no dar importancia a la enfermedad, por lo
cual, la madre, desesperada y olvidando todo lo pasado, se haba
decidido a llamar al notable especialista de los nios.

Zarzoso experiment gran sorpresa al ver que tambin en aquel asunto se
mezclaban los jesutas, de los cuales tan fatal memoria conservaba,
desde que Judith le hizo aquellas revelaciones la misma noche en que la
despidi.

El joven doctor, pasando a la habitacin que serva a Ordez de
despacho, extendi una receta, mientras que Mara, de pie a espaldas de
l, le contemplaba fijamente.

La pobre madre, tranquilizada por las esperanzas que la daba el doctor,
haba recobrado la calma y ya no le tuteaba, volviendo a hablarle con la
frialdad del primer momento.

--Tome usted, seora--dijo el doctor ceremoniosamente, entregando la
receta a su antigua novia--. Que vayan en seguida con esto a la botica.

--Cundo volver usted, doctor?--pregunt con ansiedad Mara, pues la
presencia de aquel hombre pareca devolverle la calma.

--Antes de tres horas estar aqu y le aseguro que no me retirar hasta
que por el momento hayamos vencido la enfermedad.

Zarzoso volvi al hotel tal como lo haba prometido y pas toda la noche
a la cabecera del enfermito, poniendo en juego cuantos recursos le
proporcionaba su ciencia y batallando con la terrible meningitis, que
pareca empeada en arrojar al nio en brazos de la muerte.

Mara y el doctor pasaron la noche a ambos lados de la cama sin que se
cruzaran entre ellos ms palabras que las que arrancaban las diversas
alternativas por que pasaba el enfermo.

De vez en cuando, en los momentos en que el nio pareca entrar en el
perodo de favorable reaccin, sus miradas se encontraban sin darse
cuenta de ello y Zarzoso vea desaparecer poco a poco, en los ojos de su
antigua novia, la fra hostilidad con que le haba recibido aquella
maana.

Al amanecer, Zarzoso, mirando al nio, lanz un suspiro de satisfaccin.
Estaba ya seguro del xito; y la madre, adivinando en el rostro del
mdico tan grata noticia, volvi a llorar, pero esta vez fu de alegra.

La fiebre descenda rpidamente, el delirio haba desaparecido ya, y el
pobre nio, extenuado por tantas horas de atroz calentura y con cierta
expresin de imbecilidad que an haca ms conmovedora su mirada, fijaba
los ojos en la pobre madre, que, enloquecida por la alegra, se
inclinaba sobre el lecho abrazando a su hijo convulsamente.

Zarzoso se retir a descansar, asegurando que volvera aquella misma
tarde a las dos, y sali del hotel acompandole Pedro hasta su casa,
muy satisfecho de que la enfermedad del nio hubiese servido para que se
formara cierta dbil amistad entre dos seres que antes se haban amado
tanto.

Aquella misma maana, a las diez, entraba en el hotel el padre Toms y
se detena a hablar con el portero, un guipuzcoano que l haba
introducido en la servidumbre de la casa, con el objeto de que le diera
exacta cuenta de todas las visitas y al mismo tiempo le enterara de los
secretos de la familia.

El poderoso jesuta haba sabido, casualmente en la misma maana, el
estado desesperado del nio Paquito Ordez y acuda presuroso a
enterarse por s mismo de lo que ocurra.

Aquel nio era el ser que tal vez le interesaba ms en todo Madrid y su
nacimiento le haba producido un verdadero acceso de furor. Quin
diablos iba a figurarse que un hombre corrompido como Ordez llegara a
tener hijos? Aquel nacimiento haba sido un obstculo inesperado, un
accidente con el que no haba contado el padre Toms al forjar su plan y
que vena a impedir la realizacin de todas las esperanzas que el
jesuta se forjaba acerca de la colosal fortuna de Mara. Por fortuna
para l el nio era digno de su padre, y el mdico de la casa, que
estaba por completo a merced de la Compaa, aseguraba que no vivira
mucho tiempo el triste retoo de un rbol podrido.

Estas seguridades eran lo nico que alentaba al poderoso jesuta, el
cual no perda la confianza de que muriera de un momento a otro aquel
nio a quien la Medicina clasificaba con el ttulo de "candidato a la
tuberculosis" y cuyo organismo estaba predispuesto a adquirir las ms
terribles enfermedades.

Por esto, cuando en aquella maana le dijeron el grave estado del nio,
acudi presuroso al hotel con la infame esperanza de encontrar un
cadver.

--Qu! Ha muerto ya?--pregunt ansiosamente al portero.

--No, reverendo padre. El seorito est mejor desde esta madrugada y se
da por seguro su restablecimiento. La seora condesa ha pasado toda la
noche en vela en compaa de Pedro, viendo las cosas extraordinarias
que haca para salvar al nio ese mdico tan famoso que vive en la
Carrera de San Jernimo y que cura gratis a los pobres.

--Qu mdico es se? Es que no han llamado al de la casa?

--Qui! La seora condesa dice que para curar a los nios no hay nadie
como el doctor Zarzoso.

El padre Toms retrocedi un paso y se qued mirando con asombro al
portero, como si dudase de sus palabras.

--Dices que el doctor Zarzoso ha estado aqu?

--S, reverendo padre; aqu ha estado hasta esta madrugada y l es quien
ha sacado al seorito de las garras de la muerte. Le he visto yo mismo:
es un joven delgado, con gafas, muy serio y muy afable y simptico.

El jesuta qued reflexionando por algunos minutos, y dijo despus:

--Ha quedado en volver por aqu?

--S, reverendo padre; vendr esta tarde a las dos.

--Pues bien--dijo el jesuta con acento imperioso, despus de una
pequea vacilacin--; cuando venga, lo haces entrar en el saln del piso
bajo, dicindole que espere un momento hasta que la seora se prepare
para recibirle; yo estar all.

--Est bien, padre Toms.

--Hasta luego, hijo mo; ahora tengo que despachar algunos asuntos.

Y el jesuta se alej del hotel sin que Mara se apercibiera de su
llegada, pues la pobre madre, a pesar del sueo y del cansancio, no
quera separarse un solo instante de la cama de su hijo.




III

La bofetada.


El corpulento portero se inclin al paso del doctor Zarzoso, dicindole
con expresin respetuosa:

--La seora condesa no est visible en este momento, y me ha encargado
ruegue a usted que tenga la bondad de esperar algunos minutos.

Y diciendo esto, el criado introdujo al doctor a un elegante saln del
piso bajo, y despus de volver a saludarle con la misma ceremonia, se
retir.

Zarzoso, al verse solo, psose a examinar aquella pieza, amueblada con
exquisito gusto, ocupacin que le era muy grata, pues, a pesar de sus
austeridades de hombre de ciencia, gustbanle mucho los esplendores del
lujo y los objetos elegantes que tenan cierto aspecto artstico.

Pas algunos minutos en apreciar los originales dibujos de los
cortinajes, la forma de los muebles y el mrito de las acuarelas y
estatuillas que adornaban el saln, y cuando ms ocupado estaba en
admirar un gracioso barro de Benlliure, sinti a sus espaldas un ruido
producido por el roce de una persona que pisaba cautelosamente la
alfombra.

Volvi rpidamente la cabeza creyendo encontrarse con Mara, y vi un
sacerdote con el sombrero en la mano, que, despus de saludarle con
exagerada finura, fu a sentarse en un silln a corta distancia de donde
se hallaba Zarzoso.

Psose de espaldas a la luz, que entraba por las dos ventanas del saln;
pero el doctor tuvo tiempo para apreciar aquel rostro anguloso y picudo
que recordaba el hambriento perfil de las aves de rapia.

No conoca personalmente al padre Toms Ferrari, del que haba odo
hablar mucho: pero, instintivamente, sin poder explicarse la verdadera
causa, pens que aquel cura deba ser el famoso padre de la Compaa.

El jesuta sonrea bondadosamente fijando su mirada sencilla en el
joven, y despus de algunas tosecitas, como si quisiera entrar en
conversacin sin saber cmo, dijo al mdico, que interiormente se senta
alarmado, aunque procuraba permanecer impasible:

--La seora condesa debe estar descansando, ya que nos hace esperar.
Pobrecita! Cun angustiosa es su situacin! Slo una madre puede
resistir tantas fatigas sin decaer un solo instante.

Zarzoso se limit a hacer un signo afirmativo, evadiendo la conversacin
que el sacerdote quera entablar.

--Ha sido muy notable el que Paquito se haya salvado tan rpidamente y
que ahora se encuentre fuera del peligro. Ese doctor Zarzoso que le cura
ha demostrado que es digno de la gran fama que goza en Madrid.

El mdico a pesar de su convencimiento de que el padre Toms buscaba
entablar conversacin con l, crey del caso corresponder a estas
ltimas palabras inclinndose, al mismo tiempo que deca:

--Muchas gracias, seor.

--Ah! Es usted el doctor Zarzoso? No tena el honor de conocerle,
aunque hace tiempo que le admiraba por los grandes servicios que presta
a los desgraciados.

--Cumplo con mi deber y nada ms.

--Tena verdaderos deseos de conocer a usted y de ser su amigo, aunque
en verdad, un hombre como usted no debe tener en mucho el afecto de uno
de mi clase.

--Por qu, seor?

--Porque para nadie son un misterio las ideas que usted profesa.
Lstima que un hombre tan caritativo tenga ideas tan contrarias a los
dogmas religiosos!

--Bah! Yo soy amigo de todos, sin fijarme en sus ideas religiosas. Me
basta que los hombres sean honrados y probos.

Estas palabras las dijo Zarzoso con una intencin que no pas
desapercibida para el jesuta y que le di a entender que el mdico le
haba reconocido.

--Usted me dispensar, seor Zarzoso, si me tomo ciertas libertades;
pero, francamente, me apena ver a un hombre del criterio de usted,
alejado del gremio de la Iglesia, y desvaneciendo con su impiedad esos
grandes mritos que contrae a los ojos del Seor, sacrificndose por la
gente desheredada y miserable. Ah, seor Zarzoso! Usted sera un santo,
usted ira al cielo, si creyese algo ms en Dios.

--No hago el bien con la esperanza de una recompensa futura. Para estar
satisfecho de mis trabajos, me basta el agradecimiento de toda esa pobre
gente cuyas enfermedades curo. La gratitud de las madres vale ms, para
m, que todas las recompensas que pudiera encontrar ms all de la
tumba, si es que realmente despus de la muerte hay algo.

El mdico dijo estas palabras con sencillez y conviccin, por lo que el
padre Toms, que no quera entablar una discusin que le alejase de su
objeto, hizo caso omiso de las afirmaciones antirreligiosas del joven, y
dijo, variando repentinamente el tema de la conversacin:

--La seora condesa debe estar muy agradecida a usted por el grande
servicio que la ha prestado salvando a su hijo. Fu una resolucin
acertada la suya, al mandarle llamar.

Zarzoso callaba, no sabiendo adnde ira a parar el jesuta.

--Lo que extrao--continu el padre Toms--es que la seora condesa haya
prescindido del mdico de la casa, del cual no creo que tenga queja
alguna. No le parece a usted as?

Zarzoso hizo un gesto de irritacin e impaciencia, y contest de mal
talante:

--Nada me importa eso que usted dice.

El jesuta call durante algunos minutos, y por fin, dijo con
resolucin, afectando una franqueza ruda:

--Seor Zarzoso, me ha dado usted a conocer, hace poco, su nombre, y
justo es que corresponda a tal franqueza. Yo soy el padre Toms Ferrari,
de la Compaa de Jess.

--Le conozco a usted--dijo intencionadamente el mdico.

--No es extrao. Aunque Dios no me ha favorecido con grandes cualidades,
trabajo en su favor cuanto puedo, y mis servicios al Altsimo me han
dado cierto renombre. Conozco el concepto en que ustedes, los enemigos
de la Iglesia, nos tienen a los hijos de San Ignacio. En su concepto
somos avariciosos, falsarios, maquiavlicos y hasta asesinos; pero esto
no hace decaer nuestro nimo, ni nos quita nuestra cristiana fe. Tambin
calumniaron al dulcsimo Jess, y cuando el hijo de Dios sufri
pacientemente las injurias, bien podemos aguantarlas nosotros que somos
representantes indignos del Altsimo.

Zarzoso encogi los hombros con visibles muestras de impaciencia y como
dando a entender que nada le importaba aquello, y el jesuta continu:

--Yo soy un antiguo amigo de esta casa. La familia Baselga ha sido
siempre muy afecta a la Compaa de Jess, y en cuanto a Ordez, el
marido de la condesa, soy para l como un segundo padre. No extrae,
pues, que me interese mucho por los asuntos de esta casa y que procure
el velar en ella por la tranquilidad y la virtud que debe existir
siempre en el seno de toda familia cristiana.

El padre Toms, al hablar as miraba fijamente a Zarzoso, y ste,
impacientado ya, no pudiendo sufrir ms tiempo aquellas manifestaciones,
cuyo sentido no comprenda, pero en las que adivinaba cierta intencin
de molestarle, le interrumpi diciendo con expresin hostil:

--Bien! Y qu! Qu me importa a m todo eso que usted me dice
mirndome fijamente como si debiera darme por aludido? Tengo yo algo
que ver con las cuestiones internas de esta familia a la que visit ayer
por primera vez? Yo me limito a ser mdico y a prestar mis servicios
cuando me llaman, dejando a usted la misin de arreglar las familias, o,
lo que es ms probable, de desarreglarlas.

Zarzoso estaba irritado, y como no crea necesario el fingirse amable
con aquel inesperado visitante, le miraba con franca hostilidad.

--Hace usted mal en irritarse--dijo el jesuta cada vez con mayor calma,
conforme se enfureca el joven.--Me he tomado la libertad de decirle las
anteriores palabras, justamente, porque estoy convencido de que de
usted depende la futura tranquilidad de esta casa; solamente que muchas
veces hacemos el mal sin saberlo, y cuando se nos reprende por ello, no
podemos menos de extraarnos.

Esto, que equivala a una acusacin, acab de indignar a Zarzoso, quien,
sin embargo, procur contenerse, y dijo con frialdad amenazadora:

--Explquese usted, caballero.

El padre Toms pareca gozar viendo la creciente indignacin del joven,
y despus de una breve pausa se expres as:

--Lo que usted ha hecho acudiendo a esta casa donde un pobre nio
necesitaba los auxilios de su ciencia, es muy santo y muy bueno; pero no
lo ser tanto si usted sigue viniendo por aqu, ahora que el enfermito
est fuera de peligro. No le parece a usted que la gente podr hacer
comentarios muy desfavorables al ver que usted viene con mucha
frecuencia a esta casa?

--Caballero!, o usted no tiene muy firme la razn--dijo Zarzoso con voz
temblona por la ira--, o quiere divertirse conmigo, cosa que no le
permitir. Es donosa la ocurrencia! Puede acaso llamar la atencin de
nadie el que un mdico visite la casa de un enfermo? Entonces la
calumnia se cebara continuamente en nosotros los mdicos, pues en un
mismo da entramos en diferentes casas, para cumplir nuestra sagrada
misin.

El padre Toms, sonrindose, acerc su silln al asiento del joven y le
dijo confidencialmente:

--Eso que dice usted, es verdad; pero aqu, en la presente ocasin,
aunque usted se resista a creerlo, sus visitas pueden originar
comentarios muy desfavorables. El pasado no es para todos un secreto.

--Qu quiere decir usted con eso?

--Que hay quien sabe que no es sta la primera vez que la condesa de
Baselga y el doctor Zarzoso se encuentran, y como usted comprender,
esto puede dar lugar a comentarios muy desfavorables. Se altera usted,
doctor? Se ofende acaso por mis palabras?... Conozco que no es muy
grato cuanto le digo; pero mi carcter de antiguo amigo de la casa, me
obliga a ser franco hasta la rudeza. An estamos a tiempo de evitar el
mal; an podemos lograr que la gente no murmure. Si usted siente algn
inters por la condesa, si en algo estima su prestigio de mujer honrada,
debe agradecerme lo que yo hago en estos momentos y ayudarme a evitar
murmuraciones escandalosas. Seor Zarzoso, crame usted; debe alejarse
usted de esta casa bien convencido de que con ello presta un gran
servicio a la condesa.

--Le ha encargado a usted ella misma que me dijera tales
palabras?--pregunt con amargura el joven.

--No. La condesa ignora que en estos momentos los dos nos hallamos aqu.
Esta resolucin, que usted juzgar como crea conveniente, es ma
absolutamente y est inspirada en el santo deseo de conservar la paz en
una familia cristiana. Estoy plenamente convencido de que usted, seor
Zarzoso, a pesar de sus ideas antirreligiosas, es un hombre honrado;
pero no puedo permitir que algn malicioso, conocedor del pasado, en
vista de las frecuentes visitas de usted a esta casa, ponga en duda el
honor de Mara.

Y el jesuta se expresaba con tanta sencillez y con tal aire de hombre
honrado, que el doctor iba perdiendo terreno y hasta se convenca de que
algo haba de cierto y prudente en los temores que manifestaba. Sin
embargo, sinti la necesidad de sondear a aquel hombre terrible para
saber hasta dnde llegaban sus designios.

--Algo hay de cierto en cuanto usted supone y prometo dejar de visitar
esta casa apenas el nio entre francamente en la convalecencia; pero...
qu es eso del pasado que usted nombra?, qu sabe usted de mi vida,
para afirmar que mis visitas a la condesa pueden dar lugar a
comentarios?

--Seor Zarzoso, lo que en este mundo se hace nunca queda en el
misterio. Yo s que usted y Mara se amaron hace algunos aos, y por
esto me temo que la antigua pasin vuelva a renacer con el continuo
trato.

Zarzoso, a pesar de que estaba en guardia contra la astucia del jesuta,
no esperaba que ste tuviese conocimiento de sus antiguos amores, as es
que qued muy sorprendido al or las ltimas palabras del padre Toms.

--Pero cmo sabe usted eso?--pregunt el mdico con extraeza.

--Oh, seor Zarzoso! Nosotros, por razn del cargo de que estamos
investidos, sabemos muchas cosas que los interesados creen guardadas por
el ms absoluto secreto. Yo conozco toda la historia de los amores entre
usted y Mara, y, por lo mismo, puedo apreciar con imparcialidad el
carcter de ambos y tener el convencimiento de que es conveniente que
ustedes no se vean con frecuencia. Se han amado demasiado en otros
tiempos para que puedan ahora tratarse con esa tranquilidad de nimo que
es la fiel compaera de la virtud.

Y el jesuta sonrea con expresin triunfante al ver desconcertado y
confuso al mdico por la inesperada revelacin.

Zarzoso, con la frente inclinada y muy extraado de que el padre Toms
se atreviera a hacer tales manifestaciones, reflexionaba intentando
adivinar la verdadera intencin del jesuta al decir tales palabras.

--Es muy extrao--dijo Zarzoso con irnico acento--que usted, por su
afecto a esta familia, se tome tanto inters en averiguar el pasado.
Oyndole es como he comprendido hace pocos momentos ciertas cosas que en
mi poca de enamorado no poda explicarme. Yo he sido muy combatido por
enemigos desconocidos que se ocultaban en la sombra; yo he tenido que
luchar con terribles maquinaciones cuya procedencia ignoraba, pero que
ahora veo claramente. Padre Toms Ferrari, ya que usted se ha
descubierto voluntariamente, yo voy a ser tambin muy franco. Ya no
somos aqu el sacerdote y el mdico; somos dos seres iguales, dos
hombres que nicamente estamos separados por una diferencia que consiste
en que el uno hace todo el bien que puede, y ese soy yo; y el otro se ha
pasado la vida produciendo el mal, y ese es usted. Vamos a hablar con
entera franqueza. Tena usted conocimiento de mis amores cuando yo an
era dueo del corazn de Mara?

--No acostumbro nunca a negar mis actos, y por esto no vacilo en decirle
que, antes de que usted marchara a Pars, ya saba yo sus relaciones con
Mara.

Zarzoso iba contrayendo su rostro con un gesto de hostilidad, que an
resultaba ms terrible en un joven que siempre se mostraba fro y
correcto. La franqueza del padre Toms le irritaba ms que si hubiese
mentido, pues crea ver en aqulla como un reto a su indignacin y un
desprecio a su persona.

--Y fu usted--pregunt con voz temblona por la ira--quien hizo
terminar aquellos amores?

El jesuta sonri con expresin de mansedumbre, como despreciando las
furibundas miradas que le diriga el joven, y contest con calma:

--S; yo fu.

Zarzoso, nervioso y conmovido, salt de su asiento, abalanzndose sobre
el jesuta; pero la calma de ste le desconcertaba, a pesar suyo, y en
vez de golpearle, como era su primer deseo, se limit a exclamar con
asombro:

--Y tiene usted el valor de confesarlo!

--Seor Zarzoso, el hombre debe siempre decir la verdad, y si confiesa
sus malas acciones, con cunta ms razn debe hacer alarde de sus
buenos actos? Usted no tendr por accin meritoria el hacer que
terminasen aquellos amores; esto es simplemente cuestin de apreciacin,
pues yo, en cambio, creo que prest un servicio inmenso rompiendo las
relaciones que existan entre usted y Mara. La condesa es cristiana,
pertenece a una familia que siempre se ha distinguido por su puro
catolicismo y su amor a las sanas doctrinas, y yo, como servidor fiel de
los intereses de Dios no poda consentir que una joven as se uniera
eternamente con un impo, que podr ser muy honrado, no lo dudo, pero
que es enemigo de Dios; que escandaliza a la sociedad con sus infernales
doctrinas, y sobre el cual, ms o menos pronto, caer la clera del
Altsimo. Como usted comprender, yo que tanto amo a Mara, no poda
permanecer tranquilo al verla marchar rectamente a su perdicin.

--No est mal, jesuta--contest el joven con acento sarcstico--. No
est mal hilvanada esa excusa. No quiso usted permitir que Mara se
uniese a un hombre que no es catlico, porque esto poda traerla la
desgracia, y, en cambio, la cas usted con un pillete a quien conoce
todo Madrid, con un aventurero de la peor especie, a quien ninguna
persona honrada puede dar la mano sin sentir rubor.

El jesuta afectaba escandalizarse por estas enrgicas palabras.

--Seor Zarzoso, piense usted bien eso que dice contra Ordez, pues
sentira que esta conversacin fuese causa de un incidente desagradable.
Ordez no es ningn pcaro. Ha tenido sus cosillas propias de un joven
atolondrado y rico, pero no ha traspasado los lmites de la honradez, y
se ha portado siempre con la decencia propia de un joven que ha sido
discpulo mo. Adems, est usted en su casa, y no creo muy correcto eso
de insultar al dueo que se halla ausente.

Zarzoso estaba demasiado irritado para hacer caso de las indicaciones
del jesuta. Las insolentes declaraciones de ste haban enfurecido al
joven, y bien sabido es cun terribles son los hombres fros y
tranquilos cuando llegan a encolerizarse.

--Yo dir cuanto quiera--rugi Zarzoso--, y no ser usted quien me lo
impida. Cree usted acaso que me atemoriza la idea de que Ordez me
pida cuenta de mis palabras? Yo soy un hombre que no busco las reyertas,
pero que tampoco las rehuso cuando llega la ocasin, y experimentara un
placer sin lmites si algn da me viera frente a frente de ese antiguo
aventurero, a quien odio. Lo digo y no me retractar nunca, pues estoy
bien convencido de ello. Ordez es un canalla aristocrtico que ha
buscado una mujer inocente y sencilla para explotarla, y usted un
miserable calumniador, que no vacil en atacar mi dicha por los ms
infames medios, indudablemente con la intencin de apoderarse de la
colosal fortuna de Mara. Conozco mucho a los jesutas y s cul es la
principal norma de todos sus actos.

El mdico se detuvo mirando fijamente al padre Toms, para apreciar el
efecto que le causaban sus palabras; pero su indignacin fu en aumento
al ver que el jesuta permaneca callado, afectando la santa resignacin
del justo que se ve calumniado.

Zarzoso, a pesar de la rabia que le producan aquellas declaraciones del
jesuta, quiso saber toda la verdad y sigui preguntando.

--Usted, indudablemente, me seguira tambin con su astuta mirada hasta
Pars, buscando una ocasin para desconceptuarme a los ojos de Mara?
No es eso, padre Ferrari?

--Seor Zarzoso, a qu seguir hablando, si esto no ha de producirle a
usted ms que indignacin ahora y reyertas despus? Somos dos caracteres
distintos, dos hombres de diversas ideas que no podremos llegar nunca a
comprendernos, y por ms que yo me esfuerce, nunca sabr usted apreciar
en lo que vale la bondad de esa conducta que le parece infame. Si usted
amaba a Mara, yo la quiero como a una hija, y no poda permitir que
perdiera su alma por toda una eternidad, unindose a un impo que la
contaminara con sus ideas infernales. Intil es que usted me pregunte
ms. Bstele saber que he hecho cuanto he sabido y podido para romper
las relaciones de usted y Mara, y que la muerte de su amor debe
atribuirla exclusivamente a m. Despus de esto, y en pago de mi
franqueza, slo le pido que se retire cuanto antes de esta casa, donde
su presencia resulta fatal.

--Me ir, s, me ir!--dijo Zarzoso con furor--. No quiero permanecer
en una casa donde es fcil codearse con canallas como Ordez y su
maestro y protector el padre Toms. Pobre Mara! De qu gente ests
rodeada! Pero antes de marcharme, quiero conocer en toda su extensin la
vil trama de que fu objeto. Padre jesuta, conteste usted con claridad.
Tenga usted el valor de los grandes bandidos que se envanecen de
confesar sus fechoras. Fu usted quien hizo que all en Pars una
mujer fatal se apoderara de m, con el nico objeto de proporcionarse un
recuerdo de mi amor con Mara, que sirviera para enemistarme con ella?

--S, yo fu--contest con cnica audacia el jesuta--. De seguro que
usted considerar el acto como poco correcto; pero todos los medios son
buenos cuando con ellos se trata de salvar un alma. El Seor escoge
muchas veces los caminos ms apartados para hacer el bien, y por esto
aquella mujerzuela de Pars sirvi para librar a Mara de la perdicin
eterna.

