Project Gutenberg's La araa negra, t. 7/9, by Vicente Blasco Ibez

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Title: La araa negra, t. 7/9

Author: Vicente Blasco Ibez

Release Date: May 30, 2014 [EBook #45835]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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 En esta edicin se han mantenido las convenciones ortogrficas del
 original, incluyendo las variadas normas de acentuacin presentes en
 el texto. (la lista de los errores corregidos sigue el texto.)




                         VICENTE BLASCO IBAEZ

                               LA ARAA
                                 NEGRA

                                NOVELA

                             SEPTIMO TOMO

                        [Illustration: colofn]

                         EDITORIAL COSMPOLIS

                            APARTADO 3.030

                                MADRID

                     Imp. Zoila Ascasbar. Martn
                      de los Heros, 65.--MADRID.




                             SEPTIMA PARTE

                            MARUJITA QUIROS

                            (CONTINUACIN)




III

Alvarez despus de la revolucin.


Al triunfar la revolucin de septiembre de 1868, Alvarez vino a Espaa,
entrando por Catalua con algunos generales emigrados. En Barcelona se
reuni con Prim, que haca su viaje insurreccional por las costas del
Mediterrneo, y entr en Madrid formando parte del Estado Mayor del
clebre general, que fu acogido en la capital de Espaa con la ovacin
ms delirante que se recuerda.

Alvarez no olvid a su asistente, quien a los pocos das entr tambin
en Madrid, completamente convertido, pues a pesar de su sencillez, no
dejaba de darse alguna importancia en vista de las atenciones recibidas
en el camino.

Haba desembarcado en Mlaga con otros deportados polticos, y desde
all hasta la corte su viaje haba sido una serie de ovaciones
tributadas por el pueblo a los que se haban sacrificado por su
libertad. Perico quera seguir siendo para su amo un fiel asistente,
pero para los dems aspiraba a honores de personaje, y muchas noches,
mientras Alvarez estaba ausente, iba l a alguno de los clubs populares
que entonces comenzaban a formarse y reciba all de los oradores los
elogios destinados a los mrtires, conmovindose hasta el punto de
derramar lgrimas.

Uno de los ms fervientes deseos de Alvarez era encontrar a don Pedro
Corrales, aquel inesperado y extrao protector que le haba salvado la
vida. Fu a la calle de San Agustn, y nadie, en aquella vieja casa,
pudo contestar a sus preguntas. El polica y su moza no vivan ya all;
la vieja prestamista aun ocupaba el primer piso, pero en las
conferencias que a travs del ventanillo de su puerta sostuvo con el
militar, no le di noticia alguna.

Don Pedro se haba trasladado haca ms de un ao, no se sabe dnde. A
esto quedaban reducidas todas las noticias.

Busc Alvarez por todos lados, ganoso de encontrar a su protector, pero
sus gestiones fueron intiles. Su cajn de memorialista no exista ya.

El agitado ocano de Madrid se haba tragado a aquel nufrago social que
con tanta dignidad y santa sencillez saba mantenerse en su infortunio.

Haba muerto vctima de la miseria? Haba cambiado su fortuna en
aquellos dos aos? Haba encontrado al fin el valor que le faltaba para
reunirse con su Ramona?

Alvarez no supo nunca nada de aquel hombre, cuyo recuerdo qued fijo por
siempre en su memoria.

Su encuentro con aquel viejo haba sido de esos que ocurren en la vida,
y que, a pesar de pasar fugaces, impresionan ms que las amistades
eternas.

El memorialista era, para la vida de Alvarez, un elemento necesario. Le
haba encontrado en el momento preciso, y despus el destino le hizo
desaparecer. Los dos haban sido como los buques que se encuentran en
los desiertos mares; se prestan auxilio, se exponen al peligro el uno
por el otro, y despus se alejan con igual indiferencia para no
encontrarse jams.

Alvarez slo fu ascendido a comandante, mientras que oficiales que
haban permanecido en Espaa, no atrevindose a desenvainar nunca la
espada por la revolucin, saltaban ayudados por el favor, y de un solo
golpe, dos o tres empleos.

Haba en el infatigable conspirador, en el hroe del 22 de junio, algo
que le haca poco simptico a los ojos de aquella brillante plyade
militar que se reuna en los salones del ministerio de la Guerra, donde
Prim daba audiencia a sus cortesanos de espada.

El comandante Alvarez era republicano, y a tal punto llevaba su fe
poltica entre todos aquellos soldados de fortuna, que eran partidarios
de la revolucin porque a la sombra de sta se alcanzaban entorchados,
que no vacilaba en manifestar su pensamiento ante el mismo Prim, que tan
justa fama tena de poco sufrido.

Las manifestaciones monrquicas que haba hecho el general al
desembarcar en Barcelona, le haban descorazonado. Adis, dolo! Prim,
que hasta entonces haba sido para l un ser sobrenatural, un patriota
sin precedentes en la historia de Espaa, convertase ahora, ante sus
ojos, en un poltico doctrinario incapaz de romper los moldes forjados
por sus antecesores, y ansioso nicamente de ser la espada protectora,
el _facttum_ de una monarqua con ciertos visos de democracia.

Alvarez no vacil en decir al marqus de los Castillejos la opinin que
le mereca, y de aqu que las recompensas revolucionarias fuesen tan
parcas para l, como exorbitantes para otros.

Prim apreciaba mucho a su antiguo agente; saba de lo que era capaz y
tena inters en conservarlo a su lado, por lo que intent atraerlo a
sus planes polticos favorables a una monarqua democrtica. Prometile
el mando de un regimiento y el fajn para de all a poco tiempo, si se
declaraba adicto a la monarqua que soaba fundar, pero todas sus
seducciones se estrellaron contra el austero republicanismo del
comandante.

El haba trabajado por la revolucin y expuesto mil veces su vida en la
creencia de que aqulla era para arrojar por siempre los reyes de
Espaa; con esta idea haba militado a las rdenes de Prim, pero ahora
que ste se decida en favor de la institucin monrquica, l le
abandonaba, y aunque la disciplina militar obligbale a ser fiel al
gobierno provisional su corazn estaba de parte de la Repblica
federativa, de aquella Repblica que Pi y Margall, Castelar, Orense,
Garrido y otros iban predicando por todas las provincias de Espaa.

Entre el progresismo triunfante que le ofreca todos los honores y
grandezas de la victoria, y el evangelio republicano que comenzaba a
conquistar el corazn de las masas humildes y necesitadas, estaba con el
ltimo, as como unos cuantos meses antes estaba por los derechos del
pueblo, contra la tirana de los Borbones.

Alvarez rompi abiertamente con Prim.

--Ese chico es un loco--deca el general en su tertulia--. Siento que se
aleje, porque es un buen amigo. Veremos qu le dan esos republicanos, a
cambio del sacrificio que hace alejndose de m.

Alvarez qued en Madrid, aunque sin incorporarse a Cuerpo alguno.

Libre de aquellas ocupaciones polticas que tanto tiempo le haban
absorbido, dedicse a cumplir un deseo que haca tiempo le agitaba.

En la emigracin haba sabido la muerte de Enriqueta. Lea los
peridicos espaoles, y especialmente de Madrid, para estar al tanto de
los acontecimientos polticos ocurridos en su patria, y muchas veces
tropezaron sus ojos con el nombre de la baronesa de Carrillo, eterna
presidenta de cuantas cofradas celebraban fiestas religiosas u
organizaban cuestaciones caritativas. A pesar del odio que profesaba a
doa Fernanda, alegrbase cada vez que encontraba su nombre, pues esto
parecale que le aproximaba a la mujer amada.

Quiso enterarse varias veces de la suerte de Enriqueta y de su viudez,
en la que tanta participacin haba tenido Perico; y aunque pens en
escribirle, nunca lleg a atreverse.

Por un periodista que fu a Amberes, donde l se encontraba con Prim,
supo que Enriqueta se hallaba enferma, pero no lleg a persuadirse de la
verdad de esta noticia, pues el que la daba hablbale con el tono vago e
indeciso del que no se entera de cosas que le son indiferentes.

Un da, leyendo en el caf de Madrid, en pleno _boulevard_ Montmartre,
un nmero de _La Epoca_, encontrse con una esquela mortuoria que le
hizo palidecer. Era la de Enriqueta. En un suelto de regulares
dimensiones que el cronista del mundo elegante dedicaba a la finada,
ley que sta haba sufrido una larga enfermedad que la tena privada de
conocimiento a consecuencia de la sorpresa que experiment el 22 de
junio al ver a su querido esposo muerto a las puertas de su casa. El
revistero aristocrtico aprovechaba la ocasin para anatematizar a los
feroces revolucionarios y hacer la apologa de la reina y de la nobleza
de sangre. A Alvarez le hizo aquello mucho dao. Ignoraba la verdadera
causa de aquella enfermedad de Enriqueta; no saba que sta le crea
fusilado, y al leer lo que el revistero deca sobre el inmenso cario
que la seora de Quirs haba profesado a su esposo, pasin que se
acrecent despus de la muerte, experiment terribles celos y se dijo
con ferocidad de amante ofendido, como si la infeliz viviera:

--Fese usted de las mujeres! Tanto como pareca quererme, y ahora
resulta que muere enamorada del pillete de su marido!...

La imagen de Enriqueta ya no ocup desde aquel da el lugar preferente
en la memoria de Alvarez; pero cuando ste se vi en Madrid despus de
triunfar la revolucin, uno de sus ms vehementes deseos fu el ver a su
hija, a la pequea Mara, que slo haba contemplado furtivamente en
aquellas tardes que Enriqueta, esposa ya de Quirs, acuda a sus
inocentes citas.

El comandante volvi a rondar como en otros tiempos el palacio de
Baselga, pero ahora con ms aplomo y convencido de su derecho.

No iba en busca de amores; era un padre que quera ver a su hija.

Entonces fu cuando la baronesa de Carrillo le vi un da desde un
balcn, y si la devota seora experiment gran susto al creerle un
aparecido, no fu menor la alarma que sinti cuando lleg a convencerse
de que era un hombre de carne y hueso, o ms bien dicho, que era aquel
mismo _pillete republicano_ que tantos disgustos le haba proporcionado
y que tan antiptico le resultaba siempre.

La baronesa, con su fino olfato de beata, adivin inmediatamente lo que
significaban aquellos paseos del militar.

Oh! No caba dudarlo! Alvarez era el verdadero padre de Marujita, y,
sin duda, senta el deseo de verla y estrecharla entre sus brazos.

Y pensar que aquel miserable haba mezclado su sangre plebeya con la de
una familia tan aristocrtica!

Pero a la baronesa no le dur mucho tiempo la indignacin que le
producan tales consideraciones.

Pens en su situacin actual, en la revolucin que tanto horror le
causaba, y en que aquel hombre odiado era de los victoriosos y deba
disponer de las masas que aterrorizaban a la baronesa, con su aspecto
poco distinguido.

Si proyectara robarle la nia?

Haba que ser prudente y no hacer, como en pasadas pocas,
demostraciones de desprecio a aquel ogro que la maldita revolucin pona
nuevamente ante ella.




IV

Un revolucionario y una beata.


En toda la noche no pudo dormir la baronesa, agitada por los
pensamientos que la produca el haber visto a Alvarez la maana
anterior.

A la madrugada, cuando ya sonaba en las calles el campanilleo de las
burras de leche y el cencerro de las vacas, pudo atrapar el sueo, pero
no goz de tal dicha por muchas horas.

Eran las once cuando entr su lenguaraz doncella a avisarle, con tono de
alarma, que haba estado a visitarla un comandante, anunciando que
volvera a la una, pues tena que hablar con urgencia a la seora.

El modo con que la doncella deca estas palabras, acab de disipar la
torpeza que invada a doa Fernanda, bruscamente sacada de su sueo.

Adivinbase que aquella muchacha conoca a Alvarez y no ignoraba la
importancia que tena la visita.

La baronesa as lo comprenda. Dios sabe de cuntas murmuraciones
habra sido objeto su difunta hermana por parte de la servidumbre, gente
respetuosa e inmvil que parece no fijarse en nada y, sin embargo, lo ve
todo!

Doa Fernanda, herida por la audacia que demostraba Alvarez
presentndose en su casa, salt inmediatamente del lecho y comenz a
vestirse.

Dios mo! Que quera aquel hombre? Cmo se atreva a poner los pies
en aquella casa? Con qu derecho quera hablar nada menos que a una
baronesa muy catlica y no menos ilustre? Que se fuera a sus centros, a
sus clubs, a sus logias horripilantes, donde se pisoteaba a Cristo, se
cometan los mayores sacrilegios y se pronunciaban terribles palabras
que mataban a una persona slo con orlas. Mire usted! que era audacia
la de aquel demagogo.

Lo nico que la consolaba es que ella hablara con _Paco_ Serrano, que
la estimaba mucho, y sabra meter en vereda al audaz comandante.

Estaba resuelta a no dejarse imponer por el descamisado y di orden
terminante a la doncella para que no le permitiera la entrada.

Pero no tard en cambiar de opinin. Parecile, sin duda, indigno de
ella el evadir la presencia de Alvarez, y bien fuese por imposicin de
su dignidad, o por no tener un enemigo en un hombre que figuraba entre
los revolucionarios a quienes ella tanto tema, lo cierto es que di
contraorden a su doncella, la cual fu autorizada para hacer entrar al
comandante en el saln as que se presentara.

Una hora despus, Alvarez, vestido de uniforme, entraba en el saln de
la baronesa Esta le hizo aguardar mucho rato, y, por fin, se present,
vestida de negro, con rostro austero y todo el aspecto de una reina
viuda.

Al ver al comandante, que se puso en pie respetuosamente, hizo doa
Fernanda uno de esos gestos de extraeza corts que se reservan para las
personas desconocidas cuyas intenciones son un problema.

Cuando los dos estuvieron sentados, el comandante comenz a hablar a la
baronesa, que le escuchaba con gesto altivo y casi impertinente.

--Seora: no s si usted me conocer.... Que no? No lo extrao. Hace ya
mucho tiempo que no nos hemos visto, y las circunstancias de la vida me
han envejecido bastante. Sin embargo, tal vez haga usted memoria cuando
sepa mi nombre. Yo soy Esteban Alvarez.

Doa Fernanda volvi a hacer con su cabeza signos negativos.

--A pesar de esto, usted me conoce, seora. Nunca nos hemos hablado,
pero tengo la seguridad de que yo no soy para usted un desconocido. Tal
vez recuerde usted mejor cuando yo le diga que fu novio de su difunta
hermana Enriqueta. Creo que algunas veces he tenido la desgracia de
incurrir en la muda indignacin de usted.

Y Alvarez dijo estas palabras sonriendo discretamente.

La baronesa ya no pudo seguir negando y acogi aquellas palabras con la
expresin del que recuerda una cosa que le interesa poco.

--Ah, s, caballero! Me parece recordar que mi hermana tena un capitn
que pareca algo enamorado de ella.... Era usted mismo, caballero?
Vaya, pues lo celebro mucho. Ya sabr usted que la pobrecita muri.

Y doa Fernanda rea desdeosamente, envuelta en su superioridad de raza
y esforzndose en darle a entender con su actitud que el haber tenido
relaciones amorosas con su hermana no autorizaba a ningn plebeyo, y por
aadidura, revolucionario, para inmiscuirse en el seno de una familia
de antigua nobleza.

--S, seora. S que muri Enriqueta y ste es el mayor infortunio de
cuantos he experimentado. Ha sido mi nico amor.

--Veo que es usted constante, caballero--dijo la baronesa con acento
sarcstico--. No podra decir lo mismo mi pobre hermana, si viviese,
pues ya sabr usted que ella contrajo matrimonio despus de sus
galanteos con usted. Se cas con un hombre distinguido y de gran
talento, que muri heroicamente peleando en favor de las doctrinas de
sus mayores y de los intereses del orden y de la familia.
Desgraciadamente, hoy no estn en moda tales esfuerzos, pues nos han
salido otros hroes de nueva clase.

La baronesa profesaba gran simpata a su cuado Quirs, aun despus de
muerto, y como si no conociera las circunstancias de su desgraciado fin,
complacase en forjarse una novela sobre sus ltimos instantes y en
tenerlo como un hroe, que, consecuente con los principios que siempre
predicaba habase batido el 22 de junio como un len, siendo mrtir de
la monarqua y del catolicismo. En todas partes hablaba de su cuado,
llamndole hroe y mrtir sublime, y la sociedad que la rodeaba creala
o finga creerla, pues a todos interesaba el formarse dentro de su clase
un grande hombre.

Por los labios de Alvarez vag una dbil sonrisa al encontrarse
convertido en hroe al despreciable Quirs, pero se abstuvo de todo
comentario sobre esta creencia, as como sobre las ltimas palabras de
la baronesa, que eran una stira contra la revolucin, y sigui como si
no se hubiera fijado en tales expresiones.

--Conozco, seora, el matrimonio de su hermana; s lo que esto
significaba, y de igual modo, hasta qu punto era su esposo ese seor
Quirs de quien usted habla. Slo conociendo estas cosas, como las
conozco, es como yo me he limitado a callar hasta el presente y no he
hecho uso de un derecho que tengo, si no valedero ante la sociedad,
legtimo como el que ms a los ojos de la Naturaleza.

--Dios mo, caballero!--dijo con fina sonrisa la aristcrata--. Habla
usted de un moldo tan imponente, que siguiendo por este camino llegar a
aterrorizarme. Adems, no s qu derechos pudiera usted tener sobre mi
hermana. Que era novia de usted? Conforme. Que se escriban cartitas y
algunas maanas se vean en el Retiro? No lo s cierto, pero algo he
odo decir y no quiero ponerlo en duda. Pero esto, seor mo, no
autoriza a nada. Quin no sabe lo que son amoros a los veinte aos?
Tienen esta clase de relaciones alguna importancia para crear esos
derechos de que usted habla en tono tan formal? Si todas las muchachas
tuvieran que quedar ligadas eternamente con aquellos hombres a los que
hubiesen dado palabra de fidelidad a los veinte aos, le aseguro a usted
que el amor, y hasta la vida, seran imposibles. Crea usted, caballero,
que no entiendo lo que usted dice.

La baronesa fingase con habilidad completamente ignorante de cuanto
haba existido entre Enriqueta y Alvarez, y aunque no se senta muy
tranquila en presencia de aquel hombre, empujaba hbilmente la
conversacin hacia un punto que excitaba su inters y que era lo que
principalmente haba motivado su repentina decisin de admitir al
revolucionario en su casa.

Deseaba saber la verdad de las relaciones entre su hermana y Alvarez.
Durante la enfermedad de Enriqueta, sta, con palabras sueltas, la haba
dado a entender algo que pudo aadir a lo mucho que ya saba sobre la
aventura de su hermana y el modo con que Quirs haba logrado
explotarla, pero le faltaba conocer la historia con todos sus detalles,
y por esto impulsaba hbilmente a aquel enemigo a que saciase su
curiosidad.

Alvarez, al notar el desprecio corts con que le trataba la baronesa y
la certeza con que le negaba todo derecho sobre Enriqueta, queriendo
hacerlo pasar como a un extrao, indignse, y aunque con bastante
discrecin, para no herir de lleno la honra de su difunta amante,
comenz a relatar todo lo ocurrido desde el da en que la hija del conde
de Baselga huy de su casa para ir a buscarle a l en su modesta
vivienda.

La baronesa le escuchaba atentamente, a pesar de que finga incredulidad
conforme avanzaba la relacin. En vez de indignarse, al saber la
estratagema villana de que se haba valido Quirs para comprometer a
Enriqueta, encontr que tena mucha gracia la intriga y ratific
interiormente el concepto de hombre de talento en que tena a su cuado.
Lo que ms estupefaccin le produjo fu la noticia de que Quirs slo
era marido de Enriqueta en apariencia, pues sta, fiel siempre al
recuerdo del que era padre de su hija, no haba concedido la menor
confianza al aventurero que por tan villanos medios consigui su mano.

A pesar de la impresin que le produjo esta noticia, la baronesa
protest inmediatamente.

--Caballero; eso que usted me cuenta es abominable. Adems, fcilmente
se conoce que todo es pura fbula. Cmo puede usted estar tan enterado
de lo que, segn afirma, ocurra en esta casa? Cmo conoce usted esa
frialdad que supone en las relaciones de los dos difuntos esposos?

--Seora--contest el capitn con dignidad--. Yo no miento nunca. Le
juro a usted, por mi honor de soldado, que esto que le digo lo s por la
misma Enriqueta. Ella me lo dijo al justificar su conducta cuando yo le
pregunt sobre su casamiento.

--Y cundo pudo usted verla?--observ con incredulidad la baronesa--.
Segn usted acaba de decirme huy de Madrid perseguido por las
autoridades la misma noche en que mi hermana, con una ligereza
inconcebible, abandon esta casa. No creo que usted haya vuelto por
Espaa, hasta ahora, estando como estaba sentenciado a muerte.

--Pues volv, seora: vine aqu para tomar parte en el movimiento del 22
de junio, algunos meses antes.

La baronesa, a pesar de que saba muy bien que Alvarez haba estado en
Madrid despus de su primera fuga y que en la calle de Atocha lo haba
visto su hermana, prximo a ser fusilado, hizo un gesto de extraeza y
luego pregunt con marcada incredulidad:

--Y cmo hablaba usted entonces con Enriqueta? Le advierto a usted que
mi hermana ha vivido siempre muy unida a m, y que son pocas las cosas
que ha hecho de las cuales no me haya yo enterado inmediatamente.

--Duda usted, seora, que yo hablase con Enriqueta despus que volv
ocultamente de mi primera emigracin? Pues yo le dar detalles que le
probarn cuanto digo. Habl por primera vez con Enriqueta en una
iglesia, cuyo nombre no recuerdo en este instante, pero en la cual
predicaba entonces un jesuta llamado el padre Luis, cuyos sermones
causaban verdadero furor. Era una tarde en que usted estaba enferma y
Enriqueta fu sola al templo. Al terminar el acto hablamos largamente, y
sin que yo la obligase a ello me relat la vida que haca con su esposo.
Desde entonces nos vimos con gran frecuencia, aprovechando todas las
tardes en que usted no acompaaba a su hermana. Le juro a usted que
Enriqueta supo respetar la nueva posicin que ante el mundo tena y no
me permiti nunca la menor libertad en nuestras sucesivas entrevistas.
Ya ve usted, seora, que doy bastantes detalles para ser credo.

La baronesa estaba convencida interiormente de la veracidad de cuanto
deca Alvarez.

Saba por las palabras que se haban escapado a Enriqueta que su hija
lo era de Alvarez, y ahora, recordando la frialdad con que su hermana
haba tratado siempre a Quirs, convencase de que no era menos cierta
aquella separacin absoluta que en secreto observaba el matrimonio.

Pero a pesar de esto, la baronesa no estaba dispuesta a aceptar como
buenas tales explicaciones. Sublevbanse sus preocupaciones de
aristocrtica ante la posibilidad de reconocer como pariente a un hombre
como Alvarez, y acogi todas sus palabras con gesto de superioridad
desdeosa.

--Podr ser verdad cuanto usted afirma; pero, Dios mo!, resulta todo
eso tan extrao!...; parece un captulo de novela.

El comandante palideci al escuchar estas palabras, que equivalan a un
insulto, pero se contuvo y supo dominar su clera, limitndose a
contestar que l respetaba a las seoras lo suficiente para no sentirse
molestado por sus expresiones.

--Y en resumen, caballero--continu doa Fernanda--, qu es lo que
usted desea? No creo que haya venido a esta casa con el solo objeto de
desenterrar moralmente a mi pobre hermana, contndome una historia que,
en realidad, me ha interesado poco.

--Seora, he venido aqu impulsado por unos sentimientos que apreciara
usted mejor si fuese madre. Vengo a ver a mi hija. No tengo familia en
el mundo ni seres que me amen, y esa nia constituye toda mi ilusin.
Quiero ver a Marujita.

La baronesa, a pesar de que estaba preparada y saba que el visitante
expondra tal demanda, no pudo evitar un movimiento que mostraba su
intranquilidad.

--Oh! No se asuste usted, seora--se apresur a decir el comandante con
extremada dulzura--. No pretendo arrebatarla a usted esa nia, a la que,
segn tengo entendido, cuida usted como una madre. Nunca he tenido tal
intencin; adems me sera imposible encargarme de ella, pues mi
profesin y mi modo de vivir me imposibilitan de tener nios a mi
cuidado. Usted la tendr siempre, seora; usted la conservar a su lado;
yo nicamente le pido un favor pequeo, insignificante. Slo quiero
tener libre la entrada aqu, para venir de vez en cuando a dar un beso a
mi hija.

Se detuvo el comandante y despus dijo con la indecisin y la timidez
del que solicita una cosa indispensable y teme no se la concedan:

--No poda yo verla ahora mismo?

La baronesa creci en orgullo al verse solicitada tan humildemente y
contest con una mentira:

--No; ahora es imposible. La nia ha salido a pasear, en compaa de su
aya. El mdico ha ordenado para ella los paseos matinales.

Alvarez hizo un gesto de resignacin: otra vez sera ms afortunado.

Rein un largo silencio que la baronesa emple en preparar una pregunta
que haca rato escarabajeaba en su lengua. Desde que ella supo que
Alvarez haba tomado parte en la jornada del 22 de junio, con todos los
dems sucesos que Enriqueta, durante su enfermedad, relataba con
bastante incoherencia, la baronesa haba adquirido la conviccin de que
aquel hombre odiado era el autor de la muerte de Quirs. No tena ms
certidumbre que la que proporcionaba su antipata, pero para ella era
indiscutible que estando Alvarez en aquella revolucin, forzosamente
haba de ser el matador de su cuado.

Deseaba afirmarse en su creencia, y por esto buscaba el medio de abordar
a Alvarez, de modo que le sorprendiera, arrancndole la verdad.

Por fin rompi aquel largo y embarazoso silencio, del cual no saba cmo
salir su interlocutor.

--Diga usted, caballero. Usted debi encontrarse en la barricada que el
22 de junio levantaron ah, en la cercana plaza. Enriqueta me dijo que
lo vi a usted escapar.

--Ah!... Le dijo Enriqueta que me haba visto prximo a ser fusilado?

La baronesa comprendi que daba un paso en falso para su orgullo si
revelaba a aquel hombre que el espectculo de su prxima muerte haba
sido causa de la enfermedad de su hermana.

Esto equivala a darle a entender que Enriqueta le haba amado hasta la
muerte.

--Bah! Enriqueta nada vi, o, al menos, nada me dijo. La pobrecita
estaba impresionada por la vista del cadver de su esposo, al que amaba
mucho, aunque usted se empee en afirmar lo contrario. Esto fu lo que
la produjo su lenta agona. Pero conteste usted, caballero: Estaba
usted en la barricada de la plaza de Antn Martn?

El comandante contest afirmativamente.

--Pues entonces usted sabr quin mat a mi cuado. Nadie lo vera mejor
que usted.

La baronesa recalc mucho estas palabras, y Alvarez, incapaz de
fingimientos, y creyendo que ella conoca la participacin que su
asistente Perico haba tenido en el suceso, se inmut hasta el punto de
palidecer y balbucear con visible dificultad una dbil excusa.

--No, seora; no vi nada. No s quin pudo ser el matador.

--Oh!--afirm doa Fernanda con vehemencia varonil--. Lo sabe usted
perfectamente. El rostro le hace traicin; est usted turbado y se
delata como asesino del pobre Quirs. Ya estaba yo convencida de que el
matador no poda ser otro que usted.

Alvarez, absorto ante aquella acusacin inesperada, slo supo levantarse
del silln, exclamando con una extraeza que acreditaba su inocencia:

--Yo, seora! Yo asesino! Usted no me conoce.

--S, usted--grit doa Fernanda con la faz rubicunda por la clera y
ponindose en pie--. Salga usted inmediatamente de aqu.

Y serenndose inmediatamente dijo con una irona cruel:

--A menos que en los presentes tiempos revolucionarios, los hombres como
usted estn autorizados para venir a turbar la paz de una casa honrada y
para insultar con su presencia a una dama respetable.

Alvarez cerr los ojos con nerviosa contraccin, como si acabase de
recibir un latigazo en pleno rostro, y apret convulsivamente sus puos.
Ira de Dios! Por qu aquel marimacho no haba de cambiarse en hombre
para tener l el gusto de pulverizarlo a golpes!

La lengua de la baronesa era demasiado expedita y sus insultos
sobradamente crueles para sufrirlos con calma; pero a pesar de esto an
hizo Alvarez un esfuerzo y se domin, consolndose con la idea de que se
sacrificaba por su hija.

--Seora, le ruego que se calme, por lo que usted ms quiera. Yo no he
sido nunca asesino. Profesaba a Quirs un justo odio, pero para vengarme
de l acud a medios nobles y leales, como l podra atestiguarlo si
viviese.

--Salga usted! Salga usted ahora mismo!--repeta con tenacidad la
baronesa, que deseaba aprovechar la ocasin para librarse de su enemigo.

Saba ya de Alvarez cuanto deseaba, y ahora quera separarse cuanto
antes de un hombre que le era odioso.

--Eh, seora! Yo he venido aqu por un asunto que usted seguramente
olvida. Quiero ver a mi hija, necesito darla un beso, despus de una
larga separacin. Es un consuelo que reclama un padre.

--Pues puede usted prepararse a consolarse por s mismo--repuso con
insolencia la baronesa--, pues la nia no la ver usted nunca. Salga
usted..., pero con la condicin de que ya nunca volver a entrar aqu.

--Me arroja usted de esta casa!

--S, seor. Le arrojo, y si tarda usted en salir llamar a los criados.

--Sera intil su auxilio si yo me empease--dijo Alvarez con conviccin
de su superioridad--. No llame usted a nadie para hacerme salir de aqu,
pues les sera difcil despacharme a viva fuerza; pero tranquilcese
usted; me voy por mi propia voluntad.

Y Alvarez, tembloroso por aquel ultraje, busc el ros que haba dejado
en el sof, casi a tientas, pues el furor le cegaba.

Cuando ya estaba en la puerta del saln volvise a mirar a la baronesa,
que tras una butaca y apoyando las manos en el respaldo, se ergua
enorgullecida por su triunfo. An saban imponerse las gentes
privilegiadas a la canalla triunfante.

--Hace usted mal, seora, en ultrajarme de tal modo. Soy un hombre
honrado, pero cuando me tratan tan injustamente me siento capaz de todo.
Hoy no estamos en la misma situacin que hace algunos meses, y yo no
tengo ya por qu ocultarme. Para algo hemos barrido la inmundicia que
ustedes haban arrojado sobre la nacin. Quiero lo que es mo; quiero a
mi hija. All veremos quin gana al fin.

La baronesa torci ligeramente la boca con un gesto de desdn.

--Amenazas tambin?... No temo nada, caballero. Tengo amigos en la
presente situacin. Hablar con alguien que meta a usted en cintura.

Aquello di al traste con la forzada paciencia que se impona el
capitn. Sinti necesidad de contestar al desdn con el insulto, y
sonri cnicamente.

--Nos veremos, hija... de Fernando VII.

El origen bastardo que enorgulleca a doa Fernanda lo recibi en esta
ocasin en su verdadero valor como un insulto, e iracunda cual una furia
avanz algunos pasos, sealando la puerta con su rgido e imperioso
brazo.

--A la calle!..., descamisado!

Oh! Ella tambin haba encontrado el insulto supremo.

Durante algunas horas palade con fruicin su victoria, pero por la
tarde estaba ya arrepentida de haber excitado la clera del
revolucionario.




V

La resolucin de la baronesa.


La baronesa, cada vez ms arrepentida de haber excitado con su altivez
la clera del comandante Alvarez, buscaba el medio de librarse de los
peligros que sospechaba prximos.

El revolucionario se vengara de ella; esto era indudable para la
baronesa.

Al principio pens en avistarse con Serrano, aquel amigo Paco, que era
para ella el ngel de salvacin en la tormenta revolucionaria que
forzosamente atravesaba; impetrara su auxilio, pidindole que el
Gobernador de Madrid cuidase de vigilar a Alvarez para evitar que robase
a la nia.

Pero pronto se convenci de que esto era imposible. A un hombre como
Alvarez, que tantos servicios haba prestado a la revolucin y que era
amigo de Prim, resultaba imposible hacerle vigilar en aquella situacin,
y menos an que la autoridad intentase contra l una arbitrariedad.

Nada poda hacer su generoso amigo para salvarla de la venganza de
Alvarez. Si ste le arrebataba la nia, entonces todo lo ms que la
autoridad poda hacer en su obsequio sera cumplir la ley, saliendo en
persecucin del raptor, que, pblicamente, no tena derecho alguno sobre
la que realmente era su hija.

A doa Fernanda no le caba duda alguna de que el militar procurara
arrebatarle la nia, aunque fuese a viva fuerza, y al mismo tiempo
estaba convencida de que para nada podan servirle sus valiosas
relaciones. Oh! Si aquello le hubiese sucedido antes de la revolucin!
Si algunos meses antes, aquel mismo Alvarez hubiese osado insultarla,
amenazndola con su venganza! Entonces le hubiese bastado una visita al
Ministerio, tal vez una simple tarjeta, para que al momento, y sin
alegar motivo alguno, hubiese sido arrestado el hombre que la estorbaba
y conducido despus a Chafarinas o Fernando Po, en las famosas cuerdas.

Qu tiempos tan villanos aqullos de la revolucin! Una persona
distinguida quedaba al nivel de las de ms baja estofa y de nada le
servan las relaciones que antes le daban omnipotencia.

Convencida la baronesa de que le era imposible luchar con aquel hombre,
que tanto haba despreciado, y que ahora la odiaba por recientes
ultrajes, busc un medio de salir del atolladero.

Ella no se dejaba arrebatar la nia. Antes al contrario, pareca que la
quera ms desde que el _descamisado_ pretenda aparecer como su padre y
participar de su cario.

La baronesa, sola en aquella casa, que tantos recuerdos de familia tena
para ella, sin otros acompaantes que la servidumbre, alejados sus
queridos consejeros, los padres jesutas, y separada de su Ricardo,
aquel futuro santo que la enorgulleca como la honra de su familia,
senta imperiosamente la necesidad de amar. Su carcter, seco y spero
en la juventud, habase modificado con la edad, como esas piedras bastas
y angulosas que el tiempo va puliendo hasta darlas una fina tersura, y
ahora, teniendo en sus brazos aquella nia de hermosa cabecita, y
escuchando su seductora charla infantil, sentase arrastrada por
arrebatos desconocidos y por nuevas emociones, que la hacan presentir
los goces de la maternidad.

Pas una noche terrible, agitndose nerviosamente en su lecho cada vez
que pensaba en la posibilidad de que su Marujita le fuese arrebatada, y
a la maana siguiente haba ya adoptado una resolucin.

Saldra aquel mismo da de Madrid y pondra a la nia en un lugar seguro
y a cubierto de cuanto pudiese intentar su padre para apoderarse de
ella.

Recordaba que el padre Claudio, en sus ltimos aos de gobernar la
Compaa, deseoso de abrazar por completo la educacin de la juventud
aristocrtica, haba fundado en varios puntos de Espaa grandes colegios
de nias, que dirigan religiosas francesas, peritas en esa educacin
insustancial, meliflua y pedantesca, que constituye la cultura de las
hermosas elegantes que bailan en los salones.

El colegio, establecido en Valencia, bajo la advocacin de Nuestra
Seora de la Saletta, era el montado ms escrupulosamente y el ms
estimado por el padre Claudio. La baronesa haba conocido a la directora
en uno de los viajes que sta hizo a Madrid para consultar al superior
de la Compaa, y a dicho colegio se propuso llevar a Mara.

