The Project Gutenberg EBook of El seorito Octavio, by Armando Palacio Valds

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Title: El seorito Octavio

Author: Armando Palacio Valds

Release Date: August 1, 2011 [EBook #36940]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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OBRAS COMPLETAS

DE

D. ARMANDO PALACIO VALDS

TOMO III

EL SEORITO OCTAVIO

MADRID

Librera de Victoriano Surez,

PRECIADOS, NMERO 48

1896




ES PROPIEDAD DEL AUTOR

MADRID.--Hijos de M. G. Hernndez, Libertad, 16 dup.




I

Despierta el hroe.


Ni las ventanas cerradas con todo esmero, ni las sendas cortinas que
sobre ellas se extendan, eran dique suficiente para la luz, que
vergonzantemente se colaba por los intersticios de las unas y la
urdimbre de las otras. Pero esta luz apenas tena fuerza para mostrar
tmidamente los contornos de los objetos ms prximos  las cortinas.
Los que se hallaban un poco lejanos gozaban todava de una completa y
dulce oscuridad. Las tinieblas, desde el medio de la estancia, atajaban
el paso  la luz, rindose de sus intiles esfuerzos.

H aqu los objetos que se vean  se vislumbraban en la estancia.
Apoyado en la pared de la derecha y cercano al hueco de la ventana, un
armario antiguo, que debi ser barnizado recientemente,  juzgar por la
prisa con que devolva en vivos reflejos los tenues rayos de luz que
sobre l caan. Enfrente, y cerca de la otra ventana, un tocador de
madera sin barnizar, al gusto modernsimo, de esos que se compran en los
bazares de Madrid por poco dinero. No muy lejos del tocador, una silla
forrada de _reps_, sobre la cual descansaban hacinadas varias prendas de
vestir, masculinas. Hasta el instante de dar comienzo esta verdica
historia, nada ms se vea. Esperemos.

Suenan por la parte de afuera algunos ruidos matinales que dejan
presumir el sitio en que nos hallamos. Nada de carruajes que al pasar
rodando estremecen con leve vibracin nuestros cristales y nuestro
lecho; nada de voces speras y opacas que pregonan no se sabe qu; nada
de mazurcas, cien veces concludas y cien veces comenzadas por los dedos
aprendices de alguna vecina. Escchanse gorjeos suaves de pjaros,
ladridos de perros, golpes de herramienta y una que otra imprecacin
lanzada sobre las inocentes bestias que arrastran un carro. En las
habitaciones interiores se alza el cntico, ms fresco que melodioso, de
una criada. Tal vez nos hallemos en el campo. Sin embargo, que no se
anticipe juicio alguno acerca de este punto.

La luz, cada vez ms atrevida, consigue acorralar  las tinieblas en los
rincones de la estancia. Algo ms se ve. Una mesa de escribir tallada
con psimo gusto, y sobre la cual hay muchos papeles y un enjambre de
baratijas que los sujetan. Detrs de la mesa un silln forrado de la
misma tela que la silla que antes hemos visto, y detrs del silln, y
colgada de la pared, la cabeza disecada de un ciervo, sobre cuya profusa
cornamenta descansa una linda escopeta de dos caones, y debajo de la
cabeza, y tambin colgados, un par de floretes, otro de caretas y un
guante de esgrima. El pavimento de la sala est cubierto con una
alfombra ordinaria y sus paredes exornadas de varios cromos que
representan... No percibimos bien lo que representan: ya lo sabremos
cuando haya un poco ms de luz.

Se oye una respiracin suave y acompasada. La luz deja en descubierto el
marco de una puerta con vidriera discretamente entornada. Es la puerta
de una alcoba, y dentro de ella ya es posible observar los contornos
severos de una cama de bano, obra al parecer del siglo XVII. Contrasta
lastimosamente con la majestad de esta cama la mesilla de noche de
humilde aspecto y exiguas proporciones. Sobre la mesilla hay una
palmatoria con su buja apagada, un reloj despertador, dos  tres libros
de cubierta amarilla, un par de guantes y un pauelo de seda. El
caballero que duerme en la cama del siglo XVII, duerme con la cara hacia
la pared y no podemos decir otra cosa sino que es rubio y disfruta de
abundante y riza cabellera. Pero aguardemos unos instantes, porque el
despertador debe sonar  las siete y no faltan ms que cuatro minutos.
Suena al fin con el ruido agrio y estridente que caracteriza  tales
artefactos. El blondo caballero se estremece levemente, alza un poco la
cabeza de la almohada, aspira el aire con fuerza por entrambas narices,
tira hacia s por la ropa que le cubre y se oculta otra vez en la
almohada, dejando escapar de su garganta un dbil y prolongado ronquido.

Al cabo de media hora, poco ms  menos, se escuchan ligeros pasos por
la estancia; brese lentamente la puerta y una voz que aspira
intilmente  ser discreta y suave dice:

--Seorito... seorito Octavio.

--Eh!... cmo!... quin va?

--Soy yo, seorito... ya son las nueve.

--Cmo las nueve? Y por qu no me has llamado  las siete y media?...
Por vida de!... No te he dicho que me llamases  las siete y media?

--Es verdad, pero usted me ha encargado le dijese que eran las nueve.

--Ah! De modo que no son las nueve?

--No, seorito; son las siete y media.

--Est bien; vete y vuelve por aqu dentro de un cuarto de hora por si
acaso he vuelto  dormirme.

El seorito es un adolescente de tez blanca, sonrosada, de facciones
puras y correctas como las de un Apolo, los ojos de un azul muy claro,
la frente despejada, quiz demasiado despejada, y la boca pequea, quiz
demasiado pequea.  no ser por el bozo incipiente que mancha su labio
superior, sera su rostro el de una dama y no mal parecida.

Efectivamente, el seorito se durmi otra vez, sin pensar en ello, as
que la criada cerr tras s la puerta. Su sueo no era tan sosegado como
antes. De vez en cuando le corra un estremecimiento por el cuerpo; la
roja colcha de damasco que le tapaba se agitaba blandamente como si
entrase por las ventanas un soplo de aire: otras veces daba sbito una
vuelta y abra los ojos desmesuradamente y tornaba  cerrarlos con
cierta precipitacin nerviosa; ms tarde extenda los brazos y se
escuchaban crujir los huesos y lanzaba un fuerte suspiro que le dejaba
aniquilado.

No hay duda, el seorito Octavio batallaba rudamente con el sueo.

--Seorito... seorito... no se levanta usted?

--S, s... all voy... en seguida.

Y dicho y hecho; abri los ojos, llev  ellos los puos y los frot con
singular encarnizamiento, corri todo el cuerpo hacia arriba hasta tocar
con la cabeza en la madera de la cama, cruz los brazos sobre el pecho,
y otra vez qued dormido.

Hay que confesarlo francamente: nuestro hroe es ms hermoso dormido que
despierto. Tiene su rostro dormido tanta pureza, correccin y serenidad,
que hace venir  la memoria el retrato que la historia nos ha dejado de
Alcibades. Pero los ojos no prestan ningn atractivo  este rostro: son
demasiado claros. Despus de todo, no es fcil hallar ojos que
convengan  esta clase de rostros. Tomad los ms hermosos de la tierra,
pondselos  la Venus de Milo, y habris destrudo su encanto.

Trascurre media hora y la criada penetra nuevamente en la alcoba.

--En seguida... en seguida. Corre las cortinas y abre las ventanas.
Antes de cinco minutos estoy vestido.

En efecto, el joven, con la mayor premura, levant la ropa de la cama de
un solo golpe, ech el brazo fuera y trat de alcanzar el pantaln que
yaca sobre una silla; pero aunque le faltaba poqusimo espacio, no pudo
conseguirlo.  el brazo era muy corto,  la silla estaba demasiado
lejos. De todas suertes, el joven no haba podido prever este
contratiempo. As que dej caer el brazo desesperadamente sobre la cama
con seales de abatimiento.  los pocos instantes sinti un ligero
temblor de fro, y dulce y lentamente atrajo la ropa y se cubri la
mitad del cuerpo. Despus fij los ojos en un punto del espacio, los
puso ms tarde en blanco, cerrlos por ltimo y nos parece que volvi 
dormirse.

La luz inundaba vivamente la estancia, que, fuera de cierto
abigarramiento ya indicado, estaba decorada con elegancia y era,  no
dudarlo, la habitacin de un joven de espritu cultivado y con gustos
artsticos. Los cromos de las paredes representaban en su mayora
mujeres hermosas y escenas de amor. Romeo despidindose de Julieta y
bajando por la escala cuando el canto de la alondra se lo ordena
cruelmente: Francesca y Paolo leyendo juntos el libro de Galeoto: Fausto
y Margarita paseando cogidos del brazo por el jardn: una joven
circasiana reclinada sobre cojines de terciopelo, etc., etc.

La puerta torna  abrirse y chilla un poco. Octavio da un salto y queda
sin saber cmo de pie sobre la cama.

--No se puede entrar, no se puede entrar. Me estoy vistiendo. Qu hora
es?

--Las ocho y media.

--Pues an tengo tiempo. Mrchate, Ramona.

Todo el mundo comprende que no es decoroso ni cmodo permanecer mucho
tiempo en pie sobre una cama en paos menores. Nuestro caballero lo fu
comprendiendo paulatinamente, y paulatinamente fu cambiando de postura,
doblando ahora una rodilla, poco despus la otra, sentndose ms tarde,
y concluyendo por extenderse como antes se hallaba; todo esto como si
cediera  inspiraciones superiores   dura necesidad y no  liviano
capricho suyo. La misma necesidad le oblig despus  cubrirse las
carnes que tiritaban. Cerrronsele los ojos de golpe; volvi  abrirlos
y volvi  cerrarlos. Al cabo de algunos instantes torna  abrirlos 
inmediatamente se le cierran. Esta vez ya no los abre.

Los ruidos matinales que antes se escuchaban se haban ido trasformando
poco  poco. Oase ahora el andar acompasado de los transeuntes y los
saludos que al pasar se dirigan. Sonaba tambin de vez en cuando algn
balcn que se abra con estrpito  la voz de una mujer que mandaba  su
hijo  la escuela,  los chillidos penetrantes de los nios que jugaban
en la calle. Envolviendo todos estos ruidos de un modo vago y
misterioso, percibase el lejano rumor de un ro que no corra muy
apacible. Indudablemente no estamos en el campo, pero tampoco en la
ciudad. Todo hace presumir que nos hallamos en una villa de escaso
vecindario, que participa, como todas las de su clase, de la naturaleza
urbana y la rural.

El sol no se contenta ya con baar alegremente el recinto de la sala, y
penetra en la alcoba, y envuelve la cama y el mancebo en su luz
gloriosa. Con su infinito poder decorativo, trasforma lo que antes era
oscuro lecho, ocupado por un mancebo, en altar fantstico y
resplandeciente donde reposa la juventud. Las columnas lustrosas,
talladas con mil suertes de primores, la roja colcha de damasco, las
sbanas de singular blancura, las guarniciones de las almohadas, el
reloj y la palmatoria que yacen sobre la mesa de noche, los cabellos
dorados del joven y las paredes enjalbegadas, todo brilla, todo arde,
todo lanza vivos destellos. Los diversos colores se igualan y hasta se
confunden bajo el poder adorable de aquella luz risuea. Es una especie
de apoteosis instantnea que atrae y halaga la vista.

El joven duerme con ms sosiego que nunca, mientras su cabeza arde y se
inflama con los rayos del sol. stos penetran como un torrente por todos
los huecos de la blonda cabellera, y la iluminan interiormente y la
convierten en una masa incandescente que arroja por intervalos llamas
extraas y fugaces. Su rostro va adquiriendo cierta expresin de
beatitud que coincide perfectamente con el nuevo estado de apoteosis
teatral en que le ha colocado la luz del sol. Es fcil sospechar que sus
tibios rayos han trado consigo los gratos sueos y los bellos fantasmas
de la poesa.

La colcha de damasco sube y baja con un comps montono que incita 
dormir. La atmsfera, cada vez ms encendida y sofocante, empieza 
verse surcada por algunos insectos alados que zumban con tonos agudos y
mareantes. El reloj hace coro, cual otro insecto, con levsimo _tic
tac_, al zumbido de sus compaeros. Una que otra vez se oye el chasquido
de las maderas de la cama  de los armarios.

En este momento se abre con violencia la puerta de la sala y penetra en
ella una obesa persona del sexo femenino.

--Hijo de mi alma, no te has levantado? No ha venido Ramona  llamarte,
verdad? Jess, qu mujer! Dnde tendr el sentido? Dios me d
paciencia para sufrirla!... Pues ahora ya no es tiempo. Acaban de pasar
 escape por la plaza.

--La culpa es ma, mam. Ramona me ha llamado  la hora.

--Pero cmo te has dormido de ese modo, criatura? Si te hubieras
acostado con cuidado, no sucedera eso. Yo me despierto cuando se me
antoja. No necesito ms que fijarme un poco antes de dormirme en la hora
en que quiero despertar, y es cosa sabida... minutos ms  menos, me
tienes enteramente despabilada.

--Lo difcil, mam, no es despertar, es levantarse--dijo el joven con
profunda filosofa.

--Ya lo comprendo; pero hay que hacer algo por s, hombre. Claro est
que si uno se abandona al sueo, nunca se levantar cuando necesita ni
tendr tiempo para nada. T duermes mucho, hijo: eso no puede sentarte
bien. Pienso que tu padre tiene razn cuando dice que tus ojeras
provienen de eso.

--Quin los ha visto cruzar por la plaza?

--La seora Rafaela, que vino  traerme unas medias que ya ms de dos
meses le tena encargadas--ay qu pesada es esa mujer!--me dijo que
haba visto  Pedro el del Palacio salir  caballo, como  cosa de las
ocho, por la carretera arriba.  las nueve, poco ms  menos, lleg un
carruaje con dos caballos, que par enfrente de la casa de D. Marcelino.
Al parecer, D. Marcelino estaba  la puerta de la tienda, y cuando lleg
el carruaje l mismo par los caballos. Dentro vena el seor conde, la
seora condesa y en el pescante dos criados de uniforme. D. Marcelino se
empe en que se apeasen para descansar un poco y tomar algn refresco,
pero el seor conde se neg completamente, y D. Feliciana entonces
sali con una bandeja de dulces y unas copas de Jerez  la calle. El
seor conde no quiso probar nada: la seora condesa tom una rosquilla
de Santa Clara, y pidi despus un vaso de agua. Estando en esto lleg
otro carruaje, donde venan los nios con una seora rubia muy guapa,
que traa sombrero tambin al igual de la seora condesa. Los nios,
como es natural, comieron algunos dulces, pero la seora rubia, ni por
uno ni por otro fu posible que probase siquiera una almendra.

--Y D. Primitivo y el juez no estuvieron  saludarles?

--Aguarda, hombre, voy all. En esto se presenta D. Primitivo, y
entonces el seor conde se baj del carruaje y le di un abrazo muy
apretado y empez  hablar con l que no cerraba boca. Despus llega D.
Juan Crisstomo, y un poco ms tarde el juez. Me dijo la seora Rafaela
que el seor conde estuvo mucho menos carioso con el juez que con D.
Primitivo. Todos se empeaban en que se apeasen y descansasen un rato,
pero no lo consiguieron, porque el seor conde les dijo que, faltando
tan poco para descansar de una vez, no haba necesidad. Y en eso creo
que tena razn.  estas horas ya estn de seguro en la Segada. Lo que
siento es que t no hayas ido  darles la bienvenida, porque lo que es
tu padre... ya poda llegar el rey de Espaa, que l seguira tan quieto
en su despacho, sin asomar siquiera las narices por el balcn para
verle pasar... Pues  poco rato dicen que pas Pedro  caballo, que
traa al nio mayor delante de s. El nio iba muy contento, y arreaba
la caballera con un latiguillo. Dicen todos que los chicos son
guapsimos.

--Y la condesa, cmo est?... Ya no me acuerdo de ella.

--La seora condesa dicen que est an ms hermosa, pero de peor color.
Qu haba de suceder! Si todos los que vienen de la corte parece que
llegan del otro mundo! La vida debe ser muy agitada en aquel Madrid:
tanto baile, tanto teatro, tanto caf! Y luego tanta gente reunida en
una casa... ya se lo deca  la seora Rafaela, no puede ser sano. En
cambio, el seor conde igual que hace once aos. La verdad es que su
cara no poda perder. Toda la vida fu descolorido como la fruta de
invierno. Qu diferente de su padre, que en paz descanse! Aqul s que
era un mozo como una plata!

--Pues lo que es tipo de conde, me parece que ha de tener ms ste. Por
lo poco que recuerdo, su figura debe ser ms delicada y ms elegante. El
otro era demasiado gordo y tena las facciones abultadas y traa el pelo
muy corto. Era un tipo de _bourgeois_.

--Sera lo que se te antoje, pero era un hombre muy campechano y muy 
la buena de Dios. As fuese ste como l! Pobre seor conde, en qu
pocos das se escap al otro mundo!... Me voy, que an no le he mandado
el almuerzo  tu padre, y estar furioso. Ahora hazme el favor de salir
de esa bendita cama y no vuelvas  dormirte. Hasta luego, hijo mo.

La seora D. Rosario (que as se llamaba la mam del hroe) di algunos
pasos por la sala en direccin  la puerta. Su hijo la llam antes de
llegar  ella.

--Mam.

--Qu se te ofrece, hijo?

--Mira, mam--dijo bajando la voz y un s es no es cortado,--al hablar
de los condes  cuando  ellos te dirijas, no digas seor conde  seora
condesa, sino conde  condesa simplemente. El seor antes del ttulo lo
dicen slo los criados y dependientes de la casa  las personas
inferiores que no se rozan con ellos en un pie de igualdad.




II

Los seores condes,  los condes  secas, como peda el seorito Octavio
que se dijese.


En el nombre del Padre y del Hijo y del Espritu Santo.

Hecha la seal de la cruz, los condes se sentaron, desdoblaron las
servilletas y acercaron las sillas  la mesa.

Los nios continuaron en pie con las manos sobre el pecho murmurando una
oracin. El aya, en pie tambin, con las manos cruzadas, los observaba
atentamente, sin dejar por eso de mover sus labios finos y rojos.
Concluda la oracin, los nios miraron al aya: sta hizo una
imperceptible seal con los ojos y todos se sentaron. Un criado con
librea fu anudando las servilletas  la garganta de los chicos bajo la
atencin vigilante de la institutriz. Nadie despegaba los labios. El
criado empez lentamente  dar la vuelta  la mesa sirviendo el primer
plato del almuerzo.

Ya que nadie habla en la mesa, dediqumonos un instante  observar la
traza y figura de los que  ella se sientan, empezando por el conde,
como jefe que es de la familia.

Es un hombre flaco, de color moreno que tira  aceitunado, de labios
delgados, ojos negros opacos que miran con notable insistencia, lampio
hasta cierto punto, pues que no adorna su rostro ms que exiguo y negro
bigote y no ofrecen sus mejillas seales del paso de la navaja; la nariz
fina y la frente levantada y estrecha. Viste con esmerada correccin y 
par con gravedad. Si  cualquiera, y slo por la apariencia, se le
preguntase la edad que puede tener, se vera muy embarazado para
contestar;  tal punto parece indefinida y vaga. Su rostro, aunque sin
frescura, es juvenil, y el cabello, lacio y sedoso, todava no ofrece
entre sus negras hebras ni una sola blanca. Mas con todo eso, hay en la
extraa inmovilidad de sus ojos y en la fijeza de los rasgos de su
fisonoma algo marmreo y cadavrico que, irradiando sobre toda su
persona, la comunica el sello de la vejez. Al mismo tiempo su modo de
vestir es harto severo para un joven. Sus manos son tan finas y
delicadas que si, como vulgarmente se cree, ste es signo de
aristocracia, el conde deba pertenecer  una de las ms antiguas y
esclarecidas familias de Espaa. Y en parte as era la verdad, porque
el seor conde de Trevia perteneca  una antiqusima familia, pero no
espaola, sino italiana. All en tiempos lejanos, uno de sus antepasados
haba contrado matrimonio con cierta rica heredera del Norte de Espaa
y haba venido  establecerse  Madrid. Sus descendientes continuaron
residiendo en esta capital, enteramente naturalizados y disfrutando las
pinges rentas que venan de Npoles y las an ms cuantiosas que
llegaban de la provincia espaola del Norte, en que ahora nos hallamos.
El abuelo del conde actual quiso todava ser ms espaol y enajen su
patrimonio de Npoles, rompiendo de esta suerte toda relacin con
Italia. Decan en Madrid por aquel entonces que una espaola vistosa y
de mucho rumbo haba tenido la culpa de este rompimiento. Los seores de
Trevia, que ya eran espaoles por naturaleza, lo fueron desde entonces
tambin por la hacienda.  partir de esta poca padecieron de nostalgia.

El conde que en este momento preside la mesa haba sido educado en
Francia desde sus ms tiernos aos por la voluntad de su madre, persona
extremadamente caprichosa y extravagante, que nunca pudo acomodarse con
el carcter franco y generoso y un poco rudo y agreste de su marido. De
esta educacin francesa quedbale, amn de muchas costumbres que
chocaban abiertamente con las nuestras, una pronunciacin extranjera que
se esforzaba en disimular y una exquisita y un tanto afectada urbanidad
en sus modales, que se grababa profundamente en la memoria de cuantos le
trataban. Haba en la eterna y leve sonrisa que plegaba sus labios y en
lo insinuante y correcto de sus maneras algo de femenino, que no se
compadeca poco ni mucho con lo firme  insistente de la mirada. Tal vez
no sea femenino el adjetivo ms propio para el caso, pero en este
momento no hallamos el adecuado. Aunque no es posible cerciorarse ahora,
dado caso que est sentado, podemos afirmar que es alto. Se encuentra de
cara  la luz y sus negros cabellos, peinados negligentemente hacia
atrs, brillan como el azabache, y sus largas pestaas, cada vez que
levanta la cabeza, bajan y suben con ligero temblor queriendo evitar los
rayos importunos de la luz. El conde no es hermoso, pero tena mucha
razn Octavio al presumir que era un hombre distinguido. La perfecta
seguridad de sus movimientos y el descuido elegante con que toma los
manjares y alarga la copa al criado para que le eche vino, acreditan en
l al hombre nacido y educado en la opulencia. En este momento toma
entre sus dedos afilados un hueso de ave que lleva  la boca y empieza 
roer con limpieza de gato. Y aqu est la palabra que antes haca falta.
El conde de Trevia en sus actitudes y maneras tiene ms de gato que de
mujer.

La condesa est sentada  su lado y es mujer que seguramente no llega 
los treinta aos, pequeita, de mejillas frescas y sonrosadas, ojos
pardos rasgados, cabellos de un castao claro, con una boca deliciosa
provista de pequeos y blancos dientes. Una mujer sana y hermosa. Aunque
su figura es menuda, est admirablemente formada, pero se observan en
ella tendencias  engordar que pudieran ms adelante daar su gentileza.
Hoy por hoy, con su cuello mrbido y gracioso, el seno firme y decidido,
que aspira  levantarse hacia la barba, su cintura delicada, los brazos
redondos y macizos, las manos breves de uas sonrosadas y sus pies
inverosmiles, la condesa de Trevia es una mujer hecha  torno. Guardaba
parecido con la fruta de la tierra, con las manzanas lustrosas y
coloradas que en apretados pios cuelgan por encima de las paredes de
las huertas en el pas en que nos hallamos.

Ella tambin era una fruta del pas, sazonada y dulce como pocas. El
conde de Trevia, en una de las expediciones de caza que hizo  su vuelta
de Francia, la vi colgada al balcn tosco y deteriorado de una casa
solariega, y no le cost ms trabajo que alargar la mano para cogerla.
Y qu tiene esto de particular sabiendo la vida que aquella nia gentil
llevaba en su casa solariega! Hija de un propietario insignificante, de
los que tanto abundan en las provincias del Norte, severo hasta la
crueldad con las cuatro hijas que el cielo le haba dado, la pobre
Laura, que as se llamaba la condesa, vivi los primeros aos de su
existencia en un fatal estado intermedio entre el seoro y la pobreza.
El escudo de piedra que ornaba la fachada de su casa daba  la familia
de Estrada lugar preeminente en la comarca, pero no redituaba ninguna
clase de inters. Las rentas de la casa eran tan exiguas, que D. lvaro
Estrada y su familia vivan casi atenidos  los productos de lo que en
este pas se llama la posesin, esto es,  los frutos de las tierras que
ordinariamente circundan las casas antiguas. Para explotar sus tierras
D. lvaro no tena ms servidumbre que dos criados y una moza, que
alternaba entre la direccin de las simplicsimas tareas culinarias de
la cocina y las un tanto ms complicadas ocupaciones de bajar por agua
al ro, echar de comer  las bestias durante la ausencia de los criados,
lavar la ropa de la familia, amasar el pan y sacarlo del horno, ir al
mercado de la villa los lunes por aceite, especias, estambre para las
seoritas, etc., etc., y durante las interminables noches de invierno
hilar, en compaa de la familia y algunas vecinas, en el vasto y oscuro
saln de la casa, algunas varas de lienzo burdo para sbanas.

Qu noches aquellas de invierno! La buena madre de Laura, despus de
cenar  primera hora, sentbase en un extremo del anchuroso sof de
lana, y se pona  hacer calceta debajo de un colosal veln que arda
solamente por uno de sus mecheros. Ella y sus hermanas se colocaban en
torno de la mesa y trabajaban, hilando, cosiendo  haciendo tambin
calceta. Las vecinas labradoras iban entrando una  una en silencio,
con sus basquias negras de estamea, los pauelos anudados sobre la
cabeza y los brazos mal cubiertos por una camisa de lienzo. Despus de
dar las buenas noches en voz baja, buscaban con la vista un rincn
oscuro, y all se sentaban sobre el pavimento lustroso de madera de
castao, y fijando la rueca en la cintura, empezaban  hacer rodar los
husos, mojando repetidas veces con la lengua el lino, del cual tiraban
por breves intervalos.

Las pausas eran tan frecuentes y dilatadas en esta reunin, que una sola
llenaba  veces horas enteras y hasta noches. Sin embargo, algunas veces
se hablaba del vecino que haba perdido una vaca en el monte, y se le
compadeca sinceramente, y se le encomendaba  San Antonio bendito para
que se la volviese,  bien de la riqueza improvisada del to Bernab,
que con slo treinta aos de trabajo constante y ahorro haba comprado
recientemente el prado de la Laguna en treinta mil reales!,  bien de
la nube de piedra que el ao anterior haba arrancado toda la flor de
los rboles y arrojado un sin fin de plantas de maz por el suelo. La
cosecha era el tema general y predilecto de estas tertulias, y aunque
alguna vez se apartasen de l para entrar en otros, la cosa ms
insignificante volva  traerlo  la memoria y  cuento. Ruga un poco
el viento por fuera; pues ya apuntaba una vecina que los aos de viento
eran siempre de miseria. Miraba D. lvaro al cielo por la ventana y
deca que estaba difano y estrellado; pues en seguida se supona que
estaba helando, y se lamentaba grandemente la reunin, porque las
heladas iban  secar toda la siembra. Pasaba un muchacho cantando por
delante de casa; pues no faltaba uno que exclamase: S, canta, canta,
que lo que es este ao vamos  tener tiempo para llorar!

En los largos intervalos de silencio se escuchaba el rumor solemne y
misterioso del ro, que corra en el fondo del valle,  unos cien pasos
de la casa, y la lluvia que acompasadamente caa casi siempre sobre las
hojas de los rboles produciendo fugaces temblores de fro en los
tertulios. Dentro de la sala cruja el lino al ser desgarrado por los
dedos de las hilanderas y sonaban las agujas de la calceta al chocar
ligeramente unas con otras. La luz del veln iba muriendo poco  poco
por falta de aceite: los tertulios quedaban envueltos en una media
sombra hasta que doa Rosa alzaba la cabeza con impaciencia, y deca:
Jess, que no veo! Pepa, en qu ests pensando? Echa aceite  ese
veln! Al revivir de pronto la luz todo el mundo respiraba con fuerza,
y alguna mujer que dorma despertaba lanzando un suspiro.

Al llegar cierta hora, infaliblemente, suba D. lvaro de la cocina,
donde se haba quedado charlando con los criados, tambin sobre la
cosecha. Los pasos rudos de los tres hombres por la escalera agitaban la
tertulia del saln. Doa Rosa dejaba la calceta y deca: Laura, v por
el rosario, que ya sube tu padre. Y ella entonces abra la puerta de un
gabinete oscuro, y temblando de miedo, que se hubiera guardado bien de
confesar, descolgaba  tientas y precipitadamente un rosario que colgaba
sobre la cama de su madre. Tombalo D. lvaro de las manos de su hija y
comenzaba las Ave-Maras, paseando lentamente de una esquina  otra del
saln. La familia y los vecinos se arrodillaban devotamente frente  una
estampa ordinaria y ridcula de la Virgen, que, provista de marco negro,
colgaba sobre el sof, y respondan con sordo y prolongado murmullo 
las oraciones que D. lvaro deca en alta voz. Las cuatro hijas rezaban
siempre en un mismo sitio, bajo la mirada persistente de su madre.  la
ms leve distraccin, al ms insignificante descuido, la madre gritaba
con aspereza: Matilde!... Laura! queris estaros quietas? D. lvaro
entonces interrumpa un instante su paseo, callaba, y diriga  las
culpables una mirada precursora de algn castigo. Despus prosegua el
paseo y alzaba nuevamente su voz, que recorra varios tonos agudos y
graves. Empezaba ordinariamente la oracin con un sonido grave y
cavernoso, que  poco se debilitaba y mora, se alzaba otra vez hacia el
medio de la clusula, y terminaba por tres  cuatro palabras medio
cantadas en tono chilln y plaidero. El coro responda siempre con el
mismo monotono rumor percibindose sobre l las notas gangosas de la
voz de D. Rosa. Cuando llegaba la letana, aquel rumor monotono
cambiaba, se trasformaba en otro diverso, ms breve, en el cual la ese
final del _ora pro nobis_ se prolongaba con un silbido dulce que
provocaba en Laura cierta soolencia lnguida que la haca feliz por
unos instantes. Venan despus las oraciones de pura devocin, y
mientras duraban, las vecinas se sentaban en el suelo y las cuatro
hermanas en sus sillas. Rezbase entonces por cuanto es posible rezar en
este mundo y en el otro, por las nimas del purgatorio, por el Santo
ngel de la Guarda, por el santo de su nombre, por los caminantes y
navegantes para que Dios los conduzca  puerto de salvacin,  San Roque
bendito, abogado de la peste, por la paz y concordia entre los prncipes
cristianos, etc., etc., terminando siempre con un Padre-nuestro  todos
los santos y santas, ngeles, serafines, tronos y dominaciones de la
corte celestial, para que nos ayuden en la hora de la muerte. Concludos
los Padre-nuestros, D. lvaro se hincaba de rodillas en el suelo, y las
mujeres se levantaban para hincarse tambin, con un rozamiento de
enaguas que infunda siempre en el corazn de Laura la especial
satisfaccin que proporciona una tarea concluda. El rosario iba 
terminarse. Hincado D. lvaro, deca con voz ms solemne que antes:
Cincuenta mil millones de millares de veces sea bendito y alabado el
Santsimo Sacramento del altar, y empezaban los actos de fe, despus de
los cuales vena el alabar  Dios. Al llegar aqu las palabras del
dueo de la casa eran cada vez ms cortadas y rpidas y el coro apenas
poda seguirle, anhelante y fatigado. Con esto se daba por terminado el
rosario. Eran las diez. Las vecinas se levantaban en silencio y
despedanse con palabras melosas y serviles. Un criado encenda el
candil de la cocina y bajaba  abrirles la puerta. Cmo se acordaba
Laura de todos estos pormenores! Cuando venan  su memoria aquellas
noches de invierno, senta correr por su corazn un estremecimiento que
ella misma no podra decir si era de horror  de alegra.

Por el da, las constantes lluvias del pas y la severidad de su padre
retenanlas en casa limpiando las habitaciones y barrindolas 
recosiendo la ropa blanca. En los momentos en que cesaba la lluvia,
sola salir en almadreas hacia el ro  la fuente con Pepa. All se
juntaban algunas mozas de la vecindad con sus jarros de barro oscuro y
sus herradas relucientes, y mientras la fuente llenaba con pausa las
herradas, retozaban las mozas y se decan chistes toscos y cndidos.
stos eran los nicos momentos de expansin que Laura tena los das de
trabajo. Su categora superior no la impeda tomar parte en aquellos
juegos. Todas las muchachas que all se juntaban eran sus compaeras
desde la infancia y la trataban familiarmente de t. Lo nico en que se
mostraba la diferencia que entre ellas exista era en que, al llegar
Laura, la que ocupaba el mejor sitio ponase en pie y se lo dejaba con
sonrisa afectuosa. Al mismo tiempo, poda notarse que alguna vez le
daban rudos y sonoros besos en las mejillas, cosa que jams hacan entre
s.

Cuando llegaba la poca de la recoleccin, don lvaro llamaba unos
cuantos jornaleros para auxiliar  los criados. Por la noche, hablando
de los trabajos del da siguiente, sola decir  sus hijas en tono
humilde, que asustaba por lo inusitado, afectando al mismo tiempo
sonrisa campechana: Si queris ir  divertiros un poco maana al prado
de los Molinos, ya sabis que principian  segarlo. Las nias
comprendan perfectamente, y al da siguiente de madrugada tomaban unos
palos ligeros y lustrosos por el uso, y se pasaban el da esparciendo la
hierba segada para que el sol la secase ms pronto. Cuando tornaban 
casa al caer de la tarde, con los cabellos en desorden y las mejillas
atezadas, involuntariamente fijaban la vista en el escudo de la fachada.
Los leones de piedra parecan mirarlas tristemente con sus rbitas
inmviles. Un pensamiento de indefinible y vaga melancola rozaba
suavemente las cndidas frentes de las seoritas de Estrada. Esto duraba
un instante. Por lo dems, las hijas de D. lvaro vean siempre con
gusto venir el otoo, y gozaban placeres sin cuento ayudando  los
jornaleros en sus tareas. El aire puro y los aromas del campo las
infundan nueva vida; creca en ellas el apetito y el sueo, y pasaban
las maanas y las tardes en perpetua carcajada, escuchando y tomando
parte en las toscas chanzonetas de los criados. D. lvaro, en esta
poca, disfrutaba siempre de mejor humor, y sola, mientras presenciaba,
sentado sobre la hierba, los trabajos de la gente, contarles alguna
ancdota chistosa de su juventud  dar un poco de cantaleta con pesadez
cmica  alguno de sus criados.

El conde de Trevia vi  Laura, como hemos dicho,  su vuelta de
Francia. La casa solariega de los Estrada distaba nada ms que legua y
media del palacio de los condes y se hallaba asentada sobre una
eminencia de la margen derecha del ro Lora. Entre la casa y el palacio,
aunque mucho ms cerca de ste, encontrbase la pequea villa de
Vegalora. Laura tuvo amores con el conde y se cas con l en medio de un
estupor que no la dejaba ver lo que pasaba en el fondo de su corazn.
Apenas se acordaba ya de las srdidas alegras de sus padres, de la
sorpresa de sus hermanas, de la violenta oposicin del viejo conde, de
los plcemes serviles de las vecinas, de las miradas agudas y colricas
de las muchachas de la villa, de los preparativos fastuosos de la boda,
del caballo blanco en que sali de su casa para la iglesia. Todo pasaba
por su mente como un sueo del cual se escapan los contornos y la luz.
Sobre este sueo flotaba slo con admirable precisin una verdad, es 
saber: que si hubiera tenido el valor de no amar al conde, D. lvaro la
hubiese ahogado entre sus manos. Despus de casados se fueron  Madrid,
y all estuvieron once aos. Todo lo que pas en estos aos estaba
clavado en la memoria de Laura.

La mesa contina en el mismo silencio. Cada cual lleva los manjares  la
boca y los traga cual si desempease una tarea grave y solemne. El
choque de los platos y copas y los pasos del criado son los nicos
ruidos que  menudo se perciben en el espacioso comedor. Puede notarse
que,  ms de no cruzar la palabra, las tres personas mayores que se
sientan  la mesa no se dirigen siquiera una mirada; y este cuidado con
tal escrupulosidad lo realizan, que  cualquiera se le ocurre que hay en
l buena parte de afectacin. Slo los tres nios giran lentamente sus
grandes ojos garzos, posndolos alternativamente y por breves instantes,
en su padre, en su madre y en la institutriz. Algunas veces se miran
entre s y sonren inocentemente, como deseando comunicarse sus
pensamientos sencillos, pero lo aplazan para ms adelante, como soldados
en formacin. Sin embargo, no hay duda que por debajo de la mesa se
encuentra establecida una corriente comunicante en la que sus menudos
pies juegan papel de martillos telegrficos.  menudo, cuando estos
martillos caen con demasiada pesadez, la fisonoma del yunque se contrae
y deja escapar un ligero grito, que hace volver la cabeza y fruncir las
cejas de la bella institutriz. El yunque entonces despliega su fisonoma
contrada y se apresura  llevar el tenedor  la boca como si nada
hubiese acaecido que mereciera llamar la atencin de los presentes. La
condesa frecuentemente dirige  ellos sus ojos y los envuelve en una
mirada dulce y protectora  les hace alguna rpida sea para que se
limpien  cuiden del plato, que est  punto de caer. Los nios cambian
con su madre sonrisas y miradas, pero atienden con ms empeo  su
padre. La fisonoma indiferente y glacial de ste atrae sus ojos con
singular insistencia, como si despertase en ellos una gran curiosidad.
No pasa un instante sin que  uno  otro tengan sus miradas clavadas en
l.

--Me _apieta_ la servilleta--concluye por exclamar en tono lastimero la
nia que se sienta al lado de la institutriz.

Es una hermosa criatura de cinco aos  lo sumo, con rostro trigueo y
cabellos negros ensortijados, que caen en profusin sobre el cuello y la
frente.

La institutriz, sin despegar los labios, lleva sus manos al cuello de la
nia y afloja la servilleta. Pero no debi ser grande el desahogo,
porque la criatura torn  llevar sus diminutas manos  la garganta,
gritando con ms ansiedad:

--Me _apieta_, mam, me _apieta_.

--No es _sierto_--exclama la institutriz;--la servilleta est bien
puesta. No sea usted mimosa, seorita,  la _enserraremos_ mientras se
come.

La voz de la institutriz, irritada en aquel momento, no dejaba de tener
inflexiones dulces, aunque extraas. Su acento era marcadamente
extranjero.

--Me _apieta_, mam, me _apieta_,--repiti  grito pelado la nia, con
creciente angustia.

--Cllese usted, mimosa,--exclama el aya, cogindola por el brazo y
sacudindola fuertemente.

El conde levanta la cabeza con impaciencia y cambia una rpida mirada
con la institutriz.

--Me _apieta_, _me apieta_!...

La institutriz arranca la servilleta, baja  la nia de la silla, la
arrastra hacia una habitacin contigua, abre la puerta y la empuja hacia
lo interior, cerrando despus. Y tranquilamente vuelve hacia la mesa y
se sienta.

La condesa, durante aquella escena, haba seguido con los ojos
desmesuradamente abiertos los movimientos del aya. Despus de sentada
sta, sigui inmvil, teniendo cogida con una mano la punta de la
servilleta en ademn de llevarla  la boca para limpiarse. Los gritos de
la nia, aunque amortiguados por la distancia y el obstculo de la
puerta, comenzaron  sonar agudos y lastimeros. La condesa sigui unos
instantes en la misma actitud con los ojos fijos y el odo atento 
aquellos gritos. Despus se puso  comer tragando atropelladamente los
manjares. El conde no levant siquiera la cabeza. Con la misma seguridad
y elegancia sigui comiendo silenciosamente, sin manchar siquiera sus
labios finos y plidos. La institutriz pareca absorta y abismada en
sus pensamientos, porque no apartaba la vista del frasco de mostaza que
delante de s tena y dejaba pasar largos intervalos sin mover el
tenedor que apretaba entre sus dedos. Los lamentos de la nia eran
prolongados y se repetan sin cesar y sin debilitarse. Los dientes de la
condesa continuaban triturando con fuerza grandes pedazos de pan: sus
manos se paseaban un poco temblorosas por la mesa tomando y soltando
precipitadamente los objetos que se hallaban  su alrededor.  menudo
levantaba la cabeza y pareca concentrar todos sus sentidos en el odo
derecho, que inclinaba ligeramente haca la puerta del gabinete.

Los gritos de la nia se iban haciendo menos agudos por virtud de la
fatiga, trasformndose en quejidos roncos y profundos. La puerta del
aposento se agitaba  veces  impulso de los pequeos golpes que daba
con sus manecitas. Poco  poco los quejidos fueron cambindose en
sollozos convulsivos, que expresaban mayor desesperacin todava.
Algunos sonidos articulados empezaron  percibirse confusamente en aquel
torrente de sollozos.

--_Teno_ miedo, mam... _teno_ miedo.

La condesa llev una copa de vino  los labios y dej caer algunas gotas
sobre la ropa. Sin echarlo de ver, sigui tragando pedazos de pan,
abriendo y cerrando los ojos al mismo tiempo con nerviosa rapidez.

--Ay, mamita, por Dios! _Teno_ miedo... _teno_ miedo!...

Se oye estrepitoso ruido en la estancia.

La condesa se haba levantado sbitamente y con extraa violencia,
dejando caer la silla donde se sentaba. Apresuradamente haba corrido 
la puerta del gabinete y la haba abierto. Tom la nia entre sus brazos
y estall una nube de vivos y sonoros besos. Despus vino con ella hacia
la mesa, levant la silla y se sent. Un crculo plido se dibujaba en
torno de sus hermosos ojos, que se paseaban con expresin altiva de su
marido  la institutriz y de la institutriz  su marido. Tena las
mejillas inflamadas, y por sus narices abiertas entraba y sala el aire
rpidamente y con ruido. Con las manos temblorosas acariciaba la
ensortijada cabeza de la nia y la apretaba contra su pecho anhelante.

Los ojos del aya, mientras dur esta brevsima escena, no se alzaron de
la mesa, y sus labios estuvieron contrados con sonrisa dura y nerviosa.

El conde clav la vista en su mujer y se alz de la silla pausadamente.

En este momento penetr el criado en el comedor diciendo:

--Un seorito joven y rubio, que viene de Vegalora, pregunta por los
seores.

--Que pase adelante.




III

Los amigos del conde.


-- los pies de usted, condesa. Cmo est usted, conde?

Los condes respondieron con algn embarazo al saludo de nuestro hroe,
que no era otro el joven rubio que vena de Vegalora preguntando por los
seores. No proceda solamente este embarazo de la escena violenta que
acabamos de presenciar, sino tambin de que los condes no tenan el
gusto de conocer al seorito Octavio. As que mirbanle de hito en hito
mientras arrastraba con sus manos enguantadas una silla y la colocaba
entre los esposos. Y despus de sentado an siguieron mirndole,
esperando sin duda algo que deba decir.

--Octavio Rodrguez--dijo al fin ste mirando  uno y  otro.

--Ah!--dijo el conde, sin dejar de contemplarle y esperando sin duda
mejores explicaciones.

--He tenido el gusto--sigui el seorito--de conocer  su pap, que Dios
haya, y de visitar cuando nio esta casa bastantes veces. Su pap era
muy amigo del mo.  usted no he podido conocerle, porque en la corta
temporada que pas aqu me hallaba yo fuera de Vegalora estudiando la
segunda enseanza.

--Ah!--volvi  exclamar el conde en tono complaciente.

--Haba pensado saludar  ustedes  su paso por la villa, pero tuve la
mala fortuna de llegar  la plaza precisamente en el momento de arrancar
el carruaje que estaba detenido frente  la tienda de D. Marcelino. Lo
he sentido de veras... (Breve pausa durante la cual el joven baja la
vista hacia sus pantalones y los sacude un poco con el junquillo que
lleva en la mano.)--Al fin se han decidido ustedes  hacer un pequeo
_tour de promenade_ por estas lejanas tierras?

Al pronunciar estas palabras sonri con beatitud, y los condes siguieron
su ejemplo.

--No por ser lejanas dejan de ser bonitas. Lo mismo Laura que yo hemos
venido extasiados todo el camino contemplando las hermosas riberas del
Lora.

--Oh! Han llegado ustedes en la mejor estacin. Es la poca en que se
evapora la cortina de nieblas que las ha tapado todo el invierno. Este
pas con luz sera muy bonito; pero desgraciadamente no la tenemos sino
dos  tres meses al ao.

El seorito Octavio no dejaba la sonrisa beata. El conde le observaba
atentamente de la cabeza  los pies.

--Y piensan ustedes pasar mucho tiempo en esta posesin?

--Quiz todo el verano: despus de once aos de abandono, ya comprender
usted que no me faltarn asuntos que arreglar.

--Ah! Indudablemente. La verdad es que han sido ustedes crueles con
nosotros, privndonos de su presencia tanto tiempo.

--Mil gracias... deje usted el sombrero. Me parece que de aqu en
adelante renunciaremos  Biarritz y vendremos  gozar por los veranos de
esta magnfica naturaleza.

El seorito dej el sombrero sobre otra silla, inclinando repetidas
veces la cabeza para indicar que las palabras del conde le interesaban
profundamente. Y digamos ahora cmo era el seorito fuera de la cama. No
es tan nio nuestro hroe como nos pareci cuando por la maana le vimos
acostado en su lecho del siglo XVII. Aunque su rostro, cndido y
delicado, es de adolescente, la figura no lo es, y declara en l un
joven de veintids  veintitrs aos, de mediana estatura y bien
proporcionado. Viste con pulcritud, y si bien un poco retrasado en la
moda respecto  Madrid, est adelantado y mucho respecto  la que
ordinariamente rige en las provincias, sobre todo en los pueblos
secundarios. Su traje se compone de un _chaquet_ de tela azul, chaleco
blanco, pantaln tambin azul y botas de charol muy empolvadas.

--Pero aqu, conde, resgnese usted  llevar la vida de la naturaleza.
Las personas con quienes se puede alternar son tan escasas, que
realmente se hallan reducidas  una docena  lo sumo; y aun en ellas, no
encontrar usted, ni por pienso, la cultura y las maneras de la buena
sociedad. Si no trae muchos libros, se me figura que se va usted 
aburrir soberanamente. Ah! Los libros son los que hacen posible la vida
en estos rincones del mundo.

Aunque las palabras iban dirigidas al conde, Octavio miraba al decirlas
 la condesa con la misma sonrisa en los labios y un poco ruborizado,
sin duda, de haber hablado tanto tiempo.

El conde le observaba cada vez con ms curiosidad.

--Usted es muy joven, y no me sorprende que se aburra en Vegalora. Me
parece, sin embargo, que exagera un poquito.

--No exagero, conde, no exagero. Es un pueblo fatal. Yo lo s bastante
bien, por desgracia. Si no fuera por no disgustar  pap, me ira 
vivir  Madrid, al menos durante el invierno...

--Su pap de usted es de este pas?

--S, seor, y aqu ha ejercido la profesin de abogado toda la vida...
D. Baltasar Rodrguez... tal vez le conozca usted...

--Ah! es usted hijo de D. Baltasar Rodrguez?

El conde pronunci estas palabras con tal pausa y frialdad, que no es
fcil comprender cmo no se helaron antes de salir fuera de los labios.

--Servidor de usted--dijo Octavio, con seales visibles de hallarse
cortado.

--He odo hablar bastante de su pap--prosigui el conde, con mayor
pausa an y sin apartar su mirada fra y escudriadora del rostro del
mancebo.--Es, segn tengo entendido, una persona principal en la villa y
ha ejercido varias veces el cargo de alcalde, no es verdad?

--Ha sido alcalde, s, seor.

--S, s, he odo hablar bastante de su pap y le he visto tambin
algunas veces durante mi corta residencia aqu.

Ces la conversacin de pronto. El conde se puso  mirar con
indiferencia los rboles y las montaas que se perciban al travs de
los cristales. Octavio se obstinaba en sacudir con el junquillo los
pantalones, haciendo saltar nubecillas de polvo, apenas perceptibles. La
condesa se entretena en jugar con los rizos de su nia, y la
institutriz haca bolitas de pan con los dedos, mirando fijamente al
frasco de mostaza. Todos parecan estatuas, menos Octavio, que  menudo
mudaba de postura haciendo rechinar la silla.

--Realmente, parece que han trado ustedes el buen tiempo consigo--dijo
al fin.--Hoy es el primer da bueno desde hace lo menos quince.

--De veras?--dijo el conde, sin dejar de atender  los cristales.