Zarzoso, que estaba en pie y a corta distancia del jesuta, habl,
gesticulando como un loco, al escuchar estas ltimas palabras:

--Ah, miserable hipcrita! Reptil con sotana! Con que tantos males ha
hecho usted con el nico objeto de salvar el alma de Mara? Lo que la
Compaa ha buscado siempre, al vivir tan unida a la familia de Baselga,
ha sido apoderarse de sus millones, casando a las mujeres de esa familia
con hombres miserables y sin conciencia, que sirvieran al jesuitismo de
instrumento. Por eso la Compaa ha perseguido a todos los que por amor
han intentado unirse a las hembras de la estirpe de los Baselgas; por
eso fu acosado hasta morir en extranjero suelo aquel infeliz mrtir que
se llamaba don Esteban Alvarez, y por eso yo tambin he sido vctima de
traidoras maquinaciones. Ah, infames! Conozco la significacin que en
los labios de un jesuta tiene esa frase de salvar un alma. Vosotros
slo salvis almas que tengan millones.

El padre Toms no se inmutaba ante aquella indignacin creciente del
joven, que haca que las manos de ste se agitasen cerca del rostro del
jesuta, y aun en su cnica audacia tuvo valor para decir:

--Segn lo enterado que usted se muestra de la gran fortuna que posee
Mara, no parece sino que su indignacin reconozca por causa el haber
perdido la ocasin de un matrimonio que le hubiera hecho dueo de tantos
millones. Siento, en verdad, haberle estorbado tan bonito negocio.

Este insulto caus tal efecto en el joven, que el jesuta se arrepinti
inmediatamente de haberlo pronunciado, y se levant con rapidez de su
asiento. Pero Zarzoso, que estaba ciego por el furor y temblaba de ira,
cay sobre el padre Toms antes que ste llegara a enderezarse, y di al
jesuta una terrible bofetada.

Recibi ste el golpe, y en sus ojos brill una iracunda expresin de
furor reconcentrado, propia para infundir miedo al que supiera de lo que
era capaz aquel hombre; pero inmediatamente se repuso, y apoyando en un
hombro la mejilla enrojecida por la bofetada, present la otra al joven,
diciendo con evanglica resignacin:

--Siga usted pegando. Mayores humillaciones sufri Dios por hacer el
bien. Pegue usted, joven, que yo le perdono.

--Ah, hipcrita! Hipcrita!--rugi Zarzoso con la mano todava
levantada.

Pero el aspecto de aquel hombre, que afectando humildad y resignacin
aguardaba el golpe sin conmoverse, le desarm en seguida, hacindole
bajar la mano. El no poda seguir desahogando su justo furor, a pesar
de que estaba convencido de que aquella resignacin era pura farsa.

Irritado porque el enemigo, a quien odiaba, no era tan audaz en sus
actos como en sus palabras, y comprendiendo que de seguir all cometera
la infamia de ensaarse con un hombre que no quera defenderse, se
apresur a salir de la casa.

No quera ver ms a Mara, y maldeca en aquel momento la hora en que a
sta se le haba ocurrido llamarle, sacndole de la plcida tranquilidad
en que viva.

March de espaldas hacia la puerta, lanzando iracundas miradas al
jesuta, que segua con la cabeza baja, afectando humildad; y cuando
lleg a la puerta, dijo con resolucin:

--Se cumplirn los deseos de usted; no volver ms por aqu; pero conste
que el nio que est arriba se halla ya fuera de peligro, y si es que
hay malvados que le hacen sufrir una mortal recada, aqu estoy yo que
sabr exigir responsabilidad a los culpables. Adis, jesuta. Estamos en
paz; mucho dao me has hecho, grandes dolores me has obligado a sufrir;
pero, al menos, acabas de proporcionarme la satisfaccin de que abofete
ese rostro, inmunda mscara tras la cual se oculta la doblez y la
mentira.

Sali el mdico de la habitacin, y al quedarse solo el jesuta,
permaneci algunos minutos inmvil y ensimismado.

Despus rascse la mejilla, enrojecida por la bofetada, y dijo con
calma, sonriendo con expresin diablica:

--Ah, doctorzuelo! Caro te ha de costar este desahogo!

Inmediatamente sali del hotel, sin que la desconsolada condesa, siempre
al lado de la cama de su hijo, llegase a apercibirse de lo que haba
ocurrido en el piso bajo, y media hora despus el jesuta estaba en su
despacho escribiendo un papel, que luego entreg a uno de sus
secretarios, encargando que inmediatamente lo llevase a su destino.

Era un telegrama:

"Londres.--Fleet Street, 5. Hotel Hig-Liffe.--Francisco Ordez.

"Ven inmediatamente, asunto de honor urgentsimo. Te necesito.--_Toms
Ferrari._"




IV

La mansedumbre del padre Toms.


Cuatro das despus estaba ya en Madrid el elegante Ordez.

Haba sido muy oportuno para l el telegrama del padre Toms.

Las grandes corridas de caballos de la ciudad de Londres haban sido muy
funestas para Ordez, pues perdi todas las apuestas que hizo, y stas
eran tan considerables, que no slo se qued sin dinero, sino que tuvo
que recurrir a pedir prestados algunos centenares de libras esterlinas a
los amigos que tena en la alta sociedad londinense.

El telegrama del jesuta sirvi a Ordez de pretexto para huir, antes
de que terminasen las carreras, sin que sus amigos pudieran achacar este
acto al temor de seguir perdiendo; e inmediatamente sali para Madrid,
pensando de dnde sacara los seis o siete mil duros que deba entregar
sin prdida de tiempo a sus aristocrticos acreedores.

Ordez, que nunca se haba preocupado por las deudas, senta ahora la
impaciencia de pagar cuanto antes, para no sufrir menoscabo alguno en su
fama de hombre opulento, pues sus amigos de Londres le crean dueo
absoluto de la presente fortuna que perteneca a su mujer.

Ordez tena puestos sus ojos en el padre Toms, proponindose que
fuese ste quien se encargara de satisfacer la presente deuda, como ya
lo haba hecho con otras.

No le llamaba con gran urgencia diciendo que necesitaba de l? Pues
bien; ya que con tanto imperio le mandaba, al menos que pagase la exacta
obediencia, encargndose de extraer, del peculio de Mara, la cantidad
que el esposo necesitaba para pagar sus deudas.

Deseoso Ordez de arreglar cuanto antes aquel asuntillo y de mostrarse
obediente y respetuoso con el padre Toms, fu a buscar a ste en su
despacho el mismo da de su llegada.

El jesuta le recibi con la misma cordialidad fra y calmosa que si le
hubiese visto el da anterior.

--Hola, perdido!--le dijo con benevolencia--. Por fin te has decidido a
venir, abandonando ese maldito _sport_, que ha de ser tu ruina. No has
sabido la peligrosa enfermedad de tu hijo?

--S; un da antes de recibir el telegrama de usted, me telegrafi
Mara, y yo me dispona ya a venir, cuando recib la orden de vuestra
paternidad, que sirvi para acelerar an ms mi marcha.

Ordez menta, pues la enfermedad de su hijo, aunque le caus cierta
impresin, no le haba decidido a regresar rpidamente a Madrid. Al
recibir el telegrama de Mara le quedaba todava algn dinero, y
confiaba desquitarse en las carreras que an haban de verificarse.

--Bah!--se dijo el amable vividor, al recibir el aviso de su desolada
esposa--. Porque yo vaya all, Paquito no se pondr mejor; adems, las
madres exageran siempre mucho. Esto no pasar de ser una enfermedad
propia de la niez y que todos hemos sufrido; el sarampin, por ejemplo.
La semana que viene me ir.

Y Ordez se olvid por completo de su hijo, lo que no impeda que
ahora, en presencia de su terrible protector, se esforzase en demostrar
que le haba herido en el alma la noticia de la enfermedad del nio, y
que experiment una alegra inmensa a su llegada, al saber que Paquito
estaba ya fuera de peligro.

--Vaya, no te esfuerces tanto en demostrarme lo que no sientes--dijo el
jesuta, que conoca bien a su discpulo--. No niego que querrs a tu
hijo, pero estoy convencido de que entre l y el _Gladiateur_, el
_Vincitor_ o cualquier otro caballejo de esos que corren en las
carreras, te vas con los ltimos.

--Oh, padre Toms! Qu bromas tiene usted!

--Vamos a ver. Cmo te ha ido en las carreras?

Ordez se anim con esta pregunta. Antes de entrar en aquel despacho
estaba muy preocupado buscando el medio de abordar al jesuta para
suplicarle que le librase de tan afrentosas deudas; y ahora, he aqu que
era el mismo padre Toms quien, inesperadamente, le pona en camino de
hacer la peticin.

El aristocrtico calavera adopt un gesto de compuncin y murmur:

--Mal, muy mal, reverendo padre. He sido muy desgraciado, y la fortuna
se ha burlado de m todo lo que ha querido. No slo perd cuanto dinero
llevaba, sino que, adems, he contrado algunas deudas con mis amigos
del Gentleman-Club, de Londres. Esto es terrible; deudas que no pueden
ser ms sagradas y que hay que pagar apenas llega uno a su casa, as
tenga que vender hasta su ltima camisa.

Ordez se detuvo, pues como era costumbre siempre que le iba con tales
demandas al jesuta, ste pona la cara fosca, preparndose a anonadarle
con un terrible sermn; pero, con gran sorpresa del calavera, el padre
Toms no slo permaneci impasible, sino que hasta le pareci a l que
por sus labios vagaba una tenue sonrisa.

Buen signo era aquel. Ordez sinti renacer su nimo, y su osada an
fu en aumento, cuando el jesuta, sin hacer comentario alguno, le
pregunt sencillamente:

--Y cunto es lo que debes?

--Veinte mil duros--contest sin vacilar Ordez y sin importarle mentir
otra vez.

Vea tan bien dispuesto al padre Toms y tan animado por una inesperada
benevolencia, que juzg muy prudente el aprovecharse de la ocasin para
adquirir dinero. El jesuta, al conocer la cantidad, hizo un gesto de
desagrado, y Ordez crey que, en vez de pagar sus deudas, lo que iba a
hacer el jesuta era dirigirle uno de sus terribles sermones; pero
pronto se tranquiliz al orle hablar.

--Mucho dinero es se, y de seguro que, a seguir en tu desordenada vida,
pronto sern insuficientes para tus gastos las cuantiosas rentas de tu
mujer.

Pero el padre Toms pareci arrepentirse del tono con que hablaba a
Ordez, y aadi despus benvolamente:

--Pero, en fin, hijo mo, ya que has contrado tales deudas, preciso es
pagarlas, y no ser yo quien me oponga a ello. Al hacer aquel trato que
t recordars, te promet mi consentimiento para que gastases cuanto
quisieras de las rentas de tu esposa, y no he de faltar a mi palabra, a
pesar de que noto que abusas demasiado de mi permiso. Maana mismo
hablar con el administrador de tu esposa, y aunque creo que no anda muy
sobrado de fondos, arreglaremos el asunto para que tengas cuanto antes
los veinte mil duros.

Ordez estaba encantado por la servicial benevolencia del padre Toms.

Ni aun infludo por el mayor optimismo poda l imaginarse que iba a
serle tan fcil el adquirir la exagerada cantidad en que haba fijado
sus deudas.

El elegante manifest su agradecimiento con las ms expresivas palabras
que encontr; pero se detuvo de pronto, y afectando gravedad, dijo a su
protector:

--Perdone usted mi aturdimiento, padre Toms. Ocupado en mis asuntos, he
olvidado que usted me necesita, y por esto me envi el telegrama a
Londres. En qu puedo yo servirle? Mande, que inmediatamente obedecer.

El padre Toms puso tambin un gesto de gravedad y entr de lleno en el
asunto que a l le resultaba ms importante.

--Es verdad que hablando de tus deudas hemos olvidado el asunto
principal. Te he mandado a llamar porque en tu pronta venida consista
que tu honor quedase a salvo.

--Mi honor!--exclam Ordez, que, como perfecto aventurero de la clase
elevada, era capaz de cometer las mayores estafas, sin que por esto
dejase de palidecer apenas se pona en duda lo que l llamaba su honor.

--S, tu honor, hijo mo--continu el padre Toms, con la expresin del
que hace revelaciones importantsimas--. Durante tu ausencia han
ocurrido en tu casa algunas cosas que hacan necesaria tu pronta llegada
aqu.

--Hable usted, padre Toms. Espero con impaciencia esas revelaciones
importantes.

--Recuerdas que Mara, antes de concederte su mano se mostraba
preocupada y desdeosa, hasta el punto de que t creas que tena
ciertos amores en secreto?

Ordez contest con un signo afirmativo.

--Pues bien: lo que t sospechabas era la verdad. Mara amaba con
delirio a un joven mdico que estaba haciendo sus estudios en Pars, y
que ahora es un doctor clebre a quien conoce todo Madrid.

--Cul es su nombre?--pregunt con impaciencia Ordez.

--El doctor don Juan Zarzoso. Es especialista en enfermedades de nios y
tiene gran fama por sus asombrosas curaciones. Le conoces?

--No le he visto nunca; pero he ledo muchas veces su nombre en los
peridicos.

--Pues bien; ese hombre fu novio de Mara, y sus amores no eran una
niada para pasar el tiempo, pues te puedo asegurar que Mara le am
como una loca y tal vez hoy la imagen de Zarzoso an ocupa en su corazn
un lugar preferente. Si la que es hoy tu mujer accedi a darte la mano,
fu porque en aquel momento estaba irritadsima por una infidelidad, ms
o menos cierta, del hombre amado. S que Mara, por educacin y por su
carcter excesivamente pundonoroso, es incapaz de faltar a sus deberes
conyugales; pero tengo la certeza de que en el fondo ama ms a su
antiguo novio que a su marido.

Ordez se haba preocupado pocas veces del amor de su esposa. Segua,
como antes, entreteniendo bailarinas y disputando la posesin de las
mundanas ms famosas a sus compaeros en calaveradas; pero, a pesar de
la indiferencia con que siempre haba mirado a su esposa, no pudo evitar
un movimiento de despecho al or tales revelaciones. Aquello no eran
celos, sino una irritacin del amor propio herido.

Con una mirada hostil, di a entender al jesuta el efecto que le
causaban sus revelaciones, y ste continu, bastante satisfecho del
resultado de sus palabras:

--Pues bien, hijo mo; ese hombre, que en realidad es el dueo del
corazn de tu esposa, ha entrado estos das en tu casa y ha permanecido
all una noche entera.

--Eh! Qu es lo que usted dice, padre Toms?--exclam furioso y
alarmado Ordez por aquellas palabras dichas con tan marcado deseo de
molestarle.

--Calma, hijo mo, calma! No hagas todava suposiciones y espera que
acabe de hablarte. Mara te es fiel, no ha faltado a sus deberes, pues
Zarzoso entr en tu hotel llamado como mdico y no como antiguo amante.
Tu hijo estaba gravemente enfermo de un ataque de meningitis aguda, y
Mara, no sabemos si aturdida o con otra intencin, en vez de llamarme a
m y al mdico de la casa, solicit el auxilio de Zarzoso, el cual,
justo es confesarlo, salv al pobre Paquito despus de pasar una noche
entera a la cabecera de su cama luchando con la terrible enfermedad.

Ordez se haba tranquilizado al ver el giro que tomaba la revelacin,
y dijo sonriendo:

--Segn esto, no veo que la cosa sea tan grave. Es verdad que Mara ha
obrado ligeramente al llamar a casa a su antiguo novio, pero una madre
no repara en nada cuanto se trata de salvar a su hijo que est en
peligro.

--Es verdad--dijo el jesuta, contrariado por la benevolencia que
mostraba Ordez--que hasta aqu la cosa nada tiene de grave; pero ahora
vers cmo cambia de aspecto. Yo fu a tu casa apenas supe el estado de
tu hijo; all me encontr casualmente con el doctor Zarzoso, y supe con
asombro que l era quien curaba al nio y que por esto pasaba gran parte
del da en el hotel. Ya puedes imaginarte lo que pensara yo en
presencia de aquel hombre, cuyos antiguos amores saba. Comprend que de
conocer alguien que no fuera yo la historia de los pasados amores, no
tardaran en surgir desfavorables comentarios en vista de la asiduidad
con que Zarzoso entraba en tu casa, y, por otra parte, me asust la
natural idea de que rozndose dos seres que se haban adorado tanto, no
tardara en despertar el adormecido amor, y entonces Mara sera capaz
de olvidar sus deberes y serte infiel. Pensaba bien o no? Qu te
parece, hijo mo?

Ordez contest afirmativamente, y di a entender al jesuta que
esperaba con impaciencia el resto de sus revelaciones.

--Movido por el deseo de impedir ese peligro que vea tan prximo, habl
a Zarzoso rogndole en nombre del cielo que no volviese ms por aquella
casa, con lo cual dejara tranquila una familia y se portara como un
caballero. Y cul crees t que fu su contestacin?

El jesuta se detuvo como gozndose en la perplejidad y la impaciencia
de su protegido, y aadi despus:

--Debo advertirte que el tal Zarzoso es un impo, un ateo, un defensor
de doctrinas infernales, que tal vez hace todos esos actos de caridad
que tanto prestigio le dan, con el nico objeto de engaar y seducir a
la gente sencilla. Qu diferencia entre ese joven y los que, como t,
habis sido educados por la Santa Compaa en los sanos principios
religiosos! En vez de respetar mis aos y estos sagrados hbitos que
llevo, contest a mis cariosas palabras, a mis mansas exhortaciones,
con insultos y amenazas, acabando por darme una bofetada.

--Le abofete a usted!... Y en mi casa!--exclam Ordez con asombro.

--S, me golpe villanamente en esta mejilla, y como si esto no le
bastara para desahogar su rabia, te insult a ti, que estabas ausente,
diciendo que deseaba matarte, porque, en su concepto, eres un canalla
que le has robado a la mujer amada, aadiendo que te conoca muy bien,
que eres un estafador y qu s yo cuantas cosas ms.

Ordez se haba levantado de su asiento, plido, tembloroso y con el
bigotillo erizado por un gesto de ira.

Reviva en l el antiguo espadachn, que valido de su superioridad en
las armas, quera siempre tener razn, y a los que le acusaban por sus
estafas o por sus fulleras en el juego, les contestaba con estocadas.

El jesuta, aunque permaneca exteriormente impasible, deba sentir en
su interior gran satisfaccin, al ver el coraje que tales palabras
producan en su discpulo.

--Yo no siento la bofetada--dijo con expresin de mansedumbre--.
Sacerdote soy del Hijo de Dios, que reciba con la ms sublime paciencia
las ms terribles injurias, y tengo la obligacin santa de perdonar a
los que me maltraten. Pero yo, hijo mo, permanecera impasible y aun
dara gracias a Dios, porque as pone a prueba mi paciencia, si el que
me abofete fuese uno de los nuestros, un buen catlico que en un rapto
de furor hubiese cometido tal atentado; a ese le perdonara; pero no
puedo transigir con el hecho de haber sido abofeteado por un impo, por
un ateo, a quien inspira el diablo. Esto es para m intolerable, pues
tengo la conviccin de que ese desgraciado obr as con el afn de
humillar a nuestras divinas creencias, y que al golpearme a m, no pens
en insultar al sacerdote, sino a la Iglesia entera.

Se detuvo el jesuta para apreciar el efecto de sus palabras, y viendo a
Ordez cada vez ms conmovido por una sorda irritacin, continu:

--Abofetear a la Iglesia!... Crees t, hijo mo, que tal atentado
puede quedar impune? Yo, como campen de Dios, no puedo transigir con la
idea de que triunfe el Infierno y la Iglesia quede humillada, cosa que
suceder si ese hombre terrible no sufre un castigo digno de l. Ah!
Si yo no vistiese estos hbitos!... Si no fuese tan viejo! Mi
situacin es igual a la del anciano padre del Cid, despus de recibir la
bofetada del conde Lozano; pero en vano busco a mi alrededor quien ha de
vengarme, pues no encuentro un Rodrigo dispuesto a desenvainar su espada
por m.

Ordez le interrumpi, como ya lo esperaba el jesuta:

--Yo ser ese vengador que vuestra reverencia necesita. Odio a ese
joven, tanto por el atentado de que le ha hecho a usted vctima, como
por sus antiguas relaciones con Mara. Adems, los insultos que, segn
usted afirma, me dirigi, y el haber ocurrido en mi casa la violenta
escena, me autorizan para retar a ese caballero y para matarle despus;
pues ya sabe usted que hay pocos tan hbiles como yo en el manejo de las
armas.

El padre Toms afectaba estar conmovido por aquel rasgo que calificaba
de sublime y deca con expresin de jbilo:

--Acepto tu generoso ofrecimiento, y tengo la seguridad de que Dios te
premiar este servicio que vas a prestar a su causa. Admito tu
ofrecimiento, principalmente, porque estoy convencido de que saldrs
victorioso. Tienes gran fama de tirador.

--Y ese mdico no es experto en el uso de armas?--pregunt con cierta
inquietud el elegante.

--No creo que sepa manejar otro acero que el del bistur. Toda su vida
la ha empleado en aprender infamias cientficas, para negar a Dios y a
la religin.

--Esta tarde misma le enviar mis padrinos. Voy a ir, sin prdida de
tiempo, en busca de dos amigos de confianza. Les pillar en casa antes
de que salgan.

--Espero, hijo mo, que para nada figurar mi nombre en este asunto.

--Pierda usted cuidado, padre Toms. Conozco de sobra lo que son estas
cosas. Mi reto est fundado en el disgusto producido por ciertas
violencias que Zarzoso se ha permitido en mi casa y por los insultos que
me dirigi estando yo ausente.

--Bravo! Eso es. Que no se mencione para nada la bofetada que me di.

--As se har: tanto ms cuanto que l, como persona inteligente, podr
adivinar de dnde viene el golpe y cul es la verdadera causa del reto.

An hablaron durante algunos minutos el padre Toms y aquel protegido, a
quien l llamaba pomposamente el campen de Dios, a causa de la venganza
de que se haba encargado.

El reloj del despacho di las once, y Ordez se apresur a marcharse.

--Buena hora--dijo alegremente--para pillar a mis dos amigos en la cama.
De seguro que ninguno de los dos se ha levantado todava. Hasta maana,
padre Toms. Antes de veinticuatro horas ese mocito habr llevado su
merecido.

Estaba Ordez junto a la puerta cuando le llam el jesuta, dicindole
con acento bondadoso:

--Escucha, atolondrado. El que nos ocupemos de mis asuntos no es motivo
para que olvidemos los tuyos. Hablar esta tarde al administrador de la
condesa para que te entregue lo que necesitas y puedas pagar tus deudas.
Y mira: he pensado que, en tu situacin, esos veinte mil duros no te
sacan de penas, pues como son para pagar deudas, te quedars
inmediatamente sin un cntimo. Lo he pensado bien, y creo que ser mejor
hacer un emprstito para ti de veinticinco mil duros; medio milln de
reales, as la cuenta resulta ms redonda.

--Oh, reverendo padre! Tantas bondades me confunden y no s cmo
agradecerlas. Gracias, muchas gracias; se necesita ser un impo dejado
de la mano de Dios para abofetear a un hombre tan bondadoso y tan bueno.

Y Ordez, besando la mano de su protector, sali del despacho con aire
de satisfaccin y alegra.

El padre Toms, al quedar slo, agit su mano con expresin amenazante,
como si se dirigiera a algn ser invisible que estuviese en la
habitacin, y murmur:

--Ah, doctorcillo! Me parece que de sta ya no dars ms bofetadas.

Mientras tanto, Ordez bajaba la escalera de aquella antigua casa,
dicindose interiormente:

--La verdad es que el servicio no puede estar mejor pagado y que la
proposicin ha sido hecha del modo ms correcto y diplomtico, sin que
pueda considerarse herida mi susceptibilidad. Veinticinco mil duros si
matas a ese caballerete que me ha abofeteado; esto es en el fondo la
proposicin con toda su crudeza. No se puede negar que el padre Toms se
porta como hombre esplndido cuando trata de librarse de un enemigo...
Pero, qu demonio!, si ese dinero que me va a dar es mo, puesto que
pertenece a mi esposa... Reconozco en este golpe a los jesutas. Siempre
se muestran generosos y prdigos cuando disponen del bolsillo ajeno.




V

Asesinato legal.


Cuando el doctor Zarzoso recibi la visita de los padrinos de Ordez no
experiment gran extraeza.

Al disiparse la ira que le haba dominado durante su violenta
conferencia con el padre Toms, pens framente su situacin, adivinando
que un hombre tan terrible y maligno como era aquel jesuta no tardara
en tomar venganza. En su concepto, abofetear al jefe del jesuitismo en
Espaa, era exponerse a mil iras vengadoras ocultas en la sombra, y por
esto se extraaba al ver que transcurran unos cuantos das sin notar la
persecucin del ofendido padre Toms.

Los padrinos de Ordez eran un coronel ms conocido por sus jugadas en
el Casino que por sus campaas, y un marqus que tena reputacin de ser
el primer tirador de armas de Espaa, y cuya intervencin resultaba
imprescindible en todos los duelos que se concertaban en Madrid.

Llegaron a casa del doctor a las dos de la tarde, cuando ste acababa de
terminar su diaria consulta para los pobres, y despus de ensearle una
carta de Ordez en que les facultaba para representarle en el lance,
dironle otra del mismo individuo, la cual produjo en el doctor terrible
efecto.

Ordez exigale una satisfaccin por lo ocurrido en su casa; pero el
estilo de la carta era tan despreciativo y abundaban tanto en ella las
palabras irnicas y mortificantes, que Zarzoso, plido por la ira,
arroj el papel con visibles muestras de desprecio.

--Seores--dijo a aquellos dos espadachines elegantes--, soy un hombre
de ciencia, y como ocupado en el estudio no he tenido tiempo para
enterarme de ciertas cosas, ignoro lo que se hace en casos como el
presente. Dispensen ustedes mi ignorancia; pero si yo me niego a dar
esas manifestaciones humillantes que pide ese seor, qu ocurrir
entonces?