All la educaran y la tendran a cubierto de una asechanza de Alvarez,
si ste llegaba, a descubrir su paradero.

Adems, el clima siempre benigno de Valencia sera de buen efecto para
su enfermiza sobrina, y ella, libre ya de su cuidado absorbente,
volvera a ser duea de sus acciones, y cuando no le conviniera vivir en
aquel Madrid perturbado por la revolucin marchara a Francia para
confundirse con las personas distinguidas que estaban al lado de la
reina destronada, y volvera a tratarse ntimamente con sus queridos
padres jesutas, los ms principales de los cuales estaban establecidos
en Bayona.

A la baronesa le pareci inmejorable su idea, e inmediatamente la puso
en prctica.

A la cada de la tarde, acompaada de su sobrina, y con poco equipaje,
sali de casa en el ms modesto de sus coches, y se traslad a la
estacin del Medioda.

Haba tomado con anticipacin un reservado de primera clase, y en l se
coloc, extasindose en la contemplacin del asombro que produca en la
nia aquel viaje, que era el primero que realizaba.

Cuando la pequea Mara se cans de mirar a travs del cristal de las
ventanillas la obscura masa de los campos agujereados de trecho en
trecho por alguna lejana luz y hubo agotado toda la curiosidad que le
produca la tibieza que se escapaba de los calorferos del departamento,
sentse en las rodillas de su ta, que pasaba el tiempo rezando
oraciones.

La baronesa pas su descarnada mano por aquella cabeza ensortijada, y
como si cediese a una necesidad interior comenz a hablarla de lo que
pensaba, sin fijarse en que se diriga a una nia de cuatro aos.

Saba por qu viajaban las dos as, tan apresuradamente? Pues era por
librarla del _coco_, de un hombre malo que se llamaba Esteban Alvarez, y
que quera agarrarla a ella para llevrsela al infierno.

La nia se estremeca abriendo con espanto sus ojazos, y con esa mezcla
de curiosidad y miedo que sienten los nios por los cuentos fantsticos
que les atemorizan y los deleitan, fu escuchando cuanto deca la
baronesa.

Nunca se le olvid a la nia lo que oy aquella noche en el interior de
un tren, que, iluminando el espacio con sus bufidos de fuego, iba
arrastrndose por las ridas llanuras de la Mancha.

--No olvidars nunca su nombre, verdad, cario mo? Se llama Esteban
Alvarez. Cudate de ese hombre; es el _coco_.

Claro que la nia hara esfuerzos por no olvidarse de tal nombre, y
propsitos de librarse de l en todas ocasiones. Flojo bandido sera
aquel sujeto del que su ta hablaba con tanto horror! Aquella revelacin
fu la primera impresin fuerte que Mara recibi en su vida, y en su
memoria infantil quedaron perfectamente grabadas todas las palabras.

Aquel _coco_ era el perseguidor de la familia, algo semejante a aquellos
diablos disfrazados de hombres vulgares que asediaban a los santos y los
martirizaban con los tormentos ms crueles. Al difunto abuelito, el
conde de Baselga, le haba acarreado la muerte (primer movimiento de
espanto en la nia), al pap lo haba muerto de un tiro en medio de la
calle, cuando ella an casi estaba en la cuna (nuevo terror de Mara que
se senta prxima a llorar), y haba sido despus el verdugo de la mam
Enriqueta, pues sta haba perecido vctima del terror que la inspiraba
aquel ser infernal.

La nia se abrazaba a su ta furiosamente, como si sintiera a sus
espaldas las manos del monstruo, ansioso de apoderarse de ella, y tanto
era su terror, que ni aun se atreva a llorar, como si presumiera que
sus suspiros podan atraer al cruel perseguidor.

Pero su miedo an iba en aumento, escuchando a la ta, que no pareca
cansarse en inculcar en aquella criatura el odio y la repugnancia a
Alvarez.

Iba a llevarla a un lugar donde estara cuidada por unas buenas seoras,
unas santas, y donde tendra por compaeras a muchas nias elegantes y
bien educadas, que la querran mucho. All vivira muy bien, sera
feliz, y su nica preocupacin deba ser guardarse mucho de aquel
monstruo horrible, que tal vez fuese a buscarla en el mismo colegio,
intentando apoderarse de ella.

Mara se durmi pensando en aquel colegio donde su vida iba a deslizarse
tan feliz. Pero su sueo fu intranquilo, pues varias veces se agit
convulsa, con suspiros de terror, creyendo ver a aquel hombre terrible,
a quien no conoca, y que se le imaginaba con la misma horrorosa y
repugnante catadura de los diablos pintados en las estampas de San
Antonio.

El mismo da de su llegada a Valencia, la nia entr en el colegio de
Nuestra Seora de la Saletta, y an permaneci la baronesa ms de una
semana en la ciudad, ocupada en arreglar a Mara el equipaje de
colegiala.

Las buenas madres recibieron a la baronesa con grandes muestras de
cario. Saban el aprecio en que la tena la alta direccin de la Orden
por sus servicios, y acosbanla a todas horas, con esa cortesa pegajosa
que las gentes religiosas tributan a los poderosos.

La nia no tena la edad reglamentaria para ser admitida en el colegio,
pero su ingreso fu asunto indiscutible, en gracia de los mritos de su
ta, lo que llen a sta de gran satisfaccin.

Doa Fernanda no ocult a las religiosas el motivo que la obligaba a
llevar su sobrina a aquel retiro, y las fu enterando minuciosamente de
la historia de Alvarez y Enriqueta, hablando con tanta franqueza como si
estuviera confesando con su director espiritual, y no experimentando
ningn rubor en darlas a entender--aunque con trminos velados--aquella
debilidad de su hermana, que hubiera ella misma desmentido enrgicamente
a orla en boca de otro. La fantica seora senta tal atraccin en
presencia de toda persona dedicada a la religin, y en especial si
perteneca a la Compaa de Jess, que no vacilaba en revelar los mismos
secretos que despus la ruborizaban o lastimaban su orgullo al
recordarlos a solas.

Ella les deca todo aquello a las buenas madres para que viviesen
prevenidas y alerta, no dejndose sorprender por el infame Alvarez. No
saban ellas bien qu clase de hombre era ste. Si llegaba a apercibirse
de que la nia estaba all, era aquel descamisado muy capaz de pegarle
fuego al colegio para robar a Mara.

Y la baronesa iba amontonando cuantos detalles horribles la sugera su
imaginacin, para hacer el retrato de su enemigo, asustando al mismo
tiempo a aquellas religiosas francesas, que se figuraban al
revolucionario como un monstruo apocalptico, capaz de engullrselas a
todas.

La nia, con todo el valioso y abundante ajuar comprado por la baronesa,
qued mezclada entre ms de cien nias y encerrada en aquel gran casern
de bonitas rejas y muros de un gris claro que estaba al extremo de la
ciudad en el barrio ms tranquilo y aristocrtico, con una de sus
fachadas prxima al ro, y la otra, ms pequea y humilde, que serva de
entrada, al extremo de un solitario callejn, que pareca aislar el
establecimiento del ruido del mundo.

Mara, encantada por la animacin infantil del colegio, y recordando con
cierto horror la quietud monstica de su casa de Madrid, no mostr, gran
pesar cuando la baronesa se despidi de ella.

Ya estaba libre doa Fernanda, ya no se vera obligada a vivir en Madrid
tragando bilis con la indignacin que la producan las manifestaciones
del populacho, ni tendra que sufrir ms visitas de aquel audaz militar
que la haba insultado en vista de su insolente altivez.

Al prestigio religioso y poltico de la baronesa no le vena mal
desempear, aunque slo fuera por poco tiempo y de mentirijillas, el
papel de vctima de la grosera revolucionaria, y con este objeto
march a Pars a presentarse en el palacio Basilescki, donde viva la
desterrada Isabel II. Adhirise a aquella mezquina corte de agradecidos,
que se disgregaba y empequeeca conforme se alejaba la posibilidad de
una restauracin, y tuvo ocasin de lamentarse, como los otros, de la
maldad triunfante, pintndose poco menos que una Mara Stuardo,
fugitiva, por no sufrir la venganza de la canalla revolucionaria, que
conoca bien su entusiasmo monrquico y religioso.

Viviendo unas veces en Pars al lado de la reina destronada y otras en
Bayona, reanimando su trato con los principales jesutas espaoles, pas
doa Fernanda ms de un ao. Su hermano Ricardo apenas si la vea, cada
vez ms entregado a su vida de aislamiento asctico y de piadosas
extravagancias, y el padre Toms permaneca en Roma largas temporadas, o
entraba en Espaa con todo el aspecto de un sacerdote pobre y vulgar,
para hacer excursiones, especialmente por Navarra y las Vascongadas. El
objeto de estos viajes era un secreto hasta para los individuos de la
Orden; pero la baronesa esperaba muy buenas cosas de ellos, al ver cmo
sonrean maliciosamente los ms altos jesutas al hablar de su superior
ausente.

En cuanto al padre Felipe, su antiguo director espiritual, encontrbalo
la baronesa poco menos que desconocido. El pobre no poda amoldarse a
aquella emigracin forzosa que le tena oscurecido y anulado. El
recuerdo de sus buenos tiempos de Madrid, cuando se lo disputaban las
ms aristocrticas beatas, y la indiferencia y frialdad que le rodeaba
ahora en Bayona, donde la amistad le era imposible a causa del
irreconciliable odio que se tenan l y la lengua francesa, haban dado
al traste con su buen humor de bruto feliz, y el robusto padre
languideca y adelgazaba, no quedndole bros ms que para maldecir
aquella _cochina revolucin_ que le haba abierto la tumba, obligndole
a abandonar el campo de sus glorias.

Doa Fernanda permaneci en Francia hasta el asesinato de Prim y la
entrada de Amadeo de Saboya en Espaa.

Estos sucesos causaron en ella bastante impresin. Muerto Prim y sentado
en el trono de Espaa un rey, aunque no legtimo para ella, parecale
con sobrada razn a la fantica baronesa que el espritu revolucionario
se haba extinguido en gran parte y que ya podan volver a su patria las
_personas decentes_ a quienes aterraba el despertar del pueblo.

La baronesa volvi a Madrid, y tuvo la satisfaccin de ser recibida por
sus amigos y cofrades como un personaje poltico de gran importancia.
Vena de Pars, haba vivido al lado de la reina, y esto era suficiente
para que la recibiese con el respeto que se tributa al depositado de
importantes secretos toda aquella aristocracia que, por odio a la
revolucin de la que se rea ya como de un len con las garras cortadas
y los dientes arrancados, haca manifestaciones de chulera, que ella
crea espaolismo, para amedrentar a la dinasta saboyana, sostenida por
los progresistas.

Doa Fernanda, aunque su carcter y aficiones la alejaban de
manifestaciones bulliciosas ideadas por la juventud, tom parte
importantsima en organizar la protesta pacfica y desdeosa que la
aristocracia hizo en el paseo de la Castellana, presentndose las damas
con la tradicional mantilla blanca y la manolesca peineta, para echar en
cara a la reina Victoria su condicin de extranjera. La baronesa fu
tambin de las manifestantas, pues rompiendo con sus costumbres devotas,
enemigas de mundana ostentacin, presentse en elegante carruaje, y
hecha un mamarracho, con la deslumbrante mantilla sombreando su
rubicundo rostro y acompaada de dos jovencitas, hijas de un magistrado
del Supremo, que por ser viudo y gran amigo de doa Fernanda, rogaba a
sta muchas veces que se encargara de la direccin de las nias.

Pero esta clase de manifestaciones polticas que a pesar de su inocencia
preocupaban algo al sencillote gobierno de Amadeo, slo apartaron por
pocos das a la baronesa de sus favoritas ocupaciones. Las asociaciones
piadosas haban vuelto a ponerse tan en auge como en tiempo de los
Borbones; todos los enemigos de la situacin se agrupaban en las
cofradas para hacer algo contra lo existente, aunque sin comprometerse
mucho, y la baronesa se senta feliz al ser considerada como un
personaje importante, como una madama Roland de la buena causa en
aquellas juntas de la sociedad de San Vicente de Pal, donde se vean
pocas sotanas, a pesar de lo cual respirbase en el ambiente un marcado
olor de jesuitismo.

Nunca tuvo en su vida la baronesa poca de ms actividad y
satisfacciones que aqulla. Su nombre rodaba incesantemente por los
peridicos afectos al antiguo rgimen; toda la aristcrata femenina la
consideraba como su jefe natural e indiscutible; los hombres importantes
de la pasada situacin, los generales isabelinos por una parte; y por
otra, los diputados carlistas, la trataban casi como un colega: el padre
Toms, unas veces desde Roma, y otras oculto en Madrid, en ignorado
lugar, la escriba dndole instrucciones y consejos, y hasta un da, su
satisfaccin lleg al colmo, recibiendo un autgrafo de doa Isabel, en
el cual daba las gracias a su "querida Fernandita" por los grandes y
valiosos servicios que estaba prestando a la causa de la restauracin.

La baronesa, halagada por el incienso que la tributaban los suyos, y
ebria por el orgullo que le producan tantas distinciones, lleg a
ilusionarse sobre su propio poder y hasta se avergonz del miedo que en
otro tiempo le haban producido las turbas populares. Valiente tropel
de piojosos!

Ahora todo estaba tranquilo aunque slo fuera en apariencia. Los
republicanos se agitaban sordamente y queran derribar aquel trono
ocupado por un advenedizo, pero los progresistas, convertidos en
perfectos gubernamentales, no les permitan el menor desahogo y la
reaccin iba levantando la cabeza al no ver triunfantes y libres
aquellas masas que tanto miedo le inspiraban.

Cuando doa Fernanda volvi de Francia aun le inspiraba algn cuidado la
posibilidad de encontrar en Madrid a Esteban Alvarez, aquel monstruo
_descamisado_, como ella deca, sin duda para no confundirle con los
monstruos de la naturaleza que deben vivir abundantes en punto a ropa
interior.

Pas el tiempo sin que encontrase en parte alguna al odiado perseguidor,
y esto, en vez de tranquilizarla, excit su curiosidad, por lo que hizo
cuanto pudo para enterarse de la suerte de Alvarez.

No tard en saber la verdad. Este, cada vez ms divorciado con los que
monopolizaban la revolucin, y ms afecto al partido republicano, haba
tomado parte activa en la preparacin del alzamiento federal de 1869. Al
dirigirse a una provincia de Castilla la Vieja para sublevarla, haba
sido detenido, y estuvo preso algunos meses, hasta que por fin, Prim,
pocos das antes de morir, lo haba puesto en libertad volviendo a
ingresarlo en el ejrcito. El clebre general no poda olvidar los
servicios que le haba prestado; y aunque hablaba en pblico pestes de
aquel _iluso demagogo_, complacase en favorecerle secretamente, aunque
cuidando de que el interesado no se enterara de dnde proceda tal
proteccin.

El fu tambin de los militares que, negndose a jurar fidelidad a
Amadeo, fueron dados de baja en el ejrcito, y desde entonces, Alvarez,
sin otros medios de vida que su pluma, llev la vida agitada del
periodista y conspirador.

La baronesa tropezaba a cada paso con su nombre en las columnas de los
peridicos, y lea con complacencia los ataques que le dirigan los
rganos de la situacin y los reaccionarios. Juntbase al odio
poltico, la antipata que profesaba ella a aquel hombre, el cual
pareca en su concepto inspirado por el diablo segn la actividad que
desarrollaba al combatir la monarqua, la Iglesia y todo cuanto
representaba el mundo viejo.

Un da lea la resea de un _meeting_ que Alvarez haba organizado en
provincias, para protestar contra lo existente y a la maana siguiente
tropezaba con la noticia de que la polica haba detenido a Alvarez como
sospechoso de conspiracin o andaba en su busca.

Algunas veces era en el mismo Madrid, donde brillaba el revolucionario
con su propaganda intransigente, y una tarde, el carruaje de la baronesa
hubo de detenerse en la calle de Alcal, para dejar pasar a una inmensa
masa que sala de un _meeting_ republicano, y al frente de la cual iba
Alvarez casi llevado en triunfo.

Aterraba a la baronesa el gran podero que su enemigo pareca poseer
sobre aquellas masas, a las que ella en algunos momentos despreciaba,
pero a las que tambin tema mucho, y lo nico que lograba darle cierto
consuelo era la seguridad de que la Repblica era una utopa, y de que
Alvarez no hara carrera. Bah!... Aquel bandido tena que parar al fin
en ser fusilado.

Adems, alegrbase pensando que mientras Alvarez estuviese envuelto en
el torbellino de la agitacin revolucionaria, no se le ocurrira ir en
busca de su hija, ni intentara apoderarse de ella. Ya tena buen
cuidado la baronesa, cuando aprovechando un descanso en sus ocupaciones
marchaba a Valencia a ver a su sobrina, de preguntar a las buenas
madres, si se haba presentado en el colegio el hombre terrible, al cual
odiaban ahora por su propia cuenta las religiosas, a causa de su
propaganda anticatlica.

Doa Fernanda indignbase cada vez que pensaba que haba sido amante de
su hermana y mezclado su sangre con la de la familia aquel demagogo del
que oa hablar con horror en los salones... Un hombre que predicaba la
guerra a la Iglesia, por ser sta el eterno obstculo de la libertad!

Aquel Alvarez era un verdadero castigo que Dios haba enviado a la noble
familia de la baronesa. Aun haba de verse cmo cualquier da lo
fusilaran!

La baronesa se alegr cuando supo la ltima hazaa de su enemigo. Los
republicanos, como si presintiesen que Amadeo iba a abandonar el trono
de Espaa, y quisieran acelerar su cada, acababan de intentar un
pronunciamiento nacional que, por falta de organizacin, habase
reducido al levantamiento de numerosas partidas.

Alvarez mandaba algunas de stas en los montes de Catalua, y se haca
notar como guerrillero audaz y afortunado. La mayor parte de las
partidas haban sido disueltas por las tropas del Gobierno, y l, a
pesar de que tena en su persecucin fuerzas aplastantes por su nmero,
segua sostenindose y aun encontraba medios de escarmentar de vez en
cuando a sus enemigos.

La baronesa estuvo leyendo durante algunos meses en la Prensa noticias
en que se daba cuenta de la tenaz resistencia de aquel demagogo, y, al
fin, supo con dolor que, aunque sus fuerzas haban sido dispersadas, el
cabecilla se haba puesto a salvo pasando la frontera. Vaya una suerte
la de aquel bandido! Sin duda tena empeo en no darle gusto a la
baronesa dejndose fusilar.

Por algn tiempo no oy doa Fernanda mentar el nombre de Alvarez. Slo
en las reuniones populares se hablaba de l como de un modelo de
revolucionarios, y algunas veces, la Prensa gubernamental dedicaba
gacetillas desdeosas o burlescas a los manifiestos y artculos que
Alvarez enviaba desde la emigracin a los peridicos del partido.

Pero el trueno gordo, el golpe poltico que pareca imposible y absurdo
a la baronesa y a las gentes de su clase, estall cuando menos se
esperaba.

Amadeo, de la noche a la maana, en un arranque sorprendente de fastidio
y de impotencia, abandon el trono, y la Repblica qued proclamada en
la noche del 11 de febrero.

La Repblica en Espaa!... El gobierno de los descamisados en la
nacin de San Fernando y de otras reyes ms o menos celestiales!...
Aquello s que era cosa de echar a correr.

Y la baronesa, pensando as, no aguard mucho para poner pies en
polvorosa con direccin a Pars, a aquel palacio Basilescki, donde
estaba la legitimidad representada por la reina destronada.

No quera permanecer en Madrid, a merced de Alvarez, que ahora sera
omnipotente. Quin sabe lo que era capaz de hacer contra ella aquel
malvado!

Alvarez no tardara en ser diputado, quizs ministro, y no era racional
permanecer quieta en un punto adonde pudiesen llegar sus iras.

Doa Fernanda, en la emigracin dorada y cmoda que sufra, dbase
mayores aires de vctima que nunca, y en las tertulias de la soberana
destronada, hablaba a todas horas de su terrible perseguidor, de aquel
Alvarez, del cual contaba embrolladas historias para justificar el odio
que la tena.

Para ella, la Repblica con todos sus programas terrorficos para la
clase aristocrtica, y las personalidades odiadas de los hombres que
iban ocupando la presidencia del Gobierno, simbolizbanse en la persona
de Alvarez, sobre el cual descargaba todo el caudal de maldiciones que
la sugeran su odio particular y su indignacin de monrquica ferviente.

En su concepto, Alvarez era el autor de cuanto malo ocurra en Espaa, y
un da que ley en la Prensa de Madrid el resumen de un discurso suyo,
que respiraba atesmo en todas sus expresiones, arroj el peridico al
suelo, lo pate, y no qued contenta hasta que lo hubo llenado de
salivazos.

Lo que ms extraeza causaba a doa Fernanda era la encasa
representacin oficial de aquel hombre que antes tanto haba trabajado
por el advenimiento de la Repblica. Brillaba en las Cortes como
diputado fogoso y director de un grupo de la extrema izquierda, y en uno
de los primeros gabinetes de la Repblica, haba desempeado
interinamente y casi por compromiso, un cargo importante en el
ministerio de la Guerra. Pero no pasaba de ah, y aunque su nombre era
de los ms sonados y populares, no adquira ningn alto puesto, ni
entraba a formar parte de la gobernacin de la Repblica.

Pronto tuvo la baronesa la clave del misterio, a causa de la atencin
con que segua en la Prensa la marcha del nuevo Gobierno.

Alvarez no estaba conforme con aquella Repblica. Le resultaba una
especie de interinidad monrquica a causa de su lentitud en las reformas
y de su parsimonia en punto a medidas revolucionarias. Federal, antes
que republicano, vea con malos ojos cmo la Repblica, con timideces
inexplicables, mantena el rgimen unitario y centralizador de la
monarqua, y aunque no era de los levantiscos, que, haciendo caso omiso
de las circunstancias, fomentaban el movimiento cantonal, tampoco estaba
con el Gobierno, al que combata por su prudencia, hija de la falta de
valor.

Aquello hizo llegar a su grado mximo el asombro y la indignacin de la
escandalizada baronesa.

Tena ya su Repblica... y an quera ms aquel feroz descamisado?

Dios mo!... Parecerle an conservadora aquella Repblica de gentes
que no crean en Dios!... De qu cosas tan horrendas sera partidario
el antiguo amante de su hermana!

Y doa Fernanda, a pesar de hallarse en lugar seguro, se estremeca de
horror recordando que aquel hombre haba estado sentado en su saln y al
lado de ella.

De buena se haba librado. Un hombre as, slo deba hallarse a sus
anchas despus de beberse una racin de sangre azul.




VI

El Colegio de Nuestra Seora de la Saletta.


A la semana de encontrarse Marujita Quirs en el colegio de Valencia,
encontraba muy agradable su nueva vida.

Ella, que se pasaba las horas enteras al lado de su aya, en la casa de
Madrid, escuchando con aire estpido la conversacin montona propia de
una vieja, o que haba limitado todos sus juegos a los que le
proporcionaba alguna burda criada, y esto a espaldas de la seora
baronesa, que, llevada de sus preocupaciones, condenbala a eterna
inmovilidad, no poda menos de alegrarse con aquella nueva vida que se
deslizaba en perpetua animacin, en continuo bullicio en medio de un
centenar de nias, que, por ser mayores que ella y notar la gran
predileccin que le tenan las buenas madres, tratbanla como el _beb_
de la casa, asedindola con cuidados y tiernas atenciones.

Mara encontraba muy hermosa su vida. Levantbase a las seis en verano y
a las siete en invierno, bajaba a la capilla a or misa y rezar a coro
las oraciones, tomaba el eterno desayuno de chocolate con migas;
entraban despus en las diferentes clases, coman a las doce, jugaban
despus en el patio de recreo hasta las dos, volvan otra vez a sus
trabajos hasta las seis, hora en que reapareca el juego, pasando el
restante tiempo hasta las nueve, hora de acostarse, en cenar y rezar
oraciones. En las tardes de los jueves y domingos las colegialas,
formadas en parejas y vigiladas por dos de las maestras ms respetables
salan a paseo por los alrededores ms tranquilos de la ciudad.

La nia era tan tmida en los primeros das, parecale el colegio tan
inmenso, que no se atreva a moverse del punto donde la dejaban sus
maestras, como si creyera perderse en aquellas habitaciones, que le
parecan inmensas, y que apenas si se decida a recorrer con su paso
vacilante, que le vala entre sus compaeras el inocente apodo de
_patito gracioso_. Pero poco a poco fu creciendo en audacia hasta
convertirse en la ms corretona del colegio. Aquel edificio era para
ella un mundo desconocido, que necesitaba de continua y arriesgada
exploracin; y la nia, aprovechndose de la libertad en que la dejaban
a causa de su pequeez, y valindosede su inocencia graciosa que la
libraba de castigos, se escapaba de la sala de estudios o de labores al
primer descuido de la buena madre, que la tena cerca de ella,
acaricindola; y despus que la mayor parte del personal del colegio
ponase en movimiento para buscarla, encontrbanla en la terraza del
edificio jugando con las flores de las enredaderas o en las ms
apartadas habitaciones del piso bajo que servan de guardamuebles,
escondida tras un rollo de esteras, o alineando cacharros viejos con una
fiereza de muchacha terca.

Aquella vida comn con nias de su misma edad haba dejado al
descubierto el carcter de Mara. Era enrgica, voluntariosa y de genio
independiente; senta animadversin a toda clase de trabas y le gustaba
desobedecer a las buenas madres. Su ta era la nica persona a quien
tema, y en ausencia de ella le gustaba hacer por completo su voluntad.

Sus travesuras, sus infantiles rebeliones, en vez de ofender a las
buenas madres, hacan gracia a todo el colegio. Mara era la nia mimada
de aquella infantil comunidad.

Todas las colegialas le trataban con igual predileccin, disputndosela
como un objeto precioso. Las de once o doce aos, muchachas altas y
plidas por un repentino crecimiento, con un metro de piernas y un palmo
de cintura, que movan sus faldas como si stas vistiesen a un palo, se
pasaban a Marujita de mano en mano en las horas de recreo, mecindola y
arreglando sus ropas cual si fuese un beb automtico de los que gritan
_pap_ y _mam_; las seoritas, las que slo les faltaba un ao para
salir del colegio y aborrecan de muerte el uniforme que las pona feas,
borrando sus nacientes y seductoras curvas, reanse con ella al orla
repetir con aplomo imperturbable las malicias que le decan al odo; y
en cuanto a las pequeas, las de ocho o nueve aos, constituan la
eterna corte de aquel monigote adorado, que pareca llenar todo el
colegio. Estas mujercillas en miniatura, mofletudas, con formas
esfricas, que hacan rer, y con la boca todava arruinada por la cada
de los primeros dientes, quitaban golosinas de la cocina para drselas,
llambanla aparte para hacerle regalo de sus tesoros, algunos botones y
retales de seda recogidos en sus casas en los das de salida, o se
disputaban por vestirla y desnudarla en el dormitorio, cuya mejor cama
ocupaba siempre Mara. Hasta haba una de aquellas colegialitas que se
envaneca con la misin de saltar de su cama, en las noches ms fras,
para darle el orinal a la maliciosa mocosuela, que corresponda a tantos
mimos con caprichos y rabietas de reina absoluta.

Aquella adoracin continua de que era objeto la nia, resultaba hija del
cario que la tenan; pero entraba tambin por mucho la consideracin de
que con el tiempo sera condesa y brillara entre La aristocracia de
Madrid, perspectiva que turbaba y envaneca a aquellas nias,
pertenecientes en su mayor parte a esa burguesa, que constituye la
aristocracia del dinero y que a pesar de sarcasmos y humillaciones,
encuentra muy grato rozarse con la misma nobleza que antes ha criticado.
Por ms que resulte extrao, las preocupaciones sociales alcanzan hasta
la niez, y no son esos pequeos seres, tan candorosos e inocentes en
muchas cosas, los que ms exentos estn de la influencia de la vanidad.

Fu creciendo la nia, encerrada en aquel colegio, y aumentando su
travesura, que causaba siempre muy buen efecto en las tolerantes
religiosas.

Cuando en las tardes de los jueves y domingos, Mara sala a paseo en la
seccin de las pequeas, como stas iban formadas por orden de
estaturas, ella marchaba al frente, en el centro de la primera pareja,
llamando la atencin por su pequeez y por aquel aire decidido y
gracioso con que miraba a los transentes. Muchas veces tenan que
reprenderla por sus travesuras las religiosas encargadas de la
vigilancia; pero una sonrisa de la nia, lograba desarmar inmediatamente
su indignacin.

Slo haba un medio para que las buenas madres lograsen aquietar a aquel
diablillo imponindole un poco de calma.

Cuando ms rebelde se mostraba y con ms tenacidad desobedeca a las
maestras, bastaba llamarla y decirla al odo que iban a llamar a
Alvarez, para que inmediatamente se pintara en su rostro una expresin
de terror y permaneciera quieta todo el tiempo que la permita su afn
por agitarse y molestar a los dems.

Aquello supona, para la nia, la llegada del coco, y tanto era el miedo
que profesaba al Alvarez desconocido, que muchas veces permaneca
quieta, no atrevindose a subir a la terraza, ni a bajar a los cuartos
solitarios, temiendo que se le apareciera el monstruo horrible al que
tanto tema la baronesa.

La infeliz creca odiando cada vez ms al que era su padre, y si alguna
vez pensaba en la posibilidad de encontrar en el porvenir a aquel don
Esteban Alvarez, estremecase de horror como el preso que piensa en la
posibilidad de ser condenado a muerte.

No; ella no encontrara nunca a tal monstruo. Le rogara al buen Dios de
que le hablaban las religiosas y al Santo ngel de la Guarda que
apartase siempre de su paso a tan terrible malvado, y su splica sera
atendida.

Esto era lo nico que la consolaba, producindola gran tranquilidad.

Creci en aquel convento, sin que ocurriera en su vida otro accidente
notable que los quince das que hubo de pasar fuera de Valencia, en un
pueblo de la huerta, a causa del bombardeo que sufra la ciudad
levantada en cantn contra el Gobierno de la Repblica, a semejanza de
otros puntos de Espaa.

Las vida campestre, y no exenta de necesidades, que llevaron durante
aquellos das las religiosas y las pocas alumnas a quienes sus
familiares no haban sacado del colegio, divirti bastante a Mara, que
no crea en una existencia ms all de los muros del establecimiento de
la Saletta.

La vida reglamentaria y montona del colegio borr en poco tiempo las
aficiones adquiridas en aquel corto perodo de aire libre y agitacin
campestre, y cuando ya tena cerca de nueve aos y comenzaba a
considerar al coco de Alvarez como un ser fantstico inventado por la
baronesa y las religiosas para hacerle miedo, encontrse con aquel
hombre terrible en el despacho de la directora.




VII

La primera poca de colegiala.


Ya sabemos de qu modo Esteban Alvarez vi a su hija en el convento de
Nuestra Seora de la Saletta y cmo le recibi la asustada Mara.

Fugitivo de Madrid, despus del golpe de Estado del 3 de enero, detvose
algunas horas en Valencia, y dejando en su hospedaje a Perico, el fiel
compaero de aventuras polticas, fu al colegio a ver a aquella nia,
cuyo recuerdo no le haba abandonado en ninguna circunstancia.

Saba de mucho tiempo antes el lugar adonde la baronesa haba llevado a
su sobrina para evitar que l pudiese verla, y desde entonces haba
formado el propsito de ir en busca de Mara; pero la vida de continua
agitacin y no menos zozobra que le hacan llevar las difciles
circunstancias por que atravesaba la Repblica, impidironle cumplir
este deseo, que nicamente pudo realizar cuando, en vez de ser poderoso
y respetado, vease convertido en un fugitivo sobre el que sus enemigos
podan cebarse.

Terribles impresiones haba experimentado Alvarez en su vida agitada y
aventurera; muchas veces se haba visto a dos pasos de la muerte y saba
cmo era esa angustia terrible que se experimenta al sentir prximo el
fin de la vida; pero, a pesar de esto, lleg al _summum_ del dolor
cuando contempl a su hija asustada en su presencia, como si estuviera
enfrente de un verdugo y temblando de pies a cabeza.

Termin aquella violenta escena del modo que ya sabemos, y si
terriblemente emocionado sali del colegio el infeliz padre, no fu
menor la impresin experimentada por la nia en tal entrevista.

A pesar de que para ella pasaban los sucesos como vistas de linterna
mgica, difuminndose y perdindose el recuerdo con la misma prontitud
que las fantasmagoras, la huella de aquella escena se conserv fresca y
en relieve en su memoria durante mucho tiempo.

Por fin haba visto al monstruo, a aquel hombre terrible que tanto miedo
le causaba a su ta la baronesa.

Cuando recordaba sus ojos llameantes por la indignacin, su rostro
congestionado por la ira y las iracundas palabras que con ademn
amenazador arrojaba a la directora y al padre Toms, la nia se
estremeca, comprendiendo lo justificado del miedo que todos parecan
tener a aquel gran diablazo, enemigo de Dios.

Pero haba algo en tal escena que preocupaba a la nia y la haca dudar,
sobre la maldad de aquel hombre: era el cario, la ternura que la haba
demostrado.

Intent besarla, estrecharla entre sus brazos con un enternecimiento
visible... pero, bah! Ella, a pesar de su poca malicia, adivinaba lo
que tales manifestaciones podan significar. Quera halagarla con su
dulzura, para as arrebatarla mejor, llevndosela lejos, muy lejos del
colegio y de las buenas madres, a sus antros horribles, donde perpetraba
seguramente toda clase de maldades. Pero... haba hecho algo ms que
ella ya no poda explicarse tan fcilmente.

Aquellas miradas tristes que Alvarez le dirigi al verse obligado a
retirarse; sus palabras, que demostraban un cario melanclico y
profundo; su sincero dolor al despedirse, sin atreverse a dara un beso,
en vista de su resistencia, eran recuerdos que conmovan a la nia
sumindola en dudas interminables.

Adems, por qu la haba llamado tantas veces hija ma? Por qu le
haba dicho que era su padre en presencia de la directora y del
sacerdote, que callaban en aquel instante?

La nia tuvo motivo para entregarse a vastas e interminables
reflexiones.

Despus del suceso, las ms principales de sus maestras le haban
hablado de aquella escena, procurando excitar en la nia la
animadversin al monstruo, que vena a perseguirla hasta en aquel santo
lugar de recogimiento.

Mara oa y callaba, como poseda todava del pavor experimentado al
verse frente a aquel hombre; pero en realidad, su silencioso obedeca a
la confusin que en su cerebro infantil produca la gran discordancia
por ella notada entre el exterior simptico de Alvarez, demostrando un
dolor sincero al verse rechazado por la nia, y los horrores que a ella
le haban contado de tal hombre.

Un auxiliar de las religiosas, en la tarea de ennegrecer el recuerdo del
hombre que haba pasado por el colegio como una tempestad de ternura y
justa indignacin, fu el padre Toms, aquel sacerdote humilde y siempre
sonriente, que ciertas pocas apareca ante los ojos de la colegiala
para desaparecer inesperadamente, dejando vaca la sala que ocupaba en
el establecimiento, contigua a las habitaciones de la directora.

La poca revolucionaria, el tiempo transcurrido entre la revolucin de
septiembre y la cada de la Repblica, fu para el poderoso jesuta el
perodo de ms agitacin en su vida. Nunca haba trabajado tanto en
favor de los intereses polticos, a cuya sombra poda volver la Compaa
a gozar de su antigua omnipotencia.