--S, seor, s; hemos tenido una temporada fatal... Y luego como aqu
se ponen los caminos tan malos... Cuando viene uno de estos temporales,
es necesario encerrarse en casa, hasta que Dios quiere.

Nuevo silencio. El joven, cada vez ms cortado, extiende lentamente el
brazo y, tomando por la mano  la nia, que la condesa tiene reclinada
sobre el regazo, la atrae con suavidad hacia s, la mete entre sus
rodillas y, besndola, la dice muy quedo:

--Cmo te llamas?

--Emilia.

--Es un nombre muy bonito. Quieres mucho  tus hermanos?

--S.

--Y  tus paps?

--S.

La nia, al pronunciar esta segunda afirmacin, levant los ojos del
suelo y ech una rpida mirada  su padre. ste dignse al fin volverse
hacia los presentes y se encar con el seorito Octavio.

--Diga usted, seor Rodrguez, su pap no fu el presidente de la junta
revolucionaria?

--S, seor, lo fu en los primeros momentos, pero  los pocos das hizo
dimisin. Acept el cargo solamente por compromiso, y para evitar los
desmanes que, si no fuese por l, hubiera habido seguramente.

--Hizo perfectamente; ha sido un proceder muy noble.

Y despus de breve pausa durante la cual empez  dibujarse en sus
labios una sonrisa, sigui:

--Oh! Ya s que el pap de usted es una persona muy ilustrada y un
campen decidido de la libertad.

La sonrisa del conde era tan penetrante que se tieron de carmn las
mejillas del seorito Octavio.

--Precisamente un campen, no, seor... Es hombre que piensa de cierto
modo... Como tiene un carcter muy abierto, se expresa siempre con
calor... Esto le perjudica...

--De ningn modo.  m me gustan los hombres resueltos en sus
convicciones, y su pap es un verdadero progresista, segn me han dicho,
muy honrado, muy sincero, etc., etc. Los progresistas, por punto
general, son buenas personas. Usted me dispensar, amigo mo, si le dejo
en este momento--aadi levantndose;--tengo muchsimas cosas que
arreglar. Ya sabe usted lo que es un viaje con nios.

Al decir tales palabras, el conde extenda la mano, sin mirarle, al
seorito, que tambin se haba levantado. Despus le volvi la espalda y
di unos pasos hacia el gabinete.

--El seor cura de la Segada desea ver  los seores--anunci la voz del
criado.

Volvise rpidamente el conde y di un paso hacia la mesa. El aya llam
apresuradamente  los nios y cuchiche con ellos un instante. El
seorito Octavio permaneca de pie.

En el marco de la puerta apareci de pronto la figura de un sacerdote
anciano. Era de estatura ms que mediana y vesta un balandrn bastante
deteriorado y grasiento, y mostraba en lo erguido de su cuello y en su
actitud firme que posea una complexin recia. Como tena el sombrero en
la mano, dejaba al descubierto una cabeza que an estaba regularmente
provista de cabellos blancos y rizos sin alio ni compostura alguna. La
tez excesivamente morena y los ojos negros y un poco hundidos ofrecan
tal fuego y viveza, que contrastaban notablemente con las arrugas del
rostro y la blanca color de los cabellos. Colocado  la puerta, sin
avanzar un paso y sonriendo campechanamente, comenz  hacer reverencias
mundanas, diciendo al mismo tiempo:

--Conque al fin no se nos han perdido por all! Conque al fin estos
despegados seores se acuerdan de que hay un rincn en el mundo que se
llama la Segada! Conque al fin todava los lugareos valemos algo para
los cortesanos!

Los nios avanzaron hacia l, y tomndole una mano se la fueron besando
sucesivamente. Despus el aya, que vena detrs, quiso hacer lo mismo,
pero el clrigo la retir velozmente y con sorpresa. El conde le abraz
respetuosa pero afectuossimamente.

--Vaya si valen los lugareos, y vaya si se les quiere tambin por
all!

--Seor conde, usted tiene algn diablo metido en el cuerpo; est usted
tan mozo y tan fresco como la ltima ves que le vi. La seora condesa no
tiene tan buen color, pero ha de ser por culpa, si no me engao, de
estos diablejos que veo por aqu tan gordos y sonrosados. Vaya, vaya con
el seor conde, qu le habremos hecho nosotros para que as nos
aborrezca?... Qu le habremos hecho nosotros para que as nos
aborrezca?

El cura de la Segada tena por costumbre repetir dos, tres y hasta
cuatro veces la misma frase, mirando fijamente al interlocutor, y
abriendo desmesuradamente la boca para reir y tambin para dejar ver
unos enormes y desvencijados dientes.

--Conque diga usted, criatura, qu le hemos hecho nosotros para que as
nos aborrezca?

--Seor cura, no ha sido todo culpa ma. Crea usted que no dejaba de
acordarme muchas veces de este hermoso pas y de los buenos amigos que
aqu tengo.

--Ah, tunante! Y qu bien se conoce que viene usted de la corte!
Seora condesa, no le deje usted mentir tan descaradamente. Seor conde,
es usted un grandsimo tunante... sabe usted mucho para un pobre cura
como yo... sabe usted mucho... sabe usted mucho.

Deca todo esto riendo y sin cerrar un momento la cueva de su boca. El
conde le seal un asiento y todos se sentaron. El cura se hizo cargo
entonces de la presencia de nuestro hroe, y exclam dirigindole una
mirada y una sonrisa ambiguas:

--Calle! Tambin el seorito Octavio est por aqu? El seorito
Octavio es muy fino. Y cmo siguen sus seores padres, seorito?

--Muy bien, seor cura, y usted cmo sigue?

--Cmo quiere usted que siga un cura en estos tiempos, seorito?
Tirando... tirando por este cuerpo pecador... Vlate Dios por el
seorito Octavio!... Vlate Dios!...

La risa persistente y las miradas del clrigo no despertaban en el joven
una alegra muy ntima, aunque otra cosa quisiera aparentar.

--Vaya, vaya, vaya... lo que es ahora, seor conde, no se nos escapa
usted tan pronto. Los madrileos se quedarn chupando el dedo por una
temporada... no es verdad, seora condesa?... Dnde mejor que entre
los suyos, seores?...

Y daba palmaditas afectuosas en la rodilla del conde, que le oblig 
ponerse el sombrero.

--Y qu tal, qu ocurre por la parroquia, seor cura?

--Pero, hombre de Dios, qu quiere usted que pase en este miserable
rincn? Djese de miserias y cuntenos algo de aquel Madrid, de aquel
Madriiid... Ay, qu Madrid de mis pecados! De all  la gloria, seor
conde. Cunto seoro!... cunto coche!... En los das que estuve all
con el chico no par en casa un momento. Andaba por las calles con la
boca abierta y no me cansaba de mirar para aquellos palacios tan
magnficos y para aquellos seorotes que pasaban en coche con mucho
ceo... Esto no es para nosotros, querido, le deca al chico... Vmonos,
vmonos cada uno  nuestro rincn... Yo soy un pobre cura... t un pobre
estudiante... Qu tenemos nosotros que partir con estas grandezas?...

--Vamos, seor cura, que no es precisamente entre el ruido donde ms se
divierte uno, y bien se quejaba usted de aquella bulla continua.

--Pero quin se compara conmigo, seor conde? Yo soy un pobre cura que
est ms all que ac. Yo no toco pito en ninguna parte ms que en mi
sacrista. Si hay todava algunas personas como usted, seor conde, que
me aprecian de veras, all se las hayan... yo me lavo las manos. Me
acuerdo de aquella tarde en que me dej usted solo en su carruaje y
orden al cochero que me llevase  un sitio que llaman la Castellana...
Santo Cristo del Amparo!... Seores, aqul era un cruzar de coches  un
lado y  otro, lo mismo, lo mismo que cuando se tropieza con un
hormiguero en la tierra... Aquellos seorotes y seorotas que iban muy
arrellanados me miraban y se rean... Diran, sin duda: qu diablos
vendr  hacer aqu este pobre cura de aldea?... Y  m qu? Tenan
mucha razn... Desengese usted, seor conde, los curas vamos de capa
cada... caiiida... caiiida...

--Pues  pesar de todo, seor cura, le aseguro que me va fastidiando
cada da mas la farsa y la frivolidad de la capital. No puedo soportar 
tanto necio,  tanto advenedizo,  tanto sapo hinchado como ahora ha
subido  la superficie al son del himno de Riego...

--Porque usted, seor conde, es muy raro, muy raro, muy raro... Siempre
lo ha sido... siempre lo ha sido...  que no le pasa otro tanto al
seorito Octavio? no es verdad, seorito?... Cunto ms vale aquel
Madrid tan hermoso, tan suntuoso, que esta miserable aldea!

--Yo no estuve en Madrid, seor cura...

El joven pronunci estas palabras visiblemente turbado. La sonrisa del
cura le inquietaba, le haca subir los colores al rostro. Era tan fina
y maliciosa!

--Es verdad, seorito... es verdad... es verdad... No me acordaba...
Pero no tiene usted ms remedio que ir  Madrid, seorito... no hay ms
remedio... Aqu se aburre usted... necesita usted ms campo. Los jvenes
de provecho no pueden estarse en las aldeas toda la vida.

--Oiga, seor cura--dijo el conde,--qu noticias hay del chico?

--Tiene salud, gracias  Dios. El pobre, cuando me escribe, nunca deja
de acordarse de usted, y me dice que siempre le tiene presente en sus
oraciones, lo mismo que  su amada esposa y familia. No puede usted
figurarse, seor conde, lo agradecido que le est. Si no fuese por la
beca que ha tenido la bondad de sacarle, cundo hubiera podido yo darle
carrera? Dentro de dos meses loado sea Dios! cantar misa el pobre.
Ayer le escrib precisamente y le deca: Desdichada ocurrencia es la
tuya al ordenarte. Los tiempos estn malos, malos, malos para la
clerigalla. Mucho mejor te vendra meterte por alguno de los _clubs_ que
no dejar de haber por ah y hacer carrera...

La risa del conde le interrumpi.

--Siempre ha de ser usted el mismo, seor cura!

--Pues qu, no digo la verdad? Y  propsito, seor conde: es fcil que
necesite molestarle nuevamente. No sabe usted el trabajo que me cuesta
decidirme  ello, por ms que est bien convencido de la proverbial
bondad de usted y de la estimacin que sin merecerlo me profesa... Pero
de estas cosas ya hablaremos ms tarde... Qu gana va usted  tener
ahora de escuchar recomendaciones!

--Adelante, seor cura.

--Nada, nada, no quiero molestar  usted ahora que acaba de llegar. Otro
da ser.

--Ya sabe usted que no me molesta nunca. Siga usted; qu es ello?

--Ahora no, ahora no... tiempo tenemos... no faltaba otra cosa!...
Quiero, seor conde, que al menos hoy no pueda usted decir cuando me
vaya: Este cura de la Segada es un posma.

Celebr el conde la frase con mucha risa, y el clrigo contest  sus
metlicas carcajadas con otras sonoras y campestres, que produjeron
algunos instantes de algazara en el comedor. La condesa sonrea
dulcemente, mientras el seorito Octavio segua ejecutando esfuerzos
prodigiosos y titnicos para que los chistes del presbtero le
desternillasen de alborozo.

Presentse nuevamente el criado, y dijo que tres seores que acababan de
llegar de Vegalora deseaban saludar  los condes.

--Hgales usted entrar.

Y  poco rato taparon el hueco de la puerta tres figuras provinciales,
que es bien que describamos brevemente.

El primero es D. Marcelino, el mismo que cuatro horas antes haba salido
de su tienda y, con riesgo inminente de la vida, haba detenido los
caballos del carruaje en que iban los condes, tan slo por el placer de
ofrecerles una copa de Jerez y una rosquilla de Santa Clara. Es hombre
ya entrado en das, grueso y bajo, muy moreno, con narices enormes y
unos cabellos tiesos y erizados como los de un jabal. No gasta pelos en
la cara, pero se afeita de tarde en tarde, lo cual da mayor realce  su
rostro, esplndidamente feo. Es castellano de nacimiento y toda la villa
le haba visto llegar de su pas con una mano atrs y otra adelante,
como acostumbraban  decir los particulares de Vegalora  la hora de la
murmuracin. No era verdad, sin embargo, porque D. Marcelino, cuando
lleg de tierra de Campos hacia treinta aos, traa las manos ocupadas
con una porcin de saquillos de lienzo crudo repletos de espliego, flor
de malva, manzanilla, sanguinaria, flor de tila, ans y otras varias
hierbas y simientes medicinales, que pregonaba con hermosa voz de
bartono que  los vecinos de Vegalora les penetraba hasta lo ms
escondido de los sesos. Despus, y sucesivamente, fu pasando por los
estados de rematante de la carne, de los artculos de beber y arder, de
tratante en paos y bayetas, recaudador de contribuciones, sndico del
ayuntamiento, administrador de correos, alcalde y no recordamos si algn
otro cargo ms. Hemos dicho que haba ido pasando, y no es verdad; D.
Marcelino los haba ido adquiriendo todos merced  una serie de trabajos
ms espantables que los de Hrcules y librando en cada uno una batalla
de suprema delicadeza y habilidad.  la hora presente ejerca todos los
que no eran incompatibles por la ley y algunos tambin de los que lo
eran. En el desempeo de estas funciones haba llegado  rico, gozando
al mismo tiempo del respeto y la consideracin de sus convecinos. Cuando
iba  paseo por las carreteras con D. Primitivo  con el juez, todos los
labradores y jornaleros se quitaban la boina  la montera y decan:
Buenas tardes, D. Marcelino y la compaa. D. Marcelino no vea ms
que esto; pero los que venan detrs solan ver  los aldeanos quedarse
parados un instante con la montera en la mano, mirndole  las espaldas
de un modo bastante menos respetuoso que  la cara. Solan oir tambin 
alguno crujir los dientes y murmurar sordamente: Mal rayo te parta,
ladrn!

En pos de D. Marcelino vena D. Primitivo, varn formidable, de elevada
estatura y amplias espaldas, rostro mofletudo y encendido, lleno de
herpes, barba escasa y recortada y los ojos siempre encarnizados como
los de un chacal. Era procurador del juzgado. Senta pasin profunda,
inmensa hacia la horticultura,  la cual dedicaba casi todos sus ocios;
pero era una pasin honrada y platnica, porque D. Primitivo no tena
huerta. Entretenala, pues, ya que no la satisficiese, ponindose
escrupulosamente al tanto de todas las particularidades de las huertas
de sus amigos, dndoles siempre oportunos consejos acerca del cuidado de
la hortaliza y de la conservacin de los frutales y regalndoles
semillas exticas que no se saba dnde y cmo las adquiriera. Los
propietarios le respetaban y decan de l ahuecando la voz y con asombro
que conoca sesenta y cuatro castas de peras.  pesar de esta aficin
agrcola, D. Primitivo era un animal carnvoro, esto es, se alimentaba
casi exclusivamente de carne, lo cual, al decir del mdico de Vegalora,
introduca en su organismo un exceso de fibrina que ocasionaba las
herpes de que estaba plagado y le expona  una congestin cerebral, y
que no se anduviera en fiestas, porque tena la espada de Damocles
suspendida sobre su cabeza.

Con ambos seores vena el licenciado D. Juan Crisstomo lvarez Velasco
de la Cueva (que as firmaba siempre sus demandas y rplicas), persona
pulqurrima  quien distinguan de lejos los vecinos de la villa por la
blancura inmaculada de sus pecheras. Gastaba bigote y perilla, lo cual
le daba ms aspecto de coronel de caballera que de hombre de toga.
Hablaba poco, casi nada, pero era tan exquisita y ceremoniosa su
cortesa, que los que platicaban con l siempre quedaban un poco
cortados y descontentos de s mismos. Asenta  todo cuanto se le
dijese, cerrando los ojos, bajando la cabeza y diciendo en tono
melfluo: Perfectamente! Tena el Sr. Velasco de la Cueva infinitos
modos de pronunciar este _perfectamente_, alargando, contrayendo,
reforzando  suavizando las slabas, de tal suerte que se ajustaba al
tono y significado de las palabras del interlocutor.  pesar de eso, el
promotor fiscal, que era hombre chusco, haca su parodia en la tienda de
D. Marcelino, y contaba que un da, explicndole  D. Juan de qu modo
se haba cado de un caballo, al llegar al punto de decir el caballo se
levant de atrs y me arroj por la cabeza, estrellndome contra una
pared cercana, D. Juan Crisstomo le haba interrumpido exclamando:
Perfectamente! Sera invencin del promotor, pero era muy verosmil.

Al penetrar los tres varones en el comedor, el conde y Octavio se
levantaron: el cura permaneci sentado lo mismo que las mujeres.

--Oh, seores, qu pronto se han tomado ustedes la molestia de venir!

--Seor conde--dijo D. Marcelino,--estbamos impacientes por saber cmo
haban llegado ustedes  la Segada. Aunque calienta un poco el sol, ya
estamos acostumbrados  sufrirlo... no es verdad, D. Primitivo?...
Adems, cuando las cosas se hacen con gusto... eh? eh?

Y rea bienaventuradamente D. Marcelino, y rea el conde, y rea D.
Primitivo, y rea el cura, y hasta se rea el seorito Octavio.

--De todos modos, lo agradezco en el alma, seores. Y qu tal, qu tal
por estas tierras?

--Perfectamente.

No hay para qu manifestar quin pronunci este adverbio.

--En la ltima carta que le escrib, seor conde--dijo D. Marcelino,--le
comunicaba todas las noticias de este pueblo, y ya ve que eran bien poco
interesantes.

--Este pueblo es muy pacfico--apunt don Primitivo.

--Aqu no llegan esos motines que hay ahora por Madrid un da s y otro
no. (Otra vez don Marcelino.)

--Alguna ventaja habamos de tener... alguna ventaja... alguna ventaja.
Dios lo ha compensado todo, seores. Vivimos apartados de los deleites
de la corte... es verdad... es verdad... pero vivimos por ahora
tranquilos. No es poca fortuna, crame usted, no es poca fortuna...

--La gente del pas debe ser muy sencilla, no es cierto? En estas
provincias del Norte es donde se conservan todava restos de aquella
honradez y piedad que caracterizaban  nuestros mayores.

--Es gente honrada  carta cabal--dijo don Primitivo.--Afortunadamente,
todava no nos los han maleado.

--Unos infelices, seor conde... unos infelices... Lo nico que les hace
falta es un poco de filosofa alemana para ser hombres completos.

Todos rieron con estrpito.

--Alguna que otra vez--apunt D. Marcelino,--cuando tienen una copa de
ms dentro del cuerpo, suelen cometer cualquier desmn, pero ya se sabe
que entonces obra el vino por ellos.

--Y tienen bastante aficin  lo ajeno--indic el seorito
Octavio.--Casi todos los aos nos dejan sin fruta en la huerta.

--Es verdad, seorito, es verdad... Tiene usted mucha razn... Hay mucha
aficin  lo ajeno en esta comarca... Pero, crame usted, seorito, el
gobierno tambin tiene alguna... y no es precisamente  la fruta...

El conde dirigi una sonrisa al clrigo.

--Desde la muerte del guardamontes, hace ya tres meses--dijo D.
Primitivo,--no se ha odo hablar en este concejo de ninguna tropela.

--Fu el que hallaron estrangulado en un maizal?--interrog el conde.

--No, seor; ese fu Antua, el pagador de la carretera. Esa muerte ha
sido mucho antes...  principios del otoo.

--De todos modos, ha sido un asesinato horrible.

--Pero, seor conde--profiri D. Marcelino,--Antua muri porque quiso.
 quin se le ocurre salir de noche de la villa con veinticuatro mil
reales en el bolsillo? No conoce usted que es una imprudencia
mayscula?

--Perfectamente!

--Hechos aislados, seor conde, hechos aislados... por ahora, hechos
aislados. El trueno gordo no tardar en venir. Pero no hay que tener
cuidado, porque los excesos de la libertad se corrigen con la
libertad... s, seor, se corrigen con la libertad... Eso deca un
peridico que le viene al seor juez de Madrid todos los das... todos
los das.

El conde se inclin hacia el cura y le dijo algunas palabras al odo.

--Bravo, seor conde, bravo!--exclam el clrigo, echndose hacia atrs
en la silla y mirndole fijamente con aire triunfal.--Todos haremos lo
que podamos para que se logre. Usted es la persona ms  propsito.

Despus se pusieron ambos  cuchichear animadamente.

D. Primitivo corri la silla hacia ellos y pregunt en voz baja:

--Hay alguna noticia de all?

--No se trata ahora de all, sino de ac--respondi el cura.

Vuelta  cuchichear los tres. D. Primitivo pareca sumamente interesado
en la conversacin y mova los gigantescos brazos cual si sirviesen de
volante  sus ojos carniceros, que rodaban por las rbitas con pavorosa
velocidad. Al mismo tiempo haca supremos y angustiosos esfuerzos para
trasportar su desentonada voz al falsete discreto que usaban el conde y
el sacerdote.

El licenciado Velasco de la Cueva, despus de posar en el grupo de sus
amigos varias miradas  cual ms imponente, os tambin aproximar la
silla, y presto le enteraron del asunto que trataban.

La condesa se levant y dijo al seorito Octavio, que era el nico que
concedi atencin  su movimiento:

--Con permiso: soy con ustedes al instante.

Y se fu por la puerta del gabinete.

El aya se puso tambin  hablar con los nios en voz baja,
dirigindoles,  juzgar por su continente severo y el no menos grave de
los oyentes, serias y profundas advertencias.

Nuestro seorito tom pie de ello para sacar el pauelo y sonarse con
ruido. Despus, con mucha calma, lo pase repetidas veces por debajo de
la nariz; por ltimo, no sin vacilar un poco, se decidi  meterlo en el
bolsillo. Inmediatamente, y sin ningn preparativo, abroch un botn del
guante que se haba soltado. Despus tosi tres veces consecutivas y se
puso  examinar con profundsima atencin y frunciendo ferozmente las
cejas el puo del junquillo. No bien hubo terminado esta tarea, pas 
azotarse con l los pantalones, de la misma traza que lo hiciera al
comienzo de su visita. Todava se alzaron  los golpes algunas
nubecillas de polvo, aunque ms leves y trasparentes.

El cuchicheo del conde y sus amigos prosegua vivo, lleno de expansin.
El del aya y los nios, grave y discreto como antes. El criado entraba y
sala llevando las fuentes, los platos y los dems objetos que yacan en
desorden sobre la mesa, pero todo con mucho silencio y espacio y sin
dejar de dirigir, cada vez que entraba, una mirada insistente y curiosa
 nuestro hroe, el cual procuraba artificiosamente evitar el cambio. El
comedor era una vasta cmara, ms vasta que cmoda y elegante, y sus
muebles toscos y ennegrecidos, y sus grandes cortinas de colores
marchitos, y los cristales turbios y emplomados de sus balcones,
mostraban claramente que el viejo conde se curaba poco del alio de la
casa, y que el nuevo no la habitaba mucho tiempo. El falsete de los
interlocutores produca en este vasto comedor un efecto extrao y
severo, como el murmullo de los fieles en una iglesia.  nuestro joven
le pareca demasiado severo. De vez en cuando, la voz de D. Primitivo,
no pudiendo resistir tanto tiempo la presin cruel que sobre ella estaba
pesando, lanzaba un _gallo_, y se oa la palabra _votos_ 
_candidatos_. El aya levantaba sus ojos profundos y los fijaba un
instante en el grupo de los caballeros.

Al fin, nuestro seorito decidise  tomar una de las copas que an
quedaban sobre la mesa. Empez  observarla escrupulosamente, dndole
vueltas y ms vueltas en la mano, hacindola sonar con un golpe de ua y
llevndola despus al odo para escuchar sus vibraciones hasta que
moran. Por mucho que le embargasen al joven estas observaciones de
fsica experimental, no dejaba por eso de mover los ojos con ansia hacia
todas partes, y especialmente hacia la puerta del gabinete, como si por
all le hubiese de venir su salvacin. Respirbase en el comedor un
ambiente cargado de discrecin, que  nuestro mancebo le produca la
misma inquietud y malestar y los mismos desmayos enervantes que si
estuviese cargado de electricidad. Y ya se entregaba lnguidamente 
pensamientos tristes de muerte, cuando empezaron  dibujarse en su
desmayado espritu los contornos de una idea fortificante y
regeneradora: la idea de marcharse. Mas para llevar  cabo este acto era
preciso despedirse, y el despedirse haba sido siempre para nuestro
seorito uno de esos problemas pavorosos que pocas veces obtienen
resolucin. Antes de levantarse, cuando estaba en visita, tena que
sostener una batalla consigo mismo, que  veces se prolongaba ms de la
cuenta. Senta el mismo temor y embarazo que los oradores noveles cuando
levantan su voz en pblico. Pero si siempre haba sido un problema
difcil, en aquel instante, considerado el xito poco lisonjero de su
visita y el carcter y la situacin de las personas que all se
hallaban, ofreciselo al alma como una utopia. Ni poda ser de otra
suerte. Qu de comentarios no haran aquellos seores despus que l
saliese por la puerta? Cuntos chistes no se le ocurriran al cura
acerca de su persona? Se le ponan los pelos de punta de pensar en ello.
La idea, pues, de marcharse era de todo punto inadmisible. Ms vala
seguir haciendo experimentos acsticos con la copa de cristal.

Mientras prosegua embebecido en esta fructuosa tarea, el cura de la
Segada apartse un momento de la conversacin y le clav los ojos con
expresin reflexiva. Despus, volvindose al conde con la misma voz de
falsete, le dijo:

--La nica persona que cuenta en este pas con bastantes fuerzas para
ganar unas elecciones es D. Baltasar Rodrguez. El enemigo temible es
se, y no los que indic D. Primitivo. Crame usted, seor conde...
crame usted...

--Es lo que yo tena entendido antes de venir--repuso el conde.--Al
parecer es hombre acaudalado y goza de simpatas en la poblacin...

--No cabe duda, no cabe duda.

El cura volvi  mirar  Octavio, sonriendo esta vez maliciosamente, y
prosigui:

--Don Baltasar es una buena persona... todo un caballero... muy
cumplido en sus tratos... y un padrazo, seor conde, un padrazo!...

El conde alz la cabeza y dirigi una larga mirada  Octavio. Los dems
interlocutores tambin volvieron hacia l la vista.

--Seores,--dijo el conde levantndose,--es lstima que estemos
encerrados en casa en un da tan hermoso. Vamos  dar una vuelta por la
pomarada. Tengo ya deseos de pisar hierba y verme debajo de los rboles.

Los circunstantes se levantaron. La condesa apareci en aquel momento
por la puerta del gabinete. Octavio quiso aprovechar la ocasin, que le
pareci de perlas, para despedirse y di algunos pasos hacia ella con la
mano extendida.

--Condesa,  los pies de usted... He tenido mucho gusto en ver  ustedes
tan buenos y...

--Qu es eso, seor Rodrguez--exclam el conde viniendo hacia l,--nos
quiere usted dejar tan pronto? Por qu no viene  dar un paseo con
nosotros?... Tanta prisa tiene usted?

Estas preguntas fueron hechas en tono franco y carioso, y Octavio, un
poco aturdido, balbuci:

--Prisa, precisamente... no... pero...

--Pues si no tiene usted prisa, es usted de la partida. Seores, en
marcha.

El licenciado Velasco de la Cueva, que desde muchos aos atrs vena
ejerciendo el monopolio de las buenas maneras en Vegalora y siete leguas
 la redonda, ofreci el brazo  la condesa con una reverencia digna
del siglo XV. D. Primitivo quiso imitarle, y se lo ofreci al aya en la
forma elegante y desenvuelta que un oso lo hubiera hecho; pero la blonda
extranjera lo rehus, dndole las gracias con una inclinacin
ceremoniosa. Segualos el cura llevando de la mano  un nio, y cerraba
la marcha el conde, que llevaba cogido familiarmente  Octavio por la
espalda.




IV

La pomarada.


Cuando el licenciado Velasco de la Cueva puso su planta ceremoniosa en
los umbrales del palacio condal, los rayos de un sol fogoso de esto le
obligaron  hacer guios, con lo cual perdi no poca autoridad su rostro
imponente. La condesa solt el brazo y le di las gracias.

Eran las cuatro de la tarde de un da del mes de Junio. Los condes y sus
amigos tenan delante de s uno de los panoramas ms esplndidos y
grandiosos de la provincia en que nos hallamos, que es la ms bella de
Espaa. El palacio, como las gentes del pas lo llamaban,  el vetusto
casern, como mejor se dira, estaba situado  la margen izquierda del
Lora y en el fondo del valle donde radica el concejo y partido judicial
de Vegalora. En torno suyo veanse quince  veinte chozas,
pertenecientes en su mayora y habitadas por colonos de la casa de
Trevia. Esta casa grande y parda y las casuchas ms pardas an que
yacan  su alrededor, semejaban de lejos  una gallina pastando con sus
hijuelos en el campo. Alzbase el pueblo de la Segada en el fondo del
valle y ocupaba el ngulo formado por un riachuelo que vena de las
montaas cercanas  desembocar en el Lora. Distara del primero unas
cien varas, y de ste unas trescientas. La fachada principal de la casa
no miraba al valle, sino  las altsimas montaas que lo cerraban. Entre
la casa y la falda de stas no mediaban de tierra llana ms de
doscientos pasos, y era el sitio que ocupaban la huerta y la pomarada.
Desde los balcones de la fachada trasera vease todo el valle, que no
era muy extenso, y tambin se divisaba como  media legua de distancia
un grupo grande de casas que era la villa de Vegalora. Entre la Segada y
la villa corra bullicioso y lmpido el ro, el cual tomaba y dejaba 
su talante la parte del valle que mejor le convena para su cauce. Como
lo cambiaba  menudo, las tierras plantadas de maz y los prados que
bordaban sus orillas nunca tenan seguro el da de maana: tan presto
regalaban la vista y el odo con sus maces sonorosos y su verde csped,
como molestaban y cansaban los pies con sus redondos  puntiagudos
guijarros. Los vecinos de Vegalora y la Segada, en el espacio de
cuarenta  cincuenta aos, haban visto correr el ro por casi toda la
superficie del valle.  pesar de esto, al poco tiempo de haber dejado el
agua un sitio cualquiera, ya brotaba all una vegetacin briosa, y el
valle continuaba siempre pintoresco y regocijado como pocos. Por todas
partes lo circundaban colinas de regular elevacin vestidas de
castaares y prados relucientes, excepto por el fondo,  sea por el lado
de la Segada. Aqu las colinas ocupaban slo el primer trmino. Por
encima de ellas se alzaban enormes y enriscadas montaas, cubiertas de
nieve desde Octubre hasta Junio. Formaban parte de la cordillera fragosa
que separa las provincias del Norte de las del centro. Vegalora era, por
tanto, el ltimo concejo de la provincia en la regin en que nos
hallamos. Detrs de aquellas moles inmensas y oscuras se extendan los
campos yermos y dilatados de Castilla.

Nuestros seores, al salir de casa por la puerta principal, alzaron la
vista para contemplar estas montaas soberanas, iluminadas por un sol
que ya empezaba  descender hacia las colinas laterales. La nieve haba
desaparecido casi totalmente del paisaje. Slo en las crestas ms
elevadas percibanse algunas manchas blancas como de ropas tendidas 
secar. Entre aquellas crestas descollaba una de pasmosa elevacin y
arrogancia, que la gente del pas llamaba Pea Mayor. Era un enorme
peasco  quien todos los dems que en torno suyo se agrupaban servan
de pedestal. Terminaba en punta, como la aguja de una inmensa y
fantstica catedral; pero los que hasta all haban trepado alguna vez
afirmaban que sobre esta punta haba un campo bastante espacioso. Tal y
tan desmesurada era su elevacin. Durante los meses de verano, los
habitantes del valle podan admirar  su placer los majestuosos
contornos de la pea, que se alzaba en el cielo difano y cortaba el
ter cual si fuese la reina del espacio. Servales, adems, en estos
meses de reloj, pues el sol hera su frente de lleno, al llegar
precisamente el medioda. Cuando el otoo era ya un poco entrado, se
ocultaba entre la niebla, y no volva  parecer sino uno que otro da
muy raro del invierno, en que el viento, soplando fuerte por la noche,
haba barrido el tupido manto de los cielos. Pero hasta llegar  la Pea
Mayor haba una serie de escaos granticos, superpuestos los unos  los
otros, de mil extraas formas  imitando,  veces, enormes edificios y
animales monstruosos.  la izquierda de la Mayor haba una pea
corcovada que semejaba  un dromedario:  la derecha otra que era la
perfecta imagen de la torre de un gran castillo, con sus desmesuradas
almenas por entre las cuales se vea el azul del cielo. Esta cortina de
montaas cerraba hermticamente el valle por aquel lado. Al llegar 
este sitio pareca que se acababa el mundo, y que detrs de la oscura
cortina no haba ms que el espacio sin fin.

Los condes y sus amigos detuvironse  la puerta de la casa, y con la
mano puesta sobre los ojos  guisa de pantalla, se estuvieron buen rato
paseando la vista por el gran teln descrito. Despus atravesaron la
calle y entraron en la huerta por una gran puerta enrejada de hierro.
Era la huerta cuadrilonga y bastante espaciosa, y estaba cerrada por
altos y toscos muros deteriorados. En el fondo haba otra puerta igual 
la primera que daba paso  la pomarada.

La comitiva conversaba y rea dando vueltas por las calles no muy bien
aderezadas de la huerta, parndose  cada instante y entremezclndose
continuamente sin guardar etiqueta. D. Primitivo pareca el dueo de la
casa, y desde que la puerta enrejada se cerrara tras l se crey en el
caso de no cerrar boca  fin de explicar  los circunstantes las
particularidades y pormenores de todas y cada una de las plantas que
iban encontrando, sin perdonar el ms insignificante detalle que pudiera
esclarecer  sus oyentes en asunto tan delicado. Las nicas personas que
ni rean ni tomaban parte en la conversacin eran el aya y la condesa.
La primera no perda de vista  los nios, regulando con seas
imperiosas sus pasos y movimientos. La segunda no apartaba los ojos de
las pardas montaas que tena delante y deshojaba distradamente una
rosa que uno de los nios haba arrancado de su tallo para ofrecrsela.
Aquellas montaas se vean tambin, aunque ms lejanas, desde la casa
solariega de D. lvaro. Buena gana de reir tena Laura en aquel
instante! Su pensamiento volaba, volaba sin detenerse por los das de su
existencia, desde aquellos remotos en que contemplaba absorta, de bruces
sobre el balcn, las nubes que cubran la cabeza de la Pea Mayor, hasta
las escenas ms recientes. Los remotos se le aparecan envueltos en una
gasa blanca que borraba los contornos y an ms los alejaba: los
cercanos vealos tan bien como si estuviesen tallados en relieve y
parecan saltar hacia ella palpitantes y teidos de sangre. Por qu no
haba permanecido toda la vida en su casa, serena, tranquila,
contemplando aquellas montaas que nada malo la enseaban? Al pensar que
mientras su espritu en los ltimos once aos bajaba y suba en perpetua
agitacin, desde el cielo hasta el infierno, ellas haban estado all
altivas, felices, contemplando noche y da el firmamento augusto, una
envidia sorda se apoderaba de su corazn y comenzaba  nacer en l un
deseo vivo, irresistible, de reposo. Pero qu reposo deseaba? Ay!
deseaba volar  la cima de la Pea Mayor, llevada por un ngel, y all,
bandose en el ter azul, sin escuchar una voz maldita que tena
siempre en los odos, pasar la vida acariciada por Dios y acariciando 
sus hijos.

Al dar la vuelta  un recodo de la huerta sinti de improviso en su
cuello un aliento clido y una voz le dijo al odo muy quedo:

--Recuerda que has agraviado  miss Florencia.

Y vi que una sombra se alejaba de ella para unirse otra vez al grupo de
los paseantes. Se estremeci fuertemente, detuvo el paso, y la rosa
mutilada cay de sus manos. Octavio se le acerc en aquel momento.

--Condesa, la veo  usted muy pensativa. Echa usted de menos ya 
Madrid?

--S, seor, lo echo de menos.

--Lo comprendo bien, pero me parece que todava no tiene usted motivo
para quejarse, pues acaba de llegar. Oh! cuando lleve usted aqu algn
tiempo ya ver lo que da de s este delicioso pas. La materia, condesa,
impera aqu como reina y seora. Usted viene del mundo del espritu y le
han de doler los primeros pasos sobre esta tierra muerta y silenciosa.
No me sorprende.

--Ah, si no me dolieran ms que los primeros pasos!

--Es cierto; lo peor en la vida del campo es la monotona, y sta crece
y se hace irresistible con el tiempo. Por lo dems, no se debe negar que
este pas es hermoso y que encierra mucha poesa. Yo que he nacido en l
y en l he vivido siempre, an me siento impresionado cuando al abrir
las ventanas de mi cuarto por la maana fijo la vista en las altsimas
montaas que tenemos enfrente. Qu bien se destacan sobre el fondo
azul! Qu pureza de lneas! Qu contornos! Pero miro en seguida hacia
abajo y viene el desencanto, condesa. Los paisanos no corresponden al
pas. Aqu nadie se preocupa sino del dinero. Se respira una atmsfera
srdida, en la cual se asfixian todos los sentimientos elevados. Hay
algunas personas de alma delicada y generosa, pero aun stas no pueden
menos de resentirse de la sociedad en que han vivido: son capaces de un
rasgo heroico, de una pasin fuerte, pero no pueden alcanzar ciertas
_nuances_ del espritu, ciertas delicadezas que slo se encuentran en
las clases elevadas y en una sociedad culta y refinada.

--No piensa usted dar una vuelta por Madrid?

--De buena gana la dara y aun me quedara all, pero mis paps no
tienen ms hijo que yo... y ya ve usted.

--Qudese usted, qudese usted... No piense en Madrid por ahora...
Tiempo le queda para saber lo que es aquello.

--No vaya usted  creer, condesa, que es curiosidad lo que siento, no;
es el deseo que tengo de llenar ciertos vacos que hay en mi espritu lo
que me obliga  pensar en Madrid. Yo no gozo con lo que aqu suele gozar
la gente; antes bien sus placeres son ocasin de padecer para m, porque
nada hay que atormente tanto como encontrarse aislado entre la
muchedumbre y  mil leguas de sus pensamientos y aspiraciones. As, que
paso la vida encerrado en mi casa, sin ganas de agregarme  ella...
leyendo... pensando... soando. Alguna vez he asistido con la
imaginacin  las _soires_ donde usted ha brillado tanto, condesa.

--De veras?

--S, seora; acostumbro  leer las revistas de salones de _La Epoca_, y
en ellas he visto con frecuencia el nombre de usted rodeado de adjetivos
que ahora me parecen plidos.

--Mil gracias.

--Me precio de sincero, condesa. En el ltimo baile de los duques de
Hernn Prez llevaba usted un vestido de _surah_ azul celeste, con
escote sesgado y espalda de forma _princesa_. El vuelo de la falda
formaba por detrs una cascada de _pouffs_ sostenidos por cordones, y
llevaba usted asimismo lazos de _surah_ en los hombros y en el talle.

--Ah! Veo que no se le ha escapado  usted nada.

Un rugido de D. Primitivo les oblig  interrumpir el dilogo. Exttico,
con los brazos cruzados sobre el pecho, contemplaba sin pestaear un
cuadro de lechugas, mientras los compaeros le miraban sin comprender el
motivo de tal sorpresa. Al fin, despus de largo silencio, exclam con
voz ronca:

--Si no lo viese por mis ojos, nunca lo creyera! Yo mismo le di la
semilla  Pedro; yo mismo le indiqu cundo deba sacarlas del vivero;
yo mismo estuve una tarde entera ayudndole  plantarlas... Cmo han
espigado estas lechugas?... Por qu han espigado estas lechugas?

Y D. Primitivo mova la cabeza hacia adelante, hacia atrs,  la derecha
y  la izquierda.

--Tal vez la lluvia de estos das habr infludo perniciosamente sobre
ellas--manifest tmidamente el licenciado Velasco de la Cueva.

--Qu lluvia ni qu calabazas!... No diga usted tonteras, D. Juan. La
lluvia, cuando las lechugas se plantan en la poca y en la forma en que
deben plantarse, no influye, no tiene por qu influir sobre ellas.

--Perfectamente.

--Aqu no puede menos de haber algn misterio. Pedro habr hecho alguna
majadera en el cuadro. Ellas por s estoy seguro de que no hubieran
espigado.  qu asunto haban de espigar? As que le tropiece me
enterar de lo que ha hecho, y ya ver usted cmo resulta lo que yo
dije.

La irritacin de D. Primitivo cedi ante la esperanza de ver muy pronto
cumplida su profeca.

Continuaron recorriendo lentamente la huerta, parndose ahora delante de
unas alcachofas, despus ante un cuadro de remolachas  de una
esparraguera. D. Primitivo, maniobrando constantemente en el centro del
grupo, pareca un filsofo de la escuela peripattica.

La condesa y Octavio se haban quedado un poco atrs y siguieron
hablando del baile de los duques de Hernn Prez,  sea del mundo del
espritu, como deca nuestro seorito. La horticultura no les seduca.
Mas al hallarse en frente de una frondosa y esplndida magnolia, ambos
detuvieron el paso para contemplarla. Era un rbol hermoso y grande como
pocos, y entre sus hojas oscuras y metlicas advertase crecido nmero
de bolas blancas que soltaban aroma fresco, acre y penetrante. Las
primeras ramas no pasaban de la altura del rostro. La condesa asi con
la mano de una de ellas provista de flor y la trajo hacia s. El rbol,
al ser movido, dej caer algunas gotas de agua sobre las mejillas de la
seora, que hizo una mueca graciosa.

--El rbol la bendice  usted--dijo Octavio mirando extasiado cmo
corra el agua por las mejillas de la dama.

--Hubiera pasado sin su bendicin perfectamente--contest ella riendo.

Y al mismo tiempo hundi su lindo rostro en el cliz de la flor para
aspirar la fragancia. La condesa de Trevia estaba en aquel instante
bellsima; porque sus ojos grandes, rasgados, se cerraban blandamente
con la expresin de un placer celestial; porque sus mejillas de rosa,
acariciadas por las blancas y carnosas hojas de la magnolia, brillaban y
temblaban de gozo; porque sus cabellos castaos, sedosos, le caan con
cierto desorden sobre la frente; porque inclinaba la cabeza dejando ver
el principio de una espalda de alabastro; porque estaba empinada
graciosamente sobre la punta de sus pies inverosmiles. Levant la
cabeza y exhal un largo suspiro.

--Oh, qu delicioso aroma!

Octavio se apresur  hundir tambin el rostro en la flor que la dama
an tena cogida.

--Delicioso! delicioso!

--Es tan penetrante... tan embriagador!... Siempre fu apasionada de
este aroma.

--Yo lo ser de aqu en adelante.

La condesa solt la rama  inclin la cabeza sonriendo afablemente. Y
emprendieron otra vez la marcha en silencio. Octavio lo rompi al cabo
de un instante diciendo:

--De qu perfumista acostumbra usted  surtirse, condesa?

--No tengo ninguno conocido; entro indistintamente en la primer
perfumera que encuentro.

--Pero al menos tendr usted una marca predilecta.

--Tampoco; nunca me fijo en los rtulos de los frascos.

--Pues yo, despus de haber probado las principales marcas, me he
decidido por la de Mara Farina. Es la que he hallado mejor. Sus
perfumes son menos intensos que los de otras casas, pero son mucho ms
delicados. Debemos exceptuar, sin embargo, la rosa blanca que, como
usted sabr seguramente, es privilegio especial del clebre Hakinsson.
La rosa blanca y el azahar son los nicos perfumes que tomo ahora de
esta casa.

Sigui la conversacin de los perfumes por algn tiempo todava, muy
animada por parte de Octavio, que pareca hallarse en terreno firme y
abierto; lnguida y cortada por parte de la condesa que, como haba
dicho, no era inteligente en este ramo. D. Primitivo y sus secuaces
haban entrado ya en la pomarada, y nuestra pareja sigui el ejemplo. Al
llegar  la puerta tropezaron con miss Florencia y los nios. La condesa
dirigi  aqulla una sonrisa. El aya permaneci grave y se inclin
profundamente dejndoles paso.

Era la pomarada un campo vasto, donde los rboles estaban tan espesos y
haban adquirido tal desarrollo, que el sol no consegua, sino despus
de mucho trabajo, introducir en l algunos delgados rayos. Los manzanos
son rboles de poca imaginacin. En vez de gastar sus fuerzas
estrilmente en subir hasta mecerse en las nubes, procuran buenamente
redondearse, ocupando el mayor pedazo posible de este miserable planeta.
Mas al desenvolver su personalidad libremente en el tiempo y el espacio,
nunca dejan de molestar al vecino, de lo cual resulta siempre una bveda
ms slida y espesa que fantstica. Algunos de ellos tanto descendan en
sus aspiraciones, que tocaban con las ramas  la tierra formando
glorietas naturales, frescas, sombras, mullidas.  pesar de los
esfuerzos inauditos que el sol haba hecho durante todo el da para
templar sus ardores en la frescura del csped, ste se hallaba todava
hmedo. Los lindos zapatos de la condesa, que se hundan en l como dos
ratones, aparecan mojados cada vez que levantaba el pie. Dentro de
aquella bveda enana zumbaba una muchedumbre de insectos, que empezaban
 sentirse inquietos por la marcha cada vez ms precipitada del sol. 
veces se perciba un ruido leve y sordo entre las ramas, y vease un
pjaro salir de un rbol y posarse en otro cercano. Los rboles no
derramaban aroma, porque los frutos estaban an demasiado verdes: en
cambio, el suelo exhalaba olor fuerte de tierra hmeda. En uno de los
ngulos de la pomarada se vea una gran mancha de sombra. Era que el sol
estaba besando ya la cima de las colinas y empezaba  abandonar el
valle.

 todo esto, D. Primitivo haba sacado de las profundidades de su gabn
una enorme podadera, y prodigaba minuciosos cuidados  los manzanos,
hacia los cuales se senta atrado por simpata irresistible. Aqu le
cortaba un renuevo  uno, ms all le quitaba un caracol  otro, en otra
parte levantaba un rodrign que se haba cado, etc., etc. El procurador
pasaba cerca de ellos como el soplo de la Providencia.

Octavio segua al lado de la condesa y conversaba con ella sobre cosas
indiferentes, alusivas unas veces  los objetos que tenan  la vista,
otras (las ms)  las particularidades de la vida cortesana, que el
joven pareca conocer tan bien como la dama. El rostro y los ademanes
del seorito no correspondan en un todo  la materia de la
conversacin. Deca todas sus frases en tono tan insinuante y se
mostraba tan turbado, que cualquiera podra creer, observndole de
lejos, que estaba haciendo una declaracin de amor. Siempre le pasaba lo
mismo cuando hablaba con las mujeres. Su fisonoma sonriente, ruborosa y
expresiva con exceso, le haba hecho pasar por novio de casi todas las
damiselas  quienes se haba acercado en su vida. Claro est que tales
presunciones no tenan fundamento positivo; pero quiz si penetrsemos
en los misterios de la psicologa, hallaramos disculpa para la ligereza
de los vecinos de Vegalora. Porque hay en ciertos temperamentos un fondo
tan grande de materia amorosa (si se permite esta singular locucin),
que no necesita ms que un leve motivo para mostrarse en la superficie.
El amor reposa en estos temperamentos como una masa de polvo colorante
en el fondo de un vaso de agua; as que se agita, toda el agua queda
teida. El hecho aparente era que nuestro amigo ni se enamoraba ni se
declaraba  las mujeres que tena cerca, pero en realidad, haca uno y
otro. Su pltica, pues, con la condesa tena mucho de do amoroso.
Cuando deca, verbigracia: Se est usted humedeciendo los pies,
condesa, la traduccin exacta de la frase, que se dibujaba en sus ojos,
era: De qu buena gana, seora, se los secara con mi aliento. Se
haba quitado el sombrero, y jugaba con l entre las manos afectando una
posesin de s mismo que estaba lejos de sentir. Llevaba en la boca un
clavel blanco salpicado de manchas rojas, y lo morda con displicencia
digna de un socio del Veloz Club. De vez en cuando volva el conde la
cabeza y le diriga una sonrisa afectuosa,  la cual nunca dejaba de
contestar el mancebo con un saludo familiar.

--Es muy bonito ese clavel que lleva usted--dijo la condesa, mientras lo
admiraba sinceramente con los ojos muy abiertos.

Octavio lo quit precipitadamente de la boca.

--Si no fuese porque ya est mordido, tendra placer muy grande en
drselo... Pero, en fin, le quitaremos un poco del tallo... (al mismo
tiempo cortaba la parte que haba estado en la boca). Lo acepta usted
as, condesa?