--Tendr usted que batirse con nuestro apadrinado--contest el coronel.

Y el marqus aadi con entonacin campanuda, como si hablase de una
cosa santa:

--As lo exige el Cdigo del honor.

--Perfectamente--dijo con irona Zarzoso--. Y qu ms ceremonias exige
ese sagrado Cdigo?

--Debe usted nombrar dos padrinos para que se entiendan con nosotros y
concertar entre los cuatro las condiciones del combate. Esto se
sobreentiende que ser si usted se niega a dar explicaciones.

--Me niego; s, seor. No conozco a ese caballero a quien ustedes
representan, pero no s por qu me halaga la idea de romperme la cabeza
con l. Voy a presentarles a ustedes mis padrinos.

Y el joven doctor se dirigi a su gabinete de operaciones, donde an
estaban los ayudantes esperando las rdenes del maestro antes de
retirarse hasta el da siguiente.

Escogi dos de los que le inspiraban ms confianza y los present a los
padrinos de Ordez, quienes los saludaron con una ceremonia grave y
casi fnebre, invitndoles a reunirse de all a media hora en el
domicilio del marqus, para concertar el duelo.

Cuando Zarzoso qued slo en su saln, reflexionando sobre aquel suceso,
vi entrar a su to, el viejo doctor, con una expresin ceuda y
volvindose a todos lados como si quisiera husmear algo extrao en la
atmsfera.

Paseando por el saln, miraba de vez en cuando a su sobrino y grua
sordamente, hasta que, por fin, se plant ante el joven y le dijo con
expresin de juez que interroga:

--Oye: hace un momento he visto salir de aqu a dos caballeros a quienes
conozco. Les llamo caballeros, porque esto no significa nada; pero en
realidad son dos perdidos, dos tahures espadachines de esos que pululan
en la alta sociedad y que slo sirven para hacer dao a las personas
honradas. Qu queran esos individuos? De seguro que no venan a
buscarte como mdico.

El joven permaneci indeciso por algunos momentos, no sabiendo qu
contestar; pero, al fin, se decidi a decir la verdad, y habl a su to
del lance que tena prximo, aunque procurando ocultar su verdadera
causa y diciendo que consista en ciertas palabras que se le haban
escapado hablando con algunos amigos sobre un hombre muy conocido en la
alta sociedad y cuyo nombre no quera revelar.

--Y qu es lo que dijiste de l?

--Dije que era un canalla, un estafador y un tahur que haba apelado
siempre a los ms reprobables medios para ganar dinero en el juego.

--Y es esto verdad? Tienes pruebas de ello?

--Bah! Si esto lo sabe todo Madrid! El tal sujeto, cuyo nombre no
quiero revelar, tiene la fama tan bien sentada, que no hay persona
alguna que no le considere como un pillete.

El buen sentido del viejo doctor, su lgica de hombre rudo, pero recto,
sublevbase al or estas palabras.

--Y vas a batirte con un hombre as? Te digo que no comprendo estas
cosas, y que me parece que el mundo no es ya ms que una vasta jaula de
locos. Comprendo que un hombre quiera matar a otro cuando ste le
insulta, atribuyndole cosas que no ha hecho; pero hablar del honor, de
la dignidad y de satisfacciones, por haber sido llamado tal como se
merece uno, me resulta la mayor de las demencias. El pillete siempre
ser pillete, aunque lleve en el bolsillo un cdigo del honor y sepa
tirar a todas las armas para asesinar a los que le llaman con el nombre
que merece, y el hombre honrado ser un jumento, si por respeto a estas
farsas, que se llaman conveniencias sociales, accede a exponer su vida
riendo con aquel a quien ha insultado dndole los calificativos que
merece por su infame conducta. La cosa es clara. Si esos espadachines
aristocrticos que viven en sociedad como en pas conquistado, no
quieren verse ofendidos a cada punto en lo que ellos llaman su honor,
que lleven mejor vida y sean ms virtuosos y dignos, pues as se
evitarn que el hombre honrado les diga la verdad. T le has dicho
canalla a ese individuo cuyo nombre no quieres revelarme; ahora, lo que
a l le toca, a los ojos de la sana razn, es demostrar que no merece
tal calificativo y hacer, ensendote pruebas, que t lo confieses as.
Con que ya lo sabes; te prohibo que te batas. Me avergonzara de tener
en mi familia un imbcil, que por lo que podrn decir cuatro
desocupados, fuese a matarse con un hombre que no merece ni su
estimacin ni su respeto, a causa de su falta de vergenza.

Zarzoso oa a su to sin que sus palabras le produjeran efecto alguno.
Haba ya adoptado una resolucin y se batira con Ordez, pues odiaba a
este hombre. El viejo doctor debi adivinar en la mirada de su sobrino
algo de lo que ste pensaba, y para disuadirle de su tenaz propsito, se
apresur a aadir:

--Adems es una solemne barbaridad, una locura inconcebible, el batirse
con un hombre acostumbrado al manejo de las armas. Eso equivale a un
suicidio, a dejarse asesinar voluntariamente. Eres t acaso espadachn?
Has perdido mucho tiempo ejercitndote en el uso del sable y de la
pistola? No; t eres un hombre de ciencia, te has dedicado a saber curar
las heridas y no a abrirlas, y entre ser aprendiz de sabio o aprendiz de
asesino, has preferido lo primero. En cambio, ese caballerete que te
reta debe ser un consumado espadachn, pues as lo da a entender la
calidad de los amigos que te ha enviado. Si es que tiene inters en
librarse de ti, para que no le censures ms tiempo dicindole lo que se
merece, te ensartar como a un pajarillo o te meter una bala en la
cabeza. Y, crees t que tiene sentido comn el marchar a la muerte
voluntariamente y por un mal entendido amor propio? Qu diras t de un
hombre que dbil y desarmado se metiera voluntariamente en una calle
donde supiera que le aguardaba emboscado un asesino para matarle? Si ese
enemigo tuyo fuese un hombre de ciencia que, como t, se hubiese pasado
la vida entregado al estudio, sin conocer el manejo de arma alguna,
entonces se podra transigir con el lance, pues al menos existira entre
los dos cierta igualdad; pero ir a ponerse enfrente de uno de esos
perdidos aristocrticos que apenas saben leer y que cifran todos sus
conocimientos en bailar bien y tirar a las armas, es una locura que yo
no puedo consentir a un sobrino mo.

Se detuvo el doctor para apreciar el efecto que causaba en el joven todo
cuanto iba diciendo, y como conforme hablaba, entusiasmbase el viejo
con el desarrollo de aquel tema, se apresur a aadir:

--T bien sabes que la mayor de las inconsecuencias en que puede caer un
hombre sabio es arrebatarle la vida a un semejante. T que eres mdico
contesta. No te parece que bastantes auxiliares tiene la muerte con
esas innumerables y terribles dolencias que la Naturaleza descarga sobre
la Humanidad? No se desangra bastante la especie humana con esas
guerras que provocan los reyes y que muchas veces tienen por fundamento
una ridcula cuestin de cortesa? Yo bien s que los hombres tenemos
algo de fiera y que muchas veces, alterndose nuestro sistema nervioso,
se oscurece la razn y apelamos a los puos como supremo argumento. Eso
est muy bien, qu demonio!, y no ser yo quien pretenda corregir la
plana a la Naturaleza. Se insultan dos hombres? Se odian por motivos
particulares? Pues bien; comprendo que al encontrarse desahoguen su
furor dndose unos cuantos puetazos y hasta me parece lgico que en un
arranque de su brutalidad excitada lleguen hasta matarse. Pero lo que no
comprendo, lo que no concibo cmo la ley no lo castiga con las ms
terribles penas, es que dos hombres, algunos das despus de haberse
insultado, vayan con la mayor sangre fra, casi sin odio, a matarse en
el campo que llaman del honor, rodeando el crimen de un aparato
ceremonioso y ridculo, propio de costumbres brbaras, que,
afortunadamente, pasaron para no volver. Me tiene sin cuidado que esos
tontos de la aristocracia y una turba de imbciles que quieren imitarles
cometan estas sangrientas estupideces; pero no puedo consentir que un
sobrino mo, que adems es sabio, caiga en un ridculo tan deshonroso.

Call el viejo doctor y di algunos pasos por la habitacin hasta que
poco despus volvi a detenerse ante el joven, e irguiendo su corpachn,
dijo con cierto orgullo:

--Aqu tienes a tu to que nunca ha llegado a caer en tales ridiculeces,
y, sin embargo, me tengo por ms valiente que todos esos seores que
palidecen de ira a la menor palabra que hablan de acudir inmediatamente
al campo de honor. A ellos, que son tan valientes, les hubiera querido
ver yo bregando con los locos y quitndoles muchas veces las armas de
las manos. Pues bien; yo, que no s lo que es miedo, nunca he admitido
esos ridculos desafos, en los que se escuda, las ms de las veces, la
gente que no tiene razn. Una vez, cierto doctor que tena reputacin de
espadachn, ofendido por algunas expresiones que se me escaparon en el
calor de una discusin cientfica, me envi sus padrinos, diciendo que
no poda vivir tranquilo mientras que yo no le diese una reparacin en
el terreno de las armas. Desped a los padrinos con cajas destempladas,
diciendo que si mi enemigo no poda vivir sin vengarse de m, que
viniera a buscarme slo, pues tena un buen garrote para darle la
contestacin, y esta es la hora en que todava no le he visto. Otra vez
un cliente me di su tarjeta en seal de reto y yo le contest con unos
cuantos mojicones, y por esto ha transcurrido el tiempo sin que nadie se
atreviera a irle con ms farsas de estas al doctor Zarzoso. Creme,
Juanito; eso de los desafos es un procedimiento inventado por ciertas
gentes que no sirven para nada, con el fin de conservar por el terror su
supremaca en la sociedad. Si todos tuviesen sentido comn e hiciesen lo
que yo, despreciando tan ridculas preocupaciones, ten por seguro que
pronto terminara esa ridcula costumbre apadrinada por la fatuidad
francesa y que hace revivir la Edad Media en pleno siglo XIX. Con que
contesta, muchacho. Ests dispuesto a obrar como cualquiera de esos
cabezas de chorlito que pululan en la sociedad, imponindola sus
ridculas costumbres?

Zarzoso, mientras hablaba su to, habase formado su plan. Saba que el
viejo doctor no era capaz de transigir con el duelo y le impedira por
todos los medios el que llegara a batirse.

El joven comprenda tambin la verdad que encerraban las palabras de su
to, pero aquella carta de Ordez que l vea blanquear en el rincn a
donde la haba arrojado, conmovale y le haca pensar con fruicin en la
delicia que experimentara al verse frente al marido de la condesa con
un arma en la mano. Estaba decidido a no retroceder, encontrndose como
se encontraban tan adelantados los preparativos del duelo. Adivinaba la
inmensa ventaja que llevara Ordez sobre un hombre que no conoca el
manejo de las armas, pero al mismo tiempo pensaba que era ms preferible
morir, que dar lugar a que aquel hombre tan odiado se jactase ante Mara
de haber inspirado miedo a su antiguo novio.

Esto era lo que ms decida a Zarzoso a dejar que la aventura siguiese
su curso. Estaba decidido: antes morir que dar pretexto para que Mara
le tuviese por un cobarde.

El joven, deseoso de librarse de su to, di a ste toda clase de
seguridades. No se batira, ya que as lo mandaba l, y prometi al
mismo tiempo tenerle al corriente de cuanto ocurriera en aquel asunto.

El viejo doctor, a quien nunca haba engaado su sobrino, se tranquiliz
con tales promesas, y poco despus le dej slo para ir a dar un paseo
con otros dos profesores jubilados, que eran sus nicos amigos, por lo
mismo que en genio rudo y en opiniones intransigentes casi llegaban a su
misma altura. Los diarios paseos de aquellos tres sabios, con sus
incesantes discusiones, equivalan a una continua tempestad cientfica.

El joven doctor permaneci en el saln reflexionando sobre la aventura
de que iba a ser protagonista, y ensimismado en sus ideas pas para l
tan velozmente el tiempo, que haban transcurrido ya dos horas y
comenzaba a anochecer cuando l crea que slo haban pasado algunos
minutos.

Al volver los dos ayudantes designados por l como padrinos,
encontrronlo tendido en un divn, con la mirada fija en el techo y la
expresin del que suea despierto.

Los dos jvenes le enteraron de las condiciones concertadas con los
otros padrinos.

La discusin haba versado principalmente sobre la gran desigualdad que
existira entre los combatientes, a causa de que el doctor era inhbil
en el manejo de toda clase de armas. La pistola haba resultado
inadmisible, a causa de que Ordez pasaba por uno de los mejores
tiradores de Madrid, y, al fin, como se haba de optar por alguna arma,
los cuatro padrinos decidironse por el sable, aunque en su manejo
tambin se distingua el marido de la condesa.

A Zarzoso le pareci todo muy bien, y cuando uno de sus ayudantes le
propuso ir al saln de armas del "Zuavo", a que ste le diese algunas
lecciones, el joven doctor contest con un gesto de indiferencia.

Para qu? Estaba convencido de que una leccin de unas cuantas horas
slo servira para fatigarle, sin proporcionarle ninguna superioridad
sobre el enemigo. Adems, sus ayudantes le decan que en las luchas a
sable lo ms principal era tener coraje, abrumando a golpes al enemigo,
y l pensaba que si le mataba Ordez no perda gran cosa, pues estaba
cansado de la vida y sta no tena para l atractivo alguno desde que
Mara resultaba imposible para l.

Tan indiferente le era la existencia a Zarzoso, que durmi aquella noche
con bastante tranquilidad y nicamente se preocup de que su to no se
apercibiera de que el lance iba a verificarse a la maana siguiente.

Haban convenido los padrinos que el encuentro fuese en una posesin que
el marqus, amigo de Ordez, tena en las inmediaciones de Madrid, y
all fu donde Zarzoso, a las seis de la maana, se dirigi en un
carruaje, acompaado de sus dos ayudantes.

En una enarenada plazoleta del jardn, que se extenda a espaldas de la
villa del marqus, fu donde se encontraron aquellos dos hombres que no
se conocan, y, sin embargo, se buscaban con el propsito de matarse.

Zarzoso slo haba visto algunas veces a Ordez de lejos en las calles
de Madrid, y el marido de la condesa contempl por primera vez al hombre
a quien aborreca y cuya muerte le haba sido pagada con tanta
generosidad por el jesuta.

Los cuatro padrinos prepararon la lucha con toda la ceremoniosa liturgia
propia de tales casos, y sobre la arena pusieron los sables con que
aquellos hombres deban herirse.

Ordez y sus padrinos, aunque afectando seriedad, mostraban estar
acostumbrados a actos como aqul. Zarzoso permaneca indiferente, y en
cuanto a sus dos ayudantes, parecan asombrados de que con tanta
frialdad se preparase la muerte de un hombre.

Despus de los saludos, de sealar el puesto de los combatientes y de
dejar ultimados todos los preparativos, Zarzoso y Ordez despojronse
de la levita y el chaleco, arremangronse el brazo derecho y cogieron
sus sables.

El joven doctor estaba decidido a no dejarse matar y a causar a su
enemigo todo el dao que pudiera; pero cuando los padrinos dieron la voz
de en guardia!, l not en los labios de Ordez una sonrisa desdeosa
y en el rostro de sus padrinos un gesto de asombro.

--Esto va a resultar un crimen--murmuraba el coronel, padrino de
Ordez--. Ese muchacho no sabe lo que tiene en la mano y se va a dejar
mechar inmediatamente.

As era, pues Zarzoso, con el sable en la mano, haca la figura ms
ridcula, demostrando desconocer hasta las ms rudimentarias reglas de
la esgrima.

El sol de la maana, filtrndose a travs de las vecinas arboledas,
iluminaba, aquella plazoleta, baando en luz el sombro grupo de los
padrinos y haciendo centellear las hojas de los sables.

Reinaba un fnebre silencio, nicamente interrumpido por los rumores de
los rboles, y en aquella augusta y silenciosa majestad de la
Naturaleza, iban a exponer su vida dos hombres: el uno por el _qu
dirn_ de la sociedad, que hace cometer las mayores tonteras, y el otro
obedeciendo a la sugestin de un superior y obrando como un asesino
pagado.

Apenas comenz el combate, Zarzoso avanz sobre Ordez dirigindole
golpes a diestro y siniestro, sin regla ni concierto alguno.

El joven doctor tena buen brazo, estaba excitado por el coraje que
senta, y Ordez, a pesar de ser un experto tirador, hubo de retroceder
en el primer instante algunos pasos para librarse de aquella lluvia de
cuchilladas.

Esta impetuosidad en el ataque y tan hostil desorden en la agresin,
hubiesen servido de mucho a Zarzoso tratndose de un enemigo tan
inexperto como l; pero Ordez no tard en reponerse, y notando que su
contrario siempre le diriga los golpes a la cabeza, limitse a ponerse
a la defensiva, sonriendo con desdn.

El coronel segua murmurando, a pesar de que su compaero el marqus le
tocaba con el codo para que callase:

--Ese muchacho tiene bros. Lstima que no sepa absolutamente nada de
esgrima! Ordez est divirtindose con l y as que quiera lo
despachar a su gusto. El mismo ser el encargado de matarse.

An dur el combate unos cinco minutos.

Zarzoso, jadeante e irritado, se mova de un lado a otro, saltaba,
buscando atacar a su enemigo por todos lados; pero siempre le sala al
encuentro el sable de Ordez, parando con exactitud sus ms furibundas
cuchilladas.

Aquella defensa pasiva y desdeosa irritaba an ms a Zarzoso, quien,
ciego de furor, deseaba que su enemigo tomase la ofensiva y lo rematara
de un golpe, pues as al menos no le servira de objeto de diversin.

Tuvo un momento de descuido Ordez, en que el sable del doctor silb
cerca de una de sus orejas, y entonces el rostro del elegante perdi su
desdeoso gesto para tomar un aire de ferocidad.

Los padrinos adivinaron que llegaba ya el momento supremo.

Zarzoso, ms confiado y ensoberbecido por aquella cuchillada que tan
cerca haba pasado de su enemigo, levant el sable y audazmente, a
cuerpo descubierto, avanz un paso; pero en el mismo instante, rpido
como un relmpago, extendi Ordez su brazo, con el sable horizontal y
rgido, y al acercarse impetuosamente el doctor, se lo clav l mismo en
el pecho.

Zarzoso, plido y con la mirada extraviada, cay de rodillas, al mismo
tiempo que un grueso chorro de sangre manchaba su blanca camisa y caa
goteando en la arena de la plazoleta.

Los dos ayudantes que se abalanzaron a sostenerle en sus brazos, al ver
el sitio donde estaba la herida y la gran cantidad de sangre que manaba,
cambiaron entre s una mirada de horrible desconsuelo.

Buena mano tena el tal Ordez. No era necesario que ellos abriesen su
botiqun para hacer la cura. La punta del sable le haba atravesado el
corazn y aquellas convulsiones del infeliz mdico eran el estertor de
la agona.

Cuando una hora despus los dos ayudantes, auxiliados por el portero,
suban el cadver todava caliente de Zarzoso por la lujosa escalera de
su casa, la primera persona que encontraron al llegar al rellano del
segundo piso fu al viejo doctor. Estaba muy desfigurado y su rostro,
rudo y siempre cejijunto, pareca el de un len con fiebre.

Al levantarse aquella maana y no encontrar a su sobrino, haba
adivinado toda la verdad, y furioso contra Juanito por haberle engaado,
ocultndole lo que ocurra, iba de un punto a otro de la casa, rugiendo,
insultando a su ausente sobrino por lo que l llamaba su doblez y
desahogando su clera dando patadas a los muebles y a cuantos criados
encontraba al paso.

Cuando vi el cadver de su sobrino no experiment gran emocin
aparentemente. Haca ya rato que esperaba aquello.

--Ah, imbcil!--exclam dirigindose al inanimado cuerpo--. Al fin, te
has salido con la tuya. Era preciso que cuatro estpidos que ni te
conocan ni te apreciaban, no pudieran decir que el doctor don Juan
Zarzoso no era hombre de honor, y para esto nada ms sencillo que
dejarse matar por un cualquiera, sin importarte gran cosa que despus tu
to reviente de pena. Ah, pillete! Ah, gran infame! Ya estars
satisfecho: a ti te han muerto y yo no tardar en seguirte. Puedes estar
contento de tu hazaa. Dejndote asesinar has salido del mundo con
muchsimo honor, como un completo caballero a los ojos de la estupidez
y como un bestia para m.

Y el pobre viejo hablaba con voz ronca, gesticulando y braceando como un
loco.

Los ayudantes y el portero permanecan inmviles, sosteniendo el
cadver, ante aquel hombre imponente en su dolor, que pareca cerrarles
el paso; y como uno de ellos, en su aturdimiento, soltase la cabeza del
muerto, que cay pesadamente hacia atrs, el viejo exclam con ira:

--Tened ms cuidado, animales! No veis que le estis haciendo dao?
Esperad, que all voy yo.

Y al sostener entre sus manos la helada cabeza del joven, toda su ira
desapareci, e inclinndose sobre ella estamp un beso en aquella boca
lvida, a la que asomaba una espuma sanguinolenta.

--Pobrecito! Chiquitn mo!--grit con una voz que pareca un aullido
doloroso y que caus escalofros de terror a los hombres que estaban
presentes--. Por qu me has engaado? Por qu fuiste a morir sin
acordarte de m, que soy tu padre? Ay! Qu har yo ahora, slo en el
mundo, sin este muchacho que era toda mi familia?

Mir con ojos de idiota a aquellos tres hombres, como si no los
reconociera, y les dijo:

--Ustedes no saben quin era mi Juanito. Qu han de saber ustedes hasta
dnde llegaba esta cabeza que tengo entre mis manos! De estudiante,
asombraba a los profesores de San Carlos por su aplicacin y su
portentosa inteligencia; yo estaba tan orgulloso que hasta me haca la
ilusin de que lo haba parido; despus, en Pars, se mostr como un
portento, y si quisiera les enseara a ustedes cartas de Charcot y de
otros sabios, en que hablan de mi nio como de un compaero, y luego
aqu ha hecho curas tan grandes, que yo mismo me consideraba a su lado
como un discpulo ignorante. Adems..., tan bueno!, tan sencillo!,
siendo el consuelo de los enfermos pobres y el salvador de todos esos
chicuelos haraposos que vienen aqu por las maanas... Respondan
ustedes: Haba alguien mejor que l? Nadie! no hay en todo Madrid
quin pudiera descalzarle. Vaya un suceso divertido! Y luego an hay
imbciles que se empean en hacernos creer que existe Dios, la
Providencia Divina y todas esas zarandajas, buenas para engaar a los
tontos!...

El viejo mir arriba, y rechinando los dientes, rugi:

--Baja, bandido!..., baja si te atreves, y me explicars el por qu de
esa inmensa sabidura, que mientras consiente la muerte de un hombre
benfico y virtuoso, deja en pie a un canalla, y hiere mortalmente a un
pobre anciano!

El doctor segua a aquellos hombres que iban empujando el cadver dentro
de la habitacin. No soltaba la cabeza de su sobrino, y cuando al
atravesar uno de los salones de espera la luz del balcn di de lleno en
aquel rostro de lvida palidez, el viejo, con un rugido, hizo detener a
los conductores:

--Mirad, mirad bien esa cara: es la misma de mi pobre hermano. Esto es
intolerable, esto es inhumano; parece imposible que en una nacin que se
llama civilizada, los pobres viejos tengan que pasar por tan terribles
agonas. Cre usted hijos, haga usted de ellos unos sabios,
enorgullzcase con sus triunfos, que la ley del honor ya se encargar de
enviarle un espadachn que a la primera cuchillada derrumbe todas sus
ilusiones al suelo... Oh, Juanito! Hijo mo!

Y el viejo pudo, por fin, dar libre expansin a aquel dolor comprimido
en su pecho, y derramando abundantes lgrimas, cay de rodillas,
descansando su blanca cabeza sobre la lvida faz del muerto.




VI

El porvenir de la familia Ordez.


La trgica muerte del doctor Zarzoso produjo gran impresin en Madrid.

Los peridicos se ocuparon del suceso, aprovechando la ocasin para
declamar contra la brbara costumbre del duelo, y al entierro del doctor
acudi toda la aristocracia de la ciencia en unin de aquella clientela
pobre que adoraba a Zarzoso como un ser casi sobrenatural, a causa de
sus bondades sin lmites.

Durante algunos das la muerte del doctor fu el tema de todas las
conversaciones en Madrid; pero al domingo siguiente, "Frascuelo" tuvo
una cogida, y el pblico novelero no tard en olvidarse del trgico
desafo para ocuparse nicamente de la salud del diestro.

Dos semanas despus, eran ya muy pocos los que se acordaban de la triste
suerte del doctor Zarzoso; la excitacin pblica devanecise, y as no
result difcil que Ordez fuese condenado nicamente a dos aos de
destierro, juntando con este castigo la esperanza de que el Gobierno le
indultara de la pena as que, transcurridos algunos meses, se hubiese
olvidado por completo el trgico suceso.

Ordez acogi con satisfaccin aquella sentencia que le daba un
pretexto para satisfacer su aficin a vivir en el extranjero, y sali
inmediatamente para Londres, despus que el padre Toms, muy satisfecho
de su comportamiento, le prometi interponer su valiosa influencia para
que el administrador de la condesa atendiese a todas sus necesidades con
frecuentes envos de dinero.