Entraba el padre Toms de incgnito en Espaa, afectando el exterior
humilde y encogido de un sacerdote pobre. Se le vi en las provincias
del Norte poco antes del levantamiento carlista; viajaba despus por el
antiguo reino de Aragn, teniendo su cuartel general en Valencia, desde
donde escriba a los caudillos de las hordas absolutistas que pululaban
por el Centro, y algunas veces iba a Madrid, aun a riesgo de ser
conocido, para fomentar con consejos y grandes cantidades de dinero las
tentativas liberticidas que se preparaban contra la Repblica, y que
fracasaban sin que el jesuta experimentara gran contrariedad El fruto,
en su opinin, no estaba maduro todava, pero no tardara mucho en caer.

Jugaba con dos barajas el poderoso jesuta, segn su propia expresin; y
al mismo tiempo que favoreca a los carlistas, alentaba a los elementos
que conspiraban contra la Repblica, para restaurar en el trono a la
dinasta cada, en la persona del hijo de Isabel II.

Haba apoyado con sus poderosos medios el levantamiento carlista en su
primera poca, ganoso de crear obstculos a la revolucin y debilitarla
con una continua lucha; pero al caer la Repblica, despus del golpe del
3 de enero, ya no era de la misma opinin, y empleaba la fuerza de la
Compaa en proteger la restauracin alfonsina, pues a su fino olfato
jesutico no se escapaba que por esta parte avanzaba la fortuna y el
xito.

De aqu que la noticia del golpe de Estado del 3 de enero, al
sorprenderle en Valencia, le proporcionara una inmensa alegra. Ya
comenzaban a marchar bien los negocios de la Orden. Ahora, que triunfase
don Carlos o quedara victoriosa la restauracin alfonsina que todos
vean prxima, la Compaa de Jess resultara siempre gananciosa, pues
podra regresar a Espaa con la faz descubierta a reanudar sus antiguos
negocios.

La presencia de Alvarez en el colegio de la Saletta no logr turbar su
gozo, pero le hizo recordar el importantsimo negocio planteado por su
antecesor, el padre Claudio. Haba que terminar su obra, apoderndose de
la mitad de la fortuna de Baselga, de que era poseedora aquella nia.

Ahora que la Compaa, en virtud de los sucesos polticos, iba a entrar
otra vez de lleno en el goce de su antiguo poder, convena conquistar
aquellos millones, que eran el complemento de la gran cantidad cedida a
la Orden por el fantico padre Ricardo, el to de Mara.

El nico obstculo que en el porvenir poda ofrecerse a la realizacin
de tal plan, era Esteban Alvarez, aquel hombre que conoca el mvil que
guiaba a la Compaa al inmiscuirse de tal modo en los asuntos de la
familia Baselga, y que algn da poda llegar hasta Mara para
convencerla de que era su padre, y librarla, con sus consejos y su
apoyo, de las prfidas seducciones de los jesutas.

Saba el padre Toms que Alvarez no podra nunca volver a Espaa, pues
la Orden se encargara de hacer imposible su regreso, sacando del olvido
los procesos que se le haban formado por ciertos actos de necesaria
violencia cometidos en su poca de guerrillero republicano; pero, cauto
y previsor siempre el poderoso jesuta, por si acaso el emigrado, en un
rasgo de audacia, se presentaba ante su hija, procur aumentar en sta
el odio a su padre, y ayud a las religiosas en la tarea de pintar a
Alvarez como un horrendo monstruo.

Mara se vi, por algunos das, tratada con gran amabilidad por el padre
Toms, que hasta entonces slo haba acogido a la colegialita con fras
sonrisas.

La sermone, pintndola con negros colores el carcter de aquel hombre
que, arrastrado por una locura criminal deca ser su padre, y la
persegua; y cuando la nia mostraba ms terror, l la tranquiliz,
asegurndola que en todas ocasiones le tendra a l y a su ta la
baronesa, para protegerla.

No tard Mara en olvidar aquella escena. La dulce monotona del colegio
era como una esponja que, pasando sobre su memoria, borraba todos los
recuerdos no relacionados con la vida ntima del establecimiento.

La nia creci, marcndose cada vez ms en ella un carcter voluntarioso
y enrgico y un afn de movimiento y de bullicio propios de un cuerpo
henchido de vida y por el cual circulaba una sangre rica y fuerte.

Aquel diablillo con faldas, al crecer, haba adquirido gustos de
muchacho, y estaba reida eternamente con la tranquilidad y el
recogimiento.

No poda permanecer quieta en la sala de estudios, y apenas la hermana
vigilante dejaba de tener en ella fijos los ojos, cazaba moscas para
dejarlas volar despus de colocarlas en la parte posterior trompetillas
de papel, o se escurra bajo los bancos para pellizcarle las
pantorrillas a alguna compaera que gozaba de fama de tonta y paciente.
En la sala de labores, al menor descuido, esconda los trabajos de una o
deshaca la bordados de otra, y hasta un da, en unin de dos amiguitas
que constituan con ella la banda de las traviesas, se atrevi a poner
alfileres de punta en el silln que sola ocupar la segunda directora
cuando vigilaba personalmente los trabajos de las alumnas.

Sus libros eran siempre los ms sucios y rotos que se vean en el
colegio; sus manos estaban siempre afeadas por cortes y rasguos que se
haca introducindose en los ms obscuros rincones del edificio o
intentando subir a los desvanes; y, a pesar de que la baronesa era en
extremo generosa, y con frecuencia enviaba dinero a la directora para
que repusiera el ajuar de su sobrina, sta se presentaba siempre rota,
polvorienta y como haciendo gala de su desprecio hacia los trapos que
tanto cuidaban las compaeras.

Un vestido le duraba una semana; profesaba un horror sagrado al coser y
dems labores de su sexo; las hermanas vigilantas haban de sostener con
ella diarias batallas para obligarla a que peinase sus hermosos
cabellos, siempre abandonados y flotantes; y muchas veces encontraban
que su cama no haba sido removida en una semana, pues mientras sus
compaeras, al despertarse, cumpliendo el reglamento, levantaban sus
lechos, ella se entretena en empujarlas para hacerlas caer, o las daba
baos de impresin con el agua de las palanganas.

A los once aos, aquel diablazo, demasiado alto y robusto para su edad,
era el bandido del colegio, y tena su cuadrilla de amigas que,
obedecindola ciegamente e imitndola por admiracin, iban como ella,
con la cabeza greuda, el vestido rasgado y las botinas rotas,
aprovechando todas las ocasiones para aturdir el colegio con infernal
gritera.

Las religiosas ya no podan tratar con su antigua benignidad a la
revoltosa muchacha, y crean intimidarla con severos castigos; pero la
nia tomaba a broma todas las medidas de rigor, y segua en sus
costumbres con la plcida indiferencia de los cerebros aturdidos.

Si la ponan de rodillas en el centro de la clase encontraba medios de
provocar la risa en todas las compaeras; si la sentaban en el
deshonroso banco de las _pigres_ no demostraba el menor pesar, y aun
saba burlarse con graciosos gestos a espaldas de la maestra; y una vez
que, como castigo supremo y casi desconocido en el colegio, la
encerraron en un cuarto obscuro del piso bajo, donde guardaban tinajas y
vasijas de metal, hubieron de ponerla en libertad a las pocas horas, a
causa del infernal ruido que mova haciendo rodar sobre el pavimento
aquellos objetos.

Las buenas madres hablaban con cierto terror de aquella muchacha, que
pareca tener los demonios en el cuerpo y que revolucionaba al colegio
con su carcter cada vez ms revoltoso y maligno.

La directora comprenda ahora la certeza de las afirmaciones de Alvarez.
Aquella nia, forzosamente, haba de ser hija suya. Demostraba tener en
su sangre inquieta algo del espritu diablico que animaba al terrible
revolucionario.

Pero las religiosas, a pesar de los continuos disgustos que les produca
la nia, respetbanla, pues, en especial la directora y las madres de
alguna importancia, conocan las altas miras que en ella haba puesto la
Compaa.

Adems, Mara, en medio de todas sus travesuras y de su espritu
perturbador, se haca querer por ciertos rasgos. Los das en que acceda
por capricho a ser buena, entusiasmaba a las buenas madres. Su precoz
talento y su facilidad para el estudio asombraba a sus maestras, que la
vean, durante las cortas rachas de laboriosidad y de calma, permanecer
horas enteras sobre sus libros rotos y manchados, aprendiendo en un slo
da lo que durante muchos meses haba despreciado.

Aparte de esto tena rasgos de nobleza que la hacan ser perdonada por
todas sus anteriores faltas.

En medio de aquella graciosa y seductora tribu de colegialas, ella,
imponindose por su carcter turbulento y el prestigio de su nombre,
administraba justicia con toda la brbara e impetuosa rectitud de un
caciquillo indio.

Odiaba a las muchachas presumidas, pertenecientes a la encopetada y
orgulloso aristocracia del dinero y las persegua con crueles burlas;
mediaba en todas las desavenencias que surgan a la hora del recreo,
imponindose con su descaro y audacia hasta a las seoritas de ltimo
curso que estaban ya prximas a salir del colegio y pretendan abusar de
su superioridad: y no haba nia tmida y humilde que, al quejarse de
ser martirizada por sus compaeras, dejase de encontrar en ella decidida
y valerosa proteccin.

Las buenas madres confiaban que la edad modificara el carcter varonil
de la nia; pero sus deseos no se cumplan, y Mara, a los doce aos,
segua siendo an un muchacho con faldas, que lo mismo se rea de los
sermones de las religiosas que de aquellas cartas amenazantes y
terrorficas que le enviaba su ta al tener noticia de sus travesuras.

En cuanto al padre Toms, haca ya mucho tiempo que las religiosas no
podan valerse de su auxilio, pues la restauracin borbnica, por
mediacin del omnipotente Cnovas, haba abierto a la Compaa las
puertas de Espaa, y el poderoso jesuta se hallaba en Madrid
sobradamente ocupado en los negocios de la Orden, para fijarse en las
travesuras de Mara.

Esta, al tener doce aos, fu cuando se encontr en la plenitud de aquel
poder absoluto que ejerca sobre todas sus compaeras. Era la reina del
colegio, y nadie osaba protestar contra su despotismo. En las horas de
recreo era cuando poda gozar apreciando por sus propios ojos la
grandeza de su absoluto poder.

Al terminar la hora de la comida, el silencioso patio del colegio, con
uno de sus extremos baado por el dulce sol de la tarde y el resto
envuelto en la fresca y hmeda sombra que proyectaban los altos y
verdosos muros, conmovase por el pataleo y los gritos de aquel rebao
de caras sonrosadas y faldas flotantes que lo invadan.

Los gorriones, que picoteaban en las desiertas baldosas, llamndose con
sus pidos, retirbanse discretamente a lo alto de los muros, apenas
oan a lo lejos el rumor de la invasin, pues conocan, por experiencia,
la malignidad graciosa, mas no por esto menos terrible, de aquellos
diablillos, ansiosos de vengarse con desenfrenados cnticos, furiosos
pataleos y convulsas manotadas de las largas horas de meditacin, rezo y
ojos bajos, a que obligaban las costumbres del colegio.

Apenas Mara, rodeada de su banda de admiradoras obedientes, apareca en
lo alto de la escalera, el recreo tomaba el aspecto de infantil
aquelarre. Ella era la inventora de las ms extraas diversiones: la
introductora de cuantos juegos violentos vea a los muchachos de las
calles los das en que salan a pasear por la ciudad.

No pareca contenta hasta que ella, con su banda, turbaba los juegos de
las dems nias, y experimentaba cierto gozo maligno cuando alguna amiga
torpe, queriendo imitarla en sus arriesgados saltos, caa de bruces y se
contusionaba el rostro hasta hacerse sangre.

Ella fu la inventora de la sencilla diversin de dejarse resbalar a
horcajadas por el pasamano de la gran escalera de piedra a una altura de
ms de quince metros, temeridad en la que muy pocas la quisieron seguir,
y cuando la segunda directora, sorprendindola en tan peligrosa
ocupacin, la quit las ganas de repetir con unos cuantos tirones de
orejas, entonces dedicse a huronear por los alrededores de la
habitacin del portero, a quien pona en cuidado la picarda del
gracioso bandido, pues apenas se alejaba el hermano Jos un momento se
encontraba al volver rasgadas las estampas con que adornaba su cuarto,
sufriendo con esto un cruel berrinche, pues amaba a aquellas imgenes
como si fueran individuos de su propia familia.

Un da llev la nia su audacia hasta el punto de al atravesar el viejo
portero el patio a la hora de recreo saltar a su espalda y dejar al
descubierto su pelado y puntiagudo crneo, arrebatndole el mugriento
gorro de terciopelo, que de mano en mano, como una pelota, fu de un
extremo a otro.

A cada una de estas hazaas conmovase todo el personal del colegio,
bramaba la austera subdirectora, miraban al cielo con aire de
escandalizadas las otras hermanas y la directora llamaba a su despacho a
la terrible nia, consiguiendo con todos sus sermones que se repitiera
siempre la misma escena.

Mara no negaba, pues era incapaz de mentir. S, ella haba hecho
aquello de que le acusaban. Y por qu? Por qu haba cometido tal
monstruosidad? A esta pregunta siempre contestaba lo mismo, con
encogimiento de hombros y sonrisas picarescas. Ella no saba explicar,
aunque quisiera, el mvil de sus travesuras. Haca aquello, no porque
gozase en hacer mal, sino porque senta en su interior un impulso
irresistible a moverse y a provocar ruido, y porque en ella la accin
segua rpida e irreflexivamente al pensamiento.

No lo volvera a hacer: lo prometa formalmente a la directora, y ella,
en su interior, estaba dispuesta a cumplirlo; pero apenas sala del
despacho con los ojos bajos y el exterior compungido, sentase asaltada
por el demonio del escndalo (como decan las religiosas), y si
encontraba al paso un mueble que volcar con estruendoso ruido o una
buena madre a quien clavar en el sayal un alfiler con una maza de
papeles, hacalo con tanta rapidez como lo haba pensado.

Convencironse, por fin, la directora y sus subordinadas de que era
imponible dominar aquella travesura natural, que llegaba hasta el
extremo de atar los orinales a la cola de los gatos y azuzar despus a
stos para que entrasen corriendo en la capilla a la hora del rezo; y se
propusieron armarse de paciencia para sufrir todas las ruidosas bromas
de aquella nia.

Justamente entonces fu cuando Mara experiment un brusco cambio en su
organismo, que modific su carcter.

Estaba prxima a los trece aos, cuando comenz a sentir un sordo
malestar, una agitacin nerviosa que la turbaba, impidindola hacer las
locuras de siempre.

Sus giles miembros mostrbanse torpes, como si comenzasen a
experimentar una interna petrificacin, y los ejercicios violentos
conmovanla hasta el punto de hacerla sufrir vahidos y bruscas
alternativas de asfixiante malestar.

Quejbase de violentos dolores en las caderas que la obligaban a
inclinarse como si no pudiera resistir el peso de su cuerpo, y tan
visible era su fiebre, que las buenas madres la llevaron a presencia del
mdico del colegio a la hora en que ste haca su diaria visita.

El mdico interrog con cierta discrecin a aquella nia que le miraba
descaradamente con sus hermosos ojazos, y sonri finalmente al escuchar
sus respuestas, haciendo un guio singular a la directora, que estaba
presente.

Oh! Aquello no era nada. Exceso de salud y vida. Lo de siempre: la
crisis que todas forzosamente haban de pasar al llegar a cierta edad.

La fiebre hizo dormir a Mara durante toda la noche con tranquilo sueo,
y al despertarse a la maana siguiente, incorporse en su cama con
nerviosa inquietud, llevando en su plido rostro y en sus ojos
asombrados una expresin de terror.

Senta algo extrao bajo el vientre, y todo su organismo estaba dominado
por una languidez que le robaba las fuerzas.

Parecale que durante el sueo haba sido herida por una mano brutal, y
notaba que la parte alta de sus piernas descansaba sobre pegajosa
humedad.

Alarmada y con miedo palp bajo las sbanas, y al sacar su mano manchada
de sangre rojiza y obscura psose densamente plida, agit su cabeza
como si el terror no la dejara aire que respirar y lanz un grito de
angustia que reson en todo el dormitorio.

Acudieron las buenas madres, y el miedo de la colegiala trocse en
sorpresa y estupefaccin al ver que las religiosas, al enterarse de lo
ocurrido, permanecan silenciosas, con los ojos bajos y ruborizadas,
mientras que en los labios de algunas de ellas vagaba una dbil sonrisa.

Era aquello el despertar de la pubertad, la revelacin del sexo, la
dolorosa y molesta iniciacin de la nia que pasaba a ser mujer.

Mara tard mucho tiempo en convencerse de lo que aquello significaba, y
aun as, slo adivin a medias la importancia de la revolucin que se
haba operado en su organismo, pues las religiosas procuraban conservar
a sus educandas en la ms absoluta ignorancia respecto a las funciones
de la naturaleza, llegando a tal extremo su pudibundez que prohiban a
las nias, bajo las ms severas penas, el llamar por su nombre a los
objetos de ntimo uso, y ponan de rodillas a la que, hablando de su
camisa, la daba tal nombre, en vez de llamarla la _indispensable_.

Las consecuencias que tuvo para Mara aquel suceso fu abandonar en el
mismo da el dormitorio de las medianas para pasar al de las seoritas
mayores y transformar su vestido, aadiendo algunas pulgadas ms de tela
a la falda de su uniforme.




VIII

Sinfona de colores.


Al sentirse Mara tocada por la mano de la Naturaleza fu cuando cambi
por completo de carcter.

La pubertad pareca haber limpiado obstrudos canales de su organismo
por donde ahora circulaban nuevos torrentes de vital energa, y se
despertaban en ella sensibilidades desconocidas que le hacan percibir
cosas hasta entonces nunca imaginadas. Pareca que su piel se haba
adelgazado para ser ms sensible a todas las impresiones externas, que
sus ojos haban estado empaados hasta entonces y ahora lo vean todo en
un nuevo aspecto y con asombrosa claridad, y que sus miembros, antes
enjutos, giles y nerviosos como los tentculos de un insecto, al
henchirse en el presente con esa fuerza vital que hace estallar el
capullo y esparce en el espacio un tropel de colores y perfumes,
adquiran nueva forma, y lo que perdan en ligereza ganbanlo en
solidez, siendo como races que la unan a la vida.

Aquella revelacin de la pubertad que tanto alarm su ignorancia cambi
por completo sus gustos y aficiones.

Huy de las diversiones ruidosas; en el patio del recreo mir con gesto
desdeoso los juegos inocentes a que se entregaban sus compaeras
menores, acogi con la irritacin del que le proponen una cosa indigna
las excitaciones de su banda para que volviese a reanudar las antiguas
diabluras y gust de permanecer en las horas de esparcimiento sentada en
un rincn del patio, con el aire enfurruado del que est descontento de
s mismo y mirando a todas partes con ojos interrogadores, como si
quisiera encontrar el poder que la haba herido en su organismo,
produciendo aquel cambio que en ciertos momentos la irritaba.

A pesar de aquellas fieras melancolas y de los vagos deseos de venganza
sin objeto, su varonil carcter iba cediendo el paso a nuevas aficiones
y desaparecan en ella rpidamente todos los gustos que la hacan
semejante a un muchacho con faldas.

Ella, tan rebelde siempre a toda clase de labores femeniles, se aficion
de repente a los trabajos delicados, y aunque era visible su torpeza
para esta clase de faenas, pues nicamente tena facilidad asombrosa
para el estudio, lleg a ser una de las mejores alumnas de la
subdirectora, si no por su habilidad, por su tenaz perseverancia.

En las horas de recreo colocbase en el banco del patio al lado de
algunas seoritas mayores que ella, que llamaban la atencin por su
exagerada sensatez, y all permaneca mucho tiempo entregada de lleno a
sus labores de punto, con los ojos bajos y fijos tenazmente en sus
movibles dedos y sin dar otras seales de vida que las oleadas de sangre
comprimida y violentada por tal quietismo que, subiendo atropelladamente
a su cabeza, la inundaban de prpura el semblante.

Pero aquel carcter, que a pesar del cambio experimentado se conservaba
movible e inquieto, no poda ceirse mucho tiempo a una vida de continua
inmovilidad y fijeza.

Su cuerpo no deseaba el movimiento, pero en cambio, el espritu, que
haba permanecido como muerto durante aquella alborotada niez,
reclamaba ahora su parte de agitacin y esparcimiento y se desesperaba
aturdido por la monotona de las laboriosas distracciones a que se
entregaba la joven.

De repente dej de bajar al patio a las horas de recreo, y cuando las
buenas madres, alarmadas por las desapariciones de aquella nia terrible
que las tena en perpetua alarma, fueron en su busca, encontrronla
siempre en la azotea del colegio, vasta planicie de ladrillo que, por su
altura, permita gozar de un magnfico panorama y que estaba cubierta
por una celosa de alambre, a la cual se enroscaban centenares de
plantas trepadoras, formando una hermosa bveda de verdura.

Como Mara era siempre sorprendida por las religiosas, inmvil en la
azotea, mirando con soolienta vaguedad a lo lejos, y no se notaba el
menor desperfecto en las plantas, las buenas madres prefirieron dejarla
all a que siguiese bajando al patio, donde un da u otro podan volver
a despertarse sus instintos varoniles y perturbar de nuevo la quietud
del colegio.

Mara se consider feliz con aquella tolerancia que le permita
permanecer en la azotea hasta la hora en que la campana del colegio, con
sus repiqueteos, le indicaba que era llegado el momento de volver al
trabajo.

El espectculo que desde all se gozaba llenaba por completo la
aspiracin que senta su alma por todo lo grande, lo inmenso. Adems, en
aquel ambiente de libertad, limitado por el infinito, se respiraba mejor
que en el interior del colegio, entre las obscuras paredes, desnudas y
fras, como el afecto mercenario de las buenas madres.

Dios mo! Qu hermoso era aquello! Mara nunca se cansaba de
contemplarlo y el panorama producale una dulce somnolencia, en la cual
transcurran las horas con vertiginosa rapidez.

Lo primero con que tropezaban sus ojos al subir era con la imponente
torre del Miguelete, que pareca abrumar el espacio con su pesada masa
octogonal y que remontaba sus ocho caras de piedra tostada, compacta y
desnuda de todo adorno, para coronarse al final con una cabellera
incompleta de floridos adornos gticos, a los que sirve como de sombrero
el feo remate postizo que remedia el defecto de la obra sin terminar.

El coloso de piedra hunda su base en la vieja catedral erizada de
pequeas cpulas, entre las que campea la gtica linterna, y a su
alrededor, como las escamas de una inmensa concha de galpago,
extendase un mar de tejados, rojizos o negruzcos, empavesados por las
ristras de blanca y flotante ropa puesta a secar y contadas a trechos
por las moles pesadas e imponentes de los edificios pblicos o por los
innumerables campanarios, esbeltos, casi areos, remontndose en el
espacio con la graciosa audacia de los minaretes de las mezquitas.

Y cuando la nia cansbase de mirar a la ciudad, sumida en la modorra
propia de las primeras horas de la tarde bajo un sol siempre ardiente,
cuando se senta aturdida por el cachazudo y discreto campaneo que
llamaba a los cannigos al coro, o por el zumbido de colmena que sala
de las calles ocultas a su vista, pero marcadas por las desigualdades de
los tejados y por los trozos de fachada que quedaban al descubierto con
sus alegres balcones cargados de plantas y sus cortinas listadas
flotantes a la brisa, no tena ms que girar sobre sus talones para
sumergirse en una contemplacin de distinto carcter y sentirse envuelta
en esa somnolencia ideal que produce la naturaleza exuberante, envuelta
en esos esplendores que son la desesperacin del arte y que el hombre no
llegara nunca a reproducir.

Delante, casi a sus pies, el ro con su gigantesco cauce seco y
pedregoso, veteado aqu y all por corrientes de agua mansa, que se
deslizaban indecisas y formando grandes curvas como para llegar ms
tarde al mar que ha de tragarlas; las lavanderas tendiendo sus montones
de ropa entre los altos olmos, alineados a lo largo de las avenidas; los
antiguos puentes de roja piedra, albergando bajo sus chatos ojos tribus
enteras de gitanos con su acompaamiento de nios sucios, voceadores y
en camisa, revueltos con asnos consumidos por el hambre, mancos, sin
narices y picados por las irreverentes pedradas de innumerables
generaciones de muchachos; y junto a los ms apartados riachuelos las
manadas de toros destinados a la matanza, paseando su gravedad de raza y
su aplomada estampa, y mirando con expresin de hartura los bullones de
hierba fresca arreglados por el pastor.

Ms all del ro, el espectculo se agrandaba, se extenda hasta el
infinito, con interminable variedad de colores y de luces.

El Hospital Militar con sus cuadradas torres; las grandes fbricas con
sus chimeneas humosas; las frondosidades de la Alameda, en las que luca
el tono verde con todas sus infinitas variedades y sobre las cuales se
elevaban como dos toscos dolos chinos las torrecillas de los guardias
vestidas con ptreos escudos y cubiertas con caperuzas de barnizadas
tejas; todo esto formaba el marco de la opuesta orilla del ro, y tras
aquella lnea extensa y profunda de edificios y vegetacin esparcase la
huerta, perdindose por un lado en el lejano horizonte y muriendo por
otro al pie de las montaas.

Aquel espectculo causaba a la vista el efecto de un licor fuerte, pues
los ojos se embriagaban y aturdan al abarcar de un golpe el desordenado
tropel de colores.

Era aquello como un mosaico caprichoso, como un schal indio de extraos
y vistosos colores, tendido desde la ciudad al mar.

La nota verde predominaba en aquella grandiosa sinfona de colores; era
la nota obligada, el eterno tema, slo que suba y bajaba, se adelgazaba
como un suspiro o se abra como una frase grave, tomando todas las
gradaciones y tonalidades de que es susceptible un color.

El verde obscuro de las arboledas resaltaba sobre el blanquecino de los
campos de hortalizas; el amarillento de los trigos haca contraste con
el lustroso y barnizado de los naranjos, y los pinares, all en el
ltimo trmino, destacaban las negruzcas curvas de sus copas sobre el
fondo que formaban las primeras colinas rojizas, que, acariciadas por el
sol, tomaban un tinte violeta.

Y aparte de los colores, cun bellos aspectos presentaban vistas desde
aquella altura todas las obras del hombre, todos los signos de vida que
se destacaban sobre aquella naturaleza esplendente!

Como los caprichosos veteados de un inmenso bloque de mrmol,
extendanse tortuosas fajas rojizas y blanquecinas, que eran otros
tantos caminos, formando intrincada red y perdindose a lo lejos,
matizados por puntos negros en los que apenas si por el tamao se
adivinaban a hombres y vehculos. Las innumerables acequias, recuerdo
fiel de la civilizacin sarracena, confundanse y se enmaraaban en
intrincadas revueltas, como un montn de plateadas anguilas sobre un
lecho de verdes hojas, y por todas partes donde se diriga la mirada,
confundidos hasta el punto de parecer que slo mediaban algunos pasos de
unos a otros, veanse pequeos pueblecitos, grupos de casas, grandiosas
alqueras; manchas, en fin, de esplendorosa blancura, que bien podan
ser comparadas por un poeta con un tropel de gaviotas descansando sobre
un mar de esmeraldas.

La vega tena sus lmites.

A un extremo, cerrando el horizonte y recortando sobre l su dentada
crestera, surga la audaz cordillera que iba a hundirse en el
Mediterrneo en rpido descenso de cumbres, sustentando en la ltima de
stas el histrico castillo de Sagunto, cuyas largas cortinas e
innumerables baluartes parecan, vistos desde Valencia, las revueltas de
una sierpecilla cenicienta, encogida y dormitando al cario del sol, y a
partir de tal punto, el mar, orlando toda la huerta a lo largo con su
recta y azulada faja, llanura inmensa en la que las blancas velas se
movan como triscadores corderillos.

Todo era animacin all donde se fijaban los ojos. La vida se desbordaba
lo mismo en las obras de la Naturaleza que en las del hombre, y como
manadas de obscuros pulgones veanse esparcidos por los campos
centenares de puntos negros, sobre los cuales, una vista poderosa
distingua el brillo de veloces relmpagos. Las herramientas agrcolas,
volteando sobre la cabeza del jornalero, caan y araaban las entraas
de la tierra, removindola sin piedad para acelerar el parto de su
produccin preciosa. La madre comn era forzada brutalmente a crear para
dar el sustento a sus hijos, que no la permitan el menor descanso.

Pero aquel detalle de fatiga y laboriosidad humana pasaba casi
inadvertido para la soadora nia y desapareca absorbido por el
imponente espectculo que presentaba el conjunto.

Mara, acostumbrada a ver todos los das y a las mismas horas aquel
paisaje encantador, estaba familiarizada con l, y a pesar de esto nunca
se cansaba de admirarlo ni lo encontraba montono.

Se senta feliz all. Era un atracn de libertad y de espacio infinito
que se daba la pber, al mismo tiempo que senta correr por sus venas
torrentes de sangre ardiente y atropellada, comparable a las impetuosas
corrientes de savia que animaban aquel mar de verdura; era una
borrachera de luz y de color que animaba a la fogosa nia y la daba
fuerzas y resignacin para resistir el montono y fro interior del
colegio, con las austeridades de su educacin monjil.

La nia, obsesionada por aquel espectculo, tena ideas muy extraas.
Primero crey ver en aquel dilatado panorama las ms estrambticas
imgenes, algo semejante a un aquelarre de figuras monstruosas, esbozos
grotescos y formas de embrin. Haba obscuros caares que, moviendo los
blancos plumajes de sus alturas, parecanle negruzcos dragones tendidos
y agitando con nerviosos estremecimientos su manchado dorso; hablaba y
haca muecas a su chino, que era una torrecilla lejana cuyas dos
ventanas le parecan ojos desmesuradamente abiertos, bajo la puntiaguda
techumbre de tejas que tena gran semejanza con la montera de un
mandarn del Celeste Imperio, y las lejanas montaas se presentaban a su
vista revistiendo las ms extraas formas animadas: unas eran cpulas de
catedral, otras sombreros de ridculas formas, y hasta en un pico
lejano, de perfil encorvado, y en las grandes manchas formadas por
hondonadas y barrancos pareca encontrar cierto parecido con el rostro
del hermano Jos, el portero del colegio, con su picuda nariz y su
mirada maliciosa.

Pronto su imaginacin soadora, abismndose en la contemplacin diaria
de un panorama al que amaba con creciente cario, cansse de buscar en
l extravagantes semejanzas y de adivinar fantsticas formas.
Familiarizndose cada vez ms con el paisaje encontraba una sorprendente
novedad que al principio la hizo sonrer.

Qu locura! Pues no le pareca que cantaba aquella vasta y
deslumbrante llanura, entonando un himno vago que no produca en sus
odos conmocin alguna, pero que vea vibrar en el espacio?

Era aquello un terrible despropsito; mas no por esto resultaba menos
cierto que la risuea vega, con sus azuladas montaas de tonos violceos
y su mar que se confunda con el azul del cielo, entonaba una sinfona
muda, una msica de la que gozaban los ojos en vez de los odos y en la
cual cada color representaba una nota, un instrumento que interpretaba
su parte, con nimia exactitud, sin desentonar en el armonioso conjunto.

Mara recordaba las fiestas del colegio, aquellas representaciones
teatrales en honor de la santa patrona del establecimiento; la comedia
mstica desempeada por las ms avispadas colegialas y en la que ella,
por su desenvoltura, se encargaba siempre del papel _de graciosa_;
entonces, durante los entreactos, alegraba con sus risueos sones las
desiertas salas del edificio una orquesta formada por los msicos ms
viejos de la ciudad, que asistan a los entierros y a las funciones
religiosas.

La joven haba odo en tales ocasiones interminables sinfonas de
carcter clsico, y ahora encontraba que era muy semejante aquella
maravillosa sucesin de colores, con el engarce de notas de las grandes
piezas musicales.

Dud al principio, pero al fin se di por convencida. Oh!...
Maravilloso!... Divino!... El campo entonaba su sinfona ni ms ni
menos que como sala de los instrumentos de todos aquellos profesores
viejos, la mayor parte con peluca, que alegraban el colegio en la fiesta
anual.

Primero, las notas aisladas e incoherentes de la introduccin eran
aquellas manchas verdes y aisladas de los rboles del ro, las masas
rojizas de los puentes y edificios, las mil formas que se vean
recortadas, separadas e individuales a causa de su proximidad, y tras
esta incoherencia de colores, que por estar prximos al espectador no
podan confundirse y armonizarse, tras esta breve y fugaz introduccin,
entraba la sinfona, brillante, deslumbradora, atronndolo todo con su
grandiosidad de conjunto y sin perder por esto el gracioso contorno de
los detalles.

Los cabrilleos de las temblonas aguas de acequias y riachuelos, heridas
por la luz, eran el trino dulce y tmido de los melanclicos violones,
destacndose sobre la masa de los dems tonos; los campos, de verde
apagado, hacan valer su color como suspiros tiernos de clarinetes, esos
instrumentos que, segn Berlioz, "son las mujeres amadas"; los agitados
caares, con sus amarillentas entonaciones, esparcidos a trechos,
parecan formar el acompaamiento; los trozos de frescas hortalizas, con
sus tonos claros y esplendentes, como charcos de esmeralda lquida,
resaltaban sobre el conjunto cual apasionados quejidos de la viola de
amor o romnticas frases de violoncelo, y en el fondo, aquella inmensa
faja de mar, con su tono azul espumado, semejaba la nota prolongada del
metal que, a la sordina, lanzaba un suspiro sin lmites.

S. Mara se afirmaba cada vez ms en su idea. Era aquello una sinfona
clsica, en la que el tema fundamental se repeta hasta lo infinito.

El tema era la nota verde, que tan pronto se abra esparcindose para
tomar un tono blanquecino como se condensaba y obscureca hasta
convertirse en azul violceo.

Semejante al pasaje fundamental que salta de un atril a otro, para ser
repetido por los diversos instrumentos en los ms diversos tonos, aquel
verde eterno jugueteaba en el paisaje, suba y bajaba perdiendo o
ganando en intensidad, se hunda en las aguas tembloroso y vago como los
quejidos de la cuerda, se tenda sobre los campos desperezndose con
movimientos voluptuosos y dulzones como las melodas de los instrumentos
de madera, se extenda azulndose sobre el mar con prolongacin
indefinida, como el soberbio bramido del metal, y para completar ms el
conjunto, cual el vibrante ronquido de los timbales matiza los pasajes
ms interesantes de una obra, el sol arrojaba brutalmente a puados sus
tesoros de luz sobre aquella inmensidad, haciendo resaltar con la
brillantez del oro unas partes y dejando envueltas otras en la penumbra
del claroscuro.

Y la soadora nia, con su exaltada fantasa, segua la marcha de
aquella sinfona muda, que por partes iba desarrollando ante sus ojos
sus sublimes grandiosidades.