--Con mucho gusto. Mil gracias.

Estaban ya prximos  la empalizada que circua la finca, y para no
volver por el mismo sitio empezaron  caminar al lado de ella. Apenas
haban dado algunos pasos, cuando sintieron por la parte de fuera un
aliento jadeante, y vieron en lo alto de la estacada la cabeza de un
perro, el cual cay inmediatamente  sus pies y se puso  ladrarles, sin
atender  las razones de don Primitivo, que le deca:

--Ven ac, Canelo... No me conoces, Canelo?... Dnde est tu amo,
Canelo?...

El perro record que ya haba visto aquella cara en otra parte, pero no
quiso dar su brazo  torcer ni confesar que se haba equivocado, y
sigui ladrando, aunque sin gana y por compromiso.

--Qu es eso, Canelo?... Te olvidas de los amigos?...

--_Guau, guau, guau._

--Dnde dejaste  tu amo, Canelo?

--_Guau... guau._

--Vens de caza, Canelo?

--_Guau..._

Por detrs de la empalizada empez  asomar una escopeta de dos caones,
y se vi un sombrero de grandes alas que ocultaba  medias el rostro de
un joven moreno, el cual, con mucha presteza y agilidad, pas ambas
piernas por encima de las puntas de las estacas, y dando un salto qued
en pie delante del conde.

--Hola, Pedro! De dnde vienes?

--Seor conde, fu  matar un zorro que me dijeron andaba por la mata
del to Bonifacio. En cosa de ocho das le zamp tres gallinas.

--Y lo traes?

--S, seor; aqu est vivo todava. No le tocaron ms que algunos
perdigones en esta pata... No se acerque usted, seora condesa, que
estos animales son muy traidores!

--Hola, caballerito--dijo el conde dirigindose al zorro, que colgaba de
la espalda de Pedro.--Conque entretiene usted sus ocios engullndose
las gallinas del vecindario? Y se figuraba usted que sus proezas no
haban de tener fin jams?

--Este Pedro--dijo el cura--es un buen muchacho... es un buen muchacho.
Nos va despejando la comarca de alimaas. Seor conde, tiene usted una
alhaja en este muchacho... sobre todo es mozo formal y de palabra.

--Seor cura, si no fu  ayudarle  usted  arreglar la huerta, fu
porque estos das anduve muy ocupadado preparando las cuentas...

--Bien, hombre, bien; yo no te he preguntado nada. No hago ms que
referir tus mritos y cualidades al seor conde.

--Es que entiendo bien las indirectas.

--Pedro, deja aqu el zorro y v  casa por un poco de paja  hierba
seca.

--Qu es eso, le quiere usted hacer cama  ese bicho?--pregunt D.
Primitivo.

--S; le quiero hacer un lecho cmodo para que se cure.

No tard Pedro en llegar con una muy bastante cantidad de hierba entre
los brazos, y as que la dej en el suelo, ordenle su seor que colgase
el zorro por las patas traseras de la rama ms baja de uno de los
rboles. La condesa, mientras se practicaba esta operacin, alejse
velozmente del grupo y se perdi pronto de vista entre los rboles.
Mand en seguida el conde colocar la hierba debajo del zorro, y sac del
bolsillo una preciosa fosforera de oro.

--Hola, seor conde, intenta usted hacer un auto de fe? Ya concluyeron
esos tiempos ominosos... ya concluyeron esos tiempos ominosos. El zorro
le va  llamar  usted oscurantista, y con razn, s seor... y con
razn.

El conde se baj sonriendo y aplic un fsforo encendido  la hierba.

El zorro, colgado boca abajo, permaneca inmvil, y nadie le tuviera por
vivo  no ser por sus ojos abiertos que giraban lanzando miradas
recelosas  los espectadores. La sonrisa de stos le contrariaba
visiblemente. Empezaban  sonar los chasquidos de la hierba y el fuego
iba cundiendo poco  poco por lo ms interno del montn, que lanz una
bocanada de humo espeso. El zorro qued envuelto por un instante y se le
escuch estornudar.

--Ya le sube el humo  las narices, seor conde--dijo D. Primitivo.

El viento disip el humo espeso, y el montn comenz  arrojar una
columnita de otro azulado y trasparente. Qued el zorro al descubierto,
y observronse en l seales de una inquietud que iba en aumento. Todos
le contemplaban curiosamente y sin quitarle ojo, excepto Pedro, el cual,
ajeno totalmente al espectculo, se ocupaba en sacar el cartucho quemado
de la escopeta y en arreglar sus llaves. Una llama brot sbito de la
hierba y roz el hocico del animal, que sacudi la rama con violencia.

--Ya le come, ya le come, por do ms pecado haba--dijo riendo el cura.

Torn  brotar la llama con ms fuerza y esta vez se detuvo algn tiempo
en el hocico del zorro, que lanz un chillido spero, ridculo.

El Canelo comenz  ladrar furiosamente y fu necesario que su amo le
diese un par de puntapis para hacerle callar. Los espectadores
acogieron con algazara el chillido del animal. El conde no hizo ms que
sonreir. Por tercera vez sali la llama del montn, prximo ya 
convertirse en hoguera, y envolvi con una horrenda caricia la cabeza
del zorro, el cual, tratando de huirla, principi  enroscarse, lanzando
al mismo tiempo continuos chillidos. El perro, sin hacer caso de los
puntapis de Pedro, no cesaba de ladrar y aullar, corriendo de un lado 
otro, unas veces acercndose  la hoguera con las orejas tiesas y los
pelos erizados, marchando otras  ocultarse entre las piernas de alguno
de los presentes. La algazara haba ido cesando poco  poco en el
concurso. Los rostros quedaron completamente serios. El conde segua
sonriendo como antes. Quemaba ya la hierba por todas partes y
chisporroteaba arrojando pavesas inflamadas que se apagaban
instantneamente y caan convertidas en ceniza. El da estaba
concluyendo. La mancha negra de la esquina se haba extendido cual si
fuese aceite por toda la pomarada. As que la luz de la hoguera trazaba
crculos luminosos en ella y corra  veces impetuosamente por debajo de
la bveda iluminando una gran extensin y prontamente se replegaba
abandonando el campo  la sombra. Veanse reflejos vivos y fugaces en
las hojas de los rboles y sentase en el rostro el calor abrasante de
las llamas. El desgraciado zorro segua enroscndose y retorcindose
para salvar su cabeza, pero el fuego le tostaba el lomo cruelmente. Un
hedor irresistible de pelo quemado se esparci por la atmsfera. El
dolor arrancaba al pobre animal gritos cada vez ms extraos y
penetrantes que resonaban de un modo siniestro en el silencio de la
pomarada.  estos gritos desgarradores respondan lgubremente los
aullidos del perro que daba vueltas en torno de la hoguera, espantado y
trmulo.

Un espectador se desplom y cay con ruido sordo sobre el csped. Todos
acudieron  aquel sitio. Era el seorito Octavio que se haba desmayado.
Inmediatamente que lo levantaron recobr el conocimiento.

--No es nada, no es nada... muchas gracias... Me pasa esto con
frecuencia.

D. Primitivo sac de las reconditeces de su faltriquera un vaso de metal
y corri  un charco que estaba prximo. Cuando lleg con el vaso lleno,
el joven estaba ya de pie y hablaba serenamente con el conde. Mas D.
Primitivo no quiso perder el viaje y acercndose cautelosamente  l,
sin darle aviso alguno le encaj toda el agua en mitad del rostro.
Octavio qued un instante sin respiracin.

--Muuuchas gracias, D. Primitivo... No... haba necesidad...

Aunque trat de secarse inmediatamente con el pauelo, no pudo evitar
que una regular cantidad de agua le entrase entre el cuello de la
camisa y la carne, lo cual le produjo escalofros y estornudos para buen
rato.

El fuego haba quemado en tanto la cuerda que sujetaba el zorro al rbol
y el animal haba desaparecido ya en la hoguera. Las llamas fueron
decreciendo poco  poco y presto no hubo all ms que un montn de
cenizas.

--Me parece que es hora de ir aproximndonos  nuestro asilo--dijo el
licenciado Velasco de la Cueva.

--Tiene usted razn, D. Juan--repuso don Marcelino;--la noche se viene
encima, y de aqu  Vegalora todava hay un paseto.

Se pusieron todos en marcha hacia la casa.  los pocos pasos hallaron 
la condesa, que sali de entre los rboles con un nio de la mano y el
clavel de Octavio en la boca. Esta vez sinti nuestro joven un fuerte
escalofro de placer que le indemniz con creces de los tormentos que le
haba hecho sufrir el agua de D. Primitivo. Acercse rpidamente  la
dama y se puso  darle cuenta de su desmayo.

--No puede usted figurarse, condesa, lo impresionable que soy. Es
desgracia nacer con un temperamento como el mo. El mdico me dice que
soy un manojo de nervios y que debo evitar todas las emociones vivas, lo
mismo las tristes que las placenteras... Pero si he de huir las
ltimas--aadi despus de breve silencio y fijando sus ojos tmidos en
la condesa--es preciso que no vuelva  parecer por aqu.

--Y por qu?

--Porque... la impresin que usted me causa es demasiado placentera.

--Sabe usted que sin salir de Vegalora es usted ya un cortesano
perfecto?

Octavio sintise an ms lisonjeado por estas palabras que por el buen
sitio que la condesa haba otorgado  su clavel, y mientras caminaban en
direccin  la huerta se enred en un laberinto de explicaciones
metafsicas sobre las diferencias y afinidades que existen entre la
galantera, el amor, la amistad, la simpata, etc., etc. Mientras tanto
D. Primitivo se enteraba con profunda sorpresa de que Pedro no haba
tocado siquiera en el cuadro de las lechugas. El procurador se guard de
comunicar la noticia  sus compaeros, y cuando llegaron  la huerta y
se encontr frente  las malhadadas lechugas, que haban tenido la
audacia de espigar _motu proprio_, baj la cabeza y pas de largo sin
conocerlas.

--Adis, seor cura, maana pasar  verle en su rectoral. Adis, D.
Primitivo. Adis, seor Rodrguez, que no deje usted de visitarnos con
frecuencia. Adis, D. Juan. Adis, D. Marcelino.

Octavio se haba quitado un guante apresuradamente, y al dar la mano 
la seora de la casa le dijo en voz baja:

--Qu felices son algunos claveles, condesa!

Todos partieron. El cura les dej  la salida del villorrio y emprendi
el camino pendiente y tortuoso de la rectoral. Los cuatro vecinos de
Vegalora siguieron la calle de avellanos que conduca al ro, salvaron
el puente, y una vez en la carretera fu asunto de pocos minutos el
poner el pie en la villa. Octavio apenas despeg los labios en todo el
camino. Una nube de pensamientos flamgeros daba vueltas en torno de su
cabellera y le impeda ver las que se cernan en las alturas, besadas
suavemente por los moribundos rayos del sol. Qu cara pondran los tres
graves seores que marchaban  su lado si dijese en alta voz lo que iba
pensando!

En una de las calles dejaron  D. Primitivo, que se meti en su casa.
Ms adelante al licenciado Velasco de la Cueva. Por ltimo llegaron 
casa de D. Marcelino. La tienda estaba ya iluminada.

--No ve usted qu amigos son de la claridad en mi casa?--exclam el
tendero en tono que no expresaba ninguna satisfaccin.--Quiere usted
pasar, D. Octavio? No tardar la gente en llegar.

--Con mucho gusto. Pase usted, D. Marcelino.

--Pase usted, D. Octavio.

--Pase usted, D. Marcelino.




V

La tienda de D. Marcelino.


Aunque mucho ms clara de lo que su amo hubiera deseado  tales horas,
la tienda no era,  decir la verdad, un farol veneciano. Toda su
iluminacin se reduca  una lmpara de petrleo colgada en el centro de
la estancia sobre el mostrador. Y como quiera que la tienda era grande y
la lmpara tena pantalla, su luz blanca y crecida, en forma de
mariposa, no consegua traspasar los polvorientos cristales de los
armarios. Si no supiramos, pues, hace tiempo, que D. Marcelino
comerciaba en paos y bayetas, no era fcil que ahora nos informramos
del contenido de tales armarios. El mostrador iba de una  otra pared 
lo ancho y era oscuro, y estaba resplandeciente por el uso lo mismo que
si lo acabasen de barnizar. Haba clavadas en l algunas monedas
falsas, y en uno de sus extremos se vea una pecera sucia por la cual
nadaban algunos pececillos colorados. Detrs del mostrador, y en un
rincn de la tienda, una mesilla rodeada por un enrejado de madera
pintada de verde. Era el escritorio; el paraje ms temible y peligroso
de la comarca. Deca Paco Ruiz  sus amigotes del caf que prefera ir 
medianoche al cementerio  llegarse  las doce del da al escritorio de
D. Marcelino.

El contenido oficial (digmoslo as) del establecimiento, y por el que
D. Marcelino pagaba su contribucin, si es que la pagaba, que no estamos
seguros, eran los paos y las bayetas. Mas podemos afirmar, bajo palabra
de honor, que un da hemos visto entrar  un nio pidiendo media libra
de fideos y se la dieron; otro da entraron varios jvenes por cohetes y
salieron con ellos; y, finalmente, en cierta ocasin entr una mujer
pidiendo sanguijuelas y observamos que satisfacan su demanda. Y si D.
Marcelino no era exclusivo en la naturaleza y circunstancias de sus
mercancas, fuerza es confesar que an lo era menos en el carcter y
opiniones de los tertulios que cotidianamente invadan su tienda. All
acudan, como todo el mundo sabe, personajes tan arcaicos y retrgrados
como D. Primitivo, don Juan Crisstomo, el cura de Vegalora y el de la
Segada; conservadores partidarios del justo medio como D. Lino Pereda,
D. Ignacio Valcrcel y otros; liberales templados como D. Baltasar
Rodrguez, el juez y el promotor fiscal, y, por ltimo, republicanos
federales socialistas con todas sus consecuencias como Paco Ruiz y su
sabio amigo el joven _krausista_ Homobono Pereda, hijo de D. Lino.
Fciles son de presumir los zipizapes de que sera teatro en muchas
ocasiones el establecimiento de D. Marcelino. Por fortuna ste tena la
saludable costumbre de dar la razn  todos y cada uno de los
contendientes. De esta suerte nadie se encontraba solo en la defensa de
ninguna causa y la irritacin nunca poda alcanzar un grado peligroso.

Cuando nuestros amigos penetraron en la tienda, las nicas personas que
en ella haba eran D. Feliciana y su hija Carmen cosiendo debajo de la
lmpara, y Paco Ruiz sentado sobre el mostrador con las piernas colgando
hacia fuera, que se balanceaban suavemente como dos pndulos.

--Hola! Vienen ustedes de visitar  la ilustre familia de los
Trevia?--dijo Paco Ruiz, que era un mozo guapo y arrogante, de ojos
negros expresivos, barba recortada y que  la sazn morda, cerrando los
ojos voluptuosamente, un magnfico cigarro habano.

--S, venimos de la Segada.

--Repartan por all monedas de cinco duros?

--Lo que se reparta cuando fuimos era un sol magnfico capaz de
derretir las piedras.

--De manera que usted cree que yo no debo ir  la Segada?

Paco Ruiz dijo estas palabras con gravedad cmica. D. Feliciana y
Carmen rieron.

--Siempre ha de ser usted el mismo!--repuso D. Marcelino un poco
amoscado levantando la tabla del mostrador para entrar.

Efectivamente, Paco Ruiz siempre era el mismo, esto es, siempre era un
joven ms chistoso que afable y ms desvergonzado que chistoso.
Perteneca  una antigua aunque arruinada familia de Vegalora. Para
subvenir  sus muchas necesidades no tena otras rentas que el tresillo,
el golfo y el monte, en cuyos juegos, al decir de la villa, era un
asombro de habilidad. Cinco  seis horas de casino todos los das le
bastaban para gastar ms con su persona que otros muchos con toda su
familia. Vesta con lujo, pero caprichosamente y sin someterse  la
moda: traa sortijas de valor en los dedos y fumaba los mejores cigarros
de la provincia. Por qu era republicano? Nunca hemos acertado 
comprenderlo. Verdad que se rea de las preocupaciones nobiliarias y
deca muy buenos chistes  propsito de los conservadores; pero con todo
eso, puede dudarse que hubiese en el fondo hombre ms orgulloso y
linajudo que Paco Ruiz. Es posible que este muchacho encontrase muy
original el ser demcrata perteneciendo  una familia aristocrtica, y
que slo buscando la belleza de tal contraste hubiera venido  dar con
sus huesos en el partido liberal ms avanzado.

Octavio pas tambin con D. Marcelino al interior de la tienda y se
sent al lado de Carmen, y le dijo en voz baja algo al odo. La nia le
respondi igualmente en voz baja, con mucha amabilidad.

Carmen era una nia hermosa, infinitamente ms hermosa que su padre.
Acababa de cumplir los diez y ocho aos, y era blanca como la leche y
rubia como el oro. Su madre tambin lo era. Tena los ojos azules,
oscuros y profundos como el mar, y como en ste, tambin finga la mente
detrs de su misterio palacios encantados de cristal y jardines
deslumbradores. Pareca increble que tal pimpollo fuese hijo del
puerco espn de D. Marcelino! Cuando ms nia, la llamaban en la villa
_el angelito_. Ella se incomodaba mucho y sola venir  casa llorando
cuando al salir de la escuela los chicos la seguan apodndola de este
modo. En efecto, era difcil imaginarse nada ms lindo y ms areo que
Carmen  los doce aos. Con la edad, y al hacerse mujer, los contornos
celestes y anglicos se haban borrado un tanto, pero nada haba perdido
por eso su belleza. Sobre las lneas puras y gloriosas del querubn, la
naturaleza haba trazado otras ms curvas y terrenales que le iban 
maravilla.

Adems, tena un modo de mirar dulce, rpido y lleno de timidez que
seduca  la gente joven de la villa. Cuando lanzaba una de esas miradas
fugaces y vivas como un relmpago de esto, pareca que el alma se
asomaba un instante  los ojos, ponase al tanto de todo y se entraba
otra vez, y velozmente, en su retiro. Hablaba poco y sonrea  menudo.
Los tertulios viejos de D. Marcelino no tenan boca bastante para
elogiar su modestia y afabilidad. Los jvenes no hallaban trminos
suficientes para exaltar su belleza.

--Conque diga usted, D. Marcelino, y no se ofenda, el conde viene tan
loco como se fu?

--Vaya, vaya, veo que est usted de mejor humor que yo.

--Me han contado cosas graciosas de su vida en Madrid. ltimamente le ha
dado, segn me han dicho, por baarse todos los das en una porcin de
aguas, hasta que la ltima quede siempre tan cristalina como antes de
meterse en ella. El mejor da le van  salir escamas al pobre seor,
aunque ya me parece que vive escamado... y hace bien, porque su mujer
vale lo que pesa.

--Vamos, Paco, no sea usted malo--exclam D. Feliciana con una mueca
que revelaba la influencia fascinadora que sobre su alma ejerca la
murmuracin.

--Si usted fuera  dar crdito  todo lo que se dice, Paco--aadi D.
Marcelino,--pasara la vida escuchando necedades.

--Pero, hombre de Dios, quiere usted decirme  m lo que es ese
caballero? Pues no le he visto soltar un tiro  una yegua que le haba
costado diez mil reales, porque se le encabrit cerca del puente nuevo?
Y no recordamos todos cuando andaba por esas calles vestido de dril
blanco en el mes de Enero?

-- m me cont Dolores, la doncella que dejaron aqu--apunt D.
Feliciana,--que recin casado con Laura la obligaba  sentarse en una
mecedora y l se sentaba frente  ella en otra, y pasaba horas enteras
mecindose, sin quitarla ojo.

--Estara divertido, como hay Dios!... Pero eso tambin lo haca D.
Marcelino con usted.

--Ya lo creo! Nosotros los plebeyos no podemos darnos el gusto de tener
extravagancias como ustedes los aristcratas.

--Adis! Ya se enfad D. Feliciana.

--Buena tonta sera en enfadarme por una simpleza como sa! Me parece
que ya deba estar acostumbrada  sus ocurrencias.

--_Nosce te ipsum_, D. Feliciana. Usted est enfadada y no lo conoce.
Meta usted la mano en el pecho y se har cargo...

--Cllese usted, hombre!--exclam la seora riendo.-- usted hay que
meterlo en salmuera para que no se pierda.

--Est visto, D. Feliciana no puede enfadarse conmigo.

Y as era la verdad. El espritu de aquella seora guardaba en sus
adentros notables afinidades con el del jugador. Ambos se comprendan
admirablemente. Para D. Feliciana, encerrada noche y da detrs del
mostrador y ocupando todas las horas de su existencia en ir levantando
poco  poco y ochavo  ochavo la fortuna de su marido, Paco Ruiz, con
sus dichos picarescos,  los cuales daba realce la constante gravedad de
su fisonoma, representaba el teatro, el baile, las joyas, los vestidos;
todo lo que constituye el recreo y  menudo la felicidad de una mujer.
Para el jugador, D. Feliciana era un ser despreciable, como todos los
de la creacin, pero que le comprenda, alcanzando el valor de sus
frases. En muchas ocasiones, pues, y cuando se enredaba en los pliegues
de un _humorismo_ harto sutil, Paco se vea en la necesidad de hablar
slo para doa Feliciana. El resto de la tertulia adivinaba de un modo
vago la malignidad de que estaban cargadas las palabras, pero no iba
hasta el fondo de su significado.

Lleg, en esto,  la tienda un seor como de sesenta aos de edad, alto,
delgado, vestido todo de negro y con sombrero de copa. Y  propsito de
los sombreros de copa, hay que decir que en Vegalora slo haba siete
personas que lo gastasen  diario, entre las cuales se contaban el
licenciado Velasco de la Cueva, el juez, D. Ignacio Valcrcel y el
caballero de las patillas blancas, que ahora da las buenas noches  los
presentes con una reverencia protectora que indica claramente la enorme
respetabilidad de que gozaba.

--Buenas noches, D. Lino--dijo Paco.--Dnde ha dejado usted  Homobono?

D. Lino tosi dos  tres veces, se sent con mucha calma y se dign
responder al cabo de algunos instantes:

--Homobono, entregado al estudio con harto ms ahinco de lo que aconseja
la higiene y la prudencia, no vendr hasta dentro de un rato.

--Tiene usted un hijo de mucho provecho, don Lino. Bien que, siendo
republicano, no hay para qu aadir que es un joven excelente.

D. Lino tosi otras tres veces y dej trascurrir bastante espacio entre
la tos y el discurso.

--Qu se os alcanza  vosotros todava sobre los altos asuntos de la
poltica? Como sois unos muchachos (Paco tena treinta aos), caminis
desenfrenados persiguiendo un ideal de todo punto imposible. (D. Lino
vuelve  toser y prosigue su oracin firme y pausadamente, como hombre
que posee una renta de cinco mil duros en bienes races.)--Nunca
observasteis cmo el hombre que corre mucho para llegar  un punto 
menudo cae y se inutiliza y no consigue jams su propsito? Y cmo el
que  su lado camina lenta pero seguramente suele dar cima  su empresa
y logra ver colmados sus deseos?...

--Pero, D. Lino, ese argumento no tiene fuerza, porque...

--Espera, hombre, espera; djame terminar; los jvenes sois muy
precipitados. (Nueva y prolongada pausa.) Pues de la misma suerte que
entre estos dos caminantes el segundo es el juicioso y el primero el
insensato, y el uno consigue su intento, mientras el otro derrocha
estrilmente sus fuerzas y las consume, as en el gobierno de las
naciones...

Enredse una discusin poltica que se prolong bastante tiempo.
Repitironse hasta la saciedad todos los lugares comunes que  la sazn
llenaban las columnas de los peridicos.

Si  D. Lino le faltase este cachito de discusin que por su edad y
prestigio vena siempre  reducirse  un monlogo conservador, no
tendra ganas de cenar al irse  casa. Paco Ruiz le respetaba mucho ms
de lo que poda esperarse de su carcter dscolo y desvergonzado, lo
cual no sabemos si proceda de la amistad que le una  su hijo Homobono
 de otra mayor razn.

Durante la discusin de Paco y D. Lino, fueron entrando en la tienda y
sentndose en los bancos forrados de gutapercha algunas figuras
silenciosas, que resultaron ser las del juez, don Ignacio Valcrcel, el
promotor, el mdico y otros dos caballeros.

Callaron buen rato y atendieron  las razones que ambos contendientes se
arrojaban al rostro; pero observando su escasa  ninguna novedad, se
pusieron  hablar entre s. D. Ignacio fu el primero que se volvi
hacia sus compaeros entablando conversacin.

No le gustaba escuchar, segn deca, sino cuando le enseaban algo. Por
eso l, siempre que hablaba verta raudales de ciencia enseando  sus
oyentes  qu hora se haba levantado, si el chocolate le haba
producido algn ardor en el estmago, cul era su paseo favorito, si
las ltimas botas que le hicieron haban resultado buenas, en qu
postura dorma ms  su gusto, etc., etc. Estos conocimientos no salan
de la esfera de su personalidad. Si D. Ignacio fuera un poeta inspirado
 un gran filsofo  un estadista notable, tendran,  no dudarlo,
bastante importancia, sobre todo cuando se tratase de escribir su
biografa; pero, desgraciadamente, no senta ninguna aficin  las
musas, odiaba  los filsofos, y en cuanto  la poltica, quedaba
reducida su actividad  leer _El Tiempo_, por lo cual no diremos ms de
su carcter ni de la influencia que ha ejercido sobre su siglo.

Un grupo de mujeres, abrigadas con mantones grises y envuelta la cabeza
en sereneros de estambre de varios colores entr en la tienda,
animndola repentinamente con una rfaga de saludos y movimientos
desordenados. D. Feliciana y Carmen se levantaron y salieron 
recibirlas. Hubo por breve rato besos sonoros en las mejillas, risas
descompasadas y preguntas sin fin. Todas aquellas seoras queran hablar
 un tiempo, todas tenan en su cabeza un mundo de pensamientos
referentes  si haban salido  no de casa el da anterior,  si haban
trado el calzado fuerte por causa de la humedad,  si haban cenado
primero que otras noches  si estaban acatarradas  no haban tenido
humor para peinarse, etc., etc., que necesitaban echar fuera cuanto ms
antes y sin darse punto de descanso. Ya un tanto sosegadas, D.
Feliciana propuso que se pasara  la trastienda, y all se fueron las
hembras acompaadas de Paco Ruiz, el promotor y Octavio. Los caballeros
quedronse en sus puestos. Y es fama que en toda la noche el infeliz D.
Ignacio no pudo aprender nada, gracias  la prodigiosa facundia de D.
Lino.

Una vez en la trastienda, que era una sala cuadrada bastante sucia,
vestida de estantera de madera llena de piezas de pao y sembrada,
sobre todo hacia los rincones, de multitud de objetos polvorientos y
enmohecidos, las seoras se despojaron de sus abrigos. En el centro
haba una gran mesa cubierta con tapete azul, y colgando sobre ella una
lmpara idntica  la de la tienda. Sentronse todos con gran algazara
moviendo las sillas mucho ms de lo necesario. Octavio se sent al lado
de Carmen, sin que nadie se acordase de disputarle el sitio, antes por
el contrario, se observ por varias de las seoras que D. Feliciana,
distradamente sin duda, solt velozmente la silla que tena cogida al
lado de la de su hija cuando nuestro joven se acerc  ella.

--Venga esa bolsa, Carmelita--dijo Paco, que andaba dando vueltas
alrededor de la mesa, metiendo la cabeza entre las seoras, hablando y
riendo con todas;--dnde la ha puesto usted?

--Ah, en el segundo estante,  la izquierda... cjala usted.

--Seoras, yo llevo la voz cantante esta noche. Les participo que he
tomado antes de venir dos huevos crudos. Ninguna de ustedes est en
situacin de hacerme la competencia. Dar el do de pecho y har algunas
_fermatas_ de ltima novedad.

Sac de la enorme bolsa de percal un enjambre de cartones de lotera y
los dej sobre la mesa. Las seoras se apresuraron  tomarlos y ponerlos
delante de s, unindolos simtricamente. Despus sac un plato de metal
que qued fijo en el centro.

--Vamos, seoras, dinero al plato--dijo doa Feliciana.

Los tertulios fueron sacando de sus faltriqueras un crecido nmero de
monedas de cobre y otro mucho ms escaso de plata.

--Yo no tomo hoy ms que un cartn--dijo una seora que tena cara de
lagartija.--El domingo perd seis reales... Ah va un perro chico.

--Doa Demetria--apunt Paco,--es usted muy desgraciada en el juego.
Debe usted ser dichosa en amores.

--S lo he sido, porque nunca tuve un novio tan insignificante como
usted.

--Por ms que usted piense otra cosa, doa Demetria, sigo creyendo que
usted y yo haramos una pareja muy linda... Ya sabe usted que en cuanto
esos labios de coral pronuncien el ansiado s, encargo el _trousseau_ 
Madrid... Le gustan las camisas abiertas, D. Demetria?

--Vaya, vaya, callen los novios y empiece ya  cantar--manifest D.
Feliciana.

--Vamos all.

Paco empez  remover con mucha prisa y donaire la bolsa. Las bolas de
madera de boj que haba dentro produjeron un ruido desagradable.

Octavio acerc la boca al odo de Carmen y le dijo suavemente en voz muy
baja:

--Te has acordado de m hoy?

La nia sonri y sigui mirando para los cartones que tena delante.

Hola, hola! Pero el seorito Octavio es novio de la nia de D.
Marcelino? Quin lo hubiera pensado hace pocas horas al verle tan
rendido y melifluo al lado de la condesa de Trevia! Y no es un novio
cualquiera, segn todas las seales, sino un novio consentido y aceptado
por los padres; un novio oficial. Qu bien se conoce que D. Baltasar
Rodrguez gan mucho dinero  la abogaca y an ms con algunos negocios
de minas en que estaba metido! D. Marcelino posea un buen capital, pero
tena varios hijos, mientras D. Baltasar acumulaba riquezas para uno
solo. He aqu el secreto de que nuestro seorito se hallase sentado tan
 sus anchas al lado de la hermosa Carmen.

--Esta noche he soado--continu Octavio en voz apenas perceptible--que
te habas muerto. Estabas tendida sobre un lecho de hojas de laurel y
sndalo y tenas ceida la frente por una corona de azahar. Tu madre me
llev de la mano adonde yacas y me dijo: Mira qu hermosa est; si
parece que est dormida! Yo me inclin sobre ti y te contempl algn
tiempo y se me saltaron las lgrimas. Mis lgrimas cayeron sobre tu
rostro y levantaste la cabeza con un movimiento rpido, Est viva,
est viva! grit tu madre...

--Sabes que sueas unas cosas divertidas! Habras cenado fuerte.

--Entonces yo me inclin an ms, mucho ms, met las manos suavemente
por debajo de tu cabeza y la aproxim mucho, muchsimo  la ma. Despus
hice una cosa que quisiera estar haciendo  todas horas...

--Qu tonto eres!--dijo la nia ruborizndose.

--El once; el cuarenta y tres; el setenta pelado, y revuelvo--grit
Paco.

Mientras agitaba las bolas, todas las miradas se posaron en los dos
amantes, que instantneamente dejaron de conversar. Paco volvi  sacar
y  gritar los nmeros.

--Me quieres mucho?

--No te lo he dicho bastantes veces? Ya debas estar cansado de
saberlo.

--Dme, cuando te despiertas por la noche, en qu piensas?

--Yo nunca despierto por la noche, querido. En cuanto apago la luz quedo
como un leo, y si alguna vez, por casualidad, despierto, al da
siguiente no me acuerdo de lo que estuve pensando. Ya sabes que no soy
tan potica como t... Apunta ese diez y siete que acaba de salir...
Creo que para querer bien no es necesario tener esas ideas romnticas.

--Pues yo creo que s.

--Pues yo creo que no.

--Vaya, no riamos y mrame un poco. T no sabes las cosas que yo veo al
travs de tus pupilas azules. Lo ms hermoso que existe en la creacin
es azul: el cielo, el mar y tus ojos. No has observado qu aficin
tengo al color azul desde que te quiero? Mira mi traje; mira mi
corbata...

--El veintiocho; el tres; el cinco; el ochenta pelado, y revuelvo--grit
Paco.

--Ya tengo terno--dijo D. Feliciana.--Oiga, Paco; no ha contado usted 
estas seoras la escena de la llegada de los condes. Si vieran ustedes
qu bien imita  Laura! Es morirse de risa. Vamos, Paco, describa usted
la escena.

--S, s, que la describa--dijeron todos.

--Ahora estamos jugando; ms tarde--repuso Paco.

--No, no, ahora--clamaron todos.

El jugador se hizo todava un poco de rogar; pero al fin, cediendo  las
instancias reiteradas del concurso, dej la bolsa sobre la mesa y dijo 
D. Feliciana:

--Pues bien, ofrzcame usted las rosquillas. D. Feliciana se levant
con la sonrisa en los labios, tom el plato de los cuartos y se fu
hacia l en ademn humilde y presentndoselo. Entonces el jugador, con
modales grotescos y atiplando la voz, comenz  remedar  la condesa de
Trevia (que en aquella tertulia se llamaba siempre Laura  secas),
contrahaciendo sus nobles y sencillas palabras y poniendo en caricatura
sus graciosos ademanes. Los tertulios todos, exceptuando  Octavio,
rean con estrpito. Paco Ruiz tomaba con la punta de los dedos, y como
temiendo mancharse, una moneda del plato y figuraba morderla con mucha
delicadeza, diciendo:

--Estn muy buenas, D. Feliciana; las ha hecho usted? No poda usted
ofrecerme regalo mejor, seora.

Y las frases incisivas y groseras volaban de boca en boca, mientras el
jugador, como un notable comediante, segua parodiando la escena breve
en la cual aquella D. Feliciana que ahora rea con tanto gozo, haba
salido  la calle toda sofocada con una bandeja de confites, prodigando
 la condesa las ms extremadas y serviles lisonjas. Una seora
exclamaba: Ya lo creo que estaran buenas! Que se acuerde de las que
coma en casa de su padre! Otra deca: Vaya por Dios, seor; yo con
estas cosas me mareo! Ms all murmuraba una vieja: Qu mundo ste y
cuntas vueltas da! Y todas ellas hacan coro con sus risas maliciosas
y sus dichos punzantes  la mmica del jugador, el cual, as que
concluy de representar la escena, volvi  coger la bolsa y dijo como
hablando consigo mismo en tono entre compasivo y desdeoso:  esta
pobre Laura le sienta el condado como  un Cristo un par de pistolas.
Las seoras le miraron con respeto y rieron discretamente este chiste
que cerraba la serie de los pronunciados con tal motivo. Octavio dijo 
Carmen en voz baja pero irritada:

--Parece mentira que te ras de estas payasadas!

La nia le mir con ojos muy abiertos y asombrados, como si no acertara
 comprender la posibilidad de que fuese malo y feo lo que solazaba 
tanta gente respetable. Desde que tuviera uso de razn no haba
escuchado en su tienda otras conversaciones.

--El treinta y dos; el siete; el setenta y uno; la nia bonita...

--Es decir, Carmen--sopl Octavio al odo de su novia, la cual le pag
con una mirada risuea que sin duda significaba: Acabaras de decir
algo de provecho!

--Los anteojos de Mahoma; el uno; arriba y abajo...

--Alto! alto! alto!--exclam atropellndose una seora que tena una
verruga en la nariz y gastaba sortijas de pelo en las sienes.

--Ya principia D. Faustina--exclam D. Feliciana con mal
humor.--Bendito sea Dios, seora, qu suerte tiene usted!

Mientras se confrontaban los nmeros del cartn con los de las bolas que
se hallaban esparcidas encima de la mesa, tarea que dur buen rato,
porque Paco se complaca en atormentar  la afortunada seora, los
amantes no cruzaron la palabra. Cuando el jugador volvi  agitar la
bolsa comenz otra vez su arrullo suave.

--Te voy  pedir una cosa.

--Qu es?

--Me la conceders?

--Dme antes lo que es.

--No, no; quiero que me digas primero si has de concedrmela.

--Mientras no sepa de qu se trata, no te lo puedo decir. Ya comprendes
que si es una cosa que no deba concederte...

--Pues bien, te lo dir; dame un zapatito tuyo.

--Ave Mara Pursima! Y para qu quieres t eso?

--Para tenerlo guardado siempre como una reliquia en un cofrecito de
cristal y ponerlo al lado de mi cama; para sacarlo cuando me vaya 
acostar y acordarme de ti y darle un milln de besos...

--Calla, calla!--exclam la nia sonriendo ruborizada.

--El diez y seis; el treinta y nueve; el setenta pelado, y revuelvo.

--Jess, qu setenta--interrumpi D. Demetria;--ni una sola vez deja
de salir!

--Me lo conceders, hermosa?

--No.

--Por qu?

--Porque es una suciedad... Apunta ese cuarenta y nueve.

--Todo es lmpido y bello tratndose de ti.

--Te figuras que soy cuerpo santo? Espera, espera un poco--dijo mirando
para los cartones de Octavio;--has dejado pasar el trece sin dar el
alto.

--Qu es eso? qu es eso?--pregunt doa Feliciana introducindose en
la conversacin.

--Que Octavio ha dejado pasar el trece que le faltaba sin dar el alto.

--Pues ahora ya no tiene derecho--exclam precipitadamente y lanzando
miradas ansiosas al plato D. Faustina.

--Y por qu no la ha de tener, si estaba distrado?--repuso D.
Feliciana.

--Pues por lo mismo; el juego es juego y se ha de atender  l con
formalidad.

--No se apure usted tanto, seora, que no es pualada de pcaro. Si
tuviera los cinco sentidos puestos en el cartn, como usted, no le
sucedera eso.

--No se necesita tener puestos los cinco sentidos para apuntar los
nmeros que salen, y es triste gracia que, porque una persona se
distraiga, los dems suframos las consecuencias.

--Ms triste es la gracia de ganar una lotera y que otro se la lleve.

--Mire usted--dijo Paco al odo de la seora que tena  su lado--con
qu energa defiende D. Feliciana los perros chicos de su yerno.

D. Feliciana comprendi por el movimiento de los labios del jugador y
por la sonrisa de su compaera que haba servido de tema  una burla, y
no dijo otra palabra. El juego continu y volvi  escucharse el cntico
de los nmeros en medio de religioso silencio. Al cabo de unos instantes
D. Faustina di el alto.

Considere el lector lo que entonces pas por el corazn de D.
Feliciana. Si no fuese porque Paco la miraba fijamente y sonriendo, es
seguro que aquella noche D. Faustina hubiera odo las verdades del
barquero. Otras cinco veces entraron de golpe las bolas de boj en la
bolsa, y otras tantas salieron una  una y con pausa. Con la vista fija
en los cartones y un grano de maz entre los dedos, los tertulianos
permanecan silenciosos y atentos, excepto nuestro seorito que  menudo
se inclinaba hacia la oreja nacarada de Carmen para decirle algunas
palabras. Aunque parezca mentira, aquel senado gozaba placeres infinitos
mientras alguno de sus miembros no gritaba alto! alto! El nico que
se aburra soberanamente era Paco, quien procuraba ostentar su
aburrimiento y presentarlo  la tertulia como un nuevo derecho  su
gratitud y admiracin. Su grito bronco y desafinado llegaba
perfectamente hasta la tienda y haca sonreir  los padres graves en los
momentos de silencio. La charla de stos slo llegaba  la trastienda
cuando degeneraba en disputa.  las diez se levant una seora diciendo
que era muy tarde. Las dems lograron convencerla de que deba esperar
la ltima lotera. Cuando concluy, todos empujaron los cartones hacia
adelante. Paco comenz  tirar granos de maz  las seoras, que se
alborotaron como gallinas en el corral, y muertas de risa dispararon
iguales proyectiles contra el agresor, quien, haciendo muecas y
contorsiones cmicas, fu  refugiarse en un rincn de la estancia.
Mientras tanto Octavio separaba un lpiz de oro que penda como dije de
la cadena de su reloj, y volviendo un cartn del revs escribi estas
palabras: Adis, dueo mo; voy  pensar en ti. Despus present el
cartn  su novia. La nia se ri, y pidindole el lpiz comenz 
borrar lenta y cuidadosamente lo escrito.

--Vaya, vaya, que es muy tarde--dijo con impaciencia la seora que
primero se haba levantado.

Empezaron  ponerse los abrigos. Paco tom el serenero de una seora, se
envolvi la cabeza con l y sali de esta traza  la tienda, donde fu
recibido con risas protectoras y benvolas. Las seoras  su vez
chillaban y soltaban carcajadas agudas que provocaban  reir. Hubo, lo
mismo que  la entrada, apretones de manos, besos sonoros y mucho ruido.
Todas las damas hablaban  un tiempo. Octavio aprovech la confusin
para mandar un beso  su novia con la punta de los dedos. Por fin el
bullicioso grupo sali  la tienda, y de all, despus de haber tomado
en su compaa la parte masculina de la tertulia,  la calle. En la
puerta encontraron  Homobono Pereda, que era un muchacho de veintids
aos con las piernas torcidas y cara de nio llorn. En Vegalora le
llamaban el _Feto_. Acababa de concluir la carrera de Filosofa y Letras
en Madrid y tena ya escrito y publicado un volumen sobre los _Orgenes
de la vida_; otro, que comprenda slo la parte general, sobre el _Libre
albedro_, y un folleto de sesenta pginas titulado _Adnde vamos?_ en
el cual se esclarecan de todo en todo las ms famosas teoras y
sistemas que han nacido para defender la inmortalidad del alma. D. Lino
deploraba en pblico las ideas extraviadas y los sueos de su hijo,
pero en realidad no dejaba de considerarlo como un milagro y como  tal
lo sacaba  pasear casi todas las tardes por la villa, ofrecindolo  la
admiracin de sus convecinos con la misma uncin que el sacerdote al
presentar el Santsimo Sacramento  la vista del pueblo.

-- buena hora llega usted!--dijeron  un tiempo dos seoras, as que
vieron  Homobono.--De seguro estara usted estudiando... Los libros le
sacan  usted loco.

--No lo crean ustedes--repuso el Feto ruborizndose.--No hice ms que
entretenerme un rato... Pensaba venir  jugar, pero se me pas la hora
sin saber cmo... Aunque ya era tarde, como estaba fatigado, sal 
tomar un poco el fresco... Tengo la cabeza como un horno...

--Eso no puede ser bueno, Homobono--dijo una seora.

--Se est usted matando--aadi otra.

--Todos los extremos son malos--apunt una tercera.

--S, s, estudia, querido,--exclam Paco Ruiz,--que ya vers cmo te
paga este pas!

D. Lino sonrea bienaventuradamente diciendo al promotor que bueno era
estudiar; que brutos demasiados haba en Vegalora. El grupo sigui
marchando por las calles oscuras y mal empedradas, riendo cuando alguno
tropezaba y charlando animadamente. Poco  poco se fu reduciendo el
pelotn por ir detenindose cada cual  la puerta de su casa. Octavio no
se fu  la suya hasta despus de acompaarlos  todos. Ya sabemos el
trabajo que le costaba despedirse de un concurso. Cuando lleg  ella,
su madre le esperaba y la cena tambin. D. Baltasar se haba ido  la
cama. Durante la cena, madre  hijo hablaron como dos amigos en tono
discreto y confidencial. No diremos lo que hablaron, porque se va
haciendo muy largo este captulo. Slo apuntaremos que Octavio llev
casi todo el tiempo la palabra y que su madre le escuchaba atentamente y
con satisfaccin. Los ojos de D. Rosario expresaban un orgullo inocente
al posarse sobre el rostro de su hijo, mas lnguido y ojeroso que de
costumbre.

Finalmente, entrse nuestro mancebo en el cuarto donde por la maana le
encontramos, y mientras se desnudaba perezosamente y arreglaba con
voluptuosidad las cortinas del lecho, no dej de pensar un instante...
En quin, en quin pensaba el hijo nico de D. Baltasar Rodrguez? Las
palabras fugaces que se le escapaban una que otra vez de los labios eran
incoherentes. Slo cuando alz la ropa del lecho y meti una pierna
dentro se le oy claramente decir: Que elegancia, qu distincin! Y
ms tarde, cuando apag de un soplo la luz de la buja y se zambull en
las sbanas, tambin se le oy murmurar: Muy linda: tiene un tipo
ideal, pero es tan cursi la pobre!




VI

Un da ms.


La doncella que  la maana siguiente entr en el dormitorio de la
condesa de Trevia hizo el menor ruido posible al entreabrir los
balcones. Dirigi una mirada triste y compasiva al lecho de su seora y
sali sobre la punta de los pies como haba entrado. La condesa se
incorpor y estuvo buen rato paseando la vista por los objetos que en
torno suyo yacan con insistente y extraa curiosidad, como si la
hubiesen trasportado durante el sueo  un paraje que jams hubiera
visto. Tena las mejillas encendidas: sus ojos brillaban de un modo
sombro debajo de la primorosa cofia que mantena prisioneros los
cabellos. Bien se echaba de ver que no haba despertado en aquel
momento. El sueo dulce de la juventud no arrebata de tal suerte las
mejillas; no infunde en los ojos semejante brillo ni deja, sobre todo,
tal expresin aciaga sobre el rostro.

Por delante de aquellos ojos inmviles y resplandecientes como el acero
bruido haba desfilado durante la noche una procesin de fantasmas. La
mirada de Laura guardaba an restos del terror y el extravo que las
visiones infunden en el alma.

Qu haba pasado aquella noche? Sera lo que otras veces. Porque la
joven condesa, en los aos que llevaba de matrimonio, haba visto
desfilar muy  menudo sobre su lecho la misma procesin de fantasmas
plidos. Un criado indiscreto dijo al cabo de algn tiempo  un vecino
de Vegalora que aquella noche haba visto por la rendija de una puerta 
la condesa de rodillas ante miss Florencia. El conde, con el rostro ms
plido que nunca, los brazos cruzados y un poco tembloroso, estaba en
pie mirndola fijamente. Antes haba percibido en el gabinete de sus
amos ruido de pasos precipitados, voces y gemidos.

La condesa concluy por fijar su mirada extraviada en el brazo que tena
fuera de la cama: hizo un gesto de dolor, sac el otro que tena entre
sbanas, y suave y lentamente empez  recoger hacia arriba la manga del
primero. La tenue camisa de batista fu poco  poco arrollndose en
torno de aquel brazo como un turbante. Los hechizos de aquel brazo,
prodigio de elegancia y blancura, iban quedando al descubierto sin
recibir el homenaje de admiracin que un escultor le hubiera seguramente
otorgado. Ces de dar vueltas. En una de ellas apareci sobre el fondo
blanco y lustroso una gran mancha morada con bordes amarillentos. Laura,
al ver aquella mancha, no pudo reprimir un leve gesto de espanto.
Despus sigui con la vista clavada en ella largusimo rato con la misma
expresin de extravo  indiferencia. Poco  poco se fueron contrayendo
sus labios y dejaron paso  una sonrisa dura y cruel como nunca se haba
visto en su cndida boca. Y detrs de esta sonrisa quiso percibirse,
all en el fondo de la garganta, una risa apagada, nerviosa,
amenazadora, como jams tampoco haba salido de su pecho. Todas las
almas, hasta las ms puras, se sienten acariciadas en algn instante de
la vida por el crimen. La condesa senta ahora sobre la frente su beso
ardoroso, maldito. Separ los ojos de la mancha morada y los movi
siniestramente en todas direcciones. Pareca buscar la vctima. Dej
vagar sus manos crispadas sobre la cama, apretando con fuerza la ropa.
Quiz buscaba el arma.

Pero ni la vctima ni el arma se mostraron. En vez de ellas, tropezaron
sus ojos al pasar por la ventana con los almenados riscos de la Pea
Mayor, que flotaba  lo lejos en el ter azul. Pocas veces apareci tan
pura y limpia de vapores como en aquel momento. La maana era
esplndida. El sol haba madrugado mucho, seal cierta de que  la
tarde se nublara. Los contornos de la Pea Mayor y de sus compaeras
parecan dibujados sobre el gran lienzo del firmamento por un pincel
monstruoso. Laura mir otra vez  la mancha del brazo y otra vez levant
la vista hacia las altas montaas del horizonte. El odio y la ira que
haban enturbiado sus claras pupilas se fueron disolviendo y tornaron 
aparecer en ellas las purezas y hermosuras del fondo. No tardaron en
nublarse de lgrimas y aun en dar paso  un torrente de ellas que le
abrasaron las mejillas, refrescndole el alma.