Qued, pues, Mara completamente sola en su hotel, al cuidado de su
enfermo hijo, pues su ta, la baronesa, haba olvidado por completo las
costumbres de mujer elegante que observaba antes del matrimonio de su
sobrina y en los primeros tiempos de ste, y haba vuelto a sus
aficiones devotas, pasando la mayor parte del ao fuera de Madrid,
visitando conventos y tomando parte en ejercicios religiosos y romeras
que organizaban los jesutas para levantar el espritu catlico, que
segn ellos estaba muy decado. La viuda de Lpez ya no ejerca de
confidente de la baronesa y de Mara. Doa Fernanda haba perdido toda
su confianza en la intrigante viuda, y sta, por su parte, cansada de
servir a sus aristocrticas amigas, y habiendo ganado con sus
complacencias lo que crea necesario para el resto de su vida, habase
retirado a Andaluca, dedicndose a negocios con sus ahorros en Sevilla,
donde prestaba al 30 por 100 a las gentes ms necesitadas.

Fu para Mara una poca muy triste los dos aos que permaneci sola en
su hotel, sin otra distraccin que el cuidado de su enfermizo hijo, ni
otras visitas que las del padre Toms y el mdico de la casa.

Algunas veces, doa Fernanda, fatigada por las correras religiosas que
la hacan viajar por todas las provincias de Espaa, permaneca algunas
semanas en el hotel; pero aquella quietud en una casa que tena algo de
hospital y cuyo ambiente apestaba con el acre olor de las medicinas, no
agradaba a una mujer que era inquieta y movediza, por el instinto de la
propaganda y la organizacin, e inmediatamente, la vieja paloma mstica
levantaba el vuelo para continuar aquella obra que tan grata les era a
los padres de la Compaa.

Mientras la baronesa permaneca en Madrid. Mara abandonaba su pasiva
existencia de mujer resignada y triste, y obedeciendo a su ta, la
acompaaba a la iglesia o a las reuniones piadosas, mostrndose entonces
a los ojos de las gentes de su clase, que la crean enferma al no verla
en los dems puntos de reunin donde se codeaban las clases
privilegiadas.

La joven condesa de Baselga, por ms que transcurra el tiempo, no
lograba reponerse de la dolorosa sorpresa, del inmenso pesar que la
produjo la noticia del triste fin del doctor Zarzoso.

Adivinaba que ella haba intervenido indirectamente en aquella espantosa
tragedia, en la cual su marido haba desempeado el papel ms odioso,
quedando su antiguo adorador con el prestigio sublime del hombre de
corazn que se deja matar por haber amado mucho.

Antes de aquel duelo, miraba con indiferencia a Ordez, pero ahora le
odiaba, viendo en l al asesino de Zarzoso, y se senta satisfecha por
vivir alejada de su marido, pues hubiese sido un tormento horrible el
tener que estar a todas horas junto al hombre que aborreca.

El recuerdo de aquel trgico suceso producale una melancola incurable,
y prefera permanecer encerrada en el fondo de su hotel a tomar parte en
las diversiones de la vida elegante o a mostrarse simplemente en
pblico.

Por otra parte, la continua e interminable dolencia que debilitaba a su
hijo, obligbala a permanecer siempre encerrada, adivinando muchas veces
que no era Paquito el nico enfermo, pues ella senta la falta de salud,
y en su rostro marcbanse cada vez ms aquellos signos que alarmaron a
Zarzoso la primera vez que entr en el hotel y que le hicieron sospechar
que la tuberculosis del padre haba contagiado a toda la familia.

Cada vez que ella se quejaba de su falta de salud, presintiendo que
exista en su organismo un principio de terrible enfermedad, el mdico
de la casa y el padre Toms bromeaban sobre lo que ellos llamaban
escrpulos y manas de la condesa.

En concepto de dicho mdico, lo que senta Mara era el cansancio
producido por las muchas noches en vela y la angustia que le causaba el
estado de su hijo, al cual prometa l curar en plazo muy breve, a pesar
de cuyas promesas la enfermedad de Paquito no dejaba de ir en aumento
rpidamente.

El terrible hidrocfalo no poda ser ms visible. La cabeza del nio
haba ido desarrollando exageradamente su volumen de un modo lento y
progresivo. La frente se haba extendido elevndose y avanzando hacia
los ojos, de un modo que stos estaban dirigidos hacia abajo y
recubiertos por el prpado inferior hasta el centro de la pupila. La
cabeza tomaba la forma de una pirmide con la base hacia arriba; la cara
se achicaba hacindose plida y huesuda; el cuero cabelludo slo estaba
cubierto por muy escasos y finos cabellos, y las venas subcutneas de
las sienes y de la frente, hinchbanse, destacndose bajo la piel con
marcado relieve.

A pesar de unos signos tan caractersticos, el doctor, protegido por el
padre Toms, negaba siempre que aquello pudiera ser el hidrocfalo y
atribua tales sntomas a todas las enfermedades, antes que a una
tuberculosis enceflica.

El padre Toms, al hablar de la enfermedad de Paquito, atribuala
siempre al exagerado cuidado de su madre y a la anormal temperatura de
Madrid, asegurando que el nio se curara as que estuviera en
condiciones para entrar en cualquiera de los colegios de educacin que
la Compaa tena establecidos en provincias y en el cual, con un clima
saludable y un rgimen reglamentario e higinico, no tardara en
desaparecer la hinchazn del crneo que tanto alarmaba a Mara.

Transcurridos los dos aos de destierro a que haban condenado a
Ordez, ste volvi a Madrid con el nico fin de avistarse con sus
amigos, pues le gustaba ms la vida de Pars o de Londres que la de
Madrid. En cuanto a su mujer y a su hijo, apenas si se acordaba de
ellos, pues slo de tarde en tarde haba enviado a Mara una breve carta
por pura cortesa, preguntando con marcada negligencia por la salud de
Paquito.

Cuando la condesa vi de vuelta a su marido, experiment un gran
disgusto. Le era muy grato vivir sola en su hotel, sin otra compaa que
la de su hijo, pues as su imaginacin excitada se haca la ilusin de
que era una viuda y que su esposo haba sido aquel infeliz doctor, al
cual amaba ahora sin sombra alguna del antiguo despecho, desde que lo
haba visto morir a causa del amor que la haba profesado.

Ordez, como si adivinara cules eran los sentimientos de su esposa, no
intent con ella la menor intimidad. Adems, el aventurero sin corazn
que explotaba de tal modo a su esposa, como haba estado tanto tiempo
ausente, not al primer golpe de vista lo envejecida que se hallaba por
las penas, y la interna destruccin que en su organismo iba operando la
enfermedad, y esto era ms que suficiente para que aquel hombre
corrompido y sin sentimiento, que en punto a amor no haba ido ms all
de una carnvora brutalidad, rehuyese todo contacto con la esposa
honrada, que, por ser madre, haba perdido una gran parte de su frescura
y de su belleza.

La fra indiferencia entre los dos cnyuges era visible para todos
cuantos entraban en la casa, y apenas si al sentarse a la mesa, los
pocos das en que Ordez coma en casa, diriga ste algunas palabras a
su esposa, la cual, por su parte, tampoco tena gran inters en tratarse
con un hombre a quien odiaba.

Un da Ordez se mostr con su esposa ms insinuante y carioso que de
costumbre.

Despus del almuerzo, en vez de salir apresuradamente como haca
siempre, para acudir a las mil citas de amigos y amigas que le asediaban
desde que haba llegado a Madrid, Ordez permaneci sentado, mostrando
deseos de entablar conversacin con Mara, a la cual inquietaba algo tan
inesperada solicitud.

Hablaron primeramente del estado de su hijo que en aquellos das pareca
experimentar cierta mejora y correteaba por la casa sin pesadez y sin
mostrar esa manifiesta imbecilidad que produce el hidrocfalo en los
nios.

--T vers--deca Ordez a su esposa--cmo al fin no resulta nada la
enfermedad de nuestro hijo. Son dolencias esas que cuando nios todos
hemos pasado y que desaparecen al robustecerse el cuerpo y salir de la
infancia. Como esa enfermedad se har ms grave, ser si t te empeas
en tener siempre a Paquito cosido a tus faldas y rodeado de los ms
nimios y escrupulosos cuidados. Esto slo servir para que su dolencia
se agrave y t te pongas ms enferma, porque, mira, hija ma!, voy a
serte franco; t no ests muy bien y de seguro que si te empeas en
sacrificarte tanto por cuidar a tu hijo, no tardars en morirte. Me
parece muy bien que una madre cuide a su hijo sin reparar en fatigas; lo
mismo haca la ma; pero esto no impide que uno se cuide a s mismo. Yo
tambin estoy muy delicado y, sin embargo, me hago la cuenta de vivir
muchos aos, porque me preocupo mucho de lo que puede hacer dao a mi
salud y procuro cambiar de aires con frecuencia, pues esto siempre es
bueno. Dirs que soy muy egosta; conforme, no lo discuto; pero con
egosmo se vive, y si yo muriera, nadie de este mundo se encargara de
resucitarme. Los muchachos, qu demonio!, deben acostumbrarse a vivir
libres de cuidados; esto los robustece y a Paquito lo que le conviene es
estar una buena temporada lejos de t, rodeado de otros chicos que le
animen y sometido a un rgimen sin contemplaciones que excite su
energa.

Mara se asust al or estas palabras y adivin ya lo que su esposo iba
a decirle.

--Yo he hablado del asunto con el padre Toms y ste que, como ya sabes,
es persona de mucha ciencia, cree lo mismo que yo y aconseja que
enviemos a Paquito a uno de los colegios que la Compaa tiene en
provincias; al de Valencia, por ejemplo, asegurando que all sabrn
robustecerlo y librarlo de toda enfermedad, hasta el punto de que antes
de un ao estar rollizo y sonrosado como un tudesco. Yo tambin pas
los primeros aos en un colegio de jesutas, y te aseguro que all no
nos iba mal, pues me cri perfectamente, y al mismo tiempo que me
fortalec supe muchas cosas que jams hubiese aprendido metido entre las
faldas de mi seora madre. Con que ya lo sabes, Mara; como quiero mucho
a mi hijo, por ms que t creas lo contrario, deseo que ingrese pronto
en un colegio, donde aprender a ser hombre.

Desde aquel da el porvenir de Paquito fu el motivo de todas las
conversaciones que se entablaban entre los dos esposos.

Mara resistase con energa a acceder a aquella separacin; pero la
asediaban continuamente con sus palabras, a ms de su esposo, el padre
Toms y el mdico de la casa, el cual hablaba de los grandes peligros
del clima de Madrid, que amenazaba continuamente con una pulmona al
organismo dbil y delicado del nio.

Un nuevo refuerzo tuvieron los que atacaban la resistencia de su
sobrina, y llevada de la indignacin que le produjo, que vino a
descansar un mes de sus tareas de propaganda y a saludar a Ordez, su
"tunante sobrino", a quien segua profesando gran simpata, porque sus
calaveradas le hacan mucha gracia.

Doa Fernanda, despus de escuchar reverentemente la autorizada voz del
padre Toms, mostrse decidida partidaria de que el nio fuese al
colegio.

Con su carcter dominante e irascible, atac la resistencia de su
sobrina, que llevada de la indignacin que le produca tanta tenacidad,
lleg a decir con imponente voz:

--Si se muere el nio, t sers la culpable, pues te empeas en
retenerlo aqu con gran peligro de su vida, y no quieres enviarlo donde
indudablemente adquirir la robustez que le falta. Amas mucho a tu
hijo; pero esto no impide que seas una mala madre.

Esta acusacin fu lo que hizo a Mara rendirse.

Lleg la infeliz a imaginarse que podan ser ciertas tales palabras, y
con el deseo de no causar el ms leve mal a su hijo, accedi a consentir
tal separacin, aunque estaba segura de que esto le producira un
disgusto sin lmites.

Qued acordado que el nio ira a educarse al colegio de los jesutas de
Valencia, por ser el clima templado de esta ciudad el que ms convena
al enfermizo nio.

Mara, deseosa de separarse de su hijo lo ms tarde posible, se encarg
de ser ella quien lo condujese a Valencia, y la baronesa, que cada vez
estaba ms dominada por su mana de viajar, prestse a acompaarla.

La joven condesa lleg hasta proyectar el traslado de su domicilio a
Valencia, para vivir de este modo ms cerca de su hijo; pero tuvo que
desistir de tal idea ante la rotunda negativa de su esposo.

El antiguo calavera, que, segn deca, comenzaba a sentirse viejo y se
hallaba algo cansado de ser simplemente en sociedad un aturdido, quera
adquirir el prestigio de hombre serio y distinguido, y pensaba,
aprovechando la ausencia de su hijo, en arrastrar a Mara a las fiestas
del gran mundo y presentarse en bailes y recepciones, grave y estirado,
con su esposa del brazo, cual convena a un hombre que aspiraba a
solicitar en la primera ocasin oportuna una embajada en cualquier
nacin de segundo orden.

La misma noche en que Mara, ante su familia y sus amigos, se decidi a
permitir que la separasen de su hijo, llevando ste al colegio de
Valencia, el padre Toms y el mdico de la casa, al salir del hotel y
subir al carruaje que les esperaba, entablaron inmediatamente
conversacin sobre la salud del hijo de la condesa de Baselga.

--Cree usted, doctor, que ese nio puede gozar larga vida?

--Lo que me extraa, reverendo padre, es que no haya muerto ya. La
tuberculosis del padre, contaminando a la madre, ha producido en el hijo
ese hidrocfalo tan marcado, que seguramente llevar el nio a la tumba.

--Y tardar mucho en morir?

--No puedo asegurarlo; pero un tuberculoso es un campo abonado para toda
clase de enfermedades. Bastara que en el colegio sufriese un ligero
enfriamiento, que se expusiera a una corriente de aire despus de la
agitacin propia de la hora de recreo en que juegan los alumnos, para
que inmediatamente se declarase en l una pulmona, que en pocas horas
le producira la muerte.

El padre Toms sonri en la oscuridad que envolva el interior del
carruaje.

--Y la condesa?--pregunt el jesuta--. Cree usted que ser muy larga
su vida?

--Tambin est amenazada de muerte, pues la tuberculosis hace en ella
rpidos estragos. Tal vez no tarde mucho en declararse en ella la tisis.

--Pues entonces tampoco a Ordez le quedan muchos aos de divertirse,
ya que l ha sido el foco de la enfermedad que ha contaminado a toda la
familia.

--Oh! Tal vez viva ese ms aos que nosotros. La tuberculosis se
presenta en l en forma muy benigna. Esto le parecer extrao a vuestra
reverencia, pero las enfermedades tienen sus rarezas, lo mismo que los
seres humanos. Hay quien esparce la muerte en derredor suyo y, sin
embargo, vive muchos aos gozando una relativa salud.

Callaron los dos hombres y permanecieron inmviles en la oscuridad del
carruaje, hasta que por fin son la voz melosa e hipcrita del jesuta:

--Oh, Dios mo! Cun triste es el porvenir de esa familia! Crea usted,
doctor, que siento haberla conocido, y que si hubiese llegado a adivinar
que Ordez no era hombre de completa salud, me hubiese opuesto a su
casamiento con la condesa.




VII

Un telegrama.


Aquella maana el padre Toms esperaba en su despacho la visita de uno
de sus subordinados, pertenecientes a la casa-residencia de Sevilla y el
cual haba sido llamado a Madrid por orden de su superior.

El jesuta italiano, llevado siempre de su idea de hacer las cosas por
s mismo, cuando estaba disgustado de alguno de sus subordinados, no
quera valerse de intermediarios para formular sus repulsas y les haca
presentarse en Madrid, donde poda vigilarlos de cerca.

El jesuta que haba incurrido en su desagrado y a quien l esperaba
aquella maana para desahogar en su persona su mal humor, era un jesuta
andaluz, el padre Palomo, que gozaba de cierto renombre, a causa de sus
aficiones literarias y de los artculos y novelas que publicaba en todos
los periodiquillos y revistas, ms o menos subvencionados por la
Compaa de Jess.

Poco despus de las once entr su criado de confianza a anunciarle la
llegada del padre Palomo y pasados algunos segundos presentse en el
despacho el jesuta andaluz, al que examin el padre Toms con una
rpida mirada.

Era un hombre de mediana estatura, de aspecto enfermizo y de frente
espaciosa y pronunciada, bajo la cual brillaban unos ojos que, aunque
fijos en el suelo, con la tenacidad de la costumbre, chispeaban de vez
en cuando con la llamarada propia del hombre observador y de
inteligencia despierta.

El padre Toms, al notar en la figura del recin llegado cierta
delicadeza de modales y un asomo de indolencia aristocrtica, recordaba
con su prodigiosa memoria la historia de aquel padre de la Compaa.

Su juventud haba transcurrido en los salones, siendo un hombre de moda,
disputado por las damas y a quien el amor haba reservado grandes
triunfos. Su existencia alegre y aventurera le hizo arrostrar grandes
peligros, y al verse en cierta ocasin prximo a la muerte y salvar
inesperadamente la vida, su imaginacin de poeta excitada por el riesgo
que haba corrido, vi en aquella aventura la milagrosa proteccin de
Dios y abandon el mundo, ingresando en la Compaa de Jess, posedo de
la mayor fe.

Los jesutas fomentaron sus aficiones literarias comprendiendo que
podan proporcionar algn honor a la Compaa que siempre muestra empeo
en presentar como eminencias a aquellos de sus individuos que no pasan
de ser medianas, y consigui el padre Palomo ser en breve un escritor a
quien todos los afectos a la Orden consideraban como un portento
literario.

El padre Toms tena motivos para estar quejoso de aquel jesuta que,
aunque proporcionaba cierto honor a la Compaa, hacase objeto de
censuras por la altivez con que acoga las rdenes de sus superiores, y
el orgullo que pareca poseerle desde que la Orden haba hecho de l una
eminencia.

Al entrar el padre Palomo en aquel despacho y verse en presencia del
hombre poderoso que diriga los negocios de la Orden en toda Espaa,
baj sus ojos con la humilde expresin del esclavo, y arrodillndose a
los pies del padre Toms, le bes reverentemente la mano.

El italiano mostr entonces en su rostro impasible una expresin de
superioridad y con severo acento comenz a hablar al padre Palomo, que
haba vuelto a ponerse en pie:

--Sabe usted por qu he mandado llamarle?

--No, reverendo padre.

--El superior de nuestra residencia en Sevilla me ha dado sus quejas por
la conducta de usted. El demonio del orgullo le domina a usted,
reverendo padre, desde que se ve aplaudido por esa gente estlida que
lee novelas; y porque sus libros han tenido alguna aceptacin, que es
debida principalmente a nuestros reclamos, se cree usted ya con
suficiente mrito para despreciar a sus superiores naturales, a los que
debe exacta obediencia. Cree usted que los xitos que en el mundo
alcanza un jesuta corresponden a l nicamente?

--No, reverendo padre.

--Celebro que as lo reconozca usted. La gloria de un jesuta es la
gloria de la Compaa entera, y si usted ha alcanzado xito en sus
libros, ese xito es de la Compaa. El autor no es ms que un simple
instrumento que produce, para que todos sus hermanos gocen por igual de
la gloria.

El padre Palomo, con su sagacidad y su silencio, daba a entender que
nada tena que objetar contra aquella teora puramente jesutica que
anulaba lo ms notable y digno de cada individuo.

--Ha sido usted muy culpable, padre Palomo--continu el jesuta con
creciente severidad--. Merece usted un cruel y saludable castigo que le
libre de ese orgullo que parece dominarle, y no s como me detengo y
dejo de ordenarle que vaya unos cuantos aos a Filipinas a vivir entre
los igorrotes, para olvidar de este modo esas aficiones literarias que
han despertado su fatuidad.

El jesuta escritor permaneci inmvil ante tal amenaza; pero con su
aspecto resignado demostraba que estaba dispuesto a sufrir cuantos
castigos le impusiera su superior.

--Aqu--continu ste con visible irritacin--no hacemos las
reputaciones de los individuos de la Compaa para que stos se
enorgullezcan, y queremos que por encima de todas las satisfacciones que
a un jesuta puedan producirle los aplausos del mundo, exista el respeto
y la sumisin a todo aquel que sea superior en rango. Aqu me tiene
usted a m--continu con creciente exaltacin--que soy el superior de
la Orden en toda Espaa y que tengo en mi vida militante hechos
suficientes para mostrarme orgulloso y satisfecho de m mismo; pues
bien, si ahora entrase por esa puerta el general de la Compaa, me
vera usted inmediatamente postrarme de hinojos a sus pies, y si me
ordenaba l arrojarme por ese balcn, no tardara un segundo en tirarme
de cabeza. Solo con una obediencia ciega e inflexible, es como podemos
realizar nuestra grande obra: la conquista del mundo para Dios.

Al padre Palomo le impresionaba algo la inquebrantable fe que demostraba
su superior, y le pareca sublime en un hombre tan poderoso aquella
obediencia ciega y aquella confianza tan absoluta en todo superior.

El italiano comprendi el efecto que sus palabras producan en el
literato, y como tena sus miras acerca de ste se apresur a terminar
la parte severa y dura de tal conferencia, para entrar despus en otra
ms agradable y til.

--Vamos a ver, padre Palomo; yo no tengo gusto en castigar a un
individuo de la Compaa, y cuando tomo severas disposiciones con
alguno, sufro tanto como el mismo interesado. Est usted arrepentido de
sus faltas de respeto y sus altiveces con el padre superior de Sevilla?

--S, reverendo padre.

--Pues bien, yo le perdono su falta, aunque con la condicin de que
nunca ha de volver a incurrir en desobediencia. De rodillas, padre
Palomo, y solicite usted su perdn.

El escritor estaba demasiado acostumbrado a las prcticas humillantes e
infantiles del jesuitismo para intentar la menor resistencia; as es que
se apresur a ponerse de rodillas, y vise entonces al mismo hombre de
quien la crtica literaria haca grandes elogios y que gozaba del favor
del pblico, decir humildemente, arrodillado y con los brazos en cruz:

--Pido a Dios y a mi superior, el reverendo padre Toms Ferrari, que me
perdone mi soberbia, mi orgullo y mi desobediencia.

Con estas prcticas degradantes, que matan en el hombre el sentimiento
de la dignidad convirtindole en un autmata inconsciente, es como el
jesuitismo sostiene la ruda y perfecta disciplina de sus huestes.

--Levntese usted, padre Palomo. Dios le perdona; pero para que acabe de
ser vencido ese demonio del orgullo que tanto le ha dominado, es preciso
que durante siete das, a la hora de comer, se arrodille usted en el
refectorio de la casa-residencia y repita esas mismas palabras ante los
dems padres. Es una santa humillacin que conseguir alejar del todo al
espritu malo.

El escritor elev sus ojos con expresin de santa mansedumbre, y dijo
con mstico acento:

--As lo har, reverendo padre. No me duele esa humillacin, porque me
la ordenan mis superiores y es beneficiosa para mi alma.

--Ahora que ya hemos hablado de asuntos particulares--dijo el padre
Toms con entonacin ms amable, aunque sin perder su gesto de
superior--, conviene que hablemos de otros asuntos que sern
beneficiosos para la Compaa. Ante todo advierto a usted, padre Palomo,
que va a quedarse en Madrid.

--Har lo que mis superiores me manden.

--Seguir usted dedicado a sus tareas literarias, pues conviene a la
Compaa, en las presentes circunstancias, el emplear las facultades que
Dios le ha dado a usted, aunque advirtindole que no por esto debe
volver a caer en su antiguo orgullo.

--Ser humilde como un buen soldado de Jess.

--Soldado; esa es la palabra. Va a ser usted combatiente en favor de
nuestra gran causa. Hasta ahora slo ha escrito usted novelas de puro
entretenimiento, no es esto?

--S; pero todas ellas tienen su fin: el de demostrar que la Compaa de
Jess es la institucin ms santa, y que todos deben ponerse bajo su
direccin.

--S; lo s. He ledo algunas de esas obras, pero no basta eso. La
Compaa necesita un libro de batalla que mueva ruido y que escandalice.
Antes de entrar en la Orden no perteneca usted a esa juventud elegante
que penetra hasta en lo ms recndito de las alcobas de las grandes
damas, y conoce todas las miserias de la alta sociedad?

--S, reverendo padre. Vi el gran mundo de cerca, apreci todas sus
miserias y por esto mismo desengaado de la existencia terrenal, entr
en la Compaa.

--Pues bien, aproveche usted todos sus recuerdos, sus antiguas
observaciones, para escribir un libro que sea como una stira sangrienta
contra la aristocracia. Nada de escrpulos ni vacilaciones. Palo seco
con todos, y mucha verdad en la descripcin, sin temor a incurrir en una
crudeza impropia de un sacerdote: ahora est en moda el naturalismo.

Call el padre Toms, pero como su subordinado daba a entender con su
silencio que no haba comprendido del todo lo que deseaba su superior,
ste aadi:

--Para que usted se capacite de lo que tal obra debe ser, le explicar
el objeto que la Compaa se propone. Hoy la aristocracia, a fuerza de
imitar la elegancia francesa, se ha contaminado de cierto volterianismo,
y no viene ya a buscarnos como en otros tiempos, solicitando nuestra
direccin. Piense usted, Padre Palomo, lo que sera de nuestra Compaa
si la gente de dinero nos fuera infiel separndose para siempre de
nosotros. Yo, despus de varias tentativas, me he convencido de que es
imposible atraer a esa aristocracia veleidosa e ingrata por medio de la
persuasin y la dulzura, y no nos queda ms recurso para encadenarla a
nuestra direccin que apelar al terror, atemorizndola con un soberbio
varapalo. Para eso quiero el libro de usted. Este es el objeto que ha de
llenar. Pondremos a la aristocracia en ridculo, describiendo todos sus
vicios y miserias, y esto, al mismo tiempo que har volver al redil a
los ingratos, nos proporcionar la adhesin de la clase media, que odia
a la gente privilegiada, y tal vez har que por espritu de partido nos
miren con menos hostilidad los hombres que son nuestros irreconciliables
enemigos. Ha comprendido usted ya la tendencia del libro en cuestin?

El padre Palomo haba ido entusiasmndose conforme su superior le
expona el espritu de la obra, y en sus facciones coloreadas por la
animacin, notbase el satisfecho gesto del escritor que encuentra un
tema de su gusto.