La blancura de los caminos eran cortos intervalos de silencio en aquel
gigantesco concierto, el cual, una vez salvados tales obstculos, segua
desarrollndose con todas las reglas de la sublimidad artstica. El tema
creca en intensidad y brillantez conforme iba alejndose y adquiriendo
un tono obscuro; en las orillas del mar llegaba al perodo esplendente,
a la cspide de la sinfona, y desde all comenzaba a descender,
buscando el final, las postreras notas. Corra el colorido del tema
sobre el mar, esfumndose en el horizonte y adquiriendo la suavidad
indecisa de las medias tintas; encarambase por las lejanas montaas,
cuya plida silueta casi confunda sus contornos con el espacio, y desde
aquellas alturas arrojbase en pleno cielo y marchaba velozmente hacia
el final, como los instrumentos que entran ya en los ltimos compases de
la sinfona. Una vez all, lo que en el suelo y a corta distancia era
verde brillante, se difuminaba en tonos dbilmente azules hasta ser
blanquecinos, como el tema sinfnico que despus de ser brillante y
ensordecedor, al ser repetido por ltima vez adquiere la vaguedad
indecisa del sueo, y, al fin, se confunda en el horizonte,
indeterminable, plido, extinguido, sin extremo visible, como el ltimo
quejido de los violines que se prolonga mientras queda una pulgada de
arco, y que adelgazndose hasta ser un hilillo tenue, una imperceptible
vibracin, no puede darse cuenta el que escucha de en qu instante cesa
realmente de sonar.

Poda ser aquello una locura, pero Mara oa cantar a los campos y al
espacio, y gozaba en la muda sinfona de la Naturaleza, en aquella obra
musical silenciosa y extraa, que comenzaba con lentas palpitaciones de
tintas campestres, que se iba agrandando hasta el punto de que las
diversas tonalidades de color se sofocasen entre s, como el canto de
las sirenas, imperioso, enervante y desordenado, sofoca las solemnes
preces de los peregrinos en la obertura del _Tanhuser_ y que terminaba,
por fin, perdiendo su intensidad, palideciendo, como debilitada por
aquella orga de tintas y esparcindose en el infinito espacio cual el
fatigado espritu que en loca aspiracin intenta en vano sorprender el
misterio de la inmensidad.

Todas las tardes, apenas la campana del colegio daba el toque del
recreo, la nia, cada vez ms soadora, se lanzaba a subir a la azotea,
con todo el apresuramiento febril de la joven que se dispone a ir al
teatro, donde sus padres slo la llevan de tarde en tarde.

Ella llamaba su palco a aquella azotea, y el espectculo que desde all
gozaba parecale de inacabable novedad, pues nunca llegaba a fastidiarse
dejndose absorber por la grandiosa monotona de la Naturaleza.

Tan atrada se senta por la azotea del colegio, que muchas tardes, a la
hora en que repasaba sus lecciones de solfeo, pretextaba necesidades
apremiantes o burlaba la vigilancia de la madre inspectora para subir a
aquel punto del edificio, alczar dorado de sus ensueos, donde hubiera
querido vivir a todas horas.

Las puestas de sol la conmovan, hasta el punto de arrancarla gritos de
admiracin y contraer su rostro con un gesto de estupidez contemplativa.

Aquel espectculo era an ms hermoso que la sinfona de colores, y cada
da se presentaba bajo una nueva forma, prolongndose sus radicales
variedades hasta lo infinito.

Cun hermosa, resultaba la agona de la tarde!

En los das tranquilos, el cielo era una inmensa pieza de seda azul, por
la que rodaba lentamente, sin quemarla, el sol, como una bola de fuego,
y cuando en su descenso majestuoso se acercaba al lmite del horizonte
formbase tomo un lago de sangre, en el cual se sumerga el astro,
tomando un tinte violceo.

Otras veces, en las tardes nubladas, la apoteosis final del da
verificbase en medio de un tropel de vapores, y entonces, el
espectculo adquira imponente grandiosidad. Pareca el horizonte
maravillosa decoracin de melodrama mgico, sometida a rpidas
mutaciones. Las nubes, que momentos antes semejaban gigantescos copos de
blanco algodn, heridos ahora por los ltimos rayos de luz,
chisporroteaban como un mar de azufre; veanse all formas extraas,
cambiando al menor soplo del viento; lo que pareca una torre adquira
de pronto el perfil de una roca batida por olas de fuego; las siluetas
de monstruos trocbanse en flotantes vestiduras de ngel, y muchas
veces, el sol, en sus ltimos estremecimientos, rompa el muralln de
crdenas nubes, y a travs de la brecha lanzaba horizontalmente sus
postreros rayos como una lluvia de flechas de oro que, cruzando veloces
el espacio, venan a herir la retina del espectador.

Cuando caa el crepsculo y tenues gasas parecan arrollarse lentamente
a todos los objetos, Mara, con los ojos todava deslumbrados y
suspirando con inexplicable melancola, descenda al interior del
edificio, que le pareca ms feo y triste que de costumbre.

Sus ojos, conmovidos an por aquella borrachera de luz y de color, no
podan habituarse a la negra y desierta sombra que iba apoderndose de
aquellas habitaciones.

En su cerebro iba germinando una idea que se impona con la fuerza
irresistible del deseo. Salir de all cuanto antes, vivir envuelta en
aquellos esplendores que la deslumbraban, ser libre, completamente
libre, como las brisas, como los colores que ella vea saltar de un
punto a otro, hasta perderse en el infinito.

La continua contemplacin de la Naturaleza, despertaba en ella un anhelo
inexplicable que la conmova hasta en lo ms ntimo.

Deseaba algo que no poda determinar. Ansiaba salir de all, para vivir
sola y libre como un pajarillo, de los que ella vea saltar en los
rboles; como una de las flores que matizaban la sinfona de colores;
pero... no estaba muy segura de si esto le bastara.

Un suceso inesperado revolucion su existencia y vino a arrancarla de
sus fantsticas contemplaciones.




IX

Se oye un violn.


Una tarde, estaba tendida sobre el vientre y con la barba apoyada en las
manos, soolienta y amodorrada por los golpes de sol que pasaban a
travs de la bveda de enredaderas.

Haba llegado la primavera; el vivificante abril abra los ptalos de la
flor del naranjo, impregnando la atmsfera con el punzante perfume del
azahar, y al respirar, aspirbanse esos efluvios de amor y de bellos
sueos que trae consigo la ms hermosa de las estaciones.

Mara no se abismaba, como de costumbre, en la contemplacin del
paisaje. Tena sus asuntos serios en qu pensar y que por cierto le
preocupaban bastante.

En primer lugar, slo faltaban dos meses para los exmenes y el reparto
de premios que se verificaban en el colegio al llegar el verano, y
aunque ella, por ser, con el consentimiento general, una de las ms
desaplicadas estaba exenta de aspirar a los honores destinados a la
laboriosidad, habasele metido en la cabeza el conseguir lo que
alcanzaban aquellas compaeras remilgadas e hipcritas. Hasta entonces
slo haba alcanzado premios en la clase de gimnasia, donde brillaba
acometiendo las ms audaces diabluras; pero aquella maana haba tenido
una pelea con una burguesilla pedante, que hablaba de gramtica y
aritmtica a las que slo se ocupaban de vestidos; la sabidilla la haba
llamado ignorante, y este insulto haba hecho germinar en ella el deseo
de disputarla uno de los premios literarios. En verdad que nada saba,
que sus libros rotos y manchados a fuerza de arrojarlos al suelo,
estaban olvidados en el fondo del pupitre; pero esto no doblegaba su
firme voluntad, ni la haca retroceder en el propsito de alcanzar el
premio anhelado.

Otro asunto an ms importante ocupaba su pensamiento.

Su ta, la baronesa de Carrillo, no tardara en sacarla de all. Tambin
en aquella misma maana lo haba odo de labios de la subdirectora,
sorprendiendo su conversacin con otra religiosa.

La baronesa, desde que haba sabido que su sobrina no era ya tan
traviesa y que en vez de alborotar el colegio, se mostraba formal como
una mujercita, senta deseos de tenerla a su lado, y haba escrito en
este sentido a la directora, prometiendo que sacara a Mara del colegio
apenas sus ocupaciones le permitieran abandonar Madrid pon unos das, lo
que ocurrira indefectiblemente a principios del verano.

La joven, a pesar de sus deseos de libertad, estaba acostumbrada a la
vida del colegio, y tan extraa a su persona le resultaba ahora doa
Fernanda, a la que haba visto pocas veces desde que estaba all, que no
saba si alegrarse o entristecerse por la nueva existencia que llevara
en Madrid.

Seducala la perspectiva de brillar en un mundo de elegancia y riqueza,
que slo de odas conoca; pero al mismo tiempo, desde que tena la
certeza de abandonar en breve aquel edificio, escenario de su niez,
presentbasele con cierto encanto y se senta como atrada por sus
paredes.

Entregada a estas reflexiones, y sin saber cmo acoger la idea de su
prxima marcha, permaneci Mara por mucho tiempo tendida sobre el
embaldosado de la azotea, que le comunicaba grata frescura.

De pronto se incorpor, avanzando la cabeza como para or mejor.

Sobre el ruido que producan los carruajes pasando por las cercanas
calles y por la avenida existente entre el colegio y el pretil del ro,
destacbase un sonido agradable y continuo, que por su novedad alarm a
la nia.

De dnde proceda aquello? Era la primera vez que escuchaba aquel
sonido que a ella le pareca dulcsimo, y que cesaba de vez en cuando
para volver a reanudarse con mayor fuerza.

Mara se levant, poniendo en el odo toda su voluntad, para que el
ruido de las calles no sofocara tales armonas.

Era el sonido de un violn; pero lo notable consista en que las
armonas no suban de la calle, sino que parecan salir a travs de la
pared que Mara tena a su derecha.

Aquel pequeo muro, blanqueado y cubierto de enredaderas, haba sido
levantado para aislar la azotea del colegio de una casita pequea y
humilde, pegada como una modesta verruga al grandioso edificio que
ocupaba el resto de la manzana.

Mara sinti el impulso de una curiosidad irresistible, y pensando en
qu medio empleara para ver quin tocaba el violn al otro lado de la
pared, qued exttica, y meditabunda escuchando las melodas del
instrumento.

Aquella msica le pareca deliciosa a la joven; lo que no impeda que
fuese obra de una mano inexperta y torpe que cometa un desacierto a
cada comps.

El tema de _El Carnaval de Venecia_, esa cancioncilla insufrible por lo
vulgar, que repiten desde los profesores de caf hasta los _clowns_ en
el circo, era lo que tocaba aquel violn, con la desesperante monotona
del principiante tenaz. El arco, en algunos pasajes, arrancaba a las
cuerdas sonidos bastante limpios y agradables; pero de vez en cuando, se
le iba la mano al ejecutante, y el aire se poblaba de estridentes
chirridos, como si un nido de ratas acabase de caer bajo la zarpa del
gato.

Con aquella musiquilla de principiante haba suficiente para crispar los
nervios del ms pacienzudo; pero a Miara, influenciada por el ambiente
potico en que se suma apenas entraba en la azotea, parecale la
cancioncilla una fantstica serenata que un genio misterioso, oculto
tras aquella pared, daba en su honor.

Ella senta vehementes deseos de enterarse de aquel misterio, de conocer
al incgnito artista, y se arranc de su expectacin exttica para
escalar la pared, a cuyo borde casi llegaba con las puntas de sus dedos.

Amonton algunos tiestos de flores sobre un fuerte banquillo de madera,
y as logr encaramarse con relativa comodidad, hasta asomar su
despeinada cabeza al borde del muro.

Ansiosa de satisfacer su curiosidad, mir abajo, y vi como a unos tres
metros, un tejado mohoso, antiguo y con la mayor parte de sus tejas
rotas, y en el centro de su declive, una pequea azotea que tena a uno
de sus extremos una garita casi derruda, por donde desembocaba la
escalera. Adems, entre la azotea y la parte ms alta del tejado que
daba a la calle, levantbase una casuchita de yeso y madera, agrietada
por sus cuatro caras, que pareca haber servido de palomar o conejera en
otros tiempos.

De all salan los sonidos del violn. La puerta, construda con maderas
de cajn que an llevaban la marca de fbrica, estaba abierta, dejando
al descubierto el interior de aquella construccin rara. Algunos libros
estaban esparcidos por el suelo o amontonados sobre una tabla sin
cepillar, pendiente del techo con cordeles. No se vea al que tocaba el
violn... pero detalle horrible! sobre aquella tabla que serva de
biblioteca, vi un crneo, limpio, lustroso, con ese color amarillento
de mrmol viejo que el tiempo da a los huesos humanos.

Aquel crneo era grotesco hasta lo horrible. Una mano irrespetuosa lo
haba cubierto con una gorrita vieja, y en sus cuencas negruzcas y
vacas pareca brillar una imaginaria mirada de terrorfica malicia; as
como en su mandbula superior, desdentada a trechos, vagaba una sonrisa
que daba fro.

Mara, aterrorizada, estuvo a punto de dejarse caer, y hasta le pareci
que la musiquilla producala algn fnebre compaero del sardnico
crneo que la espantaba con su sonrisa; pero la curiosidad pudo en ella
ms que el terror y permaneci inmvil con la esperanza de conocer al
artista.

Permaneci mucho tiempo en su incmoda atalaya, escuchando con algunos
intervalos de silencio y repeticiones hijas de la torpeza, aquellas
interminables variaciones sobre el tema de _El Carnaval de Venecia_, que
parecan constituir todo el repertorio del artista.

Por fin ces la musiquilla y entonces Mara vi asomarse a alguien a
aquella puerta, a la que no miraba ya, por miedo de que sus ojos
tropezasen con la burlona calavera.

Primero asom una cabeza de muchacho, plida, con el cabello al rape,
orejas algo salientes y las mejillas sombreadas por esa pelusa de
membrillo que enorgullece a la pubertad como aviso de prxima barba;
despus fu apareciendo el resto del cuerpo, delgaducho, pero con cierta
gallarda y cubierto con un traje que resultaba corto y ridculo a causa
del rpido crecimiento de su dueo.

Aquel muchacho pareca tener unos quince aos, y en su rostro
descolorido se estaba verificando esa revolucin de facciones que se
experimenta al salir de la pubertad y que fija para siempre los rasgos
tpicos de cada hombre. Estaba algo feo y ridculo, con su cabeza
redonda y rapada, sus orejas salientes que clareaban al sol como si
fuesen de cera y sus pmulos pronunciados; pero en su rostro quedaban
rasgos permanentes que anunciaban una futura distincin, y adems sus
ojos tenan una luz dulce y tranquila que pareca derramar un ambiente
simptico sobre toda la cara.

Llevaba en sus manos el violn y el arco, y jugueteando con ellos
mientras descansaba, mostraba intencin de entrar pronto en la casilla a
continuar su cencerrada de aprendiz.

Como Mara estaba tan alta y el muchacho miraba a lo lejos, no pudo
conocer inmediatamente que era espiado; pero por ese desconocido
fenmeno que hace que las personas nerviosas se inquieten y aperciban,
as que otra persona fija en ellas sus ojos, el violinista sinti como
el peso de las miradas que desde lo alto le lanzaba la colegiala, y
levantando su cabeza, vi a la bella curiosa.

Fijse en la cabeza maliciosilla y hermosa, coronada por una diadema de
desordenados y rizosos cabellos, y por algunos instantes no pudo apartar
su vista de aquellos ojos insolentes que se clavaban en l con una
expresin mezcla de insolencia y afecto.

El muchacho enrojeci como una doncella sorprendida en un bao por la
ardiente mirada de la curiosidad lbrica; sinti, al par que el rubor,
una impresin de ridculo y de vergenza, y rpidamente se refugi en el
fondo de su madriguera.

La nia qued asombrada por esta brusca desaparicin.

--Pero, Dios mo! Cun tonto es ese muchacho!

A pesar de toda su tontera, Mara encontrbalo altamente simptico, y
en medio de su despecho, congratulbase de que el colegio tuviese tales
vecinos.

Deseosa de verlo otra vez, y como retenida por una fuerza superior a su
voluntad, permaneci en su observatorio esperando otra aparicin del
violinista. La asquerosa calavera ya no le causaba tanto pavor desde que
conoca a su simptico compaero de habitacin.

Varias veces le pareci ver a travs de una ancha grieta de la pared, el
brillo de unos ojos fijos en ella; sin duda el tmido muchacho la
espiaba, deseando que ella se ausentase para volver a ensayar en el
violn.

Mara, comprendindolo as, se agach tras el muro y esper.

A los pocos instantes volvieron a sonar las tan sobadas notas de _El
Carnaval_, y cuando ya Mara iba a hacer de nuevo su aparicin sobre el
muro, repiquete la campana del colegio, indicando que la hora de recreo
haba concludo; y la nia, contrariada, tuvo que abandonar su
observatorio.




X

Amor en torno de un violn.


Al da siguiente, apenas son la hora del recreo, ya estaba Mara en la
terraza del colegio, y colocando de nuevo todos aquellos tiestos que le
servan de escalera, se encaramaba sobre el muro.

El descubrimiento del da anterior haba causado tal impresin en su
vida montona de colegiala, que turb su sueo, y durante toda la noche
estuvo sonando en su odo el chilln violn. Adems, varias veces vi en
sueos a aquel muchacho con sus claras orejas, su cabeza pelada, sus
ojos hermosos y dulces y aquel rubor de seorita que le resultaba tan
chusco a la traviesa Mara.

Cuando sta se asom a su atalaya vi la puerta del casucho abierta y el
horripilante crneo sobre su pedestal-libro. El muchacho deba haber
subido ya a su tugurio, pues ella, por ciertos ruidos que sonaban en su
interior, adivinaba la presencia del violinista.

Temerosa de espantar con su presencia al tmido aficionado, se ocult en
el mismo instante que el muchacho asomaba su cabeza por la puerta del
tugurio.

Bien fuese que hubiera reflexionado sobre su timidez del da anterior y
se sintiera avergonzado, o que le diese nimos el ver cmo se ocultaba
la nia, lo cierto es que no mostr su acostumbrada cortedad ni se
ruboriz, y agarrando su violn psose a tocar la eterna cancin sin
retirarse al fondo de la casucha.

Mara le oy, al principio agachada y oculta tras el muro; pero aquellos
chillidos de las cuerdas que la conmovan profundamente, parecan
atraerla con fuerza irresistible, y poco a poco fu irguindose hasta
apoyar sus codos en el borde de la pared, como si fuese el antepecho de
un palco.

El muchacho, de pie, en el centro de la puerta, tocaba su violn,
adoptando una actitud artstica, y en sus gestos se notaba el
convencimiento de que estaba haciendo una gran cosa y que para l eran
prodigios de arte los discordantes chillidos del instrumento.

Cuando ces de mover el arco, dejando a la mitad la variacin mil y
tantas, Mara palmote, moviendo como una loca su rizada cabecita, y
dijo con entusiasmo:

--Bravo, muy bien! Toca usted de un modo admirable.

Y as lo crea ella con toda su alma.

El muchacho pareca muy satisfecho por tales palabras, y se excus con
la modestia de un gran artista que desfallece bajo el peso de los
laureles.

--Oh! Es usted muy amable. Toco por aficin, y todava s poquito.

Con esto se agot todo su caudal de palabras, y ambos muchachos se
quedaron mirndose fijamente y sin hacer otra cosa que sonrer
estpidamente.

Transcurri mucho tiempo sin que se atrevieran a romper el silencio.
Mara en lo alto, con cierto aire de superioridad varonil y con
expresin maligna y sonriente; el muchacho abajo, confuso, aunque muy
contento por la amistad que comenzaba a contraer y haciendo esfuerzos
por manifestarse tranquilo y no ser hurao como el da anterior.

Como Mara era la que conservaba su serenidad, ella fu la que reanud
la conversacin.

--Y no toca usted otras cosas? Vamos, sea usted amable: hgame or otra
cancin. Yo toco el piano, aunque poquito, y tengo gran aficin a la
msica.

Aquel diablillo malicioso sonrea de un modo tan encantador, que el
muchacho se sinti subyugado, y aunque confusamente, conoci que acababa
de encontrar un ser con tal imperio sobre l, que era muy capaz, si
quera, de hacerle cometer las mayores locuras.

El joven obedeci y henchido de satisfaccin por tales deferencias, al
mismo tiempo que deseoso de demostrar su superioridad, agot todo su
repertorio; cuatro valsecillos ligeros con una interpretacin de
aficionado tan detestable como la de _El Carnaval._ Mara le escuch
encantada, y tan feliz se sinti oyendo la musiquilla y contemplando de
cerca y fijamente la cabeza del artista, que cuando son la campana del
colegio parecile que el tiempo haba transcurrido con mgica rapidez.

Pesarosa y con el aspecto de quien acaba de ser despertado en lo mejor
de un hermoso sueo, hizo, con su mano, una seal de despedida al
msico, y desapareci.

La colegiala pas todo el resto del da como una sonmbula, abstrada
por sus pensamientos y sin poder fijar la atencin en sus ocupaciones.

Aquel musiquillo llenaba por completo su imaginacin y senta hacia l
un afecto mayor que el que la haban inspirado sus famosas compaeras
que, en tiempos anteriores, haban constitudo la banda alborotadora del
colegio.

Despus de conocerlo, de hablar con l, senta una viva ansiedad por
enterarse de su historia, de su familia y de su clase de vida,
reprochndole su descuido al no acordarse de preguntarle cul era su
nombre.

Toda la noche la pas soando en el tocador de violn, oyendo vagamente
sus incorrectas armonas y las palabras que la haba dirigido, y a la
maana siguiente levantse febril e impaciente, deseando que las horas
transcurrieran veloces y que llegase pronto el anhelado momento del
recreo para dirigirse a la azotea.

Cuando Mara, tras larga crisis de impaciencia, y despus de mostrarse
en el comedor, contra su costumbre, completamente inapetente, vi
llegado el momento de subir a la azotea, corri a ella y se encaram en
su observatorio, encontrando que el joven la esperaba ya, aunque
afectando una profunda distraccin y apoyado en la puerta de su casucha
con estudiada postura.

Mara, al dirigirle la primera ojeada, not en su indumentaria grandes
cambios. Ah, el grandsimo coquetn! Como tena la seguridad de que
ella subira a verlo, se haba puesto la ropa de los domingos, un chaqu
pelado que sin duda su mam haba sacado a luz reduciendo una pieza
mayor, y adems el nudo de su corbatita azul, con su seductora cuquera,
delataba por lo menos media hora pasada ante el espejo, desechando
formas incorrectas y buscando una nueva que fuese el _desidertum_ de la
sencillez y la elegancia.

Aquellas novedades, que demostraban claramente el deseo de agradar,
enorgullecieron a la maliciosa coquetuela, que ahora comprenda su
importancia.

El muchacho, al ver a Mara, la salud con una sonrisa ingenua, y a
pesar de que se propona ser fuerte y mostrarse impasible, no pudo menos
de ruborizarse.

--Buenas tardes!--dijo Mara con su hermosa voz de contralto--. Es que
hoy no est usted por hacer msica?

--No, seorita--contest el muchacho con acento algo tembln--. El
violn lo tengo ah dentro y yo no me siento con ganas de tocarlo.

Se detuvo algunos instantes y despus, haciendo un esfuerzo como para
tragar algo que le obstrua la garganta, aadi con voz que apenas si el
temblor dejaba or:

--Me gusta ms hablar con usted que tocar el violn.

Mara prorrumpi en alegres carcajadas y bati palmas. Le resultaban muy
graciosas las palabras del muchacho. Ella tambin gustaba mucho de
hablar con l, y por esto, con acento de ingenuidad, exclam:

--Oh, s! Tiene usted razn; hablemos. Esto es ms divertido.

Y aadi inmediatamente con marcado apresuramiento, como si le quemase
la lengua una pensada pregunta que deseaba arrojar lejos de s:

--Ante todo, yo me llamo Mara Quirs de Baselga, y, segn dicen las
buenas madres, soy condesa. Cul es el nombre de usted?

El muchacho qued como espantado al saber que aquella linda cabecita
erizada de desordenados bucles era de una condesa. Por eso manifest
cierto reparo en contestar, y fu preciso que Mara le volviera a
repetir con impaciencia:

--Cul es el nombre de usted?

--Me llamo Juan.

--Me gusta el nombre: Juanito.

Y qued silenciosa como paladeando aquel nombre que deca gustarle.

--Juanito a secas?--aadi con curiosidad creciente.

--Juanito Zarzoso.

--Es usted de Valencia?

--S, seora. Vivo en esta casa con mi mam.

--Ah! Tiene usted madre!--dijo Mara con la dolorosa extraeza del que
carece de una cosa que poseen la generalidad de los que le rodean.

--S; tengo mam. La pobrecita est casi ciega y slo sale a paseo
cuando yo la acompao. Pap era magistrado y muri siendo yo muy nio.

Estas palabras conmovan a la nia sin que ella pudiera explicarse la
causa. Aquella seora casi ciega, que sala a paseo apoyada en su hijo,
a pesar de que era para ella un ser desconocido, casi la haca llorar.

Parecale ms interesante el muchacho desde el momento que haba
comenzado a decir quin era.

Mara, cada vez ms animada por la, curiosidad, esforzbase en excitar
la charla del muchacho para de este modo conocer por completo su
historia.

Juanito hablaba con ingenua franqueza. El pap, hombre modesto y muy
pobre de espritu, haba encanecido en la judicatura: haba sido durante
muchos aos una rueda inconsciente y metdica de la administracin de
justicia, y su amor a la imparcialidad, as como su repugnancia por la
poltica, slo le haban servido para hacer una carrera lenta y penosa y
luchar continuamente con las estrecheces de una posicin social en la
que los gastos eran tan grandes e imprescindibles, como exiguos los
ingresos.

Hijo de una familia de labriegos y casado con una mujer modesta,
hacendosa y sufrida, descendiente de pobres industriales, el juez se
consider feliz cuando, ya con su cabeza blanca, consigui llegar a la
magistratura. Pero este bienestar, que l llamaba felicidad, fu muy
breve, pues muri casi al ao de su ascenso, como si el Estado, al
concederle la ambicionada toga, le hubiese regalado la mortaja.

La madre y el hijo habanse quedado en Valencia; pero abandonaron su
antigua habitacin por razones de economa, yendo a habitar aquella casa
vieja, pegada al colegio y cuyo piso bajo ocupaba un carpintero, antiguo
dependiente del abuelo de Juanito y que haba conocido desde nia a su
madre.

La viuda viva y educaba a su hijo con la modesta pensin que le daba el
Estado, y cuando no encontraba lo suficiente en sus propios recursos,
slo tena que escribir cuatro letras a Madrid para recibir a vuelta de
correo la cantidad necesaria; ventaja preciosa de la que nunca abus, y
que nicamente haca valer en circunstancias extremas.

Y aqu entraba la parte risuea: el captulo de esperanzas e ilusiones
en aquella historia vulgar y triste.

La vida actual de Juanito no era muy hermosa; pero, qu diablo!,
tampoco haba para desesperar, pues si el presente estaba negro, el
porvenir era rosado como una alborada de abril.

Su miseria actual no era como esos callejones sucios e infectos que
hacen an ms horribles el no tener salida; l entraba en la vida por
una calle estrecha y sin otro adorno que la fra limpieza y la dignidad
de la miseria resignada, pero en cambio no encontraba obstculo alguno
ante su paso, y siguiendo tranquilamente y sin impaciencias su camino,
estaba seguro de salir en breve tiempo a campo raso, gozando de los
horizontes sin lmites de una posicin social digna y elevada. Todo
consista en ser bueno y aplicado.

El se vea ahora obligado a distraerse en la azotea como un gato,
tomando el sol y tocando el violn, mientras sus compapaeros de clase
iban a los cafs y se pasaban las horas jugando al billar; haba de
contentarse con los trajes de su padre, arreglados y reducidos casi a
tientas por su habilidosa mam; no haba puesto los pies en el teatro
desde que qued hurfano, y todas sus diversiones estaban reducidas a
los paseos que daba en las tardes de los domingos por los alrededores
ms solitarios de la ciudad, llevando a su madre del brazo; la miseria
digna y altiva del probrecillo de levita haba anublado la fresca
alegra de su juventud, hacindole grave y reflexivo como un viejo; pero
a cambio de tantas penalidades, posea la envidiable felicidad de tener
en el porvenir una confianza sin lmites.

Esta confianza simbolizbase en la persona de un hermano de su padre que
viva en Madrid, y era quien socorra a la viuda, en sus apremiantes
necesidades de dinero.

Qu fervor el de Juanito al hablar de su to, a quien slo haba visto
dos veces! El acento de admiracin supersticiosa y de terror con que el
fantico habla de milagrosas imgenes, resultaba plido al lado de la
veneracin con que se expresaba el muchacho al tratar dicho asunto. Su
to resultaba un personaje dotado de misterioso poder; un semidis que
viva all lejos y pareca envuelto en sagrados velos para no cegar al
mundo con el esplendor de su grandeza.

Y el muchacho, al par que hablaba con cierta conmocin de miedo,
mostraba tambin legtimo orgullo por ser pariente de aquel hombre que
honraba el apellido de la familia.

Mara escuchaba con creciente inters las palabras de su simptico amigo
y en su imaginacin iba agrandndose la figura del to de Juanito,
tomando los contornos de un gigante, Dios mo! Quin sera aquel
hombre del cual su sobrino hablaba con tan religiosa admiracin?

Por esto su desilusin fu grande cuando, en el curso del relato, el
misterioso y colosal personaje qued reducido a un mdico famoso, a una
celebridad en el ramo de enfermedades mentales y nerviosas, del que
hablaban con justa admiracin tedas las publicaciones facultativas.

S; el to de Juanito era don Pedro Zarzoso, el famoso mdico alienista,
no menos clebre por sus extremadas y revolucionarias teoras
cientficas y religiosas, que levantaba tempestades cada vez que las
expona en la ctedra y en la prensa.

Aquel sabio soltern y de carcter rudo y arisco, slo haba tenido en
la vida una pasin que trastornase su carcter frreo e impasible de
batallador: el cario a su hermano. Amaba como a una novia a aquel
hermanillo, fino y delicado cual una seorita; le admiraba sin darse
cuenta de ello, tal vez porque encontraba en l facultades que
desconoca, cual eran la imaginacin y el gusto por las artes, que el
rudo doctor miraba sin entenderlas, completamente ciego para todo lo que
no fuese raciocinio y experimentalismo seco. El fu quien, con los
primeros ahorros de la profesin, hizo seguir una carrera a su hermano,
el cual, por su delicadeza fsica, se haba ya arrancado de la vida de
los campos, dedicndose desde nio a la existencia oficinesca; y l
tambin el que, violentando su carcter, con penosas ductilidades,
intrig y rog en Madrid en busca del favor oficial para que su nio
querido pudiese entrar en la judicatura a ganarse el pan.

Aquel hermano fu la eterna pasin, el constante pensamiento del doctor
Zarzoso. Nadie, al ver aquel gigantazo de la ciencia, rudo y anguloso
como una montaa, que acompaaba a puetazos las explicaciones
cientficas, y apenas entraba en los hospitales, con un bufido de
malhumor pona en conmocin a todo el personal, nadie hubiese sospechado
que aquel ogro de la Medicina era capaz de dejarse guiar como un nio y
de estarse con aire embobado como esperando rdenes, en presencia de un
juececillo, falto de salud y pobre de espritu, que, desconocido y
msero, administraba justicia all en un rincn de Espaa, en un
apartado distrito de la provincia de Valencia.

Cada vez que el famoso doctor alcanzaba un triunfo, su pensamiento
volaba al punto donde se hallaba su hermano. En vez de producirle sus
victorias un sentimiento de justa satisfaccin, apesadumbrbanle, como
si al dejar que su nombre fuese repetido por la publicidad de la fama,
cometiese una mala accin contra su hermano. El, tan clebre, mimado
por la fortuna, y en cambio el pobre juez olvidado en un msero distrito
y arrastrando una existencia estpida y montona! Olvidaba el doctor su
talento, sus largos estudios, aquellas interminables bregas a puetazo
limpio con la ciencia, para obligarla a que le mostrase sus ms
recnditos secretos; haca caso omiso de lo que vala, y experimentaba
remordimientos al contemplarse rodeado de todas las distinciones que
constituyen la felicidad de los hombres y ver a su hermano tan
humillado.

Sublevbale aquella diferencia y parecale injusta la sociedad al
olvidar a un hermano mientras elevaba a otro.

Al doctor Zarzoso parecale que el juez tena ms derecho que l a la
celebridad. Bastaba que l lo adorase, considerndolo superior, para que
toda la sociedad tuviese el deber de imitarle en el fraternal culto. Si
le hubiesen preguntado al sabio cuales eran los mritos de su hermano
para ser admirado universalmente, seguramente que no habra sabido
responder; pero se le haba encasquetado la idea de que el juez, por el
hecho de ser su hermano, era tambin un hombre superior, y que ya que de
pequeo en la miserable barraca de sus padres haba compartido con l el
pan, la cama y hasta el mugriento abecedario en que aprendieron a leer,
deba ahora compartir igualmente la gloria; y esta desigualdad de suerte
exasperaba muchas veces a aquel genio de todos los diablos que usaba el
doctor.

La muerte del magistrado fu como un violento mazazo descargado sobre su
brava cerviz. El, que con sus genialidades haca temblar a cuantos le
rodeaban, llor y pate como un nio al saber la fnebre noticia,
maldiciendo a la indecente materia, que no saba vivir unida formando un
ser ms que por espacio de algunos aos, y que siempre se disgregaba
para dejar paso franco a la muerte.

Fu a Valencia para arreglar los intereses de su hermano, y entonces, a
la vista del pequeo Juanito, sinti renacer en l el cario que haba
profesado a su difunto padre.

Hubiera sido una gran satisfaccin para el doctor poder llevarse al nio
a Madrid y gozar de las delicias de una paternidad fingida, dedicndose
a su educacin; pero la madre se opuso, dando esto lugar a algunas
disputas entre los dos cuados.

Ya que la viuda se empeaba en pasar en Valencia los ltimos aos de su
vida, l se conformaba; pero para que no creyera nadie que olvidaba a su
hermano al dejar ste de existir, manifest repetidas veces a la esposa
y al hurfano que no se privasen de nada y que le pidieran cuanto
necesitasen, pues al fin y al cabo l era hombre de pocas necesidades, y
aunque no buscaba utilidad en la ciencia, sta haca entrar el oro a
raudales por la puerta de su clnica, tanto que, a pesar de repartir a
manos llenas entre los necesitados, aun le quedaba lo suficiente para
considerarse rico.

La viuda, mujer tan tmida y apocada como su esposo, no abusaba de estos
ofrecimientos, y muchas veces haba de sufrir las iracundas cartas de su
cuado, indignado por aquella cortedad que se limitaba a pedir en un
gran apuro veinte duros, cuando l estaba dispuesto a enviar miles de
pesetas.

El doctor Zarzoso estaba cada vez ms entusiasmado con su sobrino, y
aunque por carcter se mostraba seco y hurao en las cartas que le
escriba, es lo cierto que le proporcionaba una semana de felicidad cada
noticia que reciba sobre la aplicacin del chico y los premios que
alcanzaba en las asignaturas del bachillerato.

Siempre deca lo mismo a su cuada en sus breves cartas. El muchacho no
estaba desamparado; otros querran llorar con los mismos ojos que l.
Que estudiase y fuese un chico de provecho, que all tena a su to para
darle la mano y guiar sus primeros pasos, que son los ms difciles, por
un camino llano y comodo que a l le haba costado muchos esfuerzos el
abrir.

Lo que ms entusiasmaba al buen doctor era el entusiasmo que su sobrino
manifestaba por la Medicina. Bien fuese que en el muchacho hubiesen
causado impresin las palabras del padre, que desde su niez le haba
repetido que haba de ser mdico como su to, o que realmente tuviese
aficin a esta ciencia, lo cierto es que Juanito mostraba gran
entusiasmo por la carrera que iba a emprender.