Vistise con pausa, sin pedir auxilio  la doncella, y arrastrando un
poco los pies, que iban calzados con unos pantuflos de raso amarillo, se
acerc  la ventana. Las maanas son frescas en este pas hasta en el
mes de Junio, y los cristales se haban empaado. Se puso  escribir
distradamente sobre ellos con su dedo rosado. Primero escribi su
nombre varias veces. Despus traz el de su nia Emilia; despus el de
su hijo mayor Pepito. Las letras despedan hermosos reflejos azules.
El dedo de la condesa, al trazarlas, produca dbil chirrido. Quedse un
instante pensativa. De pronto escribi rpidamente con caracteres casi
ininteligibles sobre el cristal el nombre de Carlos. Era el de su
marido. Y al instante, rpidamente tambin y con cierta ansiedad feroz,
puso la palma de la mano sobre l y lo hizo desaparecer. Qued limpio el
cristal. La Pea Mayor, baada ya por la luz del sol, dejse ver
risuea y serena como nunca.

Hizo llamar  sus hijos, y pas ms de una hora jugando con ellos como
una nia. El que la hubiese visto retozar locamente y correr de un lado
 otro, ora ocultndose de Pepito, ora persiguiendo  Enriqueta, ora
llevando entre sus brazos  Emilia para sustraerla  las caricias de sus
hermanos, no imaginara seguramente que pocos momentos antes derramaba
copioso y amargo llanto. Una de las propiedades que caracterizaban  la
joven condesa era el pasar fcilmente del pesar  la alegra. Su
naturaleza sana y equilibrada rechazaba el dolor, como los organismos
rechazan siempre los cuerpos extraos. Aquella sangre, henchida de
juventud, que discurra por sus venas azuladas, tiendo de carmn las
mejillas y latiendo poderosa en las sienes, tena fuerza bastante para
ahogar los negros fantasmas de la imaginacin. Era el suyo un
temperamento feliz que slo muy tristes y odiosas circunstancias podan
volver desgraciado.

Despus que los nios fueron  estudiar sus lecciones se puso  escribir
una carta. Antes de terminarla recibi la visita de su hermana Matilde,
que habitaba como seora la casa de Estrada. Sus padres haban fallecido
y tambin una de sus hermanas. Otra, llamada ngela, se haba casado con
un ingeniero belga y se haba ido  establecer  Andaluca. Matilde era
la nica que viva en el pas, casada con un muchacho ms alto y fornido
que rico, gran bebedor y jugador de bolos, que posea los instintos
groseros y viciosos de un labriego y los humos nobiliarios de un
mayorazgo. Tenan ya siete hijos, y aunque Laura y ngela les cedieran
su parte de herencia, cribanlos ms pobremente an que D. lvaro haba
criado  los suyos. Raro era el ao que no vendan alguna finca 
tomaban  prstamo dinero para cubrir el dficit de sus ingresos.

Charlaron mucho, muchsimo. Laura no se cansaba de acariciar  su
hermana y de contemplarla con ojos ansiosos y hmedos. Recorrieron toda
la casa. Matilde quiso ver las ropas y objetos de Laura, y sta, por
complacerla, se tom la molestia de mostrrselos, sin notar las miradas
penetrantes y codiciosas que aqulla posaba sobre ellos, ni la sonrisa
de despecho que vagaba por sus labios. Las telas deslumbrantes que
derramaban un perfume delicado, los encajes costossimos y los mil
primores de todas suertes que iban saliendo de los bales, despertaban
en Matilde la sensualidad y concupiscencia de su naturaleza aldeana.
Cmo se hubiera redo de quien le dijese que su hermana, la opulenta
condesa de Trevia, era ms desgraciada que ella!

Almorzaron en el palacio, y gracias  esta circunstancia hubo
conversacin en la mesa. Poco despus de tomar el caf, Matilde rog que
sacasen los caballos de la cuadra, pues haba dejado  los pequeos con
la criada y estaba inquieta. Y montando con ms arrojo que donaire y
acompaada de su robusto marido, partise al trote corto, y es fama que
durante el camino no dirigi la palabra  su consorte.

Volvi Laura  la soledad de su cuarto. El da segua despejado y
caluroso. Era la hora de la siesta. Los ruidos del campo se haban
apagado por completo. En la casa no se escuchaba ms que la conversacin
de los criados que departan  altercaban en la cocina y el choque de la
vajilla al ser limpiada. Despus de permanecer un rato apoyada en la
ventana, resolvise  salir, no sin haberse procurado una sombrilla y
tomar su lbum de dibujos y algunos lpices. Cuando salv la huerta con
ligero paso, el calor haba alcanzado su grado mximo. El sol reluca
iracundo en las alturas con grandes ansias de reducir  cenizas todos
los verdores del valle. El viento perezoso no les daba ayuda con leve y
fresco soplo siquiera. Los rboles, las hierbas, las plantas y las
flores sufran  pie firme aquel chubasco de rayos con dignidad y
resignacin. Puesto que no hay otro remedio, parecan decir, dejmonos
tostar por ese brbaro, esperando mejores tiempos. Algunas hojas ms
pequeas que las otras no podan resistir aquel infierno y se doblaban y
retorcan como pacientes en el tormento.

La condesa avanzaba por la huerta. La sombra desmesurada de su quitasol
corra como densa nube por encima de los cuadros de hortaliza. Algn
pjaro que vena jadeante  refugiarse entre los rboles proyectaba
tambin su monstruosa silueta al pasar. Abri la puerta de la pomarada,
y entrando en ella la recorri  lo ancho hasta dar con su mano en el
pestillo de otra puerta de madera. Detrs de sta haba un vasto campo
poblado de castaos que estaba en declive y era tambin pertenencia de
la casa. Empez  subir por l lentamente, apoyndose en el quitasol que
ya haba cerrado. Parbase de vez en cuando  tomar aliento con pretexto
de contemplar el valle que se iba desplegando  sus espaldas con
infinitos tonos verdes que la luz del sol matizaba. Cuando se sinti
incapaz de seguir, busc con la vista el castao ms grande y frondoso y
fuse  sentar debajo de l. Dej pasear su mirada serena por el hermoso
panorama que tena delante. El Lora, como una cinta de plata bruida,
desarrollbase  sus anchas por la parte llana. Las montaas mostraban 
lo lejos sus faldas de terciopelo verde.

Por ltimo abri el lbum, y tomando el lpiz se puso  dibujar el
tronco aoso y retorcido de un rbol cercano. Embebecida en su trabajo
no escuchaba el crujir de la hierba que no muy lejos de all estaban
segando. Al cabo de poco tiempo una voz fresca de bartono enton con
pausa las primeras notas graves de uno de los cantos del pas. Laura
dej reposar el lpiz: le pareca conocer aquella voz y aquel canto.
Sinti vibrar en su corazn los ecos perdidos de aquella balada triste y
montona como todas las que resuenan en los valles del Norte. En otro
tiempo lejano, muy lejano, esas mismas notas, suaves como el arrullo de
la trtola y prolongadas como el rumor del ro, haban pasado muchas
veces por la garganta de una nia cndida y alegre  quien todos besaban
y llamaban de t, trasformada despus en ilustre dama.

Cuando el canto hubo cesado, se levant y empez  caminar hacia el
sitio de donde saliera. No tard mucho tiempo en ver desde el bosque
donde se hallaba un prado extenso que le segua. En medio de l una
cuadrilla de segadores inclinados hacia la tierra movan sus brazos 
comps. Cerca de ellos, en pie, estaba un joven vestido de dril azul y
sombrero de paja. Era nuestro conocido Pedro, que vigilaba los trabajos
de la gente y los diriga. Podra tener unos veinticinco aos de edad.
Era de mediana estatura, robusto y bien formado, de rostro moreno y
expresivo, con grandes ojos negros y cabello crespo y enredado. No haba
nacido en la Segada, sino muy cerca de la casa de D. lvaro Estrada.
Tocle ir de soldado  los veinte aos y consigui llegar  sargento muy
pronto por su buena conducta y rpida comprensin. Cuando volvi  su
pas, haca poco ms de un ao, haba perdido el hbito de trabajar en
las faenas del campo, aunque ganara mucho en el manejo de la pluma y
buenos modales. Por influencia de Matilde y su marido entr como
administrador subalterno de la casa de Trevia, habitando en el palacio
de la Segada y dependiendo del administrador general, que resida en la
capital de la provincia.

La condesa se fu acercando al sitio donde estaba la cuadrilla. Al verla
todos suspendieron el trabajo: apoyados en la guadaa quedronse
contemplndola mientras Pedro corri hacia ella con el sombrero en la
mano.

--No tiene usted miedo al calor, seora condesa?

--No; viniendo preservada del sol no es tan grande. Ponte el sombrero.
Al parecer, pronto segaris el prado.

--Pensbamos darlo por concludo esta tarde.

--Mucho es, sin embargo.

Llegaron cerca de los segadores, que la saludaron llevando las manos 
los sombreros, boinas y monteras, que de todo haba. La condesa pas la
vista por aquellos rostros atezados y cubiertos de sudor que sonrean
rsticamente sin quitarla ojo.

--Mal da tenis, amigos mos--dijo movida  compasin por la fatiga que
revelaban.

--La luna nos incomoda un poco, seora--respondi un viejo
sonriendo,--pero ya estamos acostumbrados.

Los compaeros rieron, y la condesa tambin, por complacencia.

--Mira, ven  mostrarme el establo: as nos libraremos un poco del
calor.

--Como guste la seora.

El establo se hallaba en la parte superior del prado. Era un edificio
construdo con poco esmero, compuesto nicamente de una gran pieza al
nivel de la tierra para el ganado, y otra encima de ella para guardar la
hierba. Pedro corri el cerrojo de una gran puerta pintada con almagre y
la abri de par en par. El vaho que despedan los animales les calent
el rostro. Las diez  doce vacas que haba dentro acostadas sobre hojas
de castao y rumiando con sosiego volvieron lentamente la cabeza para
mirar  la puerta. Una de ellas, ms medrosa que las otras, se puso en
pie. La condesa aspir aquel ambiente denso y hmedo con ms placer que
los perfumes de su tocador.

--Cmo se llama esa vaca que se ha levantado?

--Cereza.

--Qu hermosa es!

Entr en el establo y di algunos pasos hacia ella.

--Cuidado, seora, que es un animal muy torpe!

Pero la condesa no hizo caso. Lleg hasta la vaca, la cual sacudi la
cabeza y lanz un resoplido con seales de susto.

--Cuidado, seora, cuidado!--volvi  exclamar Pedro.

La condesa, sin vacilar, puso su diminuta mano sobre el testuz del
animal; despus lo cogi por un cuerno, y, por ltimo, empez 
acariciarle el hocico. La vaca al principio sacuda la cabeza, haca
sonar la cadena que la sujetaba; mas pronto se di  partido,
contentndose con soplar fuerte y abrir mucho los ojos. Al fin, vencida
de gusto por las caricias, extendi la cerviz y lami con su spera
lengua la mano de la seora.

--Ya ves que no hay por qu tenerla miedo--dijo riendo y secando la mano
con el pauelo.

Pedro la contemplaba con sorpresa.

--stas son las cras, verdad?--dijo apuntando para unas cuantas
becerras sujetas  otro pesebre ms chico.

--S, seora; ahora no hay ms que tres, pero muy pronto tendremos otras
dos.

--Cunto tiempo tiene esta pequeita?

--No tiene ms que un mes. Naci el 27 de Mayo.

--Qu cosa tan linda! es una monada!

La becerra se puso  dar brincos y  tirar de la cadena cuando se
acercaron  ella. Una de las vacas volvi rpidamente la cabeza y lanz
un dbil mugido.

--Mira, mira la madre cmo nos rie! La pobrecilla cree que vamos 
hacer dao  su hija. No tengas cuidado--exclam dirigindose  ella,
que no la tocaremos.

La vaca, como si quedase satisfecha con aquellas palabras, dej de mirar
 la cra y sigui ruminado tranquilamente.

--Qu animalitos de Dios! Son como nosotros.

--Y  veces mejores que nosotros--respondi Pedro.

--Y  veces mejores que nosotros--repiti la condesa, por cuyos ojos
pas una nube que apag un instante su brillo.

Salieron del establo cuando venan haca l algunas mujeres con cargas
de hierba en la cabeza.

--Vais  meter la hierba en el pajar?--les pregunt.

--S, seora; la que traemos ya est seca.

--Queris que os ayude?

Todas se echaron  reir. Una de ellas, ms atrevida que las otras,
respondi:

--S, seora; sbase al pajar y recoja la hierba que nosotras le
daremos.

Pedro alz una escalera de mano que estaba en el suelo y la arrim  la
abertura del pajar, subiendo inmediatamente por ella.

--Se atreve usted  subir, seorita?--dijo desde arriba.

--Mira si me atrevo--contest su ama al tiempo que ascenda por la
escala con soltura y decisin.

Pedro la tom por la mano al tiempo de poner el pie en el pajar. Estaba
ste mediado de hierba. Laura se dej caer sobre ella pesadamente,
aspirando con voluptuosidad el aroma fresco del heno, del tomillo, saco
silvestre y otras hierbas aromticas que se cran en los prados de la
montaa; despus se levant y se puso  dar vueltas de un lado  otro,
hundindose hasta la rodilla. Esto le placa sobremanera,  juzgar por
la sonrisa feliz que contraa sus labios. El pajar estaba solamente
cubierto por las tejas. Como stas no ajustaban hermticamente, por los
claros que dejaban penetraba la luz, que por breves intervalos hera el
rostro de la condesa.

--Yo me colocar  la ventana y recibir la hierba que me den las
mujeres. Usted, seorita, quiere ser la encargada de esparcirla?

--S, s; estoy dispuesta  trabajar mucho; empieza cuando quieras.

--Pues  ello; eh! t, Rosaura, sube esa carga.

Una mujer subi hasta la mitad de la escalera de mano; desde all
entreg su carga  Pedro, que despus de desatarla comenz  tomar
grandes brazados de hierba y  arrojarlos con fuerza hacia el sitio
donde se hallaba la condesa, que  su vez la tomaba tambin y la iba
esparciendo convenientemente. Al poco tiempo de ejecutar esta tarea,
algunas gotas de sudor empezaron  correr por su frente.

--Si vierais cmo trabaja la seora condesa!--dijo el mayordomo  las
mujeres de abajo.

--As, as; hoy ganar su jornal--respondi una.

La condesa rea. Tena ya las mejillas encendidas como la grana. Toda su
sangre de aldeana pareca fluir  ellas velozmente cansada de agitar el
corazn.

--No est usted fatigada, seorita?

--No, no; adelante.

--Pronto concluiremos; faltan solamente tres cargas.

Aunque no quera confesarlo, se hallaba horriblemente fatigada. Sus
hermosos brazos, que se trasparentaban dentro de la bata sutil que los
cubra, se iban moviendo cada vez con menos soltura: tena la boca
entreabierta y respiraba aceleradamente. Al encendido encarnado de las
mejillas haba sucedido cierta palidez, sobre todo en los labios y en el
hueco de los ojos. Cuando Pedro dijo ya hemos concludo, se dej caer
como una piedra, exclamando:

--Qu atrocidad! Cmo me he cansado!

--La habr hecho  usted dao, seorita?--pregunt el mayordomo con
solicitud.

--No, no; esto pasar en seguida.

Poco  poco, en efecto, fu desapareciendo la palidez del rostro, que
volvi  teirse de vivo carmn. Los labios se fueron plegando para
ocultar las dos filas de primorosos dientes que haban mostrado hasta
entonces. Con el pauelo se enjugaba el sudor del rostro y cuello. Tena
la cabeza cubierta de hierbas y hojas menudas que se haban enredado en
el cabello. De vez en cuando levantaba con la mano los rizos que le
caan por la frente.

Despus de una pausa bastante prolongada, fij sus ojos con insistencia
en Pedro, que se haba sentado  su lado, y aun estuvo de este modo
algn tiempo sin hablarle. Al cabo le pregunt:

--Eras t el que cantaba hace poco?

--Dnde, en el prado?... S, seora.

--Cuntas veces habr cantado yo ese romance!... En mi casa lo llamaban
el romance de Laura. T eras muy nio, pero tu madre se acordar
seguramente de habrmelo odo.

--Tambin yo me acuerdo.

--De veras? Debas de ser una criatura. Cuando me cas todava ibas 
la escuela. Me acuerdo de verte pasar por delante de casa con el
cartapacio de cuero colgado al cuello. No tenais la escuela en el
atrio de la iglesia?... S, s; lo recuerdo perfectamente. El maestro
era un aldeano bastante brbaro. Mi madre rea con l algunas veces por
lo mucho que os maltrataba. T eras muy guapo de chico, pero tambin muy
travieso. Un da pas un muchacho por delante de nuestra puerta con la
cara ensangrentada y nos dijo que t le habas golpeado. Mi padre se
incomod mucho...

--Era un hijo del to Pepe, de la casa de abajo?

--Me parece que s.

--Pues le pegu porque estaba pinchando con un alfiler  una nia de
menos edad que l, hija de Telesforo el tabernero. No se me olvida que
caimos los dos rodando en el barranco que hay junto  la iglesia. Me
acuerdo bien, porque aquel da me puso el cuerpo el maestro lo mismo que
una criba.

--Qu bruto!... Pues otra vez un criado de casa te quiso meter miedo
cuando ibas al oscurecer  la iglesia  tocar la oracin, disfrazndose
con una sbana  modo de fantasma... Pero bueno eras t para dejarte
meter miedo!... As que estuvo cerca tomaste una piedra y se la tiraste
 la cabeza con la mayor frescura. Vino descalabrado para casa, jurando
que se las habas de pagar.

--Pues yo, seorita, me acuerdo de usted en aquel tiempo como si la
tuviera delante de los ojos. Qu divertida y jaranera era usted! Donde
usted estaba no poda haber mal humor, y en todos los horuelos y
_esfoyazas_ se aguardaba  la seorita Laura como al agua de Mayo. Oa
decir en mi casa y en todas partes que no haba corazn como el suyo:
as que la quera ms que  ninguna de sus hermanas. Despus tuve
motivos para quererla mucho ms, porque hizo usted por m una cosa que
no la olvidar mientras viva, as viva mil aos.

--No recuerdo...

--Pues yo lo tengo bien presente. Mi padre, como usted sabe, seorita,
haca almadreas, y de eso vivamos. Marchaba por la maana al monte y
sola venir  la tarde. Los jueves iba  Vegalora  vender las
almadreas. Yo acostumbraba  llevarle la comida al monte. En una
ocasin mi madre haba estado enferma y en la cama algunos das, y tom
algunas medicinas que yo le fu  buscar. Al parecer se gast en ellas
el nico dinero que haba en casa, porque me acuerdo bien que un martes
 la hora en que yo sola ir al monte con la comida, me dijo mi madre:
No tengo que mandar  tu padre; el tabernero no quiso fiarme el pan ni
darme un poco de manteca para componer las patatas. Dle que si tiene
algunos cuartos te los d.  m me proporcionar un poco de caldo la ta
Prudencia y tengo bastante. Marchme al monte y hall  mi padre
trabajando con mucho afn. Cuando me vi llegar sin la cesta me
pregunt: No me traes la comida? Mi madre me dijo que no tena que
mandarle; que si usted tena algunos cuartos me los diera para comprar
pan. Llev la mano al bolsillo, pero no sac nada de all, y me dijo
con una alegra que yo comprend que era fingida: No hay necesidad de
ir por pan; no tengo hoy ganas de comer; conque  trabajar, amigo mo.
Y se puso, en efecto,  manejar el hacha con nuevo afn. Yo, entre
tanto, empec  corretear por las cercanas, sin sospechar que mi padre
no haba tomado alimento desde el da anterior. No obstante, me hice
cargo pronto de que su ardor iba cediendo y las fuerzas le abandonaban
poco  poco. Mova los brazos con dificultad y  menudo se detena para
tomar aliento. Sin darme cuenta de ello, ces de enredar y me fu
acercando  l, mirndole en silencio. Al cabo de un rato dej caer el
hacha de las manos y fij en mi una mirada de angustia que an tengo
clavada en el corazn. No puedo ms, Pedro; tengo hambre, me dijo. Yo
no s lo que pas por m entonces, seorita. Se me hizo un nudo aqu,
en la garganta, como si fuese  ahogarme. Se me figur que todas las
cosas daban vueltas  mi alrededor, y sent dentro del pecho un fro
particular, que nunca ms volv  sentir. De repente me acuerdo que ech
 correr como un loco por el monte abajo, sin saber adnde marchaba.
Como no segua la vereda, me iba destrozando los pies con la retama y
las zarzas; pero no lo notaba. No vea nada. Las lgrimas me nublaban
los ojos; pero corra, corra cada vez con ms furor, y sin saber cmo
ni de qu manera, me encontr delante de su casa. Estaba usted sola al
balcn cosiendo, y recuerdo que la dije temblando de miedo: Seorita,
mi padre tiene hambre; dme usted una limosna, por Dios. Me mir usted
con mucha sorpresa, y me dijo: Aguarda un instante. Al poco tiempo
baj usted  la calle, se enter de lo que pasaba, y me di una peseta,
dicindome: Anda, ve  comprar pan, y corre  llevrselo. No haba
necesidad de advertrmelo. Part como una exhalacin  la taberna,
compr un pan y un buen pedazo de queso, y sub dando brincos y trepando
como un corzo al sitio donde estaba. Cuando me vi con el pan y el queso
en la mano, lo primero que hizo fu preguntarme: Quin te di eso?
La seorita Laura. Que Dios se lo pague y se lo represente de gloria
en el cielo. Despus se puso  comer con un ansia que parta el
corazn. Come t tambin, hijo mo, me dijo al poco tiempo, Ya me
dieron de comer abajo, le respond. Era mentira. Yo tampoco haba
tomado nada aquel da, pero quise que mi padre comiera lo que le haca
falta. Cuando baj, tragando unas cortecillas que haba dejado, y la vi
 usted otra vez en el corredor, le juro que me pareci ms hermosa que
la Virgen. Quise darla las gracias; pero no fu capaz de decir una
palabra. Pas con la montera en la mano, sin dejar de mirarla. Algo
debi usted conocer en mis ojos, porque se sonri y me salud con la
mano.

--Pobre Pedro!

--Los perros no olvidan la mano que les ha acariciado una vez. El hombre
que olvida los beneficios es peor que un perro.

--Despus que yo me fu has estado en el servicio, verdad?

--S, seora; me toc la suerte. Cuando me march, la vspera de San
Antonio, cre que todos estos picachos se me venan encima. Iba ms
triste que la medianoche. Este pobre Canelo que usted ve aqu era
entonces un cachorrillo, y me sigui ms de cuatro leguas, hasta que
tuve que pegarle para que se volviese; pero despus de pegarle, todava
me segua de lejos. Entonces hice que lo atasen y lo llevasen 
Vegalora. En mi casa no podan mantenerlo: se lo dej  un amigo
panadero que tengo en la villa. As que perd de vista estas montaas,
ya me sent otro hombre, y cant y retoc como los dems. Qu palos me
tienen costado estos retozos! Haba un sargento en mi compaa que
nunca prevena las cosas ms que una vez. Deca que l no era reloj de
repeticin.  la segunda hablaba con el garrote. Pues,  pesar de
santiguarnos de lo lindo, no le queramos mal, porque era hombre franco
y nunca delataba  nadie. En una accin cay herido  mi lado: yo lo
cog y lo llev sobre las espaldas cerca de una hora, hasta encontrar
una barraca, donde muri  las pocas horas.

--No habrs pasado pocos trabajos, Periquillo! Llevaras escapulario
siempre, no es verdad?

--De Nuestra Seora del Carmen.

--Caste herido alguna vez?

--S, seora; una vez, en Navarra, me pas una bala de un lado  otro;
me entr por aqu, salva sea la parte, y me sali por aqu. Poco falt
para que me echasen la tierra encima. En Cuba, un negro, mas negro que
las tinieblas, grande como un castao, me descarg un machetazo en un
hombro, que  poco me parte en dos. Sin embargo, me cur ms fcilmente
que del balazo. Pero en la guerra lo de menos son las heridas, seora
condesa. Cuando uno cae herido, lo llevan al hospital y all se est
tres  cuatro meses como un cannigo, tomando buenos caldos y platicando
con algn compaero, mientras los dems andan con la lengua fuera de
aqu para all, unas veces comiendo mal y otras veces sin comer, al sol
cuando lo hace y al agua cuando cae... Tambin tienen sus raticos
buenos, no vaya usted  creerse; cuando uno va  atacar una trinchera,
pongo por caso, y suena la corneta en medio del silencio, y se descargan
los primeros tiros, y se huele el humo de la plvora, y sin verlo,
porque el humo lo tapa, se escucha la voz ronca del oficial que grita:
Adelante, muchachos; y se sube, se sube hasta encaramarse sobre la
trinchera, salpicados de sangre, entre los quejidos de los que caen, los
gritos de los que suben y el choque de las bayonetas, aunque parezca
mentira, siente uno unas cosquillas que corren por todo el cuerpo y le
hacen gozar... Hay momentos que no se cambiaran por muchos aos de
buena vida, seorita...

Pedro se haba ido animando poco  poco. Sus grandes ojos negros giraban
descompasados con fiera expresin. Su crespa cabellera erizbase como la
crin de un corcel de guerra. La condesa le miraba con susto.

--Qu atrocidad!--exclam.--Qu gustos tan brbaros tenis los
hombres!

--Tiene usted razn, seorita; bien mirado, habr bestialidad mayor que
la guerra?

--Y sin embargo, yo no s lo que tiene, que hasta  nosotras las mujeres
nos inflama y entusiasma. Cuntas veces, al ver pasar un batalln
marchando al son de la msica con su bandera desplegada y las agudas
bayonetas en alto que brillan al sol y se mueven con siniestro comps,
me ha entrado en apetito el ser hombre para seguir su suerte borrascosa!
Desengate, Pedro:  vosotros, cuando los tiempos vienen malos, os
queda el recurso de luchar con el destino, mientras que nosotras...
Jess!... qu me ha picado aqu?

La condesa interrumpi su discurso para sacar vivamente una mano que
tena metida en la hierba. En la blanca y torneada mueca apareci una
gota de sangre. Pedro se apoder instantneamente de aquella mano, y
poniendo los labios sobre ella, chup la gota de sangre.

--Qu haces?

--Nada, seorita. Si la ha mordido una vbora, no es usted ya la que
muere.

--Qu horror! Quiera Dios que no sea vbora! Gracias, Pedro... Has
hecho mal en exponerte... La Virgen del Carmen permita que no sea
vbora!

--No se apure usted. Expuse tantas veces la vida por cosas que  la
larga no me importaban, que nada tiene de particular que la exponga por
mi seora.

--Gracias, gracias, Periquillo... No querr Dios que sea vbora...
Ofrezco una misa  la Virgen del Carmen si no te sucede nada... Mira,
vmonos de aqu... Estoy agitada... nerviosa... Vmonos, vmonos pronto.

La condesa torn  bajar la escalera de mano, ayudada por Pedro, y
juntos atravesaron el prado, descendieron por el bosque de castaos y
penetraron en la pomarada, abriendo la puerta de madera.  los pocos
pasos Laura distingui  lo lejos entre el follaje  su marido,
acompaado de Octavio.

--Vulvete, Pedro, que ya no me haces falta--se apresur  decir.
Despus avanz sola hacia el sitio en que se hallaba el conde. Y como
llegase all, fu saludada por Octavio que se hizo almbar al tomarle la
mano y enterarse de su salud. Todos juntos se dirigieron lentamente
hacia el palacio, porque el sol ya declinaba. En una de las revueltas
del camino tuvo tiempo el conde para decir en secreto  su mujer:

--Conviene que te muestres amable con ese muchacho.




VII

Il sol de l'nima


Trascurrieron bastantes das. Octavio, alentado por la extrema confianza
que los condes le otorgaban, no escase sus visitas  la Segada. La
mayor parte de los das iba despus de comer y volva  la cada de la
tarde. Alguna vez se quedaba hasta las diez  las once de la noche.
Entonces un criado de la casa sala acompandole con un farol hasta el
puente. All le dejaba, y Octavio caminaba solo por la carretera hasta
llegar  la villa. El trayecto era breve, como ya sabemos. Nuestro
joven, emboscado en un laberinto de pensamientos vagos y risueos, lo
converta en brevsimo.  tales horas poca gente se hallaba en el
camino. Algn que otro arriero con sus mulas delante y montado en una de
ellas sobre una pirmide de fardos; cualquier vecino que por casualidad
saliese en busca de una vaca extraviada,  los mozos crudos de Vegalora
que tuviesen arrestos suficientes para ir  cortejar las mozas de la
Segada  de otros lugares cercanos. El seorito Octavio, aunque no
sintiese miedo precisamente cuando vea blanquear entre las sombras
espesas la camisa de un labrador, no le haca gracia ninguna. Por un
instante quedaban suspensos en el aire los risueos fantasmas de su
imaginacin, esperando que el transeunte pasase. Cuando ste deca:
Buenas noches, seorito Octavio, dejaba escapar un suspiro de
satisfaccin al verse reconocido y murmuraba: Es una temeridad andar 
estas horas solo por tales sitios: no me vendr otro da sin un arma!.
El acuerdo jams llegaba  cumplirse, y segua yendo y viniendo de
Vegalora  la Segada totalmente inerme y  merced de todos los riesgos y
venturas. Quiz tuviese un vago presentimiento de que el arma no le
haba de prestar socorro muy eficaz en caso de apuro.

Para comprender bien qu casta de pensamientos alteraban y embebecan al
joven durante sus paseos nocturnos, son necesarios algunos antecedentes
sobre su educacin, temperamento y aficiones. El padre del hroe, D.
Baltasar Rodrguez, era hombre que posea inteligencia clara,
ilustracin, si no muy extensa, bastante slida, y sobre todo una
sensibilidad exquisita que procuraba ocultar cuidadosamente debajo de un
exterior fro y hasta severo. sta era la parte flaca, pensaba l, de
su carcter, y la combata y la refrenaba sin tregua en todos los
momentos de la vida sin lograr resultados satisfactorios. D. Baltasar no
aceptaba su excelente corazn como un beneficio de la Providencia, sino
como carga pesadsima que le haba molestado durante su carrera,
estorbndole en el logro de todos sus propsitos. Si yo hubiese tenido
arranque para dejar  mi mujer y  mi chiquitn y partir para Cuba,
cuando en 1854 me ofrecieron la plaza de secretario del Banco de la
Habana--sola decir  sus amigos ntimos,-- estas horas otra sera mi
fortuna. Si me hubiera aprovechado, como D. Marcelino, de la ruina de la
casa de Argelles, esa vega que usted ve ah, seor juez, sera ma. Si
tuviese valor para arrojar de la casera  Modesto Fernndez, que hace
ocho aos que no me paga renta alguna, podra agregar todas esas tierras
 la posesin y sta doblara de valor... Pero si no puede
ser!--conclua siempre en tono desesperado.--Si los hombres como yo
debieran estarse quietos en su casa y no meterse en dibujos! Cuando
alguno por consolarle le deca: Despus de todo, D. Baltasar, es mucho
mejor tener la conciencia tranquila como usted, que no manchada como los
otros, volvase airadamente exclamando: Y qu es la conciencia? Yo no
creo en la conciencia. Veo que D. Agapito de las Regueras, despus de
haberse comido la fortuna de los hijos de su hermano, vive tan
tranquilo y es ms feliz que yo. Veo que D. Marcelino goza de su riqueza
con la serenidad de un arcngel y no suea que hay seres que derraman
lgrimas por su causa... La conciencia, la conciencia! La conciencia es
una cosa que sirve slo para molestar  los hombres honrados. No dejaba
de ofrecer ribetes de cmico el deseo ardiente que D. Baltasar tena de
ser un hombre inmoral y perverso.

El temperamento de Octavio guardaba bastantes afinidades con el suyo, lo
cual le traa desesperado. D. Baltasar hubiera dado cualquier cosa por
que su hijo fuese un lagarto que se perdiera de vista, un truchimn
capaz de enredar con sus artimaas  todo el concejo. Pero
desgraciadamente no era as , por mejor decir, era todo lo contrario.
Este chico, deca, me da  m quince y raya. Cuando yo me muera ser
capaz de pedir permiso  los vecinos para comer lo que le pertenece.
Sintindose y sintindole tan lejos del carcter que ambicionaba, no
dejaba de exponerle  menudo las ventajas de este carcter ideal. Mira
al hijo de D. Rodrigo cmo se las ha arreglado para echar  los dos
mdicos del municipio y quedarse l solo cobrando el sueldo de ambos.
Mira al secretario del ayuntamiento qu casa tan hermosa est levantando
en la plaza.

--Y qu sueldo tiene el secretario?--preguntaba Octavio.

--Diez mil reales.

--Y con diez mil reales al ao se levantan casas magnficas?

--Ah vers t--responda D. Baltasar guiando maliciosamente el ojo
izquierdo.

Y el padre y el hijo, las dos almas ms cndidas y nobles de la comarca,
proseguan silenciosamente su paseo abismados en la admiracin que les
infundan aquellos miserables  quienes no podan imitar.

D. Rosario era digna consorte del buen abogado. Por ms que existiesen
entre ambos notables puntos de desemejanza, tocaban slo  la
superficie, dejando inclume el fondo, igualmente generoso y honrado. El
ingenio y la discrecin no eran las cualidades sobresalientes de D.
Rosario. Por lo mismo eran aquellas en que ms hincapi haca su vanidad
pueril  inofensiva. Tambin se vanagloriaba de poseer un alma elevada y
potica, que haba sabido resistir  la influencia prosaica y  las
costumbres vulgares del pueblo en que viva. Por la noche, antes de
recogerse, sola abrir el balcn de su cuarto para contemplar la bveda
estrellada. Alimentaba un canario y una pareja de trtolas, y cultivaba
esmeradamente en tiestos algunas plantas de claveles y geranios. Los
das festivos dedicbalos ntegros  la lectura de novelas
sentimentales. Por estas razones y por algunas otras anlogas, se
consideraba la mujer ms sensible del distrito.

Octavio posea varias propensiones  cualidades de su madre, entre ellas
la aficin  las flores y  la lectura. Pero estas aficiones, al ser
trasmitidas, sufrieron alguna modificacin, como sucede casi siempre en
tales casos. D. Rosario alimentaba su inclinacin  las flores regando
los crecidos y frescos claveles y geranios de sus tiestos. Octavio
desdeaba estas flores por vulgares y mentaba  menudo en su discurso
otras exticas, totalmente desconocidas para los habitantes de la villa.

Aseguraba con formalidad que el mejor adorno de los jardines y salones
no eran las flores, sino las plantas y los arbustos. Citaba y describa
con frase pintoresca los que estaban  la moda por aquel tiempo en los
saraos de la corte, tales como las _begonias_, _marantos_, _bambs de la
India_, _pndanos de Java_, _latanieros_, etc., etc. Haba llegado hasta
pedir la semilla de muchos de ellos  Pars; pero como no tena estufas
en el jardn ni dispona de otros medios indispensables para la vida de
tales plantas, no haba logrado aclimatar ninguna. Sin embargo,  fuerza
de cuidados y despus de reir mucho con el criado y de incomodarse,
haba conseguido formar una glorieta bastante hermosa y tupida de
_lianas_ y _capullos de Levante_. Era el sitio predilecto de nuestro
joven, donde sola refugiarse  leer en las tardes calurosas de esto.
Tambin crecan en el jardn varias plantas de reseda y heliotropo, y
una muchedumbre de perlas de Oriente y rosales de _malmaisson_, que
deban igualmente su existencia  sus desvelos.

Otro tanto haba sucedido con la lectura. Octavio haba principiado por
leer los tomos desvencijados y grasientos que su madre guardaba en el
armario de la ropa blanca. No tard en cansarse de ellos hallndolos
demasiadamente inocentes. Enfrascse despus en el trgico laberinto de
los folletines que, si bien le mantuvieron agitado y divertido una larga
temporada, no consiguieron pegrsele al alma. Por ltimo, habiendo
llegado  Vegalora cierto ingeniero belga para dirigir el laboreo de
unas minas de D. Baltasar, tom algunas lecciones de francs y trab
conocimiento por su mediacin con los ms acreditados y flamantes
novelistas de la nacin vecina, Alfonso Karr, Julio Janin, Tefilo
Gauthier, Octavio Feuillet y otros. El ltimo fu el que inmediatamente
adquiri la privanza de su corazn: le sedujo hasta un punto indecible.
Encarg todas sus obras  Pars y las hizo encuadernar lujossimamente
en piel de Rusia (una de las manas de nuestro hroe era el tener todos
sus libros encuadernados con elegancia). Colocadas en lugar preferente
de su biblioteca, fueron para l,  un tiempo mismo, cdigo de la
cortesana y biblia de los sentimientos nebulosos y delicados.

Desde entonces vivi una vida ficticia, pero llena de encantos,
incomprensible para la mayora de los humanos, sobre todo para los
humanos de Vegalora. Alejndose cada vez ms del comercio de la gente
que le rodeaba, principi  asistir con la imaginacin  las escenas
descritas con ms arte que vigor por su favorito Feuillet, y 
representrselas con tal verdad, que ni un solo pormenor les faltaba.
Conoca de un cabo  otro el _faubourg Saint-Germain_, teatro
imprescindible de las novelas de su homnimo, y trataba familiarmente 
los personajes que all figuraban. Estaba  la vez enamorado de _Julia
Trecoeur_ la _Petite comtesse_ y _Sibila_, y admiraba profundamente el
carcter extravagante y las maneras cortesanas y el valor de _Monsieur
de Camors_. No se le caan de la mente aquellos dilogos ingeniosos
donde la respuesta, siempre oportuna, pareca meditada con espacio y no
fruto de la improvisacin, ni los rasgos delicados donde se mostraba de
golpe y en cualquier menudencia la elevacin y nobleza de un alma, ni la
galantera voluptuosa y discreta, ni el estilo insinuante y perfumado
que caracterizan  tales obras.

Y no solamente fu espectador humilde de estas escenas, sino que,
dejando suelta la rienda  su fantasa desocupada, se puso  tejer
novelas anlogas de las cuales siempre resultaba l el hroe 
protagonista. Ahora se vea  los pies de una duquesa dicindole con voz
temblorosa frases apasionadas y candentes que ella escuchaba arrobada y
suspensa; ahora se encontraba batindose  espada con un joven coronel
en mitad de un bosque, con dos amigos vestidos de negro al lado; ahora
asista  la caza de un jabal cabalgando  la par de una hermosa y
egregia dama,  quien salvaba la vida por un acto de valor heroico;
ahora, en fin, resolva suicidarse escribiendo antes una larga carta de
despedida cuajada de frases elocuentes y tildes psicolgicas, nada
claras para el que no estuviese iniciado en el lenguaje cortesano,  la
seora de su mejor amigo, de quien haba tenido la desgracia de
enamorarse perdidamente.

Aunque stas no fuesen ms que imaginaciones que vivan ocultas y
satisfechas en el magn de nuestro seorito, todava lograron
trasladarse un tanto  la vida real por la fuerza de la costumbre y la
huella que iban dejando en su espritu. As, de un modo vago 
inconsciente, principi  imitar el carcter y las inclinaciones de los
personajes que ms admiraba y  adoptar en la forma estrecha y
deficiente que poda los usos de la sociedad elevada donde tena puestos
los ojos. Entonces se le vi andar por los parajes ms retirados de la
poblacin, solo y vestido con extraordinaria elegancia.  lo mejor se
paraba ante un nio que lloraba en medio de la calle y lo consolaba y le
limpiaba las lgrimas con su pauelo, y le meta despus una moneda de
plata en la mano. Otras veces se le vea paseando  caballo, tambin
solo, por las cercanas, dejando las riendas sueltas y contemplando el
paisaje con mucho sosiego,  bien marchando  todo escape como si huyese
de alguno que le persegua. Encarg  Madrid cajas de guantes y
corbatas, suscribindose  dos peridicos franceses que traan revistas
de salones. Tambin hizo venir floretes y caretas con todos los
restantes adminculos del juego de esgrima. Como en Vegalora y acaso en
toda la provincia no haba maestro de armas que le ensease, compr un
tratado, y atenindose  sus explicaciones y  las figuras que
representaban sus grabados, se puso  esgrimir el florete contra las
paredes, sin otro resultado que el de romper dos  tres cristales y
tirar un frasco de tinta sobre la mesa. Tambin quiso ensayarse en la
caza por ser el recreo favorito de la aristocracia; pero siendo la
tierra donde viva extremadamente montuosa y quebrada, se fatigaba
demasiado y hubo de renunciar  ella.

Como al fin y al cabo Octavio tena veinte aos y una imaginacin nada
apagada, y le bulla la sangre en el cuerpo, por ms que en todo el
pueblo no hubiese mujer capaz de inspirarle una pasin area y nerviosa
como su entendimiento ms que su corazn ansiaba, no pudo sustraerse 
la ley que  todos los humanos encadena. Un da, hallndose en el jardn
de su casa recortando los setos de boj y membrillo, para lo cual, y con
objeto de no lastimarse las manos, sola ponerse guantes, vi en el
balcn cercano unas cabecitas rubias que le sonrean. Eran los hijos de
D. Marcelino,  quienes Octavio, como vecino, no dejaba de conocer
muchsimo. All no estaban ms que los pequeos. Empez  hacerles seas
y  enviarles besos con la punta de los dedos, que los nios se
apresuraban  devolver por el mismo procedimiento. Cansado de la
mmica, les dijo esforzando la voz:

--Queris una flor?

Los chiquillos gritaron s, s, moviendo la cabeza afirmativamente
hasta descoyuntarse. Octavio arranc un clavel y se lo arroj, pero no
habiendo hecho bien la puntera cay en el patio contiguo, con grande y
ruidoso sentimiento de los nenes. Tom otro riendo y volvi  tirarlo.
Esta vez obtuvo un resultado satisfactorio. El nio que lo cogi le di
las gracias con un beso. Los dems se pusieron  gritar:

--Dame otro, dame otro.

--All voy; no hay que impacientarse; para todos habr.

Mas cuando se dispona  tirar el segundo clavel, vi levantarse
rpidamente sobre las maderas de la galera otra cabeza rubia un poco
mayor, aunque no menos hermosa. Una mano blanca sali por un instante
fuera, y una voz de timbre dulce y sonoro pronunci estas palabras:

--Esa es mejor.

Al mismo tiempo cay  sus pies una grande y magnfica rosa de
Alejandra. La cabeza y la mano haban desaparecido como un relmpago.
El joven, recogiendo la flor con no poca sorpresa, pregunt:

--Quin est ah con vosotros?

Los nios respondieron  coro:

--Es Carmen, es Carmen. Uy! uy! uy!

Los chicos lanzaron gritos de dolor. Al parecer, su hermana, poco
satisfecha de la sinceridad del coro, les estaba repartiendo sendos
pellizcos en las piernas.

--Decidle que se asome para darle las gracias.

--No quiere... no quiere asomarse.

--Pues entonces dadle las gracias en mi nombre.

--Dice que no las merece.

--Dile que siento mucho que no se asome.

--Dice que por qu.

--Porque me gustara mucho verla.

--Dice que bien vista la tienes.

Efectivamente, Octavio la vea todos los das, ya en la calle, ya en el
balcn; pero con la superioridad desdeosa que los mancebos muestran
siempre  los nios, aumentada en este caso por sus aficiones
romancescas y costumbres singulares, no haba reparado en ella.
Insensiblemente Carmen haba ido creciendo y desarrollndose hasta
convertirse en una mujercita muy linda y apuesta, sin que nuestro joven
lo echase de ver. Cuando se efectu la anterior escena podra tener
catorce  quince aos.

En la noche de aquel da, Octavio, un tanto preocupado con la aventura
de la flor, que le dejara en la boca cierto sabor novelesco muy de su
gusto, fu de tertulia  la tienda de D. Marcelino, donde casi nunca
pona los pies. Apenas le vi la nia, se di  correr por las escaleras
arriba como una cierva huda, y no pareci en toda la noche. Otro tanto
sucedi en las tres  cuatro siguientes. Al fin, aquella corza
ligersima, un poco ms familiarizada con la vista del joven, principi
 vagar por los contornos de la tienda, aunque siempre recelosa y pronta
 escapar. Una noche Octavio le di la mano al despedirse, como si se
tratase de una persona formal. La nia se lo agradeci con una sonrisa.
En las noches siguientes se aventur  mirarle de aquel modo dulce,
rpido y lleno de timidez, de que ya hemos hablado. Octavio llamaba 
estas miradas _de vuelta de llave_, porque, en efecto, pareca que abra
un instante las puertas de su alma, y veloz como un relmpago tornaba 
echar el cerrojo. Para abreviar, Octavio y Carmen se entendieron
perfectamente al poco tiempo. De este noviazgo imprevisto se habl
bastantes das en la villa.

Apenas entr nuestro seorito en amores francos con la hija de D.
Marcelino, principi  desbordarse de su fantasa el torrente de
emociones vagas y refinadas, sentimientos alambicados y caprichos
extravagantes que all haban ido formando depsito. Y tanto por el
cario que inmediatamente naci en su corazn, como por conceder un
desahogo  las imaginaciones que desde haca tiempo bullan en su
cabeza, comenz  ensayar en sus relaciones todo aquel conjunto de
metafsicas amorosas y zalameras aristocrticas de que estaban plagadas
las novelas que ms  menudo lea. Algo de ello ha visto ya el lector en
uno de los anteriores captulos; pero no fu ms que una muestra
insignificante; porque el depsito de moneras de Octavio era
inagotable. Unas veces peda el pauelo  su novia y se lo devolva al
da siguiente, despus de haber dormido con la cabeza apoyada en l.
Otras se levantaba  horas avanzadas de la noche, echaba una escala de
seda, que haba comprado,  los balcones de D. Marcelino, suba por
ella, y llamaba muy discretamente en el cuarto de Carmen. La nia,
muerta de miedo, preguntaba: Quin anda ah? Octavio, metiendo la voz
por las rendijas del balcn, responda: Carmen, te quiero, te quiero;
y se descolgaba rpidamente rindose del susto de su novia. Otras veces
rea con ella por cualquier bagatela y pasaba ocho das sin verla, al
cabo de los cuales, aprovechando un momento en que los dejaban solos, se
arrojaba  sus pies pidindole perdn y haciendo mil extremos de
arrepentimiento. Tan pronto ideaba obstculos insuperables para unirse
con su amada, ya fuese la oposicin violenta de D. Marcelino--el cual,
dicho sea entre parntesis, no pensaba en semejante cosa,-- algn
funesto misterio que se interpona entre ambos, como se complaca en
llamarla su prometida y su esposa y en que saliera  paseo con su madre
D. Rosario  viniese  comer  su propia casa. En cierta ocasin se
empe en que le dijese que le quera ms que  Dios; en otra se le
antoj que durmiese con guantes para conservar bellas y tersas las
manos.

Todos estos caprichos y otros infinitos ms de nuestro hroe acogalos
la nia con marcado disgusto y resistindose. No acertaba 
comprenderlos. En no pocos casos hubo de negarse rotundamente  las que
ella consideraba burlas ms que pruebas de amor.

La verdad es que Carmen estaba formada de una pasta muy distinta de la
de su novio. Por su natural era poco  propsito para sondear las
profundidades ms  menos ridculas y extravagantes, pero siempre
espirituales, del carcter de Octavio. Hubiera preferido, sin duda, unos
amores menos alambicados, un novio ms  la pata llana, que hiciera lo
que los dems, esto es, que la acompaara en paseos y romeras, le
contase las especies que corran por la villa, le dijese que la quera
cuando viniese  cuento y en trminos lisos y llanos; y si alguna vez le
entraban tentaciones de ser ms tierno que de costumbre, le diese
buenamente un beso en las mejillas y no en la punta de los dedos  en el
pelo, como haca el suyo.

Cuando los condes de Trevia llegaron al pas, los amores de Octavio y
Carmen contaban cerca de dos aos de existencia. En este tiempo los
caprichos del uno y la resistencia de la otra haban ido cediendo
paulatinamente. Ambos se haban llegado  _acostumbrar_ y rean con
menos frecuencia y hubieran concludo por casarse sin la aparicin
inopinada en Vegalora de la condesa de Trevia. Pero esta noble seora
tuvo el privilegio de resucitar inmediatamente, y  la primera
entrevista, todas las ilusiones amortiguadas de nuestro hroe,
removiendo de una vez el depsito de aficiones, esperanzas y sueos
seductores que yacan desmayados en el fondo de su alma. Y en verdad que
nadie que tuviera ojos en la cara y alguna inclinacin artstica en el
corazn lo extraara.