--Muy bien! Eso es!--deca el jesuta andaluz, despojndose de su
actitud humilde y encogida--. La idea es magnfica y digna de vuestra
paternidad. Fustigaremos a la aristocracia, que es la clase que mejor
conozco, y yo le aseguro a vuestra reverencia que con las ancdotas que
recuerdo y los escndalos que he presenciado en mi poca de hombre de
mundo, hay ms que suficiente para formar una novela que mueva ruido. La
titularemos "Miserias", si a vuestra paternidad le parece bien.

--Me gusta el ttulo. Cundo va usted a ponerse a trabajar?

--Maana mismo; as que descanse de las fatigas del viaje comenzar a
hacer mis apuntes y a clasificar mis recuerdos.

--Est bien. Vivir usted en nuestra casa-residencia, y yo dar orden de
que nadie le incomode en sus trabajos.

Hablaron an los dos jesutas un buen rato sobre la futura obra, oyendo
el escritor con gran respeto las indicaciones del padre Toms, y cuando
el padre Palomo sala del despacho, satisfecho del resultado de una
conferencia que tanto haba temido, entr uno de los secretarios del
italiano, mudo e impasible como una estatua, segn era costumbre en
todos los que trabajaban en la casa, y le entreg un telegrama que
acababa de llegar.

El padre Toms rasg la cubierta, y al leerle, una ligera sonrisa de
satisfaccin vag por sus labios.

Era el padre director del colegio de Valencia quien le telegrafiaba,
manifestndole que el nio Paquito Ordez estaba gravemente enfermo, a
consecuencia de una pulmona.

No haba resultado deficiente la gestin del padre Toms desde Madrid, y
la enfermedad llegaba con tanta precisin como l la haba previsto.

Por fin, el heredero que tantos cuidados inspiraba, ya no estorbara ms
los planes de la Compaa.

--Es preciso--se dijo el jesuta--avisar a los padres este triste
suceso. No s si Ordez estar en Madrid. El otro da me dijo que
pronto iba a salir con algunos amigos a cazar en un coto de Extremadura.
Vamos all: siempre encontrar a Mara, y sta es la nica a quien podr
impresionar la noticia; conozco bien a toda aquella gente.

As fu. Mara prorrumpi en alaridos al saber que su pobre hijo estaba
enfermo de gravedad.

Medio ao haca que Paquito estaba en el colegio de Valencia, y a pesar
de que el director del establecimiento le escriba frecuentemente dando
noticias de su salud, la pobre madre no poda contener su impaciencia, y
dos veces haba tomado el tren, sufriendo las fatigas del viaje tan slo
para estar en Valencia algunas horas al lado de su hijo, y regresar
inmediatamente a Madrid.

La segunda de aquellas entrevistas la haba proporcionado un inmenso
placer, pues vi a su hijo con aspecto menos enfermizo, notando tambin
que haba disminuido algo el volumen de su cabeza. Esto le hizo creer en
la bondad de aquellos consejeros del padre Toms, y en que realmente
sera beneficiosa para Paquito la estancia en el colegio, y cuando ms
ilusionada estaba, vena una noticia tan fatal y urgente a sumirla en la
desesperacin.

La pobre madre relea sin cesar aquel telegrama como si en su conciso
lenguaje pudiera encontrarse la certeza del porvenir del nio, y por ms
esfuerzos que haca el padre Toms para convencerla de que el nio poda
salvarse, como ya haba ocurrido cuando dos aos antes tuvo el ataque
de meningitis, Mara no se tranquilizaba, y aturdida por el dolor, slo
contestaba con gemidos y frases incoherentes.

No lograra tranquilizarla el reverendo padre. La deca el corazn que
su nio estaba enfermo, muy enfermo, y aun poda ser que a aquellas
horas hubiese muerto ya.

La pobre madre desesperbase por no tener alas para volar hasta donde
agonizaba su hijo, y pensaba con terror que an haban de transcurrir
algunas horas hasta el anochecer, que era cuando sala el tren correo de
Valencia.

Aquella ciudad, en la que haba pasado su infancia soando tanto, y
teniendo en ella sus primeros amores, y en la que ahora agonizaba el
pedazo de sus entraas, era el lugar que llenaba en tales instantes su
imaginacin, y por encontrarse en l hubiera dado en dicho momento su
fortuna y hasta su vida.

Estaba resuelta a salir en el correo de aquella noche, y el padre Toms,
por una complacencia instintiva o por un refinamiento de artista que
desea ver su obra acabada para convencerse de su perfeccin, se prest a
acompaarla.

Como la baronesa estaba ausente, Mara, al abandonar su casa, di sus
instrucciones al criado Pedro, que era quien mereca toda su confianza.

A las siete de la tarde la condesa y el anciano jesuta suban a un
reservado de primera clase en el tren que iba a salir de la estacin del
Medioda.

La joven madre cubra con un velo aquel rostro antes tan fresco y
hermoso y que ahora estaba consumido por la enfermedad y desencajado por
el dolor.

De vez en cuando una tosecilla seca y violenta agitaba el extremo del
velillo.

--Hasta las once de la maana no llegaremos a Valencia. No es eso,
padre Toms?

--S, hija ma.

--Oh, Dios misericordioso! Qu noche me espera! La impaciencia de
llegar es ms terrible que mi dolor. Cada minuto es un siglo y
nicamente me sostiene el deseo de ver a mi Paquito, a mi hijo, que tal
vez est muriendo en este mismo momento.

La pobre madre, asustada por sus propias palabras, rompi a llorar,
dejando caer su cabeza sobre los grises almohadones que manchaba con sus
lgrimas.

Al otro extremo del departamento iba, inmvil e impasible, el padre
Toms, que mova sus labios como si rezase y miraba fijamente la luz del
farol que oscilaba con la trepidacin del tren en marcha.




VIII

La muerte del nio.


A travs de las vidrieras que cerraban hermticamente las ventanas de la
enfermera, entraban en sta los alegres rayos del sol, despus de
juguetear entre el ramaje del inmediato jardn, donde un tropel de
pjaros piaba en las alturas, y ms de un centenar de muchachos
correteaban abajo, por las enarenadas avenidas, divirtindose con juegos
ruidosos que producan explosiones de risas y de gritos.

La animacin y el ruido del jardn contrastaban con la soledad y el
silencio de aquella habitacin con cuatro ventanas, que serva de
enfermera.

Doce pequeas camas de hierro con ropas de deslumbrante blancura
alinebanse a lo largo de la pared, enfrente de las ventanas, y todas
ellas estaban vacas, a excepcin de la primera, sobre cuya almohada
destacbase una cabeza que por lo abultada pareca pertenecer a otro
cuerpo que a aquel pequeo tronco raqutico y menguado, que apenas si se
destacaba con las convulsiones de una respiracin jadeante, bajo los
pliegues de la cubierta.

Era el hijo de la condesa de Baselga el nico enfermo que ocupaba aquel
departamento del colegio.

Acababa de ausentarse el hermano lego, encargado de la enfermera,
mocetn de anchas mandbulas y aspecto de imbcil, que manifestaba gran
cario a los nios y entretena al enfermito con cuentos milagrosos.

El nio sentase abrumado por la espantosa soledad en que viva.

La tuberculosis, que paralizaba en parte su cerebro, no haba logrado
borrar la precocidad de pensamiento que distingua a Paquito y que
pareca agrandarse conforme avanzaba el curso de su enfermedad.

Ms que su dolencia, ms que aquella terrible opresin en el pecho, que
le haca respirar penosamente, conmova al nio la soledad en que viva
y el cario fro y mercenario que le rodeaba.

Al pasear su debilitada vista por aquella vasta pieza silenciosa y fra,
el nio se acordaba con dolor y envidia de la casa paterna, donde l
reinaba en absoluto; de aquel elegante y confortable hotel, donde viva
entre plumas y abrigos, rodeado de cuantas comodidades puede
proporcionar una gigantesca fortuna y un solcito cario.

Pero ms an que el lujo y el bienestar, lo que el pobre enfermito
echaba de menos en su actual situacin era su madre, aquella hermosa
seora, con los ojos siempre empaados por las lgrimas, que cuando l
despertaba vea siempre a la cabecera de la cama, triste y llorosa como
las Vrgenes que tantas veces haba contemplado en la semiobscuridad de
las capillas.

No poda quejarse de la solicitud de que era objeto en el colegio; pero
el nio, con su pasmosa precocidad, adivinaba lo mercenario de aquel
cario, que cuidaba por obligacin y trataba a cada uno segn su riqueza
y rango social.

Bien le cuidaba el mozo de la enfermera, pero sus manos rudas no podan
ser comparadas con aquellas finas y suaves, que all en Madrid le
manejaban con tanta delicadeza, como si su cuerpo fuese un copo de
algodn. Todos los padres profesores del colegio entraban diariamente en
la estancia a preguntar al nio por el estado de su salud, pero en sus
fras palabras y en sus impasibles rostros no se notaba el menor asomo
de aquel cario vehemente, de aquel doloroso anhelo, que la pobre madre
llevaba impreso en todo su ser.

Aquel abandono moral en que le tenan, aquella frialdad que le rodeaba,
era lo que entristeca al pobre nio y le haca sumirse en un
decaimiento absoluto, que favoreca el progreso de la enfermedad.

El, que perteneca a una poderosa familia; que no haba ni aun
sospechado la verdadera significacin de la palabra miseria; que haba
vivido rodeado siempre de la riqueza, el fasto y la comodidad, y que al
experimentar el menor dolor haba visto inmediatamente en torno de su
lecho a un gran nmero de solcitos sirvientes, pensaba ahora, con
envidia, en los hijos del conserje de su hotel, en aquellos pobrecillos,
tmidos y mal abrigados, que suban algunas veces a su cuarto para
entretenerle con sus juegos.

Cun felices eran aquellos miserables! Cmo les envidiaba su suerte!
Ellos, al menos, si caan enfermos tendran a su lado una madre que los
cuidase, con ese cario infatigable y heroico del que nicamente es
susceptible el corazn de la mujer; y no haba miedo de que se viesen
como l, que por ser rico e hijo de una gran familia se encontraba ahora
en un lugar extrao, en una pobre cama, y sin ver otros seres que el
rudo criado, el mdico de la casa y media docena de hombres negros, cuyo
rostro impasible pareca de bronce, y que a sus terribles dolores slo
saban contestar con fras palabras, en las que no se notaba el menor
asomo de afecto.

Paquito lloraba silenciosamente y sus lgrimas iban a caer sobre el
embozo de su cama, que mova con vaivn de oleaje la respiracin
jadeante de sus congestionados pulmones.

Un pensamiento cruel obsesionaba el cerebro del nio. Es que sus padres
no le amaban ya y por esto haban mostrado tanta prisa en alejarlo de su
presencia? El pobre nio no poda creer que dejase de amarle aquella
mujer que tanto cario le haba demostrado all en Madrid, y que por dos
veces, llorando de emocin, haba venido a verle en el colegio; pero al
mismo tiempo pensaba con amargura que los padres que quieren a sus hijos
hacan como el conserje de su hotel y otras gentes humildes que l haba
conocido y que por todo el oro del mundo no consentan en separarse un
slo da de los que eran pedazos de sus entraas.

El infeliz ignoraba la existencia de inhumanas costumbres que la
sociedad ha establecido con el carcter de suprema distincin y que
hacen que los padres abandonen a sus hijos en la infancia para
entregarlos a manos extraas, justamente en la poca en que ms
necesitan de los cuidados del verdadero cario.

No era que el nio pudiera quejarse de haber sufrido violencias ni
desprecios en aquel colegio, especie de convento de la infancia a que
sus padres le haban enviado. La servidumbre le trataba con ms cario
que a los otros alumnos; algunos de stos, malignos e insolentes, que se
burlaron de su timidez y de su abultada cabeza, fueron castigados
rigurosamente por el director; los padres maestros le trataban siempre
con las mayores consideraciones; pero, a pesar de tantas atenciones, el
nio, criado al calor de una maternidad cuidadosa y solcita, no poda
avenirse con la fra reglamentacin de aquella casa y con los cuidados
mercenarios de que era objeto y en los que se notaba ms el impulso de
la obligacin que el del afecto.

No; por ms que hicieran aquellos hombres para serle agradables, no
podan llenar en su corazn el vaco que haba dejado la ausencia de la
madre.

Paquito notaba en el cario de todos ellos algo que para l era digno de
censura, por ms que se fundara en la reglamentacin del elogio y en la
necesidad de considerar iguales a todos los alumnos.

Por qu en la sala de estudios haban destinado para l aquel pupitre
cercano a la puerta, donde llegaban fras corrientes de aire cada vez
que alguien abra la mampara de cristales y levantaba el cortinaje? Por
qu en el dormitorio, con el pretexto de que era el ltimo alumno que
haba ingresado, ocupaba la cama ms inmediata al corredor, lo que le
haca pasar las noches con el cuerpo entumecido y tosiendo
dolorosamente? De seguro que a estar all su madre, no hubiese vivido l
tan desprovisto de cuidados y la enfermedad no hubiera hecho de su
cuerpo una vctima, oprimiendo con mano de hierro sus dbiles pulmones.

Y mientras el nio pensaba con dolor en su desgracia al ser conducido a
aquel establecimiento, escuchaba con marcada expresin de envidia el
rumor que producan sus compaeros jugando en el inmediato jardn, en
aquella hermosa arboleda, que era la nica parte del colegio a la que
profesaba algn cario.

Su madre era el recuerdo que ocupaba por completo su memoria, y pensaba
en ella con la desesperacin del desgraciado que ha perdido el protector
en quien cifra todas sus esperanzas.

Oh, si ella llegase! Si ella apareciese de repente en la enfermera,
extendindole sus brazos con loco arrebato de pasin y gritando "hijo
mo!", con esa voz que sale del alma!...

Dos das haca que el pobre nio se hallaba enfermo en aquel lecho, y
cada vez que pensaba en la posibilidad de que su madre apareciese en
aquel lugar, la esperanza le reanimaba, dndole nuevas fuerzas, y hasta
le pareca que, de realizarse tal milagro, no tardara en desvanecerse
la temible opresin que agobiaba sus pulmones.

Paquito crea en la posibilidad de que su madre viniese a verle y
confiaba en que, antes de morir, podra contemplar aquel dulce rostro
que tantas vedes haba distinguido al borde de su cuna, como si fuera la
buena hada de sus sueos. No haba ido a visitarle cuando gozaba de
relativa salud? Por qu haba de abandonar ahora a su pobre hijo que se
senta morir?

Para el nio era Valencia una ciudad que le recordaba su madre. Cuando
le acompa desde Madrid para que ingresara en el establecimiento de los
jesutas, la condesa, con la emocin del que recuerda los mejores aos
de su vida, haba mostrado a su hijo la fachada del colegio de Nuestra
Seora de la Saletta, en cuya terraza haba experimentado las ms gratas
emociones de su existencia.

La idea de que su madre haba respirado aquel mismo ambiente de
perfumes, teniendo casi la misma edad que l, y que sobre el mismo suelo
haba estado sometida a una existencia reglamentada como la suya,
producale al nio una placentera emocin y afirmbale en su confianza
de que en un pas que tales recuerdos guardaba, no poda menos de surgir
por arte mgico la dulce figura de la condesa.

El anhelo por ver a su madre y la incertidumbre que le acometa despus
de permanecer algunos instantes con esta esperanza, fatigaban al pobre
nio, y en su enfermizo cuerpo slo quedaba ya vigor para pensar.

Poco a poco su cerebro fu debilitndose; una soolencia abrumadora se
apoder de l y se cerraron aquellos ojos macilentos, que hasta entonces
con tanta codicia haban contemplado los rayos del sol que se filtraban
por las ventanas.

Segn el testimonio del encargado de la enfermera, que entr varias
veces a verle, el nio deliraba llamando a su madre y pidindola con voz
quejumbrosa que lo sacara de all.

As transcurrieron ms de tres horas y, por fin, cedi un tanto el
delirio y se abrieron los ojos del enfermito, justamente en el instante
en que sonaba un tropel de pasos en el inmediato corredor.

Abrise la entornada puerta, y lo primero que vi el pobre nio fu al
administrador del establecimiento y a un sacerdote viejo, de elevada
estatura, cuyo rostro impasible y austero crey reconocer, aunque no
pudo darse exacta cuenta de quin era. Tras de ellos entraban el
encargado de la enfermera, con su azul delantal, y otro criado que le
serva de ayudante; y en el centro del grupo marchaba una mujer, de la
cual, por su baja estatura, slo se vea el plumaje de la capota.

El anciano jesuta, extendiendo su brazo hacia atrs, pareca contener a
aquella seora.

--Calma, condesa, mucha calma--deca con su fra voz--: una impresin
demasiado fuerte podra hacerle dao.

Pero la mujer, con un violento empujn, sali del grupo y se abalanz a
la cama, arrojando atrs el velillo de su sombrero.

El pobre nio exhal un grito ante tan sbita aparicin. Ya se haba
realizado el milagro! Ya estaba all su buena hada, con el rostro
dulce, lloroso y conmovido de virgen dolorosa!

--Mam! Mam ma!--grit el pobre enfermito, con su voz dbil, pero de
expresin indefinible.

Y no pudo decir ms, pues ahog su pobre voz aquel rostro que,
derramando lgrimas, se peg a sus demacradas facciones, cubrindolas de
besos.

La madre y el hijo parecieron formar una sola masa que exhalaba tristes
gemidos, mientras que el grupo de hombres que estaba en la puerta
permaneca impasible, como gente que al entrar en la asociacin
jesutica haba renunciado a los afectos de la familia y no poda
conmoverse ante tales escenas. El padre Toms miraba con sus ojos fros
de acero a la madre y al hijo, y mientras pensaba, sin duda, en que
pronto iba a verse libre de aquellos dos estorbos, cruzaba las manos
sobre su vientre y haca juguetear distradamente a sus pulgares.

Aquella emocin producida por la llegada de la madre, aceler el triste
desenlace que el mdico del colegio haba anunciado ocurrira fatalmente
en aquella misma maana.

Slo dos horas vivi el infeliz nio.

Su agona fu terrible, y el padre Toms, ayudado por otros jesutas,
tuvo que arrancar a viva fuerza a la enloquecida madre, que, con la
cabeza de su hijo entre sus manos y su boca pegada a la del enfermo,
pareca aspirar con delicia el hlito de la agona.

La condesa, dando alaridos de dolor, fu conducida a las habitaciones de
la direccin, cuando ya el nio se agitaba en las ltimas convulsiones,
buscando un aire vivificante que se negaba a entrar en su pecho.

El padre Toms conserv su presencia de nimo, y cuando el cuerpo de
Paquito era ya un cadver, comenz a dictar todas las disposiciones
propias del caso, y orden el entierro, que haba de ser digno, por su
aparato, de la familia a que perteneca el finado y del establecimiento
en que haba muerto.

No se separ un slo instante de la cama en que tan larga agona haba
sufrido el infeliz nio, y hubo un momento en que qued completamente
slo en la vasta habitacin. Dos criados haban salido buscando el
uniforme de Paquito para amortajarle.

El terrible jesuta, puesto en pie junto al lecho mortuorio, estuvo
contemplando fijamente la deforme cabeza de aquel nio, que an pareca
ms horrible con el tinte violceo de la muerte.

--Dios te tenga en su santa gloria--murmur el padre Toms--. La verdad
es que para ser hijo de un padre tan corrompido, has sabido resistir
bravamente a la muerte. Te ha costado el caer.

Despus se separ del lecho, comenzando a pasearse por la enfermera,
con cierto aire de satisfaccin.

Llegaban hasta all, amortiguados por la distancia, estridentes alaridos
de dolor que no parecan salir de una garganta humana.

Era la infeliz madre, que abajo, en el despacho del director,
entregbase a transportes de pena, rodeada de casi toda la servidumbre
del colegio, que la sujetaba temiendo que se causase algn dao en una
de aquellas convulsiones de loco dolor.

El padre Toms escuch durante algunos instantes, sin que en su
impasible rostro se notara la menor emocin, y lentamente se dirigi a
la puerta. Pero antes de salir, lanz una postrera mirada al cadver y
murmur con voz casi imperceptible:

--Adis, heredero!... Ya hemos enmendado el nico error que tena mi
plan.




PARTE TERCERA

DONDE ACABA DE CUMPLIRSE EL PLAN DEL PADRE TOMAS




I

Seora y criado.


Reinaba una calma dulce e inalterable en aquel lujoso y elegante
gabinete, de alfombras mullidas y paredes acolchadas de raso azul,
adornado con todos los objetos suprfluos y hermosos que produce la
moda.

Sillones de curvo perfil que parecan convidar al sueo, sillas doradas
con bordados asientos, taburetes de rameado terciopelo con rapacejos que
arrastraban por la alfombra, y almohadones de deslumbrantes colores,
estaban esparcidos con aparente y artstico desorden, por aquella
aristocrtica habitacin, cuyos ngulos estaban ocupados por vistosas
plantas artificiales en macetas gigantescas de chinesca porcelana, y
aparadores de bano poblados de todo un mundo de "bibelots", estatuillas
de "biscuit" en las ms graciosas posiciones y jarrones vetustos que
demostraban la superioridad de la antigua cermica.

En un extremo, ocupando uno de los ngulos del gabinete, haba un lecho
sencillo, que entre aquellos esplendores de un lujo soberbio pareca
simbolizar la imagen de la modestia.

Tan elegante estancia produca en los ojos como una embriaguez de
colores escalonados armoniosamente; pero exista algo en la atmsfera
que destrua inmediatamente el efecto del brillante golpe de vista.
Entre tanto esplendor, algo haba que ola a enfermo.

No era olor puramente de medicinas lo que all se notaba, sino ese
ambiente indefinible que parece existir doquiera se encuentra una
persona debilitada por esas enfermedades terribles que son lentas y
mortales.

La tenue claridad de la tarde se filtraba a travs de las cortinas de
blonda que dejaban en parte al descubierto los abullonados cortinajes
de terciopelo, conservando la habitacin en una agradable penumbra,
propia de una persona que, hallndose enferma, tema la caricia
demasiado fuerte del sol de la tarde.

Sentada en un gran silln de forma antigua y elevado respaldo, estaba
junto a una de las semiveladas ventanas la duea de aquel elegante
gabinete, la enferma que pareca empapar el ambiente de la habitacin
con el hlito de su dolor.

Vuelta de espaldas a la puerta de entrada, el respaldo del alto silln
slo dejaba al descubierto el remate de una linda cofia de encajes que
se agitaba de vez en cuando movida por una tosecilla seca y
significativa que hubiera hecho fruncir el ceo al mdico menos experto.

Era Mara, la condesa de Baselga, que pasaba casi todo el da sentada en
aquel silln, dominada por una inercia que se iba apoderando rpidamente
de su organismo, y sin otra diversin que contemplar con ojos
distrados, a travs de los resquicios que dejaban las corridas
cortinas, los vistosos trenes de lujo y los grupos elegantes que pasaban
ante su hotel por el espacioso paseo de la Castellana.

Desde que muri su hijo, cinco meses antes, que la salud de la condesa
haba empeorado visiblemente, tomando un carcter ms alarmante aquella
tosecilla seca, cuyos progresos segua con mirada atenta el padre Toms.

El mdico de la casa y la misma baronesa de Carrillo, manifestaban gran
confianza acerca de la suerte de la joven. Doa Fernanda se mostraba
optimista en extremo. Ya desaparecera aquel malestar que, en su
concepto, slo era el resultado del disgusto terrible que haba
producido en su sobrina la muerte del nio.

Ordez tambin se mostraba igualmente confiado, y mientras tanto la
enfermedad haca rpidos progresos, y como si dentro del delicado cuerpo
de la condesa existiese una voraz hoguera que consuma sus msculos y
tejidos, iba demacrndose rpidamente todo su organismo, hasta el punto
de que su rostro, antes tan hermoso, presentase ahora el aspecto de un
crneo pelado, cubierto por una piel terrosa que se pegaba a todas sus
sinuosidades; y de que por entre las mangas de su peinador de blonda,
asomasen unas manos enjutas y afiladas, que parecan un manojo de
ltigos al extremo de un brazo blanco y descarnado como un hueso.

La pobre enferma viva en el mayor abandono, pues su ta y su esposo,
amparndose siempre en la consabida frase de que aquello no era nada,
seguan entregados a sus gustos y aficiones, sin preocuparse de la
infeliz Mara ni atender a su curacin. La baronesa segua dedicada a
sus asuntos devotos, que ocupaban todo su tiempo, y en cuanto a Ordez,
ste continuaba su vida elegante, con el mismo abandono que si fuese un
soltero, y cuando le preguntaban en los salones por su esposa, entonces
se acordaba de que era casado, y sola responder con expresin
indolente:

--No es cosa grave lo que tiene Mara: la emocin que le ha producido a
la pobre la muerte de nuestro hijo. As que olvide un poco el triste
suceso, de seguro que se pondra tan sana y robusta como antes.

Y as segua viviendo la infeliz Mara, en medio del mayor abandono y
siempre con el pensamiento en su hijo.

La persona que ms la visitaba era el padre Toms, que intentaba
animarla con frases hechas sobre la bondad de Dios y la posibilidad de
que cuanto antes recobrase su salud, si es que el Altsimo as lo
dispona; pero a la enferma gustbanle poco estas visitas, pues con ese
instinto especial de las mujeres, adivinaba algo funesto y terrible en
aquel poderoso jesuta que tanto haba intervenido en su vida.

La fra mirada del padre Toms tropezaba siempre, al entrar all, con
los grandes ojos de Mara, que la enfermedad haba hecho ms vivos y
brillantes, y que mirndole fijamente parecan interrogarle, buscando
una coyuntura para penetrar en lo ms hondo de aquel ttrico personaje,
cuyas intenciones eran un misterio.

De todas cuantas personas rodeaban a Mara, slo una le inspiraba
simpata y confianza, por el franco cario y los cuidados que la
prodigaba, sin afectacin ni deseo de hacerse agradable. Era el criado
Pedro, aquel domstico callado, atento e inteligente, que pareca
adivinar sus deseos y que acuda inmediatamente a todos sus
llamamientos, sin demostrar la menor contrariedad ante los caprichos y
las nerviosidades propias de una enferma.