En la actualidad estaba en el ltimo curso del bachillerato, y de todas
las asignaturas, la Fisiologa era la que ejerca sobre l una seduccin
mgica.

Se haba procurado aquel crneo que tanto horror inspiraba a Mara, y lo
haba colocado en el lugar preferente de su casuchita, a la que l
llamaba pomposamente su cuarto de estudio, parecindole que tal adorno
daba a la desmantelada pieza el carcter de un gabinete de sabio.
Adems, su ardor cientfico era tan intenso, que haba esparcido el
terror en todos los gatos, ratones y sabandijas de la vecindad, pues no
caa bicho de aquellos tejados en sus manos sin que al momento le
abriese las entraas con un mal cortaplumas, con el intento de ir
inicindose en los misterios de la viviseccin.

Aquel muchacho, como aprendiz de mdico, era tan terrible cual como
aficionado al violn.

Se senta dominado por el afn de ser un mdico clebre, tanto por no
dar un disgusto a su to, del cual, a pesar de su franca y vehemente
bondad, recordaba el terrible ceo y los puos de gigante, como por el
deseo de sucederle un da sin visible decadencia en el servicio de su
distinguida clientela y en el cuidado de los manicomios puestos bajo su
direccin.

Mara oa como encantada lo dicho por el muchacho.

Gustbale aquella historia, y adems senta crecer el inters que le
inspiraba su nuevo amigo Juanito.

Entonces se enteraba de que al otro extremo de la ciudad haba un
colegio grande, muy grande, que llamaban el Instituto, al cual acudan
centenares de muchachos; y con maligna curiosidad haca preguntas para
saber si entre la bulliciosa tropa masculina haba gentecilla revoltosa
y levantisca que diese disgustos a los profesores, como ella se los daba
a las buenas madres.

Cada vez ms ansiosa de penetrar en la interesante vida ntima del
muchacho, molalo a preguntas, indiscretas unas, inocentes otras, que
Juanito reciba con sonrisa de ingenuidad.

--Y cundo estudia usted?

Oh! El estudiaba bastante. Todas las tardes, despus de tocar un rato
el violn, entregbase al estudio, y adems, por las noches, abajo, en
su habitacin, y cerca de la alcoba de su madre, pasaba las horas
agarrado a los libros del actual curso y repasando el texto de las
asignaturas anteriores, pues de all a dos meses, en junio, despus de
aprobar las ltimas asignaturas, iba a hacer los ejercicios del
bachillerato, y si no los ganaba con premio, le dara a su to un serio
disgusto. Todo antes que eso... El gozaba estudiando, pero el caso
era... Al llegar aqu el muchacho se ruborizaba; pero adelante, qu
diablo!; el caso era que desde que la haba visto se senta falto de
aquel ardor que le permita pasarse las horas enteras inclinado sobre
los libros, y as que ella, al or la campana del colegio desapareca,
l quedaba muy triste, esperando con ansiedad el da siguiente.

Mara acoga con sus locas carcajadas estas palabras. Ay, qu chusco
era aquello! Qu gracia tena! Pero, a pesar de su ingenuidad salvaje,
se guardaba decir que la gracia para ella consista en que tambin
experimentaba idntica ansiedad, y esperaba con igual impaciencia la
llegada de la tarde siguiente, con una nueva entrevista.

Los dos jvenes se sentan atrados por una espontnea y dulce simpata.

A la media hora de conversacin, hablbanse ya sin rubores ni reservas,
como si toda la vida se hubiesen conocido.

Por esto mismo su tristeza fu grande cuando son la campana del
colegio. Aquel repiqueteo les pareci un toque lgubre, y los dos se
quedaron inmviles a mitad de la conversacin, y sintiendo que aun les
quedaban muchas cosas por decir.

--Adis, Juanito. Me voy antes que vengan a buscarme. Maana a la misma
hora nos veremos y hablaremos ms.

Juanito baj la cabeza como un personaje melodramtico que cede a la
fatalidad irresistible; pero un dbil ruido que le alarm hzole
levantar prontamente los ojos para ruborizarse nuevamente como un
imbcil. Mara, llevndose una mano a la boca, le enviaba un beso con
las puntas de los dedos.

Despus, al notar el rubor de seorita que invada el rostro de aquel
grandulln, lanz al viento su carcajada de alegre locuela y
desapareci, saludndole.

--Ay, qu majadero!...




XI

Do de amor en el tejado.


Desde entonces ni una sola tarde dejaron de verse los dos jvenes.

A la hora en que la ciudad pareca dormir la siesta al arrullo del
ardiente sol, y en que los calientes tonos de luz hacan resaltar los
colores del bello paisaje, los dos muchachos suban al tejado para venir
a encontrarse en aquella pared que separaba sus respectivas viviendas,
Mara, en lo alto, como una dama feudal asomada al borde del robusto
torren, y Juanito al pie, con su actitud de trovador enamorado,
lanzando a su dama platnicos floreos. Faltaba la dorada guzla y las
vestiduras brillantes y caprichosas para que aquello fuese igual a uno
de aquellos paisajes de abanico que tanto gustaban a la nia.

En los dos, aquellas diarias entrevistas eran ya una necesidad, y
sufran un disgusto sin lmites, un desaliento mortal, cuando en las
tardes lluviosas la colegiala no suba a la azotea, por miedo a excitar
las sospechas de las buenas madres.

Poco a poco su amistad se iba estrechando tan ntimamente, que aquel
muchacho, antes tan ruboroso y reservado, se abandonaba ahora a la
confianza y le haca confidencias cariosas sobre su porvenir y sus
propsitos.

Mara se senta feliz escuchndole, y nicamente experimentaba cierto
malestar cuando su amigo interrumpase a lo mejor de una conversacin y
se ruborizaba, como arrepentido de algn mal pensamiento que
repentinamente haba surgido en su cerebro.

Pero qu tmido era aquel muchacho! Su indecisin irritaba a Mara,
tanto ms cuanto que sta adivinaba desde mucho tiempo antes lo que su
amigo quera decirle y que siempre se le atragantaba, producindole
palideces de miedo y nerviosos temblores.

Todo cuanto les rodeaba en las vespertinas confidencias, pareca animar
a Juanito; y, sin embargo, el gran pazguato permaneca indeciso y
dominado por la timidez hereditaria, agitado por el deseo de hablar, y
sin atreverse nunca a soltar la lengua.

Los cercanos campos, henchidos de la lujuriosa savia de primavera,
envibanles bocanadas de excitantes y voluptuosos perfumes; las blancas
campanillas de la azotea del colegio, formando un regio dosel sobre la
cabecita de Mara, balancebanse en brazos del libertino airecillo con
amorosos estremecimientos; los palomos de un palomar vecino, venan a
arrullarse a pocos pasos de ellos, sobre el borde del tejado,
conmovindoles con el susurro de un dilogo montono, eterno y
excitante; y a pesar de que lo mismo los campos, que las flores y las
aves, entonaban el aleluya del amor, aquel marmolillo permaneca inmvil
y fro como un copo de nieve, sin que pareciera darse cuenta de que en
su interior senta el fuego de la pasin.

Lo que ms indignaba a Mara era que transcurran los das sin que su
amigo dijese lo que ella esperaba, y que se expona a que las
conferencias fuesen interrumpidas por la vigilancia de las buenas
madres, pues ya la subdirectora haba subido varias veces a la azotea,
muy intrigada por aquella aficin a la soledad que manifestaba la
colegiala, aunque sta haba tenido siempre la buena suerte de retirarse
a tiempo de su atalaya.

Por el momento nadie sospechaba en el colegio la amistad de Mara con un
vecino; pero la nia se desesperaba, pensando en la posibilidad de que
la subdirectora sorprendiera, a lo mejor, sus conferencias.

Y en vano empleaba ella todos los recursos para animar al tmido
muchacho. Cuando l, colorado como un pavo, se detena en el momento
mismo que iba a lanzar la anhelada palabra, Mara intentaba darle nueva
fuerza con una benvola sonrisa, y tena especial cuidado en guiar la
conversacin de modo que fuese a parar siempre al mismo tema. Oh! Deba
ser muy hermoso el convertirse en marido y mujercita como las personas
mayores... a ella le hubiese gustado mucho transformarse en una paloma,
como cualquiera de las que revoloteaban por all cerca, y pasarse la
vida en perpetuo arrullo al borde de un tejado... Se encontraba muy mal
en el interior del colegio, rodeada de nias que la queran poco y de
monjas que tenan gusto en castigarla; necesitaba de alguien que la
quisiera, pero... ira de Dios! aquel muchacho era un poste; la
escuchaba con la mayor complacencia, conmovase al saber que ella tena
necesidad de amar, pero no se lanzaba nunca a decir esta boca es ma.

Esto desesperaba a Mara; pero al mismo tiempo producale cierta
complacencia. Le resultaba graciosa la cortedad de aquel muchacho, pues
al notar su femenil timidez, ella se engrea con aquel carcter varonil
de que tan orgullosa estaba. Aquel trueque de papeles, le recordaba las
aleluyas de _El Mundo al Revs_, uno de los clsicos ilustrados que con
entusiasmo lean las colegialas en las horas de recreo.

Por fin, un da se _lanz_ el muchacho, y su resolucin result tan
ridcula como todas las que toman los caracteres tmidos despus de
innumerables vacilaciones.

Fu a la mitad de una conversacin interesante, sobre el importantsimo
tema de que en verano hace ms calor que en invierno, conversacin que
Mara segua con cierta sorna y no menos despecho, cuando Juanito,
comprendiendo que la timidez le haca decir innumerables necedades, se
detuvo en seco, y despus, cerrando los ojos como un desesperado que se
arroja a un precipicio, dijo con acento imperioso:

--Yo tengo que decir a usted una cosa.

Mara sonri picarescamente. Oh, por fin!

--Hable usted. Diga cuanto quiera, Juanito.

Y este Juanito fu pronunciado con una ondulante suavidad de terciopelo.
Era como una promesa cierta de que la demanda sera fallada
favorablemente.

--Es que... francamente; es que no me atrevo a decirlo de palabra.

Mara comenz a impacientarse. Ya surga de nuevo aquella maldita
timidez que aguaba todas sus alegras.

--Pero criatura, cmo va usted a decirme esa cosa si no quiere hablar?

--Yo traigo aqu una cartita, que quiero lea usted despus que se
marche.

Aquel chico no tena apao: tarde y mal; pero en fin, ms vala la carta
que un absoluto silencio.

--A ver; venga ese memorial--dijo la traviesa nia rindose de aquel
modo de declararse, que buscaba los procedimientos ms tortuosos,
teniendo expeditos los ms fciles.

Juanito sac de su bolsillo una pequea carta, obra maestra de su
ingenio, para la cual haba hecho veinte borradores distintos y roto una
docena de pliegos satinados por descuidos caligrficos ms o menos
importantes.

Tuvo un verdadero disgusto a ver agarrada horriblemente una de las
puntas del sobre, pero an aument su pesar, al tropezar con los
inconvenientes que se oponan a la transmisin de la carta.

Ella no tena un hilo? Pues l tampoco. Y el desgraciado muchacho,
despus de algunos cabildeos, se resign a meter dentro del sobre dos
yesones de la pared, y prob a tirarla arriba con tal lastre.

Las tentativas fueron otros tantos fracasos, y Mara pataleaba de
impaciencia, comprendiendo que aquello era ridculo.

--Mire usted, Juanito; gurdese la carta. Es intil cuanto hace.

--Cmo!... Qu!--exclam con terror el pobrecillo, como si oyera su
sentencia de muerte--. No quiere usted mi carta?

--No. Para qu? Adivino perfectamente cuanto en ella se dice. Por qu
no repite usted lo mismo de palabra? Le doy yo miedo?

El muchacho qued avergonzado y permaneci algunos minutos con la cabeza
baja, pero por fin la levant con repentina resolucin. A qu tanto
miedo? Adelante!

--Y si usted conoce lo que la carta dice, qu es lo que contesta?

El rostro de Mara se anim con un rubor ligersimo, y desde su altura
lanzle una mirada de indefinible seduccin.

--Yo?... Pues que s.

--Que s?... Qu es a lo que usted dice que s?

Mara se indign ante tal torpeza.

--Hombre, no sea usted majadero! Digo que s le amo, y que quiero que
los dos, ya que somos amigos, seamos tambin iguales a esas palomas que
se buscan, se quieren y se arrullan como unos angelitos. Usted ser en
adelante mi maridito, y yo su mujercita.

En este ideal inocente encerraba la nia todo el concepto que tena
formado del amor.

Juanito vi el cielo abierto, y mir ya aquella linda cabecita como cosa
propia, tanto, que cuando son la campana del colegio y la nia hubo de
retirarse, el muchacho sinti celos como si Mara le abandonase para
acudir al llamamiento de un rival, y de buena gana, a tenerlo al alcance
de las manos, la hubiese emprendido a puetazos con aquel impertinente
artefacto de cascado bronce.

Desde la famosa tarde de la declaracin comenz a desarrollarse entre
los dos jvenes la pasin que haba de constituir su primera novela
amorosa.

Mara, puntualmente suba a la azotea a hablar con su maridito, y el
inocente matrimonio, para estar ms en contacto, haba establecido un
sistema de comunicacin que consista en un largo bramante a cuyo
extremo iba atada una diminuta cesta. Mara, al retirarse, esconda tras
los tiestos de flores esta prueba de delito con la que haca subir las
flores, las lindas estampas y todos los objetos que la regalaba su
apasionado adorador.

Cun veloces transcurran entonces las horas en que podan verse los
pequeos amantes!

Sus conversaciones eran triviales, inocentes, sosas; Mara, ms viva y
despierta en materias de amor, reconoca en su novio una candidez que la
haca rer, pero a pesar de esto tenan gran encanto aquellas plticas
cuyo continuo tema era la promesa de amarse eternamente sin dejar nunca
que el olvido o la frialdad se introdujeran en sus relaciones.

--Oh! S, Marujita ma; te amar siempre, te ser fiel hasta la muerte,
como lo son esas palomas que todas las tardes vienen a arrullarse en
este tejado.

--Que si te quiero? Ms que a mi vida. Ahora tengo ms ganas que nunca
de ser hombre para hacerme rico y clebre y llegar a ser tu maridito de
verdad.

Y estas apasionadas expresiones y juramentos de amor, acompaados con
otras cursileras por el estilo, eran el eterno tema de sus
conversaciones.

Aquel par de muchachos no se daban nunca por vencidos en punto a decirse
ternezas interminables; siempre, al separarse, se encontraban con que no
lo haban dicho todo, pero s que se cansaban de estar siempre separados
por aquel muro y adems les pareca que era muy breve el tiempo de la
entrevista.

Verse de cerca, estrecharse las manos, hablarse con las bocas casi
juntas y mirar su propia imagen en los ojos del otro era un deseo que
les roa la imaginacin a los dos.

A Mara fu a quien primero se le ocurri aquella idea, y aunque
arriesgada le pareci muy natural.

Cuando despus se le ocurri a Juanito desechla inmediatamente,
juzgndola como un deseo extravagante.

Pero como si aquellos dos pensamientos iguales se atrajesen por su
misma identidad, el asunto no tard en surgir en la conversacin.

Juanito hablaba de verse de noche en aquel mismo sitio, con la misma
vaguedad y aire de duda que un visionario habla de un viaje al Sol; pero
su mujercita segua encontrando muy natural el proyecto y esto fu
suficiente para que el muchacho lo diese por realizable, temiendo
atraerse, con una vacilacin, las burlas de la chiquilla varonil y
audaz.

Con el misterio y la alarma, de los conspiradores que fraguan su plan,
los dos fueron acordando todos los detalles de aquella entrevista
arriesgada.

Ella, a las once en punto, hora en que todo el colegio estaba abismado
en el primer sueo, abandonara el dormitorio de las mayores, que estaba
en el ltimo piso, cerca de la escalera de la azotea, y se deslizara
hasta el lugar de la cita. Esto tena la ventaja de no hacer ya
necesarias aquellas subidas en plena tarde que haban alarmado el fino
olfato de la subdirectora. Mara haba de luchar con el terrible
inconveniente que ofreca los chirridos de los cerrojos de la puerta de
la azotea al descorrerse, pero ella contaba con el auxilio del aceite y
ms an con su maa.

En cuanto a Juanito se comprometi a tener para la noche siguiente una
cuerda con garfio de hierro, que Mara se encargara de sujetar a las
columnillas de hierro que sostenan la bveda de enredaderas. La mam se
acostaba invariablemente a las nueve todas las noches; tena el sueo
pesado y adems no era fcil que extraase su ausencia, pues l, con la
cafetera al lado se pasaba las horas estudiando, muchas veces hasta la
madrugada. La cuerda necesaria se la proporcionara un trapecio que
tena abajo en su cuarto para desempalagarse con algunas volteretas,
cuando el continuado estudio vena a fijarle en la frente un clavo de
dolor.

Con absoluto misterio fueron forjando su plan los dos muchachos.

A la noche siguiente sera la nocturna cita, y esta proximidad los
llenaba a los dos de zozobra e intranquilidad al par que de alegra. Si
aquello llegaba a descubrirse!

Adems sentan ambos un remordimiento comprendiendo que la nueva clase
de entrevistas vendran a trastornarles ms, impidindoles el
cumplimiento de su deber.

Ella consideraba ya como de imposible realizacin sus propsitos de
disputar el premio mayor del colegio a aquella marisabidilla a quien
odiaba; l pensaba con verdadero dolor que el mes de mayo tocaba ya a
su fin, que dentro de pocos das tendra que sufrir el terrible examen y
que an le quedaban algunas lecciones importantes por estudiar.

Pero aquello slo fu un dbil relmpago del deber, un fugaz
remordimiento que pas sin dejar huella ni aminorar con su roce el deseo
vehemente de estar en el silencio de la noche, juntos, hablndose quedo,
con ese dulce abandono que proporciona la seguridad de no ser
sorprendidos.

Haca ya ms de un mes que eran novios, y, qu diablos!, ya era hora de
verse prximos y no pasar el tiempo en violenta posicin, con la cabeza
inclinada y siempre de pie.

Se buscaban, queran aproximarse arrastrados, por el ciego impulso del
amor; pero al mismo tiempo, aunque de ello no se daban cuenta, eran
impulsados por el egosmo de la comodidad.




XII

Mecidos por la brisa.


La grave campana de la Catedral di las once de la noche con tan calmosa
prosopopeya que pareca que all, en lo alto, sobre un plpito de piedra
de cincuenta metros, un panzudo cannigo de bronca voz comenzaba a
predicar su sermn.

Mara se incorpor cuidadosamente en su lecho; oy cmo por espacio de
algunos minutos se iban pasando la hora todos los grandes relojes de la
ciudad, poblando con fuertes campanadas el desierto y obscuro espacio, y
cuando se restableci en el dormitorio aquel silencio, nicamente
turbado por las tranquilas y acompasadas respiraciones de las compaeras
que dorman, la colegiala entreabri las cortinas de su cama y se
desliz sin hacer ruido.

Habase metido su falda antes de bajar del lecho y el cuerpo lo llevaba
encerrado en una chambra que dejaba al descubierto el nacimiento de su
cuello virginal, que comenzaba a dibujarse con la seductora y voluptuosa
curva de la mujer hermosa.

Cogi sus botas, que estaban al pie de la cama, y agachada en actitud
expectante permaneci algunos minutos para convencerse de que nadie iba
a apercibirse de su salida.

Nada; la calma ms absoluta reinaba en toda la pieza. La velada luz que
la alumbraba en sus continuas palpitaciones haca bailotear un sin fin
de sombras sobre las colgaduras de los alineados lechos y en aquella
pared de enfrente, desnuda y blanqueada, rota a trechos por la lnea de
cerradas ventanas, entre las cuales estaban los lavabos de las
colegialas con sus toallas, limpias y rgidas por el planchado, que
vistas en la movediza penumbra parecan mortajas de virgen, colgadas
como ex votos.

Del interior de aquellos lechos, circudos de blancas cortinas rosadas
por la luz, salan las acompasadas respiraciones del sueo. Nadie la
vera marchar. Slo tres camas la separaban de la puerta de salida, y en
la ltima dorma la hermana inspectora, encargada de la vigilancia de la
pieza.

Lo ms importante era pasar ante su lecho sin que se apercibiera la
vieja religiosa, que por cierto era enemiga feroz de Mara, por lo mucho
que sta la haba molestado en otro tiempo con sus travesuras.

Apenas avanz algunos pasos con la silenciosa cautela de un gato en
acecho, la joven se tranquiliz oyendo un sordo y estridente ronquido
que recorra toda la escala del fagot. En aquel dormitorio de lindas y
espirituales seoritas slo la hermana Circuncisin poda roncar as.

Dorma...; pues adelante! Y Mara, con los pies descalzos y las botas
en la mano, sali ligeramente de la habitacin, hundindose en la densa
sombra del vecino corredor.

Conoca palmo a palmo todas las revueltas del edificio, as es que,
aunque cautelosamente y evitando hacer ruido, avanzaba con gran
seguridad.

Varias veces se detuvo asustada al escuchar esos pequeos ruidos propios
de la noche y que el silencio agranda considerablemente. El dbil
crujido de una madera, el chasquido de un granito de polvo bajo el peso
de sus pies desnudos y el lejano rumor que produca la respiracin de
tantos seres encerrados en aquel edificio y entregados al sueo,
asustbanla, hacan afluir apresuradamente toda su sangre al corazn y
la obligaban a permanecer inmvil, alarmada y temblorosa durante mucho
tiempo.

Nunca haba recorrido ella de noche aquel edificio, teatro de sus
diabluras, y la novedad de la correra, la obscuridad absoluta y el
misterioso silencio, la impresionaban hasta el punto de mostrarse algo
arrepentida de su temeridad al arreglar la cita.

Avanzaba lentamente, a tientas, extendiendo sus manos para no tropezar,
y la pcara imaginacin se diverta con ella, agrandando las ms
horribles visiones, conforme Mara senta decaer su valor.

La memoria le jug una mala partida, recordando la horrible calavera
que Juanito tena sobre sus libros y que a ella tanto horror le haba
causado.

Parecale que en el denso velo que ante sus ojos se extenda iba
marcndose como una mancha blancuzca que al momento tomaba el contorno
del crneo horrible, y hasta crea distinguir la mirada indefinible de
sus vacas cuencas y la sonrisa espeluznante de las desdentadas
mandbulas.

Toda la virilidad de carcter que demostraba en pleno da cuando se
hallaba rodeada por sus compaeras, aquel arrojo que la haca ir a
trompis con todas como si fuese un muchacho, haba desaparecido en tal
situacin y su imaginacin, excitada por la sombra y el misterio,
apoderbase cada vez ms de ella y la arrastraba por donde quera, como
un caballo desbocado que no siente ya el freno y desprecia al jinete.

Ahora avanzaba las manos con temor, pues le pareca que de un momento a
otro sus dedos iban a tropezar con la superficie pelada y brillante del
horroroso crneo.

El miedo la haca temblar; teniendo sus desnudos pies sobre el fro
suelo, su frente era surcada por gotas de sudor, y al tropezar con una
escoba que haba dejado olvidada en la escalera de la azotea, le falt
muy poco para huir despavorida con direccin a su dormitorio pidiendo
socorro; pero, por fortuna para ella, pudo dominarse y lleg a la puerta
del tejado, poniendo sus manos en el gran cerrojo.

Aquella tarde haba tomado ella sus precauciones para que el cerrojo
corriese sin ninguna dificultad ni delatores chirridos, y as ocurri,
felizmente.

Al encontrarse Mara en el centro de la azotea, aquel lugar que tan
familiar y querido le era, un suspiro de satisfaccin ensanch su
oprimido pecho.

Por fin ya estaba a gusto, como en su propia casa; ya no slo
experimentaba esta tranquilidad, sino que haba recobrado su valor, y
ahora le pareca una soberana ridiculez el miedo experimentado momentos
antes.

La noche era obscura; el cielo, aunque despejado, tena un triste azul
negruzco que no lograban aclarar los luminosos parpadeos de las
vigilantes estrellas; pero Mara, habituada a la densa sombra de abajo,
encontraba excesiva luz y vea claramente cuanto la rodeaba.

All estaban sus queridas plantas; aquel tupido follaje que le serva de
dosel en las horas de sol, y hasta distingua las blancas y gentiles
campanillas que se desperezaban entre las hojas y reanimadas por el
fresco de la noche abran sus boquitas de fino raso envindola su
aliento de perfumes.

La luz de las estrellas slo sacaba muy dbilmente de la obscuridad los
contornos de aquel paisaje conocido, y Mara, por la fuerza de la
costumbre, lanz una hojeada al horizonte en el que apenas si se marcaba
el perfil de los edificios y las arboledas.

Busc tras los tiestos de flores el bramante y la pequea cesta que le
serva para subir los regalos de Juanito, y una vez que los encontr,
con el corazn palpitante de emocin, subise a su observatorio.

Por fin iba a saber lo que era el amor de cerca; iba a ser igual a una
de aquellas seoritas pintadas en los abanicos que, apoyadas en una
almena, reciben con los brazos abiertos al mancebo que sube por la
consabida escala de seda.

Apenas se asom al borde del muro vi rebullirse a una sombra en la
obscuridad de abajo.

--Ests ah, Juanito?

--S, vida ma. Echame el cestillo y subirs la cuerda.

Mara arroj el bramante y poco despus lo recoga, llevando agarrada a
su extremo una cuerda gruesa con un garfio de hierro.

Ya tena la nia la cuerda en la mano y se dispona a agarrar el garfio
de una columnilla de hierro, cuando se detuvo para hacer otra cosa. Sus
pies descalzos se lastimaban sobre aquellos speros tiestos.

Un ligero siseo la hizo asomar de nuevo la cabeza.

--Pero qu haces? Es que no encuentras dnde fijar la cuerda?

--Esprate; no seas impaciente, que ahora mismo subirs. Me estoy
poniendo las botinas.

Poco despus, el muchacho tiraba del extremo de la cuerda al or: "Ya
est", y encontrndola firme comenz a ascender por ella con gil
rapidez.

Para l resultaba un juego aquella ascensin, y con unas cuantas
contracciones lleg a la azotea, dentro de la cual salt con sobrada
brusquedad.

--Chits!..., demonio! No andes de ese modo, que el dormitorio est
abajo y nos pueden or.

Juanito qued inmvil y como embobado ante esta repulsa de su mujercita.

Mara experimentaba cierta decepcin. Ella esperaba otra cosa como
principio de la entrevista. Los trovadores como aqul, al subir hasta
donde estaba su dama, deban arrodillarse y besarle la mano, o cuando
no, algo parecido que ella no saba explicarse, y aquel gran pazguato,
en vez de hacer esto entraba en la azotea como un salvaje, moviendo gran
ruido con su pesado salto y exponindose a que las monjas se
apercibieran de que alguien andaba pon el tejado.

Era la primera vez que el muchacho entraba en la azotea, de la cual slo
vea desde abajo el follaje; as es que lanz una mirada de curiosidad a
su alrededor y cuyo significado comprendi Mara.

--Eh, qu te parece? Es bonito esto, no es verdad? Mira qu plantas
tan hermosas, que campanillas tan perfumadas.

Y la colegialita, con el aire de una persona mayor que hace los honores
de la casa y llevando agarrado a su novio de un brazo, fu ensendole
todas las preciosidades de la azotea: las guirnaldas de verduras, que
como serpientes de hojas suban enroscndose a las columnas de hierro, y
los grupos de flores que se erguan sobre las filas de escalonados
tiestos.

Juanito encontraba aquello muy hermoso, pero pronto dej de mirar las
flores para fijar sus ojos en su novia, de la cual se vea cerca por
primera vez.

Hubiese querido el joven hacer salir el sol en plena noche, un sol que
slo alumbrase aquel rincn de la azotea, para ver de cerca a Mara y
contemplar su cabecita vivaracha, que tanto le impresionaba los otros
das asomndose al borde de la tapia. Sus ojos se acercaban a ella
haciendo esfuerzos por atravesar la semiobscuridad que los rodeaba y se
entregaba a un dulce xtasis, contemplando aquellas facciones que
vagamente marcaban sus hermosos perfiles en la sombra y la mirada
brillante con una luz que a l le pareca superior al latido de las
estrellas que parpadeaban sobre sus cabezas.

No supieron ellos cmo fu aquello, pero de pronto se encontraron
sentados en una fila de tiestos, sin compasin a las flores que
aplastaban, y mirndose fijamente, mientras sus cerebros parecan
sumidos en lnguido sopor.

Un lgubre campaneo fu lo que les sac de aquella contemplacin tan
estpida como dulce. Sonaban las doce; ya haba transcurrido una hora,
Demonio! Y cmo pasaba el tiempo!

Los dos novios permanecan inmviles, como absorbindose el alma con sus
miradas, y slo de vez en cuando cruzaban algunas palabras vagas,
incoherentes como las frases de un sueo o las exclamaciones de un
ebrio.

En verdad que para aquello no vala la pena de haberse desollado las
manos subiendo por una cuerda y exponindose a caer; esto poda pensarlo
un espritu escptico, pero aquellas dos almas puras e inocentes de
nios grandes gozaban una felicidad sin lmites, dejando transcurrir el
tiempo inmviles, juntitos, con marcada inconsciencia de sus actos y
embriagndose en ese ambiente seductor y fantstico que siempre nos
parece percibir en torno de la persona amada.

Ni la ms leve sombra de impureza vena a turbar el pensamiento de los
dos jvenes, que se sentan satisfechos, dichosos y como ahitos de
felicidad, con slo hablarse de cerca, al odo, sintiendo el contacto de
sus ropas y confundiendo sus alientos.

Mara recordaba, con la vaguedad de un sueo, un atrevimiento nico de
su amante. Al sentarse en aquellos tiestos haba sentido en sus labios
el contacto de los de Juanito que la daban un beso; pero aquel beso era
de castidad apasionada, beso desmayado de felicidad, sin el chasquido
ruidoso de la caricia voluptuosa ni el fuego de la voracidad apasionada,
y que iba dirigido ms al alma que a la carne. Era aquel beso del tmido
muchacho como una toma de posesin de su amada, a la que por primera vez
tena al alcance de sus labios; pero con l no buscaba apoderarse de la
carne, ciego instrumento de pasin; no pretenda despertar a la
sensualidad dormida, sino que se haca dueo de la seductora mirada, de
la dulce y graciosa sonrisa, de la boca que le enloqueca con sus
palabras de amor, de todo cuanto tena Mara de espiritual y etreo.

Y no era que en los dos jvenes no existiesen esas violentas pasiones,
esos irresistibles impulsos que obscurecen el cerebro, anulan toda
percepcin y convierten al ser humano en bestia insaciable de los
lbricos estremecimientos de la carne que hacen vibrar la red nerviosa
como las cuerdas de un arpa elica.

En ellos el sexo se haba revelado haca poco tiempo, pero se
encontraban como el que despierta atolondrado de un profundo sueo, y
aunque ve perfectamente las cosas que le rodean, no comprende para lo
que sirven ni se da cuenta exacta de su importancia.

Tal vez al repetirse tales entrevistas en la sombra y en aquel ambiente
silencioso y perfumado que excitaba los nervios, el demonio de la
lubricidad, soplando sobre los muchachos su aliento de carnales deseos,
empaara la tranquila inocencia, la dulce castidad de aquella primera
cita; pero en aquella noche, la novedad de verse tan de cerca, la dulce
timidez que aun les embargaba, cierto miedo que les causaba su audacia
de verse all, impedales caer en los malos pensamientos.

Eran dos nios que juegan a maridito y mujer; an no haban llegado a
convertirse en novios apasionados y anhelantes que no sacian nunca su
sed de amor y que de beso en beso van recorriendo toda la escala de
sucesivos atrevimientos e involuntarias concesiones, hasta caer de lleno
en la impureza.

Aun su inocencia estaba inclume; la novedad de la entrevista era en
aquella noche el mejor guardin de su castidad.

El se consideraba ya satisfecho slo con tenerla cerca, apoyada en un
hombro, aspirando su aliento, sintiendo el roce de un pico de su falda
sobre la rodilla y acariciando su dedo meique cuando no pasaba su mano
por su ensortijada cabellera. Hubo un momento en el que el muchacho,
oyendo el rumorcillo que produca una flor cada, al ser volteada por la
brisa sobre el suelo, baj su mano sin darse cuenta de adnde la
diriga, y tropez con una cosa satinada, dura como el vigor muscular y
con ligero espeluznamiento producido por el contacto. Era la pantorrilla
de su novia, que la desordenada falda dejaba algo al descubierto; las
medias haban quedado abajo en el dormitorio y sus desnudos pies
hundanse en las botas, que no haba tenido tiempo de abrochar.

Juanito, estremecindose como el creyente que contra su voluntad va a
cometer un sacrilegio, retir en seguida la mano, y por algunos minutos
permaneci avergonzado, pensando con terror en la posibilidad de que
Mara tuviese aquel acto por intencionado.

En cuanto a ella estaba como anonadada por la vaga felicidad que senta.
Su carcter malicioso, burln y algo dominante se haba evaporado al
tibio contacto de aquel muchacho que la contemplaba con el mismo aire de
embobada y fantica adoracin con que un rstico mira al patrono de su
lugar.

El ambiente masculino del joven la embriagaba, turbando su cerebro y
desvaneciendo su virilidad de carcter. Apoybase con abandono en el
hombro de Juanito, y en su inmovilidad desmayada, en su rostro animado
por una soolienta dulzura, lease la resolucin de entregarse sin
resistencia, de dejarse arrastrar por donde ordenase la voluntad del
hombre amado. La embriaguez de amor no haba dejado en ella el ms leve
resto de firmeza; en manos de otro hombre, aquella noche lo hubiera sido
de deshonor para Mara.

De vez en cuando estremecase como si despertase, y lanzaba extraas
miradas a su novio, tan embriagado como ella por el dulce contacto.
Notbase algo de alarma y de ansiedad que desapareca ante la actitud
tranquila de Juanito. Adivinaba algo de lo que poda suceder as que se
desvaneciera la novedad de la primera entrevista? Es que, a pesar de
todas las precauciones de las monjas, saba ella lo que el hombre
significaba y presenta la natural y ltima tendencia del amor?
Seguramente ella saba lo que sus compaeras, las colegialas mayores;
algo que se susurra misteriosamente al odo, algo que se colige de
palabras sueltas sorprendidas al vuelo, en las visitas o en la calle;
pero imposible determinar hasta qu punto llegaba su conocimiento del
misterio del amor, pues toda mujer, aun la ms desgraciada a quien el
vicio lleva hasta el ltimo lmite de la degradacin, guarda como un
recuerdo sagrado e inviolable el concepto que en su pubertad tena del
hombre y cmo se imaginaba la vivificante confusin de los sexos. Tal
vez callan las mujeres y guardan tal fondo, como avergonzadas de que su
imaginacin de pber concibiera esas cosas bajo formas ideales y divinas
que despus han destrudo las sucias brutalidades de la realidad.

Cuando los dos novios salan de su mutua contemplacin era para
estrecharse con mayor fuerza y dirigirse una de esas frases vulgares
hasta la imbecilidad, que son de ritual en toda conversacin amorosa,
frase que ya los amantes prehistricos debieron decirlas en las primeras
pocas del mundo, all en el fondo de horribles cavernas, pero que, sin
embargo, suenan como msica original y armoniosa cuando salen de unos
labios que no pueden mirarse sin besarlos.

--Me quieres?

--Con toda mi alma.

Y los relojes de la ciudad, como envidiosos de tanta dicha, parecan
acelerar exageradamente el movimiento de sus ruedas para triturar entre
ellas ms rpidamente el tiempo.