Pocas mujeres pudieran hallarse que reflejasen en su fisonoma ms
nobleza, bondad y ternura, ni que supiesen unir de modo ms dichoso una
modestia sincera  una firmeza y elegancia en sus modales que alguna vez
la hacan aparecer altiva y desdeosa. Precisamente esta ltima cualidad
era la que ms atraa y encantaba al hijo de D. Baltasar. Avezado al
trato insustancial y vulgar de las jvenes de Vegalora, que sin motivo
se rean estrepitosamente  se mostraban serias como un regidor de
ayuntamiento, de esas nias que observan las corbatas que uno tiene y
las botas que trae y se enfadan si no se las saluda  una legua de
distancia, y se hacen almbar as que un joven rico se acerca  darles
las buenas tardes, la condesa fu para l una revelacin , por mejor
decir, la realizacin viva, hecha carne y al alcance de la mano, de lo
que los libros le haban ya revelado. Cuando se acercaba  saludarla y
tocaba sus dedos finos enguantados y aspiraba el perfume delicado que se
escapaba de su persona, como si fuese cualidad de ella y no afeite del
tocador, y escuchaba su voz siempre entonada discretamente y vea vagar
por sus labios una sonrisa distrada y melanclica, se acordaba de las
heronas que sucesivamente haban ocupado su fantasa y se deca que la
condesa nada desmereca  su lado. Cuando volva de la Segada despus de
haber pasado algunas horas cerca de ella y entraba por los sucios
arrabales de Vegalora, nuestro seorito dejaba escapar siempre un
suspiro y se pasaba la mano por la frente. All se rompa el encanto. La
nube brillante que le envolva durante el camino volaba  unirse con las
que el sol besaba antes de morir.

Una tarde se hallaban ambos asomados de bruces al balcn principal de la
casa. El conde lea un peridico. Miss Florencia paseaba por la huerta
con los nios. El da estaba opaco y caluroso. Montones de nubes espesas
vendaban la frente de la Pea Mayor y bajaban hasta reposar sobre las
colinas ms prximas, cubriendo todo el valle de un toldo impenetrable,
sin que por ello hubiese temor de lluvia  tempestad. En estas tardes,
frecuentes en los pases del Norte, el silencio es ms completo, el aire
sofocante y abrasa las mejillas. Si no fuese por el rumor del ro, se
creera uno sordo, pues los pjaros callan posados inmviles sobre las
ramas, los perros dormitan tendidos en los parajes ms frescos, las
bestias de carga reposan en el establo  pacen silenciosamente en los
prados, los insectos no zumban y los humanos se esconden no se sabe
dnde. Y, sin embargo, nunca se muestra la vida tan poderosa como en
estos das. Parece que por las entraas de la tierra circula una fuente
abundosa de actividad que fecunda los grmenes depositados en ella y
prestos  salir. Hay como una concentracin de fuerzas en la naturaleza
y un prurito irresistible de crear. Por eso la gente del pas llama con
notable exactitud  estos das _criadores_. Nuestro cuerpo sufre la
misma influencia. Advertimos en l, en medio de cierta pesadez
letrgica, mayor fuerza y salud. La sangre hierve, circulando
activamente por las venas y latiendo con inusitado bro en las sienes;
las mejillas se inflaman; los labios se secan y los ojos brillan
suavemente como las luces encendidas en los dormitorios.

La condesa llev una mano  la frente y separ un poco los rizos que le
caan.

--Qu calor tan sofocante! Prefiero los das de sol; y usted?

--Antes tambin los prefera. Hoy me he pasado  los nublados.

--Y por qu?

--Por algo extrao que est acaeciendo en mi espritu y que no acierto 
explicarme. He cambiado mucho de gustos de poco tiempo  esta parte,
condesa.

--Pues yo voy  explicarle en dos palabras lo que le sucede. Usted est
enamorado, Octavio.

--Puede ser--respondi ruborizndose.

--S, s, estoy enterada de todo. Ayer me la han enseado. Es preciosa!
Lo que es en este asunto le aconsejo que no cambie de gusto.

--Y si cambiase?

--Ira usted perdiendo en el cambio probablemente.

--Y si no perdiese?

--Hara usted mal de todos modos.

La condesa vacil un instante antes de responder as. Octavio, al
observarlo, sonri levemente. Los dos callaron hundiendo sus ojos en
aquella gasa impenetrable de vapores. La condesa buscaba el sol. Octavio
buscaba una frmula. La condesa principi  tararear _piano_ la famosa
frase _il sol de l'nima_ de _Rigoletto_. Octavio la escuchaba con
arrobamiento: sinti hmedos sus ojos y apretada la garganta. Cuando la
dama distradamente quiso pasar  otra meloda, la interrumpi
exclamando:

--No puede usted figurarse, condesa, qu impresin tan honda me causa la
frase que acaba usted de cantar. De todas las melodas que hasta ahora
he escuchado, ninguna expresa ms vivamente el triunfo del amor. Hay
cantos donde se pinta mejor el amor inocente y puro; los hay tambin que
reproducen con ms verdad las amarguras del amor desgraciado  los
gritos desesperados de una pasin tempestuosa y loca; pero ninguno donde
el amor se muestre tan feliz y embriagador, henchido de alegra y
cargado de perfumes; donde el alma y los sentidos reposen con ms
deleite. Oh! Es el amor con que suea la juventud; que enciende el
corazn sin consumirlo; que inunda nuestro espritu de luz y de armona,
y penetra, cual blsamo dulcsimo, por todos los poros del cuerpo.

--Est usted elocuente!--dijo la condesa mirando con sorpresa al joven,
que daba muestras de hallarse conmovido.

--Lo que estoy es ridculo espetndole  usted un discurso sobre el do
de una pera--repuso l sonriendo y calmndose repentinamente.

--Nada de eso; habla usted perfectamente, y sobre todo, el calor con que
se expresa prueba que tiene usted un corazn sensible.

--Lo cual es una desgracia, condesa.

--No lo crea usted. Aunque se sufra mucho, vale ms sentir que no
sentir. Siempre es preferible ser hombre  ser piedra.

--No me atrevo  disputarlo, porque mi causa es antiptica; pero crea
usted que hay momentos en que dara uno cualquier cosa por ser piedra.

--Nada, nada, Octavio, est usted enamorado; se le conoce  la
legua--dijo la condesa con alegra infantil y familiar capaz de
trastornar  cualquiera.

--S que lo estoy--repuso Octavio con firmeza y clavando sus ojos en la
dama;--pero no sabe usted de quin.

La condesa mir en aquel instante para la huerta y vi  miss Florencia
que parada en medio de un camino los contemplaba fijamente. Despus,
arrastrada por cierta fuerza misteriosa que acredita la existencia del
magnetismo, volvi la cabeza hacia la sala y hall los ojos turbios y
fros del conde que tambin los contemplaba. Y como si imaginase que con
un arma de fuego le estaban apuntando al pecho y con otra  la espalda,
dej velozmente el balcn, di algunas vueltas por la sala, fu, por
ltimo,  sentarse delante del piano y empez  correr los dedos por las
teclas distradamente.

Octavio, en la misma postura y absorto en sus pensamientos, no pareca
haber notado su marcha brusca ni escuchar las caprichosas notas que
salan del piano. Los dedos de la dama, cansados sin duda de vagar  la
ventura por el teclado, empezaron  sealar delicadamente una meloda.
Era _il sol de l'nima_.  Octavio le di un vuelco el corazn y volvi
rpidamente la cabeza. La condesa, con la sonrisa en los labios y los
ojos medio cerrados, le miraba por entre sus negras y largas pestaas
con expresin picaresca. Despus que hubo cesado, Octavio se dirigi 
ella, apret su mano un poco ms que de costumbre y se despidi hasta el
da siguiente. El rostro del mancebo, al enderezar la marcha hacia
Vegalora, pareca decir  los rboles que sombreaban el camino: Amigos
mos, esto es hecho.




VIII

La romera.


El conde dijo  la condesa:

--Si tienes gusto en ir  esa fiesta, v, querida ma. Me has de
permitir, sin embargo, que no te acompae. Esos recreos campestres no
despiertan en mi corazn los tiernos y buclicos sentimientos que en el
tuyo.

Lo dijo con la sonrisa de siempre. Estaban presentes el cura de la
Segada y el licenciado Velasco de la Cueva. El conde de Trevia guardaba
 su mujer delante de gente el respeto y atencin que la ms egregia
dama pudiera exigir de su marido. Aun, en este punto, iba ms all de lo
que ordinariamente se practica en el mundo. Ora fuese resultado de su
carcter extravagante, ora procediese de un prurito de resucitar aejas
y olvidadas costumbres de la nobleza,  simplemente por apartarse del
vulgo, lo cierto es que su excelencia rodeaba  la condesa pblicamente
de un aparato de ceremonia y homenaje que recordaba los buenos tiempos
de la caballera  la refinada cortesana de los salones de Luis XIV.

La servidumbre y los amigos ntimos saban, no obstante,  qu atenerse
sobre esta cortesa.

La condesa quiso ir  la romera de su parroquia. La idea de presenciar
nuevamente una fiesta donde tanto haba gozado cuando nia, la
lisonjeaba en extremo. Pedro, por su parte, no dejaba de mentar  menudo
esta romera, que era tambin la suya, y de prometrselas muy felices
para cuando llegase, lo cual aguijaba ms y ms el deseo de su seora.
Decidi por fin sta, con la venia de su marido, acudir  ella y dijo 
Pedro:

--Si no fuese porque no quiero impedir que te diviertas  tu sabor, t
seras mi acompaante en la expedicin.

--Y lo ser, seorita, si es que usted no me echa de su lado. La mejor
diversin para m hoy es ver honrada la romera de mi parroquia por la
seora condesa.

--Lo dices de veras?

--Seorita, le hablo con el corazn.

--No te creo.

El mayordomo hizo mil protestas  cual ms exagerada para que le
creyese.

--Gracias, gracias. Ven conmigo, pero ya sabes que no te lo exijo.

--Seorita, por Dios, no me ofenda...

Despus de haber hablado algn tiempo sobre ello, decidi la condesa ir
 pie para confundirse con la muchedumbre de los romeros y participar de
todos los placeres y molestias de este gnero de regocijos.

Salieron poco despus de almorzar. Laura llevaba un gracioso traje corto
de rayas blancas y verdes, ligeramente descotado en forma de corazn. La
cabeza descubierta y sueltas sobre la espalda las dos esplendidas
trenzas de su cabello castao. Pedro vesta pantaln apretado de color
lila, chaqueta negra, tambin ceida, sombrero de paja, un pauelo
blanco de seda al cuello y faja morada. En la mano llevaba un garrote de
acebo muy pintarrajeado con una cinta para colgar de la mueca. El
Canelo, con el rabo enroscado, marchaba delante, unas veces cerca, otras
lejos, y parndose con frecuencia  ver si sus amos le seguan.

Mientras no salvaron el puente caminaron en silencio. La condesa
observaba con el rabillo del ojo y sonriendo picarescamente la actitud
encogida y espantada de su acompaante. Al llegar  la carretera tuvo
compasin de l y le dirigi la palabra.

--Sabes que es un garrote tremendo ese que llevas?

--No es malo, seorita, pero lo que importa es manejarlo bien cuando
llegue el caso.

--Dmelo, y toma. Yo llevar el palo y t la sombrilla, que no me hace
falta.

Y empez  caminar apoyndose en l con mucho donaire. Al cabo de un
rato dijo con gesto de fatiga:

--Mira... Llvalo t, que no puedo. Est visto que hoy no he de dar
ningn palo en la romera.

Pedro sonri. Quiso decir algo, tal vez una galantera; movi un poco
los labios; se puso encarnado... y no dijo nada.

--Por ms que disimules, Pedro, no puedes ocultar que vas  disgusto
conmigo. Vamos, d la verdad, no hubieras preferido ir solo?

Trat de convencer  su seora por cuantos medios le sugiri su
imaginacin de que iba contentsimo. La condesa le contradeca, riendo
al verle tan sofocado: celebraba con mucha algazara los disparates que
al pobre muchacho se le ocurran para demostrar su tesis.

--Y qu dir tu novia cuando vea que no bailas con ella? Procurar que
tengas un rato libre.

--Pero si no tengo novia... Quin le dijo  usted eso?... Apuesto  que
fu Manuel de Mara... Pues que se ande con cuidado ese charlatn con
las bromas, que bien sabe cmo las gasto...

Dieron un corto rodeo para no pasar por la villa y tornaron  seguir la
carretera, siempre  orillas del Lora. La tarde estaba apacible y
lmpida: slo algunas nubes festonadas asomaban la frente por encima de
la crestera de las montaas. El sol no les molestaba sino  ratos, y su
fuerza estaba deleitosamente mitigada por un vientecillo fresco que el
ro traa sobre su corriente. Segn se alejaban del palacio y de sus
contornos, creca pasmosamente la locuacidad de la condesa. Empez 
descargar una nube de preguntas sobre la cabeza del mayordomo. Haba
estado en la romera el ao anterior? Haba venido con alguna muchacha?
Qu casa era aquella que se vea del lado all del ro? Habra
salmones en el pozo que tenan  sus pies? Cuntas veces se haba
baado ya desde que empez el verano? Cuntos aos tena el Canelo?
Era buen cazador?-- todas iba contestando Pedro con la gravedad y
firmeza que le caracterizaban, satisfaciendo la curiosidad de su seora
y esclareciendo su inteligencia sobre las diversas cuestiones que
someta  su decisin. Paulatinamente se haba ido despojando del temor
y cortedad que le embargaban.

La pobre Laura, con su figurilla menuda y agraciada, con sus manos y
mejillas de clavel, los ojos claros y hmedos, los labios rojos y
sonrientes, y sobre todo, con las palabras amables que dulcemente fluan
de ellos sin compostura, no era  propsito para inspirar temor  nadie.
Quiz en los salones de la corte, fastuosamente ataviada, cuando
aquellos ojos garzos rasgados se clavaran con ceo, y aquellos labios
frescos y cndidos se plegaran duramente con una sonrisa fra, pudiera
aparecer altiva (y tal era la opinin que de ella tenan formada
muchos). Pero la dama orgullosa y severa se haba quedado por all. Aqu
no estaba  la sazn ms que una hermosa mujer que charlaba por los
codos y marchaba sin comps, unas veces  brincos y otras arrastrando
los pies, bajndose  lo mejor para tomar una piedra y arrojarla al ro,
 pegando golpecitos con la sombrilla en las ramas de los rboles.

Pronto divisaron la casa solariega de los Estrada encima de la carretera
como  unas cien varas. All desembocaba en el Lora un riachuelo.
Nuestra pareja abandon la carretera y emprendi la marcha por la
estrecha caada que este riachuelo segua. Al pasar por debajo de su
casa, la condesa alz los ojos hacia ella y sac el pauelo para enjugar
unas lgrimas.

--Pedro--dijo sealndola con el dedo,--ah ya no queda nadie.

Siguieron marchando. Bien pronto la variedad amena del camino diverti 
la condesa de los tristes recuerdos que le asaltaron  la vista de su
antigua morada. La garganta por donde caminaban era estrechsima.
Formbanla dos enormes montaas calizas cortadas verticalmente, de
suerte que era tan estrecha por arriba como por abajo. Aquellas
monstruosas paredes eran blancas, pero estaban salpicadas por grandes
manchas de musgo.

--Qu atrocidad! Qu altura tienen estas montaas, y qu cercanas
estn! Si parece que se vienen encima!

--Ve usted, seorita, aquel agujero que tiene la pea all arriba?

--S.

--Pues antes haba all un nido de buitres, y yo entr de chico una vez
 cogerles los huevos.

--Y por donde te encaramaste all?

--Por una cornisa que forma la pea y que apenas se ve desde aqu. Por
cierto que cuando llegu delante del agujero sali de repente el pjaro
y me di un aletazo en la cara que me hizo vacilar.

--Si te hubieras cado, adis romeras, verdad, Pedro?

--Ira  las romeras del cielo, que deben de ser mejores que stas.

--Tienes razn. Qu hermosas sern las fiestas que los ngeles celebran
en honor de Dios! No hubiera valido mucho ms morirse de nio, sin
haber pecado, para ser uno de esos ngeles que estn  los pies de la
Virgen?... Pero ahora... ahora ya no puede ser... Debemos contentarnos,
si somos buenos, con ir al cielo y estarnos all muy quietos, gozando
con ver  Dios, y nada ms...

Siguieron hablando de cosas del cielo algn tiempo, pero no como
personas graves, sino como nios. Aquella charla pueril pareca
refrescar  la condesa. La nia cndida y bulliciosa volva  nacer
dentro de ella, y sala lanzando dulces carcajadas  la luz, olvidndose
de la oscura prisin en que haba yacido once aos. Hablaba por hablar,
como los nios; preguntaba las cosas ms sencillas y menudas,
complacindose en humillar su inteligencia cultivada y en trocar sus
maneras cortesanas por otras rudas y campesinas.

Mas era de observar cmo,  medida que esta trasformacin se operaba,
cambibase tambin el encogimiento y temor del mayordomo en franqueza y
libertad. Insensiblemente Pedro empez  tratar  su seora como  una
compaera, hasta reirse algunas veces de sus preguntas inocentes y
disparatadas. La condesa rea tambin, as que las haca; pero le daba
golpecitos con la sombrilla, llamndole burln y cazurro. Si la
despojasen de su ropa y la pusiesen un traje de aldeana, hubieran pasado
muy bien por novios  hermanos. Cuando encontraban una saltadera, el
muchacho saltaba primero y alargaba su gran mano endurecida  la
condesa, que suma dentro de ella la suya breve y fragante como un botn
de rosa. Otras veces, si era demasiado alta y la seorita gritaba desde
arriba que tena miedo, la tomaba por la cintura y la depositaba en el
suelo con la misma delicadeza que si fuese un objeto de cristal. Qu
fuerza tienes, Pedro! le deca ella. Si me dieses un golpe con esas
manazas, me mataras. El mayordomo sonrea  modo de sultn acariciado
y se encoga de hombros con desdn. Poco  poco se iba estableciendo
entre ellos la relacin trazada por la naturaleza: ella, como ser dbil,
delicado y menesteroso, sometindose; l, como fuerte y enrgico,
dominndola y protegindola.

El camino estaba sombreado por avellanos, que con sus haces de troncos
delgados, formando  modo de enormes canastillos, salan de los prados
vecinos. El verde claro y deslumbrador de stos resaltaba y haca
contraste con el oscuro de aqullos, regalando la vista y convidando 
reposar. El ro corra murmurando por el fondo de la caada. En uno de
los prados que bordaban el camino, corra tambin un arroyo que serva
para mover el molino que blanqueaba entre los rboles. Era cristalino y
puro, y se desataba tan gentil y suavemente que daba gloria verlo
marchar por la pradera. La condesa signific el deseo de reposar un
instante en su orilla. Estaba cansada y le placa en extremo mirar el
curso del agua. Adems, tenan tiempo de sobra para estar en la romera.
Sentronse sobre el manto de csped salpicado de florecillas blancas, y
empezaron  contemplar con ojos extticos la serpiente de plata que se
arrastraba perezosamente  buscar su guarida en el molino. La condesa se
bajaba, meta la mano entre sus escamas y la sacaba mojada y la sacuda
riendo sobre la cara de Pedro, el cual rea  su vez y no se tomaba el
trabajo de limpiarse. Pero no por marchar suavemente dejaba de murmurar
la cristalina sierpe algunas cosas al odo de nuestra pareja. Al
principio la condesa pensaba que deca siempre lo mismo.

--Qu pesadez! Siempre el mismo _ru, ru_... llega  marear! No
observas con qu gravedad murmura esta gran culebra?... Parece un
maestro que nos est sermoneando, sin cansarse jams de darnos
consejos... Escucha ahora sin embargo... Qu notas de flauta tan
hermosas!... Ya vuelve al _ru, ru_... Otra vez la flauta... Parece que
interrumpe su sermn para hacernos una caricia...

Pedro con sus grandes ojos abiertos segua la corriente del agua.

--Qu serio te has puesto, Periquillo!... Te vas aprovechando de los
consejos del agua?... No pongas esos ojazos, hombre, que me asustas!

La joven rea sin cesar y sin motivo, como quien se desquita de largo
ayuno. Eran sus carcajadas sonoras y claras, pero no en tono agudo, sino
grave. Las notas firmes y llenas que de su garganta se escapaban cuando
rea, contrastaban un poco con la pureza y trasparencia de su mirada.
Salan teidas de cierta sensualidad punzante que agitaba los sentidos.
Era una risa dulce y amarga  un mismo tiempo, como la de una bacante.
La cndida Laura estaba muy lejos de sospechar los misterios amables de
su risa. Si los conociese, tal vez notara el brillo inusitado de los
ojos de sus amigos cuando la dejaba correr por su garganta y se
ruborizara.

--Mire usted, seorita, cmo se inclinan estos avellanos sobre el
arroyo... Parece que arden de sed los pobres. Qu pena debe de ser
mirar el agua tan cerca y no poder beberla!... Mire usted, mire usted,
sin embargo, aquella rama... ya consigui besar la corriente... Cmo se
pondr ahora el cuerpo de agua!... Calle, ahora salimos con que nos
estaba escuchando aquel lagarto!...

En efecto, uno de estos animales de pintada piel haba asomado primero
la cabeza al ruido de la conversacin por entre dos piedras, y no tard
en salir todo l, quedando inmvil, segn su costumbre.

--Ah maldito!--grit el mayordomo arrojndole una piedra con todas sus
fuerzas.--No escuchars ms tiempo!

La piedra cay sobre el lomo del animal, partindolo en dos. La cola di
todava algunos brincos sobre la arena.

--Pobrecillo!--exclam la condesa.--Para qu lo has matado!

--Seorita, dicen que estos animaluchos hablan con las brujas y les
cuentan todo lo que oyen. Parece increble, verdad?... Pues  m de
chico me sucedi que una vez habl mal del maestro con otro compaero, y
promet vengarme de l cuando fuese mayor. Un lagarto nos estaba
escuchando. Pues al da siguiente lo supo por una bruja que llamaban la
ta Dolorosa. Por poco me deshace  palos. Entonces me puse  cavilar si
sera el lagarto, y les tom un odio!...

Sin dejar de hablar, levantronse y emprendieron nuevamente la marcha.
No tardaron en salir de la spera y estrecha caada y desembocar en un
valle relativamente ancho. Era casi circular y alcanzara dos kilmetros
de dimetro. Nada ms frtil y frondoso que aquel pedacito de tierra
llana circundado de altsimas montaas. Todo l estaba dedicado 
pradera y semejaba una alfombra donde los setos guarnecidos de
avellanos trazaban los dibujos. El ro corra por el medio ms sereno y
tranquilo que en la caada.  la entrada encontraron la casa de Pedro,
quien se empe en que su seora descansara en ella un instante. Laura
no os negarse. La casa estaba habitada solamente por la madre de Pedro
y por un hermanito de doce aos. El padre haba muerto. All fueron de
oir las exclamaciones de la buena mujer al ver  la seora condesa en
compaa de su hijo. No saba lo que le pasaba. Corra de un lado  otro
ponindole dos sillas  un mismo tiempo para que se sentase. Haca mil
reverencias ridculas y no se cansaba de repetir que cundo poda
esperar ella que la seora condesa se dignara entrar en una choza tan
miserable! El joven escuchaba las zalameras de su madre con
indiferencia: Laura, con semblante risueo y agradecido. La pobre mujer
no poda ofrecer nada ms que una taza de leche y torta de borona, pero
cmo haba de comer cosa tan ruin la seora condesa!

--Que lo coma para que sepa cmo viven los pobres--dijo Pedro con
cierto nfasis brutal.

La condesa, lejos de ofenderse, le dirigi sonriendo una mirada humilde
y acept de manos de su espantada madre la taza de leche y la torta.
Comi, si no con gran placer, al menos sin hacer ningn asco, mientras
el mayordomo la contemplaba fijamente con expresin triunfal. El Canelo
particip tambin del festn, y bien lo tena ganado, pues por milagro
no se le desprendi el rabo  fuerza de menearlo.

--Vamos, vamos, que ya es hora de ir llegando  la fiesta.

Y otra vez emprendieron la marcha, alargando el paso. Salvaron casi todo
el valle caminando por una de las laderas.  la mitad de l prximamente
sintieron el lejano y dbil repiqueteo del tambor. Algo ms adelante
percibieron un murmullo  rumor vago y confuso que despierta siempre
dulce emocin en los que asisten  esta clase de regocijos. La romera
estaba cerca. Caminaron todava algunos minutos por un espeso maizal que
los ocultaba enteramente, y llegaron por fin  un sitio desde el cual
vieron  corta distancia el campo donde se celebraba. Era un vasto prado
de verde claro, todo circudo de avellanos.

El espectculo que ofreca era  par sorprendente y deleitoso. Por
encima de l hormigueaba una muchedumbre compuesta principalmente de
mujeres, cuyos pauelos de diversos y vivos colores, al moverse,
mareaban y turbaban la vista. Los hombres en su mayora se hallaban
recostados debajo de los rboles, bebiendo psimo vino y cantando
desentonadamente. Escuchbanse los gritos desafinados de los pregoneros,
ofreciendo agua de limn, sangra de vino tinto y avellanas tostadas, y
los sonidos agudos y gangosos de la gaita, siempre acompaada del
tambor. Esparcidas por diversos parajes del campo veanse algunas mesas
vestidas de lienzo blanco y atestadas de ciertos confites peculiares de
la fiesta, como mazapanes, amargos, florones, madamitas, crucetas que se
llevaban los ojos de los nios y los cuartos de las madres. Pocos se van
de las romeras sin algunos de estos dulces en un pauelo, los cuales
toman el nombre de _perdones_, por ser la ofrenda que los romeros hacen
 su familia en recompensa de haberse quedado en casa mientras ellos se
divierten.

En uno de los ngulos del prado se hallaba el grupo de los bailadores
que movan las piernas con ligereza al son de la gaita y el tambor,
rodeados de otro grupo ms numeroso de curiosos. Pero lo que ms atraa
la vista era un gran nogal, colocado casi en el centro del campo, que
por lo espeso de sus hojas y lo bien recortado semejaba una enorme
planta de albahaca. Debajo de l una cantina, donde los cueros hinchados
que guardaban el vino yacan insolentemente sobre las mesas, inmviles
como borrachos. En torno de la cantina y del rbol se haba formado una
danza que daba vueltas pesadamente, cantando las baladas del pas.

Nuestra pareja se introdujo entre la muchedumbre. Inmediatamente se
vieron rodeados por una porcin de aldeanas conocidas de Laura en otro
tiempo, quienes prorrumpieron en exclamaciones de sorpresa y placer,
saludndola con muestras de un regocijo espontneo, y prodigndola mil
eptetos cariosos de los que tanto abundan en la lengua rstica y
primitiva de estas comarcas, tales como botn de rosa, lucero, corazn
de manteca, reitana y palomina sin hiel. Ninguna, sin embargo, se
atreva  llamarla de t, ni  besarla, aunque buena gana se les pasaba
 todas. Algunas, no pudiendo resistir la tentacin, le tomaban las
manos y se las cubran de besos. Laura, muy conmovida, consigui 
fuerza de trabajos desprenderse de aquel grupo y seguir adelante.
Marchaba apoyndose en el brazo de Pedro aspirando con delicia todos los
olores y todos los ruidos de la romera, parndose  cada instante y
fijando su atencin en cuanto la rodeaba. Cerca de una mesa de confites
percibi al fin  una joven que haca tiempo la miraba con ojos tmidos
y ansiosos. Era la amiga ms ntima que haba tenido. Vol hacia ella y
la estrech entre sus brazos con fuerza. La aldeana recibi tal
impresin, que no acert  decir ni hacer nada, y se dej acariciar por
la condesa, inmvil y desfallecida, pero soltando por sus ojos tristes
un diluvio de lgrimas. Despus charlaron mucho de cuanto les haba
pasado. Pedro, que no poda tomar parte en la conversacin, derramaba
la vista con semblante distrado por los contornos.

--Perico, te ests aburriendo. De buena gana bailaras un poco, no es
verdad?... Pues mira, por m no has de dejar de hacerlo. Vamos all, que
quiero bailar contigo.

Y dicho y hecho: la condesa,  pesar de los ruegos y las protestas del
mayordomo, le arrastr hacia el sitio del baile y se introdujo all
resueltamente. Y con gran pasmo del grupo de curiosos, puestos uno
enfrente de otro, comenzaron  bailar con bro y arrogancia al son de la
gaita. Los mozos, levantando los brazos y mirando  las mujeres
atrevidamente  la cara, ejecutaban mil suertes de figuras, brincaban
hacia atrs y hacia adelante haciendo ruido con sus fuertes y
claveteados zapatos. Las mujeres, con los brazos y los ojos bajos,
brincaban mucho menos y reciban la ruidosa y tosca adoracin de su
pareja dignamente y ruborizndose. Pero quin se acordaba de ninguna de
ellas teniendo  la vista la figura encantadora y risuea de la condesa
de Trevia! La muchedumbre, que discurra con estrpito por el vasto
prado; el manso ro, que atravesaba el valle sin prisa de llegar  su
destino, como un viajero que admira la amenidad del sitio; el csped
florido, donde los pies se hundan con deleite; los rboles, y las
imponentes montaas, que cerraban  corta distancia el horizonte, todo
estaba all colocado por Dios con el objeto exclusivo de ver  Laura.
Por lo menos no habra hombre de mediano sentido prctico que no diera
todas aquellas hermosuras por uno de los rizos que caan en desorden
sobre su frente, alborotndose ms y ms con los rpidos movimientos del
baile. Cuando ya tena las mejillas encendidas como amapolas y los pies
se negaban  separarse de la tierra, qued inmvil, y empez  darse
aire con el pauelo. En aquel momento alzse un poco de tumulto cerca de
ellos: se oyeron algunos gritos colricos y tambin el chasquido de los
garrotes. La gente acudi all en tropel. Vironse bastantes palos
enarbolados y otros tantos combatientes ebrios de furor, y alguno de
ellos soltando sangre por la frente. Sali una voz del tumulto gritando:
Pedro, que matan  tu primo! El mayordomo parti como un rayo, y
vibrando su nudoso garrote empez  repartir palos lindamente. Pronto
traz el miedo un crculo espacioso en torno suyo. Las mujeres se cogan
 la cintura de los campeones, queriendo sujetarlos. La condesa, al
igual de ellas, tambin trataba de contener  Pedro vertiendo lgrimas
de susto. Ces al cabo la gresca por la misma razn que haba empezado,
esto es, por ninguna. Quedaron algunas mesas de dulces por el suelo y no
pocas cestas de fruta volcadas. Los heridos se fueron  lavar al ro,
que estaba cerca.

La danza sigui dando vueltas en torno del gran nogal.  la condesa
tambin le vino en apetencia el entrar en ella. Ya los hombres y las
mujeres no estaban separados como en los antiguos tiempos, sino
agradablemente confundidos, aunque agarrndose slo por el dedo meique.
Los mozos terciaban sus garrotes hacindolos descansar sobre el brazo,
lo cual prestaba  la danza el aspecto guerrero que indudablemente tuvo
en su origen. Cuando la condesa y Pedro entraron, la mitad de la danza
deca cantando:

    Ay, un galn d'esta villa!
    Ay, un galn d'esta casa!

La otra mitad contestaba:

    Ay, diga lo qu'l quera!
    Ay, diga lo qu'l buscaba!

La meloda era suave y montona. En una mitad cantaban las voces agudas,
y en la otra las graves, prolongando todas mucho la vocal final del
segundo verso:

    Ay, busco la blanca nia!
    Ay, busco la nia blanca!

Al instante respondan los otros:

    Ay, que no l'hay n'esta villa!
    Ay, que no l'hay n'esta casa!

La condesa se balanceaba cogida al dedo del mayordomo.  menudo volva
la cabeza para dirigirle una sonrisa. Todos tenan los ojos puestos en
ella, mostrando gran satisfaccin de verse tan honrados.

    Si no era una mi prima,
    Si no era una mi hermana.

Y cantaban las voces graves en seguida, bien enteradas de todo:

    Ay, del marido pedida!
    Ay, del marido velada!

--Pedro--dijo en voz baja la condesa,--cmo eres tan quimerista? Yo te
crea ms pacfico... Me has dado un susto!... Todava me late el
corazn con prisa.

--Ah, seorita! Si usted supiera el sentimiento que tengo por haber
hecho esa barbaridad!... Me estara dando de palos hasta romperme la
cabeza, por bruto. Pero ya ve usted, era mi primo... Usted es muy buena,
seorita, y me perdonar, no es cierto?

--S, Periquillo, ests perdonado--repuso haciendo una mueca graciosa y
soltando el dedo para apretar la mano del joven.

    Ay, bien qu'ora la castiga!
    Ay, bien que la castigaba!

Y mejor enterados los otros, respondan:

    Ay, con varillas de oliva!
    Ay, con varillas de malva!

Los mozos y las mozas se dirigan en los intermedios del canto palabras
sueltas y se daban leves empellones  guisa de caricias, no siendo al
parecer estos requiebros de hombros los que menos estimaban las
doncellas de sus galanes. Todos cantaban maquinalmente y sin darse
cuenta del drama sombro que se iba desenvolviendo en su romance. La
misma Laura, que pudiera ver en l tristes analogas, no fijaba la
atencin. Pocas veces se la vi tan risuea y despegada de malos
pensamientos. Con la boca entreabierta, los ojos brillantes y el vaivn
incitante de su cuerpo garrido, pareca otra Laura evocada y trada de
los abismos del tiempo por aquel ritmo primitivo.

    Ay, que su amigo l'espera
    Ay, que su amigo l'aguarda!

    Al pie de una fuente fra,
    Al pie de una fuente clara,

    Que por el oro corra,
    Que por el oro manaba.

--No le parece  usted, seorita, que podemos ir dejando la romera? El
sol est ya muy bajo...

Laura sacudi la cabeza como si despertase de un sueo y solt sus manos
del corro. Cuando se alejaron de la danza las voces agudas cantaban:

    Ya su buen amor vena,
    Ya su buen amor llegaba.

Y las graves respondan:

    Por donde ora el sol sala,
    Por donde ora el sol rayaba.

Despidironse de cuantos amigos hallaron. La sombra, en efecto, haba
invadido todo el valle y empezaba  escalar lentamente las montaas.
Compraron confites y avellanas tostadas y bebieron unos sorbos de vino
para tomar fuerzas. Algunas aldeanas los acompaaron un buen trozo del
camino, despidindolos  la salida del valle. Al entrar en la caada,
una brisa perezosa y blanda vino  acariciarles el rostro y las manos.
Caminaban charlando y comiendo avellanas. Cuando la condesa tena
reunidos en la mano algunos cascos, los arrojaba riendo  la cara de su
acompaante. La voz de la gaita se perda moribunda ya en los repliegues
y concavidades de las peas. El ro se quejaba amargamente del poco
sitio que stas le dejaban. Cerrbanse los avellanos formando tnel y
oscureciendo mucho el camino. Los honrados castaos alargaban sus palmas
sobre las cabezas de los romeros brindndoles proteccin. Al pasar cerca
del molino Laura le dirigi una mirada. La gran culebra triste y oscura
no acababa de encontrar guarida y segua arrastrndose silenciosamente
entre las sombras del crepsculo. Los pedazos del lagarto que Pedro
haba matado se reflejaban an en su lomo tembloroso y plomizo. Cuando
lleg la pareja al palacio era ya noche cerrada.




IX

Fragmentos de un diario.


Cierto no habr lector que haga al seorito Octavio la ofensa de
suponerle desprovisto de un _diario_. Los hroes de novela tienen
ciertas obligaciones  las que no pueden sustraerse.

H aqu algunos trozos arrancados de su cuaderno.

Son de gran utilidad para el curso de esta historia. Estn escritos de
su mismo puo en una magnfica letra inglesa.

      Julio 26.

Lo mismo que ayer. Qu tiempo tan fatal! No tengo disculpa para ir all
con esta lluvia que ahora da en caer por las tardes... Y yo que
atravesara el Ocano en una lancha por tocar un dedo de su hermosa
mano!

      Julio 27.

Lo mismo que ayer y que anteayer. Las maanas estn limpias y claras, y
 la tarde es precisamente cuando estalla la borrasca. Me desespero. Hoy
no pude resistir la tentacin: tom el impermeable y me fu hacia all.
Despus de pasar el puente salt  los prados para atravesar el camino.
Si me hubieran visto caminar con aquel temporal no s lo que hubieran
pensado. Mi objeto nico y exclusivo era verla, aunque fuese de lejos.
Me apost detrs de un rbol y estuve esperando no s cunto tiempo. El
agua me baaba el rostro y el cuello. Al fin o su voz clara y perlada.
Sali al corredor con su hijo y ambos se divirtieron un rato en extender
las manos para recibir en ellas los hilos de agua que caan del techo,
secndose despus con el pauelo. Qu aspecto infantil tan encantador
toma  veces! Y no obstante, yo la prefiero altiva y soberbia, cuando
pasea su mirada distrada por los objetos y contesta  un saludo
profundo con leve inclinacin de cabeza. Mujeres hay muchas; damas muy
pocas. Cuando me acerco  ella tiemblo de los pies  la cabeza, pero
este temblor me hace gozar extraordinariamente. Son misterios de mi
organismo que  nadie se pueden confiar, porque nadie los entendera.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

      Agosto 1.

Hoy, hablando con ella de la antigedad de mi familia, me enred en un
lo de mentiras tan grande, que no s cmo pude salir de l. Me puse
colorado hasta las orejas, y cuantos ms esfuerzos haca por aparecer
sereno, ms me sofocaba. Si lo not, como es de presumir, qu idea tan
baja habr formado de m! Estoy vendido con este rubor estpido que me
asalta por el ms leve motivo. Se me figur que al despedirme hizo un
gesto de desprecio, Dios mo, que estpido soy!

      Agosto 2.

Cuando cre que iba  encontrarla fra y seria por mi necedad de ayer,
recib la deliciosa sorpresa de hallarla ms amable y jovial que nunca.
Jams se acaba de entender  esta clase de mujeres; pero estos vaivenes
y misterios son los que ms encienden el amor. Al verla hoy dirigirse 
m tan cariosa y risuea, me di un vuelco el corazn; se me cort la
voz: seguramente me puse plido. Nunca me ha pasado esto con Carmen. 
los ocho das de tratarla ya me la saba de memoria y predeca todas sus
respuestas y ademanes. Pobre Carmen, qu mal le pago el amor que me
tiene! Pero ella,  el diablo por ella, se empea en quitarme las
ilusiones. Ayer me deca con gran amabilidad que esperaba que hoy fuese
 su casa  comer _de medioda_. Tengo yo la culpa de que la pobre nia
sea tan chabacana?... Hoy ha estado cariosa en extremo conmigo, hasta
el punto de que su marido fijase alguna vez con insistencia su mirada en
nosotros. Esto ha contenido un poco los mpetus de la lengua, pronta 
dejar escapar mi dulce secreto. Yo pensaba que  los maridos se les
tena siempre lstima; pero no es as. Ese hombre me causa pavor. Su
mirada me hace temblar. Hemos merendado en el campo, que estaba
delicioso. He gozado pocas veces tanto en mi vida. El humor de ella
excelente, aunque  veces decaa repentinamente y sin motivo. Como yo me
negase  tomar cierto confite del que se hacan grandes elogios,
levantse de improviso con una cucharilla en la mano; se acerc  m; me
hizo con un gesto encantador abrir la boca y me introdujo all la
cuchara cargada de dulce. Dudo que la ambrosa tuviese mejor gusto.

      Agosto 3.

(Aqu apunta el hroe la escena que se ha descrito al final del captulo
sptimo.)

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

      Agosto 5.

Ayer me llam el conde aparte con aparato de misterio. Confieso que le
segu ms muerto que vivo. No dud que haba sospechado mi pasin; pero
la amable sonrisa con que inaugur su discurso me tranquiliz
completamente. Me dijo que se acercaban las elecciones para diputados 
Cortes y que contaba con mi apoyo y el de mi padre. No tuve valor para
contestarle que yo no tengo ninguna influencia, y que mi padre, como
hombre afiliado  un partido poltico, tiene compromisos ineludibles,
contrarios, sin duda,  las ideas que l representa. Cunto siento que
pap figure en un partido tan avanzado! No s por qu ha tenido la
desdichada ocurrencia de enamorarse de esa chusma insolente que
escarnece todo lo grande y elevado. La igualdad que esa gente pide es la
igualdad en la grosera y la bajeza. Les molesta el brillo de los
salones, y sienten envidia y piden que todo el mundo habite en desvanes.
Se sienten molestados por la superioridad de los nobles, por su cultura,
por su valor, por su exquisita educacin, y pretenden que sean torpes y
cobardes como ellos, sin que sus nombres ilustres, que van unidos  las
inmarcesibles glorias de Espaa, les infundan respeto. Odian tambin la
religin, porque se opone  sus apetitos y les encarece la humildad.
Quieren, en una palabra, destruir las dos cosas ms hermosas que los
hombres han posedo jams: el culto  la divinidad y esa sublime
magistratura de los siglos, que se llama poder real. Me avergenzo de
haber querido tambin su destruccin. Todo el que tenga alma de artista
sentir siempre repugnancia hacia el triunfo de la fuerza numrica.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

      Agosto 9.

Estoy inquieto; no puedo dormir. Me levanto de la cama y escribo estos
cuatro renglones en un estado casi febril. Todo el mundo nota que ando
ojeroso y plido estos das. Y en efecto, siento una intranquilidad tan
grande en mi alma y en mi cuerpo, como si tuviera una pila de
electricidad en la cabeza y otra en el corazn. Dios mo, por darle un
beso, aunque fuese en su lindo pie desnudo, renunciara  todas las
dichas de este mundo! Por besar su cuello blanco y perfumado me parece
que dara tambin las del otro. Hoy hemos dado un paseo relativamente
largo. Seguimos el arroyo que baja de la montaa  unirse en la Segada
con el Lora, caminando siempre entre rboles. Como bamos formando
grupo, apenas pude hablar con ella. Llevaba un vestido azul oscuro; el
cabello al desgaire; en el brazo derecho un brazalete de esmeraldas y en
el cuello un medalln de las mismas piedras. No necesitaba estampar
estos pormenores, porque los he de recordar mientras me dure la vida. En
cierto paraje estrecho tropez en una piedra grande, y gracias  D.
Primitivo, que la sostuvo, no cay. Me he fijado en la piedra, porque
pienso arrojarla al ro... Pero no; mejor ser llevarla  mi jardn y
conservarla. Llegamos cerca de una capilla llamada de la _Consolacin_.
La condesa se empe en entrar; yo la segu. Los dems, incluso el cura
de la Segada, se quedaron fuera con el pretexto de que estaban sudando.
La luz se filtraba con trabajo dentro del exiguo templo por dos
ventanillas estrechas que ms parecan grietas. Colgada frente al altar
de la Virgen, chisporroteaba una lmpara de bronce. Aquella Virgen
solitaria, de mejillas y pies rosados, de ojos cndidos y piadosos,
recibiendo como nica adoracin el triste chisporroteo de la lmpara,
infunda en el alma tierna y amorosa devocin. El silencio era grande.
Las sombras descendan del techo por intervalos y cubran con tupido
manto alternativamente el altar, el confesonario, la Virgen y el
pavimento. La condesa se hinc de rodillas y me dijo en voz baja y
sonriendo:

--Quiere usted rezar unas Ave-maras conmigo?

Me apresur  hincarme tambin  su lado. Empez  rezar delante, muy
bajo, y yo  responderle. No puedo describir la sensacin deliciosa que
tal oracin me caus, aunque s presumo que no aprovech nada  mi alma.
Aquel cuchicheo tan suave que sala de su boca, penetraba en todo mi ser
y lo hencha de voluptuosidad. Hubiese querido prolongar unos instantes
ms aquel estado, y morirme despus.

Cuando volvamos para casa trat de explicarle algo de lo que me pasaba,
para que conociese siquiera un parte del amor infinito que me inspira;
pero siempre rehua la conversacin. Una vez, sin embargo, logr que se
fijase.

--Quisiera morirme pronto--le dije repentinamente.

--Y por qu?--repuso volviendo el rostro con sorpresa.

--Porque llevo dentro de m un demonio que me atormenta sin cesar.

--Qu demonio es se?

--Una pasin imposible.

Sigui caminando en silencio unos momentos y se puso grave. Hasta
entonces haba estado risuea y habladora.

--No encuentro motivo para que usted desee la muerte, Octavio. Una
pasin, por imposible que sea, arrastra consigo muchos y dulces
placeres. Solamente el amar es ya una felicidad inmensa...  mi entender
mucho mayor que la de ser amado. Si es verdad que usted siente una
pasin, y esa pasin es noble, procure usted encerrarla en el fondo del
alma como una joya preciosa, como una flor delicada. Las flores no
crecen en los parajes infectos  ridos. Quiz le preserve de cometer
malas acciones; y aunque no fuese ms que por esto, debe usted
bendecirla.

No me cabe duda que entendi mi declaracin. Su mirada hua de la ma al
decirme estas palabras; su voz temblaba; su paso era precipitado... Oh,
s, me ama, me ama!... Siento no obstante una turbacin... Me encuentro
tan agitado... Todas las noches sueo cosas espantosas...

      Agosto 15.

Me causa vergenza escribir lo que acaba de sucederme; pero no ha de
ser este libro solamente para m? No quiero dejar de apuntarlo, aunque
me cueste trabajo. Tendr siempre  la vista la historia exacta de mi
vida.

Hemos estado en el monte  cazar. Salimos  las cinco y media de la
maana y regresamos  las siete de la tarde. El conde se empea en que
_ella_ cace tambin: y por qu sitios! Por mucho que la imaginacin
trabaje, es imposible que se forje nada tan fragoso y espantable. Hemos
estado en la misma Pea Mayor; pero antes de llegar all necesitamos
atravesar bosques espesos de hayas, donde se deja en pedazos la ropa y
hasta la piel, senderos labrados en la roca sobre negros abismos, donde
un tropezn cuesta la vida, y puentes rsticos, formados  veces de un
solo tronco de rbol, que por maravilla no se va uno cien veces al
torrente. Las montaas se elevan  menudo perpendicularmente sobre
nuestras cabezas, dejando slo un estrecho paso que se reparten el
hombre y el arroyo. En otras ocasiones los peascos se aglomeran en un
punto, los unos sobre los otros, de tal suerte que el hombre y el arroyo
se ven obligados  dar mil vueltas y rodeos para hallar salida. Ella
pasa por los sitios ms peligrosos sin ningn miedo.  veces parece
gozar desafiando  la muerte. Verdad que lleva consigo  Pedro el
mayordomo, que conoce todos aquellos parajes al dedillo y anda por ellos
lo mismo que por una sala. Le he visto hoy coger  la condesa como si
fuese una mueca y atravesar de dos brincos un puente hecho de troncos
podridos. Despus de andar intilmente bastante tiempo, y ya bien
mediada la tarde, echamos un rebao de nueve corzos. Ni ella ni yo, por
haber disparado con precipitacin, conseguimos tocar  ninguno. El conde
esper con calma que estuviesen cerca y dej dos muertos de dos
disparos. La impasibilidad con que este hombre lo ejecuta todo es para
sorprender  cualquiera. Ella le tiene miedo, y esto me obliga  odiarle
con todo mi corazn, por ms que reconozca que es un hombre distinguido.
No creo que la maltrate, pues al fin y al cabo nobleza obliga, pero me
da el corazn que no la quiere. Qu sacrilegio! Dnde tendr los ojos
el seor conde de Trevia?

Despus que presenciamos las ltimas convulsiones de los corzos (cuando
contempl el dolor de aquellos inocentes animalitos, por nada en el
mundo hubiera querido ser su matador), subimos an ms para ver el lago
_Ausente_, que es un capricho grandioso de la Naturaleza. Est rodeado
de altas y descarnadas montaas que forman un anfiteatro en el cual la
superficie tranquila del agua forma el redondel. Nos asomamos por uno de
los peascos que lo circundan. La soledad de aquel sitio es aterradora y
oprimi mi corazn. Parece el lugar donde los genios de la montaa
vienen  llorar sus tristezas, y aquellas aguas opacas y pesadas como el
plomo, las lgrimas que derraman. El conde, apenas hubo arrojado sobre
l una mirada, se volvi con Pedro. Quedamos ella y yo en pie sobre el
abismo. Qu hermosa estaba sobre su pedestal grantico! Despus de
Dios, jams contempl aquellas aguas un ser tan bello. Sent que el
corazn me lata fuertemente; me pas como un carbn encendido por la
garganta; turbseme la vista, y sin saber cmo, me encontr  sus pies,
diciendo:

--Ms vale morir una vez que morir mil veces cada da. Hace un mes que
tengo un infierno en el corazn... Una palabra, una mirada, un gesto de
usted puede elevarme repentinamente al cielo... Porque quiero que usted
sepa que la amo... s... la amo como un insensato que soy. Soy un
insensato... pero ya no tiene remedio... Si esa palabra  esa mirada no
viene, tendr usted la triste satisfaccin de verme rodar ahora hasta
esas negras aguas que me taparn para siempre.