Desde que Mara qued como abandonada en el fondo de su lujoso hotel,
sin recibir otras visitas que las del padre Toms por la maana y las de
Ordez y la baronesa antes de acostarse, el fiel criado se haba
constitudo en su perfecto auxilio, y cuando no estaba dentro de aquel
gabinete-dormitorio, rondaba por cerca de la puerta, para acudir al
primer llamamiento.

Pareca adivinar los menores deseos de su seora, y sta muchas veces,
al volver rpidamente la cabeza, sorprenda en l una mirada de intensa
ternura.

Era que el antiguo asistente de Alvarez se reprochaba el haber credo un
monstruo de orgullo y altivez a aquella infeliz joven, vctima de oculta
fatalidad, que abandonada villanamente por los suyos, saba sostener su
desgracia con tanta mansedumbre y dulzura.

Por las tardes nadie visitaba a Mara, pues sta, reconocindose sin
fuerzas para recibir a las numerosas personas de la alta sociedad, que
por pura cortesa y sin afecto alguno entraban en el hotel a preguntar
por su salud, haba dado orden de que no estaba visible para nadie, y
las gentes aristocrticas, muy satisfechas de esta disposicin, que las
libraba de ver a un enfermo, retirbanse despus de dejar sus tarjetas
al conserje.

Las horas de la tarde eran, pues, las que pasaba Mara en la ms
absoluta soledad y toda su ocupacin consista en contemplar un gran
retrato de su hijo muerto, que tena en lugar preferente del gabinete, o
en besar, llorando, un medalln que contena los cabellos de Paquito.

Estos desahogos de fnebre cario, que le costaban raudales de lgrimas,
agravaban terriblemente su enfermedad, y aun despus de haberse
serenado, su tos era ms seca y dolorosa, como si a cada uno de sus
accesos se desgarraran sus pulmones.

Algunas veces, cuando mirando el retrato de su hijo asaltbanle aquellos
pensamientos que la enloquecan, tema entregarse a su fnebre dolor, y
entonces era cuando llamaba a su criado Pedro, hacindole sentar en su
presencia y entablando conversacin con l, pues pareca que la
presencia y las palabras de aquel hombre a quien la domesticidad no
haba quitado cierta altivez franca y simptica, disipaban
momentneamente su dolor y la hacan olvidar su triste situacin.

Esto mismo ocurra en la tarde en que Mara, sentada cerca de una
ventana, miraba por entre las cortinas la gente que paseaba ante su
hotel.

La vista de algunos nios que sus madres, con expresin de gozo,
llevaban cogidos de la mano, evoc en la condesa el recuerdo de su hijo,
y tan triste se sinti, que hubo de acudir inmediatamente a su recurso
extremo, cual era buscar compaa que la distrajese.

Toc un timbre que estaba en una mesilla inmediata, y aun sonaban en el
espacio las ltimas vibraciones cuando se present en la puerta el
criado Pedro, vistiendo el uniforme flamante y de vivos colores que
Ordez haba puesto a toda su servidumbre masculina.

--Manda algo la seora?--dijo el criado cuadrndose con su antiguo aire
de militar.

--Entre usted, Pedro. Me siento muy triste y le ruego que haga el favor
de acompaarme por algn rato. Me distrae mucho su conversacin y le
pido por favor que me dispense las molestias que le causo.

Cada vez que la aristocrtica seora le hablaba con tanta dulzura y
sencillez, el criado enrojeca de satisfaccin y no saba cmo contestar
a tanta amabilidad.

Avanz tmidamente entre aquellos muebles esparcidos por el gabinete y,
al fin, se detuvo indeciso ante una silla, colocada a pocos pasos de la
condesa.

--Sintese usted, Pedro--insisti Mara--. Deseche usted esa cortedad:
estoy tan sola y me manifiesta usted tanto cario y respetuosa
solicitud, que no es posible que yo le trate como a un criado
cualquiera. Hablemos como amigos.

Pedro se sent ruborizado por la satisfaccin que le causaba el or que
la condesa le llamaba amigo, y descansando en el borde de la silla en
actitud respetuosa y pronto a ponerse en pie a la menor orden, esper
que hablase su seora.

--Vamos a ver, Pedro. Cunteme usted algo que me distraiga; es una obra
de caridad entretener a los pobres enfermos, para que olviden sus
dolores. Usted debe saber cosas muy interesantes, porque ha corrido algo
el mundo y ha vivido mucho tiempo en Francia. Adems, el otro da creo
que usted me dijo que haba sido soldado. No es eso?

--S, seora condesa--dijo el criado con cierta satisfaccin--. He sido
soldado y me he batido en la campaa de Africa.

--Y qu motivo le llev a usted a Pars, donde vivi tantos aos?
Varias veces he pensado en esto, y como no puedo evitar el ser curiosa
con las personas que me interesan, tena grandes deseos de
preguntrselo.

--Seora, he estado emigrado por cuestiones polticas.

--Ah!--exclam Mara con extraeza--. Se ha mezclado usted en
poltica! Es que era usted carlista?

--No, seora; estuve emigrado por republicano.

La condesa hizo un mohn de disgusto, por lo que el criado se apresur a
aadir:

--Yo, seora, aunque odio la tirana, realmente no me he metido por mi
voluntad en los asuntos polticos. Como hombre de pocos alcances, no
entiendo mucho de estas cosas; pero serva a un comandante del que haba
sido asistente, y como ste era un temible revolucionario, le acompa a
la emigracin y a su lado estuve hasta que muri. Le quera como si
fuese mi padre, y no me remuerde la conciencia el haberle sido infiel en
ninguna ocasin.

--Y no ha servido usted a otras personas?

--No, seora condesa--dijo Pedro con intencionada expresin--. En toda
mi vida slo he tenido un amo, y muerto l slo poda servir a usted.

--A m?--exclam con extraeza la condesa no comprendiendo aquellas
palabras--. Y por qu no a otras personas?

--Es verdad, seora; no he sabido explicarme bien--contest el criado
comprendiendo que haba estado prximo a descubrirse y queriendo
enmendar su descuido--. Quera decir que despus de estar acostumbrado a
un amo, a quien serva ms por cario que por obligacin, slo poda
prestar mis servicios a una persona tan digna de ser amada como la
seora condesa.

Por el plido y enjuto rostro de aquella infeliz enferma vag una triste
sonrisa al escuchar el alarde de cortesa del criado.

Durante algunos minutos el silencio fu absoluto, hasta que Mara,
deseosa de reanudar la conversacin, pregunt:

--Y era buena persona ese comandante?

--Un ngel, seora condesa. Muchos hombres he tratado en esta vida y,
sin embargo, no he encontrado uno slo que pudiera ser comparado con l.
Era muy bueno, noble y valiente, al mismo tiempo que sencillo y crdulo,
y por esto fu muy infeliz en esta vida y muri, sin duda, abrumado por
antiguos disgustos.

Call Pedro y en su frente contrada adivinbase el esfuerzo mental que
estaba haciendo para encontrar palabras y comparaciones, que retratasen
fielmente lo que en la vida haba sido su antiguo amo.

--La seora condesa ha ledo "Los Tres Mosqueteros"?

Hay que advertir que la clebre novela de Dumas era para el antiguo
asistente la mejor de las obras conocidas, la produccin maestra de la
inteligencia humana, pues experimentaba goces infinitos enterndose de
las intrigas y contando las estocadas y estupendas pendencias de que se
compona el libro.

Por esto, cuando la condesa contest afirmativamente a su pregunta, se
apresur a aadir con satisfaccin:

--Pues bien, seora condesa; mi amo era una exacta copia de aquel
caballero Athos que aparece en dicho libro. Era valiente, noble y sabio
como l y quera a su asistente con delirio; pues yo, ms que un criado
era un respetuoso amigo, un fiel acompaante en toda clase de aventuras.
Nos queramos mucho, seora condesa; como tal vez nunca en la vida se
hayan querido dos hombres.

Detvose Pedro, y despus de lanzar una rpida mirada a su seora,
aadi bajando los ojos:

--Tengo la seguridad de que si la seora condesa hubiese llegado a
conocerlo tambin le hubiese concedido su amistad. Qu hombre
aqul!--continu el criado en un rapto de entusiasmo y animndose su voz
y sus gestos--. Cmo expona su vida para salvar a un amigo!... An
recuerdo como si acabase de suceder, lo que nos ocurri en Africa!

--Y qu fu ello?--pregunt Mara, que, ansiosa por distraerse, deseaba
que su criado le contase algo que despertara su curiosidad.

--No fu ningn asunto de verdadero inters que pueda entretener
agradablemente a la seora condesa. Nada..., un lance de los muchos que
tiene la guerra. Se empea la seora condesa en que lo cuente?... Pues
fu que yendo con mi amo, en la compaa de guas que se haba formado
por orden del general Prim, una maana marchamos a la descubierta,
delante de la vanguardia del ejrcito. Componase la compaa de gente
muy distinguida: licenciados de presidio, aventureros de mala especie,
gente, en fin, de pelo en pecho, de cuyo mando se haba encargado mi
amo, ganoso siempre de estar en el puesto de mayor peligro, donde se
conquistara la gloria a fuerza de balazos y cuchilladas. Como gente
valiente, y por tanto confiada, nos adelantamos demasiado a la
vanguardia, el ejrcito nos perdi de vista, y en esta disposicin,
abandonados de todos, sin ms auxilio que el de Dios, cincuenta hombres
que ramos, camos en una emboscada, y de repente reson una infernal
gritera y nos vimos rodeados por un centenar de moros harapientos, feos
como demonios. No haba salvacin para nosotros.

La pobre enferma atenda con una expresin propia del inters
poderosamente excitado, y al ver que el criado se detena como para
coordinar mejor sus recuerdos, pregunt con impaciencia:

--Y qu ocurri despus?

--A la primera descarga que hicieron los moros yo ca al suelo. Una bala
perdida, despus de chocar contra una piedra, vino a darme aqu, en la
sien, donde todava tengo una cicatriz, y me derrib, aunque sin hacerme
perder el sentido. Al ver que tena la cabeza manchada de sangre,
creyronme muerto, adems de que la situacin no era la ms propia para
atender a los que caan. La compaa, formando un apretado pelotn,
comenz a retirarse, haciendo un fuego horroroso, que no lograba tener a
raya a aquel enjambre de moros. Yo, como ya he dicho, no haba perdido
el conocimiento y me daba cuenta exacta de mi situacin. Tendido en el
suelo, y con todo el aspecto de un muerto, pues aquella bala pareca
haberme anonadado con su golpe, vi cmo retrocedan mis compaeros, y al
mismo tiempo, cmo algunos moros al avanzar iban rematando con sus
gumas a los que habamos cado. An me horrorizo cuando recuerdo
aquello! Un negrote que pareca un gigante se acerc a m con su yatagn
desenvainado, para cortarme a cabeza, como ya lo haba hecho con otros,
pero en el mismo instante que su cuchilla brillaba sobre mis ojos, le vi
caer exhalando un rugido de muerte, e inmediatamente me sent cogido por
los sobacos y levantado en alto. Era mi amo, que al verme prximo a
perecer, haba abandonado el pelotn que mandaba, y despreciando las
balas y riendo cuerpo a cuerpo con los ms audaces enemigos, haba
llegado donde yo estaba, matando al negrazo de un tiro de revolver.
Sostenindome con uno de sus hercleos brazos, mientras con el otro se
defenda jugando magistralmente su sable, intent llegar donde estaban
nuestros compaeros, cada vez ms abrumados por la superioridad del
nmero; pero le fu imposible, pues un grupo de moros nos cerr el paso.
Mi amo apoy sus espaldas en una roca, y esper valientemente, con la
desesperacin del que va a morir.

--Y cmo se salvaron los dos?--interrumpi la interesada condesa.

--Yo no s cmo fu aquello; pero apenas mi amo, echando mano al
revolver, dispar contra los que nos cercaban sus dos ltimos tiros y
cuando sus espingardas y sus yataganes se dirigan a nuestros pechos,
les vimos huir perseguidos por un tropel de jinetes que pasaron a galope
tendido, con las lanzas en ristre y gritando viva Espaa! Eran dos
escuadrones de lanceros que Prim haba enviado para salvarnos.

--Ah!... Por fin!--exclam Mara con la expresin del que se libra de
un pensamiento angustioso.

--S, no salvamos en tan difcil situacin; pero yo, antes de que
llegase nuestra Caballera a sacarnos de tan apurado trance, cuando la
muerte nos acechaba a pocos pasos, pronta a caer sobre nosotros,
experiment la ms grata satisfaccin que he sentido en mi vida. Miraba
aquellas armas enemigas prontas a destrozarnos, y, sin embargo, me
senta feliz.

--Cmo pudo ser eso?

--Cuando mi amo se consider perdido, viendo el crculo de enemigos que
nos estrechaba, dispsose a morir, pero antes..., ah, seora condesa!,
todava me conmuevo al recordar tal escena! El capitn me sostena con
su brazo izquierdo, y antes de defenderse a sablazos de los ataques de
la morisma, me mir con unos ojos que an parece estoy viendo; me
contemplaba como mi pobre padre, cuando yo era nio, y l, que era todo
un caballero, un grande hombre, un portento de valor y de sabidura, me
di un beso en la ensangrentada frente, dicindome con un acento que me
lleg al alma: "Adis, Perico! Hermano mo! Hasta que nos veamos en
la Eternidad!" Yo no contest, pues el golpe de la bala me haba privado
de mis facultades; pero aquella voz an parece que la tengo en los
odos.

El criado qued silencioso y meditabundo un buen rato, abismado en sus
conmovedores recuerdos.

--Ya ve usted, seora condesa--continu--que actos como los de m pobre
amo no se olvidan con facilidad.

--S que era un hombre notable el seor a quien usted serva. Y muri
en Pars?

--S, seora. Muri all cansado de la vida, hastiado del mundo y
abrumado por los desengaos y pesadumbres que haban llovido sobre l
sin compasin alguna. Aqu en Madrid haba desempeado muy altos cargos
cuando mandaba la Repblica: en el Ministerio de la Guerra fu el dueo
absoluto durante mucho tiempo, y, sin embargo, muri pobre: y l y yo,
seora condesa, no siento rubor al confesarlo, hemos sufrido mucha
hambre en Pars.

--No tena familia ese seor?

--La tena, pero nunca quiso sta reconocerle. Yo fu para l toda su
familia y quien se encarg de cerrarle los ojos, despus de ser su fiel
compaero durante treinta aos.

--Y cmo era que los suyos no le reconocan?

--Ah, seora condesa! Es una historia muy triste la de mi pobre amo:
una relacin que parece propiamente una novela. Ante todo, mi amo,
siendo capitn, y poco despus de llegar de Africa, cometi la tontera
de enamorarse locamente de una mujer perteneciente a una clase muy
superior a la suya.

--Era noble y rica?

--Era la hija de un conde millonario: una seorita muy hermosa que
pareca corresponder al amor de mi amo; pero que al fin se port con l
con la mayor ingratitud.

--Le abandon?

--S. Mi pobre amo, estando en la emigracin por primera vez, triste y
en la miseria, supo que la mujer amada, aquella en la que l tena una
absoluta confianza, haba dado su mano a otro hombre que por sus
antecedentes y por su carcter era indigno de merecer tal honor.

--Y qu hizo entonces el amo de usted?

--Mi seor deba haber olvidado a la mujer ingrata; pero no lo hizo as,
porque la amaba mucho, y por algo dicen que el amor es ciego. Adems
aquellos amores sostenidos en secreto haban dado su fruto, y mi seor
tena una hija, una nia encantadora que constituy en adelante su
eterno pensamiento, su constante ilusin.

--Y qu fu de esa hermosa condesa? Vive todava?

--No, seora. Muri hace ya muchos aos.

--Y la hija?

--La hija vive y es una de las ms elevadas damas de Madrid.

--Y conoci a su padre?--pregunt la condesa, que se iba interesando
rpidamente por aquella historia, en la que adivinaba algo muy
importante.

--Seora condesa--contest Pedro, que tema decir demasiado pronto la
verdad--; mi amo no slo fu desgraciado como amante, sino que como
padre sufri las mayores amarguras. Fu una historia muy triste la de
sus relaciones con su hija, y francamente, como la seora condesa ha
sido tan buena madre, y an est conmovida por el recuerdo de su hijo,
temo entristecerla con la relacin de los sufrimientos de un padre
infeliz.

--No, Pedro; hable usted sin cuidado. Me interesa mucho esa historia.

--Pues bien, seora condesa; mi amo ha muerto antes de conseguir que su
hija le reconociera como a padre. Haba nacido cuando su madre estaba
unida a otro hombre y ella crea y sigue an creyendo de buena fe, que
ste ltimo, de quien lleva el apellido, es su verdadero padre.

--Y no consigui nunca ese pobre seor acercarse a su hija, revelndole
de viva voz el secreto de su nacimiento?

--S que lo intent, pero sus gestiones resultaron siempre
infructuosas. Hay que advertir, seora condesa, que sobre la familia de
aquella otra condesa pareca pesar una terrible fatalidad. Un jesuta
ambicioso diriga los asuntos de la familia para llevar poco a poco a
todos sus individuos a la perdicin, y ste fu el que hizo una cruda
guerra a mi amo, comprendiendo que poda estorbarle sus planes. Tena
ciertas miras sobre la nia, una de las cuales era, sin duda, el
arrebatarle su colosal fortuna, y por esto le interesaba que la hija no
llegase nunca a conocer a su padre y que siguiese sola y abandonada,
sometida a las rdenes que l quisiera dar y a la vigilancia de
parientes fanticos.

Mara se estremeci mirando fijamente el respetuoso rostro de su criado,
para ver si adivinaba en l alguna intencin determinada al decir tales
palabras. Llambale la atencin el sorprendente parecido que comenzaba a
encontrar entre aquella historia y la suya propia.

--Y muri ese seor sin haber logrado que su hija le reconociera y sin
que en el ltimo instante de su vida recibiera de ella una frase de
consuelo?

--Nada de esto. Mi infeliz amo muri en la ms espantosa soledad, como
antes he dicho, y puedo aadir que la ingratitud, que el desvo de su
hija, fueron la principal causa de su muerte. Mi pobre viejo se
imaginaba que el silencio de su hija obedeca al orgullo y al desprecio,
y yo creo ahora que aquel silencio slo era debido a que la hija
desconoca la existencia de su verdadero padre. El comandante tena,
sobre todo, clavado en el alma un recuerdo cruel que acibaraba su
existencia. Esa gente diablica que por su inters tena moralmente
secuestrada a la pobre seorita, no se content con impedir que el padre
llegase a ser reconocido por su hija, sino que hizo crecer a sta que
aquel hombre a quien deba la vida sin que ella lo supiera era un ser
horrible, una especie de bandido monstruoso, que por un odio tradicional
era el perseguidor de la familia, de generacin en generacin.

--Ah!--exclam la condesa con asombro al encontrar una circunstancia
que an haca mayor la identidad entre aquella historia y la suya
propia.

--Y qu escena fu esa de que usted hablaba?--pregunt despus la
condesa con ansiedad que era ya visible.

El criado call, mostrando una expresin indecisa, como si no se
atreviera a decir a su seora las ltimas palabras, que seran la
solucin decisiva del misterio, la revelacin de toda la verdad; pero,
al fin, se determin a hablar con un violento esfuerzo de su voluntad.

--Seora, esa escena fu terrible, segn la relataba mi pobre amo. Al
caer la Repblica no quiso marchar a la emigracin sin antes ver a su
hija, y se dirigi a Valencia para visitar a la nia, que estaba en un
colegio dirigido por monjas. Aquel hombre, tan dulce como enrgico,
despus de algunos aos de continua agitacin, en que haba expuesto
cien veces su vida y derrochado la fuerza de su inteligencia, quera,
antes de sumirse en la calma y la miseria de la emigracin, dar un beso
a su hija, or de sus labios una palabra cariosa, y con esto se
conceptuaba ya con fuerzas suficientes para arrostrar todas las
contrariedades y las tristezas del proscripto.

--Y qu colegio era ese adonde se dirigi su antiguo amo? Cul era su
ttulo?

--Creo que se llamaba de Nuestra Seora de la Saletta. El pobre
comandante fu all; pregunt por su hija y no quisieron reconocerle, y
cuando, a fuerza de ruegos y amenazas, consigui que se la mostraran,
entonces no s cmo su corazn no se rompi en pedazos. La nia no slo
no quiso reconocerle, sino que al or su nombre se estremeci de horror,
pues como antes he dicho, los enemigos que queran monopolizar su suerte
le haban hecho creer que mi amo era un bandido, un perseguidor tenaz y
sanguinario que acosaba a su familia. Yo creo que desde aquel da mi
pobre seor adquiri la enfermedad que le llev a la tumba.

La condesa, a pesar de que su rostro estaba siempre plido por la
enfermedad, an perdi algo de color al or estas palabras, y se agit
nerviosamente en su asiento. Gran Dios! No caba ya la duda: aquella
historia era la suya propia.

--Pero..., qu nombre era el de ese seor?--pregunt con ansiedad--.
Cul era su nombre?

--Se llamaba don Esteban Alvarez.

Mara, a pesar de sus aos y de su posicin, senta an tan latentes los
recuerdos de su niez que no pudo menos de estremecerse de horror al or
el nombre que tanto miedo le haba causado cuando nia.

Pedro la contemplaba con mirada fija, y al ver en su seora tan marcada
expresin de terror, dijo con acento triste:

--Veo que an duran en el nimo de la seora condesa las huellas de las
infames calumnias con que la engaaron cuando era nia. La seora puede
odiar todo cuanto quiera el recuerdo de aquel pobre mrtir, pero tenga
la seguridad de que no ha existido en el mundo mujer alguna a quien haya
amado su padre con ms vehemente cario.

La condesa estaba asombrada y aturdida ante el tono sincero con que el
criado deca sus palabras.

Rein un largo silencio, durante el cual la seora y el criado parecan
reflexionar, y, por fin, Pedro continu:

--Quiere la seora condesa que le diga cules fueron las ltimas
palabras que me dirigi al morir ese monstruo terrible, ese perseguidor
horripilante? Pues bien, ese hombre, a pesar de la ingratitud y
olvidando antiguos pesares, slo tuvo fuerzas para recomendarme y
hacerme jurar por mi honor que nunca abandonara a su hija y que
buscara el medio de vivir junto a ella, velando por su vida,
obedeciendo todos sus mandatos y haciendo por ella cuantos sacrificios
fuesen necesarios. La seora condesa--aadi el criado con
sencillez--puede decir si yo he cumplido mi juramento.

Por fin conoca Mara la verdadera causa del cario que le demostraba su
criado y de aquellas miradas de paternal afecto que haba sorprendido
muchas veces en sus ojos.

--De modo, que usted--pregunt Mara asombrada por tanta abnegacin--ha
entrado aqu con el nico objeto?...

--Seora--le interrumpi el criado con sencillez, no exenta de noble
altanera--. He servido durante treinta aos a un hombre demasiado
grande para que yo pudiera conformarme ahora a recibir las rdenes de
ningn otro. Soy soldado y no criado, y si he llegado a vestir este
traje, ha sido por cumplir el sagrado juramento que le hice a un pobre
moribundo, a quien quera como a mi padre. Puede pensar la seora
condesa lo que aquel hombre la amara, cuando en la hora de la muerte,
su ltimo pensamiento era para ella, y me obligaba a dedicar toda la
existencia al cuidado de su hija. Seora, tal vez resulte insolente y
atrevido, pero en este momento, puesto ya a decirlo todo, creo que me
ahogara si llegase a callar alguna verdad. Mucho ha querido la seora
condesa a su pobre hijo, pero su amor no puede ser comparado ni
remotamente con el que el pobre don Esteban le profesaba a su hija, a
pesar de que la crea ingrata y orgullosa.

La pobre enferma estaba aturdida y asombrada por aquella revelacin que
la sorprenda casi a las puertas de la muerte y que tan radicalmente
vena a trastornar su pasado.

Parecale extraa y novelesca la historia. Pero al mismo tiempo abonaba
su veracidad el aspecto sencillo y franco del criado y aquel cario
inexplicable que le haba demostrado en todas ocasiones.

Adems, qu inters poda tener aquel hombre en suponerla hija de un
pobre seor que ya haba muerto?

Aparte de esto, ella recordaba la escena ocurrida en su niez all en
el colegio de Valencia y que siempre le haba parecido muy extraa,
recordando todava que don Esteban Alvarez la haba llamado "hija ma"!
varias veces, con una expresin tan dulce y melanclica, que a ella le
haba impresionado a pesar de que le decan que aquel hombre era un
monstruo.

Ahora comenzaba a comprender algo de aquella expresin misteriosa y
solapada, que haba credo adivinar en el padre Toms, cuyos actos le
inspiraban ya mucha desconfianza.

--Pero, Dios mo!--dijo al criado que la contemplaba atentamente para
apreciar el efecto que la haban producido sus revelaciones--. Yo
pierdo la cabeza al pensar en estas cosas tan extraas! Qu misterios
son estos? Cmo puede usted explicarme que ese seor me creyera su
hija, cuando mi padre fu don Joaqun Quirs, al que yo no conoc, pues
muri siendo yo muy nia, pero de quien hablaba muchas veces mi ta?

El criado vi llegado el instante de relatar toda la verdad para acabar
de conquistar la confianza de aquella mujer, y volviendo a sentarse
respetuosamente, comenz la relacin de la vida de Alvarez, de sus
amores con Enriqueta, de aquella fuga de la casa paterna que acab en
noche de bodas, de la emigracin forzosa que sobrevino inmediatamente, y
termin haciendo una pintura exacta del carcter y la moral de Quirs.

El criado guardse de decir quin era el que haba disparado el tiro
desde la barricada de la plaza de Antn Martn, pero tan hbilmente supo
describir al hombre que en apariencia era el padre de Mara, que sta se
lo imagin inmediatamente como un sujeto igual a su marido, y sinti una
profunda compasin por su pobre madre, que haba sido tan desgraciada
como ella con Ordez.