La una!... La una y media!...

Los dos novios, a pesar de su embriaguez de amor, experimentaban gran
extraeza al or las campanas de los relojes. Pero es que estaban
locos? O es que la noche, ebria como ellos por los punzantes perfumes
de la primavera, corra desbocada, furiosa, como una bacante en delirio?

Reservbales aquella noche fugitiva un espectculo sublime, que vena a
ser como una escena de apoteosis para su amor.

--Mira, Marujita ma; mira all abajo... Qu hermoso!

En el horizonte, sobre el lmite del mar, marcbase una nubecilla de luz
tenue, una mancha de color lechoso que iba agrandndose rpidamente,
tomando reflejos rosados hasta convertirse en roja claridad de incendio.

Algo asomaba entre aquellas nubes de fuego que parecan reflejar un
subterrneo incendio.

Primero fu como una cpula fantstica de hierro candente, como una
media naranja de vivo fuego que pareca flotar sobre el mar, invadiendo
las aguas con fosforescentes resplandores, y poco a poco, como si el
horizonte sufriera un parto laborioso, fu saliendo toda la esfera
deslumbrante de la luna, que comenz a remontarse lentamente como "la
hostia santa" a que la compara Nez de Arce.

Como si el azulado ter que surcaba la limpiase de las sangres e
impurezas que haban cubierto al astro al salir del vientre del
infinito, la luna, conforme ascenda, iba perdiendo su rojizo color y
recobraba su potica palidez, esa blancura deslumbrante y luminosa que
acaricia los ojos como una sonrisa de amor.

Todo se conmova; todo cambi de color y forma con la aparicin del
astro, eterna musa de los poetas soadores. El espacio fu invadido por
un polvillo luminoso, ante el cual pareca palidecer el brillo de las
titilantes estrellas; la silenciosa vega, antes hundida en el misterio
de la obscuridad, cobr nueva vida, surgiendo sus mil contornos de la
sombra y animndose con el fantstico vigor del dormido esqueleto que
resalta de la tumba para dar cabriolas en la danza macabra; brillaron
como hojas de espada perdidas en la hierba las acequias y remansos de
las dilatadas llanuras; las lejanas montaas parecieron sacudir sus
vetustas cabezas y erguirlas en aquel espacio que acababa de alumbrarse,
y el mar reflej con incesante centelleo la lechosa claridad del
melanclico astro, como un inmenso mostrador de joyera sobre el cual se
hubieran arrojado las joyas a puados, o como si en sus aguas nadase una
numerosa banda de peces de plata, que, rebullentes e inquietos,
marchaban formando un tringulo, cuyo vrtice estaba en el lmite del
horizonte y cuya interminable base vena a morir en el lmite de la
playa, donde las ligeras ondas se desplomaban desmayadas.

Todo pareca animarse a la tibia mirada de la luna. Las charcas del
vecino ro, que por la maana eran deshonradas con los picantes
espumarajos del jabn de las lavanderas, vestanse ahora de deslumbrante
plata; brillaban las hojas de los rboles, sacudiendo a impulsos de la
brisa el sucio polvo que obscureca su fino barniz, y el vientecillo de
la noche pareca hacerse ms fresco y susurrador desde que por entre l
flotaba aquella gigantesca vejiga de luz, escoltada por tenues
nubecillas que a su fulgor irisado tomaban todos los resplandores del
ncar.

--Qu bonito!... Pero qu bonito es esto!

Y los dos jvenes, admirando aquella nueva decoracin de la vasta escena
de la Naturaleza, se acercaban cada vez ms, se opriman para
comunicarse mutuamente el calor y defenderse de la brisa, que era
agradable pero con cierta picante frialdad.

Ahora s que se hallaban bien. Gustbales ms el espacio alumbrado por
la luna que la misteriosa obscuridad de antes; ya no tenan rubores ni
timideces que ocultar en la sombra, y a aquella luz vaga y misteriosa,
luz fabricada de encargo por la Naturaleza para las inocentes
entrevistas de amor, los dos jvenes podan contemplarse a su gusto y
mirarse fijamente en los ojos para sentir estremecimientos de pasin
indefinible.

Aquella tibia claridad que bruscamente lo haba invadido todo aunque
acrecentaba el encanto de la entrevista, haba reanimado sus lnguidos
nervios disipando la absorbente embriaguez.

Ahora hablaban ms, aunque sin dejar por esto de mirarse y de permanecer
estrechamente agarrados por la cintura.

Su conversacin se basaba sobre ilusiones, resultaba inocente, pueril;
pero sus balbuceantes palabras tenan el poder de abrir nuevos
horizontes a las imaginaciones excitadas por el amor.

Cuando fueran mayores y casaditos de verdad, haran esto y aquello; y
aqu enjaretaban todos sus deseos inocentes, todas sus aspiraciones,
propias de almas puras, que hubiesen hecho lanzar a un escptico una
carcajada digna de Mefistfeles.

Los dos arreglaban su porvenir de un modo hermoso; y con ese egosmo
propio de los enamorados, no vacilaban en desearle la muerte a medio
gnero humano con tal de arreglar su felicidad. Ya vera Juanito cmo
los dos seran muy dichosos. El llegara dentro de pocos aos a ser en
Madrid un mdico famoso; morira su to, legndole la clientela y la
celebridad, y entonces se casaran y viviran juntitos con la mam,
aquella pobre seora ciega a la que amaba la colegiala sin conocerla. En
cuanto a su ta la baronesa, tambin se morira, como el doctor Zarzoso,
y de este modo, in mente, los dos muchachos iban matando a todos los
seres importunos que con su presencia podan turbar su dicha.

Y mientras se entregaban a esta destructora tarea, los relojes iban que
volaban, hasta el punto de que a los dos les pareca que entre las horas
y los cuartos slo mediaba un silencio de algunos segundos. El tiempo es
enemigo del hombre y se goza en contrariar sus deseos; pasa veloz, como
una bocanada de aire, en la primera cita de amor, y transcurre con la
desesperante lentitud de la tortuga, en los momentos de cruel pesar, de
dolorosa incertidumbre.

Los dos jvenes ya no atendan a los relojes. Se hallaban all muy bien,
y mientras fuese de noche no tenan prisa. Las otras entrevistas seran
ms breves, pero en sta, en la primera, haba que apurar la novedad, el
placer de verse de cerca, de hablarse con las bocas casi pegadas, de
estremecerse con rpidos contactos hasta que el alma, ahita de efluvios
amorosos, gritase: basta!

No saban ellos que este instante de fastidio nunca llegara en aquella
noche.

Sus palabras eran cada vez ms lentas, ms vagorosas; parecan nacidas
de un sonambulismo amoroso, y en su tono dbil adivinbase que no
tardaran en extinguirse. Los nervios, puestos en excitante tensin
durante muchas horas, languidecan ahora buscando el descanso.

Mara, sin notarlo, fu reclinando la cabeza sobre el hombro de su
novio; su voz se fu extinguiendo lentamente y al fin su respiracin,
queda y regular, indic que acababa de dormirse.

Juanito segua dominado por aquella dulce embriaguez que le produca el
perfume de la joven. Su brazo, arrollado al hermoso busto de Mara,
perciba la vibracin de su pecho al respirar y hasta el dbil tictac de
su corazn que se agitaba como un pajarillo en la jaula.

Cun bella la encontraba entregndose confiadamente a l, durmiendo
sobre su hombro con el abandono de un nio en el regazo de su madre!

--Oh, Marujita! Vida ma!... Te amo.

Y conmovido por la pasin inclin su rostro sobre la cabeza de Mara,
hundiendo su nariz en aquellos ensortijados cabellos que tanto le
gustaba acariciar.

Apretndola cada vez ms entre sus brazos, dulcemente acariciado por el
tibio calor de su cuerpo, sintiendo en su nuca el fro beso de la brisa
y mareado por el perfume de aquella cabellera, el muchacho sinti cmo
su cuerpo era invadido por una creciente languidez.

Iba a dormirse y ni por un instante se le ocurri que era peligroso
permanecer en aquel sitio. El punzante olor de las campanillas que
impregnaba el suave ambiente, pareca anonadarle empujndolo al sueo.

No supo l darse cuenta exacta de si levant la cabeza; pero as como
en sueos, le pareci ver que la luna palideca, que all en el
horizonte se extenda una ancha faja de blanquecina claridad, que el
espacio comenzaba a impregnarse de una luz azulada, y hasta en sus
odos, como ecos lejanos, sonaron el rumor de los carros al ir al
mercado, las canciones de los huertanos y las sonoras campanadas del
toque del alba.

Era el hermoso momento en que Romeo y Julieta, en el famoso drama,
discuten sobre el canto de la alondra y el ruiseor.

Era la alondra; era la maana.

Sinti fro, mucho fro; le pareci que la brisa del amanecer le morda
con sus helados besos: y como si fuera vctima de imantada atraccin,
volvi a pegar su rostro a la cabellera de Mara y el sueo se apoder
de l por completo.




XIII

Una carta.


                         _Jess Mara y Jos._

Seora baronesa: Con el corazn profundamente apenado tomo la pluma para
escribir a usted. Bien quisiera evitarla este disgusto, pero mis ideas
religiosas y mis deberes como directora de este colegio me obligan a dar
un paso del que me conduelo, ms que todo, considerando el dolor que
causarn mis palabras en una persona tan respetable y querida como usted
lo es para m.

Ya conoce usted las travesuras de Mara, que tanto han alborotado este
colegio, con gran disgusto mo y de las dems hermanas que prestan sus
servicios en este establecimiento. Tenamos a la nia por traviesa e
incorregible, como dominada por el espritu diablico que nunca deja en
paz a ciertas almas; pero jams creamos que en su afn de escndalo
llegase tan adelante.

Esta maana...--oh, dulce Corazn de Jess!, me aterro al intentar
escribir lo sucedido--. Hace muy pocas horas, las hermanas encargadas de
la limpieza del establecimiento han encontrado a su seora sobrina en la
azotea del colegio, oh, Dios! me atrever a decirlo?... durmiendo con
las ropas en desorden y estrechamente abrazada a un hombre desconocido
que dorma tambin sobre su seno.

Seora, desde aqu veo la dolorosa sorpresa que causar en usted esta
revelacin, y creo or los mismos sollozos que arrancar a su pecho la
perversa conducta de su sobrina.

Figrese usted lo que habr sucedido en esa azotea, en la obscuridad,
tratndose de una nia que no manifiesta el ms leve temor a Dios y de
un hombre desconocido.

La hermana que hizo el descubrimiento baj a darme cuenta del terrible
suceso inmediatamente, y cuando yo sub, encontr a Mara sola. El
seductor haba hudo; pero por una cuerda encontrada en la azotea y por
otros indicios, he venido en conocimiento de que el tal sujeto es un
estudiantillo que vive al lado del colegio.

No pienso intentar por mi parte nada contra ese muchacho. Hacer
intervenir en el asunto a la autoridad sera dar un escndalo que
redundara en desprestigio de este santo establecimiento. Lo tengo bien
pensado y no intentar nada contra ese pecador que, inspirado por el
demonio, ha violado el sagrado de esta casa.

Seora baronesa, bien sabe usted el respetuoso afecto que le profeso. La
admiro y reverencio por los grandes servicios que presta a la buena
causa de Dios; conozco el justo aprecio en que la tienen los buenos
padres de la Compaa, y aunque poco valgo a los ojos del Seor, tengo
siempre especial cuidado en encomendarla al Altsimo en mis oraciones.

Por esto siento ms an el paso que me veo obligada a dar. Seora
baronesa, aunque con gran dolor de mi alma, le pido que saque cuanto
antes a su sobrina de esta santa casa. Por el honor de su noble familia
y por el prestigio del colegio, he procurado rodear el asunto del ms
absoluto secreto; pero si la nia permanece aqu, la ms leve
indiscrecin puede hacer que renazca la verdad, y entonces el escndalo
hara que ninguna madre quisiera enviar sus hijas a una casa en la cual
una educanda ha cometido tales horrores.

Rugole, pues, en nombre del dulce Jess y de su Santsima Madre, a los
que usted tanto ama, que apenas reciba la presente me comunique sus
rdenes para la salida de Mara de esta santa casa.

Si usted no puede venir, la nia ser entregada a la persona que usted
designe.

Seora baronesa, repito a usted mi sentimiento por tener que comunicarle
tan fatales noticias, e intil es que le manifieste una vez ms que me
tiene siempre a sus pies, como admiradora, sierva y humilde hermana en
Cristo.

                          SOR LUISA DE LORETO
                Directora del Colegio de Nuestra Seora
                            de la Saletta.




OCTAVA PARTE

JUVENTUD A LA SOMBRA DE LA VEJEZ




I

La viuda de Lpez.


A las ocho de la maana estaba ya vestida, encorsetada y tomando su
chocolate, junto al velo y los negros guantes colocados sobre la mesa
del comedor, indicando una prxima partida, la seora doa Esperanza
Mora, "viuda de Lpez, ministro del Tribunal de Cuentas", segn rezaban
sus tarjetas de visita, de las cuales raro era no encontrar un ejemplar
en todas las antesalas de la aristocracia rancia y linajuda, aferrada al
pasado y refractaria a todas las locuras de la elegancia moderna.

Era doa Esperanza una buena moza, a pesar de hallarse prxima a los
cincuenta, y aunque, segn confesin propia, se haba dejado caer y no
observaba con su persona otro cuidado que el de apretarse el talle, sin
duda para que resaltase ms la curva de su prominente seno, todava sus
hermosos cabellos rubios, en los que las canas se disimulaban, sus ojos
lnguidos que la edad no empaaba, y su perfil arrogante, le daban
cierto aire bizarro de diosa destronada que en sus ratos de melancola
an poda paladear muy dulces recuerdos.

Mientras tomaba el chocolate, ajustaba cuentas con la criada, que
acababa de llegar del mercado, y daba sus disposiciones como duea de
casa hacendosa y econmica. Vendra a comer a las seis; ya saba, pues,
a qu hora deba poner el puchero al fuego. Ah! Se le olvidaba
advertirla que tuviese ms cuidado al limpiar el saln. Acababa de notar
que la urna de San Ignacio estaba muy sucia de moscas y esto era una
vergenza en casa de una seora como ella, que en la poca en que viva
su marido gozaba justa fama por su curiosidad.

La curiosidad! Esta era la eterna mana de doa Esperanza, la palabra
que penda eternamente de sus labios, y a pesar de esto, su casa era la
imagen del desorden a causa de que era para ella como un mesn, como un
punto de parada, en el que slo se la poda encontrar a las horas de
dormir, pues aun en las de comer muchas veces estaba ausente, ya que
nunca rehusaba las invitaciones de sus amigas y protectoras, en cuyas
mesas apareca algo mejor que el clsico y empalagoso puchero.

La vida que llevaba desde que enviud, sus aficiones predilectas, su
afn de servir a todas sus numerosas amigas, y su prestigio como hbil
agente en todas cuantas obras de carcter religioso emprenda la
aristocracia de Madrid, le absorban todo su tiempo y convertan su
existencia en un perpetuo movimiento, del que ella jams se fatigaba;
antes bien, mostrbase muy gustosa y satisfecha de ser como la
indispensable para todas aquellas encopetadas seoras.

Desde la maana hasta la noche estaba agobiada por ocupaciones tan
insignificantes como precisas, y resultaba en Madrid un tipo muy
conocido, pues se la vea en las calles a todas horas, con su velo de
viuda y sus andares de buena moza; tan pronto en un coche de punto
atestado de compras que le encargaban sus amigas, como en las
sacristas, hablando confidencialmente con los sacerdotes ms conocidos,
y con la misma familiaridad entraba en un establecimiento de ropas a
hacer compras de lienzo barato en representacin de cualquiera de las
Sociedades benficas de que era secretaria, como en una agencia de
domsticas para encargar una doncella de confianza con destino a alguna
de sus aristocrticas amigas.

Ninguna de stas haba odo jams a la viuda de Lpez la palabra "no", y
la elogiaban y queran por lo mismo que las resultaba como una
sirvienta, bien educada, inteligente y cariosa, que estaba por completo
a sus rdenes. No haba comisin, por molesta que fuese, que no
aceptase ni gestin humillante que se negara a desempear, con tal que
se le pidiera sonriendo y como haciendo justicia a sus merecimientos.

De este modo la viuda, que de ser hombre hubiese resultado un "rporter"
inimitable, pues tena el afn de la noticia y del chisme para
divulgarlos inmediatamente esparcindolos a todos los vientos, iba
adquiriendo gran importancia en la alta sociedad devota, y no perda con
esto nada; pues a lo que le daba el Estado en concepto de viudedad,
poda aadir las migajas que le arrojaba la amistad benvola protectora,
que no eran pocas.

Nadie recordaba cmo aquella mujer de la clase media, casada con un
poltico de ltima fila, que a fuerza de humillaciones en los despachos
ministeriales alcanz la entrada en el Tribunal de Cuentas, haba
logrado introducirse en el alto y privilegiado crculo de una
aristocracia meticulosa que no admita a otros plebeyos que los que
vestan sotana.

Tal vez fu la proteccin oculta de algn sacerdote poderoso, o el
afecto que supo captarse de los padres jesutas, lo que le abri el
camino; o tambin pudieron ser sus propios mritos, reconocidos por
alguna persona inteligente; pero lo cierto era que se encontraba entre
la clase encopetada como en su elemento natural y que por momentos iba
aumentando en prestigio y utilidades.

Aquella maana tena doa Esperanza muchas ocupaciones, segn costumbre.

Acab de tomarse el chocolate, su criadita le ayud a ponerse el velo,
calzse los guantes y fuse a la calle, pensando en escalonar sabiamente
los diversos quehaceres que tena y cuidando de no olvidar ninguno.

Ante todo deba ir a San Jos a or la misa de nueve, que deca
invariablemente el padre Bernardo, un sacerdote ntimo amigo suyo, que
por su pobreza y humildad le era muy simptico y al que ella protega
dndole todas las misas en sufragio de almas que la encargaban sus
amigas.

Despus de santificar de este modo su da y rogar a Dios que le saliera
todo bien, ira desempeando todas sus comisiones. Lo primero que haba
de hacer era pasarse por la Librera Catlica a ajustar cuentas.

Doa Esperanza era publicista, aunque publicista en pequeo, como ella
deca modestamente y procurando ruborizarse; lo que no impeda que
cuando alguna revistilla devota la dedicaba "un bombo", preguntase a sus
amigas, con aire escandalizado, qu les pareca "aquello" y que por la
noche leyese el laudatorio suelto a su criadita para que as la
respetase ms y se convenciera de que tena el honor de servir a una
persona notable.

La viuda de Lpez tena una gran facilidad de asimilacin. Sin darse
cuenta de ello, imitaba perfectamente todas las exterioridades de estilo
de lo ltimo que acababa de leer, y adems era notable por su facilidad
de palabra y su desparpajo, lo que la haca pasar por indiscutible
oradora en las Juntas Benficas de seoras, donde con ademn olmpico
dejaba caer su voz sobre unas cuantas docenas de cabezas rellenas de
"crep" por fuera y tal vez por dentro.

Doa Esperanza tena su ambicin, que consista en brillar como una
eminencia sin rival en un gnero de literatura extravagante, fundado en
un simbolismo tan loco como ridculo, y que tena por objeto la
salvacin de las almas por medio de una predicacin estrambtica.

Ella era la autora de unas hojitas tamaas como la mano, que se vendan
a gruesas en las libreras religiosas a las personas que deseaban
propagar la santa verdad, repartiendo tales esperpentos literarios.
Algunas de aquellas diminutas obras haban alcanzado gran fama en los
conventos y asilos y se la llamaba ya por antonomasia en los peridicos
del gremio "la ilustre autora de la 'Receta para confitar almas'",
hojita notabilsima en la cual se marcaba el medio de llegar al cielo
con procedimientos de confitera.

Aquello de decir que se cogiera una calderita de "pursima conciencia",
y si estaba empaada se le echase un poco de vinagre y sal de "propio
conocimiento", y con un estropajito de "diligente examen" se limpiase
con la "gracia sacramental", resultaba para las monjas y beatas que
lean la coleccin de "Hojas Msticas", publicadas por doa Esperanza,
sublimes rasgos de ingenio, inspiraciones casi divinas para la salvacin
de los humanos; y la admiracin del crdulo pblico an iba en aumento
cuando lea el resto de la obra, o sea todos los elementos que entraban
en la clebre receta para confitar almas. En ella figuraban,
artsticamente combinados, el azcar de la "confianza en la bondad de
Dios"; la "mansedumbre" que poda ser comprada en abundancia en la
droguera de "Vita Christi"; el agua de "doloroso llanto", las parrillas
de "prudente disimulo", el fuego del "amor de Dios", la ceniza de
"verdadera humildad" para envolver las brasas, la cucharadita de
"virtuosos afectos", la espumilla moteada de la "presuncin", el lienzo
de "rectsima intencin"; las cuitas de madera de "negacin del propio
juicio" y de "negacin de la propia voluntad"; y as, en espantoso
galimatas, la autora de la "Receta" iba amontonando imbecilidades,
hasta que, al final, deca textualmente, hablando del alma que quera
someterse a las prescripciones de tal confitado:

"Todo esto hecho, pngase sobre la calderita una cobertera de oportuno
"silencio", y djese que vaya hirviendo al fuego de las "tribulaciones"
de esta presente vida, y que poco a poco se vaya apaciguando,
dulcificando y confitando, hasta que tenga un punto de perfeccin tal
que agrade al Dueo que la ha de comer."

Y esta obra maestra de la inteligente viuda de Lpez, habale valido a
su autora, que modestamente se ocultaba tras el incgnito, los ms
apasionados elogios de parte de la Prensa catlica y de los padres
jesutas, y sus ejemplares, comprados a miles por las damas benficas,
eran repartidos como cdulas de salvacin en las escuelas y colegios, y
en las viviendas de los pobres, a quienes se daban bonos de pan a cambio
de cumplir escrupulosamente las exterioridades del catolicismo.

Pero doa Esperanza no era un talento de esos que slo por una vez
inflama la inspiracin. La "Receta" no era su nica obra maestra.
Habanle rogado encarecidamente sus encopetadas amigas y los sabios
padres jesutas que no dejase dormir la brillante pluma, destinada a
hacer en las clases ignorantes una propaganda salvadora, y ella haba
vuelto inmediatamente a la tarea, animada por la sobrehumana fe de
aquellos santos padres, a quienes el mismo Espritu Santo en persona les
ordenaba que escribiesen.

Su segunda obra maestra fu, quin lo pensara!, una tarifa de
ferrocarriles; slo que esta tarifa no era de aplicacin a ninguna de
las vas frreas de Espaa. Su ttulo era: "Ferrocarriles de
Ultra-Tumba. Lneas del Paraso y del Infierno en combinacin con las de
la Muerte y del Juicio. Indicaciones para los viajeros de ambas lneas".
Y a continuacin, con una seriedad sublime iba marcando los precios del
pasaje en las lneas del Paraso y del Infierno, haciendo distincin
entre primera, segunda y tercera clase.

Oh! Sublime! Hermossimo! Toda aquella tarifa, con sus numerosas
advertencias, tanto en una lnea como en otra, resultaba muy ingeniosa y
haca sonrer de gusto lo mismo a las monjas, que la lean en el fondo
de sus celdas, que a los sacristanes, que la comentaban, encontrndola
muy chusca. Slo un ligero defecto tena la obra: un pequeo descuido,
que pas inadvertido para la inspirada autora, y que le hizo notar la
inocente malicia de un aclito. El precio del ferrocarril del Infierno,
en primera clase, era la "impiedad", y en tercera, el "indiferentismo";
y, segn afirmaba el inocente comentador, convena ms ser impo que
indiferente, pues de este modo, en el viaje al lugar del eterno
tormento, se iba en clase ms distinguida y se gozaban mayores
comodidades.

Pero las tales "Hojas Msticas", a pesar de las sangrientas burlas con
que las acogan los peridicos avanzados, propagandistas de doctrinas
infernales, proporcionaron a su autora, si no grandes ganancias, a causa
de lo insignificante de su precio, inmensa consideracin entre aquella
gente ilustre que la protega, y el desempeo de ciertos cargos, en los
cuales, segn ella deca, a la par que iba poniendo piedrecitas al
camino que la conduca al cielo, sacaba tambin para los garbanzos.

nicamente por el prestigio que la daban sus obras, haba conseguido ser
secretaria de casi todas aquellas Sociedades piadosas y benficas, de
las cuales era presidenta perpetua la baronesa de Carrillo, y figurar
como elemento indispensable en las colectas y fiestas de beneficencia,
cuyos productos, al pasar por sus manos, siempre dejaban escurrir algn
ochavo es su bolsillo.

Ay, si su pobre marido, aquel seor enfatuado y pedante que la miraba a
ella como un ser inferior, incapaz de comprenderle, levantase ahora la
cabeza! De seguro que quedara asombrado al ver que su Esperanza serva
para algo ms que para ir a los ministerios, como en su juventud, a
alcanzar los ascensos del marido con graciosas sonrisas y lnguidas
miradas de promesa. Desde que era viuda y poda agitarse libremente y
por su cuenta, se senta grande, ilustre y en camino de llegar a inmensa
altura. Bien era verdad que las amigas aristocrticas la hacan pagar su
proteccin con humillantes servicios y la mandaban como a una criada
bien vestida, sin consideracin a sus glorias de publicista; pero estaba
en su carcter entrometido y servicial aquello de hacer servicios
siempre que se le pedan como favores, y adems le consolaba en esta
degradacin el pensar que los ms eminentes escritores del siglo de oro
haban tenido a mucha honra el llamarse en las dedicatorias de sus
libros criados de tal o cual grande, que eran sus Mecenas.

Adems, su instinto servicial y su facilidad para adaptarse a todo, le
vala el agradecimiento prdigo de aquellas ilustres gentes criadas en
la abundancia; y ella, que, a pesar de su visible carcter generoso e
ideal, era en el fondo terriblemente avara, saba explotar a sus amigas,
y en su afn de pedigea, cuando no sacaba dinero, les arrancaba con
graciosas sonrisas los vestidos pasados de moda, los abanicos
ligeramente ajados y otras prendas de ms valor, que, despus, como
conocedora de esas industrias ocultas que, alimentadas por el espritu
de imitacin y de falsa opulencia, existen en el seno de la sociedad,
lograba revender hbilmente.

De este modo, segn ella murmuraba, iba preparndose una vejez digna y
tranquila.

Todava encontraban sus cabellos rubicanos y su perfil de diosa, ojos
que la mirasen con marcada codicia; an la segua alguno por las calles,
como en sus buenos tiempos, admirando aquel talle slido y airoso, y
aquellas caderas movidas por antigua costumbre con airoso contoneo; era
"una jamona que estaba muy fresca", segn decan sus propias amigas;
pero a pesar de estos homenajes tributados a su belleza en decadencia,
fuertemente excitante, y con un esplendor sobradamente vivo, como los
ltimos rayos del sol que muere, doa Esperanza se mostraba sorda a
todos los requiebros y las proposiciones que al paso le salan.

Su corazn era cruel para cuantos pantalones intentaban cerrarla la
marcha en los salones y en las calles. Saba ella demasiado para
comprometer su porvenir y su prestigio con una tontera, como la ms
inexperta de las pollas.

Aborreca los pantalones, y sin duda por esto slo se mostraba alegre y
comunicativa con los amigos que tena en el clero, y que eran casi todos
los sacerdotes de Madrid.

De ella eran estas palabras:

--Oh! Los hombres! Hay que temer su lengua ms que la de las mujeres.
Los triunfos de amor les amargan si no pueden publicarlos, y una mujer
que se estime, no puede ser amable sin temor a comprometerse. Si
tomaran ejemplo de los curas, que callan por propia conveniencia,
entonces yo sera ms generosa.

Su esquivez inquebrantable con los pantalones, y de la cual no sabemos
si se libraban las sotanas, valale el aprecio de todas sus protectoras,
que la tenan en elevado concepto de virtud. Esto haca que la viuda, a
pesar de sus genialidades de publicista y de su carcter risueo y
decidor, fuese recibida con entera confianza aun en el seno de aquellas
familias rancias y vetustas como sus pergaminos, y que en su horror al
siglo slo abran las puertas de sus casas a contadsimas personas.

Doa Esperanza, al par que la agente de todos los negocios de dichas
familias, era la depositaria de todos sus secretos, la que daba el
consejo decisivo en las situaciones apuradas, y la que mejor se captaba
el afecto de las hijas de la casa (si es que las haba), seducindolas
con su graciosa charla y halagando sus pasioncillas.

De aqu que tanta atencin, tanto encargo, tan abrumadoras y continuas
muestras de confianza, la trajesen muy atareada, absorbindola todas las
horas del da sin dejarla un momento de descanso.

Aquella maana no era su tarea ms sencilla que en los otros das.

Despus de or misa en San Jos y de arreglarle las cuentas al librero
catlico, se hundi de lleno en la confusa red de una interminable serie
de visitas y de correteos por las calles de Madrid, yendo muchas veces
de un extremo a otro de la capital para cumplir un pequeo encargo.
Suba en los tranvas con una ligereza extraa en sus aos y en sus
carnes; tomaba un coche de punto cuando la carrera por lo larga bien
mereca el gasto de una peseta, y en cuantos vehculos ocupaba haca
siempre la misma operacin. Del gran limosnero de cuero negro que
llevaba pendiente del puo, sacaba disimuladamente algunas hojitas de
papel impreso y las dejaba sobre los bancos del tranva o los rados
almohadones del "simn". Eran ejemplares de "Ferrocarriles de
Ultra-Tumba". Ella aprovechaba todas las ocasiones favorables para
repartir su obra, tanto por el afn de hacerla popular, como para lograr
por tales medios la salvacin de las almas y el arrepentimiento de los
pecadores.

Tena ya completado su plan para aquella maana. Cuando terminase sus
encargos, o sea all a la una, ira a visitar a su gran protectora la
baronesa de Carrillo, en cuya casa entraba casi con tanta franqueza como
en la suya propia.

La eterna presidenta apreciaba mucho a la perpetua secretaria, que no
perda ocasin de adularla del modo ms rastrero. Doa Esperanza, a
cambio de esta humildad, tena al palacio de la calle de Atocha como su
casa propia, y coma all cuando le pareca, encontrando siempre abierta
la bolsa de doa Fernanda.

Junto a esta diosa de la beatera, que daba el tono a toda la
aristocracia piadosa, la viuda de Lpez desempeaba el papel de
favorita, y no acuda la baronesa a fiesta o reunin de cofrada sin que
llevase al lado a su inseparable doa Esperanza.

Ahora era ms necesaria que nunca la presencia de la secretaria al lado
de la presidenta, que estaba desconsoladsima.

Dos das antes haba recibido la baronesa la noticia de que su hermano,
el padre Ricardo, de la Compaa de Jess, joven sacerdote que prometa
ser la honra de la familia, haba muerto de un modo tan horrible como
sublime.

Pobre padre Ricardo! El tierno corazn de doa Esperanza quedaba
oprimido, y las lgrimas asomaban a sus ojos, cuando recordaba lo mucho
que en aquellos das hablaban los peridicos sobre el triste fin del
joven sacerdote, vctima de sus santos deberes.

Desde que se haba ordenado, sus superiores esforzronse en reprimir y
contener aquella santa vocacin que le impulsaba al martirio.

Pero no haba para esto medios humanos. Dios le llamaba, sentase con
vocacin de santo y su afn era corresponder a la predileccin del
Altsimo, haciendo en su honor el sacrificio de la vida.

Con qu entusiasmo relataban los periodistas catlicos la vida de aquel
santo joven, que reproduca en pleno siglo XIX, siglo de descreimiento e
impiedad, la firmeza heroica de los primeros cristianos! Y an decan
los impos que la Compaa de Jess no serva para nada? An negaban
que de ella podan salir hroes sublimes, los cuales, yendo a difundir
la verdad y la civilizacin por pases apartados, alcanzasen la palma
del martirio?

Todos los hechos del padre Ricardo Baselga eran repetidos por cuantos
peridicos catlicos existan en la tierra, y los creyentes de todos los
pases estaban ya tan enterados de su vida como la misma baronesa.
Triste era su muerte, pero oh, qu honor para la familia! De aquella
fama, a figurar en los altares, slo haba un paso que la Compaa ya se
encargara de salvar, por el egosmo de aadir un nombre ms a la lista
de sus santos.

De nio, en el colegio del Noviciado, haba hecho milagros; despus, en
un rasgo de sublime humildad, regal su enorme fortuna a los pobres
(aqu los peridicos callaban que el nico pobre que particip de tal
largueza haba sido la Compaa), y, por fin, al ordenarse de sacerdote
y faltando muchas veces por su exagerado celo religioso a la obediencia
prescrita en la Orden, peda a sus superiores, con lgrimas en los ojos,
que lo enviasen, como al heroico Javier, a los pases infieles, a
predicar la verdad evanglica entre los indgenas y a ofrecer su sangre
en prueba de la verdad de la doctrina. Por fin, los superiores cedieron,
y el padre Ricardo Baselga fu al Japn, a aquel pas terrible, donde
otros misioneros, tan entusiastas como l, haban encontrado la muerte.

Los apologistas del reciente mrtir no decan que aquellos superiores,
al dar su bendicin al joven catequista, saban perfectamente que iba
como una res al degolladero; e igualmente callaban, tal vez por no
saberlo, que esos mismos superiores eran los que por medios torcidos e
indirectos haban hecho germinar en su inteligencia la idea de ser
misionero, deseando convertir en un mrtir sublime a un fantico que
para nada les serva y proponindose por este medio aumentar el
prestigio de la Sociedad de Jess.

Desembarc el joven padre en el Japn y a los dos meses escasos los
fanticos del pas lo hacan trizas con sus sables a las puertas del
templo de uno de sus ms queridos dolos. La santa audacia de aquel
iluminado era la principal causa de su muerte.

Los que cantaban las glorias del joven mrtir, indignbanse y arrojaban
las ms terribles maldiciones sobre aquellos diablicos japoneses que
tan brbaramente trataban a los enviados de Dios; pero al hablar as no
pensaban que no lo pasara muy bien un brahaman indio que entrando en
una aldella vascongada derribase al suelo y patease el santo patrono
del lugar. El fanatismo es lgico en todas partes; y lo que haran los
fanticos espaoles con cualquier sacerdote de una religin extraa, que
viniera a turbar su culto, lo hicieron los fanticos japoneses con el
joven jesuta que entr en un santuario a insultar y golpear su dolo,
para demostrarles con el ejemplo que aquel monigote careca de todo
poder sobrenatural.

Doa Fernanda estaba, inconsolable por la prdida trgica del hermano,
que era el nico ser de su familia al que haba profesado verdadero
cario.

Senta un vehemente y franco dolor; pero al mismo tiempo, por un extrao
fenmeno propio del humano carcter, a su pesar se asociaba, cierta
satisfaccin ntima y profunda, por el prestigio que daba a la familia
el haber producido un mrtir y futuro santo.

Pero a los ojos de la sociedad, doa Fernanda estaba inconsolable, y por
esto la viuda de Lpez tena verdadera prisa de llegar a casa de su
presidenta, para animarla un poco con aquella elocuencia sentimental que
todos le reconocan.

Adems no tena en el estmago otra cosa que el chocolate de la maana e
iba pensando en que, llegando a la hora del almuerzo, no le faltara un
asiento en aquella mesa bien servida, propia de una solterona vieja, a
la que no le era lcito entro placer que el de la gula.




II

El sobrino en la calle y el to en la casa.