Qued un momento suspensa, mostrando gran sorpresa. Me dirigi una
mirada altiva y prolongada; y sin proferir palabra volvi la espalda y
ech  andar lentamente.

No s lo que pas por m. Cuanto tena delante, el lago, la tierra, el
cielo, quedaron confundidos y se oscurecieron. Sent que era necesario
morir, y vi la muerte delante de los ojos. Pero un pensamiento maldito
de temor se alz en mi corazn con poder invencible. Vi de improviso y
en un solo instante todo mi pasado: los sitios donde corrieron las
dulces horas de mi infancia, el pequeo lecho donde me dorma oyendo los
cuentos de la criada; sent sobre la frente los tiernos besos de mi
madre y en las mejillas la spera caricia de la mano de mi padre, ms
suave para m que el ala de un ngel... El lago estaba tan negro!...
Qu rumor lgubre levantara mi cuerpo ensangrentado al penetrar en
l!... Ay! Faltme el valor... Qu vergenza!... Met el rostro entre
las manos y romp  llorar como un nio.

Not que ya no andaba, y sin verla sent que su mirada se posaba sobre
m ms dulce y compasiva.

Durante el camino no me atrev  despegar los labios. Ella tambin iba
silenciosa. El conde y Pedro charlaban de las ocurrencias de la caza.
Cuando llegamos  casa era ya noche. Lo primero que vimos en el portal
fu  la monsima Emilia que extendi los bracitos hacia su madre
gritando de alegra. sta se apresur  levantarla y le di un sonoro
beso en la frente. Despus, sealndomela con ademn imperioso, me dijo:
Ah!

Obedec sumiso y bes tambin la frente de la nia.

      Agosto 16.

Salgo de la cama en este instante. No he soado monstruosidades como
otras veces, pero ha sido tan triste mi sueo, que an estoy conmovido.
Siento dentro del alma una melancola honda y desgarradora como si me
encontrase solo en el mundo.

So que me hallaba en medio de un saln de baile esplndido y hermoso y
profusamente iluminado. Pero lo raro es que en aquel saln no haba
nadie ms que yo, que me paseaba en traje de etiqueta, viendo repetirse
mi imagen en todos los espejos. El silencio era casi absoluto. Mis pies
se hundan en la mullida alfombra sin producir ruido. Al cabo de algn
tiempo observ que se abra una puerta y apareca en ella la torneada
figura de la condesa, rica y elegantemente vestida. Dirigise  m
sonriendo y me dijo: Quiere usted que bailemos un poco? Al mismo
tiempo escuch los acordes de un vals de Strauss, tocado admirablemente
por una orquesta invisible. Nos pusimos  bailar. Ella se abandon en
mis brazos como una nia y corrimos el saln de un cabo  otro sin tocar
apenas en el suelo. Yo, sin gastar prembulos, le declar mi amor con
palabras fogosas y apasionadas. Me respondi que su amor era tan grande
como el mo y empez  estrecharse ms contra mi pecho. Turbado y ebrio
de voluptuosidad, quise acercar mis labios  los suyos; pero en aquel
momento me sent cogido por unas manos de hierro. Volv la cabeza y se
me figur ver el rostro plido del conde. Todo desapareci y mi sueo
qued disipado, como las imgenes de un cuadro disolvente.

Despert muy agitado. Aunque estoy mejor, an me dura la alteracin
nerviosa. No s si llegar  presentarme otra vez en la Segada. Quisiera
tener fuerzas para huir de estos sitios.




X

Sntomas graves.


EL calor haba alcanzado su grado mximo. Los rboles y las plantas,
poco acostumbrados  l, empezaban  sentirse sofocados y demandaban 
las nubes, que pasaban volando sobre ellos, algunas gotas de agua; pero
las nubes se hacan las sordas y seguan inflexibles su camino por el
espacio. Los frutos comenzaban  amarillear; los riachuelos se secaban
dejando al descubierto su lecho de guijarros que los rayos del sol
tornaba blancos. Si se aplicaba un fsforo encendido  la hierba, arda
como estopa. La gente de la Segada tena que andar un kilmetro para ir
 la fuente, porque la del pueblo se haba agotado.

La vida en el palacio era montona, pero dulce y amable. Laura tena
perfectamente distribudo el tiempo, y lejos de aburrirse se encontraba
como el pez en el agua. La idea de su vuelta  Madrid la estremeca. Se
levantaba muy temprano y sala  la huerta, donde hizo por su mano
algunas notables mejoras, como fu la de trasplantar algunos claveles
que estaban demasiado prietos y se molestaban, y limpiar el polvo con
delicado esmero  las hojas de una enredadera: tambin coloc una
esterita de quitaipn sobre los aleles para que el sol no los quemase 
ciertas horas del da. Tornaba al palacio siempre fatigada y se
apresuraba  lavarse las manos manchadas de tierra. Despus se
desayunaba en compaa de sus hijos, con los cuales permaneca encerrada
en sus habitaciones toda la maana, alternando los juegos con el
trabajo. Eran las horas ms deliciosas de su existencia. Pero venan 
avisarla que el almuerzo estaba servido y era fuerza resignarse otra vez
 ver sonrisas ambiguas, miradas crueles, semblantes odiados.

Por la tarde, cuando no tomaba el lbum y los lpices para ir  dibujar
al campo, sala  dar una vuelta por el pueblo. Entraba en las casas de
los vecinos y se pasaba  veces dos  tres horas en alguna de aquellas
miserables viviendas sentada sobre un cofre sucio, escuchando sin
pestaear las relaciones de las mujeres grrulas que no acababan jams 
ayudndolas en sus fatigosas tareas. Al principio la trataban con mucho
respeto.  medida que la conocan, iban tomando confianza, que hubo de
tocar no pocas veces en familiaridad. Pedro sola acompaarla en estas
excursiones, lo mismo que en los trabajos matinales de jardinera. El
pobre deba de aburrirse de un modo lastimoso en aquellas sesiones en
que la condesa serva de pao de lgrimas, pero no lo demostraba. Antes
pareca estar como en la gloria sentado frente  su seora, callando,
sonriendo y sin quitarla ojo.  las cinco, poco ms  menos, la condesa
volva  casa para recibir las visitas de los amigos de Vegalora. Al
oscurecer coman y despus de rezar el rosario y acostar  los nios se
encerraba en su cuarto y pasaba gran rato leyendo antes de irse  la
cama. As era la vida que la opulenta condesa de Trevia, gloria y
admiracin de los salones de la corte, verdadera estrella Sirio de la
sociedad madrilea, encontraba dulce y amable. Algunos das sala de
caza, con no poca pesadumbre, pues aunque amaba el ejercicio y los
campos, aborreca la muerte de los animales inocentes. Adems, se vea
precisada  estar con _l_ algunas horas.

En cuanto  la manera que el conde tena de pasar el tiempo en su
palacio, slo la blonda institutriz pudiera dar cuenta perfecta de ella.

La del mayordomo haba cambiado notablemente desde la llegada de sus
amos. Pedro era un buen muchacho, un poco brusco, un poco altivo, un
mucho cndido y noble. Las vicisitudes de su carrera militar, aunque
breve, gloriosa y variada, no le haban enseado ms de lo que ya tena
aprendido de la naturaleza:  callar pocas veces sus sentimientos y 
ser intrpido y firme en todas ocasiones. Su figura anunciaba claramente
estas cosas. Aquellos ojos negros velados por largas pestaas, aquel
cabello encrespado, los rasgos pronunciados de su rostro trigueo, la
anchura de su cuello y lo fornido de sus hombros acusaban sin ninguna
duda el temperamento sanguneo puro. En toda la comarca era temido por
sus mpetus y amado por su franqueza y generosidad. La vida de Pedro
antes era la de un labrador bien acomodado. Odiaba las cifras y las
cuentas y procuraba despachar las que le estaban encomendadas en el
menor tiempo posible y por el procedimiento ms breve. En cambio era
apasionadsimo de los trabajos del campo, de la caza, de los caballos y
de los toros. Le costaba mucho trabajo estarse quieto, sobre todo en
casa. Pareca que sus pulmones de gigante no encontraban aire ni aun en
los espaciosos salones del palacio. Pero desde que los seores habitaban
en la Segada,  mucho haban cambiado sus aficiones,  muy contrariado
deba estar, pues sus costumbres no eran las mismas. Ya no sala de caza
sino con los condes. Dej en manos de los criados los trabajos de la
labranza. Apenas visitaba las cuadras y pasaba mucho ms tiempo en casa.
La condesa le tena secuestrado para todas sus excursiones y arreglos de
jardn. Los nios tambin le retenan como un compaero que les serva
en sus juegos.

Las relaciones entre Pedro y la condesa haban experimentado asimismo
algunos altibajos dignos de atencin. Durante los primeros das, el
respeto y la veneracin tenan cohibido al mayordomo en presencia de su
seora y le obligaban, contra su natural,  mostrarse tmido y
reservado. Vino despus un perodo de confianza del cual hemos visto ya
una muestra en la excursin  la romera. Su carcter franco y enrgico
concluy por sobreponerse al espritu infantil de la condesa. En sus
conversaciones casi lleg  borrarse la lnea infranqueable que los
separaba. Mas de repente, y sin que Laura diera motivo para ello, Pedro
cay de nuevo en una timidez y una reserva inexplicables. No slo
prescindi de las frases familiares y de los modales descuidados en su
presencia, sino que hasta evitaba el mirarla frente  frente.  pesar de
esto no se not que huyera las ocasiones de acompaarla; antes al
contrario, pareca que las solicitaba. Mas, una vez  su lado, dejaba
pasar las horas sin despegar los labios, apresurndose  cumplir sus
rdenes ms insignificantes. La timidez del mayordomo no era en verdad
de la misma ndole que antes. Haba en ella ms idolatra  la mujer que
respeto  la seora. La condesa,  no observaba tal cambio de modales, 
si lo observaba no quera fijar la atencin en ello.

La actividad de Pedro haba decrecido notablemente. Aquel Hrcules se
enervaba  ojos vistas en los cuidados del jardn. El perfume que la
condesa despeda de su persona haba mermado sus fuerzas y el roce
fugaz de su vestido turbado mucho sus costumbres. Cuando quedaba slo no
buscaba al momento, como antes, una ocupacin manual en que
entretenerse. Permaneca grandes ratos contemplando sin pestaear
cualquier objeto que tuviera delante de los ojos y (cosa que hasta
entonces nunca le haba sucedido) le llamaban poderosamente la atencin
las cimas lejanas y vacilantes de las montaas que cortaban la niebla
del horizonte. Quiso atribuir al calor esta singular postracin que
experimentaba, y cuando algn vecino despus de sorprenderle con los
brazos cruzados le diriga alguna pulla, echaba pestes contra el verano,
que le quitaba las ganas de emprender ningn trabajo. Y en realidad, no
menta. Nunca haba sufrido tanto calor. La sangre herva dentro de sus
venas producindole gran desasosiego. Pasaba las noches en claro dando
vueltas en la cama sin lograr prender los ojos. Y de vez en cuando sola
levantarse en lo ms hondo de sus entraas un rumor extrao, doloroso,
que le desazonaba sin acertar  comprender de dnde vena ni qu
expresaba. Pareca el ruido de la sangre al invadir con mpetu lugares
donde nunca hubiese entrado.

Cierta noche en que se revolva en el lecho medio sofocado por el calor
y la desesperacin de no dormirse, despus de haber aligerado la ropa en
vano y abierto de par en par la ventana, concibi el proyecto de salir 
darse un bao en el ro. Y como para nuestro mayordomo los proyectos
eran resoluciones, y ms tratndose de algo peligroso, dicho y hecho:
levantse velozmente, abri una de las puertas traseras del palacio y se
encamin sin vacilar  las orillas del Lora. Despojse inmediatamente
del vestido y se zambull en los cristales opacos del ro con estrpito.
La noche era despejada, pero sin luna. El remanso donde se baaba estaba
envuelto en sombras espesas que los rboles arrojaban. Permaneci ms de
media hora tendido de cara al cielo contemplando las estrellas que
flotaban en el ter como l en el agua. Pensaba,  por mejor decir,
soaba cosas disparatadas, pero suaves y hermosas. El calor, sin
embargo, no hua de su cuerpo. Dej pasar ms tiempo, y viendo que no
consegua refrescarse enteramente, sali del bao. Cuando se puso la
ropa sinti un fuerte temblor de fro, que desapareci al instante. En
el camino sinti otros dos  tres cada vez ms prolongados. Al entrar en
la cama tiritaba atrozmente y no consigui producir la reaccin por ms
que se ech gran cantidad de ropa encima. Al amanecer se le fij un
agudo dolor en el costado izquierdo que le oblig  llamar al mdico. 
las diez de la maana estaba declarada la pulmona, y el mdico de la
villa le daba un fuerte lancetazo y le extraa buena porcin de sangre.

La condesa,  las doce del mismo da, asom su carita graciosa y
sonrosada por la puerta del cuarto y pregunt con inters:

--Qu es eso, Pedro, qu te pasa?

--Me he puesto malo, seorita, pero ya estoy bien.

--Qu has de estar bien, hombre, si me han dicho que te acaban de
sangrar! Cmo has hecho la atrocidad de baarte por la noche? Te est
bien empleado por majadero. Crees que se puede jugar con la salud? Lo
que no sucede en un ao sucede en un da. Los que estis robustos os
figuris que no podis enfermar jams, pero cuando menos lo pensis os
viene el latigazo encima. Voy  preparar el calmante que el mdico ha
recetado. Ten cuidado de no sacar los brazos fuera. Gracias  Dios, eso
no ser nada. No tengas aprensin.

Desapareci despus de pronunciar este sermoncito, que el mayordomo
encontr delicioso.

Al da siguiente  la misma hora volvi  asomar la cabeza.

--Cmo va?

--Mejor; ya me ha desaparecido el dolor.

--Has dormido?

--Regularmente.

--Ya s que te prob bien el calmante. Hay que repetir la dosis. Lo que
importa es que sudes mucho. He mandado calentar unas botellas de agua
para los pies, y que te las renueven cada hora. Pero qu majadera has
hecho, Pedro! Cmo se te ha ocurrido la idea de baarte por la
noche?...

La condesa pronunci un nuevo sermn contra los hombres que juegan con
su salud.

Al otro da, despus de preguntarle cmo segua, Laura observ que la
ropa de la cama se haba cado un poco, y sin poder contenerse se acerc
al enfermo.

--Ave Mara Pursima, cmo has puesto la ropa!--exclam mientras la
arreglaba con solicitud maternal.--Si no te movieses tanto, criatura, no
te sucedera esto. No tienes t toda la culpa, sino esas torpes de
criadas que no saben hacer una cama.

Al tirar por la ropa hacia arriba, los dedos de la condesa rozaron la
boca del mayordomo, el cual dej escapar un beso tmido sobre ellos.
Laura quit rpidamente la mano, se puso colorada y continu, sin decir
palabra, arreglando la cama.

Al da siguiente slo asom la nariz por la puerta para preguntarle cmo
segua, y se fu sin entrar en conversacin. Pero al otro volvi  notar
con disgusto que las almohadas se hallaban completamente fuera de su
sitio.

--Debes de estar muy incmodo, Pedro. Espera... alza un poco la
cabeza.... As.... No ests mejor ahora?

Arregl despus un poquito el lecho, y all, para concluir, tir otra
vez por la ropa haca arriba. La casualidad hizo que otra vez rozasen
sus dedos con la boca del joven. La casualidad tambin que Pedro
apretase sus labios contra ellos. La condesa no pareci notarlo.

El mayordomo era muy inquieto en la cama. La enfermedad le haca serlo
an ms, por lo que con mucha frecuencia se le revolva y marchaba la
ropa. Al menos, la condesa la encontraba siempre muy descompuesta. Las
casualidades de que hablbamos repitironse varias veces, sin que Laura
se diese por enterada ni acusase recibo del beso. Era tan leve y tan
tmido! Si hubiese mostrado enojo, el pobre Pedro hubiera empeorado y
acaso sucumbido. Pero con aquella dulce medicina nuestro mancebo se fu
mejorando de un modo rpido, hasta levantarse  los doce das del lecho.
Nunca enfermedad se le hizo ms corta  nadie.

Estuvo tres  cuatro sin salir de la habitacin. Durante ellos pudo
observarse una cosa singular, y es que estaba menos contento en la
convalecencia que lo haba estado en la enfermedad. La gente del palacio
lo atribua al abatimiento que le dejara la extraccin de sangre.

La condesa vena  verle todos los das, conversaba con l, le traa
golosinas, le mimaba... pero ya no arreglaba la ropa. Su tristeza era
visible para todos, que procuraban animarle, menos para ella.

Una tarde, sin embargo, cuando estaba ya casi sano, la condesa asom,
como de costumbre, la cabeza y le pregunt si no se decida  dar una
vuelta por la huerta. El da estaba muy hermoso y el ambiente seco;
alguna vez era preciso salir del cuarto. Pedro contest, sonriendo, que
no se hallaba con nimo todava para pasear. Mas en la sonrisa que
contrajo sus labios reflejbase una tristeza tan profunda y tan grande
abatimiento, que la condesa se le qued mirando un buen espacio tratando
de sondarle el alma. Al fin, acercse  l lentamente y le dijo en voz
baja:

--Ests muy triste, Pedro. Te encuentras peor?

--No, seorita, no; me encuentro bien.

--Vamos, no lo ocultes. Te sientes mal?

--No; ya estoy completamente bueno.

--Entonces, te hace falta algo?

Vacil un instante y, apoderndose rpidamente de una mano de su seora,
empez  cubrirla de besos apasionados.

--S, me hace falta esto.

 la pobre Laura se le encendi el rostro. Qued confusa y temblorosa, y
no supo ms que decir mientras trataba de sustraer su mano  las
apasionadas caricias del mayordomo:

--No, eso no... eso no!




XI

Lo que cuesta un perro de caza.


El Canelo no era uno de esos perros frvolos que se ponen en dos patas
as que se lo ordenan con imperio, ni se entretena en buscar un pauelo
cuando se lo ocultaban adrede, ni nunca se oy que hubiese saltado por
Francia, por Inglaterra  por cualquier otro pas extranjero. Tampoco
era un perro cominero que llevase la cesta al mercado y la bolsa de los
cuartos y viniese muy tranquilo para casa con la carne y el pan sin
tocar de ellos. Haba formado opinin muy severa sobre todas estas
nieras que no tienen inconveniente en ejecutar los perros
sietemesinos. Si alguien le hubiera propuesto una cosa parecida, es
seguro que lo hubiera rechazado enrgicamente. Mas en lo que toca al
cumplimiento de las tareas que estaban encomendadas  su cuidado, bien
puede decirse que ningn perro le pona el pie delante. Era esclavo de
sus deberes. As que senta en el cuello el cascabel de caza y vea  su
amo tomar la escopeta, se le hinchaban las narices de contento y
empezaba  ladrar como un energmeno (como un perro energmeno),
manifestando por todos los medios posibles que el deber no era para l
una carga, antes por el contrario estaba deseando ser til en todo lo
que pudiera. Por esta cualidad tan sobresaliente, y por su maravillosa
aptitud y habilidad para quedar hecho una estatua delante de las
perdices y para _cobrarlas_, aunque se ocultasen en el centro de la
tierra, se haba captado la estima y admiracin de todos los cazadores
del contorno. Alguno de ellos lleg  ofrecer por l dos onzas de oro;
pero estaba tan lejos Pedro de enajenarlo  ningn precio, como de
tirarse  la mar. Porque aunque no le escaseaba los puntapis, tal
cario le profesaba, que primero le faltara el pan  l que  su perro.
Razn poderosa tena, pues, el Canelo para adorar  su amo y no
separarse de su lado ni de da ni de noche.

Las costumbres del Canelo no podan ser ms sencillas y metdicas. En el
invierno se tumbaba al sol, y en el verano  la sombra. La nica
variante que  veces introduca en este rgimen saludable, era el
tumbarse tambin al sol por el verano exponindose  tomar un tabardillo
 unas calenturas gstricas. Adoptaba siempre para acostarse posturas
diversas y tan fantsticas en ocasiones, que excitaba la admiracin de
los que le miraban. Si no fuese por las pulgas y las moscas, el Canelo
se hubiera juzgado con razn el perro ms dichoso de la tierra. Pero
estos inicuos animalejos le haban declarado una guerra cruel; no
perdonaban medio de molestarle y exasperarle, consiguiendo  veces
ponerle en un estado de irritacin vecino de la locura.

Los rasgos sobresalientes de su carcter eran la honradez y la
independencia. Mas no dejaba de ser afable con todo el mundo y se dejaba
acariciar de cualquiera, aunque sin hacer aspavientos. Era pacfico por
naturaleza y de un temperamento tan conciliador, que nadie poda venir 
las manos con otro en su presencia: en seguida saltaba hecho una furia
sobre los contendientes, y los obligaba  separarse con grave detrimento
de sus pantalones, cuando no de las pantorrillas. Gozaba de mucha
popularidad en la comarca, siendo conocido por su nombre lo mismo en la
villa que en los caseros del concejo. Entre los perros tambin era bien
quisto. Todos confesaban que tena una razn muy clara y le juzgaban
incapaz de jugar una perrada  nadie. Si la raza canina convocase un
parlamento, el Canelo sera indudablemente el candidato indicado para
aquel distrito.

Mas como al fin no hay mortal que est libre de defectos, nuestro Canelo
tena algunos, aunque de poca monta, que la imparcialidad obliga 
confesar. Decase, con razn, que era un tanto caprichoso y no bastante
justificado en sus antipatas. Todo el mundo, por ejemplo, censuraba la
conducta inconveniente y grosera que segua con el licenciado Velasco de
la Cueva, al cual sin motivo alguno ladraba, grua y hasta pretenda
morder. El pobre D. Juan Crisstomo no acertaba  explicarse el por qu
de esta aversin, y se le erizaba el cabello cada vez que necesitaba ir
 la Segada. Apel al recurso de los mendrugos, llevando siempre buena
provisin de ellos en los bolsillos, que se apresuraba  donar
liberalmente al inhumano perro, as que le tena cerca; mas ste, que
mientras duraba la pitanza mova la cola en seal de amistad y gratitud,
lo mismo era concluir, que tornaba  gruir de un modo ms cruel, sin
consentir por ningn concepto que el licenciado le pasase la mano por la
cabeza. Peor resultado di todava el bastn de estoque que D. Juan
Crisstomo tuvo  bien comprar. El furor del Canelo, cuando se hizo
cargo de que el licenciado haba adquirido un nuevo bastn, no tuvo
lmites. Era una ofensa que slo poda lavarse con sangre. Fu menester
que Pedro le machacase  golpes y despus le atase para conseguir
apaciguarlo.

Adems de esta desigualdad de carcter, que por fortuna slo se mostraba
de raro en raro, es necesario manifestar que era uno de los perros menos
religiosos que se hubiesen visto nunca. No sabemos si por estar
inficionado de los ltimos errores de la filosofa alemana,  por su
mismo natural refractario  toda idea teolgica, es lo cierto que era
muy poco respetuoso con los misterios de nuestra religin. No se di vez
que hallndose en misa no se hubiera levantado en el instante ms
crtico y solemne para desperezarse groseramente abriendo una boca
horrorosa y echando un palmo de lengua fuera. Hecho lo cual con mucha
sangre fra y la cola tiesa, se sala _pian pianito_ del templo. Todo el
mundo censuraba fuertemente estos alardes de impiedad.

Mas  pesar de tales y otros defectos, no es posible negar que era un
perro simptico y de excelente fondo. Desde la llegada de los condes 
la Segada, haba experimentado su vida algunas modificaciones que no
eran de su gusto. Confesaba, como no poda menos, que la comida era ms
abundante y escogida, pero en cambio se vea obligado  sufrir la soba
continua de los nios que no le dejaban  sol ni  sombra. En todo el
da no cesaban: Canelo para aqu, Canelo para all; unas veces
montndosele sobre el espinazo, otras tirndole de las orejas y otras
del rabo. Era cosa para desesperarse. Mas todo lo sufra con paciencia
por ser los verdugos hijos de tal madre. Porque es de saber que el
Canelo haba tomado grandsimo amor  la condesa desde el punto en que
la vi, sin que para ello hubiese ningn motivo de inters, pues ya
conocemos la generosidad y limpieza de su corazn. Lo mismo era verla
que ya perda su continente grave y reposado: saltaba y brincaba y
mova la cola haciendo mil suertes de carocas lo mismo que un ruin
cachorro. Algunas veces, sin decir oste ni moste, le pona las patas
sobre el pecho, y en poco estaba que no la hiciese caer; otras, cuando
la vea sentada en el campo, se acercaba sigilosamente por detrs y le
pasaba la lengua por la cara. La condesa daba un grito y despus se
echaba  rer mientras l la contemplaba de hito en hito  distancia
respetable, un poco asustado de lo que haba hecho. Verdad que la
condesa le pagaba su aficin prodigndole grandes cuidados culinarios y
librndole en no pocas ocasiones de la justa clera de su dueo. Y basta
de noticia biogrfica.

Acaeci que una maana de los ltimos das del mes de Agosto sali la
condesa con sus hijos  solazarse  la pomarada, donde las espesas copas
de los rboles brindaban sombra fresca y deleitable. Reclinada debajo de
uno, sobre un almohadn que le trajo Pedro, miraba con semblante risueo
corretear  los nios y divertirse con el Canelo. ste, contra lo que
pudiera presumirse, se hallaba de humor excelente: se prestaba de buena
voluntad  que le tirasen por el rabo, sin dejar por eso de hacerse el
enfadado y correr detrs de los muchachos como una fiera que los fuese 
devorar. Pero los nios, que saban  qu atenerse sobre esta fiereza,
se paraban de repente y le metan sus manos pequesimas en la boca con
la mayor tranquilidad del mundo. Miss Florencia paseaba sola en uno de
los parajes ms apartados de la finca con un libro abierto en la mano.

La condesa haba cambiado bastante desde su llegada  la aldea. Haba en
su persona modificaciones sensibles que todo el mundo notaba, y otras
que slo un ojo perspicaz y avezado  sondar las profundidades del
corazn pudiera distinguir. El cambio de color en las mejillas era lo
que primero saltaba  la vista. Los aires del campo y el ejercicio las
haban tornado ms frescas y rosadas: las ojeras madrileas haban
desaparecido totalmente. Pero la mirada de las gentes que ordinariamente
frecuentaban el palacio detenase aqu, sin observar los matices
delicados, los detalles casi imperceptibles de esta trasformacin. No
observaban, por ejemplo, que sus ojos estaban velados  la continua por
una humedad cristalina que los haca ms brillantes y tiernos y que sus
labios, en cambio, se hallaban casi siempre secos. No observaban que su
marcha era ms lenta y sus ademanes ms tmidos; que le gustaba mucho
estar sola y que  menudo se la encontraba distrada con los ojos
puestos en el vaco; que vagaba, en fin, constantemente por su boca
hermosa una sonrisa beata muy lejana de aquella aciaga y melanclica del
tiempo en que por primera vez la vimos. Para cualquier hombre aficionado
al estudio y observacin de los caracteres, no ofreca duda que la
condesa de Trevia era feliz. Caso raro, en verdad, dados los
precedentes que de ella tenemos. Cmo se haba operado una
trasformacin tan sbita en el espritu de nuestra herona? Qu
acontecimiento singular y poderoso haba conseguido despedir la nube de
tristeza que la envolva y despertar nuevamente la msica dulce de su
temperamento risueo? Para la mujer slo hay un acontecimiento capaz de
producir tales y tan instantneos efectos: nuestros lectores lo saben y
an mejor nuestras lectoras. Estara la condesa enamorada? Dejemos que
los acontecimientos, prximos por fortuna, vengan  esclarecerlo.

Al poco rato de hallarse disfrutando de la amenidad de la pomarada lleg
tambin el conde, vestido como siempre de modo caprichoso, con un traje
de franela blanca y gorra negra de caza. Traa pintados en el semblante
el cansancio de todo y la sequedad de su alma. Despus de haber
contemplado breves instantes  sus hijos, que ya no corran, sino que
formaban grupo silencioso, dentro del cual estaba el Canelo, hizo que
Pedro le trajese la escopeta para tirar al blanco. Fijse ste en el
tronco de un manzano, y por algn tiempo estuvieron resonando tiros en
la finca. Todos los presentes fueron invitados  tirar, exceptuando los
nios. La condesa acert muchos blancos, lo mismo que Pedro y miss
Florencia. El nico que estuvo desgraciado fu el conde,  pesar de ser
un tirador habilsimo en toda clase de armas, de lo cual haba dado ms
de una brillante muestra en los tiros de pistola y salas de armas de
Pars y Madrid. Pero aquel da estaba nervioso  no saba lo que le
pasaba. Tena motivos para estar irritado por su torpeza, y no obstante,
su fisonoma no daba seales de alteracin, apareciendo fra y tranquila
como siempre y plegada por la misma ambigua sonrisa, aunque un poco ms
definida.

El Canelo, desde que oyera los primeros tiros, no paraba ni tena
sosiego, figurndose, sin duda, que aquello tocaba ya  su ministerio.
Pero estaba sumamente sorprendido de no ver caer ni un miserable pjaro,
y deploraba en su interior la detestable puntera y la torpeza de los
cazadores.

Las carreras y los saltos que daba eran incesantes y prodigiosos. El
conde, que estaba apuntando al blanco, se distrajo una de las veces
mirndole correr, y sin decir palabra movi el can y lo dirigi hacia
l. Son el tiro. El Canelo se detuvo en su carrera y cay herido
mortalmente.

El conde solt una carcajada y dijo alargando la escopeta  miss
Florencia: Veo que an no he perdido enteramente la puntera. Todos
los circunstantes quedaron atnitos. Pedro se puso blanco como el papel;
despus le subi una ola de sangre  la cara y pas un relmpago de ira
por sus ojos. Todo su cuerpo se estremeci como el mstil de un barco al
golpe del viento. Por un instante pudo creerse que el fiero len caa
sobre el gato y lo deshaca entre sus garras; mas la chispa se apag
sin causar estrago. Quedse otra vez plido, baj los ojos y de ellos
brot una lgrima ardiente y silenciosa. Lo nico que sus labios
trmulos murmuraron fu: Seor! de un modo casi imperceptible. El
conde le arroj una mirada altiva, volvi la espalda y se fu hacia
casa. La condesa y Pedro corrieron al sitio donde yaca el perro
luchando con las ansias de la muerte. El pobre animal levant la cabeza
lentamente, y pareci decirles con una mirada angustiosa: Por qu me
habis matado? Pedro dijo sordamente:

--Hace falta agua.

La condesa agarr el sombrero del mayordomo y vol  uno de los charcos
cercanos. Despus, ambos de rodillas, se pusieron  lavar la herida del
animal. La bala le haba atravesado de parte  parte, entrndole por el
vientre cerca de las patas traseras y salindole por el pecho. Todos los
esfuerzos fueron intiles. La sangre corra con tal abundancia,  pesar
de los pauelos que le ataron, que en breve se hizo un charco  su
alrededor. Los nios,  cierta distancia, contemplaban con ojos de
espanto y dolor la muerte de su fiel amigo. La respiracin del Canelo
era cada vez ms fatigosa y anhelante: despus se fu poco  poco
amortiguando, escuchndose un estertor dbil y profundo. Se le vidriaron
los ojos. Levant, por ltimo, con suavidad la cabeza, que la condesa se
apresur  tomar entre sus manos. El moribundo perro alarg un poco el
hocico, lami una de aquellas manos y expir....

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

Acababan de sonar las dos de la noche. El reloj del saln principal,
oculto en su caja de madera negra, haba vacilado algn tiempo antes de
darlas. Las tinieblas envolvan el saln y toda la casa. Reinaba el
silencio en todas partes. El latir grave y acompasado del reloj era el
nico ruido sedicioso que turbaba la majestad de aquel silencio. Se
haba estremecido dentro de su armadura, como si quisiera despertar de
algn sueo triste, y haba exhalado un suspiro ronco: despus se
escucharon en lo interior de su vientre algunos ruidos huecos y
mecnicos. Por ltimo, lanz dos campanadas firmes y solemnes que
vibraron largo tiempo por los espacios tenebrosos del palacio. Despus
todo qued otra vez en silencio.

Trascurrieron algunos instantes. Una de las puertas del saln, la que
daba  las habitaciones de la condesa de Trevia, empez  abrirse
suavemente, y apareci en ella una figura blanca. Cerr tras s la
puerta y avanz cautelosamente hasta la mitad de la estancia. El reloj
no la dijo una palabra: se content con mirarla desde su rincn oscuro
asomando el rostro por encima de la negra caja de madera. La figura
blanca, despus de pararse un instante, avanz de nuevo y sali por otra
puerta que daba  un pasillo. Sigui avanzando por l cada vez con ms
cautela y apoyndose en la pared; subi despus una escalera interior y
entr en otro pasillo. En la mitad de l tropez con un mueble,
produciendo fuerte ruido. Detvose, quedando inmvil como una estatua.
Slo se escuchaba su respiracin anhelante y comprimida. Despus de un
rato sigui marchando, y cruz todava otro pasillo ms estrecho y ms
largo. Al final de l se par ante una puerta y aplic el odo. Dentro
se oa una respiracin tranquila y acompasada. Al cabo de buen rato alz
con la mano suavemente el pestillo, empuj la puerta y penetr
silenciosamente en la estancia. Con los brazos extendidos hacia
adelante, avanz algunos pasos hasta tropezar con una cama. Qued
inmvil otra vez, y con voz apagada dijo:

--Pedro... Pedro...

Nadie contest. Volvi  repetir ms fuerte:

--Pedro... Pedro...

Esta vez la voz de Pedro contest:

--Qu es eso?... Quin va?

--Soy yo; no te asustes.

El joven se incorpor violentamente en la cama y exclam espantado,
aunque en voz baja tambin:

--Usted, seorita!... Ocurre algo?... Qu es lo que quiere?...

La figura blanca le ech los brazos al cuello y acercando la boca  su
odo le dijo con acento tembloroso, en el cual se perciba al mismo
tiempo cierta ferocidad:

--Quiero... quiero que te vengues de ese infame!

Y acabando de decir estas palabras, volvi la cabeza hacia la puerta, y
sus ojos hermosos, rasgados, centellearon de indignacin.




XII

Un paquete de cartas.


De Octavio Rodrguez  la condesa de Trevia.

SER forzoso, pues, que sucumba? El cliz de la vida habr agotado para
m su licor dulce y chispeante? No he de apurar ya ms que sus heces
amargas? Cuando torno la vista al pasado, condesa, y contemplo lo que
era hace pocos meses y lo que ahora soy, me acometen deseos inmensos de
odiar  usted. Ah, si esto pudiera ser! Ah, si pudiera borrar, aunque
fuese con mi sangre, la pasin fatal que me atormenta!

Si usted comprendiera mi felicidad pasada, cuando baado por el sol de
la alegra y dormido suavemente sobre risueas ilusiones esperaba que mi
alma despertase al rumor de una pasin embriagadora que iluminase mi
espritu y lo encendiese en placeres celestiales; si usted alcanzara
ahora toda la fuerza de mi desgracia, quiz no fuese tan cruel conmigo.
Yo conoca el amor por las novelas. Nunca vi en l otra cosa que un
sentimiento pursimo, encanto de la vida, sacado por Dios del seno de la
luz para regalo del universo. Todas las melancolas y tristezas que de
l escuchaba referir, todos sus anhelos, dolores y martirios, me
parecan un acompaamiento obligado que serva tan slo para hacer ms
dulce y sonora su msica. No haba sospechado jams que los dolores del
amor podan lastimar el alma, que sus lgrimas eran verdaderas lgrimas,
amargas y calientes como las dems que se vierten en el mundo. Era que
an no haba amado.

Un da vino  m una nia hermosa, tierna y sencilla y me entreg su
corazn. Yo fu bastante brbaro para no saber qu hacer de l. Por un
momento cre amarlo, lo calent contra mi pecho, lo perfum con la
poesa de mis sueos y lo cubr con todas las flores de mi espritu;
pero fu en vano. Aquel corazn, en vez de calentar mi pecho, lo iba
enfriando poco  poco. Mis esfuerzos para gozar la dicha inefable de
amar fueron estriles. Sobre todo en este mundo se puede mandar; sobre
la tierra oscura que pisamos, sobre los abismos recnditos del Ocano,
sobre los senos luminosos del aire, menos sobre nuestros propios
sentimientos. Vino usted despus, y son la hora de mi vida y de mi
muerte. Aunque usted no lo crea, le dir que ya mi alma la haba
adivinado, que ya su imagen pura y graciosa flotaba vagamente en lo
ntimo de mis pensamientos. Pero qu lejos estaba de sospechar, cuando
por vez primera fij usted en m sus ojos brillantes, lo que haba de
suceder tan presto! Tuve la audacia de amar  usted; tuve la audacia de
decrselo y no la tuve para morir. Cunto debe usted despreciarme!

Soy muy desgraciado; no puedo serlo ms, aunque el cielo se empease en
ello; pero le juro por mi salvacin que no trocara mi desgracia por la
felicidad de nadie. Y es porque va usted ligada  esta desgracia, porque
es usted la causa de ella, porque en el fondo de este cliz de amargura
veo brillar sus ojos altivos y serenos. Es de tal suerte mi amor, que la
quiero  usted ms, altiva que risuea, que padezco horriblemente con
sus desdenes y padecera an ms si, confundida con el vulgo de las
coquetas, me otorgara los pequeos favores que halagan la vanidad, que
gozo con que usted me desprecie y me haga llorar y que todas estas
extravagancias se las cuento para que usted me desprecie todava ms y
se acreciente el sabor dulce que percibo en el fondo de sus desprecios.
Ser insensato!

Debo confesarle tambin algo que me humilla, porque quiero que usted lea
en mi alma como en un libro abierto. Yo me decid  hablar  usted de
amor, no porque me inspirara desde el punto en que la vi una pasin
loca, sino por motivos de vanidad; porque me lisonjeaba ser amado de
una dama hermosa y celebrada en el mundo cortesano. Hoy todos estos
motivos se han ido marchando  la tierra, como la escoria, y ha quedado
limpio y acendrado el oro puro de mi cario , mejor dicho, de mi
adoracin. El amor es algo que iguala  los seres que lo sienten, y yo
no quiero ser igual  usted, sino infinitamente inferior: quisiera ser
el gusano que usted aplasta con el pie al caminar sobre la hierba. Voy 
confesarle an otra cosa, pero con mucho misterio, bajo secreto de
confesin. Hay en el fondo de mi desgracia un pensamiento tan
consolador, que casi no me atrevo  decrselo de miedo que usted me lo
arrebate: es una luz suave que esclarece un poco las tinieblas en que
yace mi espritu acongojado. _Usted no ama  su marido._ No me arranque
usted por Dios esta ltima ilusin. Usted no ama  nadie: no hay hombre
en el mundo digno de tal honra. Cunto placer me causa el creer esto!
Su espritu sereno como las montaas que nos circundan y casto como la
nieve que viene  caer sobre ellas, vive en contemplacin eterna del
firmamento azul. Me complazco en considerar  usted como una de aquellas
diosas de mrmol que habitaban en el seno de los bosques de la Grecia,
comunicando su pensamiento augusto con la blanca luna que  la noche las
visitaba. Y sabe usted por qu me complazco? Porque aquellas diosas
escuchaban la ferviente plegaria de los peregrinos que venan 
postrarse al pie de su pedestal, inmviles, fras, sin dignarse siquiera
posar sobre ellos la mirada; porque aquellas diosas, como usted, no
amaban  nadie.  nadie,  nadie! Qu feliz me hace este pensamiento!
Pero qu triste felicidad debe ser sta, verdad, condesa? S; estoy
triste y de esta tristeza infinita que me oprime tal vez salga algo muy
triste tambin. Vivo en tal confusin de ideas que ni s lo que pienso,
ni lo que hago,  lo que es ms cierto, pienso cuanto se puede pensar y
no soy capaz de hacer nada. Qu me aconseja usted? Estoy resuelto 
llevar  cabo cuanto me ordene, menos dejar de adorarla. En sus manos
adorables pongo mi pobre corazn.

Por Dios, no le haga usted mucho dao!

      OCTAVIO.

       *       *       *       *       *

     De la condesa de Trevia  Octavio Rodrguez.

Le escribo  usted arrepintindome de antemano de hacerlo. No es en
verdad prudente que escriba  un joven que se dice enamorado de m, por
ms que sepa  qu atenerme sobre este amor. Pero dada la exaltacin
momentnea de su nimo y su temperamento excesivamente impresionable, y
como quiera que ya hace algunos das que no pone los pies en esta casa,
tampoco sera prudente dejar de escribirle.

Y ante todo, de dnde ha sacado usted que yo le desprecio? Repaso en mi
memoria todos los momentos que nos ha hecho el honor de dedicarnos, y
no creo que haya salido de mis labios una palabra ni que haya ejecutado
acto ninguno que pueda inducirle  usted  creer cosa semejante. Y si
alguna vez ha observado en m seales de impaciencia, considere usted de
lo que me estaba hablando y se har cargo de que no poda menos de
darlas.

Por lo dems, puede creer que, lejos de despreciarle, me ha inspirado
usted siempre una profunda estimacin fundada en su corazn generoso y
sensible y en su carcter afable sobre todo elogio. Lo que hay es (y no
se ofenda porque se lo diga) que tiene usted la cabeza llena de ideas
romancescas, las cuales le turban y le hacen ver lo que no es. Ayer se
crea enamorado de una nia de quince aos; hoy se juzga usted
apasionado de una mujer de treinta. No comprende usted mismo que en
ello juega muy poco papel el corazn, y que todo tiene su raz en una
fantasa inquieta y poderosa? Hoy forja usted sobre mi insignificante
persona una novela tan complicada  interesante como la que hace poco
teja sobre la hermosa nia que es todava su novia. No se le ocurre
que esta novela necesariamente ha de terminar como aqulla? Estoy muy
lejos de ser lo que su mente exaltada se ha figurado. No soy esa diosa
de la Grecia de que usted habla, que slo se comunica con la luna y
recibe la adoracin de los mortales sin pestaear, sino una pobre mujer
plagada de defectos y que est en el caso de agradecer cualquier prueba
de atencin que se le conceda.

Me pide usted que le diga lo que debe hacer. Es una carga superior  mis
fuerzas. No s lo que convendra que usted hiciese. Sin embargo, yo en
su caso me ira de este pas por una temporada hasta que nos hubisemos
partido  Madrid. Cuando volviera  verme el ao que viene, le doy mi
palabra de que se habra deshecho la diosa de la Grecia y de que usted
se reira grandemente de s mismo. Haga la prueba y lo ver.

LAURA.

       *       *       *       *       *

     De D. Primitivo Alonso  M. Baltasar Alonso.--27, _rue des
     Feuillantines._--Paris.

Querido sobrino: Le tu grata del 14, y por ella veo que gozas de salud,
de lo cual nos alegramos mucho, lo mismo tu ta que yo, pues es lo
principal, porque de todo lo dems hay que hacer poco caso. Ya s que
marchan bien tus negocios, aunque nunca me dices una palabra. Eres lo
mismo que tu padre, que cuando le sale bien una cosa se calla, y cuando
le sale mal no tiene boca bastante para quejarse.

Quizs sepas por los peridicos que vamos  tener elecciones para el mes
de Diciembre. Es el caso que me he comprometido  apoyar con todas mis
fuerzas la candidatura del seor conde de Trevia, persona de quien me
habrs odo hablar ms de una vez, muy amigo mo, de sanas ideas y
excelentes sentimientos. En estos tiempos de desorden conviene que los
hombres que no queremos la destruccin de la religin de nuestros
mayores, nos unamos y votemos personas de respeto para oponernos al
torrente impetuoso que nos arrebata al atesmo y  la demagogia. Te lo
digo para que me contestes  la vuelta de correo si puedo disponer de
los votos que tienes en la Meruca y en Cayacente. La mayor parte de
ellos estn obligados tambin  la fbrica, pero creo que si les
presento una carta tuya amenazndoles con el desahucio no tendrn ms
remedio que hacer lo que se les mande. Cuento que no me faltars en esta
ocasin, pues ya sabes el inters que tengo en el asunto.

Pues hablando de otra cosa, te dir que las judas del Danubio que me
has enviado han salido riqusimas, y que todos andan detrs de m para
que les proporcione algunas para sembrar. Parece mentira lo que aumentan
de tamao despus que se cuecen. Los perales se los regal  D. Lino
Pereda, pero todos se secaron, lo cual me ha disgustado mucho, aunque
presumo que habr sido porque los plant en tierra demasiado hmeda. Lo
mismo se peca por lo mucho que por lo poco. No dejes de mandarme en
tiempo oportuno algunos otros de buena casta, pues se los he prometido
al cura de la Segada. El nabicol aqu no ha gustado gran cosa, pero es
que no entienden una palabra de legumbres. Si lo hubieran comido 
tiempo y no lo hubiesen dejado endurecerse en la tierra, estoy seguro de
que diran otra cosa. No sucedi lo mismo con la col de Bruselas, pues
ha gustado tanto que no se cansan de alabar su finura y agradable sabor;
pero como no se aprovechan de ella mas que los repollitos que nacen en
el tronco, dicen que para comer algo es necesario segar un cuadro
entero. En esto me parece que no dejan de tener razn. Es una legumbre
muy rica, pero cara.

No tengo ms que decirte por hoy. Consrvate bueno y recibe muchos
recuerdos de tu ta y de toda la dems familia, y un fuerte y carioso
abrazo de tu to

      PRIMITIVO ALONSO.

     Vegalora 18 de Setiembre de 187...

       *       *       *       *       *

     Del provisor de la Dicesis al prroco de la Segada y arcipreste
     del concejo de Vegalora.

Mi estimado arcipreste: Suma alegra y regocijo nos han causado las
noticias que en su ltima nos comunica, y es en verdad cosa para alabar
 Dios el ver cun fcilmente se van venciendo en sa, como en todas
partes, los obstculos que antes parecan insuperables. Porque
ciertamente, nadie pudiera creer que una comarca tan revoltosa como sa,
donde el masonismo ha conseguido echar hondas races, est  punto ahora
de mandar  las Cortes un diputado neto y de buena casta. Su
ilustrsima,  quien hice presente los fructuosos trabajos que est
usted ejecutando en pro de la santa causa, se ha dignado recibirlos con
benevolencia, y me encarga le trasmita su bendicin para que persista en
ellos con el mismo celo y entusiasmo.

La cuestin de proporcionar misa  los de Cayacente y Romeral, que como
usted me indica nos dar ciento cincuenta votos, puede usted
considerarla como resuelta, y est usted autorizado para decirlo as en
el ofertorio de la misa cuando lo crea oportuno.  pesar de que usted
cuenta como seguro el apoyo de ese D. Baltasar Rodrguez, yo no me fo.
Tengo las peores noticias de tal individuo, y aunque no s en qu forma
le tendr usted cogido, nada ms fcil que  la postre tire la cabra al
monte. De todos modos, procure que no se le vea en pblico con ese
sujeto, y esparza bien la creencia entre la gente de que el apoyo que
nos presta obedece slo  los remordimientos de su conciencia y  los
deseos de ponerse en paz con la Iglesia.

Mucho me ha sorprendido lo que usted me cuenta del prroco de Solano,
pues nunca pude imaginarme que tratndose de una eleccin en que est
interesado el Palacio llegara  cerdear; pero  bien que le tengo cogido
por el cuello con motivo de cierta denuncia que nos han remitido hace
tiempo, y si no se decide  trabajar como Dios manda, lo dicho dicho, mi
amigo, que ya le cay encima tarea para divertirse un rato. Vaya todo
por Dios!

Escrib en nombre de su ilustrsima  ese capelln de la Seo de Urgel
para que recomendara la candidatura del seor conde  su hermano el
estanquero de Romeral. Hasta ahora no se ha recibido contestacin.

Suplicndole muchsima reserva, le dir que hemos tocado tambin la
tecla del gobernador, el cual,  pesar de ser un republicano desorejado,
ha respondido admirablemente.  su seora, que es hija de un prendero de
la calle del Rubio, le da mucho por la aristocracia y llama _chusma_ 
los partidos avanzados: conque no le digo ms, porque esto basta y
sobra: _intelligentibus pauca_.

Los quesos que me ha mandado salieron excelentes, sobre todo el
amarillo. Si puede encargar otros dos, hgalo por mi cuenta, pues los
necesito para regalar  una persona de respeto; no le molesto ms por
hoy. Consrvese bueno y no deje de enterarme minuciosamente de todo
cuanto ocurra, pues dar gusto con ello  su amigo y superior, q. b. s.
m.,

      JOAQUN LLAGOSTERA.