Pedro cont a la condesa cuanto saba del que era su verdadero padre y
que tanto haba sufrido por ella, y al hablar de su vida obscura y
penosa en Pars, desliz hbilmente en la conversacin el nombre del
doctor don Juan Zarzoso.

Mara se incorpor en su asiento con las mejillas coloreadas por un
fugaz rubor.

--Ah!--exclam sorprendida--. Tambin ha conocido usted a ese seor?

--Viva con nosotros en Pars, y el pobre don Esteban le amaba como un
hijo, al saber que era el hombre que posea el cario de su hija.

La condesa mostraba deseos de hacer nuevas preguntas sobre aquel
hombre, cuyo recuerdo comparta en su memoria en lugar preferente con el
del infeliz nio Paquito; pero el criado deseaba que toda la
conversacin versara sobre su amo, y por esto se apresur a aadir.

--Ya hablaremos despus del seor Zarzoso y se convencer la seora de
que no era tan malo como ella crea en cierta poca. Pero ahora hablemos
de mi pobre amo; hablemos del padre de la seora condesa.

Y Pedro continu la apasionada y conmovedora descripcin de los
sufrimientos de aquel pobre padre, que sin ms familia ni seres queridos
que su hija, vease desconocido por ella.

--Aquel hombre fu muy desgraciado. La seora condesa, que hoy se halla
enferma y llora continuamente recordando a su hijo que muri, es un ser
feliz, comparada con aquel desgraciado que no tena ni aun un retrato de
su hija para contemplarlo.

Mara hizo un movimiento de extraeza y asombro al or hablar de su
felicidad.

--S, seora condesa; me afirmo en lo que digo. Si la seora llora hoy
la muerte del seorito, al menos tuvo una poca feliz en que se
estremeca de placer al sentir su cabecita apoyada en sus rodillas, y en
que gozaba una satisfaccin sin lmites convirtindose en su enfermera y
pasando las noches en vela a la cabecera de su cama. Poda besar a su
hijo, or su encantador y balbuciente lenguaje, y esto es siempre una
felicidad, un recuerdo que llena el alma de dulce melancola, aunque
despus venga la muerte a amargar tanta dicha. Pero y mi pobre amo? Y
aquel desgraciado don Esteban, que por ser hombre tena que avergonzarse
del llanto y muchas veces se tragaba las ardientes lgrimas que le
quemaban los ojos? El estaba convencido de que tena una hija, y sin
embargo, muri abandonado de ella, soando siempre en una felicidad que
nunca llegaba, y que para l consista en que una voz pura y argentina,
que yo he odo mil veces, le llamase "padre mo"! Esa situacin s que
es horrible; es, como l deca, el suplicio de Tntalo; tener casi a la
vista una hija querida, un ser que hasta en su rostro llevaba algo del
que le di la vida, y sin embargo no poder acercarse a ella, no poder
abrazarla derramando sobre su frente lgrimas de dulce emocin!

La condesa se haba cubierto el rostro con las manos y lloraba
silenciosamente, sin que Pedro pudiese asegurarse de si aquellas
lgrimas procedan del recuerdo de su hijo o de la emocin que le
causaban las penalidades de aquel pobre padre, al que reconoca por fin.

El criado quiso excitar ms an aquella emocin.

--Hay para espantarse al considerar la desgracia de aquel padre,
sostenida con heroico valor por espacio de ms de veinte aos. La seora
condesa, que es madre, podr apreciar mejor que yo hasta dnde lleg el
infortunio del pobre don Esteban. Qu hubiese hecho la seora, que
tanto amaba a su hijo, si ste no la hubiese querido nunca reconocer
como madre? Cun inmenso dolor hubiese experimentado, si cuando iba a
verle al colegio de Valencia, el seorito, en vez de recibirla con los
brazos abiertos, hubiese hudo de su madre como si fuese un monstruo!
No es verdad que la seora hubiese muerto entonces de pena? No se
hubiera roto su corazn en mil pedazos? Pues bien; el pobre don Esteban
sufri todas esas pruebas terribles y sin embargo aun qued en pie
durante muchos aos para vivir agonizando. Juzgue la seora condesa si
la vida de su padre no fu un verdadero infierno.

Mara segua llorando, pero sus suspiros eran ya cada vez ms ruidosos,
y con acento entrecortado murmuraba cariosas exclamaciones.

--Oh, padre! Padre mo!

El criado, apenas le pareci or estas palabras, dichas con voz casi
imperceptible, busc apresuradamente algo en los bolsillos de su casaca.

Mientras tanto, Mara, convencida por sentimiento de que aquel Alvarez
que tanto la haba horrorizado era su padre, y recordando algunas
palabras sin sentido que haba sorprendido a su ta y al padre Toms y
que ahora se explicaba perfectamente, lloraba conmovida por el recuerdo
de aquel pobre mrtir que tanto la haba adorado.

La voz de Pedro le hizo apartar las manos de los ojos y levantar su
cabeza.

--Aqu est! Contemple la seora condesa!

Era que el criado le mostraba un sencillo marquito de latn, a travs de
cuyo cristal se vea una fotografa iluminada, que representaba, de
medio cuerpo, a don Esteban Alvarez cuando todava era capitn y acababa
de regresar de Africa.

El fiel asistente, como si aquel recuerdo de su amo fuese un poderoso
talismn, lo llevaba siempre consigo.

Mara contempl con fruicin aquella cabeza vigorosa, de enrgica
hermosura, y en la que se vea retratada la fiera altivez y la mirada
pensadora de un hombre nacido para la guerra al mismo tiempo que para el
estudio. Sustituyendo el poncho del uniforme por una gola de hierro y un
coleto de ante, aquella cabeza poda confundirse con la de los nclitos
soldados del siglo XVI, que sojuzgaban Flandes o conquistaban imperios
como Mjico o el Per.

La condesa, con el esculido rostro animado por el rubor de la emocin,
examin atentamente aquel retrato, encontrando inmediatamente su
parecido con ella, en la poca que aun era hermosa y la enfermedad no
haba consumido su organismo.

Todava en sus ojos quedaba algo de aquella mirada brillante y
avasalladora que en los momentos de indignacin llegaba a imponer.

Mara no dud ms sobre la verdad de cuanto la haba dicho su criado. No
raciocin, pues en tales momentos de emocin, la razn se anula dejando
su puesto al sentimiento.

La condesa se dej llevar de su instinto; de un impulso vehementsimo e
irresistible que la empujaba, y llevndose el retrato a sus labios, al
mismo tiempo que volva a derramar lgrimas, murmur con un acento que
equivala a un reproche a s misma por su indiferencia.

--Oh, padre! Padre mo! Si me oyes perdname.




II

La ltima advertencia


Cuatro das despus de aquella tarde en que Pedro hizo su revelacin a
la condesa, en el momento en que los relojes del hotel daban las ocho de
la noche, bajaban la pequea escalinata del edificio el elegante Ordez
y el padre Toms, conversando amigablemente.

El jesuta tena el mismo aspecto de siempre, y en cuanto al marido de
la condesa, un sombrero de "clac" y el gabn abrochado para ocultar el
traje de etiqueta, daban a entender que pensaba pasar la noche en alguna
fiesta del gran mundo.

Los dos hombres siguieron la ancha avenida que, partiendo el jardn del
hotel, conduca a la verja, fuera de la cual esperaban dos carruajes, y
al llegar a un espacio donde no alcanzaban las luces de las dos farolas
que adornaban la puerta del edificio, el jesuta se detuvo, cogiendo
suavemente a su protegido por un brazo.

--Mira, Paco--le dijo con entonacin de consejero bondadoso--; haras
muy bien en no salir esta noche de casa o al menos en volver cuanto
antes. No s por qu, me parece que esta noche va a ocurrir lo que tanto
tememos y que tu esposa no ver el sol de maana. Ya ves que, al menos
por el buen parecer y para que no murmure la gente, conviene que t
permanezcas esta noche al lado de Mara cumpliendo tu deber de buen
esposo.

--Pero, padre, si Mara no morir esta noche! Hace usted mal en
alarmarse tanto. Los enfermos de tisis son como esas luces que se apagan
lentamente, y cuando uno cree que ya estn extinguidas, vuelve a surgir
la llama y an alumbra trmula y vacilante por mucho rato.

--Qu ha dicho el mdico esta tarde?

--La verdad es que la ha dado ya por muerta y ha dicho que de un momento
a otro sobrevendr el fin.

--Ves como debes quedarte?

--S, pero tengo la confianza de que Mara ha de llegar a maana, aunque
slo sea para desmentir al mdico. La tisis tiene sus bromas.

--Pues ten la seguridad de que esas bromas las reserva para ti, que tan
convencido pareces de que tu esposa llegar a maana. Creme, Paco:
qudate esta noche en casa, o si es que tienes verdadera precisin de
salir, regresa pronto, para que la gente murmuradora no pueda decir nada
contra ti.

--Volver a las dos de la maana; antes me es imposible. Tengo precisin
de asistir esta noche al baile de la Embajada francesa.

--Desgraciado! Teniendo a tu esposa tan grave te atreves a ir a un
baile? No comprendes que la sociedad murmurar con sobrada razn y que
t perders con ello el escaso prestigio que te queda?

--Bah! La gente est ya acostumbrada a verme en todas partes teniendo a
mi mujer enferma y no se fijar esta noche en m, pues todos ignoran que
Mara se halle tan grave. En las enfermedades lentas la gente se cansa
de preguntar y acaba por olvidarse del paciente. Adems, reverendo
padre, es un compromiso de honor el que yo acuda esta noche a ese baile.

--Lo s, desgraciado; lo s todo. No creas que ignoro que en la
actualidad haces el amor a la esposa de uno de los empleados de la
Embajada; una francesa que te sorber el poco seso que te queda.

Ordez, a pesar de su ligereza fra y aristocrtica, que se cifraba
especialmente en no asombrarse de nada, no pudo evitar un gesto de
extraeza al or tales palabras.

--Cmo sabe usted eso, padre Toms?

--Bah! No te crea capaz de asombrarte por tan poco. Yo s todo lo que
hacen mis amigos. Ya sabes que mi despacho es como un fongrafo, que me
repite todas las palabras y hasta los actos de cuantos amigos tengo
esparcidos por el mundo. Hay pocas cosas que yo no sepa.

Los dos hombres quedaron silenciosos y avanzaron algunos pasos con
direccin a la verja.

Ordez se detuvo al ver que el jesuta se plantaba mirndole con sus
ojos fros e interrogadores que parecan llegar al alma.

--Mira, muchacho--dijo con severa superioridad--. No slo conozco a
fondo la vida de mis amigos, sino que leo en su pensamiento y adivino
todo cuanto se proponen hacer en contra ma. Ha llegado el momento de
que hablemos claro: ninguna ocasin mejor que esta.

--Diga usted, reverendo padre--murmur Ordez, algo alarmado al notar
el giro que tomaba la conversacin.

--Pues bien, te hablar claro. Tu esposa va a morir y ha llegado el
momento de que se cumpla el pacto que hicimos antes de que te casases.

--El pacto!... Qu pacto es se, padre Toms?--dijo Ordez con
expresin distrada, como si fuese en busca de un recuerdo que se le
escapaba.

--Eso es; hazte el olvidadizo. No te acuerdas ya, angelito?--contest
el jesuta con sarcstica irona--. Veo que eres muy desmemoriado; pero,
afortunadamente, yo, como te deca, leo en el pensamiento de los amigos
y te ayudar a recordar, dicindote que a la hora en que me d la gana,
a pesar de tu lujo, de tus brillantes relaciones y de tu fama de hombre
elegante y calavera, puedo enviarte a presidio. Te acuerdas ahora?

--Vuestra paternidad tiene un modo terrible de recordar las cosas.

--Es porque tu memoria resulta como uno de esos caballos maliciosos que
remolonamente se niegan a andar. Conviene darle algn latigazo para que
se avive.

--Bien, padre Toms; me acuerdo del pacto; qu quiere usted de m?

--Sabes que con arreglo al ltimo Cdigo civil, tus derechos de marido
te hacen heredero en usufructo de la mitad de la fortuna de tu mujer.

--Ya s, reverendo padre; qu es lo que usted quiere advertirme?

--Conforme al trato que hicimos los dos, antes de que t te casases con
Mara, debas limitarte a gastar sus rentas, y te quedaba prohibido
inducir a tu esposa a que enajenase la ms mnima parte de su capital.

--As lo he hecho, reverendo padre. No tendr usted queja de m en este
punto y creo estar satisfecho.

--No del todo, pues en ciertas ocasiones has gastado algo ms que las
rentas, embrollando con esto la administracin de tu casa; pero no me
quejo de estos pequeos excesos. Al fin, as y todo, te has portado con
bastante prudencia si se tienen en cuenta tus antecedentes de hombre
desordenado.

--Y qu es lo que quiere usted ahora?

--Que se cumpla lo convenido en nuestro pacto, renunciando t a la parte
que te corresponde en la herencia de tu mujer.

Ordez se atus el erizado bigotillo con marcado aire de indignacin.

--Padre Toms, eso es muy duro. No resulta razonable tal exigencia.

--Pues as ha de ser.

--Fjese vuestra reverencia en que slo se trata de un usufructo. El da
menos prensado me ataca una pulmona o me dan una estocada en un
desafo, y entonces esa parte de la fortuna de mi mujer ir a parar,
sana y sin detrimento alguno, a manos de quien corresponda.

--La baronesa de Carrillo es vieja, y, adems, no est para esperar a
que t mueras.

--Ah! Conque es doa Fernanda la que ha de heredar toda la fortuna de
mi mujer?--pregunt el elegante, con una expresin de incredulidad que
no procur disimular.

--S, la baronesa heredar a su sobrina, y ya que pareces dudar de mis
palabras, para que no creas que aqu se encierra algn misterio o alguna
negociacin censurable, te dir toda la verdad. La virtud no necesita
recatarse de nadie. La baronesa hereder a tu mujer e inmediatamente
traspasar la fortuna a manos de nuestra santa Compaa, para que sta
la emplee en obras de caridad y en hacer propaganda para "la mayor
gloria de Dios". Es una promesa que doa Fernanda ha hecho al Altsimo.
Ya comprenders que en un asunto tan sagrado y que directamente interesa
a Dios, tu, pobre criatura humana, no debes oponer tu mezquina voluntad.

Ordez, a pesar de que haca esfuerzos por conservar su exterior
indiferente y desdeoso de hombre elegante y despreocupado, que tantos
triunfos le vala en la alta sociedad, senta hervir en su anterior el
fuego de la ira.

--Pero eso es robarme mis derechos de marido--dijo, no pudiendo
contenerse.

--Robar?--contest el padre Toms con su imperturbable frialdad--. Dura
es la palabreja, pero ya que la has dicho, la acepto y contesto que
antes has robado t a otros con escrituras falsas y firmas falsificadas.
Por esto mismo puedo enviarte a presidio a la hora que quiera, y esta
hora llegar inmediatamente, si te niegas a obedecer mis rdenes.

Ordez conoca perfectamente a su protector, y saba que era imposible
que ste retrocediese as que adoptaba una resolucin. Adems, el
elegante, viviendo con lo que le proporcionaban las rentas de su esposa,
haba perdido su ductilidad de aventurero y no era capaz de humillarse
pidiendo misericordia a aquel hombre terrible, que se mostraba sordo a
los ruegos que le contrariaban.

El aristcrata resisti su desgracia con dignidad, y nicamente se dign
hablar de su porvenir.

--Y si yo renuncio a mis derechos, qu sera de m, padre Toms?

--Permanece tranquilo, que renunciando a la herencia sirves a la
Compaa y sta jams olvida a los que le son fieles. Aqu estoy para
protegerte. No vivirs con el mismo esplendor que ahora, pero te
sostendr en una posicin que corresponda a tu rango, y quin sabe si
encontrar para ti otra mujer con algunos millones de dote?

Estas palabras no parecan tranquilizar mucho a Ordez, y por esto el
jesuta se apresur a aadir:

--No puedes quejarte de mi proteccin. Antes de casarte vivas
entrampado, sin tranquilidad alguna y prximo a caer en la deshonra. Te
tend la mano, te libr del precipicio, has vivido algunos aos
derrochando como un potentado, y ahora, al morir tu mujer quedars en la
misma situacin de antes, aunque con la ventaja de no tener deudas y de
contar con mi proteccin, que ser ms eficaz y segura. De qu te
quejas, pues?, has hecho acaso un mal negocio?... Cree que me irrita tu
ingratitud.

El jesuta dijo estas ltimas palabras con expresin de disgusto, y
durante largo rato permanecieron silenciosos el protector y el
protegido.

--Vamos a ver--dijo el padre Toms, cansado por aquel silencio--.
Decidmonos pronto. Renuncias a la herencia? Cumples la palabra que me
diste?

Ordez hizo un gesto de desesperacin en la sombra. Siempre cogido!,
siempre a merced de aquel hombre, a pesar de la fama de listo que a l
le concedan en la alta sociedad!

Haba que conformarse forzosamente, y Ordez tendi su mano al jesuta
en muestra de aprobacin, y murmur:

--De usted es toda la fortuna de Mara.

--Conforme. Quedo agradecido a tu desprendimiento, y te prometo no
abandonarte nunca. Ahora vmonos, pues se hace tarde y los dos tenemos
ocupaciones apremiantes. Procura volver pronto a casa, pues esta noche
ocurrir el suceso que esperamos.

Los dos hombres atravesaron la verja, y despus de estrecharse la mano,
subieron a sus respectivos carruajes, el uno para dar un vistazo al
Casino, antes de ir al baile, y el otro para volver a trabajar en aquel
despacho, que era como el centro del horrible embudo formado por la
telaraa jesutica que envolva a toda la pennsula.

Ninguno de los dos miserables que con tanta frialdad haban estado
hablando sobre la prxima muerte de Mara volvi la cabeza para lanzar
una mirada de compasin a aquella ventana, que sobre la oscura fachada
del hotel destacbase dbilmente, baada en una luz plida, velada e
indecisa. Los millones de la agonizante era lo nico que ocupaba su
pensamiento.

Los dos carruajes se alejaron en distintas direcciones, separando a
aquellos dos compadres de crimen que se aborrecan mutuamente.

--Vive Dios!--deca Ordez en voz alta y rugiente, que tal vez era
oda por sus cocheros--. Ese to es un ladrn que me tiene cogido por
las orejas. Si algn da se me presenta ocasin, le haba de meter un
palmo de acero en el vientre.

Mientras tanto el padre Toms murmuraba en el interior de su berlina,
con acento de hipcrita escandalizado:

--Abandona a su mujer para ir a hacerle la corte a otra, y tal vez la
pobre condesa haya entrado ya en el perodo de agona. Siempre le he
tenido por un canalla; pero no me imaginaba que su cinismo fuese tanto.




III

La muerte de Mara.


La condesa mora lentamente en aquel gabinete elegante, donde haba
pasado toda su enfermedad.

Se vea casi abandonada de los suyos, mas no por esto se consideraba
sola, pues la rodeaban hermosos recuerdos que parecan endulzar sus
ltimos instantes.

Las sombras de su hijo, de don Esteban Alvarez y del infortunado
Zarzoso, aquellos tres seres queridos a los que pensaba encontrar ms
all de los umbrales de la muerte, parecan rodear su lecho y animarla
con invisibles sonrisas en tan supremo trance.

Mara saba ya toda la verdad sobre su pasado.

El fiel Pedro, no slo haba relatado la historia de su padre, sino que
justific a Zarzoso, hacindola saber la repugnante maquinacin que
contra l se haba urdido all en Pars, para lograr que Mara le
aborreciese por su infidelidad manifiesta, que era ms obra de las
circunstancias y de prfidas intrigas que de su propia voluntad.

La condesa, gracias a las revelaciones de su criado, conoca ya la
terrible participacin que los jesutas, y en especial el padre Toms,
haban tomado en los asuntos de su familia, y por esto miraba con franco
horror al reverendo padre y no ocult la repugnancia que senta cuando
ste se aproximaba a su lecho.

La pobre joven, extenuada por la terrible enfermedad, cansada de un
mundo que slo le haba proporcionado dolores y tristezas, y deseosa de
sumirse cuanto antes en la sombra eterna, con esperanza de encontrar
all a su padre y a su antiguo adorador, con los cuales haba sido
injusta aunque sin voluntad para ello, caa impasible y sumisa, sin el
menor intento de rebelin y limitndose a compadecer a aquellos hombres
negros, que tanto dao la haban causado.

--Les perdono!--murmuraba la pobre mrtir--. Perdono a todos, a pesar
de mis desgracias. Ellos tambin han de morir; ellos tambin se vern en
el mismo trance que yo, y entonces de seguro que no experimentarn esta
santa tranquilidad que ahora siento.

Y la infeliz perdonaba tambin mentalmente a aquel esposo ligero e
infame, que era el autor de su infortunio, que haba envenenado su
sangre pura con los grmenes de una terrible enfermedad adquirida en el
vicio, y que en el momento supremo, no se cuidaba ni aun de fingir un
dolor propio de las circunstancias y la abandonaba para ir a una fiesta
donde indudablemente hara, el amor a otra mujer.

S, ella perdonaba a Ordez, a pesar de todas sus infamias, y no le
causaba impresin alguna la cnica serenidad de aquel hombre sin
conciencia, pues su pensamiento, su corazn estaba puesto en aquellos
tres seres queridos, cuyas sombras parecale ver vagar en torno de su
lecho, para ayudarla a bien morir, y escoltar despus su espritu por
las infinitas regiones de lo desconocido.

La condesa perdonaba tambin a su ta, aquella mujer irascible, fantica
e hipcrita, que la haba martirizado cuando nia, y que despus,
obedeciendo automaticamente rdenes superiores, la haba entregado en
brazos de un hombre corrompido, cuyos besos resultaban contagiosos y
mortales.

Aquella misma baronesa, que estaba muy lejos de recelar lo que pensaba
su sobrina, se hallaba en tales momentos cerca de su cama, sentada junto
a una mesa sobre la que se ergua un hermoso crucifijo entre un par de
cirios.

Doa Fernanda, arrastrada por sus preocupaciones devotas, no haba
tenido inconveniente alguno en amargar los ltimos momentos de la
enferma, aterrndola con todo el imponente aparato que el fanatismo
guarda para tales casos.

Mara, que al fin haba conocido quines eran los sacerdotes que la
haban rodeado desde la niez, aunque sin abandonar por esto las
creencias religiosas en que la haban educado, se neg en absoluto a
confesarse con el padre Toms, desobedeciendo con ello las
recomendaciones de la baronesa.

Esta se hallaba escandalizada por la tenaz negativa de su sobrina, y
deseosa de que la prxima conquista de la muerte no careciese del
refrendo de la religin, haba montado un altar sobre una de las mesitas
del gabinete, y sentada al lado de l, lea en voz baja un grueso libro
de oraciones, mirando de vez en cuando a la enferma, que inmvil y
respirando penosamente, fijaba sus ojos en el techo como absorta en sus
pensamientos.

A pesar de que, con esa falsa esperanza que nunca abandona a los
tsicos, Mara an crea que su fin estaba lejano, no quera mirar todo
aquel aparato religioso montado por su ta, pues la horrorizaba, al par
que le produca cierto despecho, la falta de consideracin que mostraba
la baronesa.

El silencio era absoluto en aquella habitacin: una lmpara velada y las
llamas de los dos cirios alumbraban el gabinete, formando en su centro
un crculo de luz, ms all del cual todo quedaba en una densa penumbra.

Junto a la puerta, erguido e inmvil cual una estatua, estaba el fiel
Pedro esperando rdenes. La oscuridad que le envolva no permita a la
baronesa el ver el gesto extrao, mezcla de compasin y de ira, que
contraa el rostro del criado al contemplar a la pobre enferma.

Pedro se senta con deseos de estrangular a aquella vieja bruja, como l
llamaba a la baronesa, la cual, despus de desatender a su sobrina en la
poca en que su enfermedad todava era susceptible de curacin,
permaneca ahora a su lado para amargar sus ltimos instantes con
terrorficas muestras de devocin, impidiendo al paso que pudiera
acercarse a la enferma, l, que era el nico ser de aquella casa que
senta por la desgraciada algn inters.

La condesa pareci salir de su profunda meditacin cuando uno de los
relojes de la casa di las diez.

--Pedro!--dijo la enferma con voz dbil.

Y al acercarse el criado, dile a entender con un gesto lo que deseaba.

Aqul le trajo una rica capa forrada de pieles y la puso sobre los
hombros de la condesa, que se haba incorporado.

Despus la enferma, mostrando sus extremidades devoradas por la
consuncin y que parecan los huesos de un esqueleto, baj de la cama
ayudada por los robustos brazos del criado, y apoyndose en l, lleg
penosamente hasta un gran silln que estaba colocado de espaldas al
Cristo y a las dos luces de la baronesa.

Mara experimentaba la necesidad, que todos los tsicos sienten, de
morir erguidos y fuera de la cama, que parece causarles horror.

Pedro, sin abandonar su actitud respetuosa, miraba fijamente a su ama y
no poda ocultar la impresin de desconsuelo que le produca aquel
rostro terroso, enjuto y consumido por la enfermedad. Veanse en l los
signos de una prxima muerte y sobre sus facciones pareca extenderse un
denso velo que las ennegreca.

Pedro recordaba lo que aquella tarde haba dicho el mdico sobre el
prximo fin de la enferma y se afirmaba en la creencia de que la condesa
morira aquella misma noche. Extinguase la vida en el interior de aquel
organismo anonadado, y ya no quedaba en l ms que un dbil soplo vital
que la permita hablar, aunque con voz tan tenue que slo poda orse en
aquel absoluto silencio.

--Pero ta--dijo dbilmente dirigindose a la baronesa que estaba a sus
espaldas--, es que tiene usted deseos de que yo muera pronto y por eso
me aturde con esas oraciones que murmura?

Este reproche, dicho de un modo dulce, hizo que la baronesa levantase su
cabeza, en la que se marcaba un gesto de indignacin.