Cuando el carruaje de alquiler que conduca a doa Esperanza lleg a la
calle de Atocha, tuvo que detenerse antes de llegar a la puerta de casa
de doa Fernanda, pues una elegante berlina con ruedas amarillas la
cerraba el paso.

La viuda, al bajar de su carruaje, vise envuelta por un tropel de
estudiantes de Medicina que salan de las clases y suban calle arriba,
con la algazara propia del que se ha librado, por el resto del da, de
una esclavitud enojosa.

Aguantando miradas de insolente fijeza y oyendo con frialdad los floreos
que la diriga aquella juventud bulliciosa que pasaba por su lado, doa
Esperanza ajust su cuenta con el cochero y como propina le entreg
algunos papelillos de los que almacenaba su limosnero. El auriga quedse
cmicamente sorprendido y con las hojas msticas en la mano, y al
enterarse de lo que eran, l, que esperaba por lo menos un real de
propina, correspondi al regalo, con unos cuantos juramentos que
hicieron apresurar el paso a la viuda de Lpez. Buen modo de hacer
propaganda.

Rompiendo con trabajo la contraria corriente de estudiantes, fu
avanzando doa Esperanza, y al llegar a la gran puerta de la casa de la
baronesa se detuvo para enlazar una mirada de curiosidad a la berlina
detenida a pocos pasos.

La conoca bien: era del doctor. Sin duda doa Fernanda haba vuelto a
experimentar sus terribles ataques de nervios.

Entrbase ya la viuda por el portal cuando llam su atencin un joven,
parado en la acera de enfrente y que medio escondido tras el tronco de
un rbol, cambiaba seas con alguien que estaba en el interior de casa
de la baronesa.

Era un muchacho bien vestido que pareca ser estudiante, y llevaba en la
mano un grueso cuaderno de notas.

Doa Esperanza le mir fijamente, intentando en vano conocerle, y
despus levant sus ojos a la fachada para ver quin era la persona que
corresponda a las seas del estudiante.

No vi nada, pues todos los balcones tenan cerradas las vidrieras, y
sin duda la persona a quien diriga el joven sus seas estaba medio
oculta tras algn cortinaje.

Subi doa Esperanza la ancha escalera de mrmol; en la antecmara vi
pendiente del perchero la chistera del doctor, y entr en un gabinete,
el mismo donde la difunta Enriqueta haba pasado la noche anterior al 22
de junio.

Estaba ya sentada en una otomana, esperando que volviese la doncella
encargada de noticiar su llegada a la baronesa, cuando se apercibi de
que no estaba sola en aquella habitacin.

Vi moverse uno de los ricos cortinajes de la ventana y adivin la
presencia de una persona que, oculta por aqullos, miraba a la calle. A
los pocos momentos asom una linda cabeza que exclam con hermosa voz de
soprano:

--Ah! Es usted, doa Esperanza?

Y la sobrina de la baronesa, la pollita de la casa, como llamaba la
viuda a Mara Quirs, avanz al centro del gabinete procurando ocultar
su turbacin.

Doa Esperanza sonri con la maternal benevolencia que tan simptica la
haca a los ojos de todas las jvenes cuyas casas frecuentaba.

Ya haba aclarado el misterio y esto la llenaba de gozo, pues lo que
ms le placa era poseer secretos ajenos. Mara tena amoros con un
estudiante de la inmediata escuela de Medicina. Esto, a primera vista,
careca de importancia; relaciones inocentes, galanteos de balcn a la
calle, homenajes, en fin, insubstanciales que desean todas las jvenes y
que son muy pocas las que dejan de conseguirlos; pero tratndose de una
sobrina de doa Fernanda de Carrillo la cosa variaba de aspecto y
aumentaba en importancia, pues la devota seora era capaz de indignarse
de un modo terrible al saber que Mara andaba en amoros con un
estudiante.

La viuda de Lpez se fij con insistencia en la hermosa muchacha que
tena delante.

Mire usted que no haberse fijado hasta entonces en aquella belleza
picaresca y graciosa, que forzosamente haba de trastornar a los
hombres! Qu de extrao tena que a una joven con un palmito as la
hiciesen el amor, a pesar de que la mayor parte de los das los pasaba
en la iglesia o encerrada en casa? Por algo decan que el buen pao
hasta en el arca se vende, y lo que es la muchacha haba que confesar
que era pao amoroso, del mejor y ms fino, capaz de secar las lgrimas
del mayor desesperado del mundo.

Ningn da la encontr doa Esperanza tan bonita como entonces, y
mirando aquel cuerpo hermoso en el cual dieciocho primaveras haban
aglomerado todas sus suavidades, sus perfumes y sus colores delicados, y
aquella cabeza de un perfil correcto y gracioso como un camafeo griego,
animada por dos ojazos de mirada atrevida y terminada por un moete
lindo, en el que todos los peines no lograban domar la subversiva
protesta de un rizado natural, encontraba que nada tena de extrao que
se enamorasen de una joven as y hasta que llegasen a hacer por ella
verdaderas locuras.

Doa Esperanza se ratificaba ahora en sus anteriores predicciones. Oh!
Aquella muchacha, lista, algo insurgente, que tena su alma en su
armario y cuando le pareca contestaba a los sesudos consejos con alguna
fina impertinencia, dara mucho que hacer a la santurrona de su ta, que
hubo un tiempo en que pens hacerla monja.

Vaya una monjita! Bien se acordaba doa Esperanza de aquello del
colegio..., de aquello de la azotea con el vecinito de al lado; y no
quera decirse ms a s propia, pues no le gustaba murmurar de nadie ni
aun interiormente.

Lo que ella aseguraba era que la tal nia se casara, o de lo
contrario, dara muchos disgustos a la baronesa.

Tena la publicista catlica una razn de peso para creerlo as.

--Es de mala sangre--se deca interiormente--. Forzosamente ha de
parecerse a su padre, aquel revolucionario infernal cuya historia tantas
veces me ha contado la baronesa. Har muchas cosas slo para justificar
que lleva la sangre de su padre.

Ella, como depositaria de los secretos de su presidenta, estaba al tanto
del origen de Mara, y tena el convencimiento de que sta, aunque muy
linda, haba de dar poco de s en punto a fervor religioso.

--Vaya, polla! Qu hacamos en la ventana?

Mara haba recobrado su serenidad, y al ver la sonrisa maliciosa de
doa Fernanda, la contest con aquel gestecillo impertinente que saba
usar cuando la hacan preguntas inoportunas.

--Nada. Me diverta mirando la calle.

--Yo tambin he mirado bien antes de subir aqu. Sobre todo, a la acera
de enfrente.

--S! Eh? Pues me alegro mucho.

--Vamos, picaruela; no te hagas la desentendida con ese gesto de
inocencia, que parece que en la vida has roto un plato.

--Doa Esperanza; no la entiendo a usted.

--Vamos, no tengas reparo en hablarme. Lo s todo.

--S? Y qu sabe usted?

--Lo que he visto. Que un joven que parece estudiante de San Carlos te
hace el amor desde la acera de enfrente.

--Oh! Hay tantos que me hacen el amor...!

Y la joven dijo estas palabras con tan graciosa petulancia, que la viuda
no pudo menos que acogerlas con una sonrisa.

--Qu pcara eres, Maruja! No extrao que desde aqu, encerradita en
casa y burlando la vigilancia de tu ta, vuelvas locos a los hombres.
Adems, cada da te encuentro ms guapa.

--Muchas gracias, doa Esperanza. Pero usted tambin es guapa.

--Quin? Yo?... Lo era, hija ma; lo fu en otros tiempos, pero ahora
slo quedan los restos. Ay, quin tuviera tu edad!

Y la viuda lanz un suspiro de jamona sensible que llora los pasados
tiempos y en la frialdad de su situacin todava se conmueve viendo los
ardores de la juventud.

--Vamos, nia; cuntame todo. Me gusta ayudar a la juventud en sus
asuntos, y gozo viendo cosas que me recuerdan mis tiempos de polla. No
tengas cuidado; habla.

--Qui! Buena consejera est usted. Es amiga ntima de mi ta, y, por
lo tanto, de las que creen que la felicidad de las chicas es meterlas
monjas.

--Eso es; buena monja estaras t! Nunca he credo que llegaras a
serlo, y en cambio tengo la firme esperanza de comer los dulces de tu
boda. Vamos, dime, quin es ese muchacho que te hace seas?

--Un hombre.

--Ah, picarilla! Te pregunto por su nombre, por su posicin.

Mara qued por algunos instantes como perpleja, y por fin dijo con
repentina resolucin:

--Mire usted, doa Esperanza. Se lo dira a usted todo, pero como es tan
amiga de mi ta, temo que llegue a odos de sta, y la verdad, me asusta
solamente el pensar que ella puede saber algn da mis secretillos.

--Por quin me tomas, mujer? Crees t que voy yo a delatarte?

Y la viuda se deshizo en excusas, para demostrarla que ella no revelara
el secreto de la joven. La quera mucho y deseaba servirla, porque ella
les tena mucha ley a las muchachas y senta un gran placer en
ayudarlas, sin duda porque esto le recordaba sus buenos tiempos.

Mara lleg a tranquilizarse con estas muestras de adhesin, y por fin
se decidi a espontanearse.

--Pues bien, doa Esperanza; ese muchacho es un estudiante de Medicina y
se llama Juan Zarzoso.

--Es pariente acaso del clebre doctor que visita a tu ta?

--Sobrino carnal.

--Tiene esto gracia! De modo que mientras el to est aqu dentro, el
sobrino hace el amor desde la calle. Sabe algo el doctor de estas
relaciones?

--Nada. El buen seor, segn cuentan, tiene el genio algo rudo y no
consiente a su sobrino la menor distraccin en los estudios. Juanito
teme al doctor tanto como yo a mi ta.

--Y est muy adelantado en su carrera ese joven?

--Termina en el ao prximo. Tiene un brillante porvenir, pues suceder
a su to en el ejercicio de la profesin. Ser un sabio como el doctor
Zarzoso.

--Vaya, hija ma! Da ganas de rer ese tonillo de mujercita juiciosa
con que hablas. Qu sabes t lo que significa un brillante porvenir?
Distrete dejando que ese muchacho te haga el amor, pero no adoptes el
aspecto de mujer enamorada, pues algn da tendrs forzosamente que
olvidarle.

--Olvidarle..., imposible! He de ser su esposa.

--Quin, t? Vamos, nia; ests loca. Te parece que una sobrina de la
baronesa de Carrillo, la bella condesita de Baselga, millonaria y
perteneciente a la ms distinguida nobleza puede ser la esposa de un
mdico, por ms clebre que sea? T no conoces lo que es la sociedad ni
te has parado a pensar en la desigualdad de clases. De modo que a pesar
de ser t condesa y millonaria, bastara que cualquiera, yo misma, por
ejemplo, me sintiera algo enferma, para arrebatarte inmediatamente al
esposo que tendras a tu lado. Piensa bien en lo extrao que esto
resulta.

Y Mara, efectivamente, se abismaba en profunda reflexin, como si por
primera vez tropezase con inconvenientes que hasta entonces no haba
visto.

--S, es verdad--dijo por fin a la viuda--; pero todos estos
inconvenientes estn resueltos sencillamente con que Juanito no ejerza
su profesin y se dedique a ser sabio y a escribir libros de ciencia. De
este modo podr casarme con l.

--Bah, hija ma! T ests reservada para algo ms que para ser la
esposa de un rebuscador de librotes. Cuando tu ta se convenza de que
eres una joven como las dems, para lo cual falta poco, y de que deseas
casarte, ya te buscar un marido que est en consonancia con tus
merecimientos y tu alcurnia.

--Pero yo quiero casarme con Juanito--dijo Mara con sonsonete de nio
mimado.

--Pues no lo logrars, hija ma. Procura no forjarte esas ilusiones.
Buena se pondra tu ta si llegara a conocer tus amoros con el sobrino
de don Pedro!

Iba Mara a contestar, pero un ruido le llam la atencin y dijo a doa
Esperanza:

--Es el doctor, que se marcha.

E inmediatamente se dirigi a la antesala, seguida de la locuaz viuda.

El doctor Zarzoso era para ella una persona muy simptica, sencillamente
por ser to de su novio. El afecto que profesaba a Juanito vena a
reflejarse en aquel hombre rudo, que se esforzaba en ser amable con
aquella joven que le trataba con cario que l no saba a qu atribuir.

En la antesala fu donde encontraron al doctor Zarzoso, tomando del
perchero su chistera y el bastn.

La edad no haba conseguido debilitar aquel corpachn de combatiente, y
nicamente como para dejar recuerdo de su paso, el tiempo ara su
rostro, haciendo ms profundas las arrugas del entrecejo, que delataban
una caracterstica terquedad.

Mara, al acercarse a l, le pregunt cmo encontraba a su ta.

--No est grave. Le dura la agitacin nerviosa producida por la noticia
de la muerte de su hermano. La cosa es natural, pues tambin cuesta
disgustillos una honra tan grande como es tener santos mrtires en la
familia.

Y don Pedro deca estas palabras sin el menor acento de zumba, pero
miraba a doa Esperanza, la beata intrigante a quien l conoca
bastante, como mujer que se mezclaba en todo.

La viuda de Lpez adivinaba la irona en aquellas palabras. Ah, maldito
ateo! Y pensar que siendo tan pecador era tan sabio que hasta las
personas ms creyentes no podan prescindir de l en caso de enfermedad!

El doctor enumer a Mara todas las precauciones que se deban tomar con
la baronesa para combatir y evitar los ataques de nervios que en tan
espantoso estado la ponan.

Doa Fernanda, mientras tanto, estaba en el fondo de su gabinete, donde
se pasaba las horas envuelta en un grueso "chal", no valiendo ms que
para ir al comedor cuando el ataque no la retena en la habitacin.

El doctor se despidi, dando antes su mano a Mara con una afabilidad
extraa en l y que hubiese asombrado a los practicantes de San Carlos.

A doa Esperanza slo la salud con una ceremoniosa inclinacin de
cabeza. Decididamente le cargaba aquella jamona, explotadora de la
piedad, e intriganta y aduladora de un modo que al doctor le causaba
nuseas.

--Dime--exclam la viuda cuando don Pedro estaba ya en la escalera--.
Ahora va a encontrarse en la calle con su sobrino, y es capaz, si
adivina lo que hay, de dar un escndalo y hasta de pegarle con el
bastn. Oh! Conozco mucho a ese to.

--No le encontrar. Se iba ya Juanito cuando not que usted se hallaba
en el gabinete.

--Bueno, querida: vamos a ver a tu ta, que estar solita. Ella no
saldr hoy al comedor, verdad? Pues me quedo a almorzar contigo: no
quiero que ests sola y fastidiada, pichoncita ma.

Y la gorrona viuda se entr salas adentro, con la misma confianza que si
fuese la duea de la casa.




III

Lo que fu de Mara al salir del colegio.


Fcil es imaginar el recibimiento que la baronesa de Carrillo hara a su
sobrina, cuando sta, recin salida del colegio, lleg a Madrid.

Doa Fernanda no quiso ir a por ella. La carta de Sor Luisa de Loreto la
produjo una impresin terrible. Despus de furiosos transportes de
indignacin, sintise avergonzada como si ella misma fuese la
sorprendida en la azotea del colegio en brazos de un muchacho, y no se
decidi a ir ella misma en persona a buscar a su sobrina, como si
temiese que las monjas fuesen a echarla una reprimenda por ser la ta de
Mara.

Fu a por sta un viejo criado de la baronesa, especie de administrador
con aspecto de sacristn que los padres jesutas le haban recomendado
como hombre en quien poda depositar toda su confianza.

Mara, a pesar de todos sus bros de muchacho con faldas, entr
temblando en la casa de la calle de Atocha, que le pareci ms lbrega
an y fatdica que el colegio de Nuestra Seora de la Saletta.

Contra todo lo que ella esperaba, la clera de la baronesa no se
desbord como terrible tempestad. Limitse a dirigirla unos cuantos
insultos, y despus, con aire de verdugo, afirm que no tardara ella en
arrepentirse de aquella ligereza que haba deshonrado a la familia.

La vida que desde entonces hubo de hacer Mara fu horripilante para un
carcter como el suyo, siempre dispuesto al bullicio y a la agitacin.

Ya no pudo, como en el colegio, corretear por todas las habitaciones de
la casa; all no haba una azotea donde entregarse a melanclica
contemplacin, dejando pasar rpidas las horas, y se vea obligada a
permanecer durante todo el da como pegada a las faldas de su ta.

Por las maanas, vestida con una modestia que casi rayaba en tacaera,
iba con la baronesa, unas veces a pie y otras en el ms pobre carruaje
de la casa, a or misa en la iglesia donde oficiaban los padres
jesutas, y all permaneca en su asiento, aburrida por la monotona del
espectculo, ms de dos horas, hasta que, por fin, la ta se decida a
volver a casa. Inmediatamente haba de agarrar las labores en que tan
torpe se mostraba, y hasta la hora del almuerzo permanecer al lado de la
baronesa, con las manos en continuo movimiento, la vista baja, el
aspecto encogido, siempre dispuesta a ser advertida en la menor
distraccin con un tirn de oreja de su enojada ta, que se haba
propuesto martirizarla, contrariando todos los naturales impulsos de su
carcter, incompatible con la inercia.

Por la tarde comenzaban las visitas, si es que doa Fernanda no tena
que asistir a alguna junta de cofrada.

La tertulia de la baronesa no haba variado. Eran los mismos visitantes
que en tiempos de Enriqueta, aunque todos ms maltratados por la edad;
como aquel gran saln que en conjunto era tambin el mismo de antes,
aunque bastante ajado por el polvo de los aos que, despertado y barrido
por los diligentes plumeros de los criados, volaba a refugiarse en las
cornisas y molduras del techo, formando una espesa ptina sobre los
grupos mitolgicos que el conde de Baselga hizo pintar cuando estaba en
la luna de miel.

Al principio, aquellas tertulias de la tarde distrajeron algo a Mara.
No era muy agradable la conversacin, pero al menos vea gente y se
animaba algo la soledad monstica en que pareca envuelta aquella casa.

Variaba poco el personal. Regularmente y con ciertas intermitencias en
la asiduidad de los visitantes, la tertulia se reduca a una media
docena de condesas y marquesas que haban sido amigas de doa Fernanda
cuando jvenes, y ahora estaban tan arrugadas y malhumoradas como sta;
y a otros tantos caballeros pertenecientes a la ms rancia nobleza y que
usaban los trajes cortados a la moda de veinte aos atrs, con ricos
chalecos de vivos colores e irguiendo el cuello apergaminado y
tendonoso, sobre grandes corbatas con alfiler de perlas. La intriganta y
aduladora viuda de Lpez no faltaba nunca a la tertulia, pues por muy
ocupada que estuviese, siempre tena tiempo para asomarse y echar un
vistazo, muy oronda y satisfecha por tratarse con aquellas momias que
olan a agua bendita y que eran la quintaesencia, el extracto de la alta
sociedad creyente y partidaria de la buena causa. Algunas veces apareca
tambin en el saln el padre Toms; pero sus visitas eran muy raras, a
pesar del inmenso agasajo con que se le reciba, de las deferencias de
que era objeto y de la revolucin que produca con su presencia.

A Mara, maliciosilla y burlona, le divertan tales fachas cuyo exterior
anacrnico no se escapaba a su buen sentido. No; aquellas gentes de
seguro que no eran como las dems; pareca como que olan a muerto, eran
nadadores testarudos que se empeaban en ir contra la corriente social
y, agarrados al peasco de la intransigencia, resistan el oleaje
continuo, protestando y quejndose a cada onda que bata sus cuerpos e
intentaba arrastrarles.

Reinaba en el saln de la baronesa de Carrillo una intransigencia
poltica y religiosa que llegaba hasta la ferocidad: a esto iba unido
una educacin y una pulcritud de las que parecan enamorados los mismos
actores, pero que seguramente habra hecho rer al primer transente que
se hubiese colado de rondn en aquel santuario de las venerandas
tradiciones, donde nunca se apagaba, como fuego sagrado, el amor al
tiempo que pas.

Cristalizados en un momento de su vida, o sea en el de la juventud,
cuando an eran respetadas e imperaban las ideas que consideraban
santas, para aquellas personas no haba transcurrido el tiempo, y se
trataban del mismo modo que si an tuvieran veinte aos.

Mara haca esfuerzos para no reirse cada vez que a la hora de tomar el
tradicional chocolate, costumbre que se conservaba en la casa, como
todas las antiguas, vea cambiarse dengues y monadas entre las viejas
marquesas y los pollos del ao treinta y tantos. Un da la baronesa
psose roja de indignacin al ver que su sobrina contena una carcajada,
porque uno de aquellos respetables seores la llamaba Fernandita, como
en sus buenos tiempos.

Para aquella tertulia de reaccionarios biliosos, cuyo bello ideal
hubiese sido parar todos los relojes, volviendo las manecillas hacia
atrs, el progreso no exista ni aun dentro de su clase, y con el furor
de la imbecilidad pretenciosa que no consiente a su alrededor nada que
la sobrepuje, odiaban a todos los que, participando de sus ideas,
transigiesen con el espritu del siglo.

Trataban con el mayor desprecio en aquella tertulia a sus parientes y
amigos que pertenecan a la aristocracia en activo; a sa que brilla, se
divierte, es religiosa slo porque esto resulta de buen tono, y aturde
al mundo con sus ruidosas fiestas.

Todo se acababa; hasta la fe y la dignidad de clase. Qu gente, Seor!
Qu tiempos! Y la tradicionalista tertulia hablaba con horror de los
grandes de Espaa que hacan poltica y figuraban en partidos llamados
liberales, aunque con el aditamento de conservadores; de las familias
que no tenan otra religin que la moda y ponan en prctica todas las
extravagancias llegadas de Pars, sin temor al escndalo, no asistiendo
a los templos ms que en las grandes solemnidades, cuando se haca buena
msica, o haba un predicador que llamaba la atencin; y no trataba con
mayores consideraciones a los descendientes de los hroes de la
Reconquista que, despus de vender a los anticuarios los espadones y las
armaduras de sus gloriosos antepasados, para pagar sus deudas con la
ruleta del Casino o ir de juergas flamencas con los toreros, se casaban
con la hija de un bolsista enriquecido a fuerza de pilladas, o con la
viuda de un contratista del Estado, dando sus inmaculados pergaminos a
cambio de algunos millones adquiridos Dios sabe cmo.

Qu tiempos, Seor; qu tiempos! Haba para morir de pesar. Si de tal
modo se envileca la aristocracia, qu iba a quedar despus? Y aquellas
momias, que en el semioscuro saln se movan como esfinges que
encerraban todas las putrefactas grandezas del pasado, envolvan en las
maldiciones que arrojaban resignadamente al progreso y a la
civilizacin, a sus mismos parientes, a sus familias, que transigan e
iban mezclando su sangre con clases ms inferiores, a las cuales la
revolucin haba elevado, recibiendo sus desprecios como nica
recompensa.

Aquel sanhedrn odiaba la fama y el prestigio que proporciona la
inteligencia, como algo que oliese a demagogia. Ser clebre, era para
tales personas igualarse a los oradores revolucionarios, a los generales
de pronunciamiento, a los "rojos" de Club. Hablar de una persona los
peridicos que no eran de la comunin de los fieles, equivala para la
tertulia de la baronesa a un certificado de impiedad y progresismo.

Despreciaban a cuantos se distinguan en algo y "metan ruido", y de
aqu que mirasen con desvo u olvidasen por completo a los mismos que
ms se haban esforzado en defender los ideales a que la tertulia renda
ferviente adoracin.

Aparisi y Guijarro era, para aquellas gentes, casi un revolucionario
que, por el hecho de haber discutido en las Cortes con los liberales, se
haba infeccionado forzosamente con su virus de impiedad; el cannigo
Manterola inspiraba poca confianza, pues, en su concepto, deba haber
permanecido en su cabildo sin meterse a vociferar en un Congreso
revolucionario; y en cuanto a Donoso Corts, slo lo conoca y se
acordaba de l uno de aquellos seores que tena sus puntos y ribetes de
literato.

Nada encontraban bien; todo se haba maleado, en su concepto, al
contacto del siglo; hasta la Monarqua. Ir a Palacio ellos, que eran
fieles representantes de un pasado tan lleno de grandezas como de
ceremonias? Imposible! La aristocracia que "saba respetarse" no poda
asistir a las fiestas de un Palacio contaminado por los vientos
revolucionarios, hasta el punto de que los reyes, salidos de la
Restauracin de Sagunto, haban abolido la moruna costumbre de tutear a
todos sus sbditos, y hablaban con ms amabilidad a un Cnovas o a
Martnez Campos, plebeyos elevados por la fortuna, que a un Grande de
Espaa, cuyos blasones se perdan en las tinieblas del pasado.

Aqullos tiempos de Isabel II! Cuando en Palacio se trabajaba por
revestir la vida del mismo aparato que en el anterior siglo, y cuando la
Reina trataba a todos con tan desptica familiaridad, como si fuesen
lacayos. Aquello ensanchaba el alma y daba claras muestras de que la
Monarqua viva por sus propias fuerzas, y no por las concesiones del
espritu revolucionario.

Al principio de la Restauracin, a aquella tertulia de ultrarrealistas
les quedaba alguna esperanza, simbolizada en la persona del pretendiente
D. Carlos; pero poco a poco fueron desvanecindose sus ilusiones.
Tambin el representante de la buena causa, del sano y respetable
pasado, se contaminaba del espritu moderno, y daba al traste con la
tiesura tradicional de la majestad. A sus odos llegaban noticias sobre
la vida del pretendiente en Pars y sus calaveradas, hijas de un
espritu ligero que slo a la fuerza se amolda a las ceremonias de su
rango.

Y luego aquellas aventuras escandalosas; los derroches de dinero, las
fiestas de hngaras; cosas eran todas stas sobradamente importantes
para horripilar a tanta persona grave, que aunque en su juventud no
haban hecho vida muy santa, por esto mismo la vejez les haba blindado
con la ms austera virtud y la ms asustadiza hipocresa.

En fin: que aquella tertulia era una verdadera reunin de demagogos
blancos que, en nombre del pasado, pedan la completa destruccin de lo
existente, que nada encontraban bueno y que, como astros muertos,
vagaban por el espacio social de su poca, repelidos de todas partes, y
sin sentir la menor atraccin de simpata.

Eran revolucionarios a su manera, y de seguro que, a tener en sus manos
un poder irresistible, hubiesen destrudo toda la obra del siglo. Por
aquello de que los extremos se tocan, miraban con lstima y horror a los
hombres de ideas avanzadas, pero no pasaban de ah; y, en cambio,
guardaban todo su odio, su desprecio sin lmites, para los llamados
monrquicos liberales que, transigiendo eternamente, y escpticos en el
fondo, pretendan amalgamar el pasado con el porvenir.

Aquella tertulia era invariable e indestructible. Eran muy pocos los
nefitos que lograban introducirse en ella, y menos an los que
desertaban. Permaneca inmvil, con la inercia de una momia, que tena
fijos sus muertos ojos en el pasado.

Al entrar en el saln y contemplar los rostros apergaminados, contrados
ligeramente por una sonrisa de aristocrtico desdn, poda decirse, como
Hamlet:

                  "Algo hay aqu que huele a muerto."

Era aquella una charca inmvil, en cuyo fondo dorman todos los
putrefactos dolos del pasado.

Tan firmemente estaba convencida la tertulia de la baronesa de sus
creencias, tan intransigente era con su poca, tan alejada se hallaba de
lo existente, que la sorprenda de un modo terrible alguna palabra del
padre Toms, de su dolo; palabra que, como piedra veloz, caa en el
pantano ultrarrealista, produciendo ondulaciones de asombro que duraban
muchos das.

La sorpresa conmova a las momias hasta el punto de que a sus
deslustrados ojos casi asomaban las lgrimas.

Oh, Dios! Hasta la Compaa de Jess comenzaba a abandonar la buena
causa, para transigir con el siglo. El padre Toms, aquel hombre que en
casa de la baronesa resultaba una divinidad, slo apareca de tarde en
tarde en la majestuosa tertulia, y, en cambio, visitaba a la
aristocracia, a la moda, a las familias que, renegando de su pasado, se
mezclaban en el movimiento de la poca. Qu ms!... Hasta recomendaba
la tolerancia con lo existente, y el afecto a la nueva situacin
poltica, diciendo que era necesario transigir para salvar los intereses
de la religin.

Esta conducta asombraba a los ultrarrealistas; pero, acostumbrados a
acoger con la mansedumbre del esclavo todas las palabras del padre
Toms, no osaban en su presencia hacer la menor objecin, limitndose a
lamentarse en su interior de aquella presunta defeccin que les hera en
sus sentimientos.

Rodeada de este ambiente que ola a tumba, era como Mara pasaba todas
las tardes del ao.

Sentada al lado de su ta, tiesa como una vieja con alto cors, y con
los ojos fijos en el suelo, que slo se atreva a levantar muy contadas
veces, haba de permanecer unas cuantas horas aburrida por una charla
ceremoniosa y lenta, cuyas lamentaciones no entenda.

Este quietismo despus de la bulliciosa movilidad del convento,
atormentbale de un modo horrible y senta impulsos de levantarse de su
asiento y cometer alguna diablura; pero las fras miradas de su ta la
tenan como clavada en la silla.

Algunas veces, aquel seor que hablaba de Donoso Corts, en un rapto de
genialidad, se atreva a hablar de las "cosas" de la Corte de Fernando
VII, cuando estaba en Aranjuez, y, aunque comenzaba por va de exordio,
con palabras confusas y guios que sustituan a las palabras, no tardaba
en oirse la voz de la baronesa diciendo con acento imperioso:

--Nia; vete fuera.

Y Mara sala del saln sin sentir curiosidad alguna. Valiente cosa le
importaban las ancdotas de aquel seor!

Siempre relataba las mismas, y ella las haba odo la primera vez que
fu despedida de la tertulia, quedndose escondida tras los cortinones
de la puerta.

Pero esta indiferencia ante los chistes del viejo y aristocrtico
narrador, no impeda que ella se alegrara mucho as que comenzaba a
iniciar sus trasnochadas relaciones. De este modo se vea libre de la
engorrosa tertulia y poda pasar las horas que transcurran hasta el
final de la tertulia charlando con la doncella de su ta, o mirando a la
calle y buscando en esto distraccin, como ya en otro tiempo lo haba
hecho su madre.

Aquella casa, construda por el conde de Baselga para nido de sus
amores, era la crcel en que haba languidecido la juventud de su hija y
la de su nieta, bajo la austera y rabiosa vigilancia de la baronesa de
Carrillo.

Por las noches, Mara rezaba con su ta un rosario interminable, pues a
l se unan oraciones y jaculatorias para casi todos los santos del
almanaque, y a las diez ya estaba en la cama, martirizndola el sordo
ruido que producan los coches en el pavimento de la calle, y que, por
un salto propio de su imaginacin viva, evocaban ante los ojos de su
espritu un tropel de hermosas jvenes vestidas de brillantes colores, y
saliendo del fondo de confortables berlinas para entrar en el teatro,
pasando por entre los grupos de elegantes que les enviaban saludos y
frases galantes.

La cruel realidad que haba sucedido a sus ilusiones de colegiala,
producale un furor, propio de su carcter varonil, cuando se encontraba
a solas en su cuarto.

Para ser un adorno mudo de las vetustas tertulias de su ta, para
convertirse en un monigote que slo poda hablar cuando su ta le
concediera permiso, bien estaba all en el colegio, donde al menos tena
una relativa libertad. Ahora no poda menos de reirse amargamente de las
ilusiones que en el colegio se haba hecho acerca de la vida que
llevara en Madrid.

As transcurrieron los dos primeros aos de su estancia al lado de la
baronesa.

Por fortuna, pasado este tiempo comenz a notar en su ta alguna
variacin. Se haba amortiguado en la baronesa el recuerdo de la
aventura que haba ocasionado la salida de su sobrina del colegio y
conforme se desvaneca la memoria de un suceso que a ella le resultaba
horripilante, Mara gozaba de mayor libertad y su ta la trataba con ms
consideracin.

Conocase en doa Fernanda el propsito de hacerse agradable a su
sobrina y de captarse su voluntad y hacerse obedecer ms por la simpata
que por el terror.

Adivinbase que en su pensamiento germinaba una idea que iba a exponer
de un momento a otro y que slo era una preparacin hbil aquella
amabilidad realmente extraa en un ser bilioso y atrabiliario como doa
Fernanda.

Pronto se despej la incgnita. La baronesa no renunciaba a la idea de
tener una monja en su familia. Ya que sta contaba con un futuro santo
como Ricardo, no era justo que la lnea femenina se excluyera de la
sublime misin de dar al cielo bienaventurados.

Asunto era ste del que hablaba con el padre Toms siempre que poda
encontrarlo, pues el poderoso italiano, aunque segua interesndose
bastante por la familia Baselga, se senta atrado a otros crculos
sociales por la necesidad de las circunstancias.

Adems, el astuto jesuta no se mostraba tan seguro como doa Fernanda
de la facilidad con que la joven abrazara el estado monstico.

En sus visitas a la baronesa haba tenido ocasin para estudiar con ojo
certero el carcter de Mara, y, adems, sus hazaas de la niez, de las
que estaba enterado por las religiosas del convento de Valencia, le
daban a entender cul era el verdadero temperamento moral de la joven;
pero resultaba en doa Fernanda una preocupacin tradicional el creer
que bastaba que a ella se le ocurriera una cosa, para que inmediatamente
pensasen lo mismo los individuos de su familia.

Ella deseaba que Mara fuese monja y no haba ya ms que hablar; Mara
lo sera.

Pronto experiment una decepcin. Mara tena en sus venas la sangre del
belicoso Alvarez y su carcter varonil no se doblegaba con momentneas
concesiones como el de la infortunada Enriqueta.

La baronesa crease segura con aquellos dos aos de reclusin y
obediencia automtica a que haba castigado a su sobrina.

--No dude usted, padre Toms--deca siempre al italiano--, que Mara me
obedecer. Es toda una jaquita brava; ms bien dicho, lo era, pues antes
resultaba idntico al bandido de su verdadero padre; pero ahora, desde
que yo la he sometido al rgimen del silencio y de la obediencia, es
mansa como una cordera y har cuanto yo le diga.

Y la baronesa as lo crea, viendo aquella nia tmida en apariencia,
que acoga todas sus palabras con los ojos bajos y el aspecto encogido.

Por esto su asombro fu inmenso cuando, a las primeras indicaciones que
la hizo acerca de las bondades de la vida monstica, Mara, como el que
abandona un disfraz, se despoj de aquel exterior de mansedumbre y dijo
con resolucin:

--No, ta. Est usted muy engaada. Yo no ser nunca monja, y si usted
cree que va a hacer conmigo lo que con mi pobre madre, est usted en un
error muy grande. No, no y siempre no!

Y dijo estas palabras con una energa, cuya fuerza ya se notaba en sus
ojos brillantes y fijos en los de su ta, con insolencia de reto.

Sin duda, en sus conversaciones con la lenguaraz y antigua doncella de
la baronesa, haba llegado a conocer algo de la historia de su madre y
de las desavenencias entre sta y su hermanastra, cuando doa Fernanda
se empeaba tambin en meterla en un convento.

La enrgica resolucin de la joven despert las crueldades de carcter
de la baronesa, y las escenas violentas de otros tiempos volvieron a
ocurrir en el palacio de Baselga. Pero esta vez doa Fernanda tena que
habrselas con un carcter de hierro, que no mostraba el menor temor
ante sus violencias y que a los golpes y a los insultos, contestaba con
el estoicismo propio de un carcter vigoroso o con miradas de ira, que
algunas veces lograban detener el brazo de la baronesa.