      N*** 1. de Octubre de 187...

       *       *       *       *       *

     De Homobono Pereda  su amigo Manuel Ruiz Prez, secretario primero
     de la seccin de literatura del Ateneo de Madrid.

Mi querido Manolo: He ledo tu carta con el mismo placer y atencin que
si fuese un artculo de Tiberghien  Leonardi. Eres tan erudito y
piensas tan derecho, que la ciencia fluye de tu pluma hasta cuando
tratas los asuntos ms insignificantes. Los prrafos que en tu epstola
dedicas al contenido necesario de la voluntad y  la existencia del
principio sobre-individual en el _yo_ son admirables y me han causado
profunda impresin.

Lo mismo digo de las palabras que consagras al desenvolvimiento de
nuestras facultades interiores, cada una en s misma y todas en relacin
armnica entre s. Juzgo como t que es imprescindible apartarse de toda
falsa relacin entre estas facultades si se quiere evitar el desorden
interior que es su consecuencia indeclinable. No puede darse la armona
en las relaciones exteriores del hombre mientras la vida interior no
est rectamente ordenada en sus facultades y diversas tendencias; y para
que este orden se establezca, precisa que concibamos el destino del
hombre en su unidad, como abrazando todos los fines particulares que en
l se contienen. Tanta mella han hecho en mi espritu tus atinadas
observaciones, y tanto he meditado sobre ellas, que al cabo me he
decidido  realizar importantes reformas en mi modo de vida. No puedo
ocultarme por ms tiempo que hay en ella un principio de desorden que ya
est produciendo notables desequilibrios, el cual desorden se halla
sostenido,  no dudarlo, por un predominio nocivo del pensamiento sobre
las otras facultades interiores. Y cun cierto es que el cultivo
exclusivo del pensamiento conduce al orgullo!

Mi padre me signific el deseo de que me presentase candidato para
diputado  Cortes en las prximas elecciones. He visto en ello un medio
muy adecuado para ejercitar mi voluntad desmayada, y le respond que
tendra mucho gusto. Hemos empezado ya nuestros trabajos electorales,
que, entre parntesis, no puedes figurarte lo que repugnan  mi
educacin cientfica, pues en todos ellos se atacan directa 
indirectamente las bases fundamentales del derecho pblico, coartando de
un modo  de otro la libertad del elector. Tengo por contrincante al
conde de Trevia, apoyado por todos los elementos reaccionarios del
distrito. Los curas me hacen una guerra encarnizada propalando que soy
un impo. Si el ser impo consiste en detestar la forma histrica que
actualmente reviste la religin, es verdad lo que dicen, pero de ningn
modo si consiste en no tenerla. Los que creemos, como t y yo, que la
religin es uno de los fines racionales de la vida, cmo hemos de ser
irreligiosos?

Me pides que te sugiera algn pensamiento para un drama, pues quieres
hacer tus primeras armas en el teatro, y me preguntas si entre estas
speras montaas no encontraras alguna accin interesante que pueda
servirte de tema. No, amigo mo. Aqu hallars la belleza objetiva de la
naturaleza en todo su esplendor, la cual no sirve gran cosa para
expresar adecuada y completamente el complejo organismo de la vida
humana, que es lo que t intentas. La poesa dramtica, como sabes
mejor que yo, no expresa la belleza objetiva exterior (aun cuando se den
en ella elementos objetivos), sino la belleza objetivo-subjetiva, donde
se hallan indisolublemente unidos hechos interno-externos y psico
fsicos en enlazado concierto. Lo que estas fragosas sierras te pueden
proporcionar es una decoracin grande, imponente, pero no el hecho de la
vida humana que constituye el fondo de toda composicin dramtica,
porque aqu los afectos y las pasiones no se elevan al grado de energa
y dignidad necesario para que exista ese juego encontrado de
sentimientos y caracteres sin el cual no es posible que se produzca la
emocin esttica. Por lo dems, con los vastos conocimientos filosficos
que t posees y los especialsimos estudios que has hecho en la
esttica, no dudo por un momento que escribirs una obra maestra y que
alcanzars un xito ruidoso en el teatro.  mi entender, estn haciendo
falta obras macizas, con un fin objetivo, con un pensamiento
trascendental que las informe y las preste consistencia. Las obras ms
celebradas hoy  m me suenan  hueco y no veo en ellas otra cosa que
una forma bella guardando un pensamiento muy frvolo. Mientras los
hombres de ciencia no se apoderen del teatro, no pasar ste de ser un
ftil y agradable entretenimiento.

Nada ms por hoy. He estudiado todo el da y tengo la cabeza como un
horno.

      HOMOBONO.

      Vegalora 3 de Octubre de 187...




XIII

El cliz.


Octavio bes la firma de la carta, dej caer las manos sobre las
rodillas y la cabeza sobre el pecho. As estuvo largo espacio inmvil
como una estatua, delante de su escritorio. Al volver en s, escapsele
del pecho un suspiro blando y prolongado. Era la nota final, triste y
moribunda de una meloda del corazn. Alzse de la silla y con paso
vacilante fu  abrir la ventana. El da empezaba  declinar. Su mirada
vag algn tiempo por los contornos de la casa; por el jardn, cuyos
rboles se iban tornando amarillos; por los prados, que como un cinturn
de esmeraldas lo circundaban; por las tierras dilatadas de maz que
ostentaban ya con orgullo sus mazorcas rebujadas. Al cabo se detuvo con
insistencia en un grupo de casas que apenas se distingua en el fondo
del valle. Despus alz los ojos  los adustos riscos de la Pea Mayor y
se estremeci. Crey sentir una corriente de aire glacial por el
corazn. Quedse plido, cual si acabase de ver algo muy espantoso.

--Qu ser esto?--murmur mientras cerraba apresuradamente la ventana.

Se fu otra vez al escritorio y apoy sobre l ambos codos, metiendo la
cabeza entre las manos.

--S--torn  decir en voz baja:--yo deb morir en aquel momento...
Gran ocasin!... Hubiera conservado de m memoria amarga, pero
punzante, como el olor de un cadver... Ahora me desprecia por
cobarde... Ahora ya no es ocasin de morir, sino de seguir siendo lo que
he sido... un cobarde. Me manda que huya; pues huyamos. Quiero cumplir
su voluntad con el mismo afn que si fuese la de Dios... S, s,
huyamos... Ella lo manda...

Se alz de la silla vivamente, y di algunos paseos rpidos por la sala.
Despus arrastr desde su cuarto un bal-maleta, y se puso  introducir
en l ropa que sacaba con precipitacin del armario. Cuando vi el
equipaje hecho, lo contempl con ojos de espanto, como si no
comprendiese para qu serva. Acordse de que an le faltaba algo, y
sacando una llavecita del bolsillo abri el cajn central del
escritorio. Inmediatamente tropez su vista con una relojera que Carmen
le haba regalado el da de su santo. Estaba bordada por su mano. La
puso sobre la mesa y la envolvi en una mirada tierna y compasiva.

--Pobre nia!--murmuraron sus labios.--Por qu andarn tan mal
arregladas las cosas de este mundo!

Y saltaron  su memoria de improviso los instantes felices de aquellos
amores serenos y lmpidos como los pensamientos de la infancia, desde
aquella tarde en que su manecita blanca le arroj una rosa de
Alejandra, estando en el jardn, hasta la noche reciente en que aquella
misma mano le di un pellizco, mientras su dueo le deca al odo: Qu
tienes? Andas muy triste de algn tiempo  esta parte.

Sintise conmovido por estos recuerdos. Luego se enfureci contra el
destino, la Providencia,  lo que sea, que nos hace insensibles para los
que nos aman y nos inflama de amor por los que nos desprecian.

--Por qu, por qu no he de querer yo  esta nia como ella me
quiere?--se deca.--Si me fuera posible sentir por ella lo que siento
por la otra, ni en la tierra ni en el cielo habra un ser ms feliz que
yo.

Record con enternecimiento el primer beso que la di por sorpresa
viniendo de paseo, y el rubor que se apoder de ella instantneamente.
Record cuando estuvo enferma, haca ya tiempo, y le permitieron verla
en su lecho diminuto, donde reposaba plida y ojerosa, pero ms bella
que nunca. Record tambin la vez primera que vino  visitar  su
madre, quien la recibi en la escalera y la ech los brazos al cuello
cubrindola de caricias y llamndola hija. Poco  poco, y por virtud de
estas memorias, se fu apaciguando la violenta desesperacin en que
arda su espritu; fu penetrando en l un pensamiento melanclico y
suave que le reconcili por un instante con la vida. El sentirse amado,
mucho ms siendo por una mujer hermosa, aplaca siempre un poco el odio
de la existencia.

Cuntos elementos de dicha perdidos y desbaratados! pens mientras
daba vueltas entre los dedos  la relojera. Pobre nia! volvi 
murmurar; qu lejos estars de presumir lo que te espera! La compasin
penetraba en su pecho como un torrente, y lo llenaba de inquietudes.
No; no me escapar como un ladrn despus de haberme introducido
traidoramente en el santuario de su alma inocente. Ir  despedirme de
ella y achacar mi viaje  un mandato paterno,  un negocio urgente.
Desde all podr ir poco  poco desengandola, y tal vez la ausencia
mitigue la aspereza del golpe. Ya que me vea precisado  herir,
procurar hacer el menor dao posible.

Tomada esta resolucin, encendi una buja y se ali los cabellos
frente  un espejo. Cogi el sombrero y el bastn, apag la luz y baj
la escalera velozmente. En un instante salv el corto espacio que le
separaba de la casa de su novia y penetr en la tienda, dando las buenas
noches con menos aplomo que otras veces.

Haba ya alguna gente, porque era noche de lotera. Paco Ruiz se hallaba
sentado sobre el mostrador mordiendo un cigarro, como la vez primera que
le vimos. Escuchaba con suprema indiferencia, guiando los ojos 
menudo, la historia circunstanciada de un catarro pulmonar que haca ya
media hora le estaba relatando don Ignacio Valcrcel. D. Lino Pereda
conversaba en un rincn con el promotor, hacindole saber que su hijo
haba recibido el mismo da por el correo un paquete de pruebas de
imprenta que le enviaban de Madrid. No comprenda cmo el chico tena
cabeza para corregirlas en el plazo que le sealaban.

Casi al mismo tiempo que Octavio, entraron algunas seoras, lo que
sirvi de seal para trasladarse los jugadores  la trastienda. Al
llevarlo  cabo hubo apretura  la puerta y Carmen tuvo ocasin para
estrechar con disimulo la mano de su novio. Octavio le devolvi la
caricia afectuosamente y le dirigi una mirada tierna y grave  la vez.
Estaba un poco plido, como el cirujano que va  acometer una operacin
importante. Sentronse todos con el estruendo acostumbrado, y como de
costumbre tambin quedaron juntos los novios. Del otro lado de Carmen se
coloc D. Demetria. Paco Ruiz, en su carcter de dolo de la tertulia,
andaba haciendo de las suyas en torno de la mesa. Mas al poco tiempo se
acerc  D. Demetria y con su desenfado habitual le dijo en voz alta:

--Doa Demetria, yo no puedo vivir sin usted. Nada pueden contra mi amor
los desprecios. Me concede usted un sitio  su lado?

La vieja, poniendo cara de vinagre y refunfuando, apartse hacia un
lado, y el joven introdujo su silla entre ella y Carmen. Estaba empeada
 la sazn entre sta y su novio una pltica suave como el gorjeo de las
trtolas. Octavio,  modo de un goloso que, ahito y empachado por los
confites, todava, antes de retirar el plato, lleva las manos  l y se
obstina en comer ms, preguntaba  la nia blonda con acento melifluo:

--Me quieres mucho?

--Pero, hombre, qu matraca eres! Cuntos millones de veces lo habrs
odo en tu vida!

--Es que, vida ma, necesito oirlo hoy otra vez. Nunca lo he necesitado
tanto como ahora.

Dijo estas palabras con voz un poco temblorosa. Carmen le dirigi una
mirada de sorpresa.

--Pues si tanto lo necesitas, te lo dir otra vez. S: te quiero, te
quiero... Ya est usted serbido, don Caprichoso. Pero no pongas esa
cara, hombre de Dios. Si parece que ests haciendo testamento!

--Estas segura de que no lo estoy haciendo all en mis adentros? Mira,
Carmen, ya conocers en mi semblante que me pasa algo grave. Te he
querido y te quiero muchsimo, porque eres una nia buena y hermosa, y
porque s el cario que me profesas. El afecto que me inspiras es dulce
y profundo, y tiene algo del amor fraternal. Todos los das risueos de
mi existencia van unidos indisolublemente  tu imagen bella. En el curso
de nuestros amores, puedo decir que no tuve motivo serio para quejarme
una sola vez de ti. Nuestras reyertas han sido siempre las de dos nios
y han terminado con la misma brevedad que las de los pjaros que rien
en el aire. Los pensamientos honrados que abrigo y las pocas acciones
virtuosas que en mi vida pueda llevar  cabo, tambin creo debrtelas 
ti, y suena tu nombre en mis odos tan suave...

La afortunada D. Faustina di el alto en aquel momento. Carmen, que
haba estado escuchando con semblante inquieto y distrado el discurso
de su novio, tom parte en el alboroto que se arm en la mesa con tal
motivo. Las seoras decan, medio en broma, medio en serio, que aquello
no se poda sufrir. D. Feliciana odiaba  D. Faustina con todo su
corazn, pero se reprima. Despus que el orden se hubo restablecido,
Carmen se puso  charlar como una cotorra con Paco Ruiz. Los chistes del
jugador la hacan desternillarse de risa, hasta el punto de que algunas
veces le mandaba callar, porque le dola el pecho. Octavio habl tambin
un rato con la seora que tena al lado. Mas aunque aparentase
indiferencia, claramente se lea en su rostro el disgusto que la
conducta ligera de su novia le causaba. Irritado al fin le di un
golpecito en el brazo y le dijo con acento irnico:

--Con cul de los dos te quedas?

La nia mostrse un poco cortada y respondi mirando para los cartones:

--Qu tonto eres!

--Es que como te veo tan entusiasmada...

--Vamos, no digas disparates. Qu tiene de particular que hable un
instante con Paco? Me parece que despus del tiempo que llevamos en
relaciones ya podas tener alguna mayor confianza en m.

--S la tengo, querida ma--repuso suavizndose de repente,--pero no se
pueden evitar ciertos impulsos de celos que nacen, sin saber cmo, en el
corazn. Por lo dems, debes convenir en que has obrado con ligereza, y
que sin querer me has colocado en una situacin ridcula... Pero dejemos
esto: tengo que hablarte de cosas serias, de las cuales tal vez dependa
tu felicidad y la ma. Necesito que me escuches con atencin. No s qu
profundidad habrn alcanzado las races de tu amor, porque esto jams lo
llega  averiguar un amante. Eres an muy nia y en tu edad los afectos
suelen ser ms bien caprichos que pasiones. Aunque hoy me quieras con
toda el alma, si maana dejases de verme y estuvieses separada de m por
algn tiempo, quiz ese amor se fuera debilitando y al cabo concluyera
por extinguirse. No es que deje de tener confianza en ti, hermosa, pero
todo cabe en lo posible. Esa separacin acaso est prxima... quiz
empiece maana mismo.

El joven daba vueltas entre los dedos desde el comienzo de su discurso
 una bola de la lotera, y al proferir estas palabras se le cay al
suelo. Bajse rpidamente  cogerla, mas al hacerlo pudo observar con
estupefaccin que las manos de Paco Ruiz y de Carmen se hallaban
enlazadas y que se soltaban  toda prisa al notar su movimiento. Sinti
la misma impresin que si hubiese tocado una vbora. Al levantarse lanz
una mirada fulminante, abrasadora, sobre ambos. Paco Ruiz pareca
atender con cuidado al juego, mientras en sus labios se dibujaba
vagamente una sonrisa sarcstica. Carmen tambin atenda  sus cartones,
pero roja y confundida.

El efecto que de repente produjeron  nuestro seorito no slo aquellos
dos seres miserables que tena cerca, sino todos los all congregados,
no es fcil de describir. La indignacin en que rebosaba su alma le hizo
ver en ellos, por arte mgico, no una asamblea de seres humanos, sino
una piara de animales inmundos. Acometile un asco invencible y un
sentimiento vivo y enrgico de la superioridad de su persona. Ninguna de
aquellas almas pequeas poda gozar el privilegio de ofenderle. De buena
gana les hubiera escupido  todos en la cara. Contentse con arrojar 
la tertulia una profunda mirada de desprecio, y tomando el sombrero
sali de la trastienda y de la tienda sin percatarse de la sorpresa de
los circunstantes. Una vez en la calle detuvo el paso, y volviendo la
vista atrs murmur:

--Al fin no pudo desmentir su casta... Su casta de villanos!--aadi
con acento ms colrico.

Su clera cedi, no obstante, muy pronto. No haba sido ms que una
irritacin pasajera levantada por el amor propio. Como la hija de don
Marcelino no haba vivido jams en el fondo de su corazn (por ms que
l tratara de engaarse  s mismo suponindolo), la herida no poda
tener mucha profundidad. Despus de todo, en el instante de contemplar
su perfidia, no iba l tambin  engaarla y  hacerla una traicin?
Cierto que no era tan grosera, pero al fin era una traicin. Por otra
parte, tena el espritu tan henchido de sentimientos nebulosos y
filigranas espirituales, que no es maravilla si  los pocos minutos de
vagar por las calles se olvidase enteramente de la escena vergonzosa en
que acababa de jugar papel tan desairado. Ay! Otras escenas ms lejanas
se le representaron inmediatamente con mayor energa! Acudieron en
tropel  su mente los pensamientos dolorosos que  la tarde le haban
asaltado en su habitacin cuando el sol se pona y las sombras iban
envolviendo lentamente los mbitos de la sala.

La imagen celeste de la condesa vino sobre las alas del viento  soplar
la llama que le estaba consumiendo. Era preciso alejarse  morir. La
carta lo deca... la carta que estaba guardada en su bolsillo. Llev la
mano all y la sac con violencia. No haba claridad bastante para
descifrar sus caracteres, pero los tena bien descifrados. Los estaba
leyendo con los ojos del alma tan perfectamente como si los rayos del
sol del medioda cayesen de plano sobre ellos. La linda mano de la
condesa haba pasado por encima de aquel papel. Lo llev  los labios
con trasporte y lo tuvo largo espacio sobre ellos. La carta despeda un
perfume suave y delicado. El joven lo aspir con delicia cerrando los
ojos. Torn  guardar la carta y sigui andando  la ventura.

Empez  soar despierto. Ofrecile su imaginacin inmediatamente un
cuadro risueo y venturoso. La condesa le amaba. Se lo haba dicho al
odo cuando menos lo esperaba, despidindole en seguida roja de
vergenza.  esta confesin hubieron de seguir, como es lgico, horas
muy felices, _horas de juventud, de amor y de ventura_, como las llama
el poeta. La fantasa encendida del mancebo no dejaba de recorrerlas una
 una, complacindose y recrendose en ellas, y adornndolas con los
detalles ms inefables y primorosos. Una tarde reciente le haba dicho
la condesa echndole los brazos al cuello: Escucha, Octavio; tengo
miedo, mucho miedo de perderte. Vivo en continuo sobresalto, que amarga
y emponzoa los instantes felices que paso  tu lado. Si el conde
llegase  sospechar algo, ten por seguro que te matara  te hara
matar. Slo de pensarlo me estremezco. No sera mejor que huysemos,
s, que huysemos  ocultar nuestra dicha y nuestro amor en cualquier
rincn del mundo,  la margen de un ro, en una casita rodeada de
laureles y naranjos? Despus de algunas dudas y vacilaciones, se
resolvieron  llevarlo  cabo. Hicieron sus preparativos y sealaron la
noche en que se haba de consumar la fuga. Ya la noche haba llegado. La
condesa le aguardaba y no haba que perder un instante. Detrs de l un
criado traa dos magnficos caballos que en pocas horas los podan
conducir  la orilla del mar, donde se embarcaran para algn pas
hermoso y seguro.

Sacle de su desvariado ensueo el ruido que produjo al caer  sus pies
un erizo de castaas desprendido del rbol por la madurez, ms que por
el viento. Sin darse cuenta de ello, haba tomado la carretera de la
Segada, y not con sorpresa que estaba ya bastante cerca del puente. La
noche era fresca y apacible. El cielo pareca empedrado de nubecillas
redondas y blancas, como pacas de algodn, que dejaban paso expedito 
la claridad de la luna. En ocasiones se la vea por los intersticios
nadando serena por los abismos del aire. Alz la vista y vi negrear
encima de l los contornos fantsticos de la Pea Mayor. El mismo
estremecimiento singular y doloroso que por la tarde le corri ahora por
todo el cuerpo.

--Cosa extraa!--exclam, tornando  emprender la marcha. Hallse
pronto al lado del puente. Despus de vacilar un momento penetr en
l.--Puesto que maana parto--se dijo--quiero echar una ltima mirada 
los balcones de su habitacin; quiero recorrer los sitios en que tantas
veces la he visto por mi desgracia. Cuando tenga noticia de mi marcha,
qu ajena quedar de este viaje nocturno! Oh, no puede concebir lo que
la amo!

El ro sonaba impetuoso debajo del puente. La claridad de la luna
prestaba fosforescencia  la espuma de sus remolinos. Un poco ms lejos
se extenda lmpido y tranquilo en un remanso dilatado que sombreaban
por ambos bordes dos filas de espesos avellanos.

Despus que hubo pasado el puente, entr por el estrecho y sombro
camino que le separaba de las casas de la Segada y del palacio condal.
No tard en llegar al pueblecillo y lo atraves sin hacer ruido. Todo
estaba en reposo. En las casas no haba luz. Slo al pasar por delante
de una puerta escuch las voces gangosas de algunas mujeres que rezaban
el rosario. Di la vuelta con precaucin al palacio, pero no pudo
colocarse delante de los balcones de la condesa, porque haba demasiada
claridad en aquel sitio. Entonces, con el objeto de contemplarlos  su
sabor y sin riesgo de ser visto, di un pequeo rodeo. Salt la cerca de
la pomarada, que no era muy alta y ofreca grietas donde apoyar los
pies. Desde all penetr en la huerta, empujando la puerta enrejada. Mas
apenas haba avanzado algunos pasos, cuando se detuvo repentinamente con
espanto. Le pareci escuchar ruido en uno de los cenadores prximos.
Quedse inmvil como una estatua, conteniendo la respiracin. Y, en
efecto, pudo escuchar claramente el murmullo de dos personas que
conversaban discretamente. El seorito, para quien las voces eran harto
conocidas, fu andando  paso de lobo hasta colocarse detrs de un rbol
inmediato. Desde all no se perda una palabra de la conversacin por
bajo que se hablase. Apenas escuch las primeras frases, se puso plido.
Una de las voces era masculina; la otra femenina. El dilogo era tan
suave y discreto, que semejaba el ruido del viento al pasar por la
enredadera.  nuestro joven, no obstante, aquel dbil murmullo le
atronaba los odos como el estampido de cien caones,  juzgar por el
susto y espanto pintados en sus ojos. La sangre iba huyendo  toda prisa
de su rostro, dejndole cada vez ms plido, hasta ponerse lvido. Tuvo
necesidad de cogerse al rbol para no caer. Al cabo de pocos minutos ya
no escuchaba. Con la frente baada en un sudor fro, los ojos
extraviados y agarrado fuertemente al rbol, pareca hallarse en
presencia de un espectro. Su agona se prolong cerca de media hora. Por
ltimo, la voz femenina pronunci un adis y dej de escucharse. Octavio
pudo ver una figura breve y gentil que se deslizaba por la huerta y
desapareca.

Pero el hombre an estaba all,  su lado, inmvil debajo de la
enredadera! La sangre subi otra vez aceleradamente al rostro y lo ti
de fuerte color rojo. Una ola de fuego invadi su yerto corazn
abrasndolo en ira. Di tres  cuatro pasos adelante. Al mismo tiempo el
hombre sala del cenador y la claridad de la luna dej ver las facciones
atezadas y varoniles de Pedro. El seorito no pudo contenerse.

--Eres t, miserable?--exclam con voz alterada ponindosele
delante.--Eres t, gan asqueroso, el que se atreve  profanar lo que
debiera ser tan sagrado para ti como la Hostia?... No sabes que los
criados no pueden atentar  la honra de sus seores?... Pues aprndelo,
villano...

El junquillo del joven silb al mismo tiempo en el aire y fu  cruzar
la mejilla del mayordomo. Oyse una exclamacin de rabia. Pedro alz la
mano, y el seorito rod por el suelo sin sentido.

--Oh, qu brbaro, le he matado, le he matado!--profiri el mayordomo
inmediatamente acercndose  su agresor.--Es un chico tan dbil!...

Y arrodillndose en el suelo levant suavemente la cabeza del herido.
Pronto se cercior de que no estaba muerto, sino desmayado. Pero de
todos modos era gravsimo compromiso. Trat de volverle  la vida
dndole aire con el sombrero (porque no haba cerca agua), pero
intilmente. No era posible pedir auxilio en casa, por el escndalo que
se armara. Dejarlo all era una accin indigna y expuesto, adems, 
cualquier percance... Qu hacer?...

Despus de meditar breves instantes, tom de pronto una resolucin
violenta. Agarr al seorito por el medio del cuerpo y lo ech al hombro
con la misma facilidad que si fuese un canastillo de cerezas. Sali de
la huerta, cruz el pueblo rpidamente y entr en el camino de Vegalora.
Pronto apareci en el puente y lo atraves como una saeta. Despus
corri  lo largo de la carretera, ocultndose y desapareciendo por
intervalos, segn caminaba debajo de los rboles  al descubierto. Al
llegar cerca de la villa se detuvo  tomar aliento. Acto continuo se
desliz con precaucin rozando las paredes de las casas, consiguiendo
llegar sin ningn tropiezo  la del joven. El portal estaba oscuro.
Despus de buscar  tientas el llamador, lo hizo sonar dos veces
fuertemente. Tiraron desde arriba por un cordel y se abri la puerta.
Entonces Pedro no hizo ms que depositar con presteza el cuerpo del
seorito en tierra, y echarse  huir como un gamo por las calles.

No fu pequeo el alboroto que se arm en la casa de D. Baltasar as que
hallaron al joven en semejante estado. D. Rosario, creyendo  su hijo
muerto, se di  gritar como una loca. Convencidos, sin embargo,
prontamente D. Baltasar y los criados de que no era ms que un simple
desmayo, lograron calmarla. En efecto, Octavio no experimentaba ms que
un adormecimiento del cerebro producido por la conmocin.  fuerza de
echarle agua en la cara y hacerle aspirar esencias, consiguieron que
recobrase el conocimiento. Apenas estuvo vivo le abrumaron con
preguntas. Qu haba pasado? Quin le haba puesto de aquel modo?
Quin llam  la puerta? Negse  responder algn tiempo diciendo que
no saba, que no se acordaba de nada. Pero hacindose cargo de que no
era posible que sus padres se contentasen con esto, prefiri idear una
historia. Su imaginacin poderosa le vino en ayuda inmediatamente. Un
hombre de barba con traje de obrero le estaba aguardando en el portal
para robarle. Le pidi lo que traa amenazndole con un pual, pero l
retrocediendo haba llegado hasta la puerta y pudo coger el llamador.
Vindose frustrado el ladrn le di un fuerte golpe en la sien que le
hizo venir al suelo. D. Baltasar sali inmediatamente  dar parte al
juzgado. Octavio, despus de haber sorbido dos tazas de tila y de
ceirse la cabeza con un pauelo empapado en rnica, se retir  su
habitacin pidiendo que le dejasen descansar.

El descanso de nuestro seorito consisti por lo pronto en dar vueltas
por la sala como un lobo enjaulado, sin dignarse echar una mirada al
arqueolgico lecho. As pas algn tiempo en un estado de agitacin que
inspiraba lstima. Las mejillas se le iban inflamando. Sus ojos zarcos
llegaron  inyectarse de sangre. Relmpagos siniestros brotaban de ellos
de vez en cuando, y despus de cada uno su cuerpo se estremeca como si
acabase de cometer un asesinato. Y es la verdad que all en los
profundos abismos del alma los estaba cometiendo, y  cual ms
horrible: porque tantas veces como la imagen de Pedro se ofreca  su
imaginacin, otras tantas le cosa  pualadas con singular deleite.

--Este canalla (murmuraba unas veces y pensaba otras), despus de haber
abusado de su fuerza fsica, quiso burlarse de m trayndome  casa...
Ah, si hubiera tenido un arma, hubiese matado  las dos vboras en su
nido!... Pero todava hay tiempo... Miserable!... En mi vida pude
pensar que un hombre tan soez llegase... Si apenas es posible creerlo!
Se necesita tener bien envilecido el corazn para entregarlo  un patn
como se. Qu risa!... Digo, no... qu vergenza! Lindo galn ha
elegido la condesa de Trevia!... Este invierno de seguro llamar la
atencin en las _soires_ de los duques de Hernn-Prez.--(Octavio
sonrea al pensar esto, pero de un modo que daba ganas de llorar.)--Pero
es posible que no haya ms que podredumbre en el corazn de las
mujeres?... Y yo que no me hubiera atrevido  tocar con los labios la
orla de su vestido!... Buen papel me han hecho jugar ese par de... Pero
no se reirn de m mucho tiempo... Maana salen de caza y se las
prometen muy felices...--(El joven se detuvo delante del
escritorio.)--Pues bien, la felicidad no existe en este mundo. Tengo en
mi mano el rayo que os puede pulverizar... All os lo envo!

Al decir esto se sent, y tomando pluma y papel traz con agitacin y
disfrazando la letra la siguiente carta:


      Excmo. Sr. Conde de Trevia.

     _Si maana sales  cazar con tu seora, abre mucho los ojos y
     quizs podrs ver  quien te roba la honra._

      UN AMIGO.


Despus de cerrarla y escribir el sobre llam  la criada.

--Se ha acostado ya tu hermano?

--No, seorito.

--Pues hazme el favor de decirle que suba.

Al poco rato se present en la sala un muchacho alto y delgado.

--Dme, Juan, te conocen en la Segada?

--No lo creo, seorito, porque como usted sabe, hace pocos das que he
llegado de Castilla.

--Pues entonces te voy  confiar un encargo muy delicado. Toma esta
carta. Inmediatamente corres  la Segada, llamas en el palacio y dices
que la entreguen al seor conde. Y sin aguardar contestacin ni entrar
en pltica con los criados, te vienes  todo escape, no por el camino
real, sino por los prados. Sers capaz de hacerlo?

--No es cosa difcil.

--Pues te recomiendo mucho silencio para que esto quede slo entre los
dos.

Octavio introdujo al mismo tiempo una moneda de plata en el bolsillo del
chico, que sali dando las gracias.

Una vez solo, llev ambas manos  la cabeza. Se le parta de dolor.
Desnudse de prisa y se meti en la cama. Pero las emociones de la noche
haban alterado demasiado sus nervios para que pudiese dormir. Los
genios de la clera y de la venganza batan las negras alas sobre su
frente plida. Revolcse sin fin entre las sbanas como si estuviesen
llenas de alfileres. Slo cuando rayaba el alba logr cerrar los ojos
con un sueo inquieto y fatigoso.




XIV

 medianoche.


AN no ha cado la ltima hoja de los rboles y ya arde el fuego en la
chimenea. Quin tendr fro?

El gabinete es rojo. Las espesas cortinas de damasco, que caen formando
pliegues sobre la alfombra, no dejan paso  la claridad de la luna. La
estancia yacera en tinieblas si no fuese por los troncos de roble que
forman all en el fondo un rincn luminoso.

Arden en silencio; la mitad est convertida en brasa. Algunas llamas
fugaces y azuladas los coronan y se extinguen alternativamente. Al
desaparecer dejan en su puesto blancos penachos de humo, que no tardan
en ascender por el estrecho can  tomar el fresco de la noche. De vez
en cuando se desprende, con ruido seco, algn pedazo de brasa, y
rodara hasta la alfombra sin la intervencin salvadora de dos cabezas
de bronce enlazadas por una barra de hierro que guardan la entrada del
agujero. La impasibilidad estoica con que se dejan tostar por los
carbones, antes que consentirles pasar  prender fuego  la casa, es
digna de encomio. Cuando salieron de la tienda eran doradas y
relucientes, y representaban dos mujeres hermosas. Ahora son negras y
nadie sabe lo que representan.

Descansando  un lado estn los hierros de la chimenea. La lumbre los
hiere de travs produciendo destellos. Delante del fuego y prximas  l
hay dos butacas en actitud de conversar amigablemente. Pero estn mudas,
 por lo menos no se oye lo que dicen. Quiz fatigadas de charlar y
enervadas por el calorcillo agradable que templa la atmsfera del
gabinete, se hayan entregado al sueo   la meditacin. La claridad las
baa  veces vivamente: otras las deja slo medio esclarecidas.

Detrs de las butacas empieza ya la sombra; una sombra indecisa. En ella
flotan como masas negras los muebles de la cmara. En ocasiones, cuando
una llama ms viva se despierta sobre los carbones, el crculo luminoso
ensancha sus dominios y arroja vivos reflejos  las paredes. Entonces,
entre los vacilantes rayos de la llama, percbense los contornos severos
de los sillones arrimados al muro. Tal como aparecen, correctos, graves,
inmviles, semejan un congreso constitudo en sesin permanente. Las
sombras temblorosas aprovechan la huda de la llama para envolverlos de
nuevo en su manto tenebroso.

El gabinete est solo. Una fantasa algo viva, espoleada por el miedo,
pudiera, sin embargo, fcilmente imaginar otra cosa. Porque  menudo se
ve correr una gran mancha negra por los muros, y pasar con la brevedad
de un relmpago. Otras veces, la mancha negra surge de improviso detrs
de las butacas, se arrastra lentamente por la alfombra y va  ocultarse
entre los pliegues de las cortinas. Otras, baja por el can de la
chimenea un zumbido, aunque leve, extrao por dems y medroso. Y en los
ngulos oscuros de la estancia, y debajo de las sillas, y en los huecos
de los balcones, se agitan  la continua muchedumbre de fantasmas que
esperan la hora de extinguirse el fuego para salir.

Reina el silencio. Es la medianoche. Afuera se oye una vez que otra el
cansado latir de algn perro. De tiempo en tiempo se alza tambin del
sombro recinto del valle un grito agudo, prolongado, angustioso, uno de
esos gritos de la noche que nadie sabe de dnde parten, y que hielan de
terror el corazn del ms bravo.

yese en la estancia el crujir de un vestido. Aparece una mujer de
figura elevada y majestuosa, que marcha con lento paso  sentarse en una
de las butacas que hay delante de la chimenea. La luz que de sbito la
baa deja ver la fisonoma severa, pero bella, de la institutriz de los
Trevia.

Oh, no; no hay mentira en declarar que es hermosa! Sus cabellos son
rubios y claros, y estn anudados por detrs de un modo sencillo y
original: los ojos de un azul oscuro como el cielo de Andaluca: la
frente un poco estrecha, como la de las estatuas griegas: la nariz
delicada y correcta: los labios delgados y rojos y siempre hmedos: la
barba bien sealada, y el cuello mrbido y flexible. Pero lo que ms
resalta en este rostro es la blancura deslumbradora de la tez. No debe
comparrsela al marfil,  la nieve, al ncar   la leche, porque la tez
de una mujer hermosa vale ms que todas estas cosas juntas. La
imaginacin no puede concebir nada ms delicado, ms terso y ms suave
que el cutis de la blonda institutriz.

Todas estas perfecciones no han logrado, sin embargo, producir una
fisonoma dulce y apacible. La expresin de aquel rostro admirable es
dura y siniestra. Su frente est siempre ligeramente fruncida. Los ojos
no despiden ms que miradas altaneras, como si tuviese al mundo entero
postrado  sus pies. Pero tal expresin soberbia y feroz haca an ms
incitante su hermosura, porque gusta particularmente  la humana
naturaleza lo inaccesible, y porque es opinin muy seguida entre los
sabios que vale ms el pellizco de la mujer arisca que el beso de la
tierna.

Miss Florencia, despus de sentarse en la butaca, qued con los ojos
clavados en la lumbre. Una de las manos, prodigio de finura, descansaba
en el regazo; la otra penda fuera de la butaca. El fuego la envolvi
tambin en una mirada larga que prest  su rostro mayor trasparencia.

El conde de Trevia vino silenciosamente  sentarse en la otra butaca y
qued mirndola fijamente. El aya no apart los ojos de la lumbre.

--Ya estoy aqu--dijo con impaciencia al cabo de un rato de
contemplacin. Miss Florencia no movi un dedo siquiera.

D. Carlos le tom una mano y la llev suavemente  los labios. Tampoco
el aya hizo el menor movimiento.

--No oyes, d, no oyes?--dijo entonces sacudiendo aquella mano.--Soy
yo.

--Qu hay?--repuso ella volviendo lentamente la cabeza.

--Te digo que tengo el humor muy negro, que me ahoga la bilis y que en
este momento al menos necesito que seas un poco ms humilde que de
ordinario. Lo entiendes?--profiri reprimiendo con esfuerzo la clera.

La institutriz le mir con sorpresa  la cara, y despus de contemplarle
con atencin unos instantes, convirti de nuevo sus ojos  la lumbre,
haciendo una imperceptible mueca de desdn.

El conde sigui contemplndola con mirada colrica un buen espacio.
Luego se alz bruscamente y comenz  dar paseos por la estancia. Al
cabo de un rato miss Florencia levant la cabeza y le dijo con acento
ms suave:

--Sintate. Qu mala hierba has pisado hoy?

El conde vino de nuevo  acomodarse en la butaca, tom uno de los
hierros y escarb la lumbre con ademn distrado. Despus de larga pausa
dej el hierro en su sitio y sac del bolsillo un papel que present al
aya.

--Mira lo que acaban de entregarme.

Miss Florencia lo acerc  la chimenea y pas sus ojos por l.

--Un annimo--profiri sonriendo y entregndoselo de nuevo.

--S, un annimo... Por qu sonres?

--Porque me causa mucho placer que te agite tanto la prdida del cario
de tu esposa.

--No es eso, no es eso!--exclam D. Carlos con impaciencia, herido por
el tono irnico de aquellas palabras.--Respecto al cario que nos
tenemos, demasiado sabes  qu atenerte. Pero por encima del cario hay
otra cosa mucho ms importante para m, que es la honra.

--D el amor propio.

--Bien, pues el amor propio. Aunque entre nosotros no exista hace tiempo
verdadero matrimonio, el lazo social que nos une no se ha roto. Ella
tiene el deber de respetarlo... Si no lo respeta--aadi
sordamente,--nos veremos.

Miss Florencia dej escapar una risita maligna.

--Es gracioso! es gracioso!

--El qu es gracioso?--pregunt l cogindola por la mueca y
apretndola convulsivamente.

La institutriz se puso un poco plida, pero dijo con calma sin dejar de
sonreir:

--Te advierto que me ests haciendo dao.

--D, qu es gracioso? qu es gracioso?--repiti el conde sacudindola
rudamente.

--Vuelvo  decirte que me haces dao. Yo no soy la condesa de Trevia,
sino una pobre institutriz. No merezco ser tratada con tanta confianza.

El conde afloj la mano y la mir fijamente.

--Se puede saber qu es lo que hallas gracioso en este paso?

--Es gracioso el suponer que la condesa haba de sufrir toda la vida sin
buscar el desquite.

D. Carlos qued un instante silencioso. Al cabo dijo alzando los
hombros:

--Est bien. Que lo busque. Pero al final de esos desquites es fcil
tropezar con una bala.

Guardaron ambos silencio obstinado mucho tiempo.

--Y t conoces al Romeo?--pregunt al fin el conde.

--Ya lo creo!--respondi el aya sin mirarle.--Y t tambin!

--Por qu no me has llamado la atencin hasta ahora? Ni una palabra ha
salido de tus labios.

--Los criados no deben mezclarse en los asuntos de los amos.

--Ya pareci la gotita de hiel!--exclam levantndose de nuevo y
paseando por la estancia.

Al cabo se acerc por detrs  su querida y, tomndole el rostro entre
las manos, le dijo inclinndose:

--No hablemos ms de eso. Seamos felices. Hace ya algn tiempo que me
tratas con mucha crueldad, ingrata. Mis caricias no logran despertar en
tu corazn un movimiento de ternura ni en tus labios una sonrisa. 
medida que mi amor crece parece debilitarse el tuyo. Te encuentro muy
fra.

--Fra no, respetuosa.

--Otra vez!--exclam el conde riendo.--Demasiado sabes--aadi
sentndose y acaricindole una mano--que de hecho no hay en esta casa
ms seora que t hace tiempo. Los criados, los nios, la condesa... yo
mismo, pasamos la vida mirando tu semblante, estamos pendientes de la
expresin de tus hermosos ojos como el marino de las mudanzas del cielo.
Te has apoderado de todo mi ser. Te amo tanto, que por un cabello tuyo
dara cien vidas si las tuviera.

El conde pronunci las ltimas palabras con una pasin que nadie
sospechara en su temperamento impasible.

La bella extranjera sonri como una diosa que percibe el olor del
incienso. Se levant para aadir un leo al fuego y vino luego 
sentarse sobre las rodillas del conde con el silencio y la delicadeza
de una gata. Los ojos opacos de aqul brillaron al sentir el blando
peso. El fuego lanzaba sobre ellos reflejos maliciosos.

--Yo tambin soy feliz con tu amor--le dijo suavemente al odo.--En mis
horas de sueo, en los momentos en que fabricaba castillos en el aire
nunca pude imaginar tanta dicha. Es ms: yo pensaba que el amor estaba
vedado para m. Dios me ha criado con un corazn poco sensible. Dicen
que soy orgullosa, fra, spera, y acaso tengan razn. Pero t no puedes
quejarte, porque te has logrado introducir en el nico rincn apacible
que hay en mi alma. Si t no me hubieses enseado lo que es amor,
morira sin conocerlo, porque ningn otro hombre hara lo que t has
hecho. Acurdate de las humillaciones que has sufrido, las lgrimas de
fuego que has derramado, las noches en vela pasadas  la puerta de mi
cuarto...

--S, s; me lo has hecho pagar caro!--exclam el magnate riendo.

--Te pesa de la compra?--dijo la extranjera tirndole de la oreja.

--Nada de eso. Estoy conforme con el precio, y aun dara algo ms
encima.

--Y yo me alegro de haber cado  pesar de mi orgullo... Pero, te lo
confieso; aunque me haga feliz tu amor, tengo momentos en que soy muy
desgraciada. No puedo olvidar la posicin, no ya humilde, sino
deshonrosa que ocupo en esta casa. Cada una de las muestras de respeto
que prodigas  tu mujer en pblico es una saeta envenenada que viene 
clavarse en mi corazn. No te las recrimino, porque los caballeros
ilustres no pueden portarse como los gaanes, pero me hacen mucho dao.
Entonces (dispnsame esta niera) me miro al espejo y me pregunto: No
tengo yo porte de condesa? Mis manos no son finas y delicadas como las
de una dama? Mi cuello no es erguido y esbelto? Tengo por ventura los
ojos humildes y rastreros como una sirviente?... Y, sin embargo,  pesar
de esto y  pesar de tu amor, jams, jams ser otra cosa que una
domstica distinguida. Oh, no sabes el efecto que produce en m tal
idea! Hay momentos en que resuelvo tomar mi ropa, huir de tu lado y
buscar en el mundo algn rincn oscuro donde ocultar mi vergenza.

El conde la apret amorosamente contra su pecho y la cubri de besos.
Qued despus largo rato inmvil con los ojos en el fuego, grave y
pensativo. Al cabo dijo:

--Quin sabe! quin sabe! El mundo da muchas vueltas.

--Para m no dar ms que una... La vuelta final!

--Calla, calla!--exclam l riendo y tapndole la boca.--No puedes
deshacerte de esas ideas lgubres y romnticas, porque tienes el cerebro
atestado de folletines.

--Porque lo tengo lleno de tu amor y temo perderlo--manifest ella,
apretndole  su vez con pasin.

La pltica se hizo ms alegre, pero ms suave y discreta tambin. Largo
rato son en el rojo gabinete un cuchicheo amoroso sobre el cual
estallaba de vez en cuando el eco de una carcajada comprimida  el rumor
de un beso.

La blonda extranjera estuvo como nunca tierna, mimosa, embriagando  su
noble amante con dulces y exquisitas caricias que jams ste conociera.
Pero en medio de su frenes amoroso, un hombre ms observador que el
conde hubiera notado cierta inquietud, algo triste y siniestro que
brotaba  la frente por intervalos en forma de arruga, y  los ojos como
relmpagos aciagos.

Trascurri mucho tiempo. Al cabo la institutriz, despus de vacilar
infinitas veces, se atrevi  preguntarle al odo:

--Qu piensas hacer despus de lo que te han escrito?

El rostro del magnate se contrajo fuertemente.

--Silencio! Ni una palabra ms de ese asunto.

Qued serio, taciturno, con los ojos clavados en el fuego. Miss
Florencia no se atrevi  interrumpirle. Al cabo su semblante contrado
se fu dilatando por una sonrisa amarga, y profiri:

--No s jams de antemano lo que he de hacer. Obedezco  la inspiracin
del momento.




XV

Buscando salvacin.


Las ocho de la maana seran ya bien sonadas cuando el seorito Octavio
abri los prpados despegndose del sueo febril que le embargara desde
el amanecer. Muy lejos de concederle descanso y reparar sus gastadas
fuerzas, le dej ms inquieto y molido que nunca: las mejillas plidas;
un crculo oscuro, amoratado en torno de los ojos.

La idea del annimo cay de improviso como un rayo sobre su mente y le
hizo dar un salto en la cama. Representsele con espantosos y sombros
colores la gran atrocidad que haba hecho. Le pareci imposible que l,
un hombre de honor, hubiese llevado  cabo accin tan indigna y
repugnante. Por un momento dud si estara an bajo la influencia de
alguna pesadilla. Cuando se cercior de que era una realidad, de que
haba sido un vil delator, de que corra peligro la vida del ser que ms
amaba, entregse  una violenta desesperacin, mordiendo la ropa del
lecho y prodigndose con furia eptetos  cual ms injurioso. La
imaginacin le hizo ver la muerte prxima de la condesa. Ante un cuadro
tan espantable, desapareci al momento la afrenta que haba recibido y
se la perdon de todo corazn. Despus de todo, se deca, yo no tengo
ningn derecho sobre ella. Si se ha enamorado de otro, debo sufrirlo con
resignacin como una desgracia. Slo un corazn pequeo es capaz de
hacer lo que yo hice. Hasta se comprende que los hubiese matado en aquel
momento, porque la pasin ciega el espritu... pero delatarlos!...
Dios mo, qu indignidad!... Cualquiera dira que mi amor no era ms
que un deseo vanidoso de ser preferido... Y, sin embargo, no es cierto;
yo la adoraba... La adoro todava en lo profundo de mi pecho. En un
principio me sedujo el aparato mundano de que estaba rodeada; pero
despus se fu infiltrando poco  poco en mi alma, hasta el punto de que
no era yo el que pensaba y senta, sino ella la que pensaba y senta por
m... Hoy dara la vida porque fuese una pordiosera, con tal que me
amase un poco...

Y embebecido en estas y otras reflexiones estuvo algn tiempo sentado.
De repente le asalt el pensamiento del grave peligro que corran las
vidas de los amantes, y se arroj con mpetu del lecho. Vistise 
medias precipitadamente, como si fuese  ejecutar algn acto que
exigiese mucha premura. Una vez vestido, quedse inmvil con la mano
puesta sobre el pestillo de la puerta. Adnde iba? Era preciso  toda
costa evitar el crimen que no tardara en perpetrarse, si no se haba
perpetrado ya; pero cmo? Quiso pensar en algn medio, mas no pudo. Las
ideas le daban vueltas en la cabeza. No acertaba  sacar nada en limpio
de su meditacin ansiosa. Adivinaba la existencia de algn pensamiento
salvador, pero estaba envuelto en tan tupidas gasas que no perciba de
l absolutamente nada. Y cuantos ms esfuerzos haca para sujetar su
imaginacin y enderezarla  un resultado prctico, ms se turbaba y ms
se perda en un pilago de lucubraciones absurdas. Lo nico que vi
claro fu la imposibilidad de intentar por su cuenta nada con el conde.
Era necesario darles aviso  ellos; pero en qu forma y por qu medios?
Despus de mucho vacilar, se resolvi  ir l mismo  la Segada.