--Mira, Mara--contest con una severidad impropia de las
circunstancias--. No quiero que una persona de mi familia vaya al
infierno, y como t te niegas a ponerte bien con Dios, yo me encargo de
subsanar esta falta y le ruego al Seor que te reciba en su santa
gloria, si no por tus mritos, al menos por los de otras personas de tu
familia.

La enferma estuvo callada durante algunos minutos y despus dijo con
dulzura:

--Yo no necesito confesarme. He sido muy desgraciada en este mundo y no
recuerdo haber hecho dao a nadie. He obedecido siempre a las personas
que me han rodeado, creyendo firmemente cuanto me decan.

Call la enferma breves instantes y aadi despus con marcada
intencin, volviendo la cabeza y buscando con la mirada a su ta:

--Ojal no hubiese sido tan crdula y obediente! No hubiese sido tan
desgraciada, y tal vez ahora me vera en diferente situacin.

La baronesa no contest, pues adivinaba un gran cambio en el carcter y
las ideas de su sobrina, y no quera exponerse a que sta, con la
franqueza del que va a abandonar la vida, le dijese algunas verdades que
forzosamente haban de resultarle amargas.

Volvi doa Fernanda a abismarse en la lectura de sus oraciones,
afirmando los lentes de oro sobre su picuda nariz, y mientras tanto, la
enferma, despus de lanzar una mirada de gratitud a aquel criado, modelo
de fidelidad y de abnegacin, que pareca consternado al contemplar a su
seora, volvi sus ojos al rincn ms oscuro de su gabinete, y as
permaneci impasible e inmvil.

Transcurra el tiempo en aquella inercia silenciosa, que slo turbaba el
murmullo de los rezos de la baronesa y las llamas crepitantes de los
cirios.

Los relojes del hotel daban sus campanadas para marcar el paso del
tiempo, y a aquellas tres personas les pareca cosa de milagro la
rapidez con que se sucedan las horas, pues absortas en sus
pensamientos, crean que las horas se confundan unas con otras, segn
la frecuencia con que las escuchaban.

Pasaba el tiempo velozmente, y era ya ms de media noche cuando la
enferma pareci volver en s de sus tristes reflexiones, y dirigi la
palabra a su fiel criado, que segua de pie, sin que la fatiga
consiguiera rendirle.

En el rostro de la condesa vease una expresin ms animada que pareca
presagiar el principi de un restablecimiento. Su cutis, antes tan
plido, estaba ligeramente coloreado, y su voz haba adquirido nueva
potencia.

La baronesa miraba a su sobrina con cierto asombro, no pudiendo
explicarse cmo aquel cuerpo tan dbil todava tena fuerzas para
resistir la enfermedad; pero el criado se entristeci al notar aquella
mejora.

Saba bien lo que significaba. El mdico le haba dicho que momentos
antes de morir los que estaban enfermos de la misma dolencia que la
condesa, experimentaban una rpida y fugaz mejora.

Pedro, pues, vea prxima la muerte de su seora: muerte dulce y casi
insensible, como la de todos los tsicos, y cual convena a aquella
pobre mrtir que tanto haba sufrido en vida.

Acababa de dar el reloj del gabinete la una de la madrugada cuando Mara
se incorpor sobre los almohadones que Pedro haba colocado en su
silln, y tendi sus brazos al fiel criado, agarrndose a sus hombros
con la intencin de levantarse y respirar mejor puesta en pie.

La capa se desliz a lo largo del esculido cuerpo y la enferma qued en
ropas menores, mostrando sus brazos enjutos y consumidos, capaces de
inspirar lstima al ms indiferente.

La condesa sostenase agarrada a su criado, sin dar ninguna orden ni
atreverse a andar. Su cuerpo se agitaba con un dbil estremecimiento, y
sus ojos, desmesuradamente abiertos y con expresin de angustia, miraban
a aquel rincn oscuro, como si en l viera impalpables imgenes que en
aquellos instantes atraan toda su atencin.

--Ah! Estis ah?--murmur con voz tan queda y dbil como un
suspiro--. Hijo mo! Juanito! Pap! All voy.

Y sus manos soltaron los hombros del criado, mientras su cuerpo caa
inerte en el silln.

La baronesa se levant de un salto, y el criado, tosca pero
cariosamente, agarr entre sus manos aquella cabeza que caa inerte
sobre uno de los enflaquecidos y angulosos hombros.

No era posible dudar: la condesa haba muerto.

Pedro contempl aquellos ojos desmesuradamente abiertos, vidriosos y
empaados, que miraban todava al oscuro rincn: la nariz, que adquira
un tinte negruzco, y aquella boca entreabierta y todava contrada por
una sonrisa sobrehumana, como si hubiese sido provocada por una visin
hermosa, por la vista de la felicidad existente ms all de la tumba.

El aspecto horrible de aquel cadver, miserable manojo de huesos y de
piel, al que faltaba ya la misteriosa esencia que le haca atractivo y
aquel calor vital que rpidamente se iba desvaneciendo dejando al cuerpo
cada vez ms fro, trajeron a la realidad al pobre criado, que rugiendo
de dolor, para desahogar su oprimido pecho, se arroj a los pies del
silln y comenz a besar con la furia de un loco una de las manos
amarillentas y descarnadas.

--Seorita!... seorita!--gritaba el pobre hombre, conmovido por aquel
suceso, a pesar de que lo esperaba haca ya mucho tiempo; y trastornado
por su desesperacin, echbase en cara el no haber salvado a la infeliz
hija de su antiguo amo, el no haber velado por su vida tal como lo
prometi en Pars, cual si el desdichado tuviera poder para combatir a
la ms terrible de las enfermedades.

Permaneci as postrado el infeliz Pedro, mientras tuvo fuerzas para
llorar, y por fin, extenuado, debilitado y recordando que su deber le
exiga algo ms que entregarse al llanto, se levant, abandonando
aquella fra mano que cay inerte sobre el brazo del silln.

Cuando Pedro, puesto en pie, mir con extraeza a su alrededor, vi
agrupados en la puerta a la baronesa y a Ordez, mirando con espanto
casi supersticioso aquel cadver hundido en el silln, que pareca an
ms repugnante por las desnudeces descarnadas y angulosas que dejaba al
descubierto.

El marido de la condesa conservaba todava su traje de etiqueta, pues
acababa de llegar del baile.

Haba vuelto una hora antes de lo que haba prometido. No se dira que
era un esposo incorrecto y desatento con su mujer. An haba llegado a
tiempo para ver el cadver de su esposa.... Dios mo!, cun fea era la
muerta! Ver aquellos hombros que con sus rgidas puntas parecan romper
la piel, cuando an los ojos guardaban el recuerdo de los hermosos
escotes contemplados en el baile, resultaba un contraste extrao, una
visin dolorosa que l sufra como buen marido, aunque convencido de que
nadie le agradecera tan terrible sacrificio.

En cuanto a la baronesa, estaba tambin conmovida por la fealdad de la
muerte. Era ya vieja, su fin estaba prximo, y aunque por sus aficiones
devotas estaba en relacin amistosa con Dios y los bienaventurados,
contando como seguro su ingreso en la corte celestial, no por esto
dejaba de producirle una impresin anonadadora el espectculo de la
muerte.

Adems, sus gustos y sus delicadezas de persona distinguida sublevbanse
a la vista de un cadver, y comenzaba a encontrar que en aquel gabinete
exista un olor especial que hera e irritaba su aristocrtico olfato.

El rudo y fiel criado a quien la reciente desgracia haba hecho olvidar
lo que era y representaba en aquella casa, lanz una mirada altiva e
interrogadora a la baronesa y a Ordez, esperando que stos se
acercasen al cadver; pero al ver que permanecan inmviles, levant los
hombros con expresin desdeosa y de desprecio, y agarr el inanimado
cuerpo para conducirlo a la cama.

Anduvo algunos pasos cargado con aquel cadver que pesaba menos que un
nio, oprimindolo contra su pecho con expresin cariosa y paternal y
procurando que la inanimada cabeza descansase sobre su hombro. Los
cados brazos golpeaban suavemente sus rodillas, como si la muerta
acariciase cariosamente al nico ser que haba hermoseado los ltimos
das de su existencia con un poco de amor y abnegacin.

Al llegar cerca de la cama, el criado volvi la cabeza, con instintivo
impulso, y al ver a los que estaban en la puerta no pudo ahogar una
exclamacin de sorpresa.

La baronesa de Carrillo aspiraba con codicia el contenido de un bote de
perfume, mientras que en honor a las circunstancias haca esfuerzos
porque asomasen algunas lgrimas a sus ojos; y el lindo Ordez se
tapaba la cara con las manos para llorar, pero lo que agitaba su cuello
no era el estertor del llanto, sino el escalofro de la repugnancia y de
la nusea.

El honrado Pedro sinti que en su interior despertaba una indignacin
feroz y que, a no tener sus brazos ocupados en el cadver, le hubiese
arrastrado al homicidio. Pens en el pasado, en que aquella vieja
aristocrtica y aquel aventurero distinguido eran los principales
causantes de la muerte de Mara, de aquella joven infortunada nacida
bajo el peso de una fatalidad y que haba atravesado la vida pagando
cada minuto feliz con interminables aos de dolor; y olvidando su
condicin de criado, pensando nicamente en que en tal momento
representaba al pobre padre muerto all en Pars y a todos los Baselgas
cados, uno tras otro, en la inmensa red de la negra araa jesutica,
fij sus ojos centelleantes en la ta y el sobrino, y con voz ruda,
atronadora, como si saliese de la boca de un dios vengador, les
apostrof diciendo:

--Canallas! Tienen asco!




EPILOGO


Eran las cinco de la tarde y la calle de Alcal presentaba el brillante
aspecto propio de la principal arteria de una gran ciudad, a la hora en
que la aristocracia comienza su da y tumbada en el fondo de sus
carruajes se deja conducir con el suave balanceo de los muelles al
paseo, donde se saludan y se dirigen sonrisas las gentes que se ven
diariamente en todos los puntos de diversin y esparcimiento.

La tarde era esplndida. El sol de la primavera campeaba en un cielo
azul matizado por jirones de blancos vapores, y la hermosura de la tarde
pareca comunicarse al alma de las gentes que discurran por las aceras
con cierta expresin satisfecha mirando los carruajes que pasaban
veloces por el centro de la calle.

Era el primer da que el antiguo asistente de don Esteban Alvarez se
senta un tanto alegre despus de la muerte de la condesa de Baselga,
ocurrida ocho meses antes.

Esta desgracia le haba sumido en una melancola horrible, y cuando
volvi del cementerio, despus que el fretro fu sepultado en el
panten de los Baselgas, aquel pobre hombre se juzg ya solo en el
mundo y sin un ser que le conociese.

El cuidado de la infeliz enferma fu su ltima ocupacin grata; despus
de esto, su corazn quedaba muerto, y cayendo en una espantosa
misantropa, el infeliz se crey en un desierto, donde era imposible que
encontrase ms seres que excitasen su cario y que no correspondieran a
su afecto con una terrible indiferencia.

La indignacin que haba mostrado junto al cadver todava caliente de
Mara, y las sordas amenazas que profiri contra la baronesa y Ordez,
hicieron que el mismo da del entierro fuese despedido de la casa.

El pobre Pedro vivi miserablemente con sus escasos ahorros durante un
par de meses, y al fin pudo encontrar una colocacin modesta, que apenas
si le daba para comer.

Aquel hombre sencillo y leal, al considerarse tan completamente solo en
el mundo, acoga la vida como una carga pesada que haba de sobrellevar
forzosamente.

No poda acostumbrarse a vivir en tan completa soledad, pues haca ya
muchos aos que su existencia se deslizaba siempre al lado de un ser
querido. Primero tena a don Esteban Alvarez, que era el objeto de todas
sus atenciones; despus le haban ocupado los cuidados que deba dedicar
a aquella infeliz joven, cuyo organismo estaba minado por la tisis; y
ahora, al contemplarse slo, sin otra ocupacin que la de ganarse el
pan, y arrojado en el seno de una sociedad indiferente, el desgraciado
Pedro, a pesar de que gozaba de absoluta libertad, se crea an en la
poca de su juventud, en que, por salvar a su amo, fu herido, hecho
prisionero y conducido a Ceuta, donde se vi en absoluto aislamiento.

El antiguo asistente tuvo noticia de cuanto ocurri en la familia a
quien serva despus de la muerte de la condesa.

La baronesa de Carrillo, que hered toda la fortuna de su sobrina,
habala cedido a los padres jesutas, quienes se apresuraron a vender el
hotel del paseo de la Castellana y los dems inmuebles de que constaba
la herencia, y a realizar los ttulos que representaban el resto de
aquel respetable capital.

Doa Fernanda, limitada a la pequea fortuna que haba heredado de su
madre, la intrigante Pepita Carrillo, y que era suficiente para sus
modestas necesidades, dedicbase ahora con ms entusiasmo que nunca a
su propaganda devota, y pasaba la mayor parte del ao fuera de Madrid,
visitando conventos y organizando en provincias cofradas de damas
aristocrticas.

En cuanto a Ordez, sin otro auxilio ya que la proteccin del padre
Toms, haca su vida de soltero y ocupaba un lindo entresuelo, gastando
con la prodigalidad de siempre el producto de lo que haba podido
sustraer a la voracidad de los jesutas, as como lo que le
proporcionaba su antiguo crdito, pues no haba perdido la costumbre de
contraer deudas.

Pensando en la rapidez con que se haba deshecho tan grande fortuna
entre las manos de los jesutas, suba Pedro la calle de Alcal, con
paso lento, pues an le quedaba tiempo para acudir a su cita.

Dos das antes haba experimentado una inmensa alegra, que rompi la
abrumante soledad que le rodeaba, demostrndole que an quedaban en el
mundo seres que le reconocan y que le daban el ttulo de amigo. A la
puerta de un caf le detuvo un caballero joven, echndole los brazos al
cuello y celebrando con ruidosas carcajadas el inesperado encuentro.

Era Agramunt, el revolucionario Agramunt, que haba regresado a Espaa
en virtud de una ley de amnista que acababa de dar el Gobierno, y que
antes de volver a Barcelona detenase en Madrid algunos das para
cumplir ciertos encargos polticos.

Aquellos antiguos amigos, que tantas cosas tenan que contarse, pasaron
horas muy felices recordando el pasado, y apenas terminaban sus
ocupaciones iban a buscarse inmediatamente para pasar la noche juntos,
hablando de Zarzoso, de Alvarez, de su desgraciada hija, y de todas
cuantas personas conocan, aunque slo fuera de odas, por haber
intervenido ellas en tan triste historia.

Como Agramunt tena dinero, convidaba generosamente a su antiguo amigo,
y aquella tarde Pedro iba en su busca para dar un paseo juntos, antes de
ir a comer a Fornos.

En la esquina del Suizo se encontraron los dos amigos, y cogindose
familiarmente del brazo, emprendieron la marcha hacia el Retiro.

A los pocos pasos llamles la atencin un hombre de aspecto elegante,
que pas galopando sobre un hermoso caballo ingls, y mirando a todas
partes con expresin de superioridad insolente y desdeosa.

--Mire usted, Agramunt--dijo Pedro tocando con el codo a su amigo--. No
quera usted conocer a Ordez? Pues, se es.

--Ah, bandido!--exclam el joven escritor con amargura--. Ah va
orgulloso como un rey, saludando a las gentes, que se apresuran a
contestarle, y, sin embargo, muchos asesinos mueren en el patbulo con
menos causa que l. Qu sociedad sta!

Los dos amigos, al llegar frente a la iglesia de San Jos, se
detuvieron, pues Pedro, que tena muy buena vista, sealaba con un gesto
a una seora vestida de negro, que, bajando de una modesta berlina, se
dispona a entrar en el templo.

--Aqulla es la baronesa. Es tan mala como ese Ordez; pero, al menos,
por pudor, sabe fingir y an lleva luto por la muerte de su sobrina. No
es como el botarate del marido, que un mes despus de fallecer la
condesa, ya se presentaba en pblico, divirtindose sin escrpulo alguno
y haciendo el amor a cuantas mujeres le gustaban. A pesar de esto, si me
diesen a escoger entre la baronesa y el sobrino...

--No te quedaras con ninguno--interrumpi Agramunt--; y comprendo que
tal hicieras, pues la vieja debe ser ms terrible que el botarate de
Ordez, porque, segn tengo entendido, ella es la mejor agente que
tienen los jesutas.

Los dos amigos estaban de espaldas a la acera, y al volverse
rpidamente, tropezaron con un anciano que, con el sombrero de copa
hundido hasta las cejas, la cabeza baja, moviendo el bastn de un modo
extravagante y murmurando incoherentes palabras, marchaba con lento
paso.

El viejo contest con un gruido feroz y una mirada irritada al empujn
de aquellos dos hombres, y sigui su camino lentamente, mientras que
Pedro se estremeca diciendo al odo de su amigo con voz ansiosa:

--Mrele usted bien. Le conoce?, le conoce?

--Quin es?--contest con extraeza Agramunt.

--El viejo doctor Zarzoso; el to de nuestro desgraciado amigo don Juan.

--Hablmosle. Tal vez se alegre ese pobre viejo de conocer a quien fu
tan amigo de su sobrino.

--No--contest Pedro con acento triste--. Tal vez nos arrepentiramos de
revivir en el anciano penosos recuerdos. El pobre doctor, desde aquella
maana en que le llevaron a su casa el cuerpo de su sobrino asesinado
por Ordez, perdi casi por completo la razn, y si en la actualidad no
le tienen encerrado en el mismo manicomio que l fund, es porque su
locura es pacfica y no da a nadie el menor motivo de queja. Va por
todas partes lo mismo que usted lo ve ahora, y si alguien le habla, l
contesta incoherentemente; su mana es que las leyes deben reformarse y
que es un absurdo que la sociedad, mientras castiga al hombre de blusa
que ebrio y rabioso mata a la puerta de una taberna, tiende su mano
protectora sobre el hombre distinguido que ante cuatro amigos atraviesa
de una estocada a un semejante.

--Pues no discurre mal el viejo doctor--dijo Agramunt--. Me parece que
l es cuerdo, y que los locos son los que se burlan de sus palabras.

--Ha perdido por completo la memoria--continu Pedro--. Cuando le hablan
de su sobrino escucha con gran extraeza, y en vez de contestar re de
un modo que causa miedo. Ay, amigo Agramunt! Si usted viera qu pena
causa en todos los que tratan al doctor ese estado de imbecilidad en que
ha cado, un hombre tan sabio e ilustre!...

Los dos amigos permanecieron inmviles durante mucho rato, siguiendo con
la vista al pobre loco que se alejaba lentamente, y cuando ste se
confundi con los dems transentes, ellos volvieron a emprender la
marcha, cabizbajos y visiblemente emocionados por aquel doloroso
encuentro.

Agramunt pensaba en las crueldades de la fatalidad que ocasiona a los
humanos tan terribles tristezas.

Estaban ya frente al ministerio de la Guerra y junto al palacio del
Banco de Espaa, todava en construccin, cuando les hizo detener el
paso un grupo de curiosos, en el centro del cual se movan los kepis de
los guardias de Orden pblico.

--Qu es eso?--pregunt Agramunt a su compaero, que se haba
adelantado para enterarse de lo que ocurra.

--Poca cosa. Han prendido a un ladrn que intentaba robarle el reloj a
un caballero; ahora lo estn atando... Ya se lo llevan!

Y abrindose el curioso grupo, apareci un hombre mal vestido, plido,
con el pelo pegado a la frente por el sudor, y con todas las seales de
haberse resistido fieramente antes de entregarse en manos de la Polica.
Llevaba los brazos atados por detrs, y los guardias, enfurecidos sin
duda por la anterior resistencia, le empujaban rudamente.

Aquella escena vino a aumentar aun la triste impresin que
experimentaban los dos amigos, y doblando la esquina entraron en el
Prado, al mismo tiempo que, viniendo en direccin contraria, se cruzaban
con ellos dos sacerdotes: uno joven y de rostro insignificante que
miraba humildemente al suelo, y otro que iba a su derecha, viejo,
erguido y fijando en todos los transentes sus ojos curiosos e
investigadores.

--Vive Dios!--exclam Pedro--. Esta tarde abundan los encuentros. Ah
tiene usted al padre Toms Ferrari.

Agramunt contempl con curiosidad no exenta de ira al viejo jesuta, que
se alejaba majestuosamente, convencido de su inmenso poder, y
contestando con sonrisas protectoras a los saludos respetuosos que le
dirigan algunos transentes.

Agramunt sonrea con amargura, avanzando con su amigo por el centro del
Prado.

--Ah tienes lo que es el mundo, amigo Pedro. La sociedad acosa como a
una fiera al ladrn que roba un reloj, tal vez por hambre, y en cambio
saluda y presta homenaje a otro ladrn, que ha estado preparando un robo
de millones durante muchos aos, y que para realizar su plan no ha
vacilado en premeditar asesinatos y en realizarlos con irritante
alevosa.

El joven di algunos pasos, sumido en el silencio propio de un hombre
que reflexiona, y aadi despus:

--Verdaderamente resultan admirables, por lo grandes, esos bandidos
negros. Qu sublimidad para el mal tiene el jesuitismo! Para los
obreros de la sagrada Compaa la palabra imposible carece de sentido.
El desaliento es cosa desconocida entre ellos, y con tal de realizar sus
planes a la sordina y sin escndalo, disponen de los aos y de los
siglos con la misma indiferencia que nosotros disponemos de los minutos.
Su fuerza es siempre igual, y si cae uno en sus filas, no tarda en
ocupar otro su puesto. El mundo est en peligro: la libertad y el
progreso sern palabras vanas que representarn cosas inestable mientras
siga en pie esa sombra institucin que dispone de los primeros tesoros
del mundo, aumentndolos cada vez ms, y de hombres sumisos e
inconscientes que se mueven como mquinas y marchan rectamente a su
fin, seguros de que a la corta o la larga han de lograr su objeto. La
tirana imperante los protege; no contentos con disponer de las clases
privilegiadas, intentan hoy seducir al pueblo, y si esto contina por
algunos aos, llegar el momento en que la libertad caer anonadada, y
cual otro Juliano "el Apstata", dir con desaliento al hombre que en la
historia simboliza la reaccin: "Venciste, Loyola!"

Call el escritor, y agarrando de un brazo a su amigo, detvose sin
darse cuenta exacta de lo que haca.

Sus ojos, con cierta expresin propia de un inspirado, miraron al
horizonte cubierto de vapores, que adquiran un tinto rojo, baados por
los ltimos rayos del sol.

Aquel resplandor de incendio de que pareca empapado el horizonte,
entusiasm al revolucionario.

--Mira, Pedro, mira bien. Ese incendio del cielo es la imagen del
porvenir. El fuego todo lo purifica, y en la actualidad resulta el nico
remedio. S muy bien que Torquemada senta estas ideas y las aplicaba en
favor de la reaccin. Pues bien, el mundo necesita hoy un Torquemada en
sentido inverso, que queme al presente, no en nombre del pasado, sino en
el del porvenir. Mira bien, qu alegre resplandor! Un fuego que todo lo
devore, una inquisicin que respete a las personas, pero que convierta
en cenizas todas las instituciones del presente... he ah el ms bello
porvenir para la Humanidad!

Y el joven revolucionario, como si le asaltase la idea de que an estaba
lejos aquella solucin anhelada y esto despertase su ira, cerr los
puos convulsivamente y mir otra vez al cielo, murmurando con voz
anhelante, como si hablase con un ser invisible:

--Pero cundo te decidirs a barrer tanta podredumbre? Cundo dars el
gran escobazo?

FIN DE "LA ARAA NEGRA"

       *       *       *       *       *

Los errores corregidos por el transcriptor:

geso=> gesto {pg 79}

su labios=> sus labios {pg 19}

lujura=> lujuria {pg 40}

discucin=> discusin {pg 60}

si su repeto=> ni su repeto {pg 79}

obligabla=> obligbala {pg 89}

produllo=> produjo {pg 92}

tnto=> tanto {pg 101}

paba=> piaba {pg 102}







End of Project Gutenberg's La araa negra, t. 9/9, by Vicente Blasco Ibez

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ARAA NEGRA, T. 9/9 ***

***** This file should be named 45837-8.txt or 45837-8.zip *****
This and all associated files of various formats will be found in:
        http://www.gutenberg.org/4/5/8/3/45837/

Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
produced from images available at The Internet Archive)


Updated editions will replace the previous one--the old editions
will be renamed.

Creating the works from public domain print editions means that no
one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
(and you!) can copy and distribute it in the United States without
permission and without paying copyright royalties.  Special rules,
set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark.  Project
Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
charge for the eBooks, unless you receive specific permission.  If you
do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
rules is very easy.  You may use this eBook for nearly any purpose
such as creation of derivative works, reports, performances and
research.  They may be modified and printed and given away--you may do
practically ANYTHING with public domain eBooks.  Redistribution is
subject to the trademark license, especially commercial
redistribution.



*** START: FULL LICENSE ***

THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK

To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
distribution of electronic works, by using or distributing this work
(or any other work associated in any way with the phrase "Project
Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project
Gutenberg-tm License (available with this file or online at
http://gutenberg.org/license).


Section 1.  General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
electronic works

1.A.  By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement.  If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
the copyright status of any work in any country outside the United
States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org/license

1.E.2.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
1.E.9.

1.E.3.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
terms imposed by the copyright holder.  Additional terms will be linked
to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
permission of the copyright holder found at the beginning of this work.

1.E.4.  Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5.  Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6.  You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
word processing or hypertext form.  However, if you provide access to or
distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
form.  Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7.  Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8.  You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
that

- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
     the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
     you already use to calculate your applicable taxes.  The fee is
     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
     must be paid within 60 days following each date on which you
     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
     address specified in Section 4, "Information about donations to
     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
     you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
     does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
     License.  You must require such a user to return or
     destroy all copies of the works possessed in a physical medium
     and discontinue all use of and all access to other copies of
     Project Gutenberg-tm works.

- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3.  LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from.  If you
received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
refund.  If you received the work electronically, the person or entity
providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