Dur esta situacin violenta cerca de un ao. Emple la ta cuantos
medios se le ocurrieron para domar la enrgica resistencia de Mara;
pero todo fu en vano, pues la joven opona siempre su varonil protesta.
Esta situacin de continua violencia haba hecho perder tambin bastante
terreno a la ta; pues desde el momento en que la joven, para resistir y
protestar, haba tenido que despojarse de su actitud sumisa y su aspecto
gazmoo, ya no quiso recobrar la mscara hipcrita y se tomaba
libertades dentro de la casa sin que le intimidasen en lo ms mnimo las
furibundas miradas de la baronesa.

La represin de sta y sus violencias estaban en razn directa de las
insolencias de Mara, que se haca ms atrevida conforme su ta se
indignaba y apelaba cada vez con ms tenacidad a los procedimientos
enrgicos.

Doa Fernanda casi se confesaba vencida en presencia de sus ntimos.

--Pero esa nia es el mismo diablo, padre Toms. Cmo se conoce de
quin es hija! De tal palo, tal astilla. Es imposible hacer de ella nada
bueno como Dios no obre un milagro.

--Calma, seora baronesa--contestaba siempre el italiano--. No hay
realmente prisa en decidir sobre el porvenir de la nia. Si ella no
quiere ser monja, ya buscaremos el medio de que se salve su alma sin
violentar su voluntad ni obligarla a entrar en un convento.

Y era que el padre Toms, menos dispuesto que su antecesor el padre
Claudio a acudir a medidas decisivas ni a violentar la marcha de los
acontecimientos, buscaba ya en su astucia, y crea haberlo encontrado,
un medio que asegurase el ingreso en la caja de la Orden de los millones
que restaban de la herencia de Avellaneda.

En cuanto a la viuda de Lpez, siempre que era consultada por doa
Fernanda sobre el porvenir de Mara, contestaba de idntico modo:

--Seora baronesa; no lograr usted su deseo. Me basta mirar a una
persona para conocerla; me precio de ello, y le aseguro que a esa nia
lo que le atrae es el matrimonio y no las tocas monjiles. Adems, sus
antecedentes no son los ms propios para que se sienta inclinada a la
vida del claustro; acurdese usted de "aquello del colegio" que varias
veces me ha relatado.

Y al decir esto, callaban las dos viejas, dejando que en su imaginacin
se amontonase un cmulo de maliciosas suposiciones.

Todas las perversidades de la pasin las admitan antes que la verdad de
lo ocurrido.

Su malicia de beatas no poda conformarse con la ingenua inocencia de
aquella velada en la azotea del colegio.




IV

Reandanse los amores.


Algunos meses antes de recibirse la noticia del martirio del padre
Ricardo, experiment Mara una gran sorpresa.

Por las maanas, aprovechando los descuidos de su ta o sus salidas de
casa por asuntos de devocin, una de sus ms predilectas distracciones
era mirar a la calle en las horas que los estudiantes de Medicina
entraban o salan en el inmediato hospital de San Carlos.

As vi un da a Juanito Zarzoso, del cual, aunque se acordaba algunas
veces, no guardaba ya ms que un recuerdo lejano y borroso, como
amortiguado por el tiempo y por aquel rgimen austero a que la someta
su ta y que pareca influir en su parte moral.

Cuando ella vi a un joven vestido de luto, parado en la acera y mirando
con insistencia al balcn, sin hacer caso de las pullas de los
compaeros que seguan adelante, sintise molestada por la curiosidad de
aquel importuno y casi estuvo tentada a retirarse; pero de repente
encontr en aquella figura algo que pareca serle conocido y que atraa
sus ojos, y entregndose entonces a un fijo examen, no tard en
reconocer a su tmido novio de la poca de colegiala.

Estaba tan desfigurado el estudiante, que era difcil conocerlo. Haba
crecido mucho, aunque perdiendo bastante de su primitiva robustez; sus
facciones habanse fijado definitivamente, formando un rostro
inteligente y simptico, y una barba corrida y fuerte daba aspecto
varonil a aquella cara de nio. Sus ojos, cuya luz pareca amortiguada
por el estudio, brillaban tras unas gafas de oro.

Mara permaneci inmvil, como asustada por la aparicin, y, en su
aturdimiento, nicamente supo contestar con sonrisas ingenuas, que
demostraban su placer, a los saludos que la diriga el estudiante.

Desde entonces, todas las maanas los dos jvenes, aprovechando el uno
los intervalos entre dos clases, y valindose la otra de los descuidos y
ocupaciones de la ta, se vean de lejos, cambiaban saludos y se
sonrean con esa plcida estupidez de las personas que se consideran
felices nicamente con contemplarse.

Pronto no les bast con esto y ambos experimentaron la necesidad de una
comunicacin ms expresiva y amplia que las miradas que se lanzaban de
lejos, bien a travs de los vidrios del balcn, o en las calles cuando
Mara sala en compaa de la baronesa.

La intrigante doncella de sta fu la que, por puro amor al arte de
chismear y por el placer de jugar una treta a su seora, a la que odiaba
en el fondo, a pesar de muchos aos de servicio, se encarg de poner en
comunicacin a los dos antiguos novios.

Ella fu la que entreg a Mara la primera carta de Juanito, y as supo
la joven que la madre de su novio, aquella infeliz seora casi ciega, a
la que, sin conocer, amaba con respetuosa simpata, haba muerto algunos
meses antes, y que al ocurrir esta desgracia el doctor Zarzoso haba ido
a Valencia para llevarse a su sobrino a Madrid, trasladando su matrcula
a la escuela de San Carlos.

Juanito manifestaba adems, con una satisfaccin casi infantil, sus
notables progresos en la carrera, los premios que haba alcanzado y lo
contento que estaba su to al ver que iba a tener un sucesor digno de su
fama.

Desde entonces se entabl una correspondencia continua y apasionada
entre los dos novios, volviendo a renacer aquel amor que, aunque veloz
como una rfaga, les haba unido durante algunos das, all en los
tejados de Valencia.

Mara pasaba las angustias de un ladrn que intenta hacer invisible el
fruto de sus rapias, para ocultar las plumas y el papel que le servan
para escribir a Juanito, y no contentos los dos con cambiar una carta
diaria, todava aprovechaban cuantas ocasiones se presentaban para
comunicarse, con seas, de balcn a calle, todas las maanas.

Nadie notaba las relaciones amorosas sostenidas por los dos jvenes.

La baronesa, a pesar de su astucia, no llegaba a recelar de la conducta
de su sobrina, y en cuanto al doctor Zarzoso, aunque notaba que Juanito
no estudiaba tanto como los primeros meses de su estancia en Madrid, y
que sala con ms frecuencia de casa, atribua esto a la atraccin que
produce una ciudad desconocida y a las necesidades de la juventud.

El coloso sonrea con malicia. Ya saba l lo que aquello significaba:
algn amorcillo. Y al decirse esto guiaba el ojo, afectando conocer muy
bien tales deslices, como si olvidase la salvaje virginidad de su
juventud, ignorante para todo aquello que no fuese la lucha con la
ciencia.

Los amoros que supona el doctor Zarzoso eran pasioncillas de un da,
correras a ciegas en busca de unas faldas para acallar los hambrientos
bostezos de la carne; y de seguro que si al ser llamado a casa de la
baronesa de Carrillo, para curar a sta sus ataques de nervios, hubiese
sabido que en tal vivienda estaba la mujer amada, y que sta era aquella
sobrinilla aristocrtica, no hubiese manifestado tanta bondad.

El endiablado sabio, plebeyote hasta la medula de los huesos y orgulloso
de su origen, estremecase de horror ante la posibilidad de unirse por
lazo alguno con cualquiera de aquellas familias elevadas, corrodas por
dolencias extraas y hereditarias, a las que l visitaba, y su
indignacin inmensa slo poda compararse a la que experimentara una
princesa de las que figuraban en el almanaque de Gotha, al proponerle
que diera su mano a un barrendero.

Profesaba a sus distinguidos clientes el horror que siente una persona
sana, robusta y egosta ante los apestados que pueden contaminarle.

Su frase favorita era: "La aristocracia es un pudridero"; y hablaba con
gran elocuencia del inmenso caudal de enfermedades y grmenes de locuras
que el aislamiento de clase y el horror a cruzarse con gentes ms
humildes y vigorosas, haba ido amontonando en aquellas familias desde
los tiempos de las extravagancias feudales y de la barbarie guerrera
divinizada.

--Por algo dicen esas gentes que tienen la sangre azul. Es pura
porquera lo que circula por sus venas; virus que infecciona de una a
otra generacin y que en nada se parece a la sangre de los dems seres.
Si yo tuviera un hijo (slo al hablar de esto pensaba el doctor en los
hijos), juro que primero lo ahorcaba que le permita el casarse con una
mujer de cuyo vientre forzosamente haban de salir generaciones de
escrofulosos o de locos.

Afortunadamente, el doctor Zarzoso, para el cual su sobrino era un
verdadero hijo, ignoraba qu clase de amorcillos eran los que turbaban
la tranquilidad del joven estudiante.

Cuando al recibir la noticia de la muerte trgica del padre Ricardo, la
baronesa sufri una espantosa crisis nerviosa, el doctor Zarzoso fu
llamado para su curacin. Este suceso produjo en el estudiante gran
alegra. Sera ridcula la idea, pero a l le produca cierto placer el
que su to entrase en aquella casa, frente a la cual tantas veces
paseaba l, y hasta le pareca que en torno de la ruda figura del doctor
quedaba adherido algo del ambiente que creemos percibir rodeando a la
mujer amada.

El suceso no caus menos impresin en Mara. Al saber que su to haba
muerto como un mrtir, a manos de los fanticos japonesas, llor cuanto
pudo para no resultar una nota disonante en el concierto de dolor que
estall en la casa; pero, a pesar de esto, su desconsuelo fu ms
aparente y ceremonioso que real. No tena grandes motivos para llorar la
muerte del to jesuta. No lo haba visto jams, y juzgando por los
apasionados elogios de la baronesa y sus amigos, imaginbaselo como un
hombre hurao, misterioso, desligado por completo de todo vnculo
terrestre, y propio para inspirar ms miedo que amor.

La enfermedad de su ta sirvile para poder decidirse con ms libertad a
hacer "telgrafos" a Juanito con sus vivaces manos, tras los vidrios del
balcn.

Adems, en tal circunstancia conoci personalmente al to de su novio,
aquel personaje terrible, del cual se haba hablado con expresin de
miedo en las tertulias de su ta, y que a ella, a pesar de tales
prejuicios, le resultaba un buen seor.

El famoso sabio, con toda su ciencia y aquel conocimiento del mundo y de
las personas que afectaba su fingida malicia, no poda explicarse las
causas de la exagerada amabilidad con que le trataba la nia de la casa.
Era un secreto para l el por qu de las sonrisas graciosas y la
expresin de alegra con que le reciba la sobrina de la baronesa; pero,
ah, cndido doctor!, si no hubiese siempre marchado con la cabeza baja
y preocupado por sus ideotas luminosas, de seguro que al salir de la
casa se lo hubiese explicado todo, al ver a su sobrino alejarse
rpidamente, o esconderse en algn portal, al notar la presencia del
to.

Mara era la nica de aquellas seoritas aristocrticas a la que no
miraba con expresin de lstima y asco; no era un gatito desollado, como
l llamaba a las otras.

Conoca bien la historia de la familia. Bastante le haba dado que hacer
la muerte del conde de Baselga en el manicomio que l dirigi en otros
tiempos, y aunque estaba convencido de su locura, no dej de preocuparle
el tiro de pistola que el infeliz demente se dispar en su celda.
Aquella arma fatal haca presentir al doctor la existencia de una
diablica intencin, que haba intervenido en el arreglo de la tragedia.
Y como era en l caracterstico atribuir todos los males a la "gente de
sotana", no vacilaba en tener por culpable de cuanto haba ocurrido a
aquel padre Claudio, de quien ya casi nadie se acordaba en Madrid.

Adems, conoca algo de la historia de Mara, y esto amenguaba un tanto
la extraeza que le produca notar en ella un vigor y una energa
serena, impropia de la familia. El recordaba haber escuchado ciertas
murmuraciones, de las cuales no sala muy bien librada la virtud de la
madre ni la dignidad del padre; murmuraciones en las que danzaba el
nombre de cierto clebre revolucionario.

Pero todas estas ideas slo podan preocupar por poco tiempo a un hombre
como el doctor, obsesionado por los obscuros problemas de la ciencia; y
as es que, apenas hubo dejado de visitar a doa Fernanda, repuesta ya
de sus ataques nerviosos, olvid por completo a la ta y a la sobrina.

Los amores del estudiante y Mara seguan, entretanto, su curso,
fortalecidos ahora por la proteccin de la viuda de Lpez.

La explicacin surgida entre doa Esperanza y la sobrina de la baronesa
haba servido para que la viuda, arrastrada por su aficin a los enredos
y por el afn de hacer favores, se pusiera a las rdenes de los novios.

Ya se sobrentenda que ella haca esto nicamente porque la nia se
divirtiera; porque, al fin, haba que dar a la juventud lo que era suyo
y dejar que gozara cuando le llegaba su tiempo; mas no por esto crea
ella que tales amoros podan terminar en un casamiento.

Unos amores inocentes, y nada ms. Cosas de muchachos. Qu pecado se
cometa dejando que Mara tuviera un novio, como todas las de su edad?
Ms adelante, ya entrara en la reflexin, y cuando su ta se
convenciera de que la muchacha nunca llegara a ser monja, ya le
arreglara un matrimonio digno de su posicin y de su nombre.

Apoyndose en tales reflexiones, con el objeto de afrontar mentalmente
el peligro que supona para ella el ser infiel a su presidenta, la viuda
de Lpez protega a los dos jvenes, mostrndose muy contenta en ser su
mediadora bondadosa, y dndose ciertos aires de maternidad.

Hablaba, en la calle con Juanito, al que encontraba muy simptico, a
pesar de la repugnancia que en las primeras entrevistas senta, al
pensar que era el sobrino de un empedernido ateo, y que tal vez
participase de sus doctrinas. Cada vez que el estudiante solicitaba de
ella un favor, la viuda no poda menos de sentirse satisfecha, pues
aquel muchacho saba rogar de un modo que llegaba al alma, y ante el ms
pequeo servicio manifestaba un agradecimiento conmovedor.

Doa Fernanda, como si se hallara quebrantada por su reciente
enfermedad, y la muerte de su santo hermano hubiese cercenado su antigua
energa y movediza actividad, mostrbase reacia a salir de su casa, y
muchas veces, por no moverse de su asiento, ahogaba su curiosidad y no
iba en seguimiento de Mara para averiguar la causa de que sta
permaneciese tanto tiempo atisbando a travs de los balcones.

Este estado de doa Fernanda ocasionaba tambin un aumento de
atribuciones y libertades en la intriganta viuda de Lpez, del cual se
aprovechaban los dos novios.

Doa Esperanza, con su bondad sin lmites, era la que se encargaba de
sacar a paseo a la nia y de acompaarla a las funciones religiosas
cuando la ta no se senta con nimo para salir de casa.

De estas circunstancias se aprovechaba Juanito para hablar con Mara,
siempre bajo la vigilancia de doa Esperanza, que se mezclaba en la
conversacin apenas sta tomaba un carcter marcadamente amoroso.

La viuda de Lpez estaba lejos de imaginarse que aquel estudiante era el
mismo muchacho con quien haban sorprendido a Mara en la azotea del
colegio. Los dos novios guardaban instintivamente su secreto ante la
indiscreta curiosidad de la viuda.

Procuraban las dos mujeres salir a pie, pues de este modo poda unirse a
ellas el enamorado estudiante. Doa Esperanza adoptaba un aire de mam
complaciente, que va acompaando a su hija y al novio, y as iban los
tres a la iglesia o a alguna solitaria alameda del Retiro.

Transcurrieron de este modo muchos meses, sin que nunca llegase a odos
de la baronesa la menor noticia de la traicin que le haca su
secretaria.

Juanito, como si calmasen su sed amorosa aquellas conversaciones que
sostena con Mara, coreadas por la complaciente viuda, haba recobrado
su tranquilidad y volva a dedicarse al estudio con el mismo ardor que
antes.

Estaba prximo ya el trmino de su carrera, y vea cercano el da en que
alcanzara su ttulo de doctor en brillante oposicin, dando fin de este
modo a sus estudios, que le acreditaban en San Carlos como el alumno ms
aprovechado y que con mayor rapidez haba seguido sus cursos.

La proximidad de aquel suceso, tantas veces soado por el estudiante,
llenaba de alegra a los novios. Oh, qu dicha! Apenas tuviera su
ttulo de doctor, era preciso buscar ya una frmula para hacer pblicas
sus relaciones y decidir al doctor Zarzoso a que pidiese a la baronesa
la mano de Mara.

Todo les pareca muy fcil a los dos jvenes, y encontrndose cada vez
ms fuera de la realidad, juzgaban como pequeos inconvenientes el
carcter iracundo de la baronesa con sus preocupaciones religiosas y la
terquedad ruda del doctor.

A doa Esperanza comenzaban a asustarle aquellos amores. Comprenda,
aunque demasiado tarde, que haba estado jugando con fuego y que
aquellos galanteos no eran relaciones ligeras para divertirse, que
fcilmente podan ser rotas, pues tenan ya todo el carcter de una
pasin firme e indestructible.

Conoca bien a Mara y estaba convencida de que opondra una resistencia
terrible cuando la despertasen del dulce ensueo de amor satisfecho en
que estaba sumida.

Qu dira doa Fernanda cuando supiera que su fiel secretaria haba
sido la mediadora en tales amores?

Doa Esperanza, tan confiada y satisfecha por costumbre, mostrbase
ahora temerosa y asustada al pensar en la posibilidad de que la baronesa
llegase a saberlo todo. Y lo que ms le desconcertaba era que tal
descubrimiento un da u otro haba de ocurrir, pues nunca faltan gentes
chismosas y noticieras; o cuando no, aquellos dos jvenes, engaados por
sus ilusiones, eran capaces de cometer una barrabasada declarando a sus
tos que se amaban haca ya mucho tiempo y que deseaban casarse.

Alguna tranquilidad le proporcionaba el saber, por declaracin del
estudiante, que as que terminase su carrera el doctor Zarzoso pensaba
enviarle por una regular temporada a Pars a perfeccionar sus estudios,
como ayudante de los ms clebres profesores.

Si esto llegase a ocurrir, confiaba doa Esperanza en una larga
ausencia como remedio contra una pasin sobradamente viva. Pero a pesar
de esta confianza, no lograba tranquilizarse.

Conoca que voluntariamente, e impulsada por su eterna mana de servir a
todo el mundo, se haba metido en un atolladero y buscaba un auxilio
para salir de l.

El padre Toms fu la primera persona que se le ocurri para el caso.




V

En el despacho del padre Toms.


El poderoso jesuta haba recibido a doa Esperanza con una forzada
sonrisa de resignacin.

Aquella lagartona, con sus confidencias, sus intrigas y sus hojitas
piadosas, que someta a su examen antes de darlas a la imprenta, le
tena fastidiado, a pesar de lo convencido que estaba de la utilidad que
prestaba a la Orden.

El padre Toms haba indicado al mandadero que le serva de ayuda de
cmara que no dejase entrar a doa Esperanza en el despacho, pues tema
la conversacin interminable de la locuaz jamona que vena a turbar sus
ocupaciones: pero en aquel da, la viuda de Lpez manifest tal urgencia
y tantas veces pidi que la dejasen pasar, que al fin el lego, con el
permiso de su superior, permitile la entrada.

Tan largo fu el prembulo que la locuaz seora puso a las revelaciones
que pensaba hacer, que el jesuta comenz a arquear las cejas y a mover
los dedos en seal de impaciencia, convencindose de que doa Esperanza,
en aquella ocasin, como en las otras, iba slo a estorbarle.

Pero pronto cambi de posicin al notar que la viuda, atolondrada por
tales muestras de impaciencia, entraba en lo ms interesante de su
consulta.

Nada call la buena doa Esperanza, y procurando excusar su ligereza en
aquel buen deseo que le animaba y le haca servir a todos, fu relatando
cmo haba tenido conocimiento de los amoros de Mara y cmo tambin se
haba prestado ella a desempear el papel de mediadora.

El jesuta escuchaba inmvil y silencioso, sin que en su rostro de
marmrea fijeza se notase la menor expresin que delatase sus internas
impresiones, y slo cuando la viuda se detena como indecisa y temerosa
del efecto que sus palabras podan causar en el padre Toms, ste sala
de su mutismo para murmurar:

--Adelante! Y qu ms pas?

Doa Esperanza no se detena e iba relatando cuanto haba llegado a
saber y algo ms que inventaba por propia cuenta.

En resumen; que los chicos se amaban mucho, que la cosa era ms seria de
lo que ella en el primer momento haba podido imaginarse, y que temblaba
solamente al pensar que la baronesa poda saber algn da la
participacin que su secretaria tena en tales relaciones. Por esto
acuda en demanda de auxilio y le rogaba al padre Toms que no la
abandonase en situacin tan apurada, y que hiciese lo posible por
remediar su ligereza. Bien saba ella el noble inters que la Orden
senta por la familia Baselga, que tan ligada estaba por su piedad a la
Compaa de Jess, y por esto acuda al padre Toms en demanda de
saludable consejo.

El jesuta qued silencioso y reflexionando largo rato. Conocase, a
pesar de su frialdad exterior, que le haba impresionado bastante la
noticia.

Tena sobre Mara formado un concepto muy distinto del de la baronesa;
pero no esperaba encontrar a la joven comprometida por una pasin
vehemente.

Por fin rompi el silencio para asegurarse de la formalidad de tales
relaciones.

--Y dice usted, doa Esperanza, que son serios esos amores?

--Oh, reverendo padre! Esos muchachos se quieren de un modo que a m me
causa miedo. Es empresa difcil el separarlos, y crea usted que la
baronesa tendr que bregar mucho si quiere combatir esa pasin. Parece,
al verlos tan dominados por el amor, que se conocen desde la niez y que
slo la muerte podr separarlos. Ah, reverendo padre! Si usted
encontrase en su sabidura un medio para desbaratar esa pasin que yo
misma he fomentado con mi ligereza!

El padre Toms pregunt, tras un largo silencio y con la expresin del
que resuelve un problema:

--Sabe ese joven que Mara fu expulsada del colegio de Valencia por
cierta aventurilla que usted creo ya conoce?

--No, reverendo padre; seguramente no tiene noticia de aquello.

Y la viuda afirmaba sus palabras con movimientos de cabeza, muy
convencida de la certeza de cuanto deca. Ella estaba muy lejos de
imaginarse que el protagonista de aquella aventura en los tejados, a la
cual daba su malicia una importancia que no tena, era el mismo Juanito
Zarzoso, al que crea ignorante por completo de tal suceso.

El jesuta, al or las afirmaciones de la viuda, sonri triunfalmente.

Ah estaba la solucin; el medio de enfriar aquel amor que asustaba a
doa Esperanza, despus de haberlo fomentado.

Ella sera la encargada de revelar al novio la aventura de Mara en el
colegio de la Saletta, y el jesuta tena la certeza de que por este
medio surgiran los celos y sobrevendra el rompimiento.

--As lo har, reverendo padre. Tan pronto como vea a ese pollo, le dir
cuanto recuerde de aquella travesura de Mara, y no he de cejar hasta
que logre que la desprecie.

El jesuta se mostraba pensativo.

--Lo importante--murmur--es que baste esto para que abandone a la nia.

--Oh! Bastar, reverendo padre. Es un joven que parece muy pundonoroso,
y no le creo capaz de seguir amando a una mujer despus de convencerse
de que en su niez andaba por los tejados y la encontraban dormida en
brazos de un muchachuelo.

--Conoce usted bien el carcter de ese joven?

--Creo que s. He hablado con l muchas veces; se expresa con franqueza,
y le aseguro que a m me parece mentira que sea sobrino de un impo como
el doctor Zarzoso.

--Seguramente tendr las mismas ideas que su to.

--Me parece que s; aunque en mi presencia procura contenerse y no
ensear el rabo del diablico librepensamiento. Buena soy yo para
sufrir impiedades!

--Y no le cree usted capaz, al saber la aventurilla de Mara de seguir,
por inters, hacindola el amor?

--No entiendo a usted, reverendo padre--dijo la viuda con perplejidad.

--Quiero suponer que ese joven, despus de convencerse del pasado de
Mara, poda seguir fingiendo que la amaba, tan slo por atrapar sus
millones. Ya sabe usted que la sobrina de la baronesa es muy rica;
tanto, que casi toda la fortuna de que hoy goza doa Fernanda le
pertenece a ella.

--En ese punto defiendo yo al sobrino del doctor Zarzoso. Podr ser un
impo, un ateo; pero, gracias a Dios, las infernales doctrinas no han
llegado a corromper del todo su alma, y aun queda en l un gran caudal
de buenos sentimientos. No; l no ama a Mara por sus millones, y si
llega a aborrecerla la abandonara sin pensar en la riqueza.

--Le defiende usted con gran calor, doa Esperanza. En qu se funda
usted para tener tal seguridad?

--En lo que mil veces le he odo decir cuando hablaba con Mara. A ese
muchachuelo republicano y librepensador le estorba que su novia sea
noble, tenga un ttulo ilustre y posea una gran fortuna. Yo misma le he
odo decir, pero de un modo que no daba lugar a duda, que sera ms
feliz si Mara se convirtiera en una pobre modistilla, pues as nadie
podra atribuirle en tal amor la menor sombra de egosmo ni de ambicin.
Y qu ms!... Hasta la misma Mara est contaminada por tales ideas, y
muchas veces he redo escuchando cmo la heredera de muchos millones
hablaba con gran seriedad de los adelantos cientficos de su novio y
cifraba su felicidad en que ste fuese por el tiempo un mdico afamado
que tuviese como clientela a la gente ms selecta de Madrid. Tan
enamorados estn esos muchachos, que han perdido ya toda nocin sobre el
significado de un ttulo nobiliario y de una gran fortuna, y para ellos
no hay ms dinero que el que uno mismo pueda ganarse. No, reverendo
padre; no es posible que ese joven ame a Mara con el nico objeto de
hacerse dueo de sus millones. En este punto le defiendo; no es de tal
clase de hombres.

--Mucho mejor--dijo el jesuta, que haba escuchado atentamente a la
viuda--. Es ms favorable para nosotros que en tales relaciones slo
haya amor sin sombra de mezquino inters. As romperemos ms fcilmente
los vnculos que los unen: basta con que introduzcamos entre ellos la
desconfianza.

--Lo que yo deseo, reverendo padre, es que terminen estos amoros antes
que la baronesa pueda apercibirse de ellos.

El jesuta reflexionaba.

--La baronesa!--murmur--. Esa seora cree conocer muy bien a las
personas y empieza por no formarse concepto exacto de los seres que la
rodean, de los individuos de su propia familia. Quiere hacer monjas a
todas las mujeres de su raza, sin llegar a convencerse nunca de que han
nacido para casarse, como seres vulgares, y que aun ella misma no
servira para vivir en un convento.

--Tiene un genio en extremo dominante.

--Eso le pierde, amiga ma; y lo peor es que cree que basta que ella
quiera una cosa, para que sta sea inmediatamente. Se empe en que su
hermana fuese monja, y ya sabe usted lo que ocurri poco despus de
haberse suicidado el conde de Baselga; ahora quiere meter en un convento
a su sobrina, y ya acaba usted de decirme el camino que ella sigue, y
que no puede ser ms distinto del que le seala su ta.

--Efectivamente; doa Fernanda es tan ciega como tirnica.

Dijo la viuda estas palabras con la expresin de gozo del inferior que
al fin encuentra ocasin para hablar mal del mismo a quien adula y
sirve; pero este tono, que no pas desapercibido para el padre Toms, le
volvi a la realidad.

Era imprudente hablar de tal modo, en presencia de mujer tan chismosa e
intrigante como doa Esperanza, de la baronesa de Carrillo, que, al fin,
haba sido uno de los principales apoyos de la Compaa en Madrid, y en
quien basaba el jesuta grandes esperanzas para el porvenir. Por eso se
apresur a hablar con el propsito de deshacer el efecto de sus
anteriores palabras.

--Hay que reconocer que el deseo de la baronesa no puede ser ms santo y
sublime. Qu mejor destino puede ambicionar para su sobrina que hacerla
esposa del Seor? Lo difcil en este asunto es que la nia no se ajusta
a las exigencias de su ta, y por carcter huye de la vida tranquila y
santa del convento.

--Eso es, reverendo padre. Mara no ser monja aunque la martirice su
ta. Hace ya mucho tiempo que estoy convencida de ello.

--Y yo tambin. Esa joven quiere casarse, siente la necesidad de amar; y
si nosotros logramos que rompa sus relaciones con el doctor Zarzoso, as
que se desvanezca el pesar que esto le cause, no tardar en fijar sus
ojos en otro hombre. No lo cree usted as, amiga ma?

--As lo creo; hace un instante que pensaba en lo mismo.

--Hay, pues, que ser cautos en este asunto; y ya que la nia va por el
camino del matrimonio, procurar que no se extrave en l, como su madre.
La baronesa, empendose en hacer de Mara una monja y cerrando los ojos
para todo la que no sea esto, corre el peligro de que su sobrina caiga
en manos de un hombre que en modo alguno convenga a la familia, y que
sea enemigo de esa religiosidad respetable que siempre ha residido en la
casa de Baselga. Ya que ella, en su desmedido amor a la religin, es
ciega en este asunto, nosotros seremos cautos y procuraremos salvar a
Mara del peligro que la amenaza.

--Segn eso, reverendo padre, cree usted que Mara debe casarse?

--As lo he credo siempre, amiga ma.

--Hara usted, pues, un gran favor a la pobre nia disuadiendo a su ta
de los planes que abriga acerca de su porvenir y demostrndola que la
felicidad de su sobrina no consiste en que entre en un convento.

--As pienso hacerlo, y tenga usted la seguridad de que Mara se casar.
Aqu lo que importa es que no venga a caer en manos de un impo como ese
Zarzoso, que seguramente la apartara del camino de la religin. Ya nos
encargaremos, cuando sea tiempo oportuno, de buscarle un marido que le
convenga.

--Y mientras llega esa oportunidad, qu hago yo, reverendo padre?

--Procurar que se desunan los dos amantes, valindose de la revelacin
que antes hemos acordado.

--Y si este recurso no produjera efecto?

--Oh! Seguramente lo producir. No conozco a ese muchacho; pero por la
descripcin que usted me ha hecho de su carcter, adivino que
forzosamente ha de producir en l un efecto terrible el saber esa
aventura de Mara.

--Y si tanto le cegase el amor que, sobreponindose a los celos y al
despecho, siguiese adorndola?

--Entonces todava nos quedara un medio seguro.

--Cul, reverendo padre?

--No dice usted que el doctor Zarzoso muestra empeo en enviar a su
sobrino a Pars? Tardar mucho en verificarse este viaje?

--Antes de tres meses. Juanito terminar su carrera dentro de pocos
das, y el doctor no tardar en enviarlo a Pars.

--Pues bien; la ausencia es el medio ms favorable para combatir el
amor. Ensaye usted el efecto de esa revelacin que hemos acordado, y si
el novio resiste, ya aprovecharemos su ausencia para convencer a Mara
de que debe olvidar tales amores. La joven es altiva y tiene un amor
propio excesivo e irritable; como logremos herirla en este punto
vulnerable, seguramente que har cuanto la digamos.

--Perfectamente. S ya cul es mi obligacin. Primero, abrir los ojos a
este joven con la aventurilla de Valencia, y si esto no resulta, esperar
a que se vaya a Pars, dejando entonces a vuestra paternidad que obre
como lo crea ms conveniente.

--Otra cosa ha de hacer usted. Yo creo que no me costar mucho convencer
a la baronesa de que debe resignarse al casamiento de su sobrina. En tal
caso buscar entre los jvenes que conozco y que aman a la Compaa como
una santa institucin, uno que, por su nacimiento, su educacin y su
religiosidad, sea digno de alcanzar la mano de Mara.

--Eso es lo que yo haba pensado muchas veces, reverendo padre. A Mara
le conviene un esposo as, y nadie como usted puede proporcionrselo.

--Lo introducir en casa de la baronesa sin darle otro carcter que el
de amigo. Conviene que as que le vea usted en aquel saln trabaje en su
favor; es decir, que le apoye en todos sus avances, haciendo de l
grandes elogios y procurando inclinar del lado suyo el nimo de Mara.

La viuda de Lpez as lo prometi; y segura ya, en vista del giro que
tomaba el asunto, comenz a charlar alegremente de todos los negocios
devotos por ella emprendidos con la cooperacin ms o menos directa de
la Orden.

Acababa de librarse de aquel gran peso que gravitaba sobre su nimo. Ya
no tema a aquella baronesa, en el caso de que se descubriera la
participacin que ella haba tomado en los amoros de la sobrina. El
padre Toms era ahora su consejero, obrara por su mandato y poda
escudarse bajo su inmenso poder, si se desataba contra ella la furia de
doa Fernanda.

Cansse pronto el jesuta de la charla de doa Esperanza, que ya no le
interesaba, y con muestras de marcada impaciencia, la di a entender que
era llegado el momento de retirarse.

Cuando la viuda sali del despacho, el padre Toms frotse alegremente
las manos. Estaba solo, pues el padre Antonio, su antiguo secretario y
cmplice, haba muerto en Francia durante el perodo de emigracin, y el
astuto y desconfiado italiano comprenda las desventajas de tener
siempre presente un compaero que, aunque adicto, poda llegar algn da
a la infidelidad. Recordaba mucho la cada espantosa que l hizo sufrir
al padre Claudio para que pudiese llegar a fiarse de autmatas que, al
fin y al cabo, eran hombres.

Como estaba solo, no crey ya preciso el disimulo, y sonriendo
picarescamente, murmur:

--Ya es hora de que volvamos a ocuparnos de la familia Baselga. Los
millones esperan que vayamos a por ellos. Lo que el padre Claudio
comenz, yo lo acabar ms hbilmente. Nada de violencias... Quiere
casarse la nia? Pues bien, la casaremos; y por este medio, lo mismo que
si entrase en un convento, su fortuna vendr a nuestras manos.

Psose grave el rostro del jesuta, y tras una profunda meditacin,
murmur:

--Somos invencibles; cada vez me convenzo ms de ello. Donde uno de
nosotros cae, se levanta al punto un nuevo hermano con mayores fuerzas,
y siempre avanzamos impertrritos, sin vacilar un instante, hasta que
conseguimos lo que nos proponemos.

FIN DEL TOMO SEPTIMO

       *       *       *       *       *

Los errores corregidos por el transcriptor:

dispueta=> dispuesta {pg 13}

la nia esta all=> la nia estaba all {pg 21}

Basileseki=> Basilescki {pg 22}

la producan=> le producan {pg 24}

la inspiraban=> le inspiraban {pg 24}

imgentes=> imgenes {pg 38}

Despus, el notar=> Despus, al notar {pg 65}

el secerto=> el secreto {pg 98}

despaj=> despej {pg 109}

agradecimietno=> agradecimiento {pg 117}

nosotos=> nosotos {pg 126}








End of Project Gutenberg's La araa negra, t. 7/9, by Vicente Blasco Ibez

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ARAA NEGRA, T. 7/9 ***

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