Emprendi la marcha inmediatamente y con no poca celeridad, aumentando
sta  medida que la idea terrible de no llegar  tiempo se iba
apoderando de su revuelto cerebro. Ya estaba en la carretera... ya
cruzaba el puente... ya caminaba por el tnel de avellanos... ya estaba
en el pueblo. Acercse al palacio lleno de susto, y vi salir  un
criado de una de las cuadras. Despus de reprimir su respiracin
fatigosa, y fingiendo naturalidad, le aboc dicindole:

--Hola, amigo! Los seores condes se han ido ya de caza?

El momento que trascurri entre su pregunta y la respuesta del criado
fu de suprema angustia.

--La seora condesa ha salido ya con el mayordomo. El seor conde est
durmiendo.

La noticia, sin sacar  nuestro joven de apuros, le tranquiliz un poco.
Tuvo fuerzas para decir:

--Gracias, muchacho: voy  dar un corto paseo mientras el seor conde se
levanta.

As que se alej algn trecho, retoaron con ms fuerza sus ansias.
Aquel extrao sueo del conde en tales circunstancias le causaba gran
inquietud y le pareca precursor de una tremenda desgracia. Oh! tengo
la seguridad, se dijo, de que antes de una hora el conde de Trevia
saldr de su palacio... Y si sale es para cazarlos como  dos ciervos...
Dios mo, es horrible, es horrible!... No habr un medio de cortar el
paso  la muerte?...

Se mesaba los cabellos y corra sin tino por la margen del riachuelo que
bajaba de la Pea Mayor. Al dar vuelta  un repliegue del terreno vi
blanquear entre los rboles, no muy lejos de s, la iglesia de la
parroquia. Al mismo tiempo surgi en su espritu un pensamiento, al cual
se agarr el desdichado inmediatamente, como se agarra  un clavo
ardiendo el que rueda hacia el abismo. Pens en el cura de la Segada y
en la influencia poderosa que ejerca al parecer sobre el conde. Pens
en que como hombre sagaz y de mucho ingenio pudiera tal vez hallar algn
recurso  excogitar algn medio de conjurar la tormenta. Despus de
todo, en su calidad de ministro de Dios, estaba en el deber de hacer
cuanto le fuera posible para evitar la consumacin de un crimen. Como
amigo de los condes, hallbase an ms obligado  impedir la desgracia
que les amenazaba. Se determin  ir  la rectoral y contarle lo que
ocurra, bajo secreto de confesin.

Los momentos crticos y decisivos. Se di  correr cuanto ms pudo hacia
la casa, que por fortuna no estaba lejos. Era, como casi todas las
rectorales de aldea, pobre de aspecto, rodeada de huertas extensas y
feraces, y tena en la fachada principal un largo balcn de madera sin
pintar, guarnecido todo l por una parra cuyos pmpanos estaban ya
marchitos. La puerta, ennegrecida por el tiempo, no tena llamador. Se
vi precisado  dar dos golpes sobre ella con la palma de la mano.
Despus de un buen rato de espera rechinaron los goznes con cierto
chirrido prolongado semejante  un lamento, y apareci una vieja, la
cual, sin aguardar la pregunta del mancebo, le dijo en tono spero:

--El seor cura est arriba.

Y  paso acelerado fu  hundirse por una puertecilla, que ms pareca
agujero, de donde salan bocanadas de humo y fuerte olor  guisado.
Octavio tom la escalera estrecha, sucia y llena de agujeros que
conduca al piso primero y ltimo de la casa, y despus de atravesar un
corto pasillo, hallse frente  una puerta sobre la cual di otros dos
golpes con la mano, aunque ms discretos.

--Hola! quin anda ah?--pregunt la voz cascada del cura desde
adentro.

--Soy yo, seor cura; tenga la bondad de abrir.

--Sabe que no le conozco, mi amigo?... Pero agurdese un instante el
que sea, que estoy concluyendo de afeitarme.

Le molest extraordinariamente aquella dilacin. Se puso  dar vueltas
agitadamente por el pasillo. Cada minuto que pasaba le pareca que traa
consigo una calamidad. Por fin se abri la puerta, y el rostro atezado
del cura, que apareci detrs de ella, expres una agradabilsima
sorpresa al ver  nuestro joven.

--Ave Mara Puriiiiisima!... Pues no era el seorito Octavio el que
llamaba! Por qu no dijo su nombre, criatura, y le hubiera abierto
inmediatamente? Vaya por Dios... vaya por Dios... Es usted el diantre,
seorito... Pase ahora adelante... Sintese y cbrase; sintese y
cbrase; sintese y cbrase...

La estancia en que penetr era la ms original que en su vida haba
visto. No tena grandes dimensiones, pero albergaba trastos suficientes
para amueblar una casa entera, los cuales se hallaban esparcidos de tan
singular y caprichoso modo, que era en verdad cosa digna de verse. Los
sofs, que eran tres, no se hallaban arrimados  la pared como en todas
las salas del mundo, sino que formaban en el medio un cuadrado abierto
por uno de los lados, al modo que se ponen los bancos en las iglesias
los das de funeral. En el centro de este cuadrado se alzaba un ropero
de madera sin barnizar atestado de sotanas, balandranes, manteos,
sombreros de teja, bonetes, etc., etc., todo muy usado y sucio. En el
rincn ms oscuro apenas se vea la mesa de escribir cubierta con una
bayeta que habra sido verde; actualmente las manchas de tinta, vino,
leche y otros lquidos la haban puesto casi incolora. Sobre la mesa
descansaban algunos breviarios, algunas plumas de ave, algunos tinteros
y una buena cantidad de polvos de escribir. Haba adems hasta una
docena de manzanas ( pomas, como las llamaba el licenciado Velasco de
la Cueva), un paquete de caf molido y algunos cigarros. Un armario
inmenso, colosal, tapaba casi por entero uno de los lienzos de la
estancia. Cerca de l, amontonados formando pila, unos cuantos fesimos
y desvencijados cofres. Ms all una cmoda y sobre ella un San Jos de
madera con su correspondiente nio, algunos paquetes de peridicos y dos
grandes caracoles de mar. Otros muchos muebles haba, de los cuales no
se hace mencin por no ser prolijos. Las sillas numerosas, siendo de
notar que no se encontraban dos de una misma clase: era una escala que
recorra desde la forrada de vaqueta con respaldo tallado, hasta la
moderna de rejilla. En el suelo y arrimados  la pared haba varias
hileras de frascos de todas formas y tamaos, y esparcidos en curioso
desorden yacan no pocos libros forrados en pergamino.

Este cuadro tena un fondo opaco y pardusco que adverta claramente de
que la escoba no haba penetrado jams en aquel recinto. El polvo
envolva en su manto protector los muebles, los libros y los frascos de
la habitacin, y la tapizaba tan perfectamente que los pies no echaban
menos la mullida alfombra. Al poco rato de estar all nadie dejaba de
aspirar, mascar y tragar polvo en respetables porciones.

El seorito Octavio, as que estuvo sentado, experiment un vago
malestar, cuya causa no poda bien explicarse. Se arrepinti tambin
vagamente de haber acudido  aquel sitio en busca de salvacin.

--Vaya, vaya, vaaaya... Y cmo deja usted  su seor padre y  su
seora madre? Tan buenos, eh? No es verdad?... Pero, hombre, qu bien
se conserva su seor padre! El otro da le vi en la calle y me dej
pasmado: est cada da ms joven... Ya le dije yo: Don Baltasar, la
buena conducta obra milagros. Porque su seor padre, quiero que usted
lo sepa, siempre pis derecho... es verdad, y si todos hubiesen seguido
su ejemplo cuando jvenes, no andaran tantos por ah hechos verdaderas
cataplasmas...

Octavio, para huir el vago malestar que le aquejaba, procur
representarse bien el apuro en que se vea y el sagrado ministerio de la
persona que tena delante. Se hizo cargo de que no haba ms remedio que
entregarse en manos del cura, saliese lo que saliese, y le dijo con
decisin:

--Seor cura, he venido  su casa para hablarle de un asunto muy grave.
Hay circunstancias en la vida en que un consejo dado con oportunidad
puede sacarnos de un serio conflicto. Yo me encuentro, por desgracia, en
una situacin bastante apurada, y pienso que ninguna persona mejor que
usted puede serenar la tormenta que me amenaza.

--Vamos, vamos... Al parecer se trata de un caso de conciencia, no es
as?

--Algo de eso.

--Pues entre nosotros los curas, pasa por una gran verdad que la
conciencia se descarga ms fcilmente teniendo el estmago repleto que
vaco. Conque as, mi amigo, antes de pasar adelante va usted 
fortalecer el suyo con algo que le voy  dar... Porque ha de saber
usted, seorito, que yo tengo siempre de repuesto en esta alacena un
poco de lastre para los pecadores.

El cura se haba acercado efectivamente  una alacena, riendo mientras
la abra.

--Dispense usted, seor cura; no puedo tomar nada en este momento.

--Nada, nada... aqu no hay dispensas que valgan... Ustedes los jvenes
necesitan nutrirse para tener un poco sosegados esos nervios... esos
nervios!...

--Seor cura, por Dios me dispense, me es imposible...

--Quieto! quieto! que este mundo ac ha de quedar... y lo que le voy 
dar no es un veneno... De aqu no sale sin haber hecho algn gasto al
cura de la Segada... Porque, lo que es  terco, no me gana usted  m,
seorito.

El cura se dirigi al decir esto  la puerta, di la vuelta  la llave y
se la guard en el bolsillo. Despus torn  la alacena y fu sacando
con calma y poniendo sobre la mesa un gran pedazo de salchichn, dos
bollos de pan y una botella de vino. Octavio le dej hacer, mirando todo
aquel aparato con ojos resignados. Comprendi que el cura no escuchara
una palabra si antes no tomaba algo.

--Aj! ya estn arreglados los brtulos... Lo mejor que puede hacer
ahora... crame  m... es meter algo en el cuerpo. El tiempo que se
gasta en comer, no se pierde. Los viejos hemos aprendido estas cosas al
cabo de muchos aos, y ustedes los jvenes las aprendern tambin... es
verdad... El salchichn vino directamente de la fbrica. Tengo yo en
Vich un primo hermano establecido, que todos los aos se acuerda de
mandarme una buena provisin. El pan est amasado y cocido en casa...
Coma, pues, sin escrpulo, que luego hablaremos.

Nuestro joven empez  morder con manifiesta repugnancia un pedacito de
salchichn que tena entre los dedos.

--Vaya, vaya, vaaaaya con el seorito Octavio... Y qu vientos corren
por la villa, seorito? Nosotros, los curas de aldea, no sabemos nada de
lo que pasa en el mundo hasta que llega el da del mercado.

--Pues lo mismo de siempre, seor cura: nada ocurre de particular.

--Qu se sabe de la separacin del promotor fiscal?

--No tena noticias hasta ahora de que...

--Hombre, hombre... Viene usted de la villa y no sabe que el gobernador
pidi al Gobierno la separacin del fiscal? Al parecer es cuestin de
elecciones...

--Como yo me entero poco de poltica...

--Hace usted bien, seorito; hace usted bien; hace usted bien. La
poltica trae consigo muchos disgustos... Pero en Espaa no hay otro
camino mejor para arribar  los altos puestos y hacerse hombre en un
momento. Cuntos que hoy son grandes personajes y se sientan en la
poltrona andaran por su tierra escribiendo pedimentos y dando consultas
 peseta si no hubiesen metido la nariz en la poltica!... La verdad es,
querido, que el que no anda se queda atrs, y slo la ocasin hace al
hombre, y el que no la aprovecha es un tonto. Y en ltimo resultado hay
que tomarlo todo con calma... con calma... con calma; porque lo que es
de tomarlo  pechos no se saca nada... La fe es muy buena para salvar
las almas, pero los cuerpos... _nequaquam_. En la poltica pienso yo que
no basta ya aquello de ver y creer, sino que es necesario ver y tocar...
no es verdad, mi amigo, no es verdad?... eh! eh! eh!...

El malestar de Octavio iba en aumento. Apuntbale ya el deseo de
marcharse. Sinti al mismo tiempo sed, porque el salchichn haca
ampolla en la lengua.

--Podran traerme un vaso de agua, seor cura?

--No blasfeme usted, seorito... Qu agua ni qu ocho cuartos! El agua
para las ranas y el vino para los hombres... Va usted  beber uno de
misa mayor que tengo reservado para los amigos que estimo de veras...

--Gracias, gracias; tengo mucha sed, y el vino no me la apaga.

--Est usted en un error, seorito... en un error muy grande. Para
apagar la sed no hay nada mejor que el vino; est probado. No dir que
si usted bebe ese pelen que traen los arrieros de Toro, lleno de
campeche y otras porqueras, no quede usted peor que antes; pero en
tratndose del vino de Rueda legtimo y con diez aos en la bodega, como
el que tiene delante, diga usted que es una bendicin del cielo, y que
apaga la sed lo mismo que hace discurrir  un borrico... Calle!...
pues si no le he trado copa para beberlo!... Vlate Dios... vlate
Dios... vlate Dios!...

El cura se levant, fu otra vez  la alacena y sac de ella una copa
extraordinariamente sucia. Despus de haberla mirado al trasluz, fu 
lavarla  la jofaina con el mayor sosiego. Octavio bebi una copa del
vino de misa mayor, y, en efecto, no le apag la sed: La impaciencia y
la rabia ayudaban tambin  abrasarle las entraas.

--Pues, como iba diciendo, tiene usted razn, seorito. La poltica trae
muchos disgustos; pero en ltimo resultado vienen  recaer sobre los que
dependen de ella y tienen el pan de cada da ligado  la voluntad de un
cacique. Mas no sucede otro tanto cuando el que se mete en ella es una
persona independiente por su fortuna, como usted, pongo por caso,
seorito. Maana le da un disgusto la poltica  un hombre como usted;
pues se mete en su casa muy tranquilo, diciendo: Ah queda eso!...
Adems, no es fcil comprender hasta qu punto facilita el camino de los
altos puestos la circunstancia de gozar una buena renta el que los
solicita... Crame que, averiguado que un hombre es rico, los obstculos
desaparecen de su vista como por encanto... Pero as que se susurra que
es pobre, todo el mundo corre  ponerle el pie delante para que caiga de
narices. Yo no s lo que tiene la pobreza, que  todos huele mal. No
es verdad? eh? eh?

La charla del clrigo haba conseguido marear  nuestro joven,
ponindole en completo desorden las ideas. La impaciencia que le
devoraba desde el comienzo de la escena, le haba ido subiendo la sangre
 la cabeza y bulla dentro de ella hacindole pensar en cosas extraas
bien lejanas del asunto que deba ocuparle. Mientras la voz cascada del
cura le martirizaba los odos, estaba pensando en un perro que haba
encontrado por el camino con una pierna rota. Quin habra puesto de
aquel modo al infeliz animal? Tal vez algn muchacho le tirara una
piedra. Vaya una proeza!

Poco  poco se fu apoderando de su espritu una gran repugnancia, una
repugnancia invencible. Al mismo tiempo empez  brillar en sus ojos la
firme decisin de no decir palabra de su gravsimo asunto al hombre de
sotana que tena cerca y de marcharse al instante de aquel sitio. Se
haba equivocado. All no encontr el salvador que buscaba. Todava, no
obstante, permaneci clavado en la silla como si el cuerpo se negase 
obedecer las rdenes apremiantes del espritu. El clrigo prosigui
diciendo:

--El nico joven que en esta comarca se encuentra en condiciones de ser
un hombre influyente en la poltica es usted, seorito. Ya sabe que no
soy adulador y que se lo digo como lo siento... No porque la modestia lo
tape se deja de reconocer el mrito donde lo hay... Pero no se me
afilie, por Dios, en ese rebao de charlatanes y chorlitos como el hijo
de D. Lino Pereda, porque entonces no conseguir nada... Si usted
comprende sus intereses, no debe separarse del partido de los hombres
serios y respetables... Los partidos avanzados estn llenos de jvenes,
y para que uno de ustedes llegue  brillar es necesario que sea una
eminencia, y aun as jams adquiere respetabilidad. En cambio el partido
catlico tiene consigo toda la riqueza del pas y toda la aristocracia,
pero le hacen falta jvenes, por lo cual no es difcil que un muchacho
de valer como usted logre distinguirse pronto... Crame  m, seorito,
crame  m... Es el Evangelio lo que usted est oyendo. Para alcanzar
dentro de pocos aos una posicin brillante y mandar como jefe en este
distrito y acaso en la provincia, no tiene ms que hablar con prudencia,
alternar con las personas sensatas del pueblo, cumplir con los preceptos
de la Iglesia y dejarse estar... dejarse estar... Lo dems corre de
nuestra cuenta... Los curas valemos poco... es verdad... pero todava...
todava... todava... Hoy por hoy, lo que le conviene es apoyar con
decisin la candidatura del seor conde de Trevia... Har usted un gran
favor  la buena causa y adquirir la consideracin de todos los hombres
sensatos. Maana ser otro da... El conde no ha de ser siempre
diputado, seorito... y cuando llegue la ocasin, todos arrimaremos el
hombro y le ayudaremos  empinarse...

Octavio sinti un fuerte estremecimiento al oir el nombre del conde de
Trevia, como si despertase de un sueo profundo. De pronto se alz de la
silla y dijo con tono resuelto que no admita rplica:

--No me siento bien en este momento, seor cura. Otro da hablaremos del
asunto que aqu me trajo. Hasta la vista.

Y sin aguardar contestacin sali como un huracn por la puerta, dejando
altamente sorprendido al clrigo. Al llegar  la calle, sin detenerse un
punto, dise  correr por la margen del riachuelo en direccin  la
montaa. Despus de todo, se iba diciendo, el conde an no sabe quin
es el amante de su mujer.

Y los que por all cruzasen  la sazn observaran, no sin sorpresa, que
el plido semblante del seorito resplandeca como el de las estatuas de
los hroes, y su cuerpo afeminado pareca hecho de acero al escalar los
primeros riscos de la Pea Mayor.




XVI

Las heces del cliz.


Salieron solos. El conde haba dormido mal y necesitaba todava algn
descanso. Les dijo, por medio de uno de sus monteros, que podan ir
andando, pues no tardara en alcanzarlos.

La maana estaba nublada y fresca. El toldo de nubes que cerraba
hermticamente el horizonte no era, sin embargo, muy espeso: la luz
pasaba por l sin trabajo. Del lado del Oriente se perciba la redonda
masa inflamada del sol, prisionero entre cendales plomizos. Un vapor
trasparente y azulado llenaba todo el espacio y descompona y borraba
los contornos de los objetos dejando en ellos nicamente el color, y 
veces slo la mancha. All en los rincones del valle todava se
observaban algunos jirones de niebla, algunos pedazos blancos de
muselina que no consiguieron levantarse y que se movan temblorosos
entre el amarillo follaje de los rboles. La claridad sembraba de
variados matices el llano y las montaas, compensando en cierto modo la
monotona del cielo. Sobre el color verde dominante de las praderas
resaltaban las grandes manchas negras y rojas de la tierra labrada. Al
lado de las blancas rocas calizas se alzaban los grupos de rboles
vestidos  medias de hojas amarillas. La tierra traspiraba copiosamente.
El musgo de las laderas ahumaba bajo los tibios rayos del rebozado sol:
de cada hilo de hierba penda una gota de agua.

Nuestros cazadores caminaban lentamente. El aliento que sala de sus
bocas se cuajaba en la atmsfera. La condesa iba ceida por un riqusimo
abrigo forrado de pieles, y ocultaba su rostro, encarnado como una
cereza por el fresco de la maana, debajo de enorme y caprichoso
sombrero de paja. Pedro, en traje de cazador, marchaba llevando sobre el
hombro una carabina de dos caones y la de su seora, que era un
primoroso juguete encargado exprofeso por el conde  Inglaterra. El
semblante del mayordomo expresaba una melancola grave y profunda que su
pareja no echaba de ver,  juzgar por el tono indiferente que imprima 
las palabras que de vez en cuando cruzaba con l. Pocas eran las que
haban salido de los labios de Pedro en la media hora que llevaban de
camino. Marchaba distrado, con la mirada perdida en las nieblas del
horizonte, absorto en vagos y tristes pensamientos. Los celos le tenan
asida el alma desde el encuentro que por la noche tuviera con Octavio.
Mas era su amor tan tmido,  pesar de las victorias alcanzadas, que no
osaba decir una palabra de tal escena  la condesa. Su corazn sencillo
no tena conocimiento de las mil estratagemas que se emplean tan 
menudo para sorprender los pensamientos y las intenciones de los otros,
sin dejar ver las nuestras. Por otra parte, su naturaleza ruda y leal
rechazaba por instinto la perfidia. As que, ante la presuncin de ser
engaado por la mujer que amaba, su pensamiento se revolva aturdido
como el pjaro que penetra casualmente en una sala.

Al fin la distraccin lleg  ser tan manifiesta que la condesa se le
qued mirando un rato y le pregunt con inquietud:

--Qu tienes?

--Yo?... Nada.

--S tal... Algo te pasa... Por qu ests triste?

--No estoy triste.

--Oh! No puedes engaarme, Pedro. Si no te pasara algo que te causa
pena, dada la suerte que hemos tenido de salir solos, iras contento
como otras veces...  menos--aadi lanzndole una mirada entre cndida
y maliciosa,-- menos que no te vayas cansando de m.

Pedro se puso rojo y balbuci algunas palabras incoherentes para
protestar de aquella suposicin que le lastimaba el alma. Laura se
cercior an ms de su tristeza, y ponindole una mano sobre el hombro,
le dijo con mimo:

--Vamos... dme, querido, qu tienes?

El mayordomo di todava algunos pasos sin contestar. Una lgrima tembl
en sus negras y largas pestaas, y baj rodando silenciosa por la
mejilla. Laura al verla exclam con sobresalto:

--Qu es eso? Por qu lloras?

--Porque no me quieres.

El semblante de Laura se seren, y medio riendo repuso:

--Y cmo has llegado  averiguar eso, pcaro?

--No me martirices, por Dios... Tengo aqu en el lado izquierdo un dolor
tan vivo, que parece que me estn abriendo el pecho con garfios...
Quiero ms morir que padecerlo... Escucha; voy  hacerte una pregunta...
Segn como contestes, as me matars  me dars la vida... Prometes
decirme la verdad?... Lo prometes por la salud de tus hijos?...

--No necesito jurar para decir verdad... pero s... te lo juro por la
salud de mis hijos... Habla...

--Ests enamorada  sientes algn inters por el hijo de D. Baltasar
Rodrguez, por ese joven rubio que viene  menudo al palacio?

--No.

La condesa pronunci esta negacin con tal fuerza y mostrando tanta
seriedad, que Pedro, sintiendo de improviso una alegra inmensa,
infinita, qued, sin embargo, confuso. No supo ms que decir mirando al
suelo:

--Perdname!

--Ests perdonado; pero mira... no vuelvas  hacerme preguntas tontas...
Tenemos demasiadas cosas en que pensar, para ocuparnos en llorar celos
ridculos.

No necesit ms el mayordomo para quedar enteramente sosegado. La
palabra de la condesa hizo la luz en su atribulado espritu, y dej
escapar un suspiro de satisfaccin, como si le hubiesen quitado una losa
de plomo de encima de los hombros. Ni se atrevi, ni quiso preguntar
ms. Tena bastante con la mirada lmpida y franca que su duea le
dirigi al responderle. Torn  brotar en su pecho la pura alegra que
siempre le acompaaba, manifestndose al exterior de una manera
infantil. Empez  charlar por los codos y  caminar con ms celeridad.
De buena gana hubiese dado brincos. Cuando alguna rama  vstago
importuno interrumpa el camino, ya de muy lejos se daba  correr para
separarlo y que la condesa pasase cmodamente. Si perciba entre las
zarzas alguna madreselva, aunque se araase las manos, ya estaba
saltando  cogerla para ofrecrsela. Otras veces procuraba quedarse
atrs para contemplarla  sabor. La condesa senta sobre su espalda la
mirada amorosa del joven, y sonrea.

Caminaban por la margen del ro, cuyo declive hasta entonces haba sido
bastante suave. Poco  poco, y  medida que se iba estrechando la
caada, fu hacindose ms agrio y ms violento. Cesaron las praderas y
empezaron los bosques de hayas, que se extendan por entrambas laderas
hasta perderse de vista. Los perros se internaron por ellos rastreando
algn corzo  robezo; pero Laura no quera cazar, y Pedro los hizo venir
inmediatamente con un silbido.

--No te parece que dejemos la caza para cuando _l_ venga? Subamos
mientras tanto al lago; no me canso de verlo. En la primer cabaa que
encontremos podemos dejar dicho dnde estamos...

El mayordomo lo hall todo muy bien, y siguieron andando. La selva
ofreca un aspecto mgico. El otoo, dorando por entero muchas de sus
hojas, haciendo palidecer levemente  otras y dejando verdes las menos,
la haba convertido en un rico manto de brocado que cubra los
formidables hombros de la montaa. El rumor que de ella vena no era,
como en la primavera, dulce, sino desapacible. Los olores, acres y
punzantes.

Los pies de los cazadores trituraban las hojas secas de que estaba
sembrado el camino. Al cabo de algn tiempo terminaron los bosques y
empezaron de nuevo las praderas, que se apartaban bastante de las del
llano, pues no eran como stas de un verde claro, sino oscuras y tersas:
la hierba, en extremo tupida y menuda. As que dejaron el bosque toparon
con una cabaa, donde hicieron alto. El pastor les sirvi leche acabada
de ordear, y qued avisado para decir al conde y  sus monteros que no
tardaran en descender. Y continuaron su interrumpida marcha por la
senda que serpeaba  la vera del arroyo. La pendiente se hizo muchsimo
ms agria. El arroyo, en vez de desatarse sereno y cristalino como
abajo, se despeaba en espumosos tumbos asordando  los viajeros, los
cuales se detenan con frecuencia  tomar aliento. Con el pecho
anhelante y las mejillas plidas, quedbanse uno frente  otro
sonriendo.

--Ests fatigada?

--Algo.

--Quieres que te lleve en brazos un poquito?

--Ni un poquito, ni un muchito... T me juzgas demasiado dbil,
Perico... Es necesario que te vayas convenciendo de que soy una aldeana
en toda la extensin de la palabra... Y si no, mira... mira...

La condesa emprenda  correr desaforadamente por el monte arriba; pero
 los pocos pasos dejbase caer jadeante sobre el csped, llamando
burln y cazurro al joven porque se estaba riendo. Entonces ste acuda
 levantarla, cogindola por ambas manos. Pero la nueva aldeana se
haca la pesada: era necesario tomarla por la cintura para ponerla en
pie. El viento del puerto, cargado de aromas saludables, los tornaba
retozones como cabritillos. Escuchbase  lo lejos el sonido de los
cencerros y veanse pastar tranquilamente algunos ganados. Dejaron las
mrgenes del arroyo y se pusieron  ascender por una de las laderas,
siguiendo un estrecho sendero que haca eses. Pronto se borr el sendero
y tuvieron que caminar sobre el musgo.

--Te advierto--dijo Pedro--que no tardaremos en tropezar con la
niebla... Ya la ves ah cerca...

--Y entonces?...

--Nada, yo tengo la seguridad de que no dura ms de doscientos pasos y
de que el corte de la Pea se encuentra  estas horas baado por el
sol... Pero si tienes miedo  la humedad podemos volvernos...

--No, no... de ningn modo... Crees que vamos  ver el sol de veras?...
Pues adelante.

En efecto, despus de subir algo ms por un spero repecho, vestido casi
todo l de tojo y retama, lo cual haca muy penosa la ascensin, tocaron
en la niebla y se internaron por ella. Pedro cogi de la mano  la
condesa para que no cayese, en el caso de tropezar. Al poco rato
sintieron hmeda la cara y las manos y se rieron como si les hubiese
pasado alguna cosa placentera.

--Debemos parecer dos fantasmas, Pedro... Ser cierto que estamos
dentro de una nube?

--Ya lo creo!

--De una de esas nubes que vemos correr por el cielo?

--Pues de qu otras quieres que sea?

--Ave Mara!

As como el mayordomo lo haba predicho, no se haban pasado diez
minutos cuando la niebla comenz  enrarecerse, convirtindose en una
gasa sutil que dej percibir en vagorosa indecisin las peas y los
arbustos. Sintieron en el rostro calor, como si se aproximasen  un
horno, y observaron que el leve vapor que an los envolva se agitaba.
All arriba, delante de s, vieron una gran mancha de oro. Y de repente,
despojndose de su cendal gaseoso, como el que deja caer una tnica de
los hombros, quedaron anegados en luz, surgiendo como dos manchas negras
en medio del ter azul, debajo de un sol radiante. La condesa lanz un
grito de entusiasmo. Despus, acercndose ms  su amante y empinndose
sobre la punta de los pies, le di un beso claro y sonoro en la mejilla.
Pedro la estrech contra su corazn. Era la primera caricia que se
hacan desde que salieron de casa.

Poco trecho necesitaron andar para colocarse sobre el mismo corte de la
Pea. El espectculo que entonces hiri su vista fu uno de los ms
hermosos, y sin duda el ms sublime que pueden ver los humanos. Por toda
la regin que la vista abrazaba se extenda un mar de leche, ligero y
fluido, que cerraba por entero el horizonte. Sobre este mar resplandeca
la esfera luminosa del firmamento, donde nadaba el sol, arrastrando con
orgullo su majestuosa cabellera de oro. All  lo lejos, de uno y otro
lado, se alzaban sobre el mar de leche algunos negros  jaspeados
islotes que eran, sin duda, las crestas de las montaas ms elevadas de
la cordillera cantbrica. Pareca que echndose  nadar se poda llegar
 ellas al instante. El sol no tea por igual la superficie de aquel
ocano nubloso: en unas partes lo matizaba levemente de rosa, en otras
de oro;  trechos lo dejaba en sombra y  trechos lo haca arder en
resplandores. Nuestra pareja se hallaba sobre la misma cresta de la Pea
Mayor, que formaba una de las varias islas de que estaba sembrado.
Debajo de ellos,  los cuarenta  cincuenta pasos, las olas de leche y
rosa cercaban la Pea y la batan dulcemente con su hlito sutil. Nadie
imaginara que dentro de ellas, all en el fondo, dorman las aguas
tristes y pesadas del lago Ausente su eterno sueo inalterable.

El corazn de los amantes se estremeci de alegra delante de aquel
cuadro prodigioso, tan lejano de los que se acostumbran  ver en la
tierra. La tierra! La tierra no exista en aquel sitio: era un mito
sombro, una pesadilla de la imaginacin. Quin se acordaba de la
tierra! All no haba ms que cielo; cielo arriba, cielo abajo, cielo en
todas partes.

Sentados sobre la Pea beban por su entreabierta boca el aire de las
alturas, ntido y fresco como el aliento de los ngeles. La luz se
desprenda en efluvios infinitos por los orbes azules, hacindoles
centellar. La soledad y el silencio, tan amargos en la tierra, eran all
dulces y amables. Ningn ruido terrestre profanaba la majestad de
aquella gloria. Slo la mente, mejor que los odos, escuchaba un rumor
solemne, una msica grave y melodiosa, como el himno que las esferas
entonan sin cesar al Eterno.

Poco  poco fu entrando el vrtigo en el alma de Laura. Un deliquio
voluptuoso, dulcsimo, se apoder de sus sentidos, dejando despierta tan
slo la fantasa; y empez  soar. Imaginse que ella y Pedro no
llegaban del lodazal de la tierra, sino de los espacios lumbrosos que
los rodeaban. Haban atravesado en raudo vuelo el ter, y vinieron 
posarse como dos pjaros celestes sobre aquella roca. Pero no tardaran
en alzarse de nuevo para sumirse otra vez en los senos azules del
firmamento y alcanzar otros sitios de mayor gloria. Ya estaban muertos
para el mundo, y slo bajaban  l de raro en raro, envueltos en la
bruma de la tarde  en la ola de los mares,  atados, tal vez,  un rayo
de sol. Haban sondado el inefable misterio de los cielos y formaban
parte del coro de los santos que cantan las alabanzas del Seor. Gozaban
entre nubes de incienso y resplandores de la dicha perdurable reservada
 los buenos.

Pero este hermoso sueo fu turbado por un pensamiento cruel que hel su
corazn. Ella no poda entrar en el cielo. Ya no era inocente y pura
como en otros tiempos, y no ofrecera en remisin de sus pecados
veniales una vida de martirios y humillaciones. Haba destrudo con una
venganza ruin todos sus merecimientos. No era ms que una infeliz
pecadora, una despreciable adltera. Las puertas del infierno se
abriran para ella cuando muriese, y quedara sepultada eternamente en
los tormentos de los condenados.

Se estremeci de horror. Sera posible que Dios la perdonase aquel gran
pecado? No dudaba de su misericordia infinita, mas para ser perdonada
era necesario arrepentirse. Entonces pens vagamente en huir de su
amante y hacer penitencia. Acercse ms  l y le pregunt con voz
temblorosa:

--Te has confesado, Pedro?

--Por qu me lo preguntas?

--Porque estamos ofendiendo  Dios enormemente... porque estamos en
pecado mortal... Si ahora nos murisemos iramos  dar al infierno.

--Yo s... T no, porque eres una mrtir.

--Yo soy una pecadora mucho peor que t, porque he jurado delante de
Dios guardar fidelidad  un hombre y he violado este juramento... Soy
una mujer despreciable que est deshonrando  su marido... Mira, Pedro,
te quiero con toda mi alma. Por ser libre y casarme contigo me
resignara desde ahora mismo  ganar el pan, como la ltima labradora,
con el sudor de mi frente... an ms, me resignara  mendigarlo de
puerta en puerta... Pero no quiero perder mi alma ni la tuya... No puedo
amar  mi marido, pero puedo serle fiel... Lo que estamos haciendo es
muy criminal, y tarde  temprano caer sobre nosotros el castigo del
cielo... Por qu no hemos de amarnos puramente, sin manchar nuestras
almas? Tal vez esto sea lcito... Yo me informar del confesor... Detrs
de ese cielo azul est Dios contemplndonos. Si ahora refrenamos nuestro
gusto, iremos  juntarnos  l despus de la muerte y podremos amarnos
por los siglos de los siglos...

Pedro baj la cabeza sin atreverse  contradecirla. La condesa le
interrogaba con la vista. Al fin repuso:

--Ya no s si es malo  bueno lo que estamos haciendo. T dices que es
malo, y lo ser. De lo que estoy seguro es de que si dejas de quererme
ir para el infierno irremisiblemente... Y en ltimo resultado,
faltndome tu amor, el cielo y el infierno son iguales para m...

--Calla, calla!--exclam ella tapndole la boca con una de sus
manos.--No digas blasfemias!

Todava prosiguieron algn tiempo hablando seriamente sin hallar ninguna
solucin que les contentase. Cuando agotaron el tema permanecieron
tristes y silenciosos sin atrever  mirarse. Los ojos de entrambos se
perdan en los repliegues del ocano ondulante que se extenda  sus
pies y parecan seguir con atencin el vaivn de sus olas argentadas. Al
fin, la condesa volvi la cara hacia Pedro y le dirigi una tierna
sonrisa. Despus aproximse ms  l y reclin la cabeza sobre su
fornido pecho, sin dejar de contemplar en silencio el espectculo
sublime de la Naturaleza.

Mas en aquel instante escucharon pasos  su espalda y se volvieron con
presteza. El seorito Octavio estaba delante de ellos. Sin esperar
pregunta alguna ni hacer caso de la sorpresa que en sus rostros se
pintaba, les dijo con tono imperioso:

--Huid! El conde puede llegar de un momento  otro.

--Le estamos aguardando--contest Pedro secamente.

--Pues haces mal en aguardarlo. Lo sabe todo y viene  matarte.

--Razn de ms para que no huya.

--Eso es, hazle frente, y despus de haberle robado la honra,
mtalo!... Los valientes hacen las cosas por redondo. Eres un necio y un
fatuo... Si no amas la vida ahora, no mereces la dicha que has
logrado... Huye, huye, insensato!... El valor no consiste en despreciar
la vida, sino en saberla perder  tiempo.

El viento haba derribado el sombrero del seorito. El sol baaba su
revuelta cabellera dorada, que despeda fugaces destellos como en la
maana que por primera vez le vimos. Su faz, plida entonces por el
sueo, lo estaba ahora por la emocin. Pero sus ojos... oh, sus ojos
mudaron mucho desde entonces! Ya no eran aquellos ojos fros y tmidos
que resbalaban sobre los objetos sin penetrarlos. Brillaban con
inusitado fuego.

Su figura delicada y endeble alzbase soberbia en el sitio ms eminente
de la roca y descollaba sobre el azul del cielo. Los dos amantes,
situados en un lugar ms bajo, desaparecan delante de l como
desaparecen de los ojos del pblico los actores secundarios cuando entra
en escena el protagonista del drama. La condesa, que se estrechaba,
muerta de susto y vergenza, contra su amante, le encontr desconocido.

--Huye, huye, por Dios, Pedro--dijo Laura con voz temblorosa.

--S, pero t conmigo.

--Yo no puedo huir... Tengo hijos... Adems, te servira de estorbo...

--Y si pone la mano sobre ti?

--Ya sabes que no puede ser... Por infame que tenga el corazn, no
llegar  tanta cobarda... El conde no tiene derecho sobre mi vida...

El semblante de Octavio se ilumin de repente al escuchar estas palabras
y pregunt en seguida con ansiedad:

--Est usted segura, seora, de que su marido no intentar nada contra
usted?

--Estoy segura.

--Ya lo oyes, Pedro... La condesa no necesita tu vida por ahora...
Puedes marcharte sin temor.

Pedro comprendi que tena razn; pero no hubiera cedido  no
encontrarse con los ojos suplicantes de su amada. Al fin, posando los
suyos sobre ella, y envolvindola en una mirada grave y tierna, le dijo
con acento enrgico:

--Hasta luego.

Y lanzndose por la pendiente abajo, desapareci  los pocos momentos.

El que sigui fu solemne para los dos seres que quedaban en la roca. La
condesa ocultaba el rostro entre las manos. Octavio la contemplaba en
silencio. l fu quien primero lo rompi, exclamando:

--Est fuera de peligro! Conoce todos estos sitios  palmos. No dara
con l un batalln entero, cuanto ms un hombre. Ya no debe usted
afligirse, seora...

--No me aflijo por l.

--Pues por quin?

--Por usted.

--Por m!

--S; le he hecho  usted mucho dao... Conozco que tiene usted motivo
sobrado para odiarme... y le pido perdn.

--Bah!--repuso el joven afectando tono indiferente.--Yo no tengo de qu
perdonar  usted. Si me ha pisado el corazn, es porque me he empeado
en ponerlo debajo de sus pies. Haba de ser forzoso que usted se
enamorase de m?... Estas cosas no dependen de la voluntad... son
fatales... El amor rara vez encuentra al amor en este mundo... Por qu
he de ser yo la excepcin y no la regla?... No se preocupe usted por m
ni se aflija... Despus de todo, las heridas que no matan de repente
suelen cicatrizarse... La vida es un conjunto de lgrimas y quebrantos
donde slo muy pocos seres privilegiados recogen algunas flores.

Aquel tono indiferente no poda engaar  nadie. Hablaba con el corazn
desgarrado. Sus palabras expiraban  menudo en la garganta, como el eco
de un sollozo reprimido. Las que llegaban  los labios venan envueltas
en lgrimas. Mientras las pronunci no apart los ojos del nebuloso
horizonte, que el sol tea de grana. Laura adivin perfectamente lo que
pasaba en aquel espritu ardiente y delicado, y guard silencio.

Al cabo de un rato, el odo de Octavio, fino como el de un tsico,
percibi entre la niebla un rumor. Volvi entonces el rostro hacia la
condesa, y dirigindole una sonrisa le dijo con voz apagada:

--Hasta luego.

--Cmo? Se marcha usted?

--S: pronto nos veremos.

Son entre la niebla un tiro, y el seorito Octavio se desplom sobre la
tierra con la cara mirando al cielo.

Oyse inmediatamente un segundo disparo, y la condesa vino  caer de
bruces sobre l, cual si fuese  hacerle una caricia.

El conde surgi de la nube al instante. Llegse  los cadveres y con un
pequeo esfuerzo los hizo rodar por la pendiente de la Pea. La niebla
los tap en seguida. Despus se oy el ruido que produjeron al entrar en
el lago.

       *       *       *       *       *

El viento haba arrojado muy lejos las nieblas que envolvan el lago, y
la noche se present limpia y serena. En el oscuro manto del cielo
principiaron  encenderse, como lejanas luces trmulas, algunas
estrellas. El hspero corra  esconderse entre las montaas. La luna
asomaba ya su disco resplandeciente por detrs de ellas.

Las aguas del Ausente dorman su sueo profundo, quietas, inmviles como
el da en que Dios las verti en aquella inmensa pila de granito. No
siempre estaban as. Alguna vez, de tarde en tarde, solan despertar y
esperezarse como un monstruo, con terribles sacudidas, lanzando su baba
espumosa  las paredes que lo guardaban prisionero. Mas ahora el
monstruo callaba como un muerto, y dejaba pasar sobre su lomo bruido
los rayos temblorosos de la luna, que formaban sobre la oscura linfa un
reguero luminoso.

Negreaban las altas montaas que lo cercan arrojando sobre l capas de
sombra. El cielo pareca cortado por sus enormes masas dentadas. Las
sombras se espesaban en las mrgenes del lago y suban por los flancos
de la roca hasta tocar en la cima. El reguero luminoso brillaba en el
centro como una cinta de oro.

Al fin la luna apareci toda entera sobre una de las crestas y emprendi
su marcha callada por el espacio. Las estrellas la seguan con sesgo
vuelo como una bandada de pjaros. Los mbitos del lago quedaron
iluminados, y los lquidos senos del monstruo se estremecieron levemente
al recibir la caricia del astro de la noche. All entre la juncia de la
orilla oyse la voz dulce y aflautada de un sapo.

Pedro baj lentamente, apoyndose con las manos en las rocas hasta tocar
con sus pies en los bordes del agua, y permaneci inmvil. El sapo haba
repetido centenares de veces sus eternas notas romnticas. La luna
alcanzaba ya el medio de la esfera y flotaba como una isla de oro entre
los pliegues del viento. El lago titilaba bajo su blanda caricia, y la
figura triste y dolorida del mayordomo an segua inmvil al pie de la
orilla con los brazos cruzados y los ojos hundidos en el oscuro seno del
agua.




XVII

Eplogo innecesario.

Carta de Homobono Pereda  su amigo Manuel Ruiz, secretario primero de
la seccin de literatura del Ateneo de Madrid.


Mi querido Manolo: Aunque no he tenido el gusto de ver letra tuya hace
ya bastante tiempo, te escribo para noticiarte un suceso que tiene
preocupada hace ya algunos das  toda la poblacin. Ya tienes asunto
interesante y pattico para tu drama, si es que no has hallado otro
mejor. Figrate que mi contrincante el conde de Trevia, hombre de
carcter extravagante, y que algunos daban por loco, lleg  este pas
en los comienzos del verano, con toda su familia. La seora era una
mujer de singular hermosura y llena de atractivos en su parte moral, si
no miente la fama.  los pocos das de hallarse aqu comenz 
galantearla, segn se dice, un joven de esta poblacin llamado Octavio
Rodrguez, bastante simptico  inteligente, pero de escassima
instruccin. Dcese tambin que la condesa no tard en corresponder al
amor del joven, dndole de ello pruebas convincentes. El verano debi
ser para los amantes delicioso, pues Octavio frecuentaba diariamente el
palacio de los condes y los acompaaba  todas partes, sin que el marido
sospechase de la fidelidad de su consorte. Algunos, sin embargo, quieren
suponer que tena conocimiento de la falta bastante tiempo antes de
consumar su venganza, y que la dilat por uno de esos caprichos
incomprensibles de su carcter. Lo cierto es que hace algunos das les
arm un lazo donde fatalmente fueron  caer los desventurados amantes.
Sorprendilos, al parecer, en las mrgenes del lago Ausente, donde con
pretexto de la caza realizaban sus citas, y di  ambos la muerte. No se
conocen los detalles de esta misteriosa y terrible venganza. El conde
desapareci, y se da como seguro que ha pasado  Francia  formar parte
de la corte del Pretendiente. Un mayordomo suyo, que la voz pblica
designa como el principal auxiliar del asesinato, tambin huy del pas.

H aqu, pues, cmo  consecuencia de una tragedia espeluznante me
encuentro yo en este momento sin competidor en las prximas elecciones.
Por lo tanto, puedes considerar ya  tu amigo Homobono hecho un
diputado y sentado en los escaos del Congreso, no para ser, como la
inmensa mayora de nuestros polticos, un fiel observador del derecho y
estado reinantes, sino para pensar y obrar en el espritu del derecho
eterno. Te remito el manifiesto brevsimo que acabo de dirigir  mis
electores, y espero que me digas sinceramente lo que piensas acerca de
su contenido. Me parece que ha de hacer mucho efecto.

He pasado todo el da corrigiendo las pruebas de la Propedutica, que
saldr  luz dentro de un mes prximamente, y tengo la cabeza hecha un
volcn. No dejes de escribirme enseguida. Te abraza tu amigo del alma

      HOMOBONO.

Dentro de la carta iba el siguiente documento impreso:

     ELECTORES DEL DISTRITO DE VEGALORA:

 todo hombre en la tierra debe serle cumplido su derecho, el cual no es
otra cosa que la recproca y exigible condicionalidad para el destino
humano (individual y total). El derecho quiere que todos los hombres den
y reciban mutuamente y en forma social el sistema de condiciones
permanentes y temporales que su naturaleza armnica reclama, para cuyo
fin hay un organismo interior  interiormente relativo y omnilateral
llamado Estado. Importa, pues, considerar seriamente cun interesados
nos hallamos en que el Estado se organice y asiente en vista de su fin,
no en atencin de otros histricos  temporales. Las perturbaciones
sociales que la historia nos ofrece y las brbaras infracciones del
derecho, tienen su origen en el desconocimiento de los principios
fundamentales de la ciencia poltica,  cuyo estudio he consagrado los
mejores aos de mi vida.

Llevando, pues, por canon y norma de mi conducta los eternos principios
del derecho y no las mximas prcticas de los polticos al uso, que no
son sino reglas para explotar en su provecho las miserias de la
corrupcin humana y alcanzar el poder, objeto de sus afanes, me presento
ante vosotros solicitando vuestro libre  inteligente sufragio para
representaros en el Parlamento. Los principios inmutables,  los que
rindo fervoroso culto, me impiden haceros ninguna clase de ofrecimiento
de los que tanto abundan, por desgracia, en los manifiestos polticos.
Tales ofrecimientos no pueden menos de ser para todo hombre de recto
sentido altamente inmorales, pues casi siempre se fundan en el
privilegio y la injusticia. No esperis, por tanto, si llego  honrarme
con el ttulo de vuestro representante, que alce mi voz reclamando para
este distrito ninguna clase de mejora moral  material que los dems no
posean: antes combatir con todas mis fuerzas cualquier intento de
llevarla  cabo, porque no quiero ser representante de ningn inters
particular y temporal, sino de los generales y permanentes en que la
sociedad debe asentarse. Lo nico que puedo ofreceros como hombre de
honrada conciencia es ponerme siempre del lado de la justicia en el
conflicto diario que las diversas fuerzas sociales promueven, y procurar
en la medida de las mas el reinado de un orden ms positivo y orgnico
entre los fines fundamentales humanos y sus sociedades relativas, para
evitar que el pueblo (sistema de familias), preocupado del fin presente,
como absoluto, acabe por pensar que no hay ms vida, ni ms fin que
proseguir, ni ms bien que esperar, sino las condiciones y estados
temporales  histricos.

      HOMOBONO PEREDA.

      Vegalora 3 de Noviembre de 187...


                                     FIN




NDICE


                                                                 Pginas.

I.--Despierta el hroe                                                 1

II.--Los seores condes,  los condes  secas,
como peda el seorito Octavio que se dijese                          14

III.--Los amigos del conde                                            32

IV.--La pomarada                                                      58

V.--La tienda de D. Marcelino                                         82

VI.--Un da ms                                                      107

VII.--Il sol de l'nima                                              131

VIII.--La romera                                                    152

IX.--Fragmentos de un diario                                         173

X.--Sntomas graves                                                  186

XI.--Lo que cuesta un perro de caza                                  197

XII.--Un paquete de cartas                                           210

XIII.--El cliz                                                      240

XIV.-- medianoche                                                   244

XV.--Buscando salvacin                                              255

XVI.--Las heces del cliz                                            271

XVII.--Eplogo innecesario                                           290





End of Project Gutenberg's El seorito Octavio, by Armando Palacio Valds

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL SEORITO OCTAVIO ***

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Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
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The Foundation is committed to complying with the laws regulating
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States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
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International donations are gratefully accepted, but we cannot make
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Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
